Los Ángeles Que Llevamos Dentro: El Declive De La Violencia Y Sus Implicaciones — Steven Pinker / The Better Angels of Our Nature: Why Violence Has Declined by Steven Pinker

Aunque parezca mentira —y la mayoría de la gente no lo crea—, la violencia ha descendido durante prolongados períodos de tiempo, y en la actualidad quizás estemos viviendo en la época más pacífica de la existencia de nuestra especie. Esta disminución, por cierto, no carece de complicaciones, puesto que no ha conseguido llevar la violencia al nivel cero ni garantiza que la violencia continúe disminuyendo en adelante. Sin embargo, desde los enfrentamientos bélicos hasta las zurras a los niños ha habido un avance inequívoco, palpable en escalas de milenios a años.
El retroceso de la violencia afecta a todos los aspectos de la vida. La existencia diaria es muy distinta si hemos de estar siempre preocupados por si nos raptarán, violarán o matarán, y es difícil promover o desarrollar artes sofisticadas, centros de aprendizaje o comercio si las instituciones pertinentes son saqueadas e incendiadas poco después de haber sido construidas.
La trayectoria histórica de la violencia afecta no sólo a cómo se vive la vida sino también a cómo se entiende la vida.

Pinker es para mi uno de los mas claros e incisivos exponentes y divulgadores sobre temas tan complejos como antropología social, lingüística y neurolinguistica que existe hoy en dia. En este libro con un estilo fresco y ameno hace alarde de un conocimiento enciclopédico y a diferencia de muchos libros “new age” que existen por ahí, aplica las herramientas científicas de antropología social para demostrar convincentemente que, a pesar de la avalancha de noticias violentas que nos son lanzadas en las primeras paginas de diarios, estamos viviendo en una épocas verdaderamente sin igual en la historia de la humanidad.
Este libro es un verdadero antídoto no solo en contra de las actitudes nihilistas y pesimistas que abundan a nuestro alrededor pero también contra las visiones exageradamente acarameladas y y de optimismo superficial comunes en las bibliotecas new age.

Los informativos nos bombardean con noticias sobre guerras y ataques terroristas, los tertulianos de turno pontifican sobre los males que occidente ha llevado al mundo, y hasta nuestro cuñado comparte con nosotros su profecía sobre la caía de Europa a manos del terrorismo. Así que nada mejor que apartarse de todo ese ruido y sumergirse en las mil páginas de este gran libro, donde Pinker, como es habitual en él, nos bombardea con datos y más datos que refutan una por una las creencias erróneas sobre el aumento de la violencia en la sociedad actual.
Eso sí, que nadie espere una lectura fácil. Es un libro muy denso, con muchos gráficos y referencias y se precisa de mucho interés en el tema para acabar su lectura. Aunque una vez leído se contará con una perspectiva totalmente nueva sobre el avance de la humanidad en lo que a (descenso de) violencia se refiere. Sólo por eso merece la pena el esfuerzo.
Un defecto que tiene, y bastante grande es: Que hace frecuentes alusiones a la dichosa leyenda negra de España con su inquisición, torturas, falsedades diversas, como propio de la cultura anglosajona y protestante, llena de mentiras autojustificativas al respecto. Fueron mucho más violentos e intransigentes ellos que nosotros.

La autoridad profesional de Steven Pinker avala esta extensa obra; el desconocimiento de “Los ángeles que llevamos dentro” y de su autor es fruto de la compartimentación que cada vez más parece ir cercando ciertas ramas del saber disponibles únicamente en el nivel en el que han visto la luz y aunque reconocidas y debatidas -con vehemencia incluso- dentro de esos parámetros permanecen y están vedadas al gran público, no tanto por la imposibilidad de acceder al mensaje que transmiten, cuanto por lo escasamente, o poco, publicitadas fuera de esos ámbitos.
Considera el autor que nuestro tiempo es el que se ha dado en denominar “La Era de la Empatía”, lo analiza, lo rebate y, sobre todo, muestra unas condiciones y unos conocimientos que le permiten afirmar que no es así, o al menos, no es precisamente esto lo que define la actualidad del ser humano.
Comenzar desde el capítulo primero es tarea ardua a la par que dolorosa y Steven Pinker reconoce y confiesa en el inicio de la parte novena, la que presta el título al libro, que las ocho que la anteceden tratan “…de las cosas horrendas que las personas se han hecho unas a otras.”, así que cada uno tome desde el punto que lo desee la lectura pero que llegado ahí, no se dé por vencido y persevere pues es harto probable que salga con las ideas muy claras respecto a la época en que nos hallamos y conocedores de cosas tales como que la técnica permite “VER” lo que sucede en el cerebro humano, que existen experimentos manipulados para inducir comportamientos que se llaman “Adaptadores de perspectiva”, que San Agustín pedía al Señor que le hiciese casto pero…, después, y, muchas más a las que cada uno podrá llegar según sus intereses o su nivel educativo pero siempre de manera clara y sin dobleces, algo que se agradece sobremanera al autor.
He de destacar dos puntos que se incluyen en el libro y con los que pienso quedarme como si de exquisitas joyas se tratase -pues valen más que cualquiera de ellas- y pueden resumirse con estas frases contenidas en él:
“Los lectores de ficción puntúan más alto en las pruebas de empatía y perspicacia social, si bien esta correlación no muestra si leer ficción vuelve a la gente más empática o si la gente empática lee más ficción.”
“La alfabetización y otras formas de memoria cultural hacen más atractiva la Paz.”

