Las Neuronas De Dios — Diego Golombek / The Neurons Of God by Diego Golombek (spanish book edition)

Interesante obra que me parece muy divulgativa, con lo que no se puede entrar a fondo en los temas tratados. Las experiencias a las que se alude se tratan de modo un poco desigual y demasiado rápido. La exposición es muy ágil y el tema es atractivo, correspondiente a la “neuroteología”, que más bien debería llamarse neurofenomenología de las experiencias religiosas. La razón y la fe religiosa se presentan de modo exageradamente opuesto. Hay que ver de qué tipo de fe religiosa se trata, porque no todas admiten la misma valoración. La razón científica, en el sentido de la ciencia empírica, supone una aproximación parcial al hombre, y por eso necesita de la mediación de la antropología filosófica para ser adecuadamente interpretada, sobre todo en temas profundos sobre la persona humana, como son la libertad, la moralidad, la religiosidad…
Hace tiempo que está comprobado que tenemos una predisposición biológica a creer en lo trascendente, pero eso igual sirve para argumentar que estaba en el plan de Dios como para decir que no hay Dios y nos lo inventamos porque estamos programados para ello.

Hay quienes dicen desde hace rato que Dios, o las religiones, han muerto y que la ciencia y la tecnología se ocupan de echarles encima los últimos puñados de tierra. Sin embargo, la realidad dista mucho de confirmar esta profecía (que, más allá de Nietzsche, fue tapa de la revista Time en la década del cincuenta). Así, una pregunta interesante es por qué la religión y las creencias se resisten a desaparecer en pleno siglo XXI, un siglo dominado por la tecnología de celulares que hablan solos y aspiradoras inteligentes. ¿No es esa una pregunta fascinante? ¿Por qué no referirse entonces a una ciencia de la religión en lugar del consabido «versus»? Esto tampoco es nuevo: particularmente la antropología se ha preguntado desde sus inicios sobre el origen cultural de las religiones; sin embargo, esta no fue una pregunta propia de las ciencias naturales sino hasta hace muy poco tiempo.
De eso trata este libro: de una ciencia «de» la religión, que relega el «contra» a otras guerras.
En realidad, para ser más específicos, hablamos de una neurociencia de la religión, bajo la premisa de que Dios tiene mucho que ver con el funcionamiento de nuestro cerebro.

La razón puede y debe ayudar a comprender a esos seres espirituales, porque nada de lo humano le es ajeno. Parecería que en la base misma de los fenómenos místicos necesariamente debe haber un velo de oscuridad: la propia palabra místico proviene del griego y significa algo así como «ocultar», que podría referirse a rituales secretos o interpretaciones escondidas en las escrituras sagradas. Y esa oscuridad ha sido desafiada por diversos filósofos, y más recientemente también por muchos científicos, deseosos de entender de qué se trata. Uno de los clásicos es sin duda William James, mi héroe personal y fundador de la psicología como ciencia, que en su maravilloso libro Las variedades de la experiencia religiosa narra creencias desde el punto de vista de la mente del usuario e inicia una era que se aboca a clasificar las experiencias religiosas, incluyendo las visiones, las conversiones y las búsquedas de evidencias experimentales de la espiritualidad.

Lo que nos ocupa aquí es, en definitiva, si la religión es un fenómeno natural y, por lo tanto, si está sujeta a las leyes de la evolución biológica. Hay quienes intentan trazar un paralelismo con la universalidad del lenguaje, que apunta a mecanismos cerebrales seleccionados a lo largo de la historia evolutiva. Otros, desde la vereda de enfrente, apuntan que la creencia religiosa puede ser universal, pero no por ser innata sino porque estas creencias emergen en todas las sociedades que se enfrentan a problemas similares.
Si esto fuera así, y la religión fuera un bien eminentemente cultural, entonces habría que aprenderlo, pero existen evidencias de que algunos fenómenos religiosos globales son efectivamente innatos. Por ejemplo, los niños suelen ser dualistas natos: saben distinguir entre objetos materiales y entes abstractos o sociales —de allí a una distinción entre materia y espíritu hay sólo un paso, que es el equivalente a lo que proponen las religiones monoteístas con respecto a un Dios omnipotente pero no necesariamente corporal o material—.

Si la muerte es la única certeza, todo lo demás son ilusiones, dudas (aunque unas ilusiones muy persistentes, como diría Einstein). Pero a los humanos nos encantan las ilusiones, y encontrarles significado trascendental es uno de nuestros pasatiempos favoritos.
Los cuentos de hadas son un buen punto de partida: allí hay dragones malvados, sapos-príncipes, hadas madrinas; personajes que, sin duda, se vuelven reales en la imaginación, al menos hasta cierta edad.

