Waterloo. La Historia De Cuatro Días, Tres Ejércitos Y Tres Batallas — Bernard Cornwell / Waterloo: The History of Four Days, Three Armies, and Three Battles by Bernard Cornwell

“Waterloo” no es el último libro de la serie de Sharpe, ya sea cronológicamente o por escrito, pero es el que está esperando, la culminación de todo. Sharpe y Wellington han estado peleando por España y Francia durante años, hemos leído 19 libros anteriores sobre Sharpe, y ahora es esa batalla histórica que rompe la tierra.
Cornwell no decepciona. La importancia de la materia está significada deliberadamente en la firma de Cornwell – él no concluye con “Sharpe’s Waterloo” – e involuntariamente en el lanzamiento de la edición estadounidense del nombre de Sharpe del título. Cornwell sugiere en otra parte que esta no fue su elección, pero está bien. Habría sido un esfuerzo para hacer este “Sharpe’s Waterloo”. Cornwell hace bien en encontrar un par de lugares clave para involucrar a Sharpe en la acción, ayudando a mantener un reducto clave, una granja amurallada, a primera hora del día, y reuniendo a una de las tres unidades británicas maltratadas – otra dirigida por el mismo Wellington – para ponerse de pie y mantener contra un avance francés superior tarde en el día.
Como escribe en otra parte, trató de trabajar en la pequeña historia, en este caso, la ex esposa de Sharpe, Jane, quien en la entrega anterior se ha enfrentado con un aristócrata de Nancy, le robó la fortuna a Sharpe y ahora lo necesita muerto para que pueda volver a casarse y sacudirse el escándalo que se le atribuye. El amante busca alguna experiencia militar para la gloria que le traerá, y los tres se encuentran en Bélgica.
Pero aquí hay menos de lo que parece. Cornwell dice que simplemente no podía ponerse en marcha en la pequeña historia, con Waterloo apareciendo en el fondo.
Sharpe, que ahora vive con Lucille Castineau en Normandía, se une a la fuerza holandesa liderada por William, duque de Orange, principalmente por la paga, pero en realidad porque no puede mantenerse alejado. Tampoco puede Harper, ahora propietario de una taberna civil y comerciante de caballos en Dublín. Su afiliación libre le permite a Cornwell dejarlos vagar en la batalla, dando al lector la oportunidad de ver más teatros de acción.
Su descripción de la batalla, así como la batalla franco-británica que condujo a ella, en Quatre Bras, es simplemente impresionante. Esta es la reunión culminante de Napoleón y Wellington, que nunca se han enfrentado en la batalla: el tiránico genio del campo de batalla francés, que inspiró un imperio y un ejército y causó la muerte de millones; y el subestimado, discreto, pero invicto general de una nación que toma a sus marineros más en serio, y que sorprendentemente retomó a España y Portugal de los ejércitos franceses mucho más grandes.
Al hacerlo, Wellington aprendió a triunfar sobre la táctica característica de Napoleón: el uso de enormes columnas de soldados marchando hombro a hombro con un tambor aterrador, los que están delante seguramente mueren pero protegen a los que están detrás de ellos, que finalmente derrotan al enemigo con su incesante avance . Esto funcionó hasta que las tropas francesas se encontraron con líneas de mosquetes británicas disciplinadas y de rápido disparo. Aún así, Napoleón en Waterloo tiene una gran fuerza a su disposición, mucha más artillería y caballería que Wellington, y trae a este último para soportar todo su esplendor medieval. Y el destino de Europa y el curso de la historia están en juego; lo sabemos ahora y ellos lo sabían entonces.
Cornwell tiene 120 páginas para describir el día culminante en sí, y al final, el lector se siente exprimido. El alcance de la batalla -los numerosos cambios de ímpetu, las numerosas cargas de caballería, las amenazas de las grandes columnas- es impresionante, y Cornwell logra dejar que el drama surja de forma natural.
Wellington es superado por Napoleón y la salvación radica solo en la llegada de sus aliados prusianos, por quienes espera … y espera … y espera. Los Aliados casi pierden esta batalla, con atroces errores tácticos que Cornwell coloca en gran medida en el regazo de William, aunque Cornwell señala que los historiadores no están de acuerdo con eso, o de hecho sobre gran parte de lo que sucedió. Uno se pregunta cómo Napoleón, en el ataque la mayor parte del día, logró perder, pero eso es lo que hace que el drama – los momentos en que la marea está a punto de romperse, y alguna contramedida heroica lo detiene. Te das cuenta de que las batallas como estas no son solo sobre disparos y números, sino sobre los corazones de los hombres que luchan contra ellos, lo que hunde sus espíritus en el punto de quiebre y lo que los lleva a la victoria.