Cada vez que lees en los periódicos sobre un ataque con bomba, piensas en qué mundo tan peligroso vivimos. Tu madre sigue diciéndote que cuando era joven no era lo mismo, no había tantos psicópatas, pedófilos y asesinos. Y, por supuesto, todo el mundo te dice que el siglo XX fue el más sangriento de toda la historia.
Y luego Steven Pinkers te demuestra que esta es principalmente nuestra impresión, no los hechos. Con modelos matemáticos y estadísticos bien probados, muestra que te sorprendería si te encontraras, por ejemplo, en la edad media o dentro de una tribu primigenia muy pacífica. Un pensamiento muy optimista.
Algunas citas:
Acerca de las ciencias sociales: “Los científicos sociales nunca deberían tratar de predecir el futuro; tienen suficientes problemas para predecir el pasado “.
Acerca de la tolerancia religiosa “Usted dice que es su costumbre quemar viudas. Muy bien. También tenemos una costumbre: cuando los hombres queman a una mujer con vida, les atamos una soga al cuello y la ahorcamos. Construye tu pira funeraria; al lado, mis carpinteros construirán un patíbulo. Puede seguir su costumbre. Y luego seguiremos el nuestro “.
Acerca de la quema de brujas: “Un gran principio de avance moral, a la par con” Ama a tu prójimo “y” Todos los hombres son creados iguales “, es el de la pegatina del parachoques:” Mierda sucede “.
Y mi favorito, sobre la evolución de las relaciones públicas políticas: “Ya no era posible simplemente y honestamente proclamar como Julio César, ‘vine, vi, conquisté’. Gradualmente esto fue cambiado a ‘vine, vi, atacó mientras yo estaba parado allí mirando, gané. “Esto podría verse como un progreso”.

La idea de que los seres humanos evolucionaron a partir de un antepasado pacífico parecido al bonobo presenta dos problemas. Uno es que resulta fácil entusiasmarse con la historia de los chimpancés hippies. Los bonobos constituyen una especie en peligro de extinción que vive en bosques inaccesibles en peligrosas zonas del Congo, y buena parte de lo que sabemos de ellos procede de observaciones de grupos pequeños de crías bien alimentadas o adultos jóvenes en cautividad. Muchos primatólogos sospechan que estudios sistemáticos con grupos de bonobos más viejos, más hambrientos y más populosos dibujarían un cuadro más sombrío. Resulta que los bonobos en libertad cazan, se enfrentan entre sí con agresividad y en las peleas se hacen daño, a veces quizá con consecuencias funestas. Así pues, aunque son indiscutiblemente menos agresivos que los chimpancés comunes —no se atacan en grupo unos a otros y las comunidades pueden mezclarse plácidamente—, desde luego no todos son siempre pacíficos.
El segundo problema —el más importante— es que el antepasado común de las dos especies de chimpancés y de los seres humanos tiene muchas más probabilidades de parecerse al chimpancé común que al bonobo.
Una de las trágicas ironías de la segunda mitad del siglo XX es que cuando las colonias del mundo en desarrollo se liberaron del dominio europeo, a menudo se deslizaron hacia la guerra, esta vez recrudecida debido a las armas modernas, las milicias organizadas y la libertad de los jóvenes para desobedecer a los ancianos de la tribu.
Entonces, ¿estaba Hobbes en lo cierto? En parte, sí. En la naturaleza del hombre encontramos tres causas principales de riña: el beneficio (ataques depredadores), la seguridad (ataques preventivos) y la gloria (ataques como represalia). Y las cifras confirman que, en términos relativos, «durante la época en que los hombres viven sin un poder común que los intimide, se hallan en ese estado que denominamos guerra», y que en tal estado viven en «un temor constante y en peligro de muerte violenta».
Sin embargo, desde su sillón de la Inglaterra del siglo XVII, Hobbes no pudo evitar equivocarse bastante. Los pueblos de las sociedades sin estado cooperan ampliamente con sus parientes y aliados.

