Los Médicos De Hitler — Manuel Moros Peña / Hitler´s Doctors by Manuel Moros Peña (spanish book edition)

Magnífico. Aunque al autor se le puede reprochar con razón que, a pesar de titularse el libro Médicos de Hitler, empiece a hablar del tema casi a la mitad del libro, siendo las más de cien primeras páginas una extensa introducción a la historia de la eugenesia, lo cierto es que está tan bien contado y el tema es tan interesante que se le puede perdonar esto. Realmente, como digo, hasta el capítulo 6 no empieza a hablar propiamente de los médicos en la Alemania nazi. Pero para los que no los conozcan aún, en este libro encontrarán una buena síntesis.
Al final del libro hace una aportación novedosa, al comparar las prácticas médicas nazis con las efectuadas en Estados Unidos, donde hubo miles de pacientes objeto de experimentación no consentida, y hasta años recientes, prácticamente. Lo cual lleva al autor a hacer reflexiones sobre la ética médica y su importante papel en la sociedad.

Uno de los mitos más importantes legados al mundo por la rica cultura alemana es el de Fausto, el médico que llevado por un insaciable deseo de conocimientos no dudó en pactar con el mismísimo diablo para conseguirlos, provocando con ello su propia perdición y la desgracia de quienes lo rodeaban. Johann Wolfgang Goethe, considerado por muchos el más grande de los literatos alemanes, dedicó nada más y nada menos que sesenta años de los ochenta y dos que vivió a escribir su magistral versión de la leyenda, y un número considerable de eminentes autores, desde Thomas Mann a Oscar Wilde, enriquecieron con obras basadas en ella los tesoros espirituales de la humanidad.
Uno de los capítulos más espantosos y desconocidos de la historia de esta locura es la colaboración de muchos médicos alemanes en el programa de esterilización forzada y en el asesinato de enfermos mentales y discapacitados, auténtica antesala intelectual y material del Holocausto. Además fueron también muchos los profesionales de renombre, profesores universitarios, hombres con brillantísimas carreras los que pactaron con el diablo y se prestaron a utilizar el material humano proporcionado por Heinrich Himmler (el Reichsführer-SS o jefe supremo de las SS, encargadas de la administración de los campos) para verificar delirantes hipótesis y practicar insensatos experimentos.
Himmler, un ingeniero agrónomo con una cultura científica limitada, era un apasionado de las investigaciones médicas. Consideraba a sus médicos «los soldados biológicos del Tercer Reich», unas armas para combatir y aniquilar a las razas inferiores y a los enemigos del Estado tan temibles como los poderosos Panzers. Así, estos hombres cuyo oficio consistía en aliviar el dolor y preservar la vida se convirtieron en instrumentos de sufrimiento y muerte, mancillando el honor del cuerpo médico alemán durante varias generaciones.
Inmediatamente después de tomar el poder, Hitler comenzó a poner en marcha su programa en defensa de la raza aria promulgando leyes referentes a la protección de la supuesta raza superior. El 15 de septiembre de 1935, en medio de la euforia de la celebración del congreso del partido nazi en su ciudad preferida, el Führer firmó las llamadas Leyes de Núremberg, que redefinían la categoría de ciudadanía alemana en términos raciales, considerándose como judío no a alguien que tuviera determinadas creencias religiosas, sino a cualquier persona que tuviera tres o cuatro abuelos judíos.

Hitler tuvo muchas palabras de elogio para la eficiencia de la política norteamericana de exterminio de los nativos, y la ideología del Destino Manifiesto, traducida al alemán a principios del siglo XX, contribuyó al concepto del Lebensraum, el espacio vital reclamado por los nazis para justificar su expansión militar.
Las ideas de Walker eran compartidas por gran parte de la élite norteamericana. En 1889, Prescott Farnsworth Hall, Robert DeCourcy Ward y Charles Warren fundaron la Inmigration Restriction League (Liga para la Restricción de la Inmigración), una asociación antisemita, anticatólica y anti todo lo que no fuera anglosajón que propugnaba pruebas de lectura como método para prohibir la entrada en el país de los inmigrantes de razas inferiores. A los diez años de su fundación, incluía a destacados profesores universitarios, banqueros e intelectuales.
Toda esta combinación de factores hizo que Estados Unidos fuera un campo fértil donde las venenosas aguas de la eugenesia hicieron florecer vigorosamente la semilla de un racismo presente desde mucho tiempo atrás al otorgarle la dignidad de una teoría científica. La eugenesia suponía una excusa perfecta (y «científica») para frenar esta invasión bárbara bajo la premisa de que la pureza genética nacional debía mantenerse alejada de las razas inferiores.
Para los eugenistas norteamericanos (fieles seguidores de Galton), la inteligencia era innata, heredada e imposible de ser modificada por factores ambientales. Además, casi todos los aspectos relevantes de la conducta humana dependían de ella. Una baja inteligencia era la causa del comportamiento delictivo de los criminales y del comportamiento desordenado de los asociales.
El principal promotor de las ideas eugenésicas en Estados Unidos fue Charles Davenport, un biólogo de Harvard que importó el movimiento británico después de viajar a este país en 1897 para encontrarse con Galton. Al año siguiente se trasladó a Nueva York para dirigir el Laboratorio de Biología de Cold Spring Harbor, un centro para el estudio de la evolución. En 1904 convenció al Instituto Carnegie de Washington (fundado por el magnate del acero Andrew Carnegie, considerado el segundo hombre más rico de la historia) para crear en un terreno adyacente el Instituto Carnegie para la Evolución Experimental, donde trabajaron biólogos notables como George H. Shull y Thomas Huant Morgan.
El enorme prestigio conseguido por los eugenistas norteamericanos entre la comunidad internacional hizo que en 1921 se organizara en Nueva York el Segundo Congreso Internacional sobre Eugenesia, que tuvo lugar entre el 22 y el 28 de septiembre en el Museo Americano de Historia Natural. A él acudieron trescientos delegados de países como Francia, Inglaterra, Italia, Bélgica, Checoslovaquia, Noruega, Suecia, Dinamarca, Japón, México, Cuba, Venezuela, India, Australia, Nueva Zelanda, San Salvador, Siam y Uruguay. Alemania y Rusia no fueron invitadas, pues fueron excluidas de muchas reuniones internacionales después de la guerra, a pesar de las excelentes relaciones que seguían manteniendo los eugenistas alemanes con los norteamericanos. El presidente fue Henry Fairfield Osborn; Madison Grant, el tesorero; Harry Laughlin, encargado de las exposiciones y Lothrop Stoddard se encargó de la publicidad.
El tono general del congreso quedó perfectamente reflejado en la conferencia inaugural, que pronunció Osborn. Dijo que América estaba entablando una batalla crucial para mantener las instituciones republicanas, que estaban amenazadas por los inmigrantes que «son incapaces de compartir las obligaciones y responsabilidades» de la democracia.
La AES( American Eugenics Society) consiguió aglutinar a los más importantes eugenistas norteamericanos, entre los que se encontraban licenciados en prestigiosas universidades como Harvard, Yale, Columbia y John Hopkins, muchos de ellos con reputaciones internacionales. Todo biólogo de renombre se unió al grupo, así como numerosos médicos, estadísticos, religiosos, educadores y filántropos. Su intención era estar presentes en todos los estamentos sociales; hacer que la información eugenésica fuera fácilmente accesible a todo el mundo. Era fundamental hacer que la suprema importancia de los factores biológicos en la vida del ser humano fuera una parte integral del sistema educativo, empezando por la escuela elemental, donde veían muy deseable fomentar la utilización de test de inteligencia para seleccionar las ocupaciones y los programas educacionales tanto de los niños más dotados como de los normales. Querían hacer que las ideas esenciales de la eugenesia fueran tan familiares a los niños como la tabla de multiplicar, usando para ello libros de texto y manuales para profesores.
Varios estados contaban ya con leyes de esterilización. El primero había sido Indiana, que en 1907 había promulgado una ley de esterilización forzosa para los delincuentes reincidentes, los idiotas y los violadores. En 1904 ya se había prohibido el matrimonio a los deficientes mentales, a los portadores de enfermedades transmisibles y a los alcohólicos, exigiéndose aportar un certificado médico a quienes desearan contraer matrimonio.
La ley de esterilización establecía que «teniendo en cuenta que la herencia ocupa el lugar más importante en la transmisión de la tendencia al delito, la idiotez y la imbecilidad», los directores de los institutos donde se hallaran recluidos debían nombrar una comisión compuesta por dos médicos especialistas que deberían examinar a estos individuos. Cuando la comisión estableciera que sus condiciones físicas y psíquicas aconsejaban evitar su descendencia, se realizaba la intervención.
Anteriormente, ya desde 1902 y sin contar con ninguna cobertura legal, el doctor Harry Clay Sharp, médico del Indiana Reformatory de Jeffersonville, ya había esterilizado a decenas de sus internos.