Napoleón había dominado Europa, pero existía un enemigo al que nunca se había enfrentado y al que por tanto no había logrado derrotar: el duque de Wellington, cuyo prestigio militar únicamente cedía ante el del mismísimo Napoleón. Arthur Wesley, pues así se llamaba, era el cuarto hijo del conde y la condesa de Mornington. La familia Wesley formaba parte de la aristocracia anglo-irlandesa, así que Arthur había pasado buena parte de su juventud en Irlanda, su tierra natal, aunque habría de recibir prácticamente toda su educación en Eton, institución en la que no fue feliz
Se producían constantes comparaciones entre el duque de Wellington y Napoleón. Sin embargo, en 1814 le preguntaron si lamentaba no haber entrado nunca en batalla con Napoleón, a lo que el inglés respondió: «En absoluto, me alegra mucho no haberlo hecho». Wellington despreciaba a Napoleón como hombre, pero le admiraba como soldado, y admitía que la sola presencia del Emperador en el campo de batalla proporcionaba al ejército el empuje de cuarenta mil hombres. Por otra parte, el duque de Wellington era consciente de no haber perdido nunca una batalla —cosa que también le diferenciaba de Napoleón—, pero sabía que un enfrentamiento con el corso podía perfectamente significar la pérdida de tan extraordinaria marca.
No obstante, en el verano de 1814 nadie podía reprocharle al duque que pensara haber dejado definitivamente atrás sus días de lucha. Sabía que los empeños bélicos se le daban bien, pero, a diferencia de Napoleón, él nunca se había deleitado con los combates. La guerra era una lamentable necesidad.

Napoleón estaba seguramente en lo cierto al sostener que en una guerra lo más difícil era «adivinar los planes del enemigo». Y ésa fue precisamente la dificultad a la que tuvieron que enfrentarse el mariscal Blücher y el duque de Wellington. ¿Qué estaba tramando el Emperador?
El primer interrogante por resolver pasaba por determinar si el Emperador se disponía a atacar o no, y en caso de respuesta afirmativa, los dos generales de la Séptima Coalición tendrían que averiguar dónde y cuándo se produciría esa ofensiva. Sin embargo, sólo tres días antes de que estallara la tormenta bélica, el duque de Wellington todavía estaba convencido de que no iba a producirse ninguna matanza. Wellington tenía planeado dar un baile en Bruselas el 21 de junio, ya que en esa fecha se cumplía el segundo aniversario de la gran victoria que había conseguido en Vitoria en 1813.
Napoleón creía poder obligar a los prusianos a retroceder todavía más antes de lanzarse al ataque contra los británicos. Todo estaba saliendo de acuerdo con lo planeado. El único contratiempo era que Ney todavía no se había hecho con el control de Quatre-Bras.

Lo que verdaderamente planeaba el Emperador era debilitar las líneas de Wellington antes de lanzar toda una serie de ataques masivos a fin de asestar un mazazo lo suficientemente contundente como para aplastar el centro del ejército del duque, lo que significa que se proponía hacer exactamente lo que Wellington quería. El Emperador había declarado que a la hora de comer todo habría terminado, aunque después había tenido que aguardar a que el terreno se secara, de modo que debía pensar que la victoria podía quizá retrasarse hasta la hora del té.
Por tanto, ¿cuál era la estrategia prevista para debilitar el centro del contingente británico-holandés? Primero había que contar con los cañones, los grandes y pesados morteros capaces de triturar batallones enteros y dejarlos reducidos a una masa amorfa de jirones humanos, tal como habían hecho con la expuesta infantería prusiana, que había saltado en pedazos en las laderas situadas justo encima de Ligny. Wellington había colocado al grueso de su infantería al otro lado de la cresta en la que él mismo se apostaba, y eso reducía la eficacia del apisonamiento artillero, pero el Emperador también planeaba efectuar una maniobra de distracción lanzando un ataque lo suficientemente intenso como para convencer a Wellington de que debía reforzar el ala derecha del contingente británico-holandés, debilitando así el núcleo central de sus fuerzas. Eso implicaba abalanzarse sobre Hougoumont, esto es, el complejo de edificios situado junto al flanco derecho de Wellington, la fortaleza que el barón von Müffling temía que no contara con una guarnición suficientemente nutrida. Napoleón se daba cuenta de que si amenazaba a su adversario con la toma de Hougoumont, entonces Wellington no tendría más remedio que dedicar una parte de los efectivos que tenía apostados en lo alto de la loma para reforzar dicha guarnición. Y una vez que esos refuerzos hubieran abandonado la protección de la crestería ya podría el Emperador lanzar el verdadero ataque, una embestida arrolladora que haría emprender a sus tropas una desaforada carrera a través del valle para hacerse con los reductos del Mont-Saint-Jean.

