La Conspiración Contra La Especie Humana — Thomas Ligotti / The Conspiracy against the Human Race by Thomas Ligotti

Si se tiene algún interés en el Pesimismo Filosófico, este es el punto de partida. La prosa es a veces un poco larga, quizás algunas veces, pero la ideología y la interpretación en general son una canción. Un gran punto de partida.
La conspiración contra la especie humana plantea lo que acaso sea el reto más firme lanzado hasta la fecha contra el chantaje intelectual que quiere obligarnos a estar eternamente agradecidos por un «don» que nunca solicitamos. Estar vivo no está bien: este simple no resume la temeridad de pensar mejor que cualquier lugar común sobre la trágica nobleza de una vida caracterizada por un hartazgo de sufrimiento, frustración y autoengaño. No hay ninguna naturaleza digna de ser reverenciada o de que volvamos a ella; no hay ningún yo que reentronizar como dueño de su propio destino; no hay ningún futuro por el que valga la pena trabajar o esperar. La vida, como reza el sello mayúsculo de desaprobación que le estampa Ligotti, es MALIGNAMENTE INÚTIL.
Sin duda los críticos intentarán acusar a Ligotti de mala fe afirmando que la escritura de este libro viene de suyo dictada por los imperativos de la vida que él procura condenar. Pero la acusación está amañada, porque Ligotti reconoce explícitamente la imposibilidad de que los vivientes eludan satisfactoriamente el tirón de la vida. Esta admisión deja intacta la coherencia de su diagnóstico, pues como Ligotti sabe perfectamente, si vivir es mentir, entonces incluso decir la verdad sobre la mentira de la vida será una mentira sublimada.

Ningún filósofo ha contestado nunca de forma satisfactoria a la siguiente pregunta: «¿Por qué debería haber algo en vez de nada?» A primera vista parece una pregunta muy legítima. Pero el hecho mismo de plantearla puede parecemos a algunos inexplicable, incluso absurdo. Lo que sugiere la pregunta es nuestro desasosiego con Algo. Por otra parte, no hay nada inquietante en Nada, porque no podemos tomarlo en consideración. Algo permite o requiere nuestra experiencia de lo siniestro.
Llegará un día para cada uno de nosotros —y luego para todos nosotros— en que el futuro habrá terminado. Hasta entonces, la humanidad se aclimatará a cada nuevo horror que venga a llamar a la puerta, como ha hecho desde el principio. Seguirá adelante y adelante hasta detenerse. Y el horror seguirá adelante, con las generaciones cayendo en el fututo como muertos en tumbas abiertas. El horror que nos transmitieron se transmitirá a otros como un legado escandaloso. Estar vivo: décadas de levantarse a la hora, luego recorrer penosamente otra ronda de emociones, sensaciones, pensamientos, deseos —la gama completa de agitaciones—, para desplomarse finalmente en la cama a sudar en el pozo negro del sueño profundo o hervir a fuego lento en las fantasmagorías que importunan nuestras mentes cuando sueñan. ¿Por qué aceptan tantos de nosotros una cadena perpetua en vez del extremo de una soga o la boca de una pistola? ¿Acaso no merecemos morir? Pero no estamos obsesionados por este tipo de preguntas. No nos interesa hacerlas, ni responder a ellas con la mano en el corazón. ¿No podríamos acabar así con la conspiración contra la especie humana? Parece que esta sería la decisión adecuada: la muerte de la tragedia en brazos de la no existencia. Mundos sobrepoblados de nonatos no tendrían que sufrir si deshiciéramos lo que hemos hecho para poder seguir adelante durante todos estos años.

