La Conquista De América — Tzvetan Todorov / The Conquest Of America by Tzvetan Todorov

Este es otro gran libro del autor. La victoria universal del cristianismo, éste es el móvil que anima a Colón, hombre profundamente piadoso (nunca viaja en domingo), que, por esta misma razón, se considera como elegido, como encargado de una misión divina, y que ve la intervención divina en todas partes, tanto en el movimiento de las olas como en el naufragio de su nave (¡en Nochebuena!), y agradece a Dios «por muchos milagros señalados que ha mostrado en el viaje» (Diario, 15.3.1493).
Por lo demás, la necesidad de dinero y el deseo de imponer al verdadero Dios no son mutuamente exclusivos; incluso hay entre los dos una relación de subordinación: la primera es un medio y la segunda, un fin. En realidad, Colón tiene un proyecto más preciso que la exaltación del Evangelio en el universo, y tanto la existencia como la permanencia de ese provecto son reveladoras de su mentalidad: tal un Quijote con varios siglos de atraso en relación con su época. Colón quisiera ir a las Cruzadas a liberar Jerusalén. Sólo que la idea es absurda en su época y como, por otra parte, no tiene dinero, nadie quiere escucharlo. ¿Cómo podía realizar su sueño, en el siglo XV, un hombre sin recursos y que quisiera lanzar una cruzada? Es tan sencillo como el huevo de Colón: «no hay más que descubrir América para conseguir los fondos necesarios… O más bien, ir a China por el camino occidental «directo», puesto que Marco Polo y otros escritores medievales han afirmado que el oro «nace» ahí en abundancia.
Hay numerosas pruebas de la realidad de ese proyecto. El 26 de diciembre de 1492, durante el primer viaje, revela en su diario que espera encontrar oro, «y aquello en tanta cantidad que los Reyes antes de tres años emprendiesen y aderezasen para ir a conquistar la casa santa.
No sólo le interesan mucho más a Colón los contactos con Dios que los asuntos puramente humanos, sino que también su forma de religiosidad es particularmente arcaica (para la época): no es casual que el proyecto de las cruzadas se haya abandonado desde la Edad Media. Así pues, paradójicamente, es un rasgo de la mentalidad medieval de Colón el que lo hace descubrir América e inaugurar la era moderna.
Sin embargo, también hay en Colón rasgos de una mentalidad más cercana a la nuestra. Así pues, por una parte somete todo a un ideal externo y absoluto (la religión cristiana), y toda cosa terrestre no es más que un medio con miras a la realización de ese ideal. Por otra parte, empero, parece encontrar, en la actividad que desempeña con más éxito, el descubrimiento de la naturaleza, un placer que hace que dicha actividad se baste a sí misma; deja de tener la menor utilidad y se convierte de medio en fin: en la misma forma en que, para el hombre moderno, una cosa, una acción o un ser sólo son hermosos si encuentran su justificación en sí mismos, para Colón «descubrir» es una acción intransitiva.

Tres argumentos vienen a apuntalar la convicción de Colón: la abundancia de agua dulce; la autoridad de los libros santos; la opinión de otros hombres que ha encontrado. Ahora bien, está claro que estos tres argumentos no se deben colocar en el mismo plano, sino que revelan la existencia de tres esferas que comparten el mundo de Colón; una es natural, la otra divina, y la tercera, humana. Así pues, quizás no sea casual el que hayamos encontrado tres móviles para la conquista: el primero humano (la riqueza), el segundo divino, y el tercero relacionado con el disfrute de la naturaleza. Y en su comunicación con el mundo, Colón muestra comportamientos diferentes, según que se esté dirigiendo a la naturaleza, a Dios o a los hombres (o que éstos se dirijan a él).