Napoleón y Wellington empleaban de forma diferente la artillería. Para empezar, en Waterloo el francés disponía de bastantes más cañones: 246 piezas frente a las 157 del duque, y además, en conjunto, las armas del Emperador eran más pesadas que las del general inglés. Tanto los franceses como los prusianos utilizaban cañones de doce libras, mientras que los morteros británicos de mayor calibre eran armas de nueve libras. El Emperador se había formado en el arma de artillería y tenía una gran fe en sus cañones. Le gustaba agruparlos en una gran batería y servirse de ellos como arma ofensiva, antes que como elemento de defensa. En 1809, en la batalla de Wagram, Napoleón había triturado el centro del ejército austríaco con una gran batería de 112 cañones. Y ahora en Waterloo había concentrado ochenta cañones en otra poderosa batería artillera.
Los cañones franceses también servían, obviamente, como arma defensiva, pero Napoleón sabía que era necesario «ablandar» todas las posiciones enemigas antes de lanzar a sus tropas al asalto.
Wellington prefirió no concentrar sus cañones en una Grande Batterie a la francesa, optando en cambio por dispersar sus piezas de artillería pesada a lo largo de todo el frente de combate y posicionándolas de forma que pudieran responder a cualquier acometida de Napoleón. El uso que hacía de los cañones el ejército británico-holandés era de carácter fundamentalmente defensivo, y de hecho sus mandos tenían terminantemente prohibido entrar en el juego del cruce de disparos con las baterías contrarias. Si una unidad de artillería iniciaba un duelo con las formaciones de armamento pesado del enemigo, existían muchas probabilidades de que la refriega terminara por llamar la atención de otras piezas adversarias, concentrando su potencia de fuego en la zona en cuestión y provocando indefectiblemente la destrucción de las ruedas o los armones para el transporte, circunstancia que volvía inútiles las armas en tanto no pudieran repararse los destrozos.

La potencia de fuego de la infantería británica había vuelto a dar muestras de su efectividad y la línea había vencido una vez más a la columna. Se había derrotado en unos segundos a ocho mil hombres, y se los había expulsado de la pendiente concentrando sobre ellos una apretada serie de ráfagas de mosquete y despedazándolos con botes de metralla. Para librarse de tan terrible castigo, los supervivientes habían huido ladera abajo, resbalando en la tierra empapada en sangre, tropezando con los caballos moribundos y acabados, y con el bulto de sus compañeros muertos o heridos. La cuesta estaba repleta de petos de hierro, ya que los coraceros que eran derribados de sus monturas se desembarazaban de ellos para correr como el viento y salvar la vida. También se hallaba cubierta con las vainas de las espadas, dado que muchos jinetes franceses se habían desprendido deliberadamente de ellas para significar que no habrían de enfundar el acero en tanto no les sonriera la victoria.
Había sido una locura ordenar que un contingente de infantería desprotegido atacase a las tropas británicas, dado que éstas, pese a contar con un buen número de heridos entre sus filas, no habían roto la formación. Tan descabellado, por otra parte, como enviar colina arriba a la caballería sin proporcionarle el respaldo de la infantería ni el adecuado apoyo de una artillería próxima al escenario del choque. Si el Emperador tenía realmente pensado que el sacrificio de su caballería iba a traer no obstante la destrucción de la infantería de Wellington, lo cierto es que la doble prueba de aquel «diluvio mortal», precedido de una «descarga de fusilería de increíble violencia», acababa de demostrar que su presunción no era más que un horrendo error. Si los franceses querían perforar las líneas de Wellington, estaba claro que iban a tener que practicar con mucha mayor pericia aquel letal juego de piedra, papel, tijera, dado que los generales Foy y Bachelu venían de descubrir que los batallones ingleses, por vapuleados que pudieran encontrarse, todavía podían descerrajar sobre el enemigo unas andanadas de cañón y mosquete realmente abrumadoras.