Adolf Hitler, durante toda la década de 1930, miles de personas que pretendían emigrar a los Estados Unidos huyendo de los nazis fueron abandonadas a su suerte, incluso cuando los cupos asignados a los países del norte y el oeste europeo no llegaron a cubrirse. Entre 1933 y 1941, los nazis intentaron convertir Alemania en un país Judenrein, ‘limpio de judíos’, haciendo tan difícil la vida de los aproximadamente seiscientos mil judíos alemanes que estos se vieron forzados a salir del país. En 1938, cerca de ciento cincuenta mil, uno de cada cuatro, ya lo había hecho. Después de que Alemania se anexionara Austria en 1938, otros 185.000 judíos fueron puestos bajo dominio nazi. En respuesta a la creciente presión política, el presidente Franklin D. Roosevelt convocó una conferencia internacional para facilitar la emigración de refugiados de Alemania y Austria, y a principios de julio de 1938, los delegados de treinta y dos países se reunieron en el balneario francés de Evian. Durante la cumbre, que duró nueve días, un delegado tras otro se alzó para expresar su compasión por los refugiados, pero la mayoría de los países, incluyendo Inglaterra y Estados Unidos, dieron excusas para no admitirlos. Sólo la República Dominicana acogió muchos más. El Gobierno alemán comentó lo asombroso que le resultaba que les criticaran por su política antisemita, pero que ningún país les abriera sus puertas.
Desde los tiempos del canciller de hierro. Las compañías crearon clínicas dotadas de laboratorios donde los médicos contratados por cada una de ellas atendían a sus asegurados, muchos de los cuales eran por primera vez atendidos por un profesional cualificado, ya que hasta entonces sólo las clases altas que podían pagarlo tenían acceso a él mientras que los más desfavorecidos debían recurrir a la beneficencia, de mucha peor calidad. Ahora, los médicos tenían en sus manos la capacidad de decidir quién era realmente merecedor de poder seguir alimentando a su familia mientras estuviera enfermo o de cobrar una pensión de por vida si ya no podía trabajar. También eran los encargados de velar por la seguridad en el trabajo para evitar accidentes que costarían dinero a las aseguradoras y de garantizar unas medidas de higiene como prevención de enfermedades. Eran ellos los encargados de mantener la economía del país asegurando que los obreros pudieran seguir trabajando y, por lo tanto, produciendo. Los médicos asumieron el liderazgo para conseguir una nación sana, limpia e industrializada.
El auge de Lenz y de la rama racista de la Sociedad de Higiene Racial acrecentó las diferencias con la otra principal facción, la de Berlín. Mientras estos reflejaban el apoyo de esta ciudad y de Prusia en general a la república, Baviera y en particular Múnich se convirtieron en el refugio de organizaciones de extrema derecha como los paramilitares Freikorps, el naciente Partido Nacional Socialista y todos los antisemitas y antibolcheviques ultranacionalistas que temían la reinstauración de la odiada y efímera república de tintes soviéticos fundada en esta región en noviembre de 1918 y que sólo duró hasta mayo del año siguiente. Por ello, la rama de Berlín (liderada por Hermann Muckermann y Arthur Ostermann, después de que Schallmayer muriera el 4 de octubre de 1919 de un ataque al corazón) apoyó la propuesta de los siete mil miembros de la Reichsverband der deutschen Standesbeamten o Asociación del Reich de Registradores Alemanes, un grupo de funcionarios civiles con base en Berlín, encargados de registrar los nacimientos, defunciones y muertes y de promocionar la salud. De ellos partió la idea de crear una asociación paralela a la Sociedad de Higiene Racial, pero sin sus tintes racistas ni meritocráticos, que representaba la degeneración y de las medidas que debían tomarse, entre todos, para conseguir una «regeneración nacional».

