Morir Es Nada — Pepe Rodríguez / Die Is Nothing by Pepe Rodríguez (spanish book edition)

Este libro tiene ciertos claroscuros pero el tema que trata es interesante. El autor aborda este proceso natural como una vivencia que se nutre de la percepción que cada uno tiene de su propia existencia y desvelando, además, las claves sobre el hecho de morir visto desde la biología, psicología, sociología, medicina y el derecho.
Este libro es un ensayo que ofrece guía, respuestas y soluciones para abordar lo fundamental en torno a la muerte: envejecer, atención y relación con enfermos terminales, derechos del paciente, afrontamiento de la muerte, duelo, niños y muerte, trato con funerarias, experiencias cercanas a la muerte, nuevas terapias génicas, etc. Sin embargo en ciertos momentos parece quedarse en la tierra de nadie.

Nadie escapa a la muerte, ni aunque pase su existencia evitando pensar en ella, La muerte es el único destino cierto que nos aguarda al nacer, todo lo demás, todo lo que somos capaces de hacer, obtener, disfrutar o sufrir es mera anécdota que rellena el espacio y tiempo que transcurre entre el alfa y omega de eso que llamamos «una vida». Cuando se nace, ya se tiene edad suficiente para morir. Nada es tan democrático como la muerte.
Mentiría si dijese que la muerte no preocupa.
La mayoría de la humanidad cree en la supervivencia post mórtem, aunque mucho me temo que no es una postura mejor ni peor que la de negar tal posibilidad. La muerte no distingue entre creyentes y no creyentes; sólo las características con que cada cual ha integrado la muerte en su modelo de ciclo vital —adoptando la esperanza en algún tipo de vida más allá, o aceptando el fin aquí y ahora— nos distingue a unos de otros. Hay una sola manera de extinguirse, pero pueden ser tan variadas como las propias personas las formas posibles de percibir el acto y el hecho de morir; no las hay mejores o peores, sólo cabe diferenciar, tal vez, entre las que disminuyen o eliminan la angustia ante la extinción y las que no.

La posibilidad de envejecer, por tanto, aun siendo inútil para la perpetuación de la especie, aportó una ventaja evolutiva muy importante a fin de poder transmitir conocimientos a las nuevas generaciones y mantener una organización social tan sofisticada como la humana. Así que, los años que vivimos de más —considerándolo desde la perspectiva de las necesidades meramente biológicas— son un maravilloso regalo de nuestro proceso evolutivo que deberíamos saber agradecer mejor. Nada hace a nuestra especie acreedora del derecho absoluto a vivir más, tal como nos gusta creer y hasta exigir; por el contrario, sólo a causa de nuestra inteligencia y habilidad hemos conquistado el bien relativo de alargar más o menos nuestra vida.
Los humanos percibimos la muerte como un castigo, como algo injusto y absurdo que nos acarrea el dolor de la pérdida irreparable de los otros y la angustia del saberse también destinado a la extinción. Pero, sin embargo, la muerte es parte fundamental de la posibilidad misma de existir desde que comenzamos nuestro desarrollo embrionario.

Los humanos, como el resto de los mamíferos, aprendemos mediante dos vías básicas, la observación y las experiencias previas —adquiridas y filtradas a través del mecanismo de ensayo/error— y, según sean las circunstancias que envuelven cada caso —siempre muy complejas, diversas y cambiantes— y la capacidad de adaptación individual —y/o colectiva—, prosperamos o fracasamos —dentro de límites social y biológicamente establecidos—, pero esta realidad, que rige para toda la Naturaleza, no suele aceptarse como tal cuando se aplica a los humanos.
Nuestra necesidad cognitiva básica, construir un camino lógico y coherente hasta el más allá no cuesta más que dar un paso… en línea recta, ahora sí, y sobre el vacío; parece que lo fundamental es encontrarle algún significado adecuado —eso es favorable— a la percepción, ineludible, de nuestra insignificancia. Somos finitos, pero nuestro potentísimo motor cognitivo nos lanza hasta la infinitud, aunque sólo sea con el deseo y mediante la capacidad de construir maravillosas narraciones sobre nuestras vidas, que no es poco.