Colón no tiene éxito con la comunicación humana porque no le interesa. En su diario del 6 de diciembre de 1492 leemos que los indios que llevó a bordo de su barco tratan de escaparse y se inquietan por verse lejos de su isla. «Ni los entendía bien ni ellos a él, y diz que habían el mayor miedo del mundo de la gente de aquella isla. Así que, por querer haber lengua con la gente de aquella isla, le fuera necesario detenerse algunos días en aquel puerto, pero no lo hacia por ver mucha tierra y por dudar que el tiempo le duraría». Todo está en el encadenamiento de estas cuantas frases: la percepción sumaria que tiene Colón de los indios, mezcla de autoritarismo y condescendencia; la incomprensión de su lengua y de sus señas; la facilidad con que se enajena la voluntad del otro en aras de un mejor conocimiento de las islas descubiertas; la preferencia por las tierras frente a los hombres. En la hermenéutica de Colón, éstos no tienen un lugar aparte.
Dado este desconocimiento de la cultura de los indios y su asimilación con la naturaleza, no podemos esperar encontrar en los escritos de Colón un retrato detallado de la población. La imagen que de ella da obedece, en un principio, a las mismas reglas que la descripción de la naturaleza: Colón decide admirarlo todo, y la belleza física en primer lugar. «Muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras» (12.10.1492). «Todos de buena estatura, gente muy fermosa» (13.10.1492), «Son los más hermosos hombres y mujeres que hasta allí hobieron hallado» (16.12.1492).

El encuentro entre el Antiguo y el Nuevo Mundo que el descubrimiento de Colón hizo posible es de un tipo muy particular: la guerra, o más bien, como se decía entonces, la Conquista. Un misterio sigue ligado a la conquista; se trata del resultado mismo del combate: ¿por qué esta victoria fulgurante, cuando la superioridad numérica de los habitantes de América frente a sus adversarios es tan grande, y cuando están luchando en su propio terreno? Quedémonos en la conquista de México, la más espectacular, puesto que la civilización mexicana es la más brillante del mundo precolombino: ¿cómo explicar que Cortés, a la cabeza de algunos centenares de hombres, haya logrado apoderarse del reino de Moctezuma, que disponía de varios cientos de miles de guerreros?.
A las reticencias de Moctezuma durante la primera fase de la conquista, a las divisiones internas entre mexicanos durante la segunda, se suele añadir un tercer factor: la superioridad de los españoles en materia de armas. Los aztecas no saben trabajar el metal, y tanto sus espadas como sus armaduras son menos eficientes; las flechas (no envenenadas) no se equiparan con los arcabuces y los cañones de los españoles; éstos son mucho más rápidos para desplazarse: si van por tierra tienen caballos, mientras que los aztecas siempre van a pie, y, en el agua, saben construir bergantines, cuya superioridad frente a las canoas indias tiene un papel decisivo en la fase final del sitio de México; por último, los españoles también inauguran, sin saberlo, la guerra bacteriológica, puesto que traen la viruela que hace estragos en el ejército enemigo. Sin embargo, estas superioridades, indiscutibles en sí mismas, no bastan para explicarlo todo, si se toma en cuenta al mismo tiempo la relación numérica entre los dos bandos.
De este choque entre un mundo ritual y un acontecimiento único resulta la incapacidad de Moctezuma para producir mensajes apropiados y eficaces. Los indios, maestros en el arte de la palabra ritual, tienen por ello menos éxito ante la necesidad de improvisar, y ésa es precisamente la situación de la conquista. Su educación verbal favorece el paradigma en detrimento del sintagma, el código en detrimento del contexto, la conformidad al orden en vez de la eficacia del instante, el pasado en vez del presente. Ahora bien, la invasión española crea una situación radicalmente nueva, enteramente inédita, una situación en la que el arte de la improvisación importa más.
