Marlene Dietrich — Franz Hessel

Este es un interesante breve libro de la artista alemana que viene acompañado de una serie de fotografías.
En el caso de Marlene Dietrich es difícil y arriesgado destacar algún detalle aislado. De manera grandiosa ha llegado a ser patrimonio de todos.
El efecto que provoca la artista recuerda al de la muñeca mágica del cuento persa que era producto común de carpinteros, sastres, pintores, brahmanes y otros maestros artesanos: todos discuten sobre quién es el dueño, apelan al cadi, y este, finalmente, cree reconocer en ella a su difunta esposa.
Ya sea en el papel de dama o en el de prostituta, en el de conquistadora o en el de víctima, Marlene Dietrich siempre da vida a un sueño universal, como la heroína de una de sus películas; es la mujer que todos desean.
No sentimos la necesidad de ponernos en su lugar: es ella quien nos obsesiona. Pero entonces, una mujer así ¿no sería una vamp? ¡Pues no! La vamp, la vampiresa, que se ha convertido en un concepto específicamente anglosajón y que parte de la antigua saga de los vampiros, describe a mujeres que, en cierto modo, y por razones del oficio y de las necesidades de su sexo, chupan la sangre vital de los hombres. Esta sangre es para ellas un alimento necesario, lo mismo que lo fue para aquellos arcaicos fantasmas, y es de suponer que las mujeres a quienes se designa de un modo tan terrible saben lo que hacen.
Las mujeres peligrosas como las que encarna Marlene Dietrich, sin embargo, no parecen ser tan malévolas.
Marlene Dietrich ha dado fama mundial a una característica berlinesa. Aunque de forma muy tenue, hace uso del patois nativo. No lo acentúa, no lo tematiza como ocurre en las interpretaciones de la, a su manera, genial Claire Waldoff, cuyos atractivos pueden ser entendidos solo a medias por una persona que no sea de Berlín, y menos aún por un extranjero. Gracias a Marlene Dietrich incluso esta particularidad adquiere una trayectoria universal. Los espectadores de París y Nueva York entienden lo que ella canta en dialecto berlinés.

Ya antes del rodaje de El ángel azul, antes de que se firmara el contrato definitivo con Marlene Dietrich, Sternberg entabló negociaciones con ella para la Paramount. Ella lo siguió a Hollywood, y allí interpretó dos nuevas películas con él: Marruecos y Fatalidad.
En Fatalidad, película de la que solo he visto algunas fotos, Marlene Dietrich es una espía que termina en el patíbulo. A lo largo de sus dichas y fatalidades cambia a menudo su apariencia y su vestimenta. Podemos verla disfrazada de aldeana rusa, llevando el pelo recogido en moño, faldas ásperas, medias cortas, con las mejillas pintadas a modo de campesina, y con la mirada apática y vacía de sirvienta. Resulta irreconocible. Este es solo uno de los muchos ejemplos de la versatilidad de sus gestos y expresiones.
Ante tantas sorpresas nuevas, uno se siente algo desconcertado: todo lo que antes hemos pensado y dicho sobre la artista se vuelve provisional.

This is an interesting short book by the German artist that comes with a series of photographs.
In the case of Marlene Dietrich it is difficult and risky to highlight some isolated detail. In a great way it has become the patrimony of all.
The effect caused by the artist is reminiscent of that of the magic doll of the Persian story that was the common product of carpenters, tailors, painters, brahmins and other master craftsmen: they all argue over who owns it, appeal to the caddy, and this, finally, believes recognize her dead wife in it.
Whether in the role of lady or prostitute, conqueror or victim, Marlene Dietrich always gives life to a universal dream, like the heroine of one of her films; She is the woman that everyone wants.
We do not feel the need to put ourselves in their place: it is she who obsesses us. But then, a woman like that would not be a vamp? Well, no! The vamp, the vampire, which has become a specifically Anglo-Saxon concept and part of the ancient saga of vampires, describes women who, in a certain way, and for reasons of the trade and the needs of their sex, suck the vital blood of men. This blood is for them a necessary food, just as it was for those archaic ghosts, and it is to be supposed that women who are designated in such a terrible way know what they are doing.
Dangerous women such as those embodied by Marlene Dietrich, however, do not seem to be so malevolent.
Marlene Dietrich has made a Berlin-based feature famous worldwide. Although very tenuous, makes use of the native patois. It does not accentuate it, it does not thematize it as it happens in the interpretations of the, in its way, great Claire Waldoff, whose attractions can only be understood half-heartedly by a person who is not from Berlin, and even less by a foreigner. Thanks to Marlene Dietrich, even this particularity acquires a universal trajectory. Spectators in Paris and New York understand what she sings in Berlin dialect.

Already before the filming of The Blue Angel, before the definitive contract was signed with Marlene Dietrich, Sternberg entered into negotiations with her for the Paramount. She followed him to Hollywood, and there he played two new movies with him: Morocco and Fatality.
In Fatality, a film of which I have only seen some photos, Marlene Dietrich is a spy who ends up on the scaffold. Throughout his joys and fates he often changes his appearance and his dress. We can see her disguised as a Russian villager, wearing her hair in a bun, rough skirts, short stockings, with cheeks painted like a peasant, and with the apathetic and empty look of a maid. It is unrecognizable. This is just one of the many examples of the versatility of his gestures and expressions.
In front of so many new surprises, one feels somewhat disconcerted: everything that we have previously thought and said about the artist becomes provisional.

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