El Bacalao: Una Biografía Del Pez Que Cambió El Mundo — Mark Kurlansky / Cod. A Biography Of The Fish That Changed The World by Mark Kurlansky

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Podría parecer que un libro con tan insulso título (Bacalao) fuera garantía perfecta de una buena siesta tras algunas páginas aburridas. Pero el subtítulo La biografía del pez que cambió el mundo resultaba mucho más prometedor. Como además lo vi mencionado en algún sitio cuyos consejos aprecio me lancé a leer esta obra divulgativa y la verdad es que, aunque algo extraña y atípica, no me defraudó lo más mínimo.
El libro narra, literalmente, la historia del bacalao a lo largo de los tiempos y su importancia en cada momento histórico, que no fue poca. Al ser un pez altamente nutritivo que se podía secar y salar se conservaba duramente muchísimo tiempo sin ningún problema. Eso permitió realizar viajes más lejos que nunca, tanto por tierra como por mar e incluso en la exploración polar. Los navegantes nórdicos, británicos, islandeses y en especial los vascos, localizaron y explotaron durante siglos grandes bancos de bacalaos.
El libro trata de forma especialmente entrañable a los pescadores vascos, que con gran habilidad ocultaron la localización de algunas de las mejores ubicaciones para la pesca, llegando incluso a Terranova en el siglo XVI pero renunciando a darlo a conocer para poder seguir pescando allí sin competencia alguna. La razón de que la isla de ultramar San Pedro y Miguelón tenga ese nombre y una ikurriña en su bandera tiene en la historia del bacalao su origen. Desde hace cuatro siglos, el bacalao es la base de la economía de sus habitantes.
Otros aspectos que me parecieron muy curiosos fue que el bacalao se utilizara como alimento principal para los esclavos procedentes de África: era la forma más nutritiva y barata de alimentar a las «propiedades» de los esclavistas. Curiosamente, muchos países donde la esclavitud estaba abolida permitían el comercio de bacalao aun a sabiendas de que se utilizaba para alimentar a los esclavos en otras tierras, en un peculiar giro de doble moral.
El bacalao, como tantos otros peces, está en peligro de extinción desde hace años, debido a la sobrepesca y a la gran demanda de muchos países donde históricamente es el pescado favorito (los famosos fish & chips británicos sólo se consideran por algunos «genuinos» si son de cierto tipo de bacalao). Las limitaciones impuestas por algunos países han provocado «guerras del bacalao» y crisis económicas para los pescadores de países como Islandia, Canadá y Estados Unidos.
Aunque es una especie capaz de sobrevivir porque se reproduce profusamente y con facilidad, el peligro de la extinción definitiva lleva años rondando al bacalao y la razón es sólo una: los voraces seres humanos que somos su peor enemigo. Ayer en el mercado de la Boquería vi magníficos ejemplares a entre 10 y 15 euros el kilo, pero no sería extraño que acabara como las anchoas y su extinción sea también objeto de chistes en nuevas temporadas de Futurama.

El bacalao de Terranova y de Labrador, los llamados «bancos septentrionales», es un pez hermoso con motas ambarinas, como de leopardo, en el lomo verde aceitunado; tiene el vientre blanco, y una larga lista blanca fusiforme en los costados entre aquél y el lomo moteado. Son mucho más bonitos que los islandeses, con su color amarillo sobre fondo pardo. Los pescadores miden cada bacalao que es izado a bordo y determinan que su longitud oscila entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco centímetros, lo cual indica que son ejemplares jóvenes, de entre dos y tres años, nacidos después de decretarse la moratoria. Ni siquiera tienen edad suficiente para reproducirse.
Se cuenta que un pescador medieval cobró un bacalao de un metro, lo cual era bastante común en esa época. Y el hecho de que el pescado hablara tampoco parecía demasiado sorprendente. Lo que resultaba insólito era que lo hacía en una lengua desconocida. Hablaba vascuence.
Este cuento popular vasco no sólo muestra la vinculación de los vascos con su idioma huérfano, indescifrable para el resto del mundo, sino también sus lazos con el bacalao del Atlántico, Gadus morhua, un pez que no se ha visto nunca en aguas del País Vasco o del resto de costas de la península Ibérica.
Los vascos no fueron los primeros en secar el bacalao. Siglos atrás, los vikingos habían viajado de Noruega a Islandia, Groenlandia y Canadá y no es coincidencia que éste sea exactamente el ámbito que abarca el bacalao del Atlántico. A diferencia de los vikingos, los vascos tenían sal y, como el pescado salado antes de secar era comestible durante más tiempo, sus marineros podían navegar aún más lejos que los nórdicos. Además tenían otra ventaja: cuanto más duradero era un producto, más fácil resultaba comerciar con él. Hacia el año 1000, los vascos habían ampliado el mercado del bacalao hasta convertirlo en un comercio internacional.

