Al-Andalus Contra España. La Forja Del Mito — Serafín Fanjul / Al-Andalus against Spain. The forge of a myth by Serafín Fanjul (spanish book edition)

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Ofrece testimonios de primera mano para desentrañar falsedades históricas como la de la convivencia entre la cultura latina y la musulmana durante la Edad Media española. Magnífico libro

A finales del siglo XIX, las potencias coloniales con intereses en la zona (Francia e Inglaterra, sobre todo; y Alemania que aspira a incrementar su influencia a través del Imperio Otomano) disponen ya de escuelas de arabistas con una larga tradición y con una vastedad de campos de estudio que no excluye temas ni áreas geográficas. En lo que respecta a España, el fenómeno es más tardío (el raquítico colonialismo español sobre Marruecos no se concreta hasta principios del siglo XX y, desde luego, actúa a las órdenes de Francia e Inglaterra) y especialmente, es más complejo. España sólo tiene un reducidísimo ámbito de acción colonial en los países árabes; pero, en cambio, cuenta en su haber una peculiaridad histórica atípica en Europa, con la excepción del pequeño caso paralelo de Sicilia y de algunos países balcánicos: una parte importante de su propia historia nacional ha sido compartida con el Islam. Esta característica va a marcar la pauta principal en la línea de los estudios árabes españoles: al-Andalus será el eje casi exclusivo en torno al cual se construirá la minúscula y compacta tribu de los arabistas españoles, los Banu Codera.
A los factores ya reseñados se suman en nuestro caso otros secundarios pero que, como un inoportuno Guadiana, resurgen de cuando en cuando: la maurofobia latente en la sociedad y la cultura dominante coadyuvan a ignorar aquellos campos de estudio no relacionados directamente con al-Andalus.
Otro factor que ha inducido al arabismo español a encerrarse sobre sí mismo constriñendo su terreno, es el funesto hábito, no achacable a nadie en particular pero actuante —y que no atañe sólo a los arabistas sino a todos los campos de estudio que lo permiten— de carecer de curiosidad intelectual hacia aquellos fenómenos humanos ajenos al ombligo del mundo: España. (¿Por qué no tenemos especialistas en Germanística, Eslavística, Anglística, etc. de talla internacional, del mismo modo que hay hispanistas alemanes, rusos o ingleses?) Y se olvida que cuando este país desempeñó un papel a escala universal —pese a sus yerros e insuficiencias— desarrolló una amplísima labor de conservación y estudio de otras manifestaciones culturales.

Los arabistas, no podemos avalar de modo global la historia y cultura árabes, sin matizaciones. Y no digamos la «tercermundísta». Como si tratáramos con una sociedad perfecta y exenta de manchas, cuando la observación nos muestra la presencia de prejuicios y abusos idénticos a los que condenamos entre nosotros. Los enfrentamientos entre naciones, o etnias, son fáciles de documentar: los prejuicios transmitidos de generación en generación no se detienen, ya se trate de la «estupidez» ajena, la cobardía, el mero asco, la suciedad. El choque se da entre sectores sociales diversos o con comunidades religiosas o raciales minoritarias, tal como la judía. Y sin que hayan faltado los teóricos (abundantes) de la pureza —y superioridad, por supuesto— de la «raza» árabe: «En ti se pone de manifiesto el contagio: te corrompió algún mestizaje». Misma pretensión repetida siglos más tarde en el otro extremo del mundo musulmán: «Es un hombre leal. Salido de una raza de valientes cuya sangre nunca se ha mezclado con una raza extranjera”.