Los españoles ganan la guerra. Son indiscutiblemente superiores a los indios en la comunicación interhumana. Pero su victoria es problemática, pues no hay una sola forma de comunicación, una dimensión de la actividad simbólica. Toda acción tiene su parte de rito y su parte de improvisación, toda comunicación es, necesariamente, paradigma y sintagma, código y contexto; el hombre tiene tanta necesidad de comunicarse con el mundo como con los hombres. El encuentro de Moctezuma con Cortés, de los indios con los españoles, es ante todo un encuentro humano, y no debe asombrar que ganen los especialistas en comunicación humana. Pero esta victoria, de la que hemos salido todos nosotros, tanto europeos como americanos, al mismo tiempo da un serio golpe a nuestra capacidad de sentirnos en armonía con el mundo, de pertenecer a un orden preestablecido: su efecto es reprimir profundamente la comunicación del hombre con el mundo, producir la ilusión de que toda comunicación es comunicación interhumana; el silencio de los dioses pesa tanto en el campo europeo como en el de los indios. Al ganar por un lado, el europeo perdía por el otro: al imponerse en toda la tierra por lo que era su superioridad, aplastaba en sí mismo su capacidad de integrarse al mundo. Durante los siglos siguientes soñará con el buen salvaje, pero el salvaje estaba muerto o asimilado, y ese sueño estaba condenado a quedar estéril. La victoria ya estaba preñada de su derrota: pero Cortés no podía saberlo.

Los españoles son quienes habrán de instaurar el náhuatl como lengua indígena nacional en México, antes de llevar a cabo la hispanización; son los frailes franciscanos y dominicos los que habrán de lanzarse al estudio de las lenguas indígenas y a la enseñanza del español. Este comportamiento mismo está preparado desde hace mucho, y el año de 1492, que ya había visto la notable coincidencia de la victoria sobre los árabes, el exilio impuesto a los judíos y el descubrimiento de América, es también el mismo año en que habrá de publicarse la primera gramática de una lengua europea moderna, la gramática española de Antonio de Nebrija. El conocimiento de la lengua, teórico en este caso, es muestra de una actitud nueva, ya no de veneración, sino de análisis, y de toma de conciencia de su utilidad práctica, y Nebrija escribió en su introducción estas palabras decisivas: «Siempre la lengua fue compañera del imperio».
Si el homicidio religioso es un sacrificio, la matanza es un homicidio ateo, y los españoles parecen haber inventado (o vuelto a encontrar, pero sin tomarlo de su pasado inmediato, pues las hogueras de la Inquisición están más bien emparentadas con el sacrificio) precisamente este tipo de violencia que, en cambio, se encuentra en grandes cantidades en nuestro pasado más reciente, ya sea en el plano de la violencia individual o de la que practican los estados.
Bartolomé De Las Casas quiere a los indios. Y es cristiano. Para él, esos dos rasgos son solidarios: los quiere precisamente porque es cristiano, y su amor ilustra su fe. Sin embargo, esa solidaridad no llega naturalmente: hemos visto que, precisamente porque era cristiano, percibía mal a los indios… ¿Puede uno querer realmente a alguien si ignora su identidad, si ve, en lugar de esa identidad, una proyección de sí o de su ideal? Sabemos que eso es posible, e incluso frecuente, en las relaciones entre personas, pero ¿qué pasa en el encuentro de culturas? ¿No corre uno el riesgo de querer transformar al otro en nombre de sí mismo, y por lo tanto, de someterlo? ¿Qué vale entonces ese amor?
El primer gran tratado que Bartolomé De Las Casas dedica a la causa de los indios lleva por título: Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión. Este título lleva condensada la ambivalencia de la posición de Las Casas.
No es necesario encerrarse en una alternativa estéril: o justificar las guerras coloniales (en nombre de la superioridad de la civilización occidental), o rehusar toda integración con el extranjero, en nombre de la identidad con uno mismo. La comunicación no violenta existe, y se la puede defender como un valor. Eso es lo que podría permitirnos actuar de modo tal que la tríada esclavismo/colonialismo/comunicación no sólo sea un instrumento de análisis conceptual, sino que también resulte que corresponde a una sucesión en el tiempo.