La tortura no es algo del pasado, desde luego. En la época moderna han practicado torturas muchos estados policiales, durante operaciones de limpieza étnica y genocidios, así como gobiernos democráticos en interrogatorios y actividades contrainsurgentes, siendo las de más infausta memoria las de la administración de George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre. No obstante, los brotes de tortura esporádicos, clandestinos y universalmente condenados de nuestro tiempo no son equiparables a los siglos de sadismo institucionalizado en la Europa medieval. En la Edad Media, la tortura no se ocultaba ni negaba, ni se le buscaban eufemismos. No se trataba sólo de una táctica mediante la que unos regímenes brutales intimidaban a sus enemigos políticos o unos regímenes moderados extraían información de sospechosos de terrorismo. No surgía de una muchedumbre exaltada que materializaba su odio a un enemigo deshumanizado. No, la tortura estaba entrelazada en el tejido de la vida pública. Era una forma de castigo cultivada y celebrada, una salida para la creatividad artística y tecnológica. Muchos de los instrumentos de tortura estaban magníficamente trabajados y decorados. Habían sido diseñados para infligir no sólo dolor físico, como harían los azotes, sino horrores viscerales, como ocurría al introducir objetos por orificios sensibles, violar la envoltura corporal, exhibir la víctima en posturas humillantes o colocarla de tal manera que su propia resistencia menguante incrementara el dolor y provocara la desfiguración o la muerte. Los torturadores eran los mayores expertos de la época en anatomía y fisiología, y se valían de sus conocimientos para maximizar el sufrimiento, evitar lesiones nerviosas que pudieran atenuarlo, y prolongar todo lo posible el estado consciente antes de la muerte. Cuando las víctimas eran mujeres, el sadismo adquiría tintes eróticos…
La tortura no era sólo un tipo de justicia rudimentaria, un intento burdo de hacer desistir de la violencia con la amenaza de una violencia mayor. La mayoría de las transgresiones que mandaban a una persona al cepo o a la hoguera no eran acciones violentas, y en la actualidad muchas ni siquiera se consideran legalmente punibles, como la herejía, la blasfemia, la apostasía, la crítica al gobierno, el chismorreo, las regañinas, el adulterio o las prácticas sexuales poco convencionales. Los sistemas legales tanto cristianos como seculares, inspirados en el derecho romano, se valían de la tortura para extraer una confesión y así declarar culpable a un sospechoso, haciendo caso omiso de la obviedad de que una persona dirá lo que sea con tal de que cese el dolor. Así pues, la tortura utilizada para obtener una confesión es aún más absurda que la utilizada para disuadir, aterrorizar o extraer información verificable, como nombres de cómplices o ubicación de armas.

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, el terrorismo se convirtió en una obsesión. Los políticos y entendidos subieron su retórica al máximo volumen: desde la época de Sartre y Camus no se había oído tanto la palabra «existencial» (en general acompañando a amenaza o crisis). Según muchos expertos, el terrorismo había convertido a Estados Unidos en un país «vulnerable» y «frágil» y amenazaba con eliminar el «ascendience del estado moderno», «nuestro estilo de vida» o «la propia civilización». En un artículo de 2005 en The Atlantic, por ejemplo, un antiguo funcionario antiterrorista de la Casa Blanca profetizaba con un tono de gran seguridad que, en el décimo aniversario de los atentados del 11 de septiembre, la economía americana se paralizaría debido a atentados en casinos, metros y centros comerciales, a la regular destrucción de aviones comerciales por lanzamisiles portátiles, y a acciones de sabotaje catastrófico en plantas químicas. De la noche a la mañana se creó la inmensa burocracia del Departamento de Seguridad Nacional para tranquilizar al país con un «teatro de la seguridad», como las alertas terroristas codificadas con colores, los anuncios para proveerse de bolsas de plástico y cinta adhesiva, la comprobación obsesiva de los documentos de identidad (pese a la abundancia de las falsificaciones, hasta el punto que la propia hija de George W. Bush fue detenida por usar uno para pedir un margarita), la confiscación de los cortaúñas en los aeropuertos, el levantamiento de muros de hormigón en torno a las oficinas de correos rurales, o la designación de ochenta mil ubicaciones como «potenciales dianas terroristas>.
El número de víctimas mortales americanas, con o sin el 11-S, con otras causas evitables de muerte. Cada año mueren más de cuarenta mil americanos en accidentes de tráfico, veinte mil en caídas, dieciocho mil en homicidios, tres mil ahogados (trescientos de ellos en bañeras), tres mil en incendios, veinticuatro mil por intoxicación accidental, dos mil quinientos por complicaciones quirúrgicas, trescientos asfixiados en la cama, trescientos por inhalación de contenidos gástricos, y diecisiete mil debido a «otros accidentes no especificados ajenos al transporte y sus secuelas». De hecho, cada año, menos en 1995 y 2001, han muerto más americanos a causa de rayos, ciervos, alergias a los cacahuetes, picaduras de abeja o «por arder o derretirse la ropa de dormir» que por atentados terroristas. El número de muertes a raíz de atentados terroristas es tan pequeño que incluso medidas de poca importancia para evitarlos pueden incrementar el riesgo de morir.
La discrepancia entre el pánico generado por el terrorismo y las muertes que genera no es ninguna casualidad. El pánico es el punto clave del terrorismo, la propia palabra ya lo deja claro. Aunque las definiciones varían (como en el tópico «Para unos terrorista, para otros guerrillero»), en general se entiende que el terrorismo es una violencia premeditada perpetrada por un actor no estatal contra no combatientes (civiles o soldados fuera de servicio) en pos de un objetivo político, religioso o social, concebida para coaccionar a un gobierno o transmitir un mensaje a un público amplio. Puede que los terroristas quieran extorsionar a un gobierno a fin de que capitule ante una exigencia, debilitar la confianza de las personas en la capacidad de su gobierno para protegerlas, o provocar una represión masiva que ponga a la gente en contra de su gobierno o provoque un caos violento en el que la facción terrorista espera imponerse. Los terroristas son altruistas en el sentido de que están motivados más por una causa que por un beneficio personal. Actúan por sorpresa y en secreto; de ahí el consabido apelativo de «cobardes». Y saben comunicar, buscan publicidad y atención, que consiguen gracias al miedo.
El terrorismo es una forma de guerra asimétrica —la táctica del débil contra el fuerte— que saca provecho de la psicología del miedo para causar un daño emocional desproporcionado con respecto al daño en vidas y bienes materiales.