El 18 de septiembre de 1931, y por mediación de Muckermann, la sociedad se unió a la Liga bajo el nombre de Deutsche Bund für Rassenhygiene (Eugenik), es decir, se equiparaba la higiene racial con la eugenesia, pretendiendo despojar a la sociedad de todo contenido racista. Se creaba de esta forma una sociedad más numerosa, más popular y más influyente. Ello no quería decir que Lenz, Rüdin o Ploetz abandonaran sus sentimientos proarios. Simplemente los dejaron de lado en favor de la unidad del movimiento. Pronto los recuperarían, pues la higiene racial ya no estaba confinada al programa de un grupo de profesionales médicos, sino que era un concepto cada vez más relacionado con el partido nazi. El año anterior, Lenz había definido a Hitler como «el primer político realmente importante que ha tomado la higiene racial como un importante elemento de la política de estado».
La revista de la nueva sociedad, Eugenik, editada por Ostermann con una tirada de cinco mil ejemplares, publicó numerosos artículos donde presentó la eugenesia como una solución a los problemas económicos.
Muckermann publicó uno donde decía que cada enfermo mental internado en una institución pública costaba 3,45 marcos al día, lo que significa un gasto total para el Estado de cerca de 185 millones de marcos anuales en un momento en el que no había suficiente dinero para evitar que los individuos sanos pasaran hambre. Aunque el antiguo jesuita nunca sugirió que se tratara a los degenerados de una forma inhumana, tenía muy claro que en tiempos de crisis, estos elementos no productivos debían ser considerados ciudadanos de segunda clase y recibir del Estado sólo lo mínimo necesario para su subsistencia.
La necesidad de recortar el gasto público junto con la constante presión ejercida por Ostermann, Muckermann y otros influyentes eugenistas hizo que, finalmente, el Gobierno de Prusia atendiera sus demandas. El 20 de enero de 1932 aprobó una resolución para reconocer la importancia de la eugenesia, popularizarla por todos los medios posibles y disminuir la cantidad de dinero dedicada a los improductivos a un nivel «que pueda ser soportado por un pueblo completamente arruinado».
El 20 de julio, en medio del caos político y de violentos enfrentamientos entre nazis y comunistas, el nuevo canciller, el conservador Franz von Papen, depuso el Gobierno de Prusia, bastión vital de la socialdemocracia, y se convirtió en comisario del Reich para ese Estado.

Mein Kampf era una mezcla explosiva de darwinismo social, eugenesia, higiene racial, antisemitismo e ideología Völkisch, es decir, de las doctrinas más peligrosas de la época. Y lo que nos resulta más chocante, casi un siglo después, es que en un país tan inestable como la Alemania de Weimar, donde todo podía suceder, a nadie se le ocurriera que algún día Hitler pudiese llegar al poder y que, de hacerlo, no dudase en poner en práctica sus desquiciados planes. Es como si alguien viera a un demente preparando un cóctel molotov en una gasolinera y no se le pasara por la cabeza que, en un momento u otro, va a utilizarlo. Nadie prepara una bomba para pasar el rato. Cómo fue posible que este libro fuera difundido libremente y que pese a ello, años después de estar circulando, Hitler alcanzara el poder es, sin duda, uno de los mayores misterios del Tercer Reich.
Como los darwinistas sociales, Hitler argumentaba que la ley natural es la ley de la eterna lucha entre los fuertes y los débiles, y que la vida humana no está exenta de su implacable selección: «Quien desee vivir debe luchar, y quien no estuviese dispuesto a ello en este mundo de luchas eternas, no merece vivir. Por más doloroso que resulte, simplemente es así». La naturaleza preserva al más fuerte y elimina al débil: «La lucha por el pan cotidiano deja sucumbir a todo el que es débil, enfermo y menos resuelto».
El Estado sería también el encargado de confirmar la aptitud para la procreación emitiendo certificados de salubridad a los jóvenes una vez cumplido su servicio militar, «como testimonio de sanidad corporal para el matrimonio». En sus discursos, Hitler habló a menudo de eugenesia y política de población, dando a entender en ocasiones que los no aptos eran prescindibles. Sin embargo, sólo muy rara vez se refirió explícitamente a la eliminación física de los que consideraba inferiores. Sí lo hizo en el tercer libro que escribió, que terminó en 1928, que nunca fue publicado y que permaneció guardado en una caja fuerte de la editorial Eher-Verlag, en el centro de Múnich, hasta el final de la guerra, diecisiete años después. En el llamado Zweites Buch (segundo libro), se explayó sobre la eterna lucha por la supervivencia, origen de las razas, las tribus, los pueblos y, en última instancia, las naciones. La política era «la acción de la lucha por la vida de un pueblo»; una lucha cruel y despiadada en la que no había sitio para los débiles ni los enfermos: «La humanidad, por lo tanto, sólo es la esclava de la debilidad y en verdad la más cruel destructora de la existencia humana».

Los médicos alemanes fueron un colectivo que acogió con entusiasmo las propuestas nazis, incluso mucho antes de que Hitler llegara al poder. De hecho, se unieron al partido antes y en mayor número que ningún otro grupo profesional. Ya en 1929, durante el congreso del partido en Núremberg, un grupo de cuarenta y cuatro médicos fundó la Nationalsozialistischer Deutscher Ärztebund (NSDÄB) o Liga Nacionalsocialista de Médicos Alemanes con el objetivo de coordinar su política y «purificar la comunidad médica alemana de la influencia del bolchevismo judío», requiriendo para aceptar a un médico entre sus filas que este se afiliara al NSDAP. Como presidente fue elegido el cirujano y ginecólogo Ludwig Liebl, de vicepresidente, el psiquiatra Theo Lang y como tesorero, el médico general Gerhard Wagner.
La Liga tenía entre sus principales objetivos la promoción del conocimiento de la eugenesia y «proporcionar al partido nazi y al futuro líder de la nación expertos en todas las áreas de salud pública y biología racial».
Los higienistas raciales comentaron a la prensa internacional que el coste del programa de esterilización sería de unos catorce millones de Reichsmarks, una cantidad insignificante comparada con los mil millones que costaba al Estado la «descendencia genéticamente enferma». Evitar que quienes tuvieran este tipo de enfermedades las transmitieran a sus hijos supondría el ahorro de miles de millones de Reichsmarks en las siguientes décadas. Para concienciar a la opinión pública de la necesidad de la ley, Goebbels, el todopoderoso ministro de Propaganda, utilizó libros educativos, programas de radio, panfletos y películas como Erbkrank (Los genéticamente enfermos), donde se decía que «un pueblo que construye palacios para los hijos de los borrachos, criminales e idiotas, y que al mismo tiempo permite que sus trabajadores y granjeros vivan en miserables cuevas, está en camino hacia una rápida autodestrucción».
En 1934, Eugenic News decía que «corresponde a Alemania liderar a las naciones del mundo en el reconocimiento de las bases biológicas del carácter nacional. Es probable que los estatutos de varios estados norteamericanos y la ley alemana de esterilización marquen, dentro de la historia de las leyes, un hito que señalará el control por parte de las naciones más avanzadas del mundo de un aspecto fundamental en el control de la reproducción humana». En la misma publicación, Laughlin alababa la ley alemana y concluía: «Sin duda, la experiencia de los veintisiete estados norteamericanos ha inspirado la redacción de su nueva ley de esterilización. Para alguien versado en la historia de la esterilización eugenésica en América, el texto de la ley alemana copia casi textualmente nuestra ley modelo». Como reconocimiento, la Facultad de Medicina de Heidelberg lo nombró doctor honoris causa en 1936. Laughlin se hizo con una copia en inglés de Erbkrank, y consiguió fondos de la Carnegie Institution y de la Pioneer Fund del millonario Wickliffe Draper para distribuirla en Estados Unidos, ya que, en su opinión, reflejaba con fidelidad la política alemana de «prevenir tan a largo plazo como sea posible la degeneración hereditaria».
A finales de 1934, Hitler había creado la Cancillería del Führer como el órgano encargado de mantenerle en contacto con las preocupaciones de su pueblo, nombrando responsable a Philipp Bouhler. En 1936 contaba con seis departamentos, siendo el más importante de ellos el Amt 2, dirigido por Viktor Brack, que se ocupaba de las llamadas «peticiones de gracia», donde podía acudir cualquier ciudadano del Reich que deseara solicitar algo a Hitler. Su sección IIb estaba dirigida por Hans Hefelmann, y tenía a su cargo atender las peticiones que tocaban temas delicados que afectaban a la competencia del Departamento de Salud del Ministerio de Interior.
En marzo de 1939 se recibió allí una carta cuando menos peculiar. La firmaba un tal Knauer, de Pomssen, cerca de Leipzig. Era un miembro del partido que tenía un hijo de nueve semanas que había nacido ciego, sin una pierna y parte de un brazo y que, además, padecía un retraso mental, por lo que solicitaba al Führer autorización para acabar con su vida por el bien de la raza. Hitler envió a su médico de escolta, Karl Brandt, a examinar personalmente al niño y, si su situación era la que se recogía en el informe.