Uno de los tópicos de moda en nuestros días es hablar de contactos multiculturales, de pluralidad étnica, de convivencia —supongamos que pacífica— entre religiones, de interpenetración y fusión de sociedades… Sin negar la buena fe de los más entre quienes sostienen tales pretensiones y soslayando la casi obligatoriedad que se nos impone de someternos a esos principios, admitidos de manera acrítica y sin matices al venir canonizados por su reiteración en los medios de comunicación, ni anticipar la discusión de las posibilidades reales de lograr la utopía, sí podemos aceptar que en el caso español respecto a los árabes —los moros, según la expresión popular— y el Islam en términos amplios, la proximidad y la relación durante muchos siglos en sus diversas formas (de confrontación o coexistencia) no ha producido resultados benéficos, sino más bien lo que Sánchez Albornoz designó como antibiosis, por oposición a la vindicativa simbiosis de Américo Castro; es decir, los contrarios de rechazo, negación, desconocimiento hacia los norteafricanos. Y de ellos hacia nosotros.
La lengua árabe, en sus distintas formas dialectales o de fusha, subsistía en muy diferentes grados, aunque por lo general de modo precario. Sabemos que entre los moriscos manchegos escaseaban quienes la conocían y casi siempre eran de origen granadino o valenciano, manteniendo expresiones piadosas aisladas aunque ya muy deformadas (bizmiley al iniciar el trabajo, la comida; alhanduruley al estornudar, etc.; los alpujarreños, en el momento de la rebelión, sólo hablaban árabe y los valencianos igualmente lo utilizaban.

Siguiendo la postura tradicional sostenida por la Iglesia católica durante más de doce siglos, Alfonso el Sabio no reconoce en Mahorna ni una brizna de sinceridad y no admite siquiera que pudiese haber actuado de buena fe, aunque equivocado. Es el Falso Profeta por excelencia y su crimen es la fundación de una religión mendaz que, por añadidura, era la del pueblo que había acabado rápidamente con la pax goda.

El problema morisco estaba, pues, circunscrito a Valencia y, en menor medida, a Aragón. Su incidencia económica era bastante menor de cuanto se ha repetido por los temibles divulgadores y su relevancia cultural —por el bajo nivel socioeconómico de los afectados— más bien escasa. No obstante, atreverse a reflexionar sobre ello, sin prejuicios en pro o en contra de los moriscos, tal como ya adelantó Caro Baroja8, y sin pertenecer a ninguna camarilla (erudita en otros tiempos, publicística en la actualidad) es arriesgado: sobre la cabeza del temerario se cierne toda la irracionalidad de los autocríticos, bien pertrechados con su catecismo particular bajo el brazo; autocríticos que jamás se autocritican sometiendo a revisión sus propias ideas, limitados como están a ensombrecer más aun facetas de nuestra historia que ya fueron sombrías de por sí, sin necesidad de ayudas. Américo Castro y sus beatos epígonos, entre los españoles, han construido la ficción de unos conversos (marranos o moriscos, todos juntos: todo vale) que se infiltran en los medios culturales de la época y los inficionan con su propia identidad.

Los tópicos negativos sobre el moro que vemos alargarse desde la Crónica General de Alfonso X hasta el Romancero de la guerra de España en pleno siglo XX, tienen en los instantes presentes sus simétricas figuras en positivo —según la jerga de los tecnócratas— cuando se erigen alcázares de influencias sin más cimientos que la reiteración hasta la saciedad de vaguedades, viniendo a corroborar que para fabricar una verdad basta repetir una mentira cien veces. A las condenas del Siglo de Oro sucede, pues, el distanciamiento o extrañamiento general de nuestra literatura respecto a los moros durante la etapa ilustrada. Con razón, las cabezas pensantes del país debían ocuparse de otros menesteres y tareas más acuciantes, por hallársela monarquía y la nación toda en un dilema crucial: se modernizaba o sucumbía. El triunfo de la segunda posibilidad, causa y efecto del desastre general, vino de la mano de fenómenos tan visibles como vergonzosos; la incompetencia manifiesta de Carlos IV y su valido y colaborador-consorte, la invasión napoleónica, la pérdida de la «España de Ultramar», la siniestra personalidad de Fernando VII. Pero éstas sólo son las consecuencias de otros factores más profundos y que no cumple aquí detallar: el aborto de una revolución técnica y científica que sustentara una industrialización incipiente, la ausencia de movimientos sociales campesinos por el férreo control ideológico de la Iglesia, la sangría intelectual del exilio de los afrancesados…