Vivimos en un mundo peligroso, por supuesto. Como he subrayado, una valoración estadística de la historia nos dice que quizá las catástrofes violentas sean improbables, pero no exageradamente improbables. No obstante, esto también se puede expresar de una forma más optimista. Las catástrofes violentas tal vez no sean exageradamente improbables, pero sí son improbables.
La venganza no se limita a exaltados tribales y políticos, sino que es un botón fácil de pulsar en el cerebro de todo el mundo. Las fantasías homicidas confesadas por una gran mayoría de universitarios son casi todas fantasías de venganza. Y en ciertos estudios de laboratorio, es fácil inducir a los participantes a vengar una humillación: escriben una redacción y se les da una evaluación insultante escrita por un compañero (que es cómplice de los experimentadores o totalmente ficticio). En ese momento, Alá sonríe: se pide al estudiante que participe en un estudio que, precisamente, le da la oportunidad de castigar a su crítico aplicándole una descarga, haciendo sonar junto a él una corneta de aire, o (en experimentos más recientes, investigados por comités de sujetos humanos reacios a la violencia) forzándole a tomar salsa picante en un experimento falso sobre el gusto. Funciona a las mil maravillas. La venganza es, en un sentido bastante literal, un impulso.

Los biólogos y los neurocientíficos cognitivos están descubriendo las neuronas espejo —las denominadas neuronas de la empatía—, que permiten a los seres humanos y a otras especies sentir y experimentar la situación de otro como si fuera la propia. Al parecer, somos los animales más sociales y buscamos participación íntima y la compañía de nuestros semejantes.
A su vez, los científicos sociales están comenzando a analizar la historia humana con una lente empática y, a lo largo del proceso, están descubriendo hilos narrativos —antes ocultos— según los cuales la evolución humana se mide conforme no sólo a la expansión del poder sobre la naturaleza sino también a la intensificación y la extensión de la empatía a seres de carácter diverso en ámbitos temporales y espaciales más amplios. Las crecientes pruebas científicas de que somos una especie básicamente empática tienen consecuencias profundas y de gran alcance para la sociedad y pueden muy bien determinar nuestro destino como especie.
Lo que hace falta ahora, si pretendemos resucitar la economía global y revitalizar la biosfera, es nada menos que un salto a la conciencia empática global y hacerlo en menos de una generación. La pregunta acaba siendo ésta: ¿cuál es el mecanismo que permite a la sensibilidad empática madurar y a la conciencia expandirse a través de la historia?.

La empatía que hoy se valora —una preocupación altruista por los demás— no puede equipararse con la capacidad de pensar lo que ellos están pensando o de sentir lo que ellos están sintiendo. Hemos de distinguir varios significados de la palabra que ha llegado a utilizarse para numerosos estados mentales.
El significado original y más mecánico de empatía es proyección: la capacidad de ponerse uno en el lugar de una persona, un animal o un objeto, e imaginar la sensación de estar en esa situación. El ejemplo del rascacielos revela que el objeto de la empatía de uno en este sentido no necesita siquiera tener sentimientos, no digamos ya sentimientos de los que el empatizador se preocupe.
Estrechamente relacionada está la capacidad para adoptar perspectivas, esto es, visualizar el mundo desde el punto de vista de otro.