Incluso el bacalao salado y seco se estropea si permanece demasiado tiempo en un ambiente húmedo y caluroso pero, en el Medioevo, resultaba extraordinariamente duradero. Era un milagro, comparable al descubrimiento del proceso de congelación rápida en el siglo XX, que también se inició con el bacalao. Éste no sólo se conservaba más que otros pescados salados, sino que tenía mejor sabor. Una vez secado o salado, o ambas cosas, y adecuadamente remojado más tarde, este pescado presenta una carne en láminas que para muchos, incluso en esta era moderna de la refrigeración, resulta muy superior a la carne tierna y blanda del bacalao fresco. Entre los pobres, que rara vez podían permitirse el pescado fresco, era un alimento barato de alta calidad.

El bacalao pone mil huevos,
la gallina de corral pone solo uno.
El bacalao nunca cacarea
para proclamar su gesta.
Y así miramos mal al pescado
mientras a la parca gallina alabamos.
Con ello viene a demostrarse
que da buen resultado anunciarse.
POEMA ANÓNIMO AMERICANO.

La carne de bacalao apenas contiene grasas (0,3 por 100) y más de un 18 por 100 son proteínas, un porcentaje insólitamente elevado para tratarse de un pez. Una vez puesto a secar y evaporado más del 80 por 100 que está constituido por agua, se convierte en proteína concentrada (en una proporción de casi un 80 por 100).
El bacalao no tiene apenas desperdicios. La cabeza es más sabrosa que el cuerpo, en especial la garganta, que llaman lengua, y los pequeños discos de carne a ambos lados, que se denominan mejillas. La vejiga natatoria, un largo tubo ubicado junto a la espina central que el animal puede llenar o vaciar de gas para modificar la profundidad a la que nada, se dedica a la confección de colapez, utilizada en la industria como agente clarificante y en la fabricación de algunos pegamentos.
La palabra inglesa para denominar al bacalao, cod, tiene un origen desconocido. Siendo un producto que empezó por ser alimento de los católicos practicantes los días que éstos debían abstenerse de las relaciones sexuales, no está claro por qué, en diversas lenguas, el término que indica el bacalao salado ha adquirido unas connotaciones sexuales. En las Antillas de habla inglesa, el nombre que se utiliza normalmente para denominar al bacalao seco es el de «pescado salado». En argot «pescado salado» es sinónimo de los genitales femeninos y, aunque a los caribeños les encanta su bacalao salado, es ese otro sentido el responsable de la frecuente aparición de la palabra en las canciones caribeñas como «Saltfish», de Mighty Sparrow.
En inglés medieval cod significaba ‘bolsa’ o ‘saco’ y, por extensión, ‘escroto’, razón por la cual la bolsa extravagante que llevaban los hombres del siglo XVI en la entrepierna y que ofrecía el aspecto de unos genitales enormes y decorativos era llamada «bacalao».
Además de las cualidades culinarias, el bacalao es, sobre todo, un pez fácil de capturar. Prefiere las aguas poco profundas, apenas se aventura más allá de los 600 metros de profundidad y se encuentra habitualmente a 40 metros (20 brazas) o menos. Para la freza migra a aguas aún menos profundas, cerca de las costas, y busca territorios de desove más cálidos, lo cual facilita aún más su captura.
krill, dan cuenta del zooplancton. El arenque y otras especies que nadan en aguas intermedias suben a devorar el krill cerca de la superficie y las aves marinas se zambullen para dar cuenta del krill y de los peces. El rorcual, una ballena muy común en los mares de España, también se alimenta de este krill.
En este medio rico en alimento prosperaban los bacalaos por millones. El pez también se encontraba en los bajíos del mar del Norte, pero los bancos norteamericanos, en las zonas donde las aguas del golfo de México entran en contacto con las procedentes del Artico, frente a Groenlandia, tenían una densidad de bacalaos mayor que ningún otro lugar de las costas de Europa. Éste era el secreto de los vascos.