Wellington cabalgó en la oscuridad hasta Waterloo. Desmontó y dio una amistosa palmadita al animal, tras lo cual Copenhague azotó nerviosamente el aire con el casco. El duque se encontraba fatigado. «Tanto la mente como el ánimo quedan exhaustos», le acababa de decir a lady Shelley. Debía de experimentar también una enorme sensación de alivio, «¡Doy gracias a Dios por haberme medido a él!», habría de exclamar más tarde (una gratitud que no sólo sentía por haberlo tenido enfrente, sino por haber sobrevivido al encontronazo). «Ha sido un choque condenadamente delicado», le dijo a Creevey al día siguiente, ya en Bruselas: «¡el desafío más ajustado que haya librado en toda mi vida!». Wellington emplea la palabra «delicado» para significar que se ha salvado por los pelos, que ha vivido una situación apurada. Otra de las cosas que también le comentó a Creevey, seguramente con razón, fue la siguiente: «¡Vive Dios! ¡Jamás lo habría juzgado posible de no haber estado allí!».
La batalla de Waterloo fue una victoria aliada. Así había sido planeada y así habrían de confirmarlo los hechos. Wellington jamás habría tomado la decisión de resistir de haber pensado un solo instante que los prusianos pudieran dejarle en la estacada. Blücher jamás habría efectuado la larga marcha que se vio obligado a hacer de haber creído que Wellington pudiera rajarse y echar a correr. Es cierto que los prusianos llegaron más tarde de lo que esperaba el duque, pero es probable que eso contribuyera incluso al éxito de la batalla. Si las fuerzas de Blücher se hubiesen presentado en el campo de batalla dos o tres horas antes, Napoleón podría haber renunciado al combate y tocado a retirada.
Una pregunta que resulta más fácil de responder que la de «¿quién ganó la batalla?» es la de «¿quién la perdió?», y la respuesta ha de ser, por fuerza: Napoleón. Tanto Wellington como Blücher dieron una lección de liderazgo: sus hombres podían verles y se sentían animados por su presencia, pero Napoleón dejó la dirección de la batalla en manos del mariscal Ney, quien, pese a ser un hombre extremadamente valiente, apenas hizo otra cosa que empujar a las tropas y lanzarlas contra el más hábil de todos los generales defensivos de la época. Los franceses tenían tiempo y hombres suficientes para romper las líneas de Wellington, y sin embargo fracasaron. Ese fiasco se debió en parte al hecho de que el duque defendió sus posiciones de un modo extraordinariamente inteligente, y en parte también a la circunstancia de que los franceses no supieron coordinar un ataque con todas las armas de su ejército, abatiéndose simultáneamente sobre las líneas aliadas. Además, retrasaron el inicio de la batalla en una jornada en la que Wellington rezaba para conseguir justamente eso: ganar tiempo. Desperdiciaron un gran número de efectivos en el asalto contra Hougoumont. Ney lanzó adelante a la caballería francesa en un ataque que se prolongó excesivamente, ya que se necesitó prácticamente toda la tarde para resolverlo. Los motivos que pudieran haber empujado a Napoleón a confiar el desarrollo de la batalla a Ney constituyen un misterio. No hay duda de que Ney era un mariscal de gran coraje, pero el Emperador ya le había vituperado en una ocasión diciendo de él que se había revelado «demasiado estúpido para alcanzar el éxito», y si tal era la opinión que le merecía, ¿por qué descansarse en él? Es más, cuando los franceses consiguieron el mayor logro que iba a serle dado al Emperador en la contienda —la toma de La Haie Sainte, que permitió que sus tropas ocuparan la ladera frontal de la loma que defendía Wellington—, Napoleón se negó a reforzar el centro, dando así tiempo para que el duque organizara sus propios refuerzos. Y por último, cuando la Guardia Imperial atacó al fin ese núcleo central del ejército inglés, no sólo era ya demasiado tarde, sino que el número de los efectivos franceses resultaba ya insuficiente, por no mencionar el hecho de que para entonces los prusianos se habían situado junto al flanco del contingente galo y se cernían amenazadoramente sobre su retaguardia.
Como en tantas otras ocasiones, el duque estaba en lo cierto: es imposible referir los acontecimientos de una batalla, por la sencilla razón de que hay demasiados y de que se entrelazan de forma tan estrecha que resulta inviable detectar y separar los diferentes cabos que permitirían desenmarañar el ovillo. Para algunos de los hombres que intervinieron en ella, el choque era simplemente una borrosa barahúnda, una jornada de terror en la que apenas tuvieron oportunidad de ver nada salvo una gran humareda. Había batallones que no sabían siquiera donde estaba el enemigo y que únicamente acertaban a distinguir la dirección en la que podía hallarse por los destellos de las descargas de los mosquetes, que iluminaban ese humo y les señalaban la zona a la que debían disparar. Una vez terminado el enfrentamiento, muchos de ellos trataron de hallar sentido al caos que se habían visto obligados a soportar y con ese fin dieron forma a sus relatos, elaborados a posteriori.

Son muchísimos los relatos de interés humano que ofrece Waterloo, aunque muy pocos cuenten con final feliz. El día anterior al encontronazo, el comandante que se hallaba al frente del 40.º regimiento escribió una carta a su esposa. Era un irlandés de treinta y cuatro años que tenía bajo su mando a un batallón del condado de Somerset, y la carta que le vemos redactar la víspera de Waterloo es la misma que escribieron muchos de los soldados allí presentes: unas últimas líneas por si acaso el autor venía a fallecer al día siguiente. Franceses, holandeses prusianos, hannoverianos, escoceses, irlandeses, galeses e ingleses habrían de escribir misivas muy similares pocas horas antes del inicio de las hostilidades. «Mi querida Mary», dice el comandante Arthur Heyland:
Dios quiera que te sirva de consuelo recordar que los más felices días de mi vida han sido aquellos en que he disfrutado de tu amor y de tu afecto, y que moriré sin haber amado a ninguna otra mujer, con la ferviente esperanza de que nuestras almas puedan reunirse en el más allá para no volver a separarse jamás. Te dejo, Mary querida, a mis amadísimos hijos. ¡Que Dios te bendiga, Marianna mía, la más gentil de las chiquillas! Anne, John, que el cielo os ampare […].