El optimismo requiere un toque de arrogancia, pues extrapola el pasado a un futuro incierto. Aunque tengo plena confianza en que los sacrificios humanos, la esclavitud de nacimiento, los quebrantamientos en la rueda y las guerras entre democracias no volverán, predecir que perdurarán los actuales niveles de crímenes, guerras civiles o terrorismo es adentrarse en un territorio que los ángeles temen pisar. De lo que podemos estar seguros es de que hasta hoy han disminuido muchas clases de violencia, algo que podemos esforzarnos por comprender.
La religión no desempeña un único papel en la historia de la violencia; de hecho, la religión no ha sido una única fuerza en la historia de nada. El inmenso conjunto de movimientos que llamamos «religiosos» tienen poco en común salvo sus diferencias respecto a las instituciones laicas que son apariciones recientes en la escena humana. Además, las creencias y las prácticas religiosas, pese a sus reivindicaciones de procedencia divina, son inherentes a los asuntos humanos, responden a sus corrientes intelectuales y sociales. Cuando las corrientes se mueven en direcciones ilustradas, las religiones suelen adaptarse a ellas, como se evidencia sobre todo en la discreta desatención a los pasajes más sangrientos del Antiguo Testamento. No todas las adaptaciones son tan manifiestas como las de la Iglesia mormona, cuyos líderes tuvieron en 1890 la revelación de Jesucristo de que la Iglesia debía abandonar la práctica de la poligamia (por entonces, la poligamia entorpecía la incorporación de Utah a la Unión), y en 1978 otra según la cual debían abrir la puerta del sacerdocio a los negros, anteriormente portadores de la marca de Caín. Pero adaptaciones más sutiles suscitadas por confesiones disidentes, movimientos reformistas, consejos ecuménicos y otras fuerzas liberalizadoras hicieron que otras religiones fueran barridas por la marea humanista. Cuando las fuerzas fundamentalistas se oponen a estas corrientes e imponen restricciones tribales, autoritarias y puritanas es cuando la religión se convierte en una fuerza favorecedora de la violencia.

Cuando el Leviatán sí empuña la espada, el beneficio depende de que aplique la fuerza con criterio, añadiendo castigos sólo a las casillas «agresivas» de su matriz de decisiones de los súbditos. Cuando el Leviatán añade penalizaciones de forma indiscriminada a las cuatro casillas, tratando con crueldad a los súbditos para permanecer en el poder, puede provocar tanto daño como el que evita. Las ventajas de las democracias sobre las autocracias y las anocracias surgen cuando un gobierno administra poco a poco y con cuidado la suficiente fuerza a las casillas correctas de la matriz de decisiones para llevar la opción pacifista desde un ideal exasperantemente inalcanzable hasta la opción irresistible.

(El doux commerce)
La idea de que un intercambio de beneficios puede transformar la guerra de suma cero en provecho mutuo de suma positiva fue una de las ideas clave de la Ilustración, reactivada en la biología moderna como explicación de cómo evolucionó la cooperación entre personas no emparentadas. Modifica el dilema del pacifista endulzando el resultado del pacifismo mutuo con las ganancias mutuas del intercambio.

No obstante, mientras este planeta ha ido dando vueltas conforme a una ley de la gravedad establecida, la especie ha encontrado medios para hacer bajar las cifras de la violencia y permitir que una proporción cada vez mayor de la humanidad viva en paz y muera por causas naturales. Pese a todas las tribulaciones de la vida, pese a todos los problemas que sigue habiendo en el mundo, la disminución de la violencia es un logro que podemos saborear, así como un impulso para valorar las fuerzas de la civilización y la tolerancia que la hicieron posible.

Although it seems a lie – and most people do not believe it – violence has descended for prolonged periods of time, and at present we may be living in the most peaceful time of the existence of our species. This decrease, by the way, is not without complications, since it has not managed to bring violence to zero level nor does it guarantee that violence will continue to decrease in the future. However, from the military confrontations to the beating of the children there has been an unequivocal advance, palpable in scales from millennia to years.
The retreat of violence affects all aspects of life. Daily existence is very different if we are always concerned about whether they will kidnap, rape or kill us, and it is difficult to promote or develop sophisticated arts, learning centers or trade if the relevant institutions are looted and burned shortly after they were built.
The historical trajectory of violence affects not only how life is lived but also how life is understood.

Pinker is for me one of the clearest and most incisive exponents and disseminators on such complex topics as social, linguistic and neurolinguistic anthropology that exists today. In this book with a fresh and entertaining style flaunts an encyclopedic knowledge and unlike many “new age” books that exist there, applies the scientific tools of social anthropology to convincingly demonstrate that, despite the avalanche of violent news that they are thrown at us in the first pages of newspapers, we are living in times that are truly unequaled in the history of humanity.
This book is a true antidote not only against the nihilistic and pessimistic attitudes that abound around us but also against the exaggeratedly caramelized visions and superficial optimism common in new age libraries.

The news bulletins bombard us with news about wars and terrorist attacks, the current speakers pontificate about the evils that the West has taken to the world, and even our brother-in-law shares with us his prophecy about the fall of Europe at the hands of terrorism. So nothing better than to get away from all that noise and immerse yourself in the thousand pages of this great book, where Pinker, as is usual in him, bombards us with data and more data that refute one by one the erroneous beliefs about the increase in violence in today’s society.
Of course, nobody expects an easy reading. It is a very dense book, with many graphics and references and it requires a lot of interest in the subject to finish reading. Although once read will have a totally new perspective on the progress of humanity in terms of (decline of) violence. That alone is worth the effort.
A defect that has, and quite large is: That makes frequent references to the happy black legend of Spain with its inquisition, tortures, various falsehoods, as typical of the Anglo-Saxon and Protestant culture, full of self-justifying lies about it. They were much more violent and intransigent than us.

