El Nuevo Desorden Mundial — Tzvetan Todorov / The New World Disorder by Tzvetan Todorov


Otro magnífico breve libro y de plena actualidad pese a los años. La guerra de Estados Unidos contra Irak se ha explicado de maneras muy distintas según el grupo con el que se identificaba cada cual, hasta el punto de que en la mente de los ciudadanos se ha instaurado una inevitable confusión.
Damos el nombre de «armas de destrucción masiva» a tres cosas diferentes: el armamento nuclear, el armamento biológico y el armamento químico. Está demostrado que Irak no tenía armas del primer tipo, ya que las perdió con el bombardeo israelí de sus instalaciones nucleares, y la permanente vigilancia de las potencias occidentales impidió que retomara este proyecto. Una vez terminada la guerra se ha sabido que las acusaciones sobre la recuperación del programa nuclear iraquí no tenían fundamento. Por otro lado, también está demostrado que Irak fabricó armas biológicas, aunque, como también se sabe, este tipo de armas pierden su eficacia al cabo de un tiempo.
La guerra contra el terrorismo islamista entra en el ámbito de la legítima defensa: los países occidentales (como otros) han sido atacados y ahora intentan protegerse. Ahora bien, ¿podemos asegurar que Irak apoyó al terrorismo internacional, y en especial a la red Al Qaeda? En relación con esta cuestión, y hasta el día de hoy, tampoco disponemos de ninguna prueba concluyente. Lo que sabemos es que el Gobierno iraquí concedía una compensación económica a las familias de los kamikazes palestinos que se sacrificaban para cometer atentados mortíferos.
Lo que caracteriza a la actual política norteamericana no es la mera adopción de estos objetivos, sino el medio que se considera legítimo para conseguirlos, a saber: una intervención militar que no puede verse como legítima defensa. Es decir, lo que se ha dado en llamar la «guerra preventiva».

El proyecto consistente en declarar la guerra a todos los tiranos y a todas las injusticias es cuestionable, y no solo porque sea imposible de llevar a cabo (se trata de una tarea sobrehumana) o porque en caso de ponerse en práctica comportaría un estado de guerra permanente y contribuiría por tanto al fortalecimiento de todos los ejércitos y todas las policías del mundo (un singular efecto del combate por la libertad). El gran escritor ruso Vassili Grossman, un excelente analista del totalitarismo del siglo XX, constató: «Donde se levanta el alba del Bien, mueren niños y ancianos y corre la sangre» (Vida y destino). ¿Por qué tendríamos que renunciar a imponer el Bien por la fuerza? Debemos renunciar a este proyecto porque corremos el peligro de que se deriven más sufrimientos que alegrías: la nobleza del fin no justifica la vileza de los medios.
El «derecho de injerencia» pretende identificarse con la democracia, pero al hacerlo comete un deslizamiento de sentido inadmisible. Al principio, se pensaba en una «injerencia» de tipo humanitario. Tomar la iniciativa para ayudar a los heridos y las víctimas del sufrimiento en un país extranjero no supone ninguna amenaza para la soberanía nacional. En un segundo momento, se hablaba de la necesidad de proteger militarmente a los colaboradores humanitarios. Y finalmente, en un tercer paso, contrario al espíritu del proyecto inicial, se justificaba el ataque militar aludiendo a una situación deplorable desde el punto de vista humanitario y se actuaba como si el principal efecto de la guerra fuera la instauración del respeto a los derechos humanos. Fue así como se llegó a una obra maestra de la neolengua: la «guerra humanitaria».