En 1532 un inglés, John el Ancho, fue asesinado en el establecimiento pesquero islandés de Grindavík. Aunque las «guerras islandesas del bacalao» de Gran Bretaña se consideran un fenómeno del siglo XX, la primera se desató a raíz de este asesinato de Grindavík y no se libró contra Islandia, que por entonces era una nación colonizada y dócil, sino contra la Liga Hanseática, que había desarrollado su propia flota de guerra. En una reacción atípica de los ingleses, tras una breve lucha se limitaron a retirarse de la zona pesquera islandesa. Como había predicho Soncino, Gran Bretaña ya no necesitaba a Islandia.
Wich es un término anglosajón que significa ‘lugar que tiene sal’ y todas las poblaciones inglesas cuyo nombre tiene esta terminación fueron, en cierta época, productoras de sal, pero nunca produjeron la suficiente para la industria pesquera del bacalao de Terranova.
Collins prevenía contra la sal francesa, de la que decía que era insalubre. Probablemente tenía más de una razón para decir tal cosa, aparte de sentir un desagrado general hacia los franceses. Existe una gran tradición de contrabando desde las costas francesas y la sal era uno de los productos favoritos porque los franceses casi tenían obsesión por eludir el impuesto sobre la sal o, de hecho, la mayoría de impuestos.

Los comerciantes de Bristol montaron diversas empresas conjuntas con los portugueses. A cambio de sal, el gobierno británico concedió protección a los barcos lusos frente a los franceses. En 1510 el rey de Portugal se quejó ante el rey francés de que naves de su armada se habían apoderado de 300 barcos portugueses en los diez años anteriores.
Este acuerdo mutuamente ventajoso entre británicos y portugueses se prolongó hasta 1581, cuando Portugal quedó unido a España. Sin embargo, era un mal momento para que una nación marítima compartiera su suerte con España. En 1585 los británicos atacaron y destruyeron la flota de pesca española, mientras que la militar quedaba destruida en un desastroso intento de invasión de Inglaterra. Las flotas españolas arrastraron con ellas, en su naufragio, a las portuguesas.
Los británicos continuaron desperdiciando esta oportunidad comercial. En 1598 una flota de Terranova arribó a Southampton y vendió la mayor parte del bacalao a comerciantes franceses, que lo revendieron a España. Por aquel entonces, las guerras de religión entre católicos y hugonotes, los protestantes de La Rochelle, redujeron la flota francesa. Viendo el declive de las flotas portuguesa, francesa y española, los británicos empezaron a entender el potencial comercial de su industria pesquera de Terranova. A finales del siglo XVI, los barcos británicos fueron autorizados, por fin, a llevar su bacalao de Terranova directamente a los puertos extranjeros. Los recién liberados comerciantes británicos forzaron un mercado abierto del bacalao al que pronto siguieron otros.
Pero esta apertura comercial parecería un asunto menor, en perspectiva, porque a principios del siglo XVII, cuando apenas empezaba, estaba gestándose un cambio aún más importante en el comercio mundial. Un pequeño grupo de disidentes religiosos huidos de Inglaterra contemplaba un mapa en su refugio holandés y había advertido un pequeño gancho de tierra bautizado con un nombre intrigante: Cape Cod, ‘el cabo del Bacalao’.

