El Fin Del Mundo Tal Y Como Lo Conocemos: Las Grandes Innovaciones Que Van A Cambiar Tu Vida — Marta García Aller / The End Of The World As We Know It: The Great Innovations That Are Going To Change Your Life by Marta García Aller (spanish book edition)

Es uno de los mejores libros que he leído. Aunque parezca ciencia ficción, es una realidad no muy lejana. Si crees en la nueva era de las tecnologías, de lectura amena, plantea reflexiones sobre escenarios que cambiarán con la inclusión de máquinas realizando trabajos que hacemos nosotros ahora… además esos escenarios cambiarán la relación con otras personas al tener más tiempo libre.

Consideramos avance tecnológico todo aquello que se inventó después de que nosotros naciéramos. Luego lo incorporamos al paisaje sin darle mayor importancia porque lo hemos visto ahí desde que alcanzamos a recordar. Las tecnologías más poderosas son aquellas cuyo misterio desaparece porque se dan, como los mejores amigos, por hecho. Se introducen en nuestra vida cotidiana hasta que son indistinguibles de ella. La electricidad es el mejor ejemplo. Empezó a extenderse en el siglo XX para iluminar las casas y las calles. Poco a poco fue permeabilizando su poder hasta volverse imprescindible para todo.
Internet va camino de alcanzar ese estatus de invisibilidad. A principios de este siglo, conectarse a la red aún era tan aparatoso que hasta hacía ruido. La idea de que internet sonaba también divierte mucho a los más jóvenes. No sospechan que antes había que conectar el ordenador a la red por la línea telefónica.
Con los móviles hemos ganado mucho, pero también lo estamos perdiendo. La vida hiperconectada no solo ha cambiado la forma en la que nos comunicamos, también hasta cómo nos enfadamos y nos enamoramos. Además de la capacidad de concentración, con los móviles estamos perdiendo el hábito de hablar en persona. Nos arriesgamos, de hecho, al fin de la conversación y, con ella, de la empatía. Aunque, quién sabe, puede que en ese futuro lleno de robots ya no las necesitemos.
No olvidemos que los grandes inventos no solo nos hacen la vida más fácil, también transforman nuestras necesidades. Desaparecen muchas cosas mientras emergen otras nuevas. La clave está en cómo hacer para que lo nuevo nos compense lo que dejamos atrás. Y más importante que presagiar lo que viene es estar preparados para adaptarse al cambio en un mundo en permanente transformación.

No está claro siquiera si el trabajo tiene futuro. Ni cómo mantener unos ingresos dignos para los desplazados por las máquinas. Ni, en el mejor de los casos, qué haríamos con tanto tiempo libre si el dinero no fuera un problema en un mundo en el que de producir los bienes y servicios se ocuparán, sobre todo, las máquinas. La automatización de tareas, igual que internet, es a menudo invisible.
Son precisamente los que más estudios tienen y ocupan las profesiones cualificadas los más inconscientes del cambio radical que van a suponer los robots en la vida laboral. Solo el 5 por ciento tiene alguna preocupación de que su profesión pueda automatizarse.
Gran parte de las tareas de los puestos mejor pagados, desde los corredores de bolsa a los médicos y los altos cargos directivos, ya son sustituibles por un algoritmo con la tecnología actual.
Watson, el sistema desarrollado por IBM para aplicar la inteligencia artificial a la medicina, además de en los quirófanos, ha entrado en los bufetes de abogados. Watson, que puede leer 200 millones de páginas de texto en tres segundos, es perfecto para automatizar todo el papeleo legal, la redacción de contratos sencillos y buscar pruebas en pilas de documentos. Para eso antes hacían falta miles de horas de decenas de abogados trabajando a tiempo completo.