El comandante Arthur Heyland fue uno de los miles de soldados que encontraron la muerte en la batalla de Waterloo.

París se rendía a los aliados el 4 de julio de 1815.
Napoleón llegaba a Santa Helena, en el Atlántico meridional, el 15 de octubre de 1815. Le quedaban seis años de vida y habría de dedicar la mayoría de ellos a escribir unas tendenciosas memorias destinadas a alimentar el culto napoleónico que todavía predomina en Francia. Basil Jackson, el oficial del Estado Mayor británico que llevó al general Picton la orden de retirarse de Quatre-Bras, era uno de los miembros de la guarnición de Santa Helena encargada de la custodia de Bonaparte y nos ha dejado constancia de que el vencido Emperador adoptó deliberadamente una actitud basada en quejarse constantemente, unas veces porque se le imponían «restricciones innecesarias, otras porque le insultaba el gobernador, o escaseaban las provisiones, se le daba un pésimo alojamiento, tenía que vivir en un clima insalubre y un montón de agravios por el estilo». Pocos de esos lamentos estaban justificados, pero Napoleón no sólo consiguió manchar la reputación de sir Hudson Lowe, el sufrido gobernador de la isla, sino que logró también que su propia figura inspirase lástima. Tras su fallecimiento, ocurrido en el año 1821, Napoleón fue enterrado en un hermoso valle de montaña desde el que se dominaba el Atlántico, pero en 1840 sus restos mortales fueron trasladados a Francia.
Esta batalla supuso un punto de inflexión histórico. La segunda mitad del siglo XVIII había sido escenario de la larga lucha por la supremacía que llevaba años enfrentando a Francia con Gran Bretaña. La guerra de los Siete Años expulsó de Norteamérica a los franceses, pero Francia consiguió la revancha durante la Revolución estadounidense, al infligir sus fuerzas —aliadas con las de George Washington— una decisiva derrota a los ingleses y materializar de ese modo la independencia de Estados Unidos. Diez años más tarde se iniciaron las guerras revolucionarias francesas, y salvo por el breve respiro de 1802, la contienda —prolongada en las guerras napoleónicas— iba a perdurar hasta el año 1815. Waterloo puso fin a esa pugna y permitió que Gran Bretaña se convirtiera en la potencia hegemónica a lo largo de todo el siglo XIX, dominio que había quedado sellado con la defensa de la loma del Mont-Saint-Jean que tan bien había sabido hacer el duque de Wellington.

Magnífico ensayo que viene con multitud de cuadros y gráficos, muy recomendable.

“Waterloo” isn’t the last book in the Sharpe series, either chronologically, or to be written, but it’s the one you’re waiting for, the culmination of it all. Sharpe and Wellington have been fighting through Spain and France for years, we’ve read 19 previous books about Sharpe, and now it’s that earth-shattering historical battle.
Cornwell does not disappoint. The subject matter’s importance is signified deliberately in Cornwell’s signoff – he does not conclude with “Sharpe’s Waterloo” – and unwittingly in the American edition’s dropping of Sharpe’s name from the title. Cornwell suggests elsewhere that this was not his choice, but it’s just as well. It would have been a stretch to make this “Sharpe’s Waterloo”. Cornwell does well to find a couple of key places to throw Sharpe into the action, helping hold a key redoubt, a walled farm, early in the day, and rallying one of three battered British units – another led by Wellington himself – to stand and hold against a superior French advance late in the day.
As he writes elsewhere, he tried to work in the small story – in this case, Sharpe’s estranged wife Jane, who in the previous installment has taken up with a Nancy-boy aristocrat, stolen Sharpe’s fortune and now needs him dead so that she may remarry and shake off the scandal attaching to her. The lover seeks some military experience for the glory it will bring him, and the three meet in Belgium.
But there is less here than meets the eye. Cornwell says he just couldn’t get going in the small story, what with Waterloo looming in the background.
Sharpe, now living with Lucille Castineau in Normandy, signs up with the Dutch force led by William, Duke of Orange, mostly for the pay but really because he can’t stay away. Neither can Harper, now a civilian tavern owner and horse trader in Dublin. Their loose affiliation allows Cornwell to let them roam at the battle, giving the reader an opportunity to see more theaters of action.
His description of the battle, as well as the Franco-British battle leading to it, at Quatre Bras, is just breathtaking. This is the climactic meeting of Napoleon and Wellington, who have never faced each other in battle – the tyrannical French battlefield genius, who inspired an empire and an army while bringing death to millions; and the underrated, understated, but undefeated general for a nation which takes its sailors more seriously, and who amazingly retook Spain and Portugal back from much larger French armies.
In so doing Wellington learned to trump Napoleon’s signature tactic: the use of huge columns of soldiers marching shoulder to shoulder to a terrifying drumbeat, those in front sure to die but protecting those behind them, who ultimately overwhelm the enemy with their numbers and relentless advance. This worked until French troops met disciplined, fast-firing British musket lines. Still, Napoleon at Waterloo has a huge force at his disposal, far more artillery and cavalry than Wellington does, and brings the latter to bear in all its medieval pageantry. And the fate of Europe, and the course of history, is in the balance; we know it now and they knew it then.
Cornwell takes 120 pages to describe the climactic day itself, and at the end, the reader feels wrung out. The sweep of the battle – the many changes of momentum, the numerous cavalry charges, the threats of the big columns – is awe-inspiring, and Cornwell succeeds in letting the drama emerge naturally.
Wellington is outmanned by Napoleon and salvation lies only with the arrival of his Prussian allies, for whom he waits … and waits … and waits. The Allies almost lost this battle, with egregious tactical errors that Cornwell places largely in William’s lap, although Cornwell notes that historians don’t all agree with that, or indeed about much of what happened. One wonders how Napoleon, on the attack most of the day, managed to lose, but then that’s what makes for the drama – the moments that the tide is about to break, and some heroic countermeasure stops it. You realize that battles like these are not all about gunfire and numbers, but about the hearts of the men who fight them – what sinks their spirits to the breaking point, and what lifts them to victory.