The professional authority of Steven Pinker endorses this extensive work; the ignorance of “The angels that we carry inside” and its author is the fruit of the compartmentalization that increasingly seems to be encircling certain branches of knowledge available only at the level at which they have seen the light and although recognized and debated – with vehemence even within those parameters remain and are closed to the general public, not so much by the impossibility of accessing the message they transmit, as by scarcely, or little, advertised outside those areas.
The author considers that our time is what has been called “The Era of Empathy”, analyzes it, refuses it and, above all, shows some conditions and knowledge that allow him to affirm that it is not like that, or at least It is not precisely this that defines the actuality of the human being.
Starting from the first chapter is an arduous task at the same time painful and Steven Pinker recognizes and confesses in the beginning of the ninth part, the one that lends the title to the book, that the eight that precede treat “… of the horrendous things that people have done to each other. “, so each one takes from the point that they want the reading but that arrived there, do not give up and persevere because it is very likely that you come out with very clear ideas regarding the time in which we are and knowing things such as that technique allows “SEE” what happens in the human brain, that there are manipulated experiments to induce behaviors called “perspective adapters”, that St. Augustine asked the Lord to I made him chaste but …, later, and, many more to which each one will be able to arrive according to their interests or their educational level but always in a clear way and without folds, something that is greatly appreciated by the author.
I have to highlight two points that are included in the book and with which I intend to stay as if they were exquisite jewelery – they are worth more than any of them – and can be summarized with these phrases contained in it:
“Fiction readers score higher on tests of empathy and social insight, although this correlation does not show whether reading fiction makes people more empathic or whether empathic people read more fiction.”
“Literacy and other forms of cultural memory make Peace more attractive.”

Each time you read in newspapers about a bomb attack, you think in what a dangerous world we live. You mum keeps telling you, that when she was young people were not the same, there was not so many psychopaths, pedophiles and murderers. And of course everyone tells you, that the XXth century was the most bloody in whole history.
And then Steven Pinkers demonstrates you, that this is mainly our impression, not facts. With well proven mathematical and statistical models he shows that you would be shocked if you found yourself, for example, in the middle ages or within a very pacific primal tribe. A very optimistic thought.

Some quotes:
About social science: “Social scientists should never try to predict the future; they have enough trouble predicting the past.”
About religious tolerance “You say that it is your custom to burn widows. Very well. We also have a custom: when men burn a woman alive, we tie a rope around their necks and we hang them. Build your funeral pyre; beside it, my carpenters will build a gallows. You may follow your custom. And then we will follow ours.”
About burning witches: “A great principle of moral advancement, on a par with “Love thy neighbor” and “All men are created equal,” is the one on the bumper sticker: “Shit happens.”
And my favorite, about evolution of political PR: “No longer was it possible simply and honestly to proclaim like Julius Caesar, ‘I came, I saw, I conquered.’ Gradually this was changed to ‘I came, I saw, he attacked me while I was just standing there looking, I won.’ This might be seen as progress.

The idea that human beings evolved from a peaceful ancestor resembling the bonobo presents two problems. One is that it is easy to get excited about the history of hippie chimpanzees. Bonobos are an endangered species that lives in inaccessible forests in dangerous areas of the Congo, and much of what we know of them comes from observations of small groups of well-nourished pups or young adults in captivity. Many primatologists suspect that systematic studies with groups of older, hungrier, and more populous bonobos would draw a darker picture. It turns out that the bonobos in freedom hunt, they face each other with aggressiveness and in the fights they get hurt, sometimes maybe with dire consequences. Thus, although they are unquestionably less aggressive than common chimpanzees – they do not attack each other in groups and communities can mingle placidly – certainly not all are always peaceful.
The second problem-the most important one-is that the common ancestor of the two species of chimpanzees and humans is much more likely to resemble the common chimpanzee than the bonobo.
One of the tragic ironies of the second half of the twentieth century is that when colonies in the developing world were liberated from European rule, they often slipped into war, this time exacerbated by modern weapons, organized militias and freedom of young people to disobey the elders of the tribe.
So, was Hobbes right? Partly, yes. In the nature of man we find three main causes of quarrel: the benefit (predatory attacks), security (preemptive attacks) and glory (attacks as retaliation). And the figures confirm that, in relative terms, “during the time when men live without a common power that intimidates them, they are in that state that we call war,” and that in such a state they live in “constant fear and in danger of violent death ».
However, from his 17th century armchair in England, Hobbes could not help but be quite wrong. The peoples of stateless societies cooperate extensively with their relatives and allies.