El éxito de Amazon es el más paradigmático. El gigante del comercio online anunciaba en 2017 su plan de crear cien mil trabajos en Estados Unidos. No advertía, sin embargo, de que por cada puesto que genera destruye hasta tres empleos de las tiendas tradicionales. Amazon necesita la mitad de trabajadores que un centro comercial de Macy’s por cada cien dólares que factura. Y su expansión puede llegar a destruir a corto plazo hasta dos millones de empleos solo en Estados Unidos.
Cada vez tiene menos sentido dividir las empresas en áreas de trabajo. Por eso en el MIT apuestan por equipos multifuncionales donde los ingenieros se mezclan en sus equipos con músicos, filósofos y psicólogos que los ayudan cuando se bloquean en un proyecto.
Lo que más va a ayudar a crear y conservar empleo es, paradójicamente, avanzar en la automatización. De ella depende, inevitablemente, la competitividad de una economía. Cuantos más robots haya implantados en un país, más probable es que su economía sea capaz de crear puestos de trabajo en el futuro, ya que la hará más competitiva globalmente. Así que la robotización es un laberinto sin escapatoria. Y España no está particularmente bien situada en esta carrera contrarreloj. En 2016, había veinticinco robots por cada diez mil trabajadores en la industria española. En Alemania, diez veces más.
En la terminal 3 del aeropuerto de Shenzhen, cerca de Hong Kong, patrulla desde 2016 el policía automatizado Anbot (an significa «seguridad» en chino). De un metro y medio de altura y casi ochenta kilos, este agente chino tiene forma de huevo gigante, alcanza los veinte kilómetros por hora y lleva una cámara que toma y analiza imágenes de los viajeros. De momento, su función es básicamente de vigilancia. Pero también tiene un brazo armado con descargas eléctricas para reducir sospechosos (siempre con autorización humana).

Tasar a los robots, sin embargo, tiene muchos problemas. El primero, definir qué es un robot. ¿Todas las máquinas o procesos que sustituyan puestos humanos? Según eso, también los correos electrónicos, las hojas de Excel y hasta los tractores deberían serlo.
Los detractores de ponerles impuestos a las máquinas también advierten, sin embargo, de que hacerlo encarecería la robotización y lastraría tanto la innovación como la productividad y, por tanto, la creación de empleos con futuro. El fundador de Microsoft responde a los críticos que precisamente retrasar la velocidad de la innovación es parte de la ventaja de ponerle una tasa a las nuevas máquinas.
Las máquinas se podrán apropiar de los trabajos, pero nunca nos arrebatarán el impulso de comprar más de lo que necesitamos. Y para eso, claro, hace falta tener una renta disponible. Los humanos nunca vamos a tener rival a la hora de gastar.
Advierten los críticos de la renta universal que recibir dinero a cambio de nada crearía millones de parásitos dependientes. Y tal vez tengan razón. La alternativa, la de millones de trabajadores excluidos y sin cobertura, no parece sin embargo mejor opción. Y, puestos a correr riesgos, es normal que los empresarios de Silicon Valley prefieran una sociedad apática con algo de dinero a una revolución de luditas sin nada que perder decididos a quemarles sus robots.

En Estados Unidos, Cadillac ya ha lanzado un servicio para automóviles de lujo que permite, por mil quinientos dólares al mes, cambiar de modelo las veces que se quiera. La empresa se ocupa del seguro y del mantenimiento. Esta puede ser la manera habitual de tener coche en el futuro o, mejor dicho, de no tenerlo. Y cada vez más ciudades europeas, incluidas Madrid, Barcelona, Bruselas y Berlín, tienen flotas de vehículos eléctricos que se alquilan por minutos el tiempo que se necesiten. Ya se encargan ellas de renovar las flotas cada poco. Si se popularizase el sistema, se calcula que el número de coches necesarios en la ciudad se reduciría, como mínimo, a un tercio de los actuales.
A medida que todo esté conectado, ya se encargarán las nuevas versiones de software (que vendrán con nuevas e imprescindibles garantías de seguridad) de recordarnos que debemos renovarlo todo constantemente. La durabilidad ni siquiera será objeto de debate.