Napoleon had dominated Europe, but there was an enemy he had never faced and whom he had not yet managed to defeat: the Duke of Wellington, whose military prestige only gave way to that of Napoleon himself. Arthur Wesley, that was his name, was the fourth son of the Earl and Countess of Mornington. The Wesley family was part of the Anglo-Irish aristocracy, so Arthur had spent much of his youth in Ireland, his homeland, although he would receive practically all his education in Eton, an institution in which he was not happy
There were constant comparisons between the Duke of Wellington and Napoleon. However, in 1814 he was asked if he regretted never having entered into battle with Napoleon, to which the Englishman replied: “Not at all, I am very glad that I did not do it.” Wellington despised Napoleon as a man, but admired him as a soldier, and admitted that the mere presence of the Emperor on the battlefield provided the army with the thrust of forty thousand men. On the other hand, the Duke of Wellington was aware of never having lost a battle – which also differentiated him from Napoleon – but he knew that a confrontation with the Corsican could perfectly mean the loss of such an extraordinary mark.
However, in the summer of 1814, no one could reproach the duke for thinking he had left his days of struggle behind. He knew that fighting was good for him, but, unlike Napoleon, he had never delighted in the fighting. The war was a pitiful need.

Napoleon was surely right in holding that in a war the hardest part was “guessing the enemy’s plans.” And that was precisely the difficulty that Marshal Blücher and the Duke of Wellington had to face. What was the Emperor plotting?
The first question to be resolved was to determine whether the Emperor was ready to attack or not, and in case of an affirmative answer, the two generals of the Seventh Coalition would have to find out where and when that offensive would take place. However, only three days before the storm of war broke out, the Duke of Wellington was still convinced that no killing was going to take place. Wellington had planned to give a dance in Brussels on June 21, since on that date it was the second anniversary of the great victory he had won in Vitoria in 1813.
Napoleon believed he could force the Prussians to retreat further before they launched an attack on the British. Everything was going according to plan. The only setback was that Ney had not yet taken control of Quatre-Bras.

What the Emperor really planned was to weaken Wellington’s lines before launching a whole series of massive attacks in order to deliver a blow powerful enough to crush the center of the duke’s army, which meant that he intended to do exactly what he wanted to do. Wellington wanted. The Emperor had declared that at the time of eating everything would be over, though afterwards he had had to wait for the ground to dry, so he must have thought that victory might be delayed until tea time.
Therefore, what was the planned strategy to weaken the center of the British-Dutch contingent? First you had to count on the cannons, the big, heavy mortars capable of crushing whole battalions and leaving them reduced to an amorphous mass of human shreds, just as they had done with the exposed Prussian infantry, which had been blown to pieces on the slopes just above. of Ligny. Wellington had placed the bulk of his infantry on the other side of the ridge on which he was betting himself, and that reduced the effectiveness of the gunner’s tamping, but the Emperor also planned to perform a distraction maneuver by launching an attack intense enough to convince to Wellington that he should reinforce the right wing of the British-Dutch contingent, thus weakening the central nucleus of his forces. That meant pouncing on Hougoumont, that is, the complex of buildings on the right flank of Wellington, the fortress Baron von Müffling feared would not have a sufficiently strong garrison. Napoleon realized that if he threatened his adversary with the capture of Hougoumont, then Wellington would have no choice but to dedicate a portion of the troops that were stationed at the top of the hill to reinforce the garrison. And once those reinforcements had abandoned the protection of the crest, the Emperor could launch the real attack, an overpowering onslaught that would make his troops undertake an unbridled race across the valley to seize the redoubts of Mont-Saint-Jean.