Torture is not a thing of the past, of course. In modern times many police states have been tortured, during ethnic cleansing operations and genocides, as well as democratic governments in interrogations and counter-insurgency activities, the most unfortunate of which are those of the George W. Bush administration after the attacks of September 11. September. However, the sporadic, clandestine and universally condemned outbreaks of torture of our time are not comparable to the centuries of institutionalized sadism in medieval Europe. In the Middle Ages, torture was not hidden or denied, nor were euphemisms sought. It was not just a tactic by which brutal regimes intimidated their political enemies or moderate regimes extracted information from suspected terrorists. It did not come from an exalted crowd that materialized its hatred of a dehumanized enemy. No, torture was intertwined in the fabric of public life. It was a cultivated and celebrated form of punishment, an outlet for artistic and technological creativity. Many of the instruments of torture were magnificently worked and decorated. They had been designed to inflict not only physical pain, as would the whipping, but visceral horrors, as occurred when inserting objects through sensitive orifices, violating the body wrap, exhibiting the victim in humiliating postures or placing it in such a way that its own diminishing resistance would increase the pain and provoke disfigurement or death. The torturers were the greatest experts of the time in anatomy and physiology, and they used their knowledge to maximize suffering, avoid nerve injuries that could attenuate it, and prolong the conscious state as much as possible before death. When the victims were women, sadism acquired erotic overtones …
Torture was not just a kind of rudimentary justice, a crude attempt to stop violence with the threat of greater violence. Most of the transgressions that sent a person to the stocks or to the stake were not violent actions, and at present many are not even considered legally punishable, like heresy, blasphemy, apostasy, criticism of the government, gossip, reprimands, adultery or unconventional sexual practices. Both Christian and secular legal systems, inspired by Roman law, used torture to extract a confession and thus declare a suspect guilty, ignoring the obvious that a person will say anything as long as he ceases. the pain. Thus, the torture used to obtain a confession is even more absurd than that used to deter, terrorize or extract verifiable information, such as names of accomplices or location of weapons.

After the attacks of September 11, 2001, terrorism became an obsession. The politicians and connoisseurs raised their rhetoric to the maximum volume: since the time of Sartre and Camus, the word “existential” had not been heard so much (generally accompanying threat or crisis). According to many experts, terrorism had made the United States a “vulnerable” and “fragile” country and threatened to eliminate the “ascendance of the modern state,” “our way of life,” or “civilization itself.” In a 2005 article in The Atlantic, for example, a former White House counterterrorism official prophesied with a tone of great assurance that, on the tenth anniversary of the September 11 attacks, the American economy would be paralyzed due to attacks on casinos, metros and shopping centers, the regular destruction of commercial aircraft by portable missile launchers, and catastrophic sabotage actions in chemical plants. Overnight, the immense bureaucracy of the Department of Homeland Security was created to reassure the country with a “theater of security,” such as color-coded terrorist warnings, advertisements for plastic bags and duct tape. Obsessive verification of identity documents (despite the abundance of counterfeits, to the point that George W. Bush’s own daughter was arrested for using one to order a margarita), the confiscation of nail clippers at airports, the lifting of concrete walls around rural post offices, or the designation of eighty thousand locations as “potential terrorist targets”.
The number of American fatalities, with or without 9/11, with other avoidable causes of death. Each year more than forty thousand Americans die in traffic accidents, twenty thousand in falls, eighteen thousand in homicides, three thousand drowned (three hundred of them in bathtubs), three thousand in fires, twenty-four thousand by accidental poisoning, two thousand five hundred by complications surgical, three hundred asphyxiated in bed, three hundred by inhalation of gastric contents, and seventeen thousand due to “other unspecified accidents unrelated to transport and its aftermath”. In fact, every year, less in 1995 and 2001, more Americans have died from lightning, deer, allergies to peanuts, bee stings or “by burning or melting sleepwear” than by terrorist attacks. The number of deaths due to terrorist attacks is so small that even minor measures to avoid them can increase the risk of dying.
The discrepancy between the panic generated by terrorism and the deaths it generates is no accident. Panic is the key point of terrorism, the word itself makes it clear. Although the definitions vary (as in the topic “For some terrorists, for other guerrilla fighters”), terrorism is generally understood to be premeditated violence perpetrated by a non-state actor against non-combatants (civilians or soldiers out of service) of a political, religious or social objective, conceived to coerce a government or transmit a message to a broad public. Terrorists may want to extort a government to capitulate a demand, weaken people’s confidence in their government’s ability to protect them, or provoke a massive crackdown that puts people against their government or provokes violent chaos in which the terrorist faction hopes to impose itself. Terrorists are altruistic in the sense that they are motivated more by a cause than by personal gain. They act by surprise and in secret; hence the well-known name of “cowards”. And they know how to communicate, they look for publicity and attention, which they get thanks to fear.
Terrorism is a form of asymmetric warfare – the tactic of the weak against the strong – that capitalizes on the psychology of fear to cause emotional harm disproportionate to the damage to lives and material goods.