En 2030, Suecia espera ser el primer país del mundo que haya eliminado por completo el efectivo. Queda más de una década, pero a juzgar por la normalidad con la que se lo toma todo el mundo, les sobra tiempo para cumplir este salto pionero. «Aquí lo normal es pagarlo todo con tarjeta o con el móvil.
En 2016, esta cadena de hoteles, la más grande de Escandinavia, desterró completamente el pago en efectivo. Ni siquiera se puede pagar ya con coronas una cerveza en la barra del bar. Allí también hay otra señal de prohibido, aunque me reconoce el camarero que todavía muchos clientes no se acostumbran. Siempre turistas, «Ya no aceptamos cash, ¿no tiene tarjeta de crédito?».
Es una ironía del destino que el país que aspira a ser el primero que prescinda por completo del dinero sea el que lo inventó a la manera moderna. El primer billete bancario se emitió en Suecia en 1661. Fue una creación de un comerciante holandés, Johan Palmstruch, que convenció al rey Carlos X Gustavo de Suecia de que esta nueva tecnología resolvería el grave problema que tenía Europa tras la guerra de los Treinta años.
La gran batalla de los bancos y las empresas tecnológicas es dar con el sistema que finalmente convenza a clientes y comercios para los pequeños pagos. En España, los grandes bancos se han organizado para lanzar su propia aplicación: Bizum. Que estén apoyando las transacciones por el móvil da pistas de que la industria ya está tomándose en serio que su negocio va a necesitar cada vez menos sucursales y cajeros, porque va hacia un futuro plenamente digital, en cuanto la gente se acostumbre a comprar el pan con el móvil. Algunas entidades ya permiten pagar por WhatsApp y hasta pidiéndoselo a Siri.
Mientras que estas aplicaciones acaban de llegar a España y todavía son minoritarias, en los países nórdicos llevan casi cinco años funcionando con normalidad y han sustituido a la calderilla.
Facebook parece aspirar, de momento, es a operar con pagos móviles. Ya está inscrito en el Registro Oficial de Entidades del Banco de España, así que puede emitir, distribuir y reembolsar dinero electrónico, enviar dinero y ejecutar operaciones de pago, incluida la transferencia de fondos. No aspira a convertirse en una entidad tradicional que capte depósitos y conceda créditos. ¿Quién querría crear una entidad tradicional? De momento, esa licencia le permite a Facebook crear una red de pequeños pagos entre personas y realizar donaciones.
No es más que un primer paso. Uno fundamental para ir poco a poco cogiendo confianza como medio de pago de buena parte de los 21 millones de usuarios que tiene Facebook en España.

En realidad, lo más probable es que ni siquiera las tarjetas de crédito sobrevivan las próximas décadas. Aparecieron a finales de la década de 1950 como una gran novedad. Eran de plástico, el material del futuro entonces. Mientras que todas las monedas o billetes de banco habían ido siempre avalados por sus distintivos nacionales, este era un nuevo tipo de dinero supranacional que no reconocía a ningún Gobierno o nación, ni más límite que su fecha de caducidad.
Las monedas alternativas digitales están proliferando desde hace unos años para este fin. El bitcoin es la más conocida, pero como ya está en el radar de las autoridades fiscales han empezado a surgir otras nuevas, cada vez más difíciles de rastrear. Ripple, monero y tether son solo algunos ejemplos. Cuanto más desconocidas para el gran público, más útiles para el hampa.
Aunque tecnológicamente obsoleto, el dinero en efectivo gusta porque es simple, seguro y anónimo. Las nuevas tecnologías de pago todavía plantean dudas sobre su respeto a la privacidad, porque el dinero electrónico carece del anonimato y la simpleza de un billete.

En 2010, Beaumont fundó su compañía de carsharing en Madrid, la idea de que un coche de alquiler por minutos podía sustituir el vehículo en propiedad era todavía algo minoritario. Seis años más tarde, el gigante Europcar le compraba la empresa para expandir el negocio por Europa y el servicio tiene cada vez más competencia.
Las grandes empresas del sector automovilístico ya están apostando por este nuevo tipo de negocio para no quedarse atrás. En Madrid, BMW ya ofrece un servicio similar con los biplaza de Car2Go y Peugeot-Citroën con los de Emov. En Barcelona ya lleva más de una década funcionando Avancar.
Los coches autónomos van a salvar millones de vidas, pero tarde o temprano habrá que decidir cuáles. Algo que, por otra parte, ni siquiera nos exigimos los humanos. No es esta una pregunta que se haga cuando alguien aprende a conducir (¿hemos mencionado ya el fin de las autoescuelas?) porque, en realidad, aunque quede muy bien en los artículos de la revista Science, la posibilidad de que uno se tope con la situación de tener que elegir si salva la vida de dos jubilados en un paso de cebra o la de un niño que persigue una pelota es francamente remota.
Las máquinas, sin embargo, van a necesitar que les aclaremos cómo actuar ante este tipo de hipótesis. Será un mundo lleno de robots, lo que son las cosas, el que nos obligue a buscar solución a muchos dilemas morales profundamente humanos que hasta ahora la humanidad se había permitido el lujo de considerar teóricos.