El 18 de julio de 1939, Hefelmann le dijo a su superior, Viktor Brack, que Hitler había autorizado a Conti a poner en marcha un programa de eutanasia de enfermos mentales adultos. Él se había enterado porque se lo había comentado, en el más estricto secreto, el oftalmólogo Unger. Para no perder el control, Brack le hizo redactar un breve memorando de los manicomios y se lo llevó a Bouhler, que no tuvo demasiados problemas para conseguir que Hitler ampliase la autorización que anteriormente les había otorgado a él y a Brandt para ocuparse de la eutanasia infantil. En agosto, Hitler le dijo que la operación debía ser llevada en el más estricto secreto, para evitar tanto el retraso burocrático que supondría su aprobación legislativa como el rechazo de la Iglesia. De hecho, la única prueba de que tan horrible encargo partió personalmente del Führer es un documento que ha llegado hasta nuestros días, redactado en un papel oficial del tipo que usaba para su correspondencia personal, en cuya parte superior izquierda figura el águila nazi sobre su nombre, y en el que puede leerse: «El jefe de la Cancillería Bouhler y el doctor en Medicina Brandt están encargados de la responsabilidad de extender la autoridad de ciertos médicos, que designarán personalmente, con la finalidad de que a todos los pacientes que se consideren incurables, según el mejor de los juicios humanos disponibles, se les garantice una muerte piadosa».
Además de con los médicos ya involucrados en el anterior programa de exterminio (Heinze, Wentzler, Catel y Pfannmüller), se contactó con destacados psiquiatras y con los directores de los principales manicomios del país, como Carl Schneider, director de la Clínica de Psiquiatría y Neurología de la Universidad de Heidelberg; Maximilian de Crinis, de la de Berlín; Paul Nitsche, de la Universidad de Halle y director del psiquiátrico de Sonnenstein; Berthold Kihn, de la Universidad de Jena; Wilhelm Bender, director del psiquiátrico de Berlín-Bunch; Gustav Adolf Waetzold, director del de Wittenauer o Friedrich Mennecke, director del hospital de Eichberg, pues en el documento firmado por Hitler quedaba claro que debían ser los médicos los responsables de la muerte piadosa de los incurables. Todos ellos fueron reunidos en la Cancillería, en Berlín, e informados sobre los procedimientos relativos al programa de exterminio de los enfermos mentales, asegurándoles que aunque no estuviera encuadrado en un marco legal, no debían temer nada, pues era una orden personal del Führer, tal y como quedaba plasmado en el documento que les fue enseñado. Se mostraron abrumadoramente favorables y dispuestos a colaborar. Todos eran miembros del partido, la mayoría pertenecía además a las SS.

El primero de estos centros (auténticos mataderos) en abrir sus puertas fue el de Brandenburg, cerca de Berlín, una antigua prisión rehabilitada para su nueva y macabra función. En un primer momento, el método elegido para asesinar a los enfermos fue la inyección letal, para lo cual se probaron diferentes combinaciones de morfina, escopolamina, curare y ácido prúsico, que Brandt y Conti administraron personalmente a unos cinco o seis enfermos. Pronto se descartó por ser demasiado lento. Parece ser que fue Brandt quien sugirió el uso de gas, pues en una ocasión había inhalado gases de un horno estropeado y la sensación que había experimentado fue que, de haber muerto, no habría sufrido en absoluto. Por ello, esta clase de muerte le parecía en concordancia con la «muerte caritativa» que había ordenado el Führer. Se consultó el tema con un químico de la Oficina de Policía Criminal del Reich (Kripo) llamado Albert Widmann, que recomendó que el gas utilizado fuera monóxido de carbono. Christian Wirth, jefe de la Kripo de Stuttgart, fue enviado para supervisar la operación. También se habló con la Oficina Principal de Seguridad del Reich (Reichssicheritshauptamt o RSHA), uno de los departamentos principales de las SS.
Teniendo en cuenta la rapidez y la eficacia del método, no resulta extraño que, para finales de ese año, casi todos los judíos internados en hospitales alemanes no fueran ya más que cenizas, anticipando lo que vendría después.
Los médicos expertos de T4 delegaron la responsabilidad de eliminar a los enfermos mentales incurables en los médicos más jóvenes, que aunaban a su falta de experiencia su entusiasmo político y sus deseos de medrar profesionalmente. En Brandenburg, por ejemplo, Eberl sólo tenía veintinueve años cuando aprendió a operar el mecanismo del gas. Rudolf Lonauer, que dirigió Hartheim, treinta y dos; Horst Schumann, que se encargó primero de Grafeneck y después de Sonnenstein, treinta y tres; y Ernst Baumhard.
La deshumanización del «otro» facilita muchísimo las cosas a la hora de someterlo a actos de gran crueldad o asesinarlo, porque entonces la regla de oro de no hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros deja de tener valor. No hay remordimientos, ni sensación de haber hecho nada malo. La autocensura moral queda anulada, pues sólo es aplicable a nuestros semejantes. ¿Puede sentirse culpable un exterminador que, cumpliendo su obligación, limpia una casa de insectos o ratas que amenazan a la comunidad con la transmisión de terribles enfermedades? De hecho, el personal encargado de arrastrar los cadáveres desde la cámara de gas a los hornos era conocido como los descontaminadores (Desinfekteure).
Pero cuidado. El que los médicos responsables de T4 creyeran que estaban actuando correctamente y dentro de la legalidad al acabar con la vida de unas «cosas» que amenazaban el bienestar del Volk o que intentemos entender las razones de su conducta no les exime de culpa, cualquiera que fuera el mecanismo psicológico que su mente utilizara para no afrontar la realidad de su complicidad en los crímenes.

