Internados: Ensayo Sobre La Situación Social De Los Enfermos Mentales — Erving Goffman / Asylums: Essays on the Condition of the Social Situation of Mental Patients and Other Inmates by Erving Goffman

Goffman utiliza una mezcla de observación de campo y referencias a la literatura para describir y criticar la teoría y la práctica de la “institución total”. Como los revisores señalan a continuación, una “institución total” es un concepto elástico. Goffman se centra en ejemplos “fuertes” de T.I.’s: el hospital psiquiátrico, la prisión, un hombre de guerra del siglo XIX, un monasterio. A través de estos ejemplos “fuertes” describe el concepto de manera justa y lo aplica bien.
Menos claras son las implicaciones del concepto de Goffman para aquellas instituciones que son instituciones totales “débiles” o instituciones no totales con tendencias institucionales totales. Después de leer este libro, vi aspectos de instituciones “totales” en casi todas las instituciones en las que me preocupaba pensar: escuelas, iglesias, tribunales, etc.
Creo que es justo decir que “todas las instituciones sueñan con ser instituciones totales”. Por lo tanto, este libro tiene aplicación más allá del mundo de las instituciones totales “fuertes”. Lo recomiendo mucho
Este libro puede ser desafiante a veces … No puedes leerlo y dejarlo atrás y esperar recogerlo de nuevo y saber exactamente qué está pasando. Goffman observa detenidamente la situación de los reclusos centrándose principalmente en las instituciones mentales. Las historias personales de lo que atraviesan estas personas y las cosas que Goffman testimonia al observar a los reclusos realmente hacen que este libro se una. Creo que se centra mucho en el desarrollo de uno mismo cuando se lo saca de un entorno familiar y se lo coloca en uno nuevo. Habla sobre cómo hacer frente y lo que hace el personal para ayudar a los reclusos a adaptarse a su nueva vida. Él puede ser prolijo y redundante, pero en general, creo que es una lectura bastante buena. Si estás en una clase de teoría social o estudiante de salud mental.

Un muy buen libro. Una institución total puede definirse como un lugar de residencia y trabajo, donde un gran número de individuos en igual situación, aislados de la sociedad por un período apreciable de tiempo, comparten en su encierro una rutina diaria, administrada formalmente. Las cárceles sirven como ejemplo notorio, pero ha de advertirse que el mismo carácter intrínseco de prisión tienen otras instituciones, cuyos miembros no han quebrantado ninguna ley. Y un caso particular de ellas: los hospitales psiquiátricos.

Las instituciones totales de nuestra sociedad pueden clasificarse, a grandes rasgos, en cinco grupos. En primer término hay instituciones erigidas para cuidar de las personas que parecen ser a la vez incapaces e inofensivas: son los hogares para ciegos, ancianos, huérfanos e indigentes. En un segundo grupo están las erigidas para cuidar de aquellas personas que, incapaces de cuidarse por sí mismas, constituyen además una amenaza involuntaria para la comunidad: son los hospitales de enfermos infecciosos, los hospitales psiquiátricos y los leprosarios. Un tercer tipo de institución total, organizado para proteger a la comunidad contra quienes constituyen intencionalmente un peligro para ella, no se propone como finalidad inmediata el bienestar de los reclusos: pertenecen a este tipo las cárceles, los presidios, los campos de trabajo y de concentración. Corresponden a un cuarto grupo ciertas instituciones deliberadamente destinadas al mejor cumplimiento de una tarea de carácter laboral, y que sólo se justifican por estos fundamentos instrumentales: los cuarteles, los barcos, las escuelas de internos, los campos de trabajo, diversos tipos de colonias, y las mansiones señoriales desde el punto de vista de los que viven en las dependencias de servicio. Finalmente, hay establecimientos concebidos como refugios del mundo, aunque con frecuencia sirven también para la formación de religiosos: entre ellos las abadías, monasterios, conventos y otros claustros.

Muchas instituciones totales parecen funcionar la mayor parte del tiempo sin otro propósito que servir como depósitos de internos, pese a que generalmente se presentan ante el público, según indicamos antes, con el carácter de organizaciones racionales diseñadas de cabo a rabo y a conciencia como máquinas efectivas, cuya meta es cumplir unos pocos fines formalmente admitidos y aprobados. Uno de sus objetivos formales frecuentes es la reforma de los internos, de acuerdo con un esquema ideal. Esta contradicción entre lo que la institución hace realmente, y lo que sus funcionarios deben decir que hace, constituye el contexto básico donde se desarrolla la actividad diaria del personal.
Así enfocado, quizá lo primero que importe decir del personal es que su trabajo, y por consiguiente su mundo, se refiere única y exclusivamente a seres humanos.