We live in a dangerous world, of course. As I have emphasized, a statistical assessment of history tells us that violent catastrophes may be unlikely, but not overly improbable. However, this can also be expressed in a more optimistic way. The violent catastrophes may not be overly improbable, but they are unlikely.
Revenge is not limited to tribal and political exaltados, but it is an easy button to pulsate in the brain of the whole world. The homicidal fantasies confessed by a large majority of university students are almost all fantasies of revenge. And in certain laboratory studies, it is easy to induce the participants to avenge a humiliation: they write an essay and they are given an insulting evaluation written by a partner (who is an accomplice of the experimenters or totally fictitious). At that moment, Allah smiles: the student is asked to participate in a study that, precisely, gives him the opportunity to punish his critic by applying a discharge, sounding an air horn next to him, or (in more recent experiments, investigated by committees of human subjects reluctant to violence) forcing him to drink hot sauce in a false taste experiment. It works as a thousand wonders. Revenge is, in a quite literal sense, an impulse.

Biologists and cognitive neuroscientists are discovering mirror neurons – the so-called neurons of empathy – that allow human beings and other species to feel and experience another’s situation as if it were their own. Apparently, we are the most social animals and we seek intimate participation and the company of our fellow human beings.
In turn, social scientists are beginning to analyze human history with an empathic lens and, throughout the process, are discovering narrative threads – previously hidden – according to which human evolution is measured according not only to the expansion of power on nature but also to the intensification and extension of empathy to beings of diverse character in wider temporal and spatial environments. The growing scientific evidence that we are a basically empathic species has profound and far-reaching consequences for society and may very well determine our destiny as a species.
What is needed now, if we intend to resuscitate the global economy and revitalize the biosphere, is nothing less than a leap to global empathetic consciousness and do it in less than a generation. The question ends up being this: what is the mechanism that allows empathic sensibility to mature and consciousness to expand through history?

The empathy that is valued today-an altruistic concern for others-can not be equated with the ability to think what they are thinking or to feel what they are feeling. We have to distinguish several meanings of the word that has come to be used for numerous mental states.
The original and most mechanical meaning of empathy is projection: the ability to put one in the place of a person, an animal or an object, and imagine the feeling of being in that situation. The example of the skyscraper reveals that the object of one’s empathy in this sense does not even need to have feelings, let alone feelings that the empathizer cares about.
Closely related is the ability to adopt perspectives, that is, to visualize the world from the point of view of another.

Optimism requires a touch of arrogance, because it extrapolates the past to an uncertain future. Although I have full confidence that human sacrifices, birth slavery, broken wheel and wars between democracies will not return, predicting that the current levels of crime, civil wars or terrorism will last is to enter a territory that angels fear step. What we can be sure of is that until today many kinds of violence have diminished, something that we can strive to understand.
Religion does not play a single role in the history of violence; in fact, religion has not been a single force in the history of anything. The immense set of movements that we call “religious” have little in common except for their differences from the secular institutions that are recent appearances on the human scene. In addition, beliefs and religious practices, despite their claims of divine origin, are inherent in human affairs, respond to their intellectual and social currents. When the currents move in illustrated directions, religions tend to adapt to them, as is evident above all in the discreet neglect of the bloodiest passages of the Old Testament. Not all the adaptations are as manifest as those of the Mormon Church, whose leaders had in 1890 the revelation of Jesus Christ that the Church should abandon the practice of polygamy (at that time, polygamy hindered the incorporation of Utah to the Union), and in 1978 another according to which they had to open the door of the priesthood to the blacks, formerly bearers of the mark of Cain. But more subtle adaptations aroused by dissident confessions, reform movements, ecumenical councils and other liberalizing forces caused other religions to be swept away by the humanistic tide. When the fundamentalist forces oppose these currents and impose tribal, authoritarian and puritanical restrictions, it is when religion becomes a force that favors violence.

When the Leviathan does wield the sword, the benefit depends on his applying force judiciously, adding punishments only to the “aggressive” squares of his decision matrix of the subjects. When the Leviathan indiscriminately adds penalties to the four squares, treating the subjects with cruelty to remain in power, it can cause as much damage as the one it avoids. The advantages of democracies over autocracies and anocracies arise when a government slowly and carefully administers enough strength to the right boxes of the decision matrix to take the pacifist option from an exasperatingly unattainable ideal to an irresistible option.
(The doux commerce)
The idea that an exchange of benefits can transform the zero-sum war to the mutual benefit of a positive sum was one of the key ideas of the Enlightenment, reactivated in modern biology as an explanation of how cooperation among unrelated people evolved. It modifies the pacifist’s dilemma by sweetening the result of mutual pacifism with the mutual gains of the exchange.

However, while this planet has been circling according to a law of established gravity, the species has found ways to lower the numbers of violence and allow a growing proportion of humanity to live in peace and die for causes natural . Despite all the tribulations of life, despite all the problems that still exist in the world, the decrease in violence is an achievement that we can taste, as well as an impulse to value the forces of civilization and the tolerance that made it possible.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .