Sangre Sudor Y Paz: La Guardia Civil Contra ETA — Lorenzo Silva & Manuel Sánchez & Gonzalo Araluce / Blood Sweat And Peace: The Civil Guard Against ETA by Lorenzo Silva & Manuel Sánchez & Gonzalo Araluce

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–Excelente, en todos los aspectos, desde el origen histórico de la banda terrorista hasta nuestros días, sin olvidar los aspectos sociales, laborales y demás entes que componen una sociedad, un claro homenaje más que merecido a todos y todas que lucharon y luchan, por acabar con tribalismos atávicos, realizado desde la admiración, empatía y orgullo,
–Me quedo con una frase del comienzo del libro, expresada por un etarra, la GC (Guardia Civil) fue la verdadera responsable de la paz en Euskadi, si ellos hubieran aplicado el ojo por ojo, jamás hubiéramos llegado a la paz.
— De los libros que he leído sobre el tema, me ha parecido el mejor escrito, también es parcial, pero con el objetivo claro de hacer justicia, y a pesar de ello no oculta las torpes respuestas del estado en muchas ocasiones, terminé el libro con la idea clara, del sacrificio de unos pocos para el bien de muchos, incluso a pesar de mandos, falta de medios y rechazo social, de verdad excelente, muy merecido homenaje .

Al régimen de Franco y a las fuerzas de seguridad les sorprendió la aparición de ETA. No supieron hacerle frente y emplearon métodos de guerra para tiempos de paz. Una mínima amenaza, como era la banda terrorista en su nacimiento, desbordó la capacidad de las fuerzas de orden público. De ellas, la que más carencias tenía entonces era la Guardia Civil. Pasado con holgura el siglo desde su fundación en 1844, con el objeto de tratar de erradicar, entre otras calamidades, el bandolerismo endémico que asolaba los caminos españoles e impedía el desarrollo económico del país, los guardias civiles, tras arrostrar incontables fatigas, volvían a tener por delante un difícil reto al que enfrentarse.

La violencia de ETA aumenta en los años 72 y 73, superando con creces a los anteriores: la dinámica en la que se había embarcado llevaba irremediablemente a ello. Una nueva generación de terroristas, aupados tras la última Asamblea y el juicio de Burgos, había optado ya por el militarismo más puro. La VI Asamblea, finalizada en 1974, hace desaparecer finalmente el Frente Obrero, reduciendo el debate a las llamadas «lucha política y lucha militar».
Francia empieza entonces a tomar posición frente al fenómeno etarra. El Gobierno galo se inquieta ante la espiral de violencia de los terroristas vascos, que ya tienen en territorio francés su retaguardia. Intenta expulsar a algunos, pero retrocede y desiste ante las acusaciones de colaboracionismo con el todavía vigente régimen del general Franco. La actitud titubeante de Francia se prolongará aún durante un par de décadas tras la desaparición del dictador. Y ello, pese a ser el escenario de un crimen atroz en marzo de 1973: el secuestro de tres trabajadores gallegos, confundidos con guardias civiles, que habían pasado a Francia a ver películas prohibidas en España. Fueron asesinados por miembros de ETA, después de torturarlos. Nunca aparecieron sus cuerpos. A esa partida de terroristas endurecidos habría que enfrentarse a partir de entonces.

ETA quiso dejar claras sus intenciones desde el primer momento. La muerte de Franco, las débiles reformas impulsadas por Arias Navarro y los preparativos de Adolfo Suárez para las elecciones generales de 1977 no eran suficientes, ni mucho menos, para dar por cumplidos sus objetivos; pero la nueva situación la obligó a recalibrar sus argumentos. A la banda terrorista ya no le valía erigirse como estandarte contra el régimen, ya desaparecido, y alzó una nueva bandera: la de la independencia de Euskal Herria. Un propósito diferente, pero la misma forma de actuar. El asesinato como medio para alcanzar sus fines y hacer oír su voz en medio del bullicio de las primeras fases de la Transición.
La posibilidad de la instauración de un régimen democrático en España se hacía cada vez más patente y ETA debatía cuál sería su papel en el nuevo escenario político. La VII Asamblea celebrada por la organización —en septiembre de 1976, en la localidad francesa de Saint Palais— estuvo marcada por el mal ambiente entre el centenar de militantes que asistieron al encuentro.
Para la dirección de la banda terrorista, que aún sostenía los argumentos que ya había expuesto en una entrevista concedida en marzo de 1977, el acuerdo de indulto resultaba insuficiente:

Significa el reconocimiento por el Gobierno de que el franquismo ha sido un régimen criminal, y que los presos y exiliados son hombres que han luchado por la justicia y la libertad de Euskadi. Para que la amnistía sea tal, en Euskadi son precisas tres condiciones:

La libertad de todos los presos políticos y el derecho de todos los exiliados a retornar a sus hogares.
La promulgación de una normativa jurídica democrática que impida que nadie pueda volver a ser encarcelado por su actividad política.
La disolución de la Guardia Civil, Policía Armada, y Cuerpo General de Policía, y su sustitución por cuerpos de defensa ciudadana dependientes únicamente de un Gobierno Vasco, como único modo de terminar con la actividad de los grupos antidemocráticos, y proteger la vida de los presos y exiliados una vez en sus hogares, y de posibilitar una convivencia pacífica.

La nueva democracia española, como representante legítima de la ciudadanía, le perdonó a ETA todos sus crímenes en aras de la convivencia pacífica, pero fue la propia ETA la que salió reforzada y vencedora de ese trato. Se vaciaron las cárceles, pero en los años siguientes se llenarían los cementerios.

Las publicaciones internas de ETA analizaron el escenario que se les abría tras la aprobación de la Constitución, e instaron a continuar con la «lucha armada» contra las instituciones. También hicieron balance de la actividad de 1978, en la que sus comandos asesinaron a 72 personas y desarrollaron la campaña contra la central nuclear de Lemóniz. En esas revistas, además, se rindió tributo a los miembros de la banda que habían perdido la vida a lo largo del año; el último de ellos, José Miguel Beñarán Ordeñana, Argala, la cabeza más visible y capacitada de un comité ejecutivo compuesto por ocho responsables, por quien pasaba buena parte de las aspiraciones del sector más duro de la organización terrorista. Argala, el autor material del asesinato de Carrero Blanco, murió el 21 de diciembre.

Los GAL cumplieron su amenaza contra ETA. Un atentado de los segundos se correspondía con un ataque de los primeros, con procedimientos idénticos a los de la banda terrorista. El 19 de diciembre de 1983 mataron al camarero del café Kaietania de Bayona, Juan Ramón Oñaederra, Kattu; el establecimiento era frecuentado por miembros y simpatizantes de ETA. El día 28 del mismo mes resultó gravemente herido en San Juan de Luz Miguel Goicoechea, Txapela, que murió en el hospital el 2 de enero de 1984. Eran dos terroristas de ETA con un sangriento historial a sus espaldas. En total, los GAL realizaron 38 atentados en los que murieron 27 personas; además de dirigentes, activistas, colaboradores y simpatizantes de ETA, asesinaron a ocho ciudadanos franceses que nada tenían que ver con la banda terrorista. El Gobierno galo asumió que al sur de su país se estaba desarrollando algo parecido a una guerra de guerrillas, con dos facciones enfrentadas. Los propios comandos etarras pusieron en marcha una estrategia de patrullas para proteger a sus dirigentes. La inacción de los años anteriores ya no era una opción y las autoridades francesas dieron el paso para combatir el terrorismo. El Senado del país vecino señaló en la primavera de 1984 que «los refugiados vascos son percibidos a partir de ahora como un elemento de perturbación». Los entonces abogados de ETA, Christiane Fando y Denis Langlois, señalaron que «los GAL fueron la respuesta que España encontró para implicar a los franceses en el conflicto vasco-español». Los primeros miembros de esta organización criminal detenidos en Francia reconocían al inspector de Policía José Amedo como la persona que los reclutó.
En 1983 y 1984, ETA asesinó a 41 y 33 personas respectivamente, un descenso significativo respecto al pico histórico de las 97 de 1980. Los cambios introducidos en la lucha antiterrorista propiciaron en buena medida esta tendencia. En el seno de la Guardia Civil, los servicios de información del País Vasco y Navarra actuaban de manera cada vez más eficaz, y ya operaban la Unidad de Servicios Especiales (USE) y el denominado Grupo Operativo del Servicio de Información (GOSI), dedicados en exclusiva a combatir a ETA. Estas unidades —compuestas por un puñado de efectivos primero y reforzadas significativamente después— serían el primer baluarte del instituto armado ante el terrorismo. Aproximadamente mil voluntarios se presentaban en las convocatorias de vacantes, de apenas una o dos plazas para cada uno de los equipos. Con el paso de los años y tras la incorporación del Grupo Técnico de la Guardia Civil, el GOSI terminaría constituyendo el Grupo de Apoyo Operativo (GAO), que junto a la USE, el GAR y la Unidad Especial de Intervención (UEI) formaría la punta de lanza del instituto armado en la lucha contra el terrorismo.
Hubo una cantera de agentes antiterroristas, cuyo modelo se aplicó en el resto de unidades del cuerpo, con un método de trabajo eficaz apoyado en la inteligencia en el tratamiento de la información, que tendría continuidad y perfeccionamiento hasta los últimos días de ETA. Sería uno de los factores clave en la victoria final.

En España, el Gobierno continuó desarrollando la política de dispersión de los presos de ETA, al objeto de favorecer la reinserción y, sobre todo, impedir el control férreo que la dirección de la banda terrorista ejercía sobre los reclusos. Se buscaba propiciar su arrepentimiento y debilitar a ETA. A final de año, los terroristas estaban repartidos en noventa prisiones. Desde entonces, el reagrupamiento de los presos de ETA se convertirá en reivindicación permanente.
Hubo llamamientos del PNV para que el Gobierno negociase con ETA para salvar la vida de Ortega Lara, mientras la Iglesia vasca se ofrecía nuevamente para mediar entre las partes, en uno de los episodios que despertaba más indignación en la conciencia colectiva de los españoles. Según unos y otros, era el diálogo con quienes practicaban la extorsión y el asesinato, sin privarse de cometer este indiscriminadamente, la vía para la pacificación. El tiempo y los desvelos de los guardias civiles se ocuparían de desmentirlo.
Dos realidades avanzan en paralelo. La cara pública, donde ETA, Gobierno y la sociedad en su conjunto manifiestan su creencia en un posible final de la violencia, dentro de un clima de optimismo comedido, y la cara oculta que muestra a unos terroristas que siguen reclutando y adiestrando a nuevos incorporados, continúan recuperando a veteranos escondidos en países de Sudamérica, que extorsionan como siempre a los empresarios y que aparte de haber dejado momentáneamente de matar y poner bombas en nada han cambiado. Se trata de una tregua trampa. El Estado tampoco confía en un final feliz, recibe información puntual de las actividades de ETA, sobre todo de lo que obtiene en Francia la Guardia Civil, y trabaja para actuar con contundencia si la situación cambia. Son días en los que se habla mucho de paz, pero preparando la guerra.

La Operación Santuario marcó un antes y un después para ETA, que ya nunca volverá a tener la misma capacidad. Las detenciones son tan numerosas y de tal envergadura que la organización, pese a contar con pistoleros y seguir matando, se convertirá en una organización terrorista sin alma, sacudida por las peleas internas y por las corruptelas que ponían en peligro, incluso, su viabilidad económica. El material incautado pudo alcanzar el 80 % de las existencias de la banda. Las cifras del recuento total (que tardó muchos días) dan idea del golpe infligido: 1.150 kg de explosivo, 330 granadas de varios tipos, 180 subfusiles, 139 pistolas, 62 fusiles de asalto, otras 44 armas cortas, 135.000 cartuchos, más de 10.000 detonadores, 10.000 metros de cordón detonante, y un largo etcétera. ETA acababa de perder su pasado, su presente, su futuro, su fuerza y su capacidad de supervivencia.

Cada vez eran más numerosas en ETA y en su entorno las voces que pedían el cese de la violencia. Txema Matanzas, histórico abogado de presos de la organización y condenado a diez años de prisión por su pertenencia a Ekin, cargaría contra la cúpula de la banda por «estar alejados de la realidad tras la ruptura de la tregua» y sostener un «discurso delirante en los últimos años». Txema Montero, letrado integrado en las filas de Herri Batasuna, constataría sin ambages que «la Guardia Civil ha sido el instrumento más efectivo en la lucha contra ETA». Pero la banda, obcecada en sus propósitos, apostó por una reestructuración ínfima y por seguir con la «lucha armada concreta, selectiva y eficaz», según su propia descripción. Su cúpula, desnortada, joven e inexperta a raíz de los últimos golpes policiales, no supo interpretar las críticas de los veteranos de la organización; optó por una agonía que todavía se prolongaría varios años.
A ETA no le había quedado más remedio que saltar el océano para tratar de mantener con vida sus estructuras de formación y de adiestramiento terrorista. España ya no era un lugar seguro. Tampoco Francia. Venezuela todavía les servía, aunque la distancia era un impedimento serio. Se encontraban sin capacidad operativa y sus últimos líderes no tardarían en ser detenidos. Ni siquiera la izquierda abertzale apoyaba de forma unánime la causa terrorista. Eran las últimas sacudidas de una organización en estado agónico.

ETA ha sido derrotada operativa y moralmente, y lo que habría que explicarles a estas personalidades es que todavía, después de casi mil muertos, la mayoría de los terroristas no se ha dignado pedir perdón a sus víctimas ni a sus familiares, no han aportado ningún dato o información para esclarecer los más de trescientos asesinatos que aún quedan sin resolver ni han mostrado arrepentimiento por el terror que han practicado durante años para no alcanzar ninguno de los objetivos políticos que se habían fijado.
Ha costado más de cincuenta años y casi mil muertos que llegase este día. La firmeza y la eficacia de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado no les ha dejado otra opción. No se ha tratado de una decisión voluntaria y unilateral de la banda terrorista: ha respondido a una estrategia de supervivencia; ETA se ha visto abocada al fracaso y obligada a rendirse. En los últimos años, sus dirigentes fueron cayendo uno tras otro; era una organización inoperante, con una debilidad clamorosa. La historia los ha ido convirtiendo poco a poco en polvo.
El hecho de que hayan pasado más de cinco años desde que ETA proclamó el cese definitivo de la actividad armada hasta el desarme deja entrever que ha existido una lucha interna, una pugna de poder entre su brazo político y la propia organización terrorista en la que esta última ha intentado luchar, a la desesperada, para quedarse como agente político, ejerciendo su papel de vanguardia y garante del proceso.

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–Excellent, in all aspects, from the historical origin of the terrorist band to our days, without forgetting the social, labor and other aspects that make up a society, a clear homage more than deserved to all those who fought and fight , for ending atavistic tribalisms, made from admiration, empathy and pride,
– I am left with a phrase from the beginning of the book, expressed by an ETA, the GC (Guardia Civil) was the real responsible for peace in Euskadi, if they had applied an eye for an eye, we would never have reached peace.
– Of the books I have read on the subject, I thought it was the best written, it is also partial, but with the clear objective of doing justice, and despite this does not hide the awkward responses of the state on many occasions, I finished the book with the clear idea, of the sacrifice of a few for the good of many, even in spite of controls, lack of means and social rejection, really excellent, well-deserved homage.

Franco’s regime and the security forces were surprised by the appearance of ETA. They did not know how to face it and used methods of war for times of peace. A minimal threat, as was the terrorist band at its birth, overflowed the capacity of the forces of public order. Of them, the one that more deficiencies had then was the Civil Guard. Easily passed the century since its founding in 1844, with the aim of eradicating, among other calamities, endemic banditry that ravaged Spanish roads and impeded the economic development of the country, the Civil Guards, after facing countless hardships, returned to have a difficult challenge to face.

The violence of ETA increases in the years 72 and 73, far surpassing the previous ones: the dynamic in which it had embarked led irremediably to it. A new generation of terrorists, aupated after the last Assembly and the Burgos trial, had already opted for the purest militarism. The VI Assembly, completed in 1974, finally disappears the Workers’ Front, reducing the debate to the so-called “political struggle and military struggle.”
France then begins to take a stand against the ETA phenomenon. The Gallic Government is disturbed by the spiral of violence of the Basque terrorists, who already have their rearguard in French territory. Try to expel some, but backs down and gives up before the accusations of collaboration with the still current regime of General Franco. The hesitant attitude of France will continue for a couple of decades after the disappearance of the dictator. And this, despite being the scene of a heinous crime in March 1973: the kidnapping of three Galician workers, confused with civil guards, who had gone to France to see films banned in Spain. They were killed by members of ETA, after torturing them. Their bodies never appeared. That party of hardened terrorists would have to be confronted thereafter.

ETA wanted to make clear their intentions from the first moment. The death of Franco, the weak reforms promoted by Arias Navarro and the preparations of Adolfo Suárez for the 1977 general elections were not enough, far from it, to fulfill their objectives; but the new situation forced her to recalibrate her arguments. The terrorist group was no longer worth raising itself as a standard against the regime, which has already disappeared, and raised a new flag: that of the independence of Euskal Herria. A different purpose, but the same way of acting. Murder as a means to achieve their ends and make their voices heard amidst the bustle of the first phases of the Transition.
The possibility of the establishment of a democratic regime in Spain was becoming more and more evident and ETA debated what would be its role in the new political scenario. The VII Assembly held by the organization – in September 1976, in the French town of Saint Palais – was marked by the bad atmosphere among the hundred militants who attended the meeting.
For the leadership of the terrorist group, which still held the arguments that had already been exposed in an interview granted in March 1977, the pardon agreement was insufficient:

It means the recognition by the Government that the Franco regime has been a criminal regime, and that the prisoners and exiles are men who have fought for the justice and freedom of Euskadi. For the amnesty to be such, in Euskadi three conditions are necessary:

The freedom of all political prisoners and the right of all exiles to return to their homes.
The promulgation of democratic legal regulations that prevent anyone from being imprisoned again for their political activity.
The dissolution of the Civil Guard, Armed Police, and General Police Corps, and their replacement by citizen defense bodies dependent solely on a Basque Government, as the only way to end the activity of anti-democratic groups, and protect the lives of the prisoners and exiles once in their homes, and to enable peaceful coexistence.

The new Spanish democracy, as the legitimate representative of the citizens, forgave ETA all its crimes for the sake of peaceful coexistence, but it was ETA itself that emerged reinforced and victorious of that treatment. The jails were emptied, but in the following years the cemeteries would be filled.

The internal publications of ETA analyzed the scenario that was opened to them after the approval of the Constitution, and urged to continue with the “armed struggle” against the institutions. They also took stock of the 1978 activity, in which their commandos killed 72 people and developed the campaign against the Lemóniz nuclear power plant. In those magazines, in addition, tribute was paid to the members of the band who had lost their lives throughout the year; the last of them, José Miguel Beñarán Ordeñana, Argala, the most visible and capable head of an executive committee made up of eight people in charge, through whom most of the aspirations of the toughest sector of the terrorist organization passed. Argala, the material author of the murder of Carrero Blanco, died on December 21.

The GAL fulfilled its threat against ETA. An attack by the latter corresponded to an attack by the former, with procedures identical to those of the terrorist group. On December 19, 1983, the bartender of the cafe Kaietania de Bayona, Juan Ramón Oñaederra, Kattu was killed; the establishment was frequented by members and supporters of ETA. On the 28th of the same month, Miguel Goicoechea, Txapela, was seriously wounded in San Juan de Luz, who died in the hospital on January 2, 1984. They were two ETA terrorists with a bloody history behind them. In total, the GAL carried out 38 attacks in which 27 people died; In addition to leaders, activists, collaborators and supporters of ETA, they murdered eight French citizens who had nothing to do with the terrorist group. The Gallic Government assumed that something similar to a guerrilla war was taking place in the south of its country, with two warring factions. The ETA commandos themselves launched a patrols strategy to protect their leaders. The inaction of the previous years was no longer an option and the French authorities took the step to fight terrorism. The Senate of the neighboring country said in the spring of 1984 that “the Basque refugees are now perceived as an element of disturbance”. The then ETA lawyers, Christiane Fando and Denis Langlois, pointed out that “the GAL was the response that Spain found to involve the French in the Basque-Spanish conflict.” The first members of this criminal organization detained in France recognized the police inspector José Amedo as the person who recruited them.
In 1983 and 1984, ETA killed 41 and 33 people respectively, a significant decrease compared to the historical peak of the 97 of 1980. The changes introduced in the fight against terrorism largely led to this trend. Within the Civil Guard, the information services of the Basque Country and Navarra acted increasingly effective, and already operated the Special Services Unit (USE) and the so-called Information Service Operative Group (GOSI), dedicated exclusively to fight ETA. These units – composed of a handful of troops first and reinforced significantly later – would be the first bulwark of the institute armed with terrorism. Approximately one thousand volunteers presented themselves in the vacancy announcements, of only one or two places for each of the teams. Over the years and following the incorporation of the Technical Group of the Civil Guard, the GOSI would end up constituting the Operative Support Group (GAO), which together with the USE, the GAR and the Special Intervention Unit (UEI) would form the spearhead of the armed institute in the fight against terrorism.