El negocio, ya sea en internet o a pie de calle, serán los datos. Ese es el filón que luego podrán monetizar convenientemente en el mundo online los establecimientos más espabilados para ofrecer una compra más personalizada y vender más y mejor en internet. Porque para la mayoría de las grandes cadenas, el gran reto sigue siendo conocer al cliente cuando entra en la tienda tan bien como lo conocen cuando compra en la red. Así es como ambos mundos, online y offline, se funden en uno solo: rentabilidad.
Zara es en realidad un gigante de la logística invisible. Su trastienda es puro big data. Ya no hay operarios con la lista de pedidos en la mano para ir echando camisas en los envíos de cada tienda. Inspirándose en cómo funcionaba la paquetería de Correos y las cintas de maletas del aeropuerto, en los años noventa la empresa se inventó un carrusel que parece un Scalextric gigante.
Apple Store de la Quinta Avenida de Nueva York fue en 2011 y entonces resultaba profundamente futurista. Creyéndome que hacía algo original, entré pasada la medianoche (abre veinticuatro horas al día), pero estaba llena de gente que había tenido la misma idea. El wifi gratis, que entonces no era tan fácil de encontrar, era un gran reclamo.
Hasta pagar fue una experiencia. Ya entonces todos los dependientes llevaban dispositivos para cobrar desde cualquier parte de la tienda sin pasar por caja. Un muchacho de la Apple Store me mandó el recibo por correo electrónico nada más abonarlo con tarjeta. Era la primera vez que pagaba algo sin pasar por caja y no me daban ningún recibo de papel.
En 2017, al entrar en esa misma tienda, también puedo salir sin pasar por caja, pero es que ahora ni siquiera son necesarios los dependientes itinerantes para cobrar. No hace falta que haya nadie atendiendo porque, igual que en Amazon Go, una aplicación permite comprar cualquier complemento (unos auriculares, una funda para el móvil, etc.) sin ningún otro tipo de interacción. Para ello, Apple ha tenido que quitar las alarmas en todo su espacio comercial.

La prueba irrefutable de que un secuestro teledirigido es posible es que ya ha sucedido. En enero de 2017, un grupo criminal se infiltraba en el sistema informático de un hotel de lujo en Los Alpes. Los malhechores intervinieron todos los ordenadores e incluso el edificio, incluidas las puertas, impidiendo que los huéspedes pudieran volver a entrar en sus habitaciones si los dueños no pagaban un rescate de bitcoins equivalente a mil quinientos euros.
«Si quieres tener algo conectado a internet, ya sea un reloj o una consola de videojuegos, ya no puedes comprártelo y despreocuparte», explica Carlos Tomás. Y añade: «El principal problema es que, una vez que te los han vendido, ya no hay incentivos para actualizarlos. Estamos habituados a que el fabricante se desentienda en el momento en que cobra. En el futuro deberíamos firmar un contrato de servicios que obligue a la firma a responsabilizarse de la seguridad de cualquier dispositivo. Todo lo que esté conectado es potencialmente hackeable».

Los hidrocarburos no van a desaparecer de la noche a la mañana de la geopolítica. Lo que aparecerá es un escenario totalmente diferente con nuevos actores. Y ahora que se acusa a los automóviles de volver inhabitables las grandes metrópolis, resulta doblemente paradójico que en sus orígenes se considerasen la opción más limpia. Al menos, en comparación con el estiércol. De no haber aparecido a tiempo los automóviles de Ford, tal vez también los alcaldes del siglo pasado habrían empezado a limitar la circulación de los caballos con matrículas pares e impares para reducir las montañas de excrementos.

Los smartphones. Pone en peligro el hábito de la conversación. Pese a estar más conectados que nunca, apenas conversamos. «Esta vez, la tecnología va al asalto de la empatía», advierte. Según las investigaciones de esta psicóloga del MIT, la capacidad de entender e interpretar correctamente los sentimientos del otro está disminuyendo. Un problema que se agrava en el caso de los adolescentes, porque si forjan sus primeras amistades a través del intercambio de mensajes, no desarrollan las habilidades básicas para comunicarse en persona espontáneamente.
Google nos permite en sus condiciones de privacidad que bloqueemos la recopilación de nuestros datos de navegación. Sin embargo, si no le permitimos al buscador saber dónde estamos en cada momento, no podrá ofrecernos servicios como el Google Maps para llegar a nuestro destino. En teoría, cada uno decide cuánta privacidad le compensa ceder a cambio de que le hagan la vida más fácil. Pero cuando el iPhone es capaz de recordarnos en un momento de agobio dónde dejamos el coche aparcado anoche, a quién le preocupa la privacidad.
Uber, Google y WhatsApp se enteran antes que nadie de si alguien está teniendo una aventura. Es más, podrían anticipar cuándo y con quién la va a tener. «Saben con quién te escribes, las palabras que utilizas, si te has quedado a tomar una cerveza a la salida del trabajo, tu estado de ánimo por las series que ves o la música que escuchas», advierte Flores, la investigadora del MIT. Analizando los patrones de comportamiento de millones de personas, los algoritmos ya pueden anticipar nuestras propias decisiones. Y esto es el presente.