El programa 14f13 fue implantado en los principales campos: Dachau, Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg, Mauthausen, Neuengamme, Ravensbrück, Wewelsburg, Auschwitz y Gross-Rosen, constituyendo el punto de transición entre el asesinato de los enfermos mentales y los discapacitados y el exterminio de los asociales y las razas consideradas inferiores o peligrosas. Para entonces, los médicos de T4 ya no distinguían si los «elementos extraños» lo eran desde el punto de vista médico, racial, político o social. Todos ellos amenazaban con contaminar la pureza racial del Volk y debían ser exterminados. Simple biología aplicada…
Como en el programa de eutanasia infantil y en T4, los médicos de los campos debían hacer constar en unos formularios los datos de aquellos que, por debilidad o enfermedad, ya no eran capaces de trabajar o de quienes mostraban un comportamiento inadecuado. También debían incluir a los asociales (gitanos, prostitutas, delincuentes o alcohólicos), indicando los motivos de su detención, y a los judíos. En este último caso bastaba con hacer constar su raza. Una vez realizada esta preselección, los médicos de T4 iban al campo para dar el visto bueno, a veces en solitario y otras formando equipos. Los elegidos fueron al menos doce: Hans-Bodo Gorga β, Otto Hebold, Werner Heyde, Rudolf Lonauer, Friedrich Mennecke, Robert Müller, Paul Nitsche, Viktor Ratka, Kurt Schmalenbach, Horst Schumann, Theodor Steinmeyer y Gerhard Wischer. No era que la dirección de T4 no se fiara del criterio de los médicos de los campos, sino una forma de asegurar que el control del programa de eutanasia siguiera estando en manos de la Cancillería del Führer. De hecho, los médicos enviados se limitaban a hacer una simple inspección visual de los prisioneros ya preseleccionados.

Josef Mengele siempre será recordado como la encarnación de la perversión de la medicina nazi. El hombre al final de la pendiente resbaladiza. Un hombre criado en una familia acomodada, devotamente católica, con una sólida formación científica, un alumno ambicioso y disciplinado que, sin embargo, no sólo envió a las cámaras de gas a cerca de cuatrocientos mil hombres, mujeres y niños, sino que también utilizó a centenares de ellos para llevar a cabo delirantes pseudoexperimentos sin ninguna base científica, realizados la mayoría con el pretexto de beneficiar a la raza aria, pero otros simplemente con el objetivo de satisfacer su insana curiosidad. Al fin y al cabo, iban a morir tarde o temprano, y tan sólo eran «vidas indignas de ser vividas». Y el suyo no fue un caso aislado. El doctor Lettich, deportado en Auschwitz escribió: «Desde el primer momento nosotros pudimos constatar que los médicos alemanes obraban todos del mismo modo, con un absoluto desprecio de la vida humana. Consideraban a los deportados no hombres, sino únicamente material humano». Fueron muchos los médicos que, respaldados y estimulados por Himmler, utilizaron este material humano en beneficio de la pureza del Volk o para mantener la salud y seguridad de la Wehrmacht, unos enfermizamente imbuidos de la cosmovisión nazi.

El comienzo del horror de los campos de concentración. En marzo de 1933, Göring, como ministro del Interior de Prusia, independizó a la Policía Política prusiana del Ministerio Fiscal alegando que: «Derecho es lo que beneficia al pueblo alemán» y la convirtió en la Geheime Staatspolizei (policía secreta del Estado) o Gestapo, poniéndola a las órdenes de su hombre, Rudolf Diels. A partir de la entrada en vigor de este principio se abrieron las puertas a la arbitrariedad policial de quienes manejaban este poderoso instrumento de represión, completamente desvinculado de los tribunales de justicia. Además, Göring incorporó unidades de las SS y las SA a modo de policía auxiliar y les dejó muy claro cuál debía ser su modo de actuación contra los enemigos comunistas: «No puedo actuar contra el populacho rojo con policías que tienen miedo de los procedimientos disciplinarios mientras se encuentran en el cumplimiento de su deber. […] La responsabilidad es mía y sólo mía. Deben entenderlo, si hacen fuego, soy yo el que dispara».
El proceso de deshumanización al que eran sometidos los presos, a los que se afeitaba la cabeza, se uniformaba con unos raídos pijamas a rayas y se asignaba un número. En ese momento dejaban de ser personas y, de hecho, los guardias se referían a ellos como cerdos, inmundicias y cosas peores. Los judíos eran judíos inmundos o basura judía. Las palizas eran constantes. Además, el sabotaje o producir daños materiales en el campo suponía la pena de muerte. También era castigado con la horca desobedecer una orden, negarse a trabajar o incitar a otros a hacerlo, gritar o quejarse, hablar de política con fines subversivos, hacer comentarios provocadores, formar grupos, holgazanear, transmitir noticias del campo o intentar ponerse en contacto con el exterior. Otros delitos menores como hacer «comentarios irónicos o insultantes sobre un miembro de las SS» o no saludarlo intencionadamente eran castigados con detención en una celda sin espacio ni para sentarse y una dieta de pan y agua, precedida y seguida de veinticinco latigazos. En Dachau se introdujo también el sistema de kapos, que acabaría por adoptarse en toda la red de campos de concentración.
Nombraban a un prisionero de cada barracón o brigada de trabajo, generalmente un «verde» o condenado por delitos comunes, para que sirviera como policía interior del campo. Los kapos tenían la capacidad de disponer a su antojo del resto de reclusos, abusando con frecuencia de su privilegiada posición y maltratando, impartiendo castigos de forma arbitraria y humillando a los deportados a su cargo bajo los ojos complacidos de los SS.