Profesor Nadie en “Pesimismo y horror sobrenatural – Segunda conferencia”. En una elucidación convincente y directa que no da golpes, el autor solitario nos deja entrar en lo que alimenta la atmósfera de perniciosa perversión que impregna sus historias cortas del tipo de horror metafísico. La causa raíz del sufrimiento humano se identifica como la conciencia siendo una espada de doble filo, lo que ha facilitado en gran medida el liderazgo evolutivo de la humanidad, pero al mismo tiempo permite algo más que un vistazo a la “inutilidad maligna” del ser a través de su (auto) modo reflexivo: “Nuestras mentes ahora comenzaron a desenterrar horrores, posibilidades sin alegría, lo suficiente como para hacernos caer al suelo en un paroxismo de consternación que ensucia el cuerpo si no se atacan”.
Compañeros persistentes en la lúgubre exploración de Ligotti son “un analista del desastre” (p.186), el poco conocido pensador noruego Peter Wessel Zapffe (1899-1990), el filósofo alemán Schopenhauer (compare su voluntad de vivir con la lujuria por la vida). fuera de la ignorancia kármica), y el predecesor literario Lovecraft. Las cuatro estrategias de “dobleintercambio cognitivo”, aunque es cuestionable cuán conscientes seamos de su presencia, que conspiran para mantener a la humanidad en la oscuridad con respecto a su difícil situación ontológica, son: aislamiento – realizaciones / impresiones perturbadoras, si las hay, son exiliadas a el subconsciente de donde pueden resurgir para perseguirnos; anclaje – construcciones institucionales / sociales (religión, moral, país y familia); distracción – pasatiempos y desinplegacion mediaplex; sublimación – ciencia, arte, filosofía. Este conjunto de mecanismos defensivos y autodefensivos para sobrevivir en conciencia reducida (“minimizar la conciencia”) se comparan con la teoría de la represión psicoanalítica y las cuatro categorías de escapismo del escritor ruso Tolstoy, incluida la muerte voluntaria por suicidio.
Algunos de los temas del espectáculo de marionetas resultante de “irreal [s] en las piernas” incluyen: “pesimistas heroicos” (Miguel de Unamuno, Joshua Foa Dienstag, William R. Brashear, Albert Camus); inquietud que presupone una tensión entre el ideal de una calidad objetiva y una experiencia subjetiva de un perceptor: “Nadie quiere ser otro de lo que es, o piensa que son [:] seres idealizados, integrales e indivisos, y no mecanismos – marionetas humanas que no se conocen como tales “El libre albedrío versus el determinismo, la inutilidad del transhumanismo, una visión esclarecedora de la depresión”, la ansiedad-muerte / thanatophobia y el dolor como un indicador del acercamiento del fin y paradójicamente, podríamos agregar, el de la vida también – estamos en el dolor, por lo tanto vivo, meditaciones de crítica literaria sobre escritores góticos como Ann Radcliffe (1764-1824) y Poe, una comparación de Luigi Pirandello y Roland Topor, además de la del elemento sobrenatural en “Hamlet” “(extraño) y” Macbeth “(integral).
“[L]o sobrenatural puede considerarse como la contraparte metafísica de la locura, un correlativo trascendental de una mente que se ha vuelto loca. Esta mente no guarda una crónica de ‘la inhumanidad del hombre para el hombre’ [Robert Burns] sino que rastrea una disforia sintomática de nuestra vida como transitorios en una creación que es natural para todo lo demás que vive, pero para nosotros es cualquier cosa menos “.
A lo largo del corpus, y especialmente en su discusión tocante a la conciencia, el yo y el ego, el autor no distingue entre los dos últimos, aunque creo que es más que un mero juego semántico, como lo demostraron Jung and Co. A la luz de mis lecturas limitadas en el budismo tibetano, Ligotti parece estar equivocado al postular ECM que resulta en la muerte del ego como “un estado correspondiente al de la iluminación budista”. Por supuesto, el ego es un importante obstáculo para la liberación a través de la plena conciencia, pero eliminarlo no te convertirá en un buda o bodhisattva que sea liberado de la incansable rueda kármica de la existencia condicionada. Si fuera así, el “Bartleby, el escribano” de Melville (1853) sería aclamado como un ser iluminado, ¿no? Ego podría ser visto como un parásito que secuestró y se convirtió en el capitán del barco de la conciencia que explora el océano de la conciencia.
La desesperación y la desesperanza alcanzan su punto más bajo en enunciados como los siguientes: “No hay nada más inútil que buscar conscientemente algo que te salve, [particularmente en] un mundo que no vale el vacío en el que está escrito”. No más edificante es la solución que ofrece, a saber, la del antinatalismo: “la existencia no coital como el camino más seguro hacia la redención del pecado de ser congregantes de este mundo”. Para terminar, Horace Walpole (1717-1797) dijo una vez: “La vida es una tragedia para los que sienten, pero una comedia para los que piensan”, ¡por lo tanto, tragicómica!.

If you have any interested at all in Philosophical Pessimism, this is the starting point. The prose is at times a little long winded perhaps a times, but he overall ideology and interpretation are very song. A great starting point.
The conspiracy against the human race raises what is perhaps the strongest challenge launched to date against intellectual blackmail that wants to force us to be eternally grateful for a “gift” we never solicited. Being alive is not right: this simple does not summarize the temerity of thinking better than any commonplace about the tragic nobility of a life characterized by a boredom of suffering, frustration and self-deception. There is no nature worthy of reverence or of returning to it; there is no self to re-enthrone as owner of his own destiny; there is no future for which it is worth working or waiting. Life, as the upper seal of disapproval stamped by Ligotti, is MALIGNANTLY UNUSABLE.
No doubt critics will try to accuse Ligotti in bad faith by claiming that the writing of this book is dictated by the imperatives of life that he seeks to condemn. But the accusation is rigged, because Ligotti explicitly recognizes the impossibility of living beings successfully eluding the pull of life. This admission leaves intact the coherence of his diagnosis, because as Ligotti knows perfectly, if living is lying, then even telling the truth about the lie of life will be a sublimated lie.