Otros personajes religiosos de la época combinaron esos dos rasgos: al tiempo que tratan de convertir a todos los indios a la religión cristiana, describen también su historia, sus costumbres, su religión, y contribuyen así a su conocimiento. Pero ninguno de ellos cae en los excesos de Landa y todos lamentan la quema de manuscritos. Forman uno de los dos grandes grupos de autores a quienes se deben los conocimientos que hoy tenemos sobre el México antiguo; hay entre ellos representantes de las diferentes órdenes religiosas, franciscanos, dominicos, jesuitas. El otro grupo está constituido por los autores indios o mestizos, que o bien aprendieron español o bien se sirven del alfabeto latino para escribir en náhuatl: ellos son Muñoz Carnargo, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Juan Bautista Pomar, Hernando Alvarado Tezozómoc y otros (algunos textos son anónimos). Producen entre todos una masa incomparable de documentos, la más rica que tenemos acerca de cualquier sociedad tradicional.
Dos figuras excepcionales dominan el conjunto de las obras dedicadas a los indios, y merecen un examen más detallado: Diego Durán y Bernardino de Sahagún.

La historia ejemplar de la conquista de América nos enseña que la civilización occidental ha vencido, entre otras cosas, gracias a su superioridad en la comunicación humana, pero también que esa superioridad se ha afirmado a expensas de la comunicación con el mundo. Habiendo salido del período colonial, sentimos confusamente la necesidad de revalorar esta comunicación con el mundo; pero aquí también parece que la parodia antecede a la versión en serio.
Los retornos a las religiones antiguas y nuevas son incontables; dan prueba de la fuerza que tiene esa tendencia, pero creo yo que no pueden encarnarla: el regreso al pasado es imposible. Sabemos que ya no queremos la moral (la amoral) del «todo vale», pues ya hemos experimentado sus consecuencias; pero hay que encontrar nuevas interdicciones, o una nueva motivación para las antiguas, a fin de poder percibir su sentido. La capacidad de improvisación y de identificación instantánea busca equilibrarse con una valoración del ritual y de la identidad.
No sólo Cortés no es igual a Colón, sino que nosotros ya no somos iguales a Cortés. Dice el dicho que si se ignora la historia se corre el riesgo de repetirla; pero no por conocerla se sabe qué es lo que se debe hacer. Nos parecemos a los conquistadores y somos diferentes de ellos: su ejemplo es instructivo, pero nunca estaremos seguros de que, al no comportarnos como ellos, no estamos precisamente imitándolos, puesto que nos adaptamos a las nuevas circunstancias. Pero su historia puede ser ejemplar para nosotros porque nos permite reflexionar sobre nosotros mismos, descubrir tanto las semejanzas como las diferencias: una vez más, el conocimiento de uno mismo pasa por el conocimiento del otro.
Para Cortés, la conquista del saber lleva a la del poder. Conservo de él la conquista del saber, aun si es para resistir al poder. Hay cierta ligereza en conformarse con condenar a los conquistadores malos y añorar a los indios buenos, como si bastara con identificar al mal para combatirlo. Reconocer la superioridad de los conquistadores en tal o cual punto no significa que se les elogie; es necesario analizar las armas de la conquista si queremos poder detenerla algún día. Porque las conquistas no pertenecen sólo al pasado.
No creo que la historia obedezca a un sistema ni que sus supuestas «leyes» permitan deducir las formas sociales futuras, o siquiera presentes. Creo más bien que el hacerse consciente de la relatividad, y por lo tanto de lo arbitrario.