La guerra no se justifica solamente por el deseo de imponer la democracia: este argumento, por sí mismo insuficiente, se está convirtiendo en una mera trampa detrás de la cual se perfila un móvil más tradicional, como es el del interés nacional. Pero no deberíamos considerarlo un móvil inconfesable, ya que el deber primordial de todo gobierno radica en la defensa de los intereses nacionales. La política exterior de Estados Unidos no es ninguna excepción a este respecto, si bien posee dos características peculiares. En primer lugar, Estados Unidos considera que sus intereses están en juego en toda la superficie del planeta, y en segundo lugar, está dispuesto a defenderlos recurriendo sin dilación a la fuerza militar. La conjunción de estos dos rasgos es lo que hace que muchas veces se acuse a la política exterior de Estados Unidos de ser una política imperial.
El adjetivo «imperialista» tiene un carácter injuriante desde hace ya bastante tiempo y nadie quiere utilizarlo como lema.
La exacerbación de las pasiones patrióticas no ayuda a combatir el etnocentrisrno y la xenofobia, actitudes que no tienen nada de democráticas. La opinión pública estadounidense se indignó al ver que «sus» soldados aparecían en la televisión iraquí tras ser hechos prisioneros. Sin embargo, no le pareció inconveniente ver a los soldados iraquíes prisioneros, ya que estos no tenían derecho al respeto que se merece la dignidad de las personas. Y tampoco se escandalizó de ver a una cincuentena de dirigentes iraquíes reducidos a la condición de naipes, con la orden terminante de detenerlos «vivos o muertos», es decir, de liquidarlos, llegado el caso, sin ningún tipo de proceso. La proliferación de eufemismos es otra mala señal.

Está claro que una potencia como Estados Unidos no renunciará nunca al uso de la fuerza. Pero ello no quiere decir que deba embriagarse con la conciencia de ser el país más fuerte, a la que se suma además la convicción de ser el más justo. El orgullo no suele ser buen consejero. A Estados Unidos le interesa imponer limitaciones voluntarias al uso de su poder, tal como recomiendan por otro lado algunas voces, que no pueden calificarse de antiamericanas, incluso en el interior del país. En este caso, la fuerza militar solo podría ser utilizada en legítima defensa, en caso de agresión contra el propio país (como en Afganistán) o contra sus aliados (como en Kuwait). El resto del tiempo, habría que respetar militarmente el orden internacional, a pesar de sus imperfecciones, y la soberanía de cada país, por detestable que sea el régimen que se ampare en ella. Habría que intentar transformar estos regímenes por medios pacíficos, que, no hay que olvidarlo, también son efectivos.­

¿Cómo se podría asegurar la paz en el mundo? Para algunos países, como Francia, la respuesta radica en confiar en el derecho internacional y en organismos como la ONU. Por desgracia, esta solución presenta problemas ya que, como se sabe, las relaciones internacionales no obedecen al derecho, a menos que los países opten voluntariamente por someterse a él. Para otros, como Estados Unidos, la respuesta radica en confiar en su fuerza, la mayor del mundo. Los demás países no tienen más que someterse a esta política y seguirla, aun­ que no les guste: es el precio que hay que pagar para gozar de las ventajas de la paz. Pero no estamos condenados a esta alternativa, ya que la dicotomía entre «paz a través de la ley» y «paz a través del imperio» no agota todas las vías posibles. Estas dos respuestas tienen en común que buscan la salvación en la unidad: la unidad absolutamente real del imperio estadounidense, para unos, y la unidad soñada del gobierno mundial, para los otros. A estas dos opciones hay que sumar la de la pluralidad, que contribuye a mantener la paz por medio del equilibrio entre distintas potencias. Y es en el marco de la pluralidad donde podría encontrar su lugar la Europa del futuro.
En el mundo actual, ningún país europeo dispone de una fuerza suficiente para asegurarse por sí solo la defensa contra una gran potencia, y menos aún para influir en el curso del mundo. Francia acaba de comprobarlo, ya que la posición que defendió durante el conflicto iraquí no tenía ninguna posibilidad de imponerse a pesar de las simpatías que suscitó. Los recursos militares no estaban a la altura de sus ambiciones políticas. Hoy, cada país europeo cuenta con un Ejército que sigue estando bajo control nacional, lo cual constituye una fuerza real, pero insuficiente si nos situamos en un marco mundial.
La Unión Europea, por su parte, no tiene ni una política de defensa común ni un Ejército a su disposición. Los motivos de esta situación son conocidos: después de la Segunda Guerra Mundial.