El proceso de envejecer va produciendo graduales modificaciones en las características biológicas propias de cada sujeto —que suelen traducirse en limitaciones de algunas capacidades en diferentes grados— y, también, a consecuencia de éstas y/o de la forma con que los ancianos son tratados en nuestra sociedad, afloran diversos aspectos psicosociales que pueden llegar a repercutir de forma desfavorable en la última fase de la vida humana. Preocupa a mucha gente que la inteligencia y sus capacidades puedan disminuir con el paso de los años, pero esta vieja tesis ya ha sido refutada por multitud de investigaciones científicas. Siendo cierto que la inteligencia fluida declina en paralelo al deterioro neuronal, también lo es que el potencial de aprendizaje sigue presente en muchas habilidades intelectuales como pueden ser la interacción social y el manejo de conocimientos. Con la edad se produce una disminución en la velocidad de los procesos sensitivos y motores, pero buena parte del declive cognitivo no se debe a esa reducción sino al hecho de que muchos ancianos dejan de ejercer habilidades que tenían con anterioridad y éstas acaban perdiendo eficacia y quedan mermadas.
Uno de los aspectos más llamativos de la senectud es el de la disminución de la capacidad de memoria, un síntoma subjetivo —que uno mismo cree apreciar comparándose con lo que recuerda que fue— que algunos estudios adjudican a entre un 25 y 50% de los mayores de 60 años… aunque otras investigaciones, indagando en esta cuestión desde una perspectiva diferente, afirman que un 20% de los mayores de 85 años jamás ha presentado problemas de memoria. En realidad, el proceso de envejecer no influye sobre los contenidos de la memoria, que pueden incrementarse sin problemas —tal como demuestran las muchísimas personas que, por ejemplo, realizan estudios universitarios tras haberse jubilado y/o aprenden complicadas técnicas totalmente nuevas para ellos—, aunque puedan decrecer las capacidades —estructuras y procesos— de la memoria.
Entre los 45 a 60 años se está en la etapa de preparación para la vejez, es el tiempo de revisar o retomar las actividades físicas —deportes, excursiones, caminatas—; de controlar y variar la dieta, adaptándola a las nuevas necesidades orgánicas y, si no se hizo antes, priorizando los alimentos saludables y abandonando los de riesgo; de combatir a fondo el estrés y las situaciones que lo producen, ya que el organismo aguantará cada vez peor este tipo de agresión; de abandonar hábitos tan lesivos como el tabaquismo, y de poner coto a los excesos en la ingesta de alcohol y de comida…; también es el tiempo de retomar muchos contactos sociales que la actividad laboral obligó a dejar en suspenso; ahora, más que en ninguna otra época, las relaciones deben medirse por la calidad del afecto, por el disfrute que permiten compartir.

En definitiva, ser viejo supone un problema para todo el mundo, incluida la propia familia, y resulta una molestia incompatible con la «cultura industrial moderna». Ése es el marco en el que estamos condenados a envejecer, pero no olvidemos que esta lamentable situación social es obra de todos nosotros; tenemos el modelo de familia y de sociedad que hemos contribuido a crear, fortalecer y mantener.

Todo cuanto podamos cambiar en una vida, para mejoraría mientras dure y para suavizar el choque inevitable que deberá asumir ante su extinción, no sólo será un privilegio, sino un deber para consigo y los demás. Tal necesidad, además, resulta tanto más apremiante si le damos crédito al moralista francés Jean La Bruyère (1645-1696) cuando afirmó que: «Los más de los hombres emplean la primera parte de su vida en hacer la otra parte miserable».
Será de mucha ayuda, también, tener claras, al menos, tres cosas.
1) No se quiere más a una persona, ni duele menos su pérdida, si se gasta más dinero en su entierro.
2) El momento del entierro pertenece a los deudos, es su momento de dolor y debe vivirse a su manera, no de la forma que prefiera o decida una funeraria —que es un mero proveedor de servicios, no un asesor, ni mucho menos un amigo—; cada uno puede y debe ser libre para establecer la forma y contenido del ritual que desee, no hay normas únicas para expresar los sentimientos hacia la persona fallecida y no importa en absoluto lo que otros puedan pensar y opinar al respecto.
3) No debe hacerse nada si no se está seguro de ello y debe evitarse la sensación de que otro te está llevando, es preciso tener un papel activo en la toma de decisiones. Estar aturdido por la muerte de un ser querido no convierte a la persona en irreflexiva, sólo le dificulta más o menos la capacidad de pensar con la nitidez y rapidez habituales; puede costar algo más tomar iniciativas, quizás haga falta apoyarse en opiniones de amigos.