El médico de las SS Heinz Thilo definió Auschwitz como anus mundi. Allí, el último estadio previo a la muerte se conocía como «musulmanización». Un «musulmán» (Muselmanner) era aquel a quien la falta de alimentos provocaba que, después de quemar su propia grasa, cubriera su déficit calórico consumiendo sus proteínas. En muchos campos de concentración el aumento del número de deportados hizo que los únicos alimentos que recibían fueran menos de un litro de una sopa consistente en agua caliente en los que se encontraban unos pedacitos de legumbres secas, alguna hoja de col y nabos y ciento cincuenta gramos de un pan mohoso…
Fue Himmler quien, personalmente, autorizó el uso de los prisioneros como cobayas humanos. El hombre cuyo aspecto físico era una caricatura grotesca de sus propias leyes, reglas e ideales, de quien el Gauleiter de Danzig-Prusia Occidental dijo: «Si me pareciera a Himmler, no se me ocurriría ponerme a hablar de la raza», tenía sin embargo el poder y la firme voluntad para embarcarse en cualquier proyecto, por delirante que fuera, que beneficiara a la supuesta raza superior. Preocupado por la baja natalidad del país, y llevando al límite las teorías eugenésicas, dio orden en 1935 de establecer la Lebensborn (fuente de la vida), una red de establecimientos dedicados a la procreación donde mujeres cuidadosamente seleccionadas, «racial y genéticamente valiosas», acudían para ser fecundadas por SS de pura raza aria. Himmler puso el proyecto bajo su supervisión personal y brindaba gustoso su padrinazgo a los niños nacidos en estos hogares, que podían quedarse con sus madres o ser dados en adopción a familias aprobadas por las SS. Los nacidos el 7 de octubre, el día de su cumpleaños, eran particularmente mimados, recibiendo juguetes y otros regalos. Sin embargo, no todos veían las Lebensborn con la reverencia que al Reichsführer le habría gustado, y eran muchos los alemanes que las ridiculizaban como auténticos burdeles para los SS o «granjas humanas para yeguas».
En 1935 fundó también la Ahnenerbe (herencia ancestral), la elitista organización dedicada a probar las teorías raciales e históricas defendidas por el nacionalsocialismo que reclutó a eruditos y científicos alemanes respetados tanto en su patria como en el extranjero para hacer plausibles las ideas nazis y dar forma a una nueva visión del mundo antiguo en el que se vería a una raza alta y rubia de paleoalemanes dando origen a la civilización y llevando la luz a las razas inferiores, tal como afirmaba Hitler. Su director general desde su fundación fue Wolfran Sievers, un autodidacta especializado en teoría racial, etnología germana, genética, prehistoria y el examen de los enemigos oficiales del partido nazi, es decir, los judíos, los jesuitas, los masones y los bolcheviques. Su primer presidente fue el profesor Hermann Wirth.

El 14 de febrero de 1942, los cuatro hombres llegaron a Dachau para entrevistarse con el comandante del campo, el SS-Obersturmführer Piorkowsky, que mostró grandes deseos de colaborar y se puso a su entera disposición. Sería la primera vez que seres humanos se verían obligados a participar en los experimentos médicos del Tercer Reich.
Weltz proporcionó la cabina de descompresión, que llegó a Dachau camuflada dentro de un camión de carbón. Se trataba de un habitáculo esférico dotado de un sistema de manivelas y volantes que permitía la extracción del aire a voluntad, recreando de esa forma las bajas presiones atmosféricas propias de una gran altitud (hasta los veintidós mil metros) que impiden un adecuado paso del oxígeno a la sangre. Romberg dio las órdenes de montaje y las instrucciones correspondientes. Como material humano, Rascher pidió hombres de entre veinte y treinta años en tan buenas condiciones físicas como si fuesen pilotos de la Luftwaffe, a los que llamó VP (Versuchsperson o sujetos de experimentación). A quien se presentase voluntario se le prometió, por lo tanto, comida extra y la exoneración de trabajo mientras duraran los experimentos. De unos sesenta voluntarios, Rascher eligió a diez.
Los prisioneros eran encerrados en la cámara y sus reacciones observadas a través de un tragaluz. Conectados a una máscara de oxígeno, Rascher comenzaba a simular la ascensión sacando gradualmente aire de la cámara hasta llegar a la altitud deseada. Entonces les decía que se la quitaran para iniciar el descenso. La primera prueba tuvo lugar el 22 de febrero de 1942. Al prisionero se le ordenó quitarse la máscara a una altitud de quince mil metros. Inmediatamente, su cuerpo comenzó a agitarse, presa de convulsiones. A catorce mil quinientos metros se puso rígido y «se sentó como un perro». Comenzó a jadear y a emitir gruñidos con los miembros contraídos y los ojos a punto de salirse de sus órbitas. A cinco mil metros, dejó escapar un grito desgarrador que se transformó en llanto. Con el rostro deformado, se mordió la lengua. Después de veinte minutos, una vez concluido el descenso, el hombre fue sacado de la cabina. No podía andar, ni recordaba su nombre. Había perdido la noción del tiempo y era incapaz de recordar lo que había hecho los tres días anteriores. No recuperó su estado normal hasta veinticuatro horas después, y no guardó ningún recuerdo de su estancia en la cabina. Rascher y Romberg informaron a Himmler de que «el desarrollo de los experimentos de descenso desde una altura de quince mil metros, mostrado con este ejemplo, se repite de una manera idéntica en las demás experiencias», concluyendo que «la falta de oxígeno no ha originado ninguna muerte ni ningún accidente con secuelas permanentes y duraderas».
Estos fueron los experimentos oficiales, supervisados por Romberg. Pero Rascher también llevó a cabo una segunda serie de experimentos, sin la presencia de testigos, sabiendo que todo aquel que participara en ellos moriría de una forma atroz. Su intención era dejar a los prisioneros a una gran altitud sin máscara de oxígeno y determinar la causa de su muerte.