Convertirse en una potencia militar no significa necesariamente imitar el ejemplo de Estados Unidos o rivalizar con él. La reunificación de los Estados europeos en el seno de una confederación es un paso del que no había ejemplos, y el tipo de potencia al que aspiraría la Unión podría ser también inédito: no estamos condenados a optar entre imperialismo e impotencia. Daré el nombre de «potencia tranquila» a este tipo de poder.
¿Cuál es el cometido de esta fuerza militar de nuevo cuño? Enumeremos lo que debería poder hacer el Ejército europeo:
— defender el territorio europeo contra cualquier agresión.
— impedir cualquier enfrentamiento armado en el interior del territorio europeo (como en los conflictos de la ex Yugoslavia o de Chipre);
— contener, amenazando con represalias, cualquier ataque procedente de otra gran potencia (como Rusia en la época de Stalin y Breznev);
— intervenir en el resto del mundo con una fuerza militar rápida, a petición de Gobiernos amigos o para impedir un genocidio en curso (una intervención que debería ser más eficaz que las decididas por la ONU);
— si un socio privilegiado de la Unión, como por ejemplo Estados Unidos, se ve atacado, acudir en su auxilio en nombre de la solidaridad.
Al mismo tiempo, ser una «potencia tranquila» implica renunciar a otras pretensiones propias de una potencia imperial. A saber:
— La Unión Europea no ambicionará controlar los asuntos del mundo entero y se limitará a ser una potencia regional (continental), pero no mundial, comparable a Rusia o a China, pero no a Estados Unidos.
— Por consiguiente, la potencia tranquila no tendrá como objetivo igualar la hiperpotencia norteamericana y tampoco estará en condiciones de enfrentarse a ella. La eventualidad de un conflicto militar con Estados Unidos no formará parte de su estrategia. Por ello, su presupuesto militar tampoco tendrá que imitar el de Estados Unidos.

Disponer de una fuerza armada europea serviría para defender una determinada identidad que los europeos consideran valiosa.
El habitante de Europa es sensible ante todo a la diversidad de los países del continente: cada uno tiene su propia lengua, sus costumbres y sus problemas.
Si Europa no es más que algo que nos conviene, no puede suscitar pasiones: para ello sería necesario que fuera también una idea.

Las instituciones europeas, tal como son a día de hoy, no redundan en su beneficio y por tanto deberían transformarse.
La institución más democrática de Europa es el Parlamento, que dimana directamente de los ciudadanos europeos. Esta correlación debe afirmarse aún con más fuerza, insistiendo en la proporcionalidad: estableciendo, por ejemplo, que se elija a un diputado por cada mil personas.
Por otro lado, habría que reforzar la cabeza directiva de la Unión, dándole la legitimidad del sufragio: es decir, habría que elegir un presidente de Europa. Pero en este caso no resulta apropiado el sufragio directo, ya que los políticos no son bien conocidos fuera de sus respectivos países y los ciudadanos podrían votar simplemente por el representante de su territorio.
El presidente de Europa tendría autoridad para formular las grandes líneas de la política europea. En su labor estaría asistido por el o los ministros de Defensa y de Exteriores de la Federación Europea, por un lado, y por otro por la Comisión, de la que sería el jefe. Los «comisarios» ya no representarían a los Estados miembros sino que serían nombrados por el presidente por sus cualidades y competencias personales, ya que su tarea consistiría en velar por el bienestar de Europa y no por el del país del que fueran originarios.