There was a quarry of anti-terrorist agents, whose model was applied in the rest of the units of the body, with an effective work method based on intelligence in the treatment of information, which would have continuity and improvement until the last days of ETA. It would be one of the key factors in the final victory.
In Spain, the Government continued to develop the policy of dispersing ETA prisoners, in order to favor reintegration and, above all, to prevent the iron control that the leadership of the terrorist group exercised over the inmates. It sought to propitiate their repentance and weaken ETA. At the end of the year, the terrorists were divided into ninety prisons. Since then, the regrouping of ETA prisoners will become a permanent demand.
There were calls from the PNV for the government to negotiate with ETA to save the life of Ortega Lara, while the Basque Church offered itself again to mediate between the parties, in one of the episodes that aroused more indignation in the collective conscience of the Spaniards. According to each other, it was the dialogue with those who practiced extortion and murder, without depriving themselves of committing this indiscriminately, the way to pacification. The time and the vigilance of the civil guards would take care to deny it.
Two realities advance in parallel. The public face, where ETA, Government and society as a whole manifest their belief in a possible end to violence, within a climate of measured optimism, and the hidden face that shows terrorists who continue to recruit and train new recruits , they continue recovering veterans hidden in South American countries, who extort businessmen as always and who, apart from having momentarily stopped killing and bombing, have changed nothing. It is a truce trap. The State also does not trust a happy ending, receives timely information about ETA’s activities, especially from what the Guardia Civil obtains in France, and works to act forcefully if the situation changes. These are days when there is much talk of peace, but preparing for war.

Operation Sanctuary marked a before and after for ETA, which will never have the same capacity again. The arrests are so numerous and so large that the organization, despite having gunmen and continue killing, will become a terrorist organization without a soul, shaken by internal fights and corruption that even endangered their economic viability . The seized material could reach 80% of the band’s stocks. The figures of the total count (which took many days) give an idea of ​​the blow inflicted: 1,150 kg of explosive, 330 grenades of various types, 180 submachine guns, 139 pistols, 62 assault rifles, another 44 handguns, 135,000 cartridges, more than 10,000 detonators, 10,000 meters of detonating cord, and a long etcetera. ETA had just lost its past, its present, its future, its strength and its ability to survive.

There were more and more ETA and surrounding voices calling for the cessation of violence. Txema Matanzas, a historic prison lawyer for the organization and sentenced to ten years in prison for his membership of Ekin, charged against the leadership of the band for “being away from reality after the break of the truce” and hold a “delirious speech” in recent years”. Txema Montero, a lawyer integrated in the ranks of Herri Batasuna, would state unambiguously that “the Civil Guard has been the most effective instrument in the fight against ETA”. But the band, obstinate in its intentions, bet by a negligible restructuring and to continue with the “concrete, selective and effective armed struggle”, according to its own description. Its dome, young, and inexpert due to the latest police blows, did not know how to interpret the criticisms of the veterans of the organization; He opted for an agony that would continue for several years.
ETA had no choice but to jump the ocean to try to keep its training and terrorist training structures alive. Spain was no longer a safe place. Nor France. Venezuela still served them, although distance was a serious impediment. They were without operational capacity and their last leaders would soon be arrested. Even the nationalist left did not unanimously support the terrorist cause. They were the last jolts of an organization in an agonized state.

ETA has been defeated operationally and morally, and what should be explained to these personalities is that still, after nearly a thousand deaths, most terrorists have not deigned to apologize to their victims or their families, they have not contributed any data or information to clarify the more than three hundred murders that remain unresolved and have not shown repentance for the terror they have practiced for years not to achieve any of the political objectives that had been set.
It has taken more than fifty years and almost a thousand dead to arrive this day. The firmness and effectiveness of the security forces and bodies of the State has left them no other option. It has not been a voluntary and unilateral decision of the terrorist group: it has responded to a survival strategy; ETA has been doomed to failure and forced to surrender. In recent years, its leaders were falling one after the other; It was an ineffective organization, with a resounding weakness. History has gradually turned them into dust.
The fact that more than five years have passed since ETA proclaimed the definitive cessation of armed activity until disarmament reveals that there has been an internal struggle, a power struggle between its political wing and the terrorist organization itself. The last one has tried to fight, desperately, to remain as a political agent, exercising its role of vanguard and guarantor of the process.

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