La verdadera división política del nuevo desorden global ya no es izquierda o derecha, sino abierto versus cerrado. Unos son los partidarios del libre comercio y la circulación de personas, y los otros, sus opositores proteccionistas. Los globalizadores versus los nacionalistas.
No hay más que ver la declaración de intenciones de Theresa May, la premier británica, nada más llegar al cargo para ejecutar el brexit: «Si crees que eres un ciudadano del mundo, eres un ciudadano de ninguna parte y no entiendes lo que ciudadanía significa». Lo mismito que dijo Trump en su primer discurso presidencial: «A partir de hoy va a ser América primero». El planeta, después.

Lo que sí que veremos desaparecer en breve son muchos de los empleos dedicados a la traducción. Ya están sufriendo la competencia de los sistemas automáticos, capaces de traducir largos textos en pocos segundos, y cada vez con mayor fiabilidad. Sistemas como el Google Translator, que ya se ha convertido en la agencia de traducción gratuita más grande del mundo, se nutren en gran medida del big data.
Es más, hay expertos que defienden que el siguiente paso será que no tengamos que cargar con los dispositivos porque los llevaremos insertados en nuestro cuerpo. De hecho, el último modelo de los auriculares que Apple ha lanzado para su iPhone ya carece de cables. Ese minúsculo pinganillo blanco que se pone en la oreja y se conecta por bluetooth directamente con el móvil puede ser un primer paso que normalice los implantes que nos comuniquen directamente con las máquinas. Y la Apple TV ya incorpora Siri para poder pedir las películas de viva voz en vez de buscarlas con el mando.

La velocidad del cambio, sin embargo, está por definirse. Al fin y al cabo, estamos hablando de la carrera de la ciencia por la vida eterna cuando la batería del móvil ni siquiera nos aguanta un día entero. Y de una inteligencia artificial capaz de hacer el trabajo de brókeres y abogados cuando en casa tenemos aspiradores presuntamente robóticos que siguen dándose de cabezazos contra la puerta del salón.
No olvidemos que el futuro siempre es una ficción. En 1950, Ray Bradbury predijo que a principios de los años 2000 los humanos habríamos colonizado Marte. Para justificar, medio siglo más tarde, que sus pronósticos habían fracasado, alegó que no era culpa suya que la humanidad hubiera preferido malgastar su vida bebiendo cerveza y viendo la televisión. Me apunto la excusa para 2070.

It is one of the best books I have ever read. Although it sounds like science fiction, it’s a reality not far away. If you believe in the new era of technologies, reading pleasant, raises reflections on scenarios that will change with the inclusion of machines doing work that we do now … also these scenarios will change the relationship with other people to have more free time.