La Reivindicación, en sus fines y forma de expresión, es tanto una negación de España y su condena a los infiernos de la historia como la eclosión de un parto sangriento y —para el autor— motivo de sueños casi eróticos, pero para cualquier conocedor de la sociedad barbaresca, o árabe, no sería difícil construir un ejercicio de redacción semejante a la violenta y despectiva requisitoria que contra los carpetas constituye la obra (pese a ser muy dudoso que un barbarisco mismo se atreviese a escribirlo: Salman Rushdie podría ilustrarnos al respecto); sin embargo, razones de respeto a los norteafricanos, o a nosotros, nos vedan caer en tal injusticia; mientras la lógica más elemental nos induce a descubrir, con simple y desnudo sentido común que, con sólo bilis y luminosas enseñanzas, se fraguan malas tortillas. Y, en todo caso, ni barbariscos ni carpetos son culpables del indigesto condumio.

Una fantasmagórica nube de prejuicios, engaños, fetichismo localista, supercherías sin paliativos, asociados a intereses antiguos, miedos o simple lucha por la supervivencia individual o colectiva, han abocado a los españoles del estado llano, según la terminología de otrora, o del pueblo, si preferimos la moderna, a mezclar razonables argumentos de índole política, económica o histórica con otros expresivos del oscurantismo e ignorancia (generales en toda la Europa coetánea) del tiempo en que se gestaron. Así, se evitaba buscar nodrizas moriscas o marranas por el riesgo de que a través de su leche inocularan creencias, hábitos culturales o la maldad intrínseca a su comunidad a los tiernos infantes, provocando la eclosión exitosa de las montañesas (de hecho, santanderinas, asturianas y gallegas) que a sus buenas dotes físicas sumaban la seguridad de no estar contaminadas de moros en grado alguno. Es en balde que sonriamos suficientes ante las supersticiones de nuestros antepasados.
La alimentación fue una de las marcas distintivas más fuertes de etnia o religión desde la invasión musulmana hasta el s. XVII, aferrándose con más ahínco los moriscos a tales rasgos en la medida que su peso político y social mermaba, haciendo gala de no beber vino, no probar el puerco o no catar animales sin desangrar ritualmente107. Los Cancioneros de Baena o de Antón de Montoro recogen con profusión108 la polémica burlesca en que los cristianos pasan
al contraataque en versos que constituyen todo un programa alimentario-ideológico, lema y estandarte de toda la cocina nacional y de nuestra manera de comer:
Comer y beber
hasta reventar;
después ayunar.
* * *
Hayamos placer
en Sant Antruijo,
pues no hay regocijo
do falta comer.
* * *
Comer y beber
hasta reventar;
después ayunar.
* * *
Comamos tocino
por San Gargantón;
qu’es gran devoción
hartarnos de vino.

El flamenco —todavía sin esa denominación— aparece hacia 1780 en la comarca comprendida entre Cádiz, Jerez y los Puertos (R. Molina la extiende hasta Lucena y Sevilla para poder incluir a los gitanos de Triana), naciendo en esta zona el 80% de las formas, de las cuales se cuentan hasta 40 (algunas con cuarenta o cincuenta modos distintos); y, desde luego, las variantes viejas y puras (seguiriya, soleá, caña, polo, serrana, tonas, saeta, corrida). De ese foco de la bahía gaditana irradió a Sevilla y después a toda Andalucía, como manifestación artística de un tipo humano cuyo desgarro y tragedia vital cotidiana refleja a la perfección (de ahí las frecuentes alusiones al hospital, la cárcel, la muerte en todas sus posibilidades trágicas). Ese personaje es heredero del pícaro de otros tiempos —hoy le llamaríamos marginal, marginado, lumpen, etc.— y no exclusivo de Andalucía ni de España. Sin embargo, en ese medio el majo metido a cantaor hubo de adaptar los mimbres que encontrara para fabricar el cesto de sus canciones, desarrollando una profesionalidad que condujo de inmediato al cante a ser un producto de divos y, por tanto, ajeno a lo popular, y cosechando la reprobación de las clases trabajadoras andaluzas durante el s. XIX (anarquistas, socialistas), que veían en quienes lo cultivaban una suerte de sujetos aplicados a la diversión servil de las clases superiores —juergas para señoritos, ea— que lo habían aceptado como resultado de la plebeyización de la alta sociedad operada en el XIX y más tarde denunciada por Ortega.