Napoleon and Wellington used the artillery differently. To begin with, at Waterloo the French had quite a few more cannons: 246 pieces against the 157 of the Duke, and besides, on the whole, the Emperor’s weapons were heavier than those of the English general. Both the French and the Prussians used twelve-pounder guns, while the larger British mortars were nine-pound guns. The Emperor had been trained in the artillery weapon and had great faith in his guns. He liked to group them in a large battery and use them as an offensive weapon, rather than as a defense element. In 1809, at the Battle of Wagram, Napoleon had crushed the center of the Austrian army with a large battery of 112 guns. And now in Waterloo he had concentrated eighty guns in another powerful artillery battery.
The French guns also served, obviously, as a defensive weapon, but Napoleon knew that it was necessary to “soften” all enemy positions before launching his troops into assault.
Wellington chose not to concentrate his cannons on a French-style Grande Batterie, opting instead to disperse his heavy artillery pieces along the entire combat front and position them so that they could respond to Napoleon’s onslaught. The use of cannons by the British-Dutch army was essentially defensive, and in fact its commanders were strictly forbidden to enter the game of crossing shots with the opposite batteries. If an artillery unit initiated a duel with the heavy weapons formations of the enemy, there was a good chance that the scuffle would end up attracting the attention of other opposing pieces, concentrating its firepower in the area in question and inevitably causing the destruction of the enemy. the wheels or the wheels for transportation, a circumstance that rendered the weapons useless as long as the damage could not be repaired.

The firepower of the British infantry had again shown its effectiveness and the line had once again defeated the column. Eight thousand men had been defeated in a few seconds, and they had been expelled from the slope by concentrating on them a tight series of musket bursts and tearing them apart with canister of shrapnel. To get rid of such a terrible punishment, the survivors had fled down the slope, slipping on the earth soaked in blood, tripping over the dying and finished horses, and the bulk of their dead or wounded companions. The slope was full of iron breastplates, as the cuirassiers who were knocked down from their mounts were relieved of them to run like the wind and save their lives. It was also covered with sword sheaths, since many French horsemen had deliberately detached themselves from them to signify that they would not have to sheathe steel as long as victory did not strike them.
It had been foolish to order an unprotected infantry contingent to attack the British troops, since these, despite having a good number of wounded in their ranks, had not broken the formation. So farfetched, on the other hand, as sending hill up to the cavalry without providing the backing of the infantry or the proper support of an artillery near the scene of the crash. If the Emperor had really thought that the sacrifice of his cavalry was going to bring nevertheless the destruction of Wellington’s infantry, the truth is that the double proof of that “mortal flood”, preceded by a “fusillade discharge of incredible violence” He had just proved that his presumption was nothing but a horrible mistake. If the French wanted to drill the lines of Wellington, it was clear that they would have to practice with much greater skill that lethal game of stone, paper, scissors, given that Generals Foy and Bachelu had come to discover that the British battalions, for beaten they could find themselves, they could still unravel over the enemy a really overwhelming cannon and musket barrage.

