Hasta Las Cenizas — Caitlin Doughty / Smoke Gets In Your Eyes by Caitlin Doughty

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Me ha gustado este libro de Caitlin Doughty, es capaz de hacernos ver de otra manera la muerte. Puede sonar siniestro, pero no lo es, simplemente nos abre los ojos sobre la manera de tratar el tema de la muerte en diferentes culturas.
Como dijo el gran antropólogo Ernest Becker: «La idea de la muerte, el temor a la muerte es lo que más obsesiona al animal humano». Es este temor el que nos lleva a construir catedrales, a tener hijos, a declarar la guerra y a mirar vídeos de gatitos a las tres de la madrugada. La muerte despierta tanto nuestros impulsos creativos como nuestro afán destructivo. Y cuanto mejor lo comprendamos, mejor nos conoceremos a nosotros mismos.

Lo primero que se quema cuando el cadáver entra en el horno es la caja de cartón, o «contenedor alternativo», como se lo suele llamar. Las llamas devoran rápidamente la caja y dejan el cuerpo indefenso en medio del infierno. A continuación se quema la materia orgánica, y entonces el aspecto del cadáver se transforma por completo. Un ochenta por ciento del cuerpo humano es agua, que se evapora enseguida; luego las llamas devoran los tejidos blandos y los dejan negros y carbonizados. Lo que lleva más tiempo es convertir esas partes carbonizadas, las que te identifican visualmente.
El mundo desarrollado cuenta hoy con el privilegio de no tener que ver muertos. En Varanasi, a orillas del Ganges, en la India, se queman cada día entre ochenta y cien cadáveres. Los incineran en unas plataformas llamadas ghats, y a menudo son los niños de la casta de los intocables los encargados de hacerlo. Los huesos y las cenizas se arrojan a las sagradas aguas del Ganges. Las cremaciones no resultan baratas: hay que comprar maderas caras, mortajas de colores y contratar los servicios de un incinerador profesional. Las familias que no pueden permitirse una cremación pero desean que su ser querido sea acogido en las aguas del Ganges suelen dejar el cadáver en el río por la noche para que se descomponga. En Varanasi se ven cadáveres flotando en el río, o devorados por los perros. Hay tal abundancia de cadáveres que el gobierno indio decidió soltar centenares de tortugas carnívoras para luchar contra la contaminación de las aguas del Ganges.
El mundo industrializado ha inventado sistemas para evitar estos desagradables encuentros con la muerte.

A los wari no les suponía ningún problema asar la carne humana como si «no fuera más que un trozo de carne». La idea que ellos tenían de los animales era (y sigue siendo) muy distinta de la que tenemos nosotros. Para los wari, los animales están dotados de espíritu; los animales no son de nuestra propiedad ni ocupan un rango inferior a los seres humanos. Humanos y animales pueden ocupar el lugar del cazador o de la presa, según el día. Los jaguares, los tapires y los monos podrían verse a sí mismos como superiores y vernos a nosotros como animales. Los wari sienten respeto por toda la carne que consumen, ya sea humana o animal.
La industria funeraria, en especial la de Estados Unidos, nos ha hecho creer que las técnicas modernas de embalsamamiento vienen de una tradición milenaria, un arte que nació en el antiguo Egipto, donde eran auténticos maestros. Los directores de las empresas funerarias quieren hacernos creer que son los portadores de ese conocimiento milenario.
Sin embargo, esta explicación presenta algunos problemas. Cuando los embalsamadores pretenden que su oficio desciende del antiguo Egipto, olvidan que en Estados Unidos no se embalsamaron los cadáveres hasta 1860, lo que representa un gran salto temporal desde la era de Tutankamón.
En realidad, las técnicas de los antiguos egipcios eran totalmente distintas.
Antes de la guerra civil norteamericana, en el siglo XIX, a los cadáveres no se les inyectaba ninguna solución para conservarlos. En aquel entonces el cuidado de los muertos era un tema casero. Las personas morían en su propia cama, rodeadas de su familia y amigos. Las personas más próximas eran las encargadas de lavar y amortajar el cadáver. A continuación, tenía lugar el velatorio. El cuerpo del difunto se dejaba unos días en la casa para que todos pudieran visitarlo, y no, como a veces se cree, por miedo a que se despertara.
Para frenar el proceso de corrupción durante el velatorio, en el siglo XIX se idearon sistemas como colocar toallas empapadas en vinagre y barras de hielo bajo el cadáver. Durante los días del velatorio se comía y se bebía. Era una forma de que la comunidad se despidiera del difunto.
Aunque hoy ya no se llena el cadáver de serrín, sí que se extraen las vísceras. Tal vez el secreto mejor guardado del proceso de embalsamamiento moderno es el uso de una pieza de metal en forma de lápiz, con una punta afilada en un extremo, que recibe el nombre de trocar.