El sentimiento de traición presenta otros aspectos notables. No es común que quienes sugieren a otro la posibilidad de internarse en un hospital psiquiátrico le pinten un cuadro realista de lo que va a encontrar. Se le dice casi siempre que allí conseguirá el tratamiento médico y el reposo que necesita y que acaso esté de vuelta en unos pocos meses. Las personas que así hablan ocultan en algunos casos lo que saben, pero creo que generalmente hablan de buena fe. Porque en este punto hay una diferencia relevante entre los pacientes y los profesionales que actúan como mediadores; estos, en mayor medida que el público, se inclinan a concebir un hospital psiquiátrico como una institución donde pueden obtenerse voluntariamente y en breve plazo, reposo y atención médica: no como un lugar de destierro compulsivo.
Los pacientes suelen sentir la internación, al menos durante un tiempo, como una privación injusta y masiva de todas sus posesiones, y a veces consiguen convencer de ello a una que otra persona de afuera. A los responsables identificados de estos atropellos, por justificables que sean, a menudo les conviene alegar el consentimiento y la cooperación de alguien cuya relación con el paciente lo coloque por encima de toda sospecha, y lo defina como la persona más indicada para velar lealmente por sus intereses. Si el curador está de acuerdo con la situación del nuevo interno, el resto del mundo tendrá que estarlo también.

Los hospitales psiquiátricos del Estado no funcionan, en general, sobre la base de la doctrina psiquiátrica, sino de acuerdo con un «sistema de salas». Condiciones de vida drásticamente limitadas se distribuyen a través de castigos y recompensas, que se expresan más o menos en el lenguaje de las instituciones penales. Este marco de acción y de expresión es el que emplean, casi en su totalidad, los asistentes, y en gran medida el personal superior, sobre todo en lo relativo a los problemas diarios que plantea el manejo del hospital. El marco de referencia disciplinario ofrece un conjunto bastante completo de medios y de fines obtenibles legítimamente por los pacientes, y confrontadas con este sistema autoritario, aunque no del todo oficial, muchas actividades de los pacientes resultan en la práctica ilícitas o inadmisibles. Tan pobre es la vida autorizada efectivamente para algunos de los pacientes de ciertas salas, que el menor movimiento eventual puede procurarles un alivio imprevisto.

Los pacientes mentales pueden encontrarse metidos en un singular atolladero. Si quieren salir del hospital, o hacer algo menos dura su existencia dentro de él, deben demostrar que aceptan de buen grado el puesto que allí se les adjudica; y ese puesto consiste en apoyar el rol ocupacional de quienes, al parecer, imponen esa condición. Esta autoalienante servidumbre moral del yo, que acaso ayude a comprender el estado de confusión mental en que se hunden algunos internos, se cumple en nombre de la tradición ilustre de los servicios de reparación profesionales, y sobre todo de su variedad médica. Los pacientes mentales pueden encontrarse aplastados por el peso de un ideal de servicio, que a las demás personas nos allana la vida.

Goffman uses a mixture of field observation and references to literature to describe and critisize the theory and practice of the “Total Institution”. As the reviewers note below, a “total institution” is an elastic concept. Goffman focuses on “strong” examples of T.I.’s: the mental hospital, prison, a 19th century man of war, monastery. Through these “strong” examples he fairly describes the concept and applies it well.
Less clear is the implications of Goffman’s concept to those institutions which are either “weak” total institutions or non-total institutions with total institution tendencies. After reading this book, I saw aspects of “total” institutions in almost every institution I cared to think about: schools, churches, courts, etc.
I think it is fair to say that “All institutions dream of being total institutions.” Therefore, this book has application beyond the world of “strong” total institutions. I recommend it highly.
This book can be challenging at times..You cant just read and put it down and expect to pick it back up again and know exactly what’s going on. Goffman takes a very in depth look on the inmate situation focusing primarily on mental institutions. The personal stories of what these people go through and the things that Goffman witness while observing inmates really brings this book together. I think he focuses a lot on the development of the self when taken out of a familiar setting and placed into a new one. He talks about how to cope and what the staff does to help the inmates adapt to their new life. He can get wordy and redundant but all in all I think it is a rather good read. If you’re in a social theory class or mental health student.