A tener en cuenta:
1. Deformaciones fonéticas de diversas etiologías originan confusiones abundantes en la toponimia.
2. La toponimia ár. de España es apreciable y digna de la mayor atención, pero dista mucho de constituir la base ni el eje principal de toda la toponimia peninsular.
3. La imaginación popular —o erudita— agrega no poca leña al fuego de los equívocos.
4. Derivada del punto anterior, o inserta en él, se multiplica la presencia de «un moro», «los moros», etc. en las anécdotas inventadas para explicar uno u otro nombre, lo cual parece conferir, por razones obvias, un notable lugar (favorable, o a contrario), a los musulmanes dentro del imaginario hispánico, independientemente de las bases rea
les sobre las que se sustente.
5. Los árabes abrigan y ceban respecto a España una imagen por completo irreal que pueblan con inexistentes mezquitas y fantasmagóricas poetizaciones de al-Andalus. Pero ésta es materia para un desarrollo ulterior.

En la sociedad española han quedado pervívencias de sus contactos pacíficos o sus enfrentamientos bélicos con el islam a lo largo de un dilatado período histórico. Esas huellas se han mantenido de formas diversas, desde la Arqueología o el Arte hasta la repostería. Nuestras lenguas españolas, con su correspondiente conciencia colectiva, en la vertiente literaria, han conservado restos más o menos visibles —a veces en estado fósil— de esos contactos tan reales y, sin embargo, en ocasiones tan confusos. La sociedad española en su conjunto ha desarrollado una serie de esquemas y estereotipos sobre los musulmanes en general y en torno a los andalusíes en particular de muy variado signo, tanto positivos como negativos y, en todo caso, con inexactitudes y deformaciones de bulto abundantes. Los musulmanes —los moros, para entendernos en el lenguaje popular— vienen a constituir una suerte de espejo mágico en el que los españoles se miran, a veces hechizados y otras con horror. Y del cual extraen explicaciones sobre sí mismos no siempre racionales.
En tiempos pasados la confusión que mencionamos se basaba por un lado en una desembozada campaña de guerra ideológica perceptible con claridad a lo largo de los siglos XV y XVI y por otro en las inevitables distorsiones que toda literatura o memoria oral conlleva. Pero es que, además, por su proximidad geográfica, su contacto mantenido durante siglos y los vivos contrastes culturales y de concepción del mundo que los españoles veían —o creían ver— en los musulmanes, éstos se erigieron en punto de referencia recurrente de muchos hispanos que tropezaban con sociedades o fenómenos extraños o —como mínimo— difíciles de comprender.

