La Muerte, Una Reflexión Filosófica — Todd May / Death by Todd May

Es un interesante libro. La muerte es algo trágico, arbitrario y sin sentido. Pero al mismo tiempo, debido a la forma particular en que es trágica, arbitraria y sin sentido, puede abrirnos a una plenitud vital que sin ella no sería posible.
El hecho de que tengamos que morir es el más importante de todos. No hay nada que tenga más peso en nuestras vidas. Eso no significa, por supuesto, que no haya en ellas otros hechos importantes para nosotros.
Nada escapa a la muerte. La muerte engloba absolutamente todos los aspectos de nuestra vida. Y no solo nos engloba a nosotros, arrastrando en su vórtice todo aquello que nos afecta, sino que además niega luego todo lo que engloba. Un gran amor puede hacernos ver diferentes aspectos de nuestra vida a través de los lentes de dicho amor. El mundo sigue estando ahí para nosotros, aunque tenga un aspecto muy diferente en todos los sentidos del que podría tener de otro modo. Con la muerte, en cambio, el mundo deja de estar ahí para nosotros. No cambia de aspecto. Desaparece.

La mayoría de las religiones no afirman que no vayamos a morir. Pero en muchas de ellas existe un sentido en el que no morimos: no morimos en la medida en que consideran que no se acaba completamente nuestro ser cuando estamos muertos.
El motivo de que recurra a la tradición religiosa es que, para una gran mayoría de la población mundial, la religión proporciona el marco conceptual para pensar acerca de la vida. Es por medio de la religión que la mayoría de la gente se hace las preguntas importantes acerca de quiénes son y qué lugar ocupan en el gran plan del universo. Por consiguiente, la aproximación religiosa a la muerte expresa las aspiraciones que tienen las personas respecto a su propia muerte.

Qué es la muerte o, mejor dicho, en qué consiste ser un ser que muere. Primero, la muerte es nuestro final y el final de nuestra experiencia. Segundo, este final no es un fin o un objetivo; es simplemente una interrupción. Tercero, la muerte es al mismo tiempo inevitable e incierta. Estamos seguros de que hemos de morir, pero no sabemos cuándo. De modo que la muerte no solo está al final de nuestras vidas sino que de hecho las impregna por completo. Y finalmente, estas tres características tomadas en conjunto hacen que nos preguntemos si nuestra vida tiene algún sentido.
Que la muerte sea nuestro final y el final de nuestra experiencia es precisamente lo que las tradiciones religiosas que hemos analizado aquí tratan de evitar.

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso.
La cuestión que cada uno de nosotros tiene que considerar a lo largo de su vida es cómo vivirla sabiendo que existe este dilema. ¿Qué hemos de pensar de nosotros mismos si la muerte que nos acecha es una característica necesaria para que nuestras vidas valgan la pena de ser vividas? De entrada, hemos de reconocer que no hay manera de resolver el dilema.

La muerte es en última instancia el origen tanto de la tragedia como de la belleza de una vida humana. Además, la tragedia de la muerte es la fuente de la belleza de la vida y viceversa. Aunque es mejor que seamos mortales, es sin embargo una pena que tengamos que morir. La muerte lleva a un final absurdo los empeños de que están hechas nuestras vidas. Y sin embargo, sin este final absurdo estos empeños carecerían también de sentido. Serían solamente parte de ese espectáculo interminable que sería la vida. No podrían conmovernos en absoluto. Es decir, sin la belleza de los momentos que nos es concedido tener en esta vida, nuestra muerte no sería ninguna tragedia; y sin la tragedia de la muerte, dichos momentos carecerían completamente de belleza. En este sentido, como en otros que ya hemos considerado, la muerte es el hecho más profundo y más importante de nuestras vidas. Ser humano es tener que morir y, lo que es más importante, saber durante toda nuestra vida que hemos de morir, incluso cuando (o especialmente cuando) hacemos todo lo que está en nuestra mano para evitar tener que reconocerlo.

It’s an interesting book. Death is something tragic, arbitrary and meaningless. But at the same time, because of the particular form in which it is tragic, arbitrary and meaningless, it can open us to a vital plenitude that would not be possible without it.
The fact that we have to die is the most important of all. There is nothing that has more weight in our lives. That does not mean, of course, that there are no other facts important to us.
Nothing escapes death. Death encompasses absolutely every aspect of our lives. And it not only engulfs us, dragging in its vortex everything that affects us, but also denies everything that encompasses. A great love can make us see different aspects of our life through the lens of that love. The world is still there for us, even if it looks very different in every way than it might otherwise have. With death, on the other hand, the world stops being there for us. It does not change its appearance. It disappears.

Most religions do not claim that we are not going to die. But in many of them there is a sense in which we do not die: we do not die in the measure that they consider that our being is not completely finished when we are dead.
The reason he resorts to religious tradition is that, for a large majority of the world’s population, religion provides the conceptual framework for thinking about life. It is through religion that most people ask themselves the important questions about who they are and what place they occupy in the great plan of the universe. Therefore, the religious approach to death expresses the aspirations that people have for their own death.

What is death or, rather, what it is to be a being that dies. First, death is our end and the end of our experience. Second, this end is not an end or an objective; is simply an interruption. Third, death is both inevitable and uncertain. We are sure to die, but we do not know when. So death is not only at the end of our lives but in fact permeates them completely. And finally, these three characteristics taken together make us wonder if our life has any meaning.
That death is our end and the end of our experience is precisely what the religious traditions that we have analyzed here try to avoid.

Death (or its allusion) makes men precious and pathetic. These are moved by their condition of ghosts; every act they perform may be the last; there is no face that is not to fade like the face of a dream. Everything, among mortals, has the value of the irrecoverable and the random.
The question that each of us has to consider throughout his life is how to live it knowing that there is this dilemma. What do we have to think about ourselves if the death that lurks around us is a necessary characteristic for our lives to be worth living? From the outset, we must recognize that there is no way to solve the dilemma.

Death is ultimately the origin of both tragedy and the beauty of a human life. In addition, the tragedy of death is the source of the beauty of life and vice versa. Although it is better that we are mortal, it is a shame that we have to die. Death brings to an absurd end the efforts of which our lives are made. And yet, without this absurd end, these efforts would also be meaningless. They would be only part of that endless spectacle that would be life. They could not move us at all. That is, without the beauty of the moments that we are allowed to have in this life, our death would not be any tragedy; and without the tragedy of death, those moments would be completely devoid of beauty. In this sense, as in others we have already considered, death is the deepest and most important fact of our lives. To be human is to have to die and, more importantly, to know during our whole life that we have to die, even when (or especially when) we do everything in our power to avoid having to recognize it.

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