La neurociencia va identificando circuitos cerebrales que podrían ser el origen y la huella de las experiencias religiosas: por un lado, ciertos cambios en la actividad eléctrica de ciertas áreas pueden dar por resultado visiones místicas y, por otro lado, algunas actividades espirituales (rezos, mantras, danzas rituales) son capaces de dejar una estampa característica en nuestras mentes. Pero vayamos de mayor a menor, comenzando por cómo un conjunto de neuronas revoltosas y fuera de control logra jugar a las brujas e invocar a los dioses.
La historia está repleta de líderes religiosos carismáticos, como Moisés y sus Tablas de la Ley, San Pablo y sus prédicas o Mahoma y sus revelaciones. Buceando en sus escritos o en sus mitos, los neurólogos han llegado a vislumbrar trastornos epilépticos que podrían estar relacionados con sus visiones del más allá.

La cuestión es que no somos sólo lo que traemos de fábrica. Por un lado sí, somos eso, lo que heredamos de papá y mamá; para bien o para mal, es lo que hay. Pero por otro lado está lo que logremos hacer con eso que traemos de fábrica, y en ese punto está todo por hacerse. La familia, la educación, los amigos, lo que comemos, la gimnasia, la humedad… en fin, todo lo que en biología podríamos llamar «ambiente» es también parte de nosotros. Uno podrá tener genes para ser alto, pero si no come bien, será de los primeros de la fila. Uno podrá tener cierta propensión genética a alguna enfermedad (aunque hay muy pocos casos en los que un solo gen determina esto), pero su estilo de vida determinará la cantidad de visitas al médico.
Entonces, esto que somos es, al menos, dos cosas. Seremos lo que debamos ser, y también un poco lo que queramos y podamos ser. De alguna forma, de eso se trata vivir.

Si la ciencia, las neuronas o los genes son el camino, entonces las drogas son el atajo. En otras palabras, la farmacología es muchas veces una herramienta para entender qué está sucediendo en el cerebro, sin que resulte necesario mirar dentro o abrirlo para saber qué pasa. En estos casos, las drogas reciben un nombre especial: «enteógenos» (o sea, que generan un dios del lado de adentro), una palabra que proviene de un paper de 1979 y que cuenta entre sus autores con el etnomicólogo estadounidense Gordon Wasson, uno de los principales defensores del origen químico de las creencias religiosas.
Si un fármaco genera visiones místicas, como en algunos casos sucede con la ayahuasca, vale la pena estudiar sus mecanismos de acción para tratar de entender qué está pasando con esas neuronas súbitamente religiosas.
Una biografía no autorizada de la sinapsis coincide con la hoja de vida de un neurotransmisor, que:
-Se sintetiza en algún lado (puede producirse en la neurona, depender de algún compuesto que le venga de afuera o provenir de la transformación de otra sustancia).
-Se almacena en vesículas (recordemos que es la forma en la cual una célula protege a sustancias y las hace moverse en su interior).
-Se libera, o sea que, cuando llega la señal adecuada, sale de la neurona para actuar sobre neuronas vecinas.
-Interactúa con un receptor, en general, localizado en la neurona vecina.
-Termina su acción, para que el efecto no sea permanente.”

En nuestra búsqueda de Dios en el cerebro, los alucinógenos nos permiten hurgar en detalle en los mecanismos neuronales de las experiencias místicas. De acuerdo con su estructura química, hay tres tipos de estas drogas: las triptaminas, las fenetilaminas y las ergolinas. Entre las triptaminas encontramos a viejas conocidas, como la psilocibina y la DMT, que se parecen mucho a la serotonina que tiene todo cerebro soñador. El ejemplo de ergolinas es el LSD, y también las sustancias que vienen del hongo del centeno, mientras que, como ya vimos, la mescalina es un tipo de fenetilamina.
De alguna manera, todos estos efectos convergen en el sistema de serotonina cerebral. Sin embargo, no somos los únicos que tenemos este neurotransmisor: está presente en casi todos los animales. En nuestro cerebro, se produce principalmente en un grupo de células llamadas «núcleos del rafe» («rafe» viene del griego y quiere decir algo así como «costura») e interactúa con distintos tipos de receptores.
En definitiva, decíamos que las drogas podrían ser uno de los caminos para llegar a nuestro dios personal. Está claro que las experiencias místicas derivadas de trastornos neurológicos como la epilepsia, de estímulos externos de dudosa apariencia o de la ingesta de sustancias alucinógenas son notablemente parecidas entre sí.