En el siglo XVIII el bacalao había permitido que Nueva Inglaterra dejase de ser una colonia lejana de pioneros famélicos para convertirse en una potencia comercial internacional. Massachusetts había elevado la consideración del bacalao de mera mercadería a fetiche. Los miembros de la «aristocracia del bacalao», los que hicieron su fortuna familiar gracias a las pesquerías de bacalao del siglo XVII, habían adorado abiertamente al pez como símbolo de su riqueza. La figura del bacalao aparecía en los timbres oficiales.
Cuando los primeros aristócratas del bacalao demostraron su riqueza con la construcción de mansiones, las decoraron con bacalaos. En 1743 el coronel Benjamin Pickman, armador de barcos, incluyó en la mansión que estaba construyéndose en Salem una escalera decorada con un bacalao de madera dorado al lado de cada peldaño. El Ayuntamiento de Boston también tenía un bacalao dorado colgado del techo, pero el edificio se quemó, bacalao incluido, en 1747. Tras la guerra de la Independencia Norteamericana, se colgó un bacalao de madera en la Old State House, el edificio gubernamental a la entrada de State Street, en Boston, a instancias de John Rowe, quien, como tantos partidarios de la independencia, era un comerciante. Cuando Massachusetts cambió de sede legislativa en 1798, el bacalao fue trasladado con ella.
Desde la Edad Media hasta el presente, el mercado de bacalao más exigente ha sido siempre el Mediterráneo. Los países de la zona experimentaron un enorme crecimiento demográfico en el siglo XIX: la población de España casi se dobló y la de Portugal aumentó aún más. Muchos puertos, entre ellos los de Bilbao, Oporto, Lisboa, Génova y Nápoles, se convirtieron en grandes centros.

Uno de los peores enemigos de los pescadores de bacalao, sobre todo en los tiempos anteriores a la radio, era la niebla. Como los caladeros de bacalao son zonas en las que se encuentran las corrientes cálidas y las frías, las nieblas son un fenómeno habitual. Pueden ser tan densas que la proa de un barco de veinte metros apenas se distingue desde media nave. La luz de la linterna en proa no alcanza a detectarse apenas a treinta metros. Los pescadores navegan a ciegas entre la bruma gris informe y hacen sonar las bocinas y los silbatos con la esperanza de que las demás embarcaciones los oirán y evitarán la colisión. Pero el mayor peligro era el que corrían los tripulantes de los esquifes de fondo plano.
Desde el siglo XVII hasta los años treinta del siglo XX, la forma habitual de pescar el bacalao y otros peces de los fondos oceánicos era acudir a los Grandes Bancos en una nave y descolgar de ésta una serie de pequeños esquifes con tripulaciones de dos hombres.

En la pesca, por lo general, las nuevas tecnologías llegaban primero a Europa, cuyas aguas llevaban más tiempo visitadas por los barcos de pesca y donde la captura de pescado resultaba más difícil que en América del Norte. El mayor incentivo era la competencia por las capturas, cada vez menores, y el mar del Norte, compartido por ocho ricas naciones pesqueras entre las que existía una feroz rivalidad, era el laboratorio principal para las innovaciones.
Al principio, la mayoría de arrastreros —embarcaciones que arrastran sus aparejos de pesca tras ellas— eran palangreros. Pero una vez difundido el motor a vapor, la forma más común de pesquero de arrastre pasó a ser lo que en Nueva Inglaterra llamaban bottom dragger, que arrastraba una red justo por encima del lecho oceánico. Arrastrar redes por los fondos marinos no era una idea novedosa.

Aunque la piscicultura del bacalao es un campo nuevo y la del salmón ya está asentada por completo, Martin afirma que la cría del bacalao sería mucho más fácil. El salmón tiene uña estructura de escamas muy delicada y es propenso a las infecciones, mientras que el bacalao soporta bien ser manipulado y es resistente a las enfermedades. Además, al salmón no le gusta vivir amontonado en un criadero, mientras que el bacalao tiene una estructura social gregaria.
La piscicultura de todo tipo, desde el salmón hasta los mejillones, es una industria que crece de año en año y que además tuvo un buen arranque. Después de los experimentos realizados en Petty Harbour.
La pesca excesiva es un problema creciente en todo el planeta. Un 60 por 100 de los tipos de peces estudiados por la FAO de las Naciones Unidas están clasificados en totalmente explotados, excesivamente explotados o agotados. La costa atlántica de Estados Unidos ha presenciado un espectacular descenso en la población de atunes thunnus thynnus, aunque los pescadores de Gloucester dicen que todavía realizaban buenas capturas. Los bancos de pez espada del Atlántico Medio están disminuyendo. Los caracoles de mar y el pescado rojizo desaparecen del Caribe. Las cuberas rojas, que son una captura derivada de la gamba, están en peligro de extinción comercial en el golfo de México. Perú está perdiendo su población de anchoa. El gado desaparece del mar de Ojotsk en Rusia. Con el 90 por 100 de las zonas pesqueras mundiales cerradas por las zonas de exclusión de 200 millas, los pescadores han sondeado mayores profundidades en busca de especies nuevas. Poco se sabe del ecosistema de estas profundidades pero, como a menudo son de aguas muy frías, es probable que la reproducción sea muy lenta.