En lo que se refiere a Galicia, el primer hecho que debemos tomar en cuenta es la escasísima relación directa entre la tierra y los musulmanes históricos. Como es sabido, Musa ibn Nusayr alcanza Lugo en 714, procedente de Astorga, y éste va a ser el primer contacto de árabes con la tierra. El establecimiento de pequeñas poblaciones musulmanas beréberes en el territorio es poco significativo, pues en todo caso hacia el 750 ya lo habían abandonado. El reducido interés estratégico, climático y de riqueza —según los criterios de la época— que presentaba el rincón noroeste de la Península, unido a las dificultades orográficas y de comunicación, indujeron a la retirada.
La palabra «mouro» como adjetivo significa en gallego «moreno» «oscuro», «negro» y, dentro de la problemática que suscita el enfrentamiento de colores (en especial de personas), es preciso resaltar que conlleva unas ciertas connotaciones negativas, lo cual viene a entroncarse con la utilización por los medios rurales, no sólo gallegos, de esa figura, semimítica y confusamente identificada con el pagano para establecer una determinada explicación simbolista de puntos oscuros de su sociedad actual y, en líneas generales, del pasado. En este sentido hemos de considerar a los mouros como:
I. Actores de una historia popular.—Es relativamente frecuente que los paisanos atribuyan a los mouros la construcción y poblamiento de edificios hoy en ruinas, restos arqueológicos en realidad obra de los celto-romanos, viniendo a ser en la creencia popular una especie de tribu mágica que carga con cuantas huellas pretéritas carecen de explicación por otro camino, incluidos túmulos y dólmenes megalíticos (por ej., uno existente en el Campo do Tesouro, O Barqueiro, A Coruña…
II. Los mouros, participantes en la mitología popular.—La participación en la vida cotidiana de los mouros —según las creencias populares— les convierte en corresponsables de la mitología popular al actuar sobre los paisanos en diversas formas, concediéndoseles un alto rango social en la estratificación implícita de clases que el labriego conoce y acepta; se les equipara en categoría nada menos que con el clero: «Cregos, frades e mouros, quen víu un, víunos todos».
La idea que origina la existencia de seres míticos en Galicia pertenece muy posiblemente a un sustrato genérico indoeuropeo”
Asociada a esta idea de maldad de los mouros, aunque no siempre para mal, aparece la otra —extendida en la cultura dominante española— según la cual los moros, en especial las mujeres, practican la magia. La figura de la morisca hechicera documentada en nuestra literatura áurea, por ej., en Cervantes y en otros autores coetáneos viene corroborada por Caro Baroja: «La opinión de los cristianos viejos se ajustaba a la idea según la cual las razas o pueblos considerados como inferiores, sea como personajes antiguos dados a encantos y, más aun, las moras han quedado como entes proverbiales en el folklore de gran parte de España”.

It offers first-hand testimonies to unravel historical falsehoods such as the coexistence of Latin and Muslim culture during the Spanish Middle Ages. Magnificent book of research.

At the end of the 19th century, the colonial powers with interests in the area (France and England, above all, and Germany that aspires to increase its influence through the Ottoman Empire) already have schools of Arabists with a long tradition and a vastness of fields of study that does not exclude topics or geographical areas. As far as Spain is concerned, the phenomenon is later (Spain’s rickety colonialism over Morocco does not materialize until the beginning of the 20th century and, of course, it acts under the command of France and England) and, especially, it is more complex. Spain has only a very limited scope of colonial action in the Arab countries; but, on the other hand, it has an atypical historical peculiarity in Europe, with the exception of the small parallel case of Sicily and some Balkan countries: an important part of its own national history has been shared with Islam. This characteristic will mark the main pattern in the line of Spanish Arab studies: al-Andalus will be the almost exclusive axis around which the tiny and compact tribe of the Spanish Arabists, the Banu Codera, will be built.
To the factors already mentioned are added in our case other secondary but that, like an inopportune Guadiana, reappear from time to time: latent maurophobia in society and the dominant culture contribute to ignore those fields of study not directly related to al-Andalus .
Another factor that has induced Spanish Arabism to close in on itself, constricting its terrain, is the dismal habit, not attributable to anyone in particular but acting – and which concerns not only the Arabists but all the fields of study that allow it. to lack intellectual curiosity towards those human phenomena foreign to the navel of the world: Spain. (Why do not we have specialists in Germanística, Slavística, Anglística, etc. of international stature, in the same way that there are German, Russian or English hispanistas?) And it is forgotten that when this country played a role on a universal scale – despite its errors and inadequacies- developed an extensive work of conservation and study of other cultural manifestations.