This is another great author’s book. The universal victory of Christianity, this is the motive that encourages Columbus, a deeply pious man (never travels on Sunday), who, for this very reason, is considered as chosen, as in charge of a divine mission, and sees divine intervention everywhere, both in the movement of the waves and in the wreck of his ship (on Christmas Eve!), and thanks God “for the many miracles he has shown on the voyage” (Agenda, 15.3.1493). Moreover, the need for money and the desire to impose on the true God are not mutually exclusive; there is even a relationship of subordination between the two: the former is a means and the latter an end. In fact, Columbus has a more precise project than the exaltation of the Gospel in the universe, and both the existence and the permanence of this project are revealing of his mentality: such a Don Quixote several centuries behind in relation to his time. Columbus wanted to go to the Crusades to free Jerusalem. Only the idea is absurd in its time and since, on the other hand, it has no money, nobody wants to hear it. How could he realize his dream, in the fifteenth century, a man without resources and who wanted to launch a crusade? It is as simple as the egg of Columbus: “there is nothing more to discover America to obtain the necessary funds … Or rather, to go to China by the” direct “western way, since Marco Polo and other medieval writers have affirmed that gold It is “born” in abundance. There is ample evidence of the reality of this project. On December 26, 1492, during his first voyage, he revealed in his diary that he hoped to find gold, “and that in such a quantity that the Kings, before three years, would undertake and prepare to go and conquer the holy house.
Not only is Columbus more interested in contacts with God than purely human affairs, but his form of religiosity is particularly archaic (for the time): it is not by chance that the project of the Crusades has been abandoned since the Middle Ages . Thus, paradoxically, it is a feature of Columbus’s medieval mentality that makes him discover America and inaugurate the modern era. However, there are also traits in a mentality closer to ours. Thus, on the one hand, it subjects everything to an external and absolute ideal (the Christian religion), and everything on earth is only a means for the realization of that ideal. On the other hand, however, he seems to find, in the activity which he most successfully performs, the discovery of nature, a pleasure which makes such activity self-sufficient; is no longer of the slightest use and is converted from half to end: in the same way that, for modern man, a thing, an action or a being is only beautiful if it finds its justification in itself, for Columbus to “discover” it is an intransitive action.

Three arguments come to underpin Columbus’ conviction: the abundance of fresh water; the authority of the holy books; the opinion of other men he has found. Now, it is clear that these three arguments should not be placed on the same plane, but reveal the existence of three spheres that share the world of Columbus; one is natural, the other divine, and the third, human. So it is perhaps not coincidental that we have found three motives for conquest: the first human (wealth), the second divine, and the third related to the enjoyment of nature. And in his communication with the world, Columbus shows different behaviors, depending on whether he is addressing nature, God or men (or that they address him). Columbus is not successful with human communication because he is not interested. In his diary of December 6, 1492, we read that the Indians he carried aboard his ship are trying to escape and are anxious to be away from their island. “He did not understand them well, and he said that there was the greatest fear in the world of the people of that island. So, because he wanted to have a language with the people of that island, he had to stop for a few days in that port, but he did not do it because he saw a lot of land and doubted that time would last. ” Everything is in the chain of these few phrases: the summary perception that has Columbus of the Indians, mixture of authoritarianism and condescension; the incomprehension of his language and signs; the ease with which the will of the other is alienated for the sake of a better knowledge of the discovered islands; the preference for land in front of men. In Colon’s hermeneutics, these have no place apart.
Given this ignorance of the culture of the Indians and their assimilation with nature, we can not expect to find in Colon’s writings a detailed portrait of the population. The image that gives of it obeys, at first, to the same rules that the description of the nature: Columbus decides to admire everything, and the physical beauty in the first place. “Very well made, very beautiful bodies and very good faces” (12.10.1492). “All of good stature, very beautiful people” (13.10.1492), “They are the most beautiful men and women who have been found there” (16.12.1492).