A magnificent brief book. This work is on vogue despite the fact that it was written years ago. The US war against Iraq has been explained in very different ways according to the group with which each was identified, to the point that an inevitable confusion has been created in the minds of the citizens.
We call «weapons of mass destruction» three different things: nuclear weapons, biological weapons and chemical weapons. It has been shown that Iraq had no weapons of the first type, as it lost them with the Israeli bombing of its nuclear facilities, and the permanent surveillance of the western powers prevented it from resuming this project. Once the war was over, it was known that the allegations about the recovery of the Iraqi nuclear program were unfounded. On the other hand, it is also proven that Iraq made biological weapons, although, as is well known, these weapons lose their effectiveness after a while.
The war against Islamist terrorism comes within the realm of self-defense: Western countries (like others) have been attacked and are now trying to protect themselves. Now, can we assure you that Iraq supported international terrorism, and especially the Al Qaeda network? In relation to this question, and to this day, we have no conclusive evidence either. What we do know is that the Iraqi government provided financial compensation to the families of the Palestinian suicide bombers who were sacrificing themselves to commit deadly attacks.
What characterizes current US policy is not the mere adoption of these objectives, but the means that are considered legitimate to achieve them, namely: a military intervention that can not be seen as self-defense. That is, what has been called the «preventive war».

The project of declaring war on all tyrants and all injustices is questionable, not only because it is impossible to carry out (it is a superhuman task) or because if it were implemented it would lead to a state of permanent war and would therefore contribute to the strengthening of all armies and all the police in the world (a singular effect of the struggle for freedom). The great Russian writer Vassili Grossman, an excellent analyst of twentieth-century totalitarianism, stated: «Where the dawn of Good rises, children and old people die and blood runs» (Life and destiny). Why should we renounce imposing Good by force? We must give up this project because we run the risk of deriving more suffering than joy: the nobility of the end does not justify the vileness of the means.
The «right of interference» seeks to identify itself with democracy, but in doing so it commits an inadmissible slipping of meaning. At first, it was thought of a humanitarian «interference». Taking the initiative to help the wounded and victims of suffering in a foreign country poses no threat to national sovereignty. Secondly, there was talk of the need to protect humanitarian workers militarily. And finally, in a third step, contrary to the spirit of the initial project, the military attack was justified by alluding to a deplorable situation from a humanitarian point of view and acted as if the main effect of the war was the establishment of respect for rights humans. It was thus that a masterpiece of new vocabulary was arrived at: the «humanitarian war».

War is not only justified by the desire to impose democracy: this argument, in itself insufficient, is becoming a mere trap behind which a more traditional motive emerges, such as the national interest. But we should not consider it an unspeakable motive, since the primary duty of every government lies in the defense of national interests. The foreign policy of the United States is no exception in this respect, although it has two peculiar characteristics. First, the United States considers that its interests are at stake on the entire surface of the planet, and secondly, it is prepared to defend them by drawing on military force without delay. The combination of these two features is what makes the US foreign policy often accused of being an imperial policy.
The adjective «imperialist» has had an injurious character for a long time and nobody wants to use it as a motto.
The exacerbation of patriotic passions does not help to combat ethnocentrism and xenophobia, attitudes that are not at all democratic. The American public was outraged to see that «his» soldiers appeared on Iraqi television after being taken prisoner. However, he did not find it inconvenient to see the Iraqi soldiers imprisoned, since they had no right to the respect that deserves the dignity of the people. Nor was he shocked to see some fifty Iraqi leaders reduced to playing cards, with the strict order to stop them «alive or dead», that is, to liquidate them, if necessary, without any kind of process. The proliferation of euphemisms is another bad sign.