The Arabists, we can not endorse globally Arab history and culture, without nuances. And let’s not say the «third world». As if we were dealing with a perfect society free of blemishes, when the observation shows us the presence of prejudices and abuses identical to those we condemn among ourselves. The clashes between nations, or ethnic groups, are easy to document: the prejudices transmitted from generation to generation do not stop, be it the «stupidity» of others, the cowardice, the mere disgust, the dirt. The clash occurs between different social sectors or with minority religious or racial communities, such as the Jewish one. And without the theorists (abundant) of the purity – and superiority, of course – of the Arab «race» have been lacking: «In you the contagion becomes clear: some miscegenation corrupted you». The same claim repeated centuries later at the other end of the Muslim world: «He is a loyal man, coming from a race of brave men whose blood has never been mixed with a foreign race.»

One of the fashionable topics in our days is to talk about multicultural contacts, ethnic plurality, coexistence – let’s suppose that peaceful – between religions, interpenetration and fusion of societies … Without denying the good faith of the most among those who maintain such pretensions and ignoring the almost obligatory nature imposed on us to submit ourselves to those principles, admitted in an uncritical way and without nuances when being canonized for their reiteration in the media, or anticipating the discussion of the real possibilities of achieving utopia, we can accept that In the Spanish case with respect to the Arabs -the Moors, according to the popular expression- and Islam in broad terms, the proximity and the relationship during many centuries in its various forms (of confrontation or coexistence) has not produced beneficial results, but more well what Sánchez Albornoz designated as antibiosis, as opposed to the vindicative symbiosis of Americo Castro; that is, the opposites of rejection, denial, ignorance towards North Africans. And from them to us.
The Arabic language, in its different dialectal or fusha forms, subsisted in very different degrees, although usually in a precarious way. We know that among the Moors of La Mancha there was a scarcity of those who knew her and they were almost always of Granada or Valencian origin, maintaining isolated pious expressions that were already very deformed (bizmiley when starting work, food, alhanduruley when sneezing, etc., the Alpujarras, in At the time of the rebellion, they only spoke Arabic and the Valencians also used it.

Following the traditional position held by the Catholic Church for more than twelve centuries, Alfonso the Wise does not recognize in Mahorna a shred of sincerity and does not even admit that he could have acted in good faith, although wrong. He is the False Prophet par excellence and his crime is the foundation of a mendacious religion that, in addition, was that of the people who had quickly ended the pax goda.

The Moorish problem was, then, circumscribed to Valencia and, to a lesser extent, to Aragon. Its economic impact was much lower than what has been repeated by the fearsome popularizers and its cultural relevance – due to the low socioeconomic level of those affected – rather scarce. However, daring to reflect on this, without prejudice for or against the Moriscos, as already advanced by Caro Baroja8, and without belonging to any clique (erudite in other times, advertising today) is risky: on the head from the foolhardy all the irrationality of the self-critics hangs, well equipped with their particular catechism under their arms; self-critics who never self-criticize by submitting to review their own ideas, limited as they are to darken even more facets of our history that were already grim in themselves, without needing help. Américo Castro and his blessed followers, among the Spaniards, have built the fiction of some converts (Marranos or Moors, all together: anything goes) who infiltrate the cultural media of the time and infect them with their own identity.

The negative topics about the Moor that we see extending from the General Chronicle of Alfonso X to the Romancero of the war in Spain in the twentieth century, have in the instants present their symmetrical figures in positive -according to the jargon of technocrats- when they are erected Alcázares of influences with no more foundations than the reiteration to the satiety of vagueness, coming to corroborate that to make a truth it is enough to repeat a lie a hundred times. To the condemnations of the Golden Age, then, is the general estrangement or estrangement of our literature from the Moors during the enlightened stage. Rightly, the thinking minds of the country had to deal with other more pressing tasks and tasks, for the monarchy and the nation all found themselves in a crucial dilemma: they modernized or succumbed. The triumph of the second possibility, cause and effect of the general disaster, came from the hand of phenomena as visible as shameful; the manifest incompetence of Carlos IV and his valid and collaborator-consort, the Napoleonic invasion, the loss of the «Spain of Ultramar», the sinister personality of Fernando VII. But these are only the consequences of other deeper factors and that does not comply here detail: the abortion of a technical and scientific revolution that sustained an incipient industrialization, the absence of peasant social movements by the ironclad ideological control of the Church, the intellectual bleeding from the exile of the Frenchified …