A very good book. A total institution can be defined as a place of residence and work, where a large number of individuals in the same situation, isolated from society for an appreciable period of time, share in their confinement a daily routine, formally administered. Prisons serve as a well-known example, but it must be noted that the same intrinsic character of prison has other institutions, whose members have not broken any law. And a particular case of them: psychiatric hospitals.

The total institutions of our society can be broadly classified into five groups. First, there are institutions set up to care for people who seem to be both incapable and inoffensive: they are homes for the blind, the elderly, orphans and the destitute. In a second group are those erected to take care of those people who, unable to take care of themselves, also constitute an involuntary threat to the community: they are hospitals for infectious patients, psychiatric hospitals and leprosariums. A third type of total institution, organized to protect the community against those who intentionally constitute a danger to it, does not propose as an immediate goal the welfare of the inmates: they belong to this type of prisons, prisons, labor camps and concentration. There correspond to a fourth group certain institutions deliberately destined to the better fulfillment of a task of labor character, and that are only justified by these instrumental foundations: the barracks, the boats, the schools of interns, the fields of work, diverse types of colonies, and the stately mansions from the point of view of those who live in the service dependencies. Finally, there are establishments designed as shelters of the world, although they often also serve for the formation of religious: among them the abbeys, monasteries, convents and other cloisters.

Many total institutions seem to function most of the time for no other purpose than to serve as intern depots, although they are generally presented to the public, as indicated above, with the character of rational organizations designed from end to end and consciously as effective machines. , whose goal is to fulfill a few purposes formally admitted and approved. One of its frequent formal objectives is the reform of the inmates, according to an ideal scheme. This contradiction between what the institution actually does, and what its officials must say it does, constitutes the basic context where the daily activity of the staff takes place.
So focused, perhaps the first thing that matters to say of the staff is that their work, and consequently their world, refers only and exclusively to human beings.

The feeling of betrayal presents other remarkable aspects. It is not common for those who suggest to another the possibility of entering a psychiatric hospital to paint a realistic picture of what they will find. He is almost always told that he will get the medical treatment and rest he needs and that he may be back in a few months. The people who speak thus hide in some cases what they know, but I think they usually speak in good faith. Because at this point there is a relevant difference between patients and professionals who act as mediators; these, to a greater extent than the public, are inclined to conceive a psychiatric hospital as an institution where they can be obtained voluntarily and in a short time, rest and medical attention: not as a place of compulsory exile.
Patients often feel the hospitalization, at least for a time, as an unjust and massive deprivation of all their possessions, and sometimes they manage to convince one person from the outside. Those responsible for these abuses, however justifiable they may be, often wish to claim the consent and cooperation of someone whose relationship with the patient puts them above suspicion, and define them as the most appropriate person to watch loyally. your interests If the curator agrees with the new inmate’s situation, the rest of the world will have to be as well.

The psychiatric hospitals of the State do not function, in general, on the basis of psychiatric doctrine, but in accordance with a “room system”. Drastically limited living conditions are distributed through punishments and rewards, which are expressed more or less in the language of penal institutions. This framework of action and expression is used, almost entirely, by the assistants, and to a large extent by the superior personnel, above all in relation to the daily problems posed by the management of the hospital. The disciplinary frame of reference offers a fairly complete set of means and purposes legitimately obtainable by patients, and confronted with this authoritarian, though not entirely official, system, many patient activities result in illicit or inadmissible practice. So poor is the life actually authorized for some of the patients of certain rooms, that the slightest eventual movement can provide them with unforeseen relief.

Mental patients may find themselves stuck in a singular quagmire. If they want to leave the hospital, or make their existence within it less hard, they must show that they willingly accept the position assigned there; and that position consists of supporting the occupational role of those who, apparently, impose that condition. This self-alienating moral servitude of the self, which perhaps helps to understand the state of mental confusion in which some inmates sink, is fulfilled in the name of the illustrious tradition of professional repair services, and especially of its medical variety. Mental patients may be crushed by the weight of an ideal of service, which makes life easier for other people.

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