Wellington rode in the dark to Waterloo. Dismounted and gave a friendly pat to the animal, after which Copenhagen nervously whipped the air with the helmet. The duke was fatigued. “Both mind and spirit are exhausted,” he had just told Lady Shelley. He must also experience a huge sense of relief, “I thank God for measuring me!”, He would exclaim later (a gratitude that he not only felt for having faced him, but for having survived the collision). “It was a damned delicate clash,” he told Creevey the following day, already in Brussels: “the tightest challenge I have ever had in my entire life!” Wellington uses the word “delicate” to signify that he has narrowly escaped, that he has lived in a hurried situation. Another thing he also told Creevey, probably rightly, was this: “Live God! I would never have judged it possible if I had not been there! ”
The Battle of Waterloo was an Allied victory. That was how it had been planned and that’s what the facts would confirm. Wellington would never have made the decision to resist having thought for a moment that the Prussians could leave him in the lurch. Blücher would never have done the long march he was forced to do if he had thought Wellington could split and run. It is true that the Prussians arrived later than the Duke expected, but it is likely that this contributed to the success of the battle. If Blücher’s forces had shown up on the battlefield two or three hours earlier, Napoleon might have given up the fight and had to retreat.
A question that is easier to answer than “Who won the battle?” Is “Who lost it?” And the answer must necessarily be: Napoleon. Both Wellington and Blücher gave a lesson in leadership: his men could see them and were encouraged by his presence, but Napoleon left the direction of the battle in the hands of Marshal Ney, who, despite being an extremely brave man, hardly did anything else that push the troops and throw them against the most skillful of all the defensive generals of the time. The French had time and enough men to break Wellington’s lines, and yet they failed. That fiasco was partly due to the fact that the Duke defended his positions in an extraordinarily intelligent way, and partly also due to the fact that the French did not know how to coordinate an attack with all the weapons of their army, simultaneously collapsing on the lines allies. In addition, delayed the start of the battle in a day in which Wellington prayed to get just that: buy time. They wasted a large number of troops in the assault on Hougoumont. Ney pushed forward the French cavalry in an attack that lasted too long, since it took practically all afternoon to solve it. The reasons that could have pushed Napoleon to trust the development of the battle to Ney are a mystery. There is no doubt that Ney was a marshal of great courage, but the Emperor had once taunted him by saying that he had revealed himself “too stupid to succeed”, and if such was the opinion he deserved, Why rest in it? Moreover, when the French achieved the greatest achievement that was to be given to the Emperor in the contest – the capture of La Haie Sainte, which allowed his troops to occupy the front slope of the hill that defended Wellington, Napoleon refused to reinforce the center, thus giving time for the Duke to organize his own reinforcements. And finally, when the Imperial Guard finally attacked that central core of the English army, not only was it already too late, but the number of French troops was already insufficient, not to mention the fact that by then the Prussians had located next to the flank of the French contingent and loomed threateningly on their rear.
As on so many other occasions, the duke was right: it is impossible to relate the events of a battle, for the simple reason that there are too many and that they are so closely interwoven that it is not feasible to detect and separate the different ends that would allow Unravel the ball. For some of the men who intervened in it, the crash was simply a blurry babble, a day of terror in which they barely had a chance to see anything but a great smoke. There were battalions that did not even know where the enemy was and that they could only distinguish the direction in which they could be found by the flashes of musket discharges, which illuminated that smoke and pointed out the area to which they had to shoot. Once the confrontation ended, many of them tried to make sense of the chaos they had been forced to endure and to that end they shaped their stories, elaborated a posteriori.

There are many stories of human interest offered by Waterloo, although very few have a happy ending. The day before the collision, the commander who was in charge of the 40th regiment wrote a letter to his wife. He was a thirty-four-year-old Irishman who had a Somerset County battalion under his command, and the letter we see him writing on the eve of Waterloo is the same one that many of the soldiers there wrote: a few last lines just in case the author came to die the next day. French, Dutch Prussians, Hanoverians, Scots, Irish, Welsh and English would write very similar missives a few hours before the start of hostilities. “My dear Mary,” says commander Arthur Heyland:
May God help you to remember that the happiest days of my life have been those in which I have enjoyed your love and your affection, and that I will die without loving any other woman, with the fervent hope that our souls can meet in the hereafter never to be separated again. I leave you, dear Mary, to my beloved children. May God bless you, Marianna mine, the gentlest of the girls! Anne, John, may heaven protect you […].

The commander Arthur Heyland was one of the thousands of soldiers who met the death at the Battle of Waterloo.

Paris surrendered to the allies on July 4, 1815.
Napoleon arrived in Saint Helena, in the South Atlantic, on October 15, 1815. He had six years to live and most of them were to dedicate themselves to writing tendentious memoirs designed to feed the Napoleonic cult that still predominates in France. Basil Jackson, the British General Staff officer who led General Picton to withdraw from Quatre-Bras, was one of the members of the Santa Helena garrison entrusted with the custody of Bonaparte and has recorded that the defeated Emperor he deliberately adopted an attitude based on constantly complaining, sometimes because he was imposed “unnecessary restrictions, sometimes because he insulted the governor, or supplies were scarce, he was given a terrible accommodation, had to live in an unhealthy climate and a lot of grievances for the style ». Few of these laments were justified, but Napoleon not only succeeded in tarnishing the reputation of Sir Hudson Lowe, the long-suffering governor of the island, but he also succeeded in having his own figure inspire pity. After his death, which occurred in the year 1821, Napoleon was buried in a beautiful mountain valley from which the Atlantic was dominated, but in 1840 his mortal remains were transferred to France.
This battle was a historic turning point. The second half of the eighteenth century had been the scene of the long struggle for supremacy that had taken France for years with Great Britain. The Seven Years’ War expelled the French from North America, but France got the revenge during the American Revolution, by inflicting its forces – allied with those of George Washington – a decisive defeat to the British and thereby materializing the independence of the United States. United. Ten years later the French revolutionary wars began, and except for the brief respite of 1802, the war-prolonged in the Napoleonic wars-was to last until 1815. Waterloo put an end to this struggle and allowed Britain to convert in the hegemonic power throughout the nineteenth century, domain that had been sealed with the defense of the hill of Mont-Saint-Jean that the Duke of Wellington had done well.

Magnificent essay that comes with many pictures and graphics, highly recommended.

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