Los españoles, con la flota más grande de Europa y con unas aguas pesqueras que tienen muy poco que ofrecer, tienen un objetivo favorito en la pesca atlántica. Rara vez se menciona que también tienen el mercado más grande debido a un consumo per cápita inusualmente elevado. Durante siglos, desde los pescadores descendientes de los peregrinos de Nueva Inglaterra hasta los islandeses de reciente independencia han vivido gracias a los mercados españoles.
Hoy en día, muy pocos bacalaos son pescados por los españoles, ni siquiera por los vascos, que fueron los primeros en hacerlo. Todas las grandes empresas bacaladeras que poseían flotas palangreras propias desembarcaban los bacalaos salados de los bancos, los secaban y los vendían han cerrado ya. Trueba y Pardo era una importante empresa de Bilbao. En el puerto donostiarra de Pasajes estaban las PYSBE (Pesquerías y Saladores de Bacalao de España), empresa fundada en 1926. Ambas cerraron en la década de los sesenta. Además de los pescadores y los trabajadores portuarios, las PYSBE daban empleo a 500 personas que sólo limpiaban y secaban el pescado. Trueba y Pardo tenía unos 200 limpiadores.
Cuando se impuso el límite de las 200 millas, los vascos perdieron acceso a casi todas las zonas bacaladeras. En la década de los ochenta, cuando España entró en la Comunidad Europea, en las aguas del viejo continente quedaba muy poco bacalao. En los noventa son muy pocos los arrastreros que salen del País Vasco para pescar bacalao.
Los bancos y empresas financieras que estaban establecidos en Bilbao y San Sebastián porque habían sido centros comerciales, continuaron prosperando. En este entorno comercial, los vascos dejaron de desembarcar y procesar bacalao y se convirtieron en importadores.

¿Nos dirigimos hacia un mundo en el que lo único que quedará de la naturaleza serán los parques? Las ballenas son mamíferos y los mamíferos no ponen un millón de huevos. Nos vimos obligados a dejar la caza comercial y a criar mamíferos domésticos por su carne, preservando los salvajes lo mejor que hemos podido. Es mucho más difícil exterminar peces que mamíferos, pero después de mil años pescando bacalao del Atlántico, sabemos que eso es lo que puede ocurrir.

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It might seem that a book with such a dull title (Cod) was a perfect guarantee of a good nap after some boring pages. But the subtitle The biography of the fish that changed the world was much more promising. As I also saw it mentioned in some place whose advice I appreciate I read this book and the truth is that, although something strange and atypical, I was not disappointed in the least.
The book narrates, literally, the history of the cod throughout the times and its importance in each historical moment, that was not little. Being a highly nutritious fish that could be dried and salted, it was kept very hard for a long time without any problem. This made it possible to travel farther than ever, both by land and sea and even by polar exploration. The Nordic, British, Icelandic and especially the Basque navigators, located and exploited for centuries great banks of cod.
The book is especially endearing to Basque fishermen, who with great skill concealed the location of some of the best locations for fishing, even reaching Newfoundland in the sixteenth century but renouncing to let it know to be able to continue fishing there without competition any. The reason that the island of overseas San Pedro and Miguelón has that name and an ikurriña in its flag has in the history of the cod its origin. For four centuries, cod has been the basis of the economy of its inhabitants.
Other aspects that I found very curious was that cod was used as the main food for slaves from Africa: it was the most nutritious and cheap way to feed the «properties» of the slaveowners. Curiously, many countries where slavery was abolished allowed the trade of cod even knowing that it was used to feed slaves in other lands, in a peculiar twist of double standards.
Cod, like so many other fish, has been in danger of extinction for years, due to overfishing and the great demand of many countries where it is historically the favorite fish (the famous British fish and chips are only considered by some «genuine» if they are of a certain type of cod). The limitations imposed by some countries have led to «cod wars» and economic crises for fishermen from countries such as Iceland, Canada and the United States.
Although it is a species capable of surviving because it reproduces profusely and easily, the danger of extinction has been around for years, and reason is only one: the voracious humans that we are their worst enemy. Yesterday in the market of the Boqueria I saw magnificent specimens at between 10 and 15 euros a kilo, but it would not be strange that it ended up as the anchovies and its extinction is also the subject of jokes in new seasons of Futurama.