The Claim, in its aims and form of expression, is both a denial of Spain and its condemnation to the hell of history as the emergence of a bloody birth and-for the author-reason for almost erotic dreams, but for any connoisseur of the barbaresque society, or Arabic, it would not be difficult to build a writing exercise similar to the violent and disparaging requisition against the folders is the work (although it is very doubtful that a barbarisk himself dared to write it: Salman Rushdie could illustrate about it ); However, reasons of respect to the North Africans, or to us, prevent us from falling into such injustice; while the most elementary logic induces us to discover, with simple and naked common sense that, with only bile and luminous teachings, bad tortillas are forged. And, in any case, neither barbariscos nor carpets are guilty of indigestible condumio.

A phantasmagorical cloud of prejudices, deceptions, localistic fetishism, unmitigated trickery, associated with old interests, fears or simple struggle for individual or collective survival, have led the Spaniards of the Plain State, according to the terminology of the past, or of the people, if we prefer the modern, to mix reasonable arguments of a political, economic or historical nature with other expressive ones of obscurantism and ignorance (general in all contemporary Europe) of the time in which they were conceived. Thus, it was avoided to look for morris or sow wethers because of the risk that through their milk they inoculated beliefs, cultural habits or the intrinsic evil to their community to the tender infants, causing the successful emergence of the mountaineers (in fact, Santander, Asturian and Galician) that to their good physical dowries added the security of not being contaminated of Moors in any degree. It is in vain that we smiled enough at the superstitions of our ancestors.
Food was one of the strongest distinguishing marks of ethnicity or religion from the Muslim invasion until the s. XVII, the Moriscos clinging more strongly to such features as their political and social weight diminished, showing no drinking wine, not tasting pork or not tasting animals without bleeding out ritually107. The Cancioneros de Baena or Antón de Montoro collect with profusion108 the burlesque polemic in which Christians spend
to the counterattack in verses that constitute a whole alimentary-ideological program, motto and standard of all the national kitchen and of our way of eating:
Eat and drink
until burst;
then fast.
* * *
Let’s have pleasure
in Sant Antruijo,
for there is no rejoicing
do not eat.
* * *
Eat and drink
until burst;
then fast.
* * *
Let’s eat bacon
by San Gargantón;
what great devotion
get tired of wine

Flamenco – still without that name – appears around 1780 in the region between Cádiz, Jerez and Los Puertos (R. Molina extends it to Lucena and Seville to include the gypsies of Triana), 80% of which was born in this area. the forms, of which there are up to 40 (some with forty or fifty different ways); and, of course, the old and pure variants (seguiriya, soleá, caña, polo, serrana, tonas, saeta, corrida). From that spot in the Cadiz bay, it radiated to Seville and then to all of Andalusia, as an artistic manifestation of a human type whose daily tear and tragedy reflects perfectly (hence the frequent allusions to the hospital, prison, death in all its tragic possibilities). That character is the heir of the rogue of other times – today we would call him marginal, marginalized, lumpen, etc. – and not exclusive to Andalusia or Spain. However, in this medium, the singer who had been a cantaor had to adapt the wickerwork he found to make the basket of his songs, developing a professionalism that led immediately to cante to be a product of divos and, therefore, alien to the popular , and reaping the reprobation of the Andalusian working classes during the s. XIX (anarchists, socialists), who saw in those who cultivated it a sort of subjects applied to the servile fun of the upper classes-courts for señoritos, because they had accepted it as a result of the plebeianization of high society operated in the nineteenth century. and later denounced by Ortega.