La industria funeraria ha podido desarrollarse como negocio vendiendo una suerte de «dignidad». La dignidad de lograr un final bien organizado para la familia, y esto implica un cadáver bien presentado. Los empleados de las funerarias se convierten en una especie de directores de escena que cuidan de que todo esté perfecto en una función donde la persona difunta tiene el papel principal. Hay que hacer todo lo posible para que no se caiga el decorado, para que el público y el cadáver no lleguen a interactuar y se rompa la ilusión. Sin duda a recordar su primer muerto Byron.

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I have liked this book by Caitlin Doughty, it is able to make us see death in a different way. It may sound sinister, but it is not, it simply opens our eyes on how to deal with the subject of death in different cultures.
As the great anthropologist Ernest Becker put it: «The idea of ​​death, the fear of death, is what most obsesses the human animal». It is this fear that leads us to build cathedrals, to have children, to declare war and to watch videos of kittens at three in the morning. Death awakens both our creative impulses and our destructive eagerness. And the better we understand it, the better we will know ourselves.

The first thing that burns when the corpse enters the oven is the carton, or «alternative container», as it is usually called. The flames swiftly devour the box and leave the body defenseless in the midst of hell. Then the organic matter is burned, and then the appearance of the corpse is transformed completely. Eighty percent of the human body is water, which evaporates immediately; then the flames devour the soft tissues and leave them black and charred. What takes the longest is to turn those charred parts, those that identify you visually.
The developed world today has the privilege of not having to see dead. In Varanasi, on the banks of the Ganges, in India, every day between eighty and one hundred corpses are burned. They are cremated on platforms called ghats, and it is often the children of the caste of the untouchables who do so. Bones and ashes are thrown into the sacred waters of the Ganges. Cremations do not come cheap: you have to buy expensive woods, colored mortar and hire the services of a professional incinerator. Families who can not afford cremation but want their loved one to be sheltered in the waters of the Ganges often leave the corpse in the river at night to break it down. In Varanasi corpses are seen floating in the river, or devoured by dogs. There is such an abundance of corpses that the Indian government decided to release hundreds of carnivorous turtles to fight the contamination of the waters of the Ganges.
The industrialized world has invented systems to avoid these unpleasant encounters with death.
It was no problem for the Wari to roast human flesh as if it were «only a piece of meat.» Their idea of ​​animals was (and still is) very different from what we have. For the Wari, animals are endowed with spirit; the animals are not of our property nor occupy a lower rank to the human beings. Humans and animals can take the place of the hunter or the prey, depending on the day. Jaguars, tapirs and monkeys could see themselves as superiors and see us as animals.

The Wari feel respect for all the meat they consume, whether human or animal.
The funeral industry, especially the United States, has led us to believe that modern embalming techniques come from an ancient tradition, an art that was born in ancient Egypt, where they were true masters. The directors of the undertakers want to make us believe that they are the bearers of this millennial knowledge.
However, this explanation presents some problems. When the embalmers claim that their trade descends from ancient Egypt, they forget that in the United States the corpses were not embalmed until 1860, which represents a great leap in time since the Tutankhamen era.
In fact, the techniques of the ancient Egyptians were totally different.
Before the American civil war, in the nineteenth century, the corpses were not injected with any solution to preserve them. At that time the care of the dead was a home issue. People died in their own bed, surrounded by their family and friends. The nearest people were in charge of washing and shrouding the corpse. Then the wake took place. The body of the deceased was left in the house for a few days so that everyone could visit him, and not, as is sometimes believed, for fear that he would wake up.
To stop the process of corruption during the wake, in the nineteenth century systems such as placing towels soaked in vinegar and ice bars under the corpse were devised. During the days of the wake he ate and drank. It was a way for the community to bid farewell to the deceased.
Although the corpse of sawdust is no longer filled today, the viscera are extracted. Perhaps the best kept secret of the modern embalming process is the use of a piece of metal in the shape of a pencil, with a pointed tip at one end, which is called a trocar.

The funeral industry has been able to develop as a business by selling a sort of «dignity». The dignity of achieving a well-organized end for the family, and this implies a well-presented corpse. Funeral employees become a kind of stage manager who takes care of everything perfect in a role where the deceased person has the lead role. It is necessary to do everything possible so that the set does not fall, so that the public and the corpse do not get to interact and break the illusion. No doubt to remember his first dead Byron.

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