“Cuando una persona sufre una alucinación, se habla de locura.
Cuando muchas personas sufren una alucinación, se lo llama religión”.
Robert Pirsig

Nuestra idea de que las herramientas para el pensamiento crítico provistas en una carrera científica afectan la susceptibilidad de la gente a determinados tipos de creencias parece ser cierta. […] Y esto nos lleva a la inevitable conclusión de que si queremos una sociedad menos crédula, menos ingenua, debemos proveerla de las herramientas necesarias para un análisis crítico a una edad más temprana.
En otras palabras: si la religión es un virus, la ciencia puede ser una vacuna.

Sagan también nota que muchas religiones suelen hacer enormes estatuas de sus dioses, seguramente con el objetivo de hacernos sentir muy pequeños. «Pero si ese es el propósito», dice Carl, «pueden guardarse sus íconos. Sólo necesitamos mirar hacia arriba para sentirnos pequeños».
De la misma manera, podemos preguntarnos cómo es posible que las religiones no se hayan observado a sí mismas y cuestionado por qué somos como somos, o cómo es posible que haya vertientes de la ciencia que insistan en un enfrentamiento sin cuartel con las creencias, en lugar de considerarlas una ventana hacia la propia comprensión, que nos convoca también a maravillarnos con nuestra presencia en el universo, cerebro a cuestas y cableados para creer en lo increíble.
Como afirma Michel Houellebecq en su maravillosa novela Las partículas elementales:
Ahora que sus últimos representantes están a punto de desaparecer, nos parece legítimo rendirle este último homenaje a la humanidad; un homenaje que también terminará por borrarse y perderse en las arenas del tiempo; sin embargo, es necesario que este homenaje tenga lugar, al menos una vez. Este libro está dedicado al hombre.

Conócete a ti mismo, entonces. Y a los dioses que llevas dentro.

Interesting work that I find very informative, so that you can not go deeply into the topics discussed. The experiences referred to are treated somewhat unevenly and too quickly. The exhibition is very agile and the theme is attractive, corresponding to “neurotheology”, which should be called neurophenomenology of religious experiences. Reason and religious faith are presented in an exaggeratedly opposite way. It is necessary to see what kind of religious faith it is, because they do not all admit the same appraisal. Scientific reason, in the sense of empirical science, presupposes a partial approximation to man, and therefore requires the mediation of philosophical anthropology to be properly interpreted, especially in profound themes about the human person, such as freedom, morality, religiosity …
It has long been proven that we have a biological predisposition to believe in the transcendent, but that same serves to argue that it was in the plan of God to say that there is no God and we invent it because we are programmed for it.

There are those who say for a long time that God, or religions, have died and that science and technology are busy putting the last handfuls of earth on them. However, reality is far from confirming this prophecy (which, beyond Nietzsche, was the cover of Time magazine in the 1950s). Thus, an interesting question is why religion and beliefs are reluctant to disappear in the XXI century, a century dominated by the technology of cell phones that speak alone and intelligent vacuum cleaners. Is not that a fascinating question? Why not refer then to a science of religion instead of the so-called “versus”? This is not new either: in particular, anthropology has wondered from its beginnings about the cultural origin of religions; however, this was not a question of the natural sciences until very recently.
That is what this book is about: a science “of” religion, which relegates “against” other wars.
In fact, to be more specific, we speak of a neuroscience of religion, under the premise that God has much to do with the functioning of our brain.

Reason can and should help to understand these spiritual beings, because nothing human is alien to it. It would seem that at the very basis of mystical phenomena there must necessarily be a veil of darkness: the mystic word itself comes from the Greek and means something like “hiding,” which could refer to secret rituals or interpretations hidden in the sacred scriptures. And that darkness has been challenged by various philosophers, and more recently also by many scientists, eager to understand what it is. One of the classics is undoubtedly William James, my personal hero and founder of psychology as a science, who in his wonderful book The varieties of religious experience narrates beliefs from the point of view of the user’s mind and initiates an era that is it is used to classify religious experiences, including visions, conversions, and searches of experimental evidences of spirituality.

What matters here is, in short, whether religion is a natural phenomenon and, therefore, if it is subject to the laws of biological evolution. There are those who try to draw a parallel with the universality of language, which points to brain mechanisms selected throughout evolutionary history. Others from the opposite path point out that religious belief may be universal, but not because it is innate, but because these beliefs emerge in all societies facing similar problems.
If this were so, and religion was an eminently cultural good, then one would have to learn it, but there is evidence that some global religious phenomena are indeed innate. For example, children are usually born dualists: they know how to distinguish between material objects and abstract or social entities – from there to a distinction between matter and spirit there is only one step, which is the equivalent of what monotheistic religions propose with respect to a God omnipotent but not necessarily corporeal or material.

If death is the only certainty, everything else is illusions, doubts (although very persistent illusions, as Einstein would say). But humans love illusions, and finding transcendental meaning is one of our favorite pastimes.
Fairy tales are a good starting point: there are evil dragons, prince toads, fairy godmothers; characters that, no doubt, become real in the imagination, at least up to a certain age.