We consider technological advance everything that was invented after we were born. Then we incorporate it into the landscape without giving it more importance because we have seen it there since we reached to remember. The most powerful technologies are those whose mystery disappears because they are given, like best friends, by fact. They are introduced into our everyday life until they are indistinguishable from it. Electricity is the best example. It began to spread in the twentieth century to illuminate the houses and the streets. Little by little it was permeabilizing its power until it became essential for everything.
The Internet is on its way to achieving that status of invisibility. At the beginning of this century, connecting to the network was still so dramatic that it even made noise. The idea that the internet sounded also amused young people a lot. They do not suspect that before they had to connect the computer to the network through the telephone line.
With the mobiles we have won a lot, but we are also losing it. Hyperconnected life has not only changed the way we communicate, but also how we become angry and fall in love. In addition to the ability to concentrate, with mobiles we are losing the habit of speaking in person. We risk, in fact, the end of the conversation and, with it, the empathy. Although, who knows, in that future full of robots we may no longer need them.
Let’s not forget that great inventions not only make life easier, they also transform our needs. Many things disappear as new ones emerge. The key is how to make the new make up for what we left behind. And more important than foreshadowing what comes is being prepared to adapt to change in a world in permanent transformation.
It is not even clear if the job has a future. Nor how to maintain a decent income for the displaced by the machines. Nor, in the best of cases, what would we do with so much free time if money were not a problem in a world in which to produce the goods and services will be occupied, especially, the machines. Task automation, like the Internet, is often invisible.
They are precisely those that more studies have and occupy the professions qualified the most unconscious of the radical change that will be the robots in the labor life. Only 5 percent have concerns that their profession can be automated.
Much of the tasks of the highest paid positions, from stockbrokers to doctors and top management, are already replaceable by an algorithm with the current technology.
Watson, the system developed by IBM to apply artificial intelligence to medicine, in addition to operating theaters, has entered law firms. Watson, which can read 200 million pages of text in three seconds, is perfect for automating all legal paperwork, drafting simple contracts and searching for evidence in stacks of documents. For that, thousands of hours of dozens of lawyers working full time were needed.

The success of Amazon is the most paradigmatic. The online commerce giant announced in 2017 its plan to create one hundred thousand jobs in the United States. He did not warn, however, that for every job he generates he destroys up to three jobs in traditional stores. Amazon needs half the workers than a Macy’s mall for every hundred dollars it bills. And its expansion can destroy up to two million jobs in the United States in the short term.
It makes less sense to divide businesses into work areas. That’s why at MIT, they rely on multifunctional teams where engineers mingle in their teams with musicians, philosophers and psychologists who help them when they lock into a project.
What is going to help create and retain employment is, paradoxically, to advance in automation. It inevitably depends on the competitiveness of an economy. The more robots you have deployed in a country, the more likely your economy will be able to create jobs in the future, as it will make it more globally competitive. So robotization is a labyrinth without escape. And Spain is not particularly well placed in this race against time. By 2016, there were twenty-five robots per ten thousand workers in Spanish industry. In Germany, ten times more.
At terminal 3 of Shenzhen airport, near Hong Kong, has been patrolled since 2016 by the automated police Anbot (an means “security” in Chinese). Five feet high and almost eighty pounds, this Chinese agent is shaped like a giant egg, reaches twenty kilometers per hour and has a camera that takes and analyzes images of travelers. At the moment, its function is basically surveillance. But it also has an arm armed with electric shocks to reduce suspects (always with human authorization).

A tax to robots, however, has many problems. First, define what a robot is. All machines or processes that replace human posts? According to that, also emails, Excel sheets and even tractors should be.
The detractors of imposing taxes on the machines also warn, however, that doing so would make robotization and innovation both expensive and productive and, therefore, creating jobs with a future. The founder of Microsoft responds to critics that precisely slowing the speed of innovation is part of the advantage of putting a rate on new machines.
Machines will be able to appropriate the jobs, but they will never take away the impulse to buy more than we need. And for that, of course, you need to have a disposable income. Humans will never have a rival when it comes to spending.
Critics of universal income warn that getting money for nothing would create millions of dependent parasites. And maybe they’re right. The alternative, that of millions of excluded and uninsured workers, does not appear to be a better option. And, taking risks, it is normal for Silicon Valley entrepreneurs to prefer an apathetic society with some money to a Luddite revolution with nothing to lose determined to burn their robots.
In the United States, Cadillac has already launched a service for luxury cars that allows, for 1,500 dollars a month, to change models as often as you like. The company deals with insurance and maintenance. This may be the usual way of having a car in the future or, rather, not having it. And more and more European cities, including Madrid, Barcelona, ​​Brussels and Berlin, have fleets of electric vehicles that are rented by the time needed. They are in charge of renewing the fleets every now and then. If the system became popular, it is estimated that the number of cars needed in the city would be reduced to at least one third of the current ones.
As everything is connected, new software versions (which will come with new and essential security guarantees) will be commissioned to remind us that we must constantly renew everything. Durability will not even be discussed.