The cod of Newfoundland and Labrador, the so-called «northern banks,» is a beautiful fish with amber specks, like leopard, on the olive green back; has a white belly, and a long fusiform white list on the sides between it and the mottled loin. They are much prettier than the Icelanders, with their yellow color on a brown background. The fishermen measure each cod that is planted on board and determine that their length is between forty and five and fifty-five centimeters, indicating that they are young specimens, aged between two and three years, born after the moratorium was decreed. They are not even old enough to reproduce.
It is said that a medieval fisherman took a cod of one meter, which was quite common at that time. And the fact that the fish spoke did not seem too surprising either. What was unusual was that he did it in an unknown language. He was speaking Basque.
This Basque folk tale not only shows the link between the Basques with their orphaned language, unreadable for the rest of the world, but also their ties to Atlantic cod, Gadus morhua, a fish that has never been seen in the waters of the Basque Country or the rest of the coasts of the Iberian peninsula.
The Basques were not the first to dry the cod. Centuries ago, the Vikings had traveled from Norway to Iceland, Greenland and Canada and it is no coincidence that this is exactly the area covered by Atlantic cod. Unlike the Vikings, the Basques had salt and, as the salted fish before drying were edible for longer, their sailors could sail even further than the Norse. They also had another advantage: the longer a product was, the easier it was to trade with it. By the year 1000, the Basques had expanded the cod market into international trade.

Even salty and dry cod are spoiled if they remain too long in a hot, humid environment, but in the Middle Ages it was remarkably durable. It was a miracle, comparable to the discovery of the rapid freezing process in the twentieth century, which also began with cod. Not only was it preserved more than other salted fish, but it tasted better. Once dried or salted, or both, and adequately soaked later, this fish presents a meat in sheets that for many, even in this modern era of refrigeration, far outweighs the tender and tender flesh of fresh cod. Among the poor, who could rarely afford fresh fish, it was a cheap, high-quality food.
Cod puts a thousand eggs,
the hen puts only one.
Cod never cackles
to proclaim his deed.
And so we look at fish badly
while the poor hen praised.
This will be demonstrated
which gives good result to announce.
AMERICAN ANONYMOUS POEM.

Cod meat contains only fats (0.3 per cent) and more than 18 per cent are proteins, an unusually high percentage for a fish. Once put to dry and evaporated more than 80% that is constituted by water, it becomes concentrated protein (in a proportion of almost 80%).
Cod is not just wasteful. The head is tastier than the body, especially the throat, which they call the tongue, and the small discs of meat on both sides, which are called cheeks. The swimming bladder, a long tube located next to the central spine that the animal can fill or empty gas to modify the depth to which nothing, is dedicated to the production of colapez, used in industry as a clarifying agent and in manufacturing of some glues.
The English word for cod, cod, has an unknown origin. Being a product that began as a food of practicing Catholics on the days that they should abstain from sexual intercourse, it is not clear why, in several languages, the term that indicates salted cod has acquired sexual connotations. In the English-speaking Antilles, the name commonly used to refer to dry cod is ‘salted fish’. In slang «salted fish» is synonymous with female genitalia, and although the Caribbean love their salt cod, it is that other sense that is responsible for the frequent occurrence of the word in the Caribbean songs like Saltfish by Mighty Sparrow.
In medieval English cod meant ‘bag’ or ‘sack’ and, by extension, ‘scrotum’, which is why the extravagant bag worn by sixteenth-century men in the crotch and offering the appearance of large, decorative genitalia called cod.
In addition to the culinary qualities, cod is, above all, an easy fish to catch. It prefers shallow water, hardly ventures beyond 600 meters deep and is usually 40 meters (20 fathoms) or less. For the spawn migrates to even deeper waters, near the coasts, and seeks warmer spawning grounds, which makes it easier to capture them.
krill, account for the zooplankton. Herring and other species that swim in intermediate waters go up to devour krill near the surface and seabirds dive to account for krill and fish. The whale, a whale very common in the seas of Spain, also feeds on this krill.
In this rich medium in food prospered the codfish by millions. The fish was also found in the shallows of the North Sea, but the North American banks, in areas where the waters of the Gulf of Mexico come into contact with those from the Arctic, compared to Greenland, had a density of cod greater than any other place of the coasts of Europe. This was the Basques’ secret.