Neuroscience identifies brain circuits that could be the origin and imprint of religious experiences: on the one hand, certain changes in the electrical activity of certain areas can result in mystical visions and, on the other hand, some spiritual activities (prayers, mantras, ritual dances) are able to leave a characteristic stamp on our minds. But let’s go from major to minor, starting with how a set of revolting and out of control neurons manages to play witches and invoke the gods.
The story is replete with charismatic religious leaders, such as Moses and his Tables of Law, Saint Paul and his preaching or Mohammed and his revelations. Diverging in their writings or their myths, neurologists have come to glimpse epileptic disorders that could be related to their visions of the afterlife.

The point is that we are not just what we bring from the factory. On the one hand, yes, we are that, what we inherited from dad and mom; for better or for worse, is what there is. But on the other hand is what we can do with what we bring from the factory, and at that point is all to be done. The family, education, friends, what we eat, gymnastics, humidity … in short, everything in biology we could call “environment” is also part of us. One may have genes to be high, but if he does not eat well, he will be the first in line. One may have some genetic propensity for some disease (although there are very few cases in which a single gene determines this), but your lifestyle will determine the number of visits to the doctor.
So, what we are is, at least, two things. We will be what we should be, and also a little what we want and can be. Somehow, that’s what living is all about.

If science, neurons or genes are the way, then drugs are the shortcut. In other words, pharmacology is often a tool to understand what is happening in the brain, without it being necessary to look inside or open it to know what happens. In these cases, drugs are given a special name: “entheogens” (that is, they generate a god from the inside), a word that comes from a paper of 1979 and that counts among its authors with the American ethnomicólogo Gordon Wasson, one of the main proponents of the chemical origin of religious beliefs.
If a drug generates mystical visions, as in some cases happens with ayahuasca, it is worth studying its mechanisms of action to try to understand what is happening with these suddenly religious neurons.
An unauthorized biography of the synapse coincides with the resume of a neurotransmitter, which:
– It is synthesized somewhere (can occur in the neuron, depend on some compound that comes from outside or come from the transformation of another substance).
– It is stored in vesicles (remember that it is the way in which a cell protects substances and makes them move inside).
– It is released, meaning that, when the appropriate signal arrives, it leaves the neuron to act on neighboring neurons.
-Interact with a receiver, in general, located in the neighboring neuron.
-Terminates its action, so that the effect is not permanent. ”

In our search for God in the brain, hallucinogens allow us to delve into detail in the neural mechanisms of mystical experiences. According to their chemical structure, there are three types of these drugs: tryptamines, phenethylamines and ergolines. Among the tryptamines we find known old women, such as psilocybin and DMT, which closely resemble serotonin that has every dreamy brain. The example of ergolines is LSD, and also the substances that come from rye fungus, whereas, as we have seen, mescaline is a type of phenethylamine.
In a way, all these effects converge on the cerebral serotonin system. However, we are not the only ones that have this neurotransmitter: it is present in almost all animals. In our brain, it occurs mainly in a group of cells called “raphe nuclei” (“rafe” comes from the Greek and means something like “sewing”) and interacts with different types of receptors.
In short, we said that drugs could be one of the ways to reach our personal God. It is clear that mystical experiences derived from neurological disorders such as epilepsy, from external stimuli of dubious appearance or from the intake of hallucinogenic substances are remarkably similar to each other.

“When a person suffers a hallucination, it is spoken of madness.
When many people suffer a hallucination, it is called religion”.
Robert Pirsig

Our idea that the tools for critical thinking provided in a scientific career affect the susceptibility of people to particular types of beliefs seems to be true. […] And this leads us to the inevitable conclusion that if we want a less credulous, less naive society, we must provide it with the tools necessary for a critical analysis at an earlier age.
In other words, if religion is a virus, science can be a vaccine.

Sagan also notes that many religions often make huge statues of their gods, surely with the aim of making us feel very small. “But if that’s the purpose,” says Carl, “they can keep their icons. We just need to look up to feel small. ”
In the same way, we can ask ourselves how it is possible that religions have not observed themselves and questioned why we are as we are, or how it is possible that there are slopes of science that insist on a confrontation without quarter with the beliefs, in instead of considering them as a window to our own understanding, which also summons us to marvel at our presence in the universe, brain on its back and hardwired to believe in the incredible.
As Michel Houellebecq states in his wonderful novel The Elementary Particles:
Now that his last representatives are about to disappear, it seems legitimate to pay this last tribute to humanity; a homage that will also end up being erased and lost in the sands of time; however, it is necessary that this tribute take place, at least once. This book is dedicated to man.

Know yourself, then. And the gods you carry inside.

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