It is clear that a power like the United States will never renounce the use of force. But this does not mean that he should get drunk with the conscience of being the strongest country, to which also adds the conviction of being the most just. Pride is not usually a good counselor. The United States is interested in imposing voluntary limitations on the use of its power, as other voices recommend, which can not be described as anti-American, even in the interior of the country. In this case, military force could only be used in self-defense, in case of aggression against its own country (as in Afghanistan) or against its allies (as in Kuwait). The rest of the time, the international order would have to be respected militarily, despite its imperfections, and the sovereignty of each country, however detestable the regime may be. These regimes should be attempted to be transformed by peaceful means, which must not be forgotten, they are also effective.
How could peace be assured in the world? For some countries, such as France, the answer lies in relying on international law and bodies such as the UN. Unfortunately, this solution poses problems because, as we know, international relations do not follow the law, unless countries voluntarily choose to submit to it. For others, like the United States, the answer lies in relying on its strength, the greatest in the world. The other countries have only to submit to this policy and follow it, even if they do not like it: it is the price that must be paid to enjoy the advantages of peace. But we are not condemned to this alternative, since the dichotomy between «peace through the law» and «peace through the empire» does not exhaust all possible ways. These two answers have in common that they seek salvation in unity: the absolutely real unity of the American empire for some, and the dream unity of world government for others. To these two options we have to add the one of the plurality, that contributes to maintain the peace through the balance between different powers. And it is within the framework of plurality where the Europe of the future could find its place.
In today’s world, no European country has enough strength to secure itself on defense against a great power, let alone to influence the course of the world. France has just ascertained this, since the position it defended during the Iraqi conflict had no chance of imposing itself despite the sympathies it aroused. Military resources did not live up to their political ambitions. Today, every European country has an army that is still under national control, which is a real force, but insufficient if we are in a global frame.
The European Union, for its part, has neither a common defense policy nor an army at its disposal. The reasons for this situation are known: after the Second World War.

Becoming a military power does not necessarily mean imitating America or rivaling it. The reunification of European states within a confederation is a step from which there were no examples, and the kind of power that the Union would aspire to might also be unprecedented: we are not doomed to choose between imperialism and impotence. I will give the name of «quiet power» to this type of power.
What is the purpose of this new military force? Let us enumerate what the European Army should be able to do:
– defend European territory against any aggression.
– prevent any armed confrontation within the European territory (as in the conflicts of the former Yugoslavia or Cyprus);
– contain, by threatening retaliation, any attack from another great power (such as Russia in the time of Stalin and Breznev);
– intervene in the rest of the world with a rapid military force, at the request of friendly governments or to prevent ongoing genocide (an intervention that should be more effective than those decided by the UN);
– if a privileged partner of the Union, such as the United States, is attacked, come to his aid in the name of solidarity.
At the same time, to be a «quiet power» implies giving up other pretensions of an imperial power. Namely:
– The European Union will not aim to control the affairs of the whole world and will be limited to being a regional (continental), but not a world power, comparable to Russia or China, but not to the United States.
– Therefore, the quiet power will not aim to match the American hyperpower and will not be able to cope with it. The eventuality of a military conflict with the United States will not be part of its strategy. Therefore, his military budget will not have to imitate that of the United States.
Having a European armed force would serve to defend a certain identity that Europeans consider valuable.
The inhabitant of Europe is sensitive above all to the diversity of the countries of the continent: each one has its own language, its customs and its problems.
If Europe is only something that suits us, it can not arouse passions: it would have to be an idea.

The European institutions, as they are today, do not work to their advantage and should therefore be transformed.
The most democratic institution in Europe is the Parliament, which comes directly from European citizens. This correlation must be affirmed even more strongly, insisting on proportionality: establishing, for example, that one deputy is elected for every thousand people.
On the other hand, it would be necessary to reinforce the directive head of the Union, giving the legitimacy of the suffrage: that is to say, a president of Europe would have to be chosen. But in this case direct suffrage is not appropriate, since politicians are not well known outside their respective countries and citizens could simply vote for the representative of their territory.
The President of Europe would have the authority to formulate the broad lines of European policy. In his work he would be assisted by the Defense and Foreign Ministers of the European Federation, on the one hand, and on the other by the Commission, of which he would be the head. The ‘Commissioners’ would no longer represent the Member States but would be appointed by the President on the basis of his personal qualities and competences, since his task would be to ensure the welfare of Europe and not the country of origin.

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