The encounter between the Old and the New World that the discovery of Columbus made possible is of a very particular type: war, or rather, as it was then said, the Conquest. A mystery remains tied to conquest; it is the very result of combat: why this blazing victory, when the numerical superiority of the inhabitants of America against their adversaries is so great, and when they are fighting on their own ground? Let us remain in the conquest of Mexico, the most spectacular, since the Mexican civilization is the most brilliant of the pre-Columbian world: how to explain that Cortes, at the head of a few hundred men, managed to seize the kingdom of Moctezuma, who had several hundred thousand warriors. To Moctezuma’s reticence during the first phase of the conquest, to the internal divisions among Mexicans during the second, a third factor is often added: the superiority of the Spaniards in the matter of arms. The Aztecs do not know how to work the metal, and both their swords and their armor are less efficient; the arrows (not poisoned) are not equated with the harquebuses and cannons of the Spaniards; The Aztecs are always on foot, and in the water, they know how to build brigs, whose superiority to the Indian canoes plays a decisive role in the final phase of the voyage. site of Mexico; Finally, the Spaniards also inaugurate, without knowing it, the bacteriological war, since they bring the smallpox that ravages the enemy army. However, these superiorities, indisputable in themselves, are not enough to explain everything, if we take into account at the same time the numerical relationship between the two sides.
From this clash between a ritual world and a unique event is the inability of Moctezuma to produce appropriate and effective messages. The Indians, masters in the art of the ritual word, are less successful at the need to improvise, and that is precisely the situation of the conquest. Its verbal education favors the paradigm to the detriment of the syntagm, the code to the detriment of the context, the conformity to the order instead of the effectiveness of the instant, the past instead of the present. Now, the Spanish invasion creates a radically new situation, entirely unprecedented, a situation in which the art of improvisation matters most. The Spaniards win the war. They are unquestionably superior to the Indians in interhuman communication. But his victory is problematic, for there is not a single form of communication, a dimension of symbolic activity. Every action has its part of rite and its part of improvisation, all communication is, necessarily, paradigm and syntagm, code and context; man has as much need to communicate with the world as with men. Moctezuma’s encounter with Cortes, of the Indians with the Spaniards, is above all a human encounter, and it should not be astonished that the specialists in human communication win. But this victory, from which we all have emerged, both European and American, at the same time gives a serious blow to our ability to feel in harmony with the world, to belong to a pre-established order: its effect is to repress deeply the communication of the man with the world, produce the illusion that all communication is interhuman communication; the silence of the gods weighs as much on the European as in the field of the Indians. Winning on the one hand, the European lost for the other: by imposing itself on the whole earth for what was its superiority, it crushed in itself its ability to integrate into the world. During the following centuries he will dream of the good savage, but the savage was dead or assimilated, and that dream was doomed to be barren. The victory was already pregnant with her defeat: but Cortes could not know.

The Spaniards are the ones who will establish Nahuatl as a national indigenous language in Mexico, before carrying out the Hispanization; it is the Franciscan and Dominican friars who must study the native languages ​​and the teaching of Spanish. This behavior itself has long been prepared, and the year 1492, which had already seen the remarkable coincidence of the victory over the Arabs, the exile imposed on the Jews, and the discovery of America, is also the same year in which there will be to publish the first grammar of a modern European language, the Spanish grammar of Antonio de Nebrija. The knowledge of the language, theoretical in this case, is a sign of a new attitude, not of veneration, but of analysis, and of awareness of its practical utility, and Nebrija wrote in his introduction these decisive words: “language was the companion of the empire”.
If religious murder is a sacrifice, slaughter is an atheistic homicide, and the Spaniards seem to have invented (or found again, but not taken from their immediate past, since the fires of the Inquisition are more closely related to the sacrifice) precisely this type of violence that, in contrast, is found in large quantities in our most recent past, whether in the area of ​​individual violence or that practiced by the states.