By 2030 Sweden expects to be the first country in the world to have completely eliminated cash. More than a decade remains, but judging by the normality with which everyone takes it, they have plenty of time to complete this pioneering leap. “The normal thing here is to pay everything with a card or with a cell phone.
In 2016, this chain of hotels, the largest in Scandinavia, completely banned the cash payment. You can not even pay with crowns a beer at the bar. There is also another sign of banned, although I recognize the waiter that still many customers are not accustomed. Always tourists, “We no longer accept cash, do not have a credit card?”.
It is an irony of destiny that the country that aspires to be the first to give up completely money is the one who invented it in the modern way. The first bank note was issued in Sweden in 1661. It was a creation of a Dutch merchant, Johan Palmstruch, who convinced King Charles X Gustav of Sweden that this new technology would solve Europe’s grave problem after the Thirty Years War .
The great battle of banks and technology companies is to find the system that finally convinces customers and businesses for small payments. In Spain, the big banks have organized to launch their own application: Bizum. That they are supporting the transactions by the mobile gives hints that the industry is already taking seriously that their business will need less and less branches and ATMs, because it is heading towards a fully digital future, once people get used to buying bread with the mobile. Some entities already allow to pay for WhatsApp and even asking Siri.
While these applications have just arrived in Spain and are still a minority, in the Nordic countries they have been operating normally for almost five years and have replaced the calderilla.
Facebook seems to aspire, for the moment, is to operate with mobile payments. It is already registered in the Official Register of Entities of the Bank of Spain, so it can issue, distribute and reimburse electronic money, send money and execute payment transactions, including transfer of funds. It does not aspire to become a traditional entity that deposits deposits and lends credits. Who would want to create a traditional entity? At the moment, that license allows Facebook to create a network of small payments between people and make donations.
It is only a first step. One fundamental to go little by little taking confidence as a means of payment of good part of the 21 million users that has Facebook in Spain.

In fact, most likely not even credit cards will survive the next few decades. They appeared in the late 1950s as a great novelty. They were plastic, the material of the future then. While all coins or bank notes had always been backed by their national badges, this was a new type of supranational money that recognized no government or nation, no more limit than its expiration date.
The digital alternative currencies have been proliferating for some years for this purpose. The bitcoin is the best known, but as it is already on the radar of the tax authorities have begun to emerge new ones, increasingly difficult to track. Ripple, monero and tether are just a few examples. The more unknown to the general public, the more useful to the underworld.
Although technologically obsolete, cash likes because it is simple, secure and anonymous. The new payment technologies still raise doubts about their respect for privacy, because electronic money lacks the anonymity and simplicity of a ticket.

In 2010, Beaumont founded his carsharing company in Madrid, the idea that a rental car per minute could replace the vehicle on property was still somewhat minor. Six years later, the giant Europcar bought the company to expand the business for Europe and the service has more and more competition.
The big companies in the automotive sector are already betting on this new type of business to not be left behind. In Madrid, BMW already offers a similar service with the two-seater Car2Go and Peugeot-Citroën with those of Emov. In Barcelona it has been running Avancar for more than a decade.
Self-employed cars will save millions of lives, but sooner or later we will have to decide which ones. Something that, on the other hand, we do not even demand the humans. This is not a question asked when someone learns to drive (have we already mentioned the end of the driving school?) Because, in fact, although it is very well in the articles of the journal Science, the possibility that one is met with the situation of having to choose whether to save the lives of two retirees in a zebra crossing or that of a child pursuing a ball is frankly remote.
The machines, however, will need to be clarified how to act on this type of hypothesis. It will be a world full of robots, which are things, which forces us to find solutions to many deep human moral dilemmas that until now humanity had allowed itself the luxury of considering theorists.

The business, whether on the internet or on the street, will be the data. That is the reef that can then conveniently monetize in the online world the most savvy establishments to offer a more personalized purchase and sell more and better on the internet. Because for most large chains, the big challenge remains to know the customer when they enter the store as well as they know it when buying on the net. This is how both worlds, online and offline, merge into one: profitability.
Zara is actually an invisible logistics giant. Its back room is pure big data. There are no operators with the list of orders in hand to go throwing shirts on the shipments of each store. Inspired by how the Post Office parcels and airport baggage tapes worked, in the 1990s the company invented a carousel that looks like a giant Scalextric.
Apple Store on Fifth Avenue in New York was in 2011 and was then deeply futuristic. Believing myself doing something original, I entered after midnight (open twenty-four hours a day), but it was full of people who had had the same idea. The free wifi, which then was not so easy to find, was a big complaint.
Even paying was an experience. Already then all the dependents carried devices to collect from any part of the store without going through box. A boy from the Apple Store sent me the receipt by email, just pay with card. It was the first time I paid for something without going through a box and they did not give me any paper receipts.
In 2017, when entering that same store, I can also leave without going through the box, but is that now is not even necessary roving dependents to collect. There is no need for anyone to attend because, like in Amazon Go, an application allows you to buy any add-on (a headset, a mobile phone case, etc.) without any other interaction. For this, Apple has had to remove the alarms in all its commercial space.