Robert Feix era un conocido químico alemán que había sido enviado a Dachau acusado de haber corrompido a ciertos funcionarios para ocultar que era judío. Confiando probablemente en obtener un trato de favor, hizo partícipe a Rascher de un asombroso descubrimiento. Se trataba de una sustancia llamada Polygal, hecha a base de remolacha y gelatina de manzana, empleada generalmente en la preparación de mermelada y que, al parecer, era un poderoso coagulante, capaz de retener las hemorragias durante seis horas, tres veces más eficaz que los más potentes hemostáticos ya fabricados y cuya fabricación costaría tres veces menos. Rascher le creyó y se dispuso a prepararlo en forma de tabletas. Su intención era hacerlas tomar regularmente a todos los soldados alemanes, en todos los frentes, durante toda su vida de combatientes. De esta forma, estarían protegidos en el caso de que fueran heridos. También sería de gran utilidad para los cirujanos y para controlar las hemorragias gastrointestinales y pulmonares espontáneas. De paso, el ambicioso médico podría amasar una auténtica fortuna. Sólo faltaba probar su eficacia…
Rascher comenzó a experimentar con prisioneros sin haber hecho ningún estudio previo.
El doctor Roche, un oftalmólogo francés prisionero en el campo, consiguió convencer a Beiglböck de que sus observaciones del fondo de ojo podrían ayudar a su estudio. Quería, si algún día salía vivo, dar testimonio del alcance de los experimentos. Christian Bernadac, autor de Les Médecins Maudits, lo entrevistó en 1967. El doctor relató una escena pavorosa. La ingesta continuada de agua de mar obliga al organismo a orinar mucha más cantidad de agua de la ingerida en un esfuerzo por eliminar la sal; un agua procedente de los propios tejidos, lo que hace que el individuo se deshidrate. Además de una sed atroz, la deshidratación produce letargo, convulsiones, alucinaciones, demencia y, finalmente, coma. Si se sobrevive, los daños orgánicos a nivel cardiaco, hepático y renal pueden ser permanentes. Así lo contó Roche: «La balsa de la Medusa. Se volvían locos. Gritaban como cerdos. ¡Locos! ¡Estaban locos! Notaban que se volvían locos. Estaban persuadidos de que iban a morir todos. Dormitaban entre estertores de agonía cuando estaban agotados. Un espectáculo horrible: su piel apergaminada se desprendía a trozos, las arterias temporales eran sinuosas… Habían envejecido cuarenta años en pocos días».
A pesar de contemplar diariamente su sufrimiento y degradación, Beiglböck se mostró inflexible en todo momento, dispuesto a llevar el experimento hasta el final.

Stanislawa Baffia fue una de las prisioneras a las que Stumpfegger extirpó buena parte de la musculatura de las piernas, lo que hizo que caminara con enormes dificultades durante el resto de su vida. Como cuentan Montse Armengou y Ricard Belis en su obra Ravensbrück. El infierno de las mujeres (2008), después de siete meses salió viva de la enfermería y fue trasladada al barracón treinta y dos, al final del campo, un pabellón especial al que las otras prisioneras tenían prohibida la entrada y donde iban a parar todas las supervivientes de los experimentos médicos. El 14 de febrero de 1945 corrió el rumor por el campo de que había llegado una orden de Berlín para eliminar a todas las deportadas del barracón treinta y dos. Evidentemente, los nazis presentían que el fin del Tercer Reich estaba cerca y no querían que ninguna de las supervivientes de los experimentos pudiera llegar a contarlo. Las prisioneras decidieron esconderse dispersándose por todo el campo y así, cuando a la mañana siguiente el comandante fue a buscarlas, acompañado por los SS, encontró el barracón vacío. Gracias a ello, cuatro de las conejillas de Ravensbrück pudieron testificar en Núremberg. Allí, Jadwiga Dzido, Maria Broel-Plater, Wladyslawa Karolewska y Maria Kusmierczuk mostraron al tribunal sus espantosas cicatrices y volvieron a encontrarse cara a cara con sus verdugos, Gebhardt, Oberheuser y Fischer. Ninguno de ellos les pidió perdón…

Una de las aficiones de Ilse era montar a caballo, por lo que se hizo construir un enorme picadero de cien metros de longitud con las paredes forradas de espejos donde daba varias veces por semana sus paseos matutinos a caballo haciéndose acompañar por la banda de música de las SS. El picadero costó doscientos cincuenta mil marcos y la vida a treinta prisioneros, víctimas de accidentes mortales o asesinados durante el trabajo, pues la comandanta tenía prisa por estrenarlo. Se bañaba en vino de Madeira o leche y en el campo era muy famosa no sólo por la crueldad con la que trataba a los prisioneros, sino por aprovechar la mínima ocasión en que perdía de vista a su marido para meterse en la cama de alguno de los oficiales, pues, al parecer, el ambiente de sufrimiento, dolor y muerte exacerbaba sus instintos sexuales. Se paseaba a caballo con ropa provocativa delante de los prisioneros para, con la excusa de que le habían mirado las piernas, golpearlos en la cara con su fusta, llegando a ordenar a los SS que apalearan brutalmente a grupos de ellos simplemente por contemplar las palizas en un ejercicio de sádico voyeurismo. No en vano era conocida como Die Hexe von Buchenwald (la Bruja de Buchenwald).

El ginecólogo Karl Clauberg estaba muy interesado en poner a punto un método de esterilización femenina sin recurrir a la cirugía. Había conocido a Himmler después de haber solucionado el problema de infertilidad de la esposa de un alto cargo de las SS mediante ciertos preparados que había ideado para despejar y limpiar las trompas de Falopio, y había pensado invertir el proceso inyectando una sustancia que bloqueara las trompas sanas, lo que permitiría hacer esterilizaciones en masa muy baratas y sin tener que pasar por el quirófano. Diplomado en la Universidad de Kiel en 1925, ocupó en ella durante algún tiempo el puesto de médico asistente en el servicio de ginecología. En 1933 se afilió al NSDAP y fue nombrado profesor de dicha asignatura de la Universidad de Königsberg. Siete años más tarde, le fue otorgado el rango de SS-Gruppenführer en la reserva y fue encargado de dirigir tanto la Clínica de Mujeres del Hospital Knappschaft como la del Hospital de St. Hedwig, en Königshütte, Alta Silesia. El 27 de mayo de 1941 viajó hasta Berlín para exponerle su proyecto al Reichsführer. Había fabricado una solución cáustica que, inyectada a través de la vagina y el útero, producía inflamación y obstruía las trompas de Falopio. Una vez que hubo infligido terribles dolores y sufrimiento a un gran número de animales, ya estaba preparado para empezar a experimentar con mujeres. Himmler pensó que las Mischlinge podrían ser esterilizadas de este modo enviándolas a lo que pasarían por ser exploraciones ginecológicas rutinarias. Estuvo de acuerdo en proporcionarle prisioneras de Ravensbrück, pero Clauberg le dijo que no podía trasladarse al campo, dadas sus múltiples ocupaciones, y Himmler tampoco consideró oportuno mandarle prisioneras a sus clínicas de Königshütte.
El laboratorio fue instalado en el Bloque 10 de Auschwitz I, cuyas ventanas fueron tapadas con tablas claveteadas para que no hubiera ninguna comunicación con el exterior y para que sus ocupantes no pudieran ver las ejecuciones que tenían lugar en el patio que lo separaba del Bloque 11, el lugar destinado a las torturas. En su interior siempre había unas cuatrocientas mujeres apiladas en literas de tres pisos, que iban siendo renovadas a medida que se consideraba que ya no eran útiles para los experimentos. Los SS las seleccionaban a la llegada de los trenes según las exigencias de cada uno de los médicos. En ocasiones, jóvenes y sin hijos; otras veces, madres de hasta cuarenta años. Una deportada definió el Bloque 10 como «una mezcla entre el infierno y un manicomio».