To consider:
1. Phonetic deformations of various etiologies cause abundant confusions in toponymy.
2. Toponymy ar. of Spain is appreciable and worthy of the greatest attention, but it is far from being the base nor the main axis of all peninsular toponymy.
3. The popular imagination -or erudite- adds no little fuel to the fire of equivocation.
4. Derived from the previous point, or inserted in it, multiplies the presence of «a Moor», «the Moors», etc. in the anecdotes invented to explain one or the other name, which seems to confer, for obvious reasons, a remarkable place (favorable, or otherwise), to the Muslims within the Hispanic imaginary, regardless of the real bases
those on which it is sustained.
5. The Arabs shelter and cease in Spain a completely unreal image that populate with nonexistent mosques and phantasmagorical poems of al-Andalus. But this is matter for further development.

In Spanish society have been pervívencias of their peaceful contacts or their war with Islam over a long period of history. These footprints have been maintained in different ways, from Archeology or Art to baking. Our Spanish languages, with their corresponding collective conscience, in the literary aspect, have preserved more or less visible remains-sometimes in a fossil state-of those contacts that are so real and, however, sometimes so confusing. The Spanish society as a whole has developed a series of schemes and stereotypes about the Muslims in general and around the Andalusians in particular of very varied sign, both positive and negative and, in any case, with inaccuracies and abundant bulk deformations. The Muslims-the Moors, to understand us in popular language-come to constitute a sort of magical mirror in which the Spaniards look at each other, sometimes spellbound and sometimes with horror. And from which they extract explanations about themselves that are not always rational.
In the past, the confusion we mentioned was based, on the one hand, on an overt campaign of ideological warfare clearly perceptible throughout the fifteenth and sixteenth centuries and on the other in the inevitable distortions that all literature or oral memory entails. But it is also, because of its geographical proximity, its contact maintained for centuries and the vivid cultural contrasts and world views that the Spaniards saw – or thought they saw – in the Muslims, they became a recurring reference point for many Hispanics who stumbled over strange societies or phenomena or – at least – difficult to understand.

In regard to Galicia, the first fact that we must take into account is the very scarce direct relationship between the land and historical Muslims. As is known, Musa ibn Nusayr reaches Lugo in 714, from Astorga, and this will be the first contact of Arabs with the land. The establishment of small Muslim Berber populations in the territory is not significant, because in any case towards the 750 had already left. The reduced strategic, climatic and wealth interest -according to the criteria of the time- that presented the northwest corner of the Peninsula, together with the orographic and communication difficulties, led to the withdrawal.
The word «mouro» as an adjective means in Galician «dark», «dark», «black» and, within the problematic that provokes the confrontation of colors (especially of people), it is necessary to highlight that it entails certain negative connotations, which comes to be linked with the use by the rural media, not only Galicians, of that figure, semi-mythically and confusedly identified with the pagan to establish a certain symbolist explanation of dark points of his current society and, in general, of the past. In this sense we have to consider the mouros as:
I. Actors of a popular history. – It is relatively frequent that the countrymen attribute to the mouros the construction and settlement of buildings now in ruins, archaeological remains in reality work of the Celto-Romans, coming to be in the popular belief a kind of magical tribe that loads with how many past traces lack explanation by another way, including mounds and megalithic dolmens (for example, one existing in the Campo do Tesouro, O Barqueiro, A Coruña …
II. The mouros, participants in popular mythology. -The participation in the daily life of the mouros -according to popular beliefs- makes them joint stewards of popular mythology by acting on the people in various ways, granting them a high social rank in the stratification implicit of classes that the farmer knows and accepts; they are equated in category nothing less than with the clergy: «Cregos, frades e mouros, quen víu un, víunos todos».

Associated with this idea of ​​the wickedness of the mouros, although not always for the worse, the other one appears -extended in the dominant Spanish culture- according to which the Moors, especially the women, practice magic. The figure of the sorceress morisca documented in our golden literature, for example, in Cervantes and other contemporary authors is corroborated by Caro Baroja: «The opinion of the old Christians was consistent with the idea that races or peoples considered as inferior, be like ancient characters given to charms and, moreover, the blackberries have remained as proverbial entities in the folklore of a large part of Spain «.

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