Bartolomé De Las Casas loves the Indians. And he is a Christian. For him, these two features are in solidarity: he wants them precisely because he is a Christian, and his love illustrates his faith. However, this solidarity does not come naturally: we have seen that, precisely because he was a Christian, he perceived evil to the Indians … Can one really want someone if he ignores his identity, if he sees, instead of that identity, a projection of himself or of your ideal? We know that this is possible, and even frequent, in relationships between people, but what happens in the encounter of cultures? Does not one run the risk of wanting to transform the other in the name of himself, and therefore of submitting him? What then is this love worth? The first great treaty that Bartolome De Las Casas dedicates to the cause of the Indians is entitled: The only way to attract all peoples to the true religion. This title has condensed the ambivalence of Las Casas’ position. It is not necessary to lock in a sterile alternative: either to justify colonial wars (in the name of the superiority of Western civilization), or to refuse any integration with the foreigner, in the name of identity with oneself. Nonviolent communication exists, and can be defended as a value. That is what could allow us to act in such a way that the triad slavery / colonialism / communication is not only an instrument of conceptual analysis, but also that it corresponds to a sequence in time.
Many other religious figures of the time combined these two traits: while they try to convert all the Indians to the Christian religion, they also describe their history, their customs, their religion, and thus contribute to their knowledge. But none of them fall into the excesses of Landa and all lament the burning of manuscripts. They form one of the two great groups of authors who owe the knowledge we have today about ancient Mexico; among them representatives of the different religious orders, Franciscans, Dominicans, Jesuits. The other group consists of Indian or mestizo authors, who either learned Spanish or used the Latin alphabet to write in Nahuatl: they are Muñoz Carnargo, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Juan Bautista Pomar, Hernando Alvarado Tezozómoc and others (some texts are anonymous). They produce among them an incomparable mass of documents, the richest we have of any traditional society. Two exceptional figures dominate all the works dedicated to the Indians, and deserve a more detailed examination: Diego Durán and Bernardino de Sahagún.

The exemplary history of the conquest of America teaches us that Western civilization has won, among other things, thanks to its superiority in human communication, but also that this superiority has been affirmed at the expense of communication with the world. Having emerged from the colonial period, we feel the need to reassess this communication with the world; but here it also seems that the parody precedes the version seriously. The returns to the ancient and new religions are countless; give proof of the strength that has that tendency, but I believe that they can not incarnate it: the return to the past is impossible. We know that we no longer want morality (the amoral) of the “everything is worth”, because we have already experienced its consequences; but we must find new prohibitions, or a new motivation for the old ones, in order to be able to perceive their meaning. The capacity for improvisation and instant identification seeks to balance with an assessment of ritual and identity. Not only is Cortes not equal to Columbus, but we are no longer equal to Cortes. The saying goes that if you ignore the story you run the risk of repeating it; but not knowing it knows what it is that must be done. We are like the conquerors and we are different from them: their example is instructive, but we will never be sure that, by not behaving like them, we are not precisely imitating them, since we adapt to the new circumstances. But its history can be exemplary for us because it allows us to reflect on ourselves, to discover both similarities and differences: once again, our knowledge of oneself passes through the knowledge of the other. For Cortes, the conquest of knowledge leads to that of power. I retain the conquest of knowledge, even if it is to resist power. There is a certain levity to be satisfied with condemning the evil conquerors and longing for the good Indians, as if it were enough to identify evil to combat it. To recognize the superiority of the conquerors at this or that point does not mean that they are praised; it is necessary to analyze the weapons of the conquest if we want to be able to stop it one day. Because the conquests do not belong only to the past. I do not believe that history obeys a system or that its supposed “laws” allow deducing future social forms, or even present. I believe rather than becoming aware of relativity, and therefore of the arbitrary.

Foregone: They seemed to be shocked and sometimes a dry account is hard to digest. If you never studied the history of pre-Columbian Latin America, then this book will leave you astonished. If you have, this book will radically change your views about the school system and how badly we are in need of an incursion into the historical support for the assertions that we were taught to be final.
At times, the reader will have to make a decision to either go on or to put it down for a while. This is a work that should be read so we can impact our societies benignly and achieve cohesion.

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