Schumann se dedicó a radiar los ovarios de mujeres de entre dieciséis y dieciocho años con diferentes intensidades a fin de descubrir las dosis convenientes para destruir su capacidad procreadora, lo que les provocaba espantosas quemaduras que se infectaban y que llegaban en ocasiones a afectar a los intestinos. Una experiencia criminal e inútil, pues la esterilización de mujeres mediante rayos X estaba ya perfectamente definida desde hacía más de veinte años. Después ordenaba que les extirparan los ovarios para comprobar la eficacia de su tratamiento. Las intervenciones fueron realizadas en el Bloque 21 por un cirujano polaco deportado llamado Wladislaw Dering, que, al contrario que la mayoría, se mostró encantado con la espantosa labor encomendada por Schumann, llegando a jactarse frente a los SS.
Las pequeñas volvían por la tarde en un estado horroroso. Vomitaban sin cesar y se quejaban de dolores abdominales atroces. Muchas tuvieron que permanecer tumbadas durante semanas y aun meses. Muchas fueron afectadas con quemaduras radiológicas muy extendidas que necesitaban curas de larga duración. Tras esa fase se procedía a la ablación de los ovarios, ya fuera por laparotomía media, ya por incisión horizontal en el pubis. Las primeras laparotomías mostraron que los intestinos habían sido dañados por los rayos: se encontraron adherencias. Cuando se percató de su error, el médico SS las sometió a una radiación más baja. También hubo complicaciones de tuberculosis pulmonar por falta de exámenes previos, pleuresías, supuraciones prolongadas e interminables… Después de varias semanas, se extirpaba el segundo ovario. Las operaciones se hacían cada vez a mayor velocidad, hasta diez en dos horas. Los órganos extirpados, quemados por los rayos X, colocados en recipientes con formol, se los llevó el médico SS y no se volvió a oír hablar de ellos.

Después de las ejecuciones de Landsberg, un velo de silencio cayó sobre la vergonzosa participación de importantes miembros de la profesión médica en los crímenes nazis. Por encargo del Colegio de Médicos de Alemania Occidental, el doctor Alexander Mitscherlich, ayudado por su asistente, un estudiante de Medicina llamado Fred Mielke, asistió al proceso de los médicos y redactó un amplio informe donde pretendía exponer la realidad de la medicina durante el Tercer Reich: «Solamente la revelación implacable de todos los hechos y el esfuerzo sincero por investigar la verdad podrá permitir al cuerpo médico alemán sacar las consecuencias y hallar el buen camino hacia el futuro».
Se estima que entre 1933 y 1945, se dictaron en torno a cuarenta mil veredictos de pena capital, mientras que entre 1907 y 1932, los ejecutados fueron tan sólo quinientos. A cada Facultad de Medicina se le asignó una prisión cercana, desde donde se notificaban a los anatomistas las fechas de las ejecuciones para que estuvieran preparados para recibir los cadáveres o para que fueran ellos mismos a recogerlos con vehículos de la universidad. Convertidos en parte integral del sistema de la pena capital, recibieron todos los cuerpos necesarios para sus fines docentes y de investigación, pero también cadáveres suplementarios para su incineración. De esta forma, los anatomistas solventaron el clásico problema de la escasez de cadáveres en buen estado y, por su parte, el régimen encontró un medio discreto de deshacerse de grandes cantidades de presos ejecutados. Los estudiantes que aprendían anatomía con estos cadáveres, guillotinados o con las marcas de la horca en el cuello, podían albergar pocas dudas sobre su procedencia, pero guardaron silencio y se acostumbraron a lo que Pat Barker, en su obra The Eye in the Door (1995), llamó monstruosidad.

En mayo de 1989, el Colegio de Médicos de Berlín, por entonces dirigido por los organizadores del Gesundheitsgag, aprovechó la oportunidad que le brindaba ser la sede de la reunión anual del Colegio de Médicos de Alemania Occidental para convencer a su presidente, Karsten Vilmar, de incluir en el programa el tema de la medicina bajo los nazis. Vilmar estuvo de acuerdo en organizar una exhibición, a pesar de contar con la oposición de varios colegios estatales, incluyendo el de Baviera, que se negaron a subvencionarla. En su apertura, Richard Toellner, historiador médico de la Universidad de Münster, dijo unas palabras que dejaban claro el cambio de mentalidad y que, por fin, los médicos alemanes estaban dispuestos a afrontar su pasado.
Durante su reunión anual celebrada en esa ocasión en la emblemática ciudad de Núremberg el 23 de mayo de 2012, la Asociación Médica Alemana emitió un comunicado en el que reconocía la participación en los crímenes nazis no de un grupo de unos pocos médicos fanáticos, sino de destacados miembros de la profesión, profesores universitarios y renombrados investigadores. Se admitía que, contraviniendo su Juramento Hipocrático, estos hombres habían sido una pieza clave en la esterilización de trescientas sesenta mil personas clasificadas como «portadores de enfermedades hereditarias» y en el asesinato de doscientos mil enfermos mentales y discapacitados, además de realizar miles de experimentos con los deportados que a menudo acabaron en muerte. Por todo ello pedían perdón a las víctimas, a los supervivientes, a los fallecidos y a sus familiares, esperando que estos hechos sirvieran como un aviso para el presente y el futuro.
Escribiendo en su blog para la cadena norteamericana MSNBC, Art Caplan, director del Centro de Bioética de la Universidad de Pennsylvania, dijo que no sabía si el perdón sería concedido, pero también que en la historia de las disculpas por crímenes y abusos cometidos en nombre de la Medicina, era la más importante hecha jamás: «No hace nada por suavizar el horror del Holocausto, pero culpa a quien corresponde y acaba con cualquier esfuerzo posterior por negar o confundir lo que realmente ocurrió».

Como escribió Lenz en el número de octubre de 1933 de la revista médica Klinische Wochenschrift: «El núcleo de la comunidad médica alemana ha reconocido las demandas de la higiene racial alemana como suyas propias; la profesión alemana se ha convertido en la fuerza conductora para llevar a cabo dichas demandas». Además, es importante subrayar que estos médicos nunca fueron obligados a realizar esterilizaciones forzadas, ni a participar en los crímenes de T4, ni a seleccionar a los deportados, ni a participar en los experimentos médicos ni a asesinar por medio de las inyecciones intracardiacas de fenol. La higiene racial no fue impuesta por la fuerza al colectivo médico alemán, sino que fueron ellos mismos quienes recibieron con entusiasmo el ideal racial. Mitscherlich y Mielke opinaban que «si la profesión se hubiera opuesto, es probable que toda la idea […] del genocidio