La sociedad industrial moderna masacra todo cuanto frena sus intereses sin importarle las consecuencias, y eso, ciertamente, ha mejorado nuestras vidas en lo material —aunque sólo a una parte de la población del privilegiado primer mundo—, pero teniendo que pagar el precio de dejar el planeta hecho unos zorros y sumido en una agonía muy difícil de superar, ¿acabaremos haciendo lo mismo con nuestro propio organismo? O tal vez logremos justo lo contrario consiguiendo un organismo perfecto, sano y resistente, pero ¿será eso la panacea universal?.
Nunca antes el ser humano ha estado tan cerca de lograr su sueño de inmortalidad o, al menos, su anhelo de poder alcanzar una edad elevada gozando de buena salud, pero el precio a pagar puede acabar siendo desmedido.
Nuestra hambre de salud a cualquier precio, y la prepotencia de parte del colectivo científico, unida a la voracidad económica de las multinacionales del ramo y al sometimiento de los gobiernos a éstas, también cambiará la historia de toda la especie humana…
Jugar con la vida es hacerlo también con la muerte. Andar por la cuerda floja es un ejercicio circense emocionante, pero peligroso. ¿Somos conscientes de los riesgos que tendremos que asumir cuando la genómica tome las riendas de nuestra vida?.

This book has some chiaroscuro but the subject is interesting. The author approaches this natural process as an experience that is nourished by the perception that each one has of their own existence and revealing, in addition, the keys to the fact of dying seen from biology, psychology, sociology, medicine and law.
This book is an essay that offers guidance, answers and solutions to address the fundamental issues around death: aging, care and relationship with the terminally ill, patient rights, coping with death, grief, children and death, dealing with funeral homes, experiences close to death, new gene therapies, etc. However at certain times it seems to stay in no man’s land.

Nobody escapes death, even if it passes its existence avoiding thinking about it, Death is the only true destiny that awaits us at birth, everything else, everything we are able to do, obtain, enjoy or suffer is mere anecdote it fills the space and time that passes between the alpha and omega of what we call “a life”. When you are born, you are old enough to die. Nothing is as democratic as death.
I would be lying if I said that death does not worry.
The majority of humanity believes in post-mortem survival, although I am afraid that it is not a better or worse position than denying such a possibility. Death does not distinguish between believers and non-believers; only the characteristics with which each one has integrated death into his life-cycle model-adopting hope in some kind of life beyond, or accepting the end here and now-distinguishes us from one another. There is only one way to extinguish, but the possible ways of perceiving the act and the fact of dying can be as varied as the people themselves; there are no better or worse ones, it is only possible to differentiate, perhaps, between those that diminish or eliminate the anguish in the face of extinction and those that do not.

The possibility of aging, therefore, even being useless for the perpetuation of the species, provided a very important evolutionary advantage in order to be able to transmit knowledge to new generations and maintain a social organization as sophisticated as human. So, the years that we live in excess – considering it from the perspective of purely biological needs – are a wonderful gift of our evolutionary process that we should know better. Nothing makes our species the absolute right to live more, as we like to believe and even demand; On the contrary, only because of our intelligence and ability have we conquered the relative good of extending our life more or less.
Humans perceive death as a punishment, as something unjust and absurd that brings us the pain of the irreparable loss of others and the anguish of knowing also destined for extinction. But, nevertheless, death is a fundamental part of the very possibility of existing since we began our embryonic development.

Humans, like the rest of mammals, learn through two basic ways, observation and previous experiences -acquired and filtered through the trial / error mechanism- and, depending on the circumstances that surround each case -always very complex, diverse and changing – and the capacity for individual adaptation – and / or collective -, we thrive or fail – within socially and biologically established limits – but this reality, which applies to all of Nature, is not usually accepted as such when applied to the humans.
Our basic cognitive need, to build a logical and coherent path to the hereafter, costs nothing more than taking a step … in a straight line, now, and on the void; it seems that the fundamental thing is to find some suitable meaning – that is favorable – to the inescapable perception of our insignificance. We are finite, but our potent cognitive engine launches us to infinity, if only with desire and through the ability to build wonderful narratives about our lives, which is no small thing.

The aging process produces gradual changes in the biological characteristics of each subject -which usually translate into limitations of some abilities in different degrees- and, also, as a consequence of these and / or the way in which the elderly are treated in our society, various psychosocial aspects emerge that can have an unfavorable impact on the last phase of human life. Many people worry that intelligence and their abilities may diminish over the years, but this old thesis has already been refuted by a multitude of scientific investigations. While it is true that fluid intelligence declines in parallel to neuronal deterioration, so is the learning potential that is still present in many intellectual abilities such as social interaction and knowledge management. With age there is a decrease in the speed of sensory and motor processes, but a large part of the cognitive decline is not due to this reduction but to the fact that many elderly people stop exercising skills that they previously had and these end up losing effectiveness and they are depleted.
One of the most striking aspects of aging is the decrease in memory capacity, a subjective symptom that one believes to appreciate compared to what he remembers was that some studies adjudge between 25 and 50% of the over 60 years … although other research, inquiring into this issue from a different perspective, say that 20% of those over 85 years has never presented memory problems. In fact, the process of aging does not influence the contents of memory, which can increase without problems – as shown by the many people who, for example, pursue university studies after retiring and / or learn complicated techniques completely new to them- , although the capacities -structures and processes- of memory may decrease.
Between the ages of 45 and 60, we are in the stage of preparing for old age; it is the time to revise or resume physical activities-sports, excursions, walks; to control and vary the diet, adapting it to the new organic needs and, if it was not done before, prioritizing healthy foods and abandoning those at risk; to fight stress in depth and the situations that produce it, since the organism will endure this type of aggression worse and worse; to abandon habits as harmful as smoking, and to stop the excesses in the intake of alcohol and food …; it is also the time to resume many social contacts that the labor activity forced to leave in suspense; Now, more than at any other time, relationships should be measured by the quality of affection, by the enjoyment that allows sharing.

In short, being old is a problem for everyone, including one’s family, and it is a nuisance incompatible with “modern industrial culture.” That is the framework in which we are condemned to grow old, but let us not forget that this lamentable social situation is the work of all of us; We have the model of family and society that we have contributed to create, strengthen and maintain.

Everything that we can change in a life, to improve while it lasts and to soften the inevitable shock that must assume before its extinction, not only will be a privilege, but a duty for itself and others. This need, moreover, is all the more urgent if we give credit to the French moralist Jean La Bruyère (1645-1696) when he stated that: “Most of men use the first part of their lives to make the other part miserable.”
It will be very helpful, too, to have clear, at least, three things.
1) You do not want a person anymore, nor your loss hurts less, if you spend more money on your funeral.
2) The moment of the funeral belongs to the mourners, it is their moment of pain and must be lived in their own way, not in the way they prefer or decide a funeral home – which is a mere provider of services, not an adviser, much less a friend-; everyone can and should be free to establish the form and content of the ritual that they want, there are no unique rules to express feelings towards the deceased and it does not matter at all what others may think and think about it.
3) Nothing should be done if you are not sure of it and you should avoid the feeling that another is taking you, you must have an active role in decision making. Being stunned by the death of a loved one does not make the person unreflective, it only makes it more or less difficult for him to think with the usual sharpness and speed; It may cost something more to take initiatives, maybe you need to rely on the opinions of friends.

The modern industrial society massacres everything that slows down its interests without caring about the consequences, and that certainly has improved our lives materially – although only a part of the population of the privileged first world – but having to pay the price of leaving the planet made foxes and plunged into an agony very difficult to overcome, will we end up doing the same with our own body? Or maybe we achieve just the opposite getting a perfect organism, healthy and resistant, but will that be the universal panacea ?.
Never before has the human being been so close to achieving his dream of immortality or, at least, his desire to reach a high age enjoying good health, but the price to pay may end up being excessive.
Our hunger for health at any price, and the arrogance on the part of the scientific community, together with the economic voracity of the multinationals in the sector and the submission of governments to them, will also change the history of the entire human species …
Playing with life is also doing it with death. Walking the tightrope is an exciting but dangerous circus exercise. Are we aware of the risks we will have to assume when genomics takes over our life?

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