In 1532 an Englishman, John the Widow, was murdered at the Icelandic fishing settlement of Grindavík. Although the Icelandic «wars of cod» of Great Britain are considered a phenomenon of the twentieth century, the first was unleashed by this murder of Grindavík and was not fought against Iceland, that at that time was a colonized and docile nation, but against the Hanseatic League, which had developed its own war fleet. In an atypical reaction of the English, after a brief fight they only retired of the Icelandic fishing zone. As Soncino had predicted, Great Britain no longer needed Iceland.
Wich is an Anglo-Saxon term meaning ‘place that has salt’ and all English populations whose name has this ending were, at one time, salt-producing, but never produced enough for the Newfoundland cod fishery.
Collins warned against French salt, which he said was unhealthy. He probably had more than one reason to say such a thing, apart from feeling a general dislike for the French. There is a great tradition of smuggling from the French coasts and salt was one of the favorite products because the French almost had an obsession with circumventing the salt tax or, in fact, most taxes.
Collins warned against French salt, which he said was unhealthy. He probably had more than one reason to say such a thing, apart from feeling a general dislike for the French. There is a great tradition of smuggling from the French coasts and salt was one of the favorite products because the French almost had an obsession with circumventing the salt tax or, in fact, most taxes.
Bristol merchants set up various joint ventures with the Portuguese. In return for salt, the British government granted protection to the Portuguese vessels against the French. In 1510 the King of Portugal complained to the French king that ships of his fleet had seized 300 Portuguese ships in the previous ten years.
This mutually advantageous agreement between British and Portuguese lasted until 1581, when Portugal was united to Spain. However, it was a bad time for a maritime nation to share its fate with Spain. In 1585 the British attacked and destroyed the Spanish fishing fleet, while the military was destroyed in a disastrous attempt to invade England. The Spanish fleets dragged with them, in their shipwreck, the Portuguese ones.
The British continued to squander this trade opportunity. In 1598 a fleet of Newfoundland arrived in Southampton and sold most of the cod to French merchants, who resold it to Spain. At that time, the religious wars between Catholics and Huguenots, the Protestants of La Rochelle, reduced the French fleet. Seeing the decline of the Portuguese, French and Spanish fleets, the British began to understand the commercial potential of their fishing industry in Newfoundland. At the end of the sixteenth century, British ships were finally allowed to take their Newfoundland cod directly to foreign ports. The newly liberated British merchants forced an open cod market to which others soon followed.
But this trade opening would seem a minor matter, in perspective, because at the beginning of the seventeenth century, when it was just beginning, an even greater change in world trade was taking place. A small group of religious dissidents fled from England contemplated a map in their Dutch retreat and had noticed a small hook named with an intriguing name: Cape Cod.

By the eighteenth century cod had allowed New England to cease to be a distant colony of famished pioneers to become an international trading power. Massachusetts had elevated the consideration of cod from mere merchandise to fetish. The members of the «cod aristocracy,» those who made their family fortunes thanks to the cod fisheries of the seventeenth century, had openly worshiped the fish as a symbol of their wealth. The figure of the cod appeared in the official bells.
When the first aristocrats of the cod demonstrated their wealth with the construction of mansions, they decorated them with cod. In 1743 colonel Benjamin Pickman, shipowner, included in the mansion that was constructed in Salem a staircase decorated with a cod of gold wood next to each step. The Boston City Council also had a golden cod hung from the ceiling, but the building was burned, including cod, in 1747. After the American Independence War, a wooden cod was hung at the Old State House, the government building at entrance to State Street in Boston at the behest of John Rowe, who, like so many supporters of independence, was a merchant. When Massachusetts changed legislative seat in 1798, the cod was moved with it.
From the Middle Ages to the present, the most demanding cod market has always been the Mediterranean. The countries of the area experienced an enormous population growth in the nineteenth century: the population of Spain almost doubled and that of Portugal increased even more. Many ports, including those in Bilbao, Porto, Lisbon, Genoa and Naples, became major centers.