No philosopher has ever satisfactorily answered the following question: “Why should there be something instead of nothing?” At first glance it seems a very legitimate question. But the very fact of posing it may seem to some inexplicable, even absurd. What the question suggests is our uneasiness with Something. On the other hand, there is nothing disturbing about Nothing, because we can not take it into consideration. Something allows or requires our experience of the sinister.
There will come a day for each of us – and then for all of us – in which the future will be over. Until then, humanity will acclimate itself to every new horror that comes knocking on the door, as it has done from the beginning. It will continue forward and forward until it stops. And the horror will go on, with the generations falling in the future as dead in open graves. The horror they conveyed to us will be transmitted to others as a scandalous legacy. Being alive: decades of getting up on time, then painfully going through another round of emotions, sensations, thoughts, desires – the full range of agitations -, to finally collapse in bed to sweat in the cesspool of deep sleep or to boil by fire slow in the phantasmagoria that bother our minds when they dream. Why do so many of us accept a life sentence instead of the end of a rope or the mouth of a gun? Do not we deserve to die? But we are not obsessed by these types of questions. We are not interested in doing them, nor answering them with our hands in our hearts. Could not we end the conspiracy against the human species? It seems that this would be the right decision: the death of tragedy in the arms of non-existence. Overcrowded worlds of unborn children would not have to suffer if we undid what we have done to be able to move forward during all these years.

Professor Nobody in “Pessimism and Supernatural Horror – Lecture Two.” In a cogent, straightforward elucidation that pulls no punches, reclusive author lets us in on what feeds the atmosphere of lurking perniciousness pervading his short stories of the metaphysical horror kind. The root cause of human suffering is identified as consciousness being a double-edged sword, which has greatly facilitated humanity’s evolutionary premiership, yet at the same time allows more than just a glimpse at the ‘malignant uselessness’ of being via its (self-) reflexive mode: “Our minds now began dredging up horrors, joyless possibilities, enough of them to make us drop to the ground in paroxysm of self-soiling consternation should they go untrammeled”.
Persistent companions in Ligotti’s dreary exploration are “an analyst of disaster” (p. 176), the little-known Norwegian thinker Peter Wessel Zapffe (1899-1990), German philosopher Schopenhauer (compare his will-to-live to lust for life born out of karmic ignorance), and literary predecessor Lovecraft. The four strategies of “cognitive double-dealing”, albeit it’s questionable how cognizant we are of their presence, that conspire to keep mankind in the dark regarding their ontological predicament, are: isolation – disturbing realizations/impressions, if any, are exiled into the subconscious whence they may reemerge to haunt us; anchoring – institutional/societal constructions (religion, moral, country and family); distraction – hobbies and disinfotainment mediaplex; sublimation – science, art, philosophy. This set of self-defensive and -deceptive mechanisms to survive in reduced awareness (“minimize consciousness”) are compared to the theory of psychoanalytic repression and Russian writer Tolstoy’s four categories of escapism, including voluntary death by suicide.
Some of the topics of the resultant puppet show of “unrealit[ies] on legs” include: ‘heroic pessimists’ (Miguel de Unamuno, Joshua Foa Dienstag, William R. Brashear, Albert Camus); uncanniness that presupposes a tension between the ideal of an objective quality and a subjective experience of a perceiver – “No one wants to be other than they are, or think they are [:] idealized beings, integral and undivided, and not mechanisms – human puppets who do not know themselves as such”; free will vs. determinism; the futility of transhumanism; an illuminating view on depression; death-anxiety/thanatophobia and pain as being an indicator of end’s approaching and paradoxically, we might add, that of life as well – we are in pain, hence alive; musings of literary criticism concerning Gothic writers such as Ann Radcliffe (1764-1824) and Poe, a comparison of Luigi Pirandello and Roland Topor, in addition to that of the supernatural element in “Hamlet” (extraneous) and “Macbeth” (integral).
“[T]he supernatural may be regarded as the metaphysical counterpart of insanity, a transcendental correlative of a mind that has been driven mad. This mind does not keep a chronicle of ‘man’s inhumanity to man’ [Robert Burns] but instead tracks a dysphoria symptomatic of our life as transients in a creation that is natural for all else that lives, but for us is anything but”.
Throughout the corpus, and especially in his discussion touching upon consciousness, self and ego, the author fails to make any distinction between the latter two, although I believe it’s more than merely a semantic game, as demonstrated by Jung and Co. In light of my limited readings in Tibetan Buddhism, Ligotti seems to be mistaken in positing NDE resulting in ego-death to be “a state corresponding to that of Buddhist enlightenment”. Granted, ego is a major stumbling block to liberation through full awareness, but eliminating it won’t make you a buddha or bodhisattva who is released from the relentlessly spinning karmic wheel of conditioned existence. If it were so, Melville’s “Bartleby, the Scrivener” (1853) would be hailed as an enlightened being, wouldn’t he? Ego could be viewed as a parasite that hijacked and made itself the captain on the ship of awareness exploring the ocean of consciousness.
Desperation and hopelessness reach their nadir in utterances like the following: “There is nothing more futile than consciously look for something to save you, [particularly in] a world that is not worth the emptiness it is written on”. No more uplifting is the solution he offers, namely that of antinatalism: “non-coital existence as the surest path to redemption from the sin of being congregants of this world”. In closing, Horace Walpole (1717-97) once said, “Life is a tragedy for those who feel, but a comedy to those who think,” – therefore tragicomic?!

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