The irrefutable proof that a remote-controlled kidnapping is possible is that it has already happened. In January 2017, a criminal group infiltrated the computer system of a luxury hotel in the Alps. The evildoers intervened all the computers and even the building, including the doors, preventing that the guests could return to enter their rooms if the owners did not pay a rescue of bitcoins equivalent to one thousand five hundred Euros.
“If you want to have something connected to the internet, whether it’s a watch or a video game console, you can not buy it anymore and let it go,” explains Carlos Tomás. “The main problem is that, once they have been sold to you, there are no longer any incentives to update them. We are accustomed to having the manufacturer disengage at the moment he charges. In the future we should sign a service contract that obliges the firm to take responsibility for the security of any device. Everything connected is potentially hackable”.

Hydrocarbons are not going to disappear overnight geopolitics. What will appear is a totally different scenario with new actors. And now that automobiles are accused of making large metropolises uninhabitable, it is doubly paradoxical that in their origins they were considered the cleanest option. At least, compared to manure. If Ford’s cars did not appear in time, perhaps the mayors of the last century would have begun limiting the circulation of horses with odd and even license plates to reduce the excrement mountains.

Smartphones. It jeopardizes the habit of conversation. Despite being more connected than ever, we just talked. “This time, technology goes into the assault of empathy,” he warns. According to research by this MIT psychologist, the ability to properly understand and interpret the other’s feelings is diminishing. A problem that worsens in the case of adolescents, because if they forge their first friendships through the exchange of messages, they do not develop the basic skills to communicate in person spontaneously.
Google allows us in its privacy conditions to block the collection of our browsing data. However, if we do not allow the searcher to know where we are at any moment, he will not be able to offer us services like Google Maps to reach our destination. In theory, everyone decides how much privacy it pays to give in exchange for making life easier for them. But when the iPhone is able to remind us in a time of overwhelm where we left the car parked last night, who worries about privacy.
Uber, Google and WhatsApp find out first of all if someone is having an affair. What’s more, they could anticipate when and with whom. “They know who you’re writing to, the words you use, whether you’re having a beer on the way out of work, your mood for the series you see or the music you’re listening to,” warns Flores, MIT’s researcher. By analyzing the behavioral patterns of millions of people, the algorithms can already anticipate our own decisions. And this is the present.

The true political division of the new global disorder is no longer left or right, but open versus closed. Some are the supporters of free trade and the movement of people, and the others, their protectionist opponents. Globalizers versus nationalists.
There is nothing more to see the statement of intentions of Theresa May, the British premier, just to get the position to run the brexit: “If you think you are a citizen of the world, you are a citizen of nowhere and do not understand what citizenship means ‘. The same thing that Trump said in his first presidential address: «From now on America will be first». The planet, afterwards.

What we will see disappear soon are many of the jobs dedicated to translation. Already they are suffering the competition of the automatic systems, able to translate long texts in few seconds, and each time with greater reliability. Systems such as Google Translator, which has already become the largest free translation agency in the world, draw heavily from the big data.
Moreover, there are experts who defend that the next step will be that we do not have to carry the devices because we will carry them inserted in our body. In fact, the latest model of the headset that Apple has released for its iPhone already lacks cables. That tiny white ring that is placed in the ear and connected by bluetooth directly with the mobile phone can be a first step that normalizes implants that communicate directly with the machines. And the Apple TV already incorporates Siri to be able to order the movies on-the-go instead of looking for them with the remote.

The speed of change, however, remains to be defined. After all, we are talking about the race of science for eternal life when the battery of the mobile phone does not even last a whole day. And an artificial intelligence capable of doing the work of brokers and lawyers when at home we have allegedly robotic vacuum cleaners that continue to bang their heads against the door of the room.
Let us not forget that the future is always a fiction. In 1950, Ray Bradbury predicted that by the early 2000s humans would have colonized Mars. To justify, half a century later, that his forecasts had failed, he claimed that it was not his fault that mankind would have preferred to waste his life drinking beer and watching television. I append the excuse for 2070.

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