One of the worst enemies of cod fishers, especially in pre-radio times, was the fog. As cod fishing grounds are areas where hot and cold currents are found, mists are a common phenomenon. They can be so dense that the bow of a twenty-meter boat barely distinguishes itself from half a nave. The light of the flashlight at the bow is not detectable only thirty meters. The fishermen sail blindly through the gray mist and report the horns and whistles in the hope that the other boats will hear them and avoid collision. But the greatest danger lay in the crew of flat-bottomed skiffs.
From the seventeenth century to the thirties of the twentieth century, the usual way of fishing for cod and other fish from the ocean floor was to go to the Great Banks in a ship and take off a series of small skiffs with two-man crews.

In fisheries, new technologies generally arrived first in Europe, whose waters had been visited by fishing vessels for the longest time, and where catching fish was more difficult than in North America. The biggest incentive was competition for catches, ever smaller, and the North Sea, shared by eight rich fishing nations among which there was fierce rivalry, was the main laboratory for innovations.
At first, most trawlers-ships that haul their fishing gear behind them-were longliners. But once the steam engine had spread, the most common form of trawler became what in New England they called the bottom dragger, which dragged a net just above the ocean floor. Dragging nets by the seabed was not a novel idea.

Although cod farming is a new field and salmon farming is already fully settled, Martin claims that cod farming would be much easier. Salmon has a very delicate scaly structure and is prone to infections, while cod is well tolerated and resistant to disease. In addition, salmon does not like to live stacked in a hatchery, while cod has a gregarious social structure.
Fish farming of all kinds, from salmon to mussels, is an industry that grows from year to year and also had a good start. After the experiments at Petty Harbor.
Overfishing is a growing problem all over the planet. Some 60 per cent of the types of fish studied by the United Nations FAO are classified as fully exploited, over-exploited or depleted. The Atlantic coast of the United States has witnessed a dramatic decline in the thunnus thynnus tuna stock, although Gloucester fishermen say they still made good catches. Middle Atlantic swordfish banks are declining. Sea snails and redfish disappear from the Caribbean. The red cubas, which are a catch derived from shrimp, are in danger of commercial extinction in the Gulf of Mexico. Peru is losing its anchovy population. The cattle disappear from the sea of ​​Ojotsk in Russia. With 90 per cent of the world’s fishing zones closed by 200-mile exclusion zones, fishermen have probed deeper into new species. Little is known about the ecosystem of these depths, but since they are often very cold, reproduction is likely to be very slow.

The Spaniards, with the largest fleet in Europe and with fishing waters that have very little to offer, have a favorite target in Atlantic fishing. It is rarely mentioned that they also have the largest market because of unusually high per capita consumption. For centuries, from the fishermen descendants of the pilgrims of New England to the Icelanders of recent independence they have lived thanks to the Spanish markets.
Today, very few cod are fished by the Spaniards, not even by the Basques, who were the first to do so. All the large cod companies that owned their own longliner fleets landed salted cods from the banks, dried them and sold them, and closed them down. Trueba y Pardo was a major company in Bilbao. In the port of San Sebastian de Pasajes were the PYSBE (Fisheries and Saladores de Bacalao de España), a company founded in 1926. Both closed in the sixties. In addition to fishermen and port workers, the PYSBE employed 500 people who only cleaned and dried the fish. Trueba and Pardo had about 200 cleaners.
When the 200-mile limit was imposed, the Basques lost access to almost all the cod zones. In the eighties, when Spain entered the European Community, very little cod remained in the waters of the old continent. In the 1990s, there are very few trawlers leaving the Basque Country to fish for cod.
The banks and financial companies that were established in Bilbao and San Sebastián because they had been shopping centers, continued to thrive. In this commercial environment, the Basques ceased to land and process cod and became importers.

Are we running for a world where nature will only be parks? Whales are mammals and mammals do not lay a million eggs. We were obliged to leave the commercial hunt and raise domestic mammals for their meat, preserving the savages as best we could. It is much more difficult to exterminate fish than mammals, but after a thousand years fishing for Atlantic cod, we know that this is what can happen.

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