Mágico, Sombrío,Impenetrable — Joyce Carol Oates / Lovely, Dark, Deep: Stories by Joyce Carol Oates

Joyce Carol Oates solía escribir grandes historias cortas. Recuerdo haber leído varias de sus colecciones en los años 70 y 80. Debido a que es una escritora tan versátil, tanto en producción como en géneros prolíficos, parecía haber dejado historias sobre hombres y mujeres comunes y las profundidades de sus psiques, atrás. Por suerte para nosotros, ella ha regresado, con lo que creo que puede ser su mejor colección de historias cortas todavía. Me motivó a escribir esta crítica porque una revisión muy despectiva de este libro apareció en el New York Times Book Review. El escritor, un hombre que tenía una colección de historias publicadas, repitió el cliché de que debido a que la Sra. Oates escribe tanto, todo lo que escribe no es necesariamente de primera categoría. ¡También descartó el libro porque las protagonistas eran mujeres! Como si las mujeres no fueran seres humanos iguales, cuyos pensamientos más internos no son de interés universal. Todavía no había leído el libro, así que no me sentí calificado para escribir una réplica. Supuse que habría una avalancha de cartas en la defensa de la Sra. Oates, pero no hubo ninguna. Así que ahora que leí el libro, estoy aquí para decir, que el crítico masculino se equivocó totalmente. La colección de historias cortas explora las relaciones, las complejidades más profundas, que solo un escritor experto como Oates podría imaginar. El libro sondea oscuro y profundo. Puedo adivinar por qué un escritor masculino puede dar un respingo. Ella explora la dominación masculina en sus formas más sutiles y particularmente en dos historias, “Lovely, Dark, Deep” y “Patricide”, ambas sobre narcisistas, llenas de ellos mismos y su genio, famosos escritores masculinos. “Lovely, Dark Deep” pinta un retrato muy sombrío de Robert Frost, como un genio malo, astuto y egocéntrico, muy diferente de la elevada poesía que produjo. “Patricide” tiene un protagonista que se parece mucho a Philip Roth, con las esposas e hijos de Norman Mailer. Su hija está obsesionada con él, y vive de las migajas de su ocasional reconocimiento de ella. Aunque estas historias son de la opinión de una mujer, su mirada es generalmente sobre un hombre. Y pude ver dónde esa mirada amenazaría a cualquier escritor masculino chauvanista. También puedo ver por qué la Sra. Oates, uno de los mejores escritores de cuentos de Estados Unidos, ciertamente a la par de Updike, Cheever y O’Henry, estaría un poco enojada por la forma en que la recibió el establecimiento literario. Ella no es tratada con el mismo respeto y admiración que sus contrapartes masculinos. Este libro tiene una variedad increíble. Hay una historia de fantasmas y una historia de fantasía en la que un joven prefiere el mundo simio. Pero debajo de todas las historias se ejecuta una cuerda feminista para cortar en la superficie falsa de la igualdad entre hombres y mujeres. Brava la autora, una gran lectura que es en sí misma, hermosa, oscura y profunda.

La primera frase (“Muchas cosas se valoran más de la cuenta. El suicidio, por ejemplo.”) ya es un jaque mate. Tampoco es eso, no es definitivo, no es un final de partida; en los buenos libros nacemos y morimos muchas veces. Tan solo es una señal, un aviso, un indicativo de lo que está por venir; como una premonición, o un deja vu, o un desdoblamiento de nuestra persona en el que el poseedor de nuestra esencia observa a nuestro yo autómata y reniega de él. Varios personajes de este libro adolecen en ocasiones de esta misma sensación: el redescubrimiento de lo conocido en lo desconocido, el desenmascaramiento de lo oculto en lo que está por venir.

La mayor parte de los relatos que componen el libro tiene un componente de desasosiego para el lector que se encuentra con historias, algunas muy complejas, sintetizadas en unas pocas páginas.
Abría la entrada de hoy con un fragmento de Sexo con una camella, el relato con el que comienza el libro. En él, un joven adolescente acompaña a su abuela al hospital para que ésta reciba un tratamiento importante. Mediante el trayecto, sus reacciones y reflexiones, somos testigos de la unión que esto ha producido entre ambos. Es fácil ver el componente que desasosiega como también lo es en casi cualquiera de sus relatos. Muchos de ellos protagonizados por mujeres, otros por una doble visión o un cambio de perspectiva, aunque sea tras haber muerto a través de las reacciones de la gente. Oates nos habla de amor, vejez y miedos, nos deja ver a una mujer anodina que se desliza por la vida sin pena ni gloria, sacudida tras un percance con un perro en Mastín, siendo testigos de sus reflexiones. Coquetea abiertamente con el suicidio y miradas hacia ventanas, nos habla de poetas y de desapariciones, de enfermedad, de chicas adoptadas a un status superior que no terminan de encajar, y se pasan la vida intentándolo aunque parezcan revestidas de falsa rebeldía. Y es que Oates, una vez más, nos habla de vida. Y la vida tiene todos esos sentimientos e inseguridades. Momentos en que las personas se desvían o en los que cambia la forma en que se ven a sí mismos. Y todos ellos se encuentran aquí reunidos, bajo la atenta mirada de una autora que se sabe un tanto oscura pese a que en cada uno de los cuentos encontremos amor de un modo u otro. Muchos puestos ahí para hacernos pensar, como es el del matrimonio de ancianos que escuchan a sus vecinos… o la aparición en el primer relato de otra paciente del hospital… o mil ejemplos más. Oates no admite una lectura superficial satisfactoria, eso siempre ha sido así. Trece relatos en total son los que necesita la autora para componer un puzzle con el que descubrir partes del alma humana, en el que dejarnos siempre algún resquicio para asomarnos a ella con el temor de vernos reconocidos.
Podría seguir y caer en la tentación de desvelar cada pequeña sinopsis, pero os haría un flaco favor. Terminaré diciendo que el relato de Frost es, cuanto menos, impactante y que el último de todos, Parricidio, me ha parecido magnífico. Realmente imprescindible. Y será precisamente de este del que no os daré pista alguna, siempre hay que dejar en el tintero cosas, para cada lector.
Los libros de relatos no sólo son difíciles de explicar, también lo son de valorar. Decir a estas alturas que Oates es una gran escritora es algo casi redundante. En esta ocasión, he tenido la clara sensación de que el libro va de menos a más, y no sólo porque el último relato me haya parecido excepcional, sino por los temas y las formas. Es cierto que es imposible mantener una homogeneidad en la calidad de este tipo de libros, aunque sólo sea porque los temas dispares provocan que haya lectores más interesados en unos que en otros, pero el conjunto es un libro notable.

Joyce Carol Oates used to write great short stories. I remember reading several of her collections back in the 70’s and 80’s. Because she is such a versatile writer, both in prolific output and genres, she seemed to have left stories about ordinary men and women, and the depths of their psyches, behind. Luckily for us she has returned, with what I believe may be her best short story collection yet. I was motivated to write this review because a very dismissive review of this book appeared in the New York Times Book Review. The writer, a man who had a collection of stories published, repeated the cliché that because Ms. Oates writes so much, everything she writes isn’t necessarily top notch. He also dismissed the book because the protagonists were women! As if women are not equal human beings, whose inner most thoughts are not of universal interest. I hadn’t read the book yet, so I didn’t feel qualified to write a rejoinder. I assumed there would be a flood of letters in Ms. Oates’ defense, but there were none. So now having read the book, I am here to say, that male reviewer got it totally wrong. The short story collection explores relationships, the deeper intricacies, that only a skilled writer like Oates could fathom. The book probes darkly and deep. I can guess why a male writer might flinch. She explores male domination in its more subtle forms and particularly in two stories, “Lovely, Dark, Deep” and “Patricide”, both about narcissistic, full of themselves and their genius, famous male writers. “Lovely, Dark Deep” paints a very grim portrait of Robert Frost, as a mean, wily, egocentric genius, very different from the lofty poetry he produced. “Patricide” has a protagonist that looks a lot like Philip Roth, with the wives and children of Norman Mailer. His daughter is obsessed by him, and lives off the crumbs of his occasional recognition of her. Though these stories are from a woman’s view, her gaze is usually on a man. And I could see where that gaze would be threatening to any chauvanistic male writer. I can also see why Ms. Oates, one of America’s greatest short story writers, certainly on a par with Updike, Cheever, and O’Henry, would have some anger at the way she is received by the literary establishment. She is not treated with the same respect and admiration as her male counterparts. This book has incredible variety. There is a ghost story, and a fantasy story in which a young man prefers the simian world. But underneath all the stories runs a feminist chord out to cut into the phony surface of male/female equality. Brava to Ms. Oates. A great read which is in itself, lovely, dark and deep.

The first sentence (“Many things are valued more than the account, suicide, for example.”) Is already a checkmate. Nor is that, it is not definitive, it is not an end of game; in good books we are born and die many times. It is only a sign, a warning, an indication of what is to come; as a premonition, or a deja vu, or a splitting of our person in which the possessor of our essence watches our automaton ego and denies it. Several characters in this book sometimes suffer from this same sensation: the rediscovery of the known in the unknown, the unmasking of the hidden in what is to come.

Most of the stories that make up the book have a component of restlessness for the reader who finds stories, some very complex, synthesized in a few pages.
I opened the entrance today with a fragment of Sex with a camel, the story with which the book begins. In it, a young adolescent accompanies his grandmother to the hospital so that it receives an important treatment. Through the journey, its reactions and reflections, we are witness of the union that this has produced between both. It is easy to see the unsettling component as it is in almost any of his stories. Many of them carried out by women, others by a double vision or a change of perspective, although it is after having died through the reactions of the people. Oates tells us about love, old age and fears, lets us see a nondescript woman who walks through life without pain or glory, shaken after a mishap with a dog in Mastiff, being witnesses of his reflections. He flirts openly with suicide and looks at windows, speaks of poets and disappearances, of illness, of girls taken to a superior status that does not end up fitting, and they spend their lives trying even if they seem covered with false rebellion. And it is that Oates, once again, speaks to us of life. And life has all those feelings and insecurities. Moments when people deviate or change the way they see themselves. And all of them are gathered here, under the watchful eye of an author who knows something dark despite the fact that in each of the stories we find love in one way or another. Many places there to make us think, such as the marriage of elders who listen to their neighbors … or the appearance in the first story of another patient of the hospital … or a thousand more examples. Oates does not admit a satisfactory surface reading, that has always been so. Thirteen stories in total are those that the author needs to compose a puzzle with which to discover parts of the human soul, in which we always leave some space to look at her with the fear of seeing us recognized.
I could go on and fall into the temptation to reveal every little synopsis, but I would do you a disservice. I will conclude by saying that Frost’s account is, at least, shocking, and that the last of them, Parricide, has seemed magnificent to me. Really a must. And it will be precisely this of which I will not give you any clue, we must always leave things in the ink for each reader.
The books of stories are not only difficult to explain, they are also valuable. To say at this point that Oates is a great writer is something almost redundant. On this occasion, I have had the clear feeling that the book goes from less to more, and not only because the last story has seemed exceptional, but by the themes and the forms. It is true that it is impossible to maintain a homogeneity in the quality of this type of books, if only because disparate subjects cause readers to be more interested in some than in others, but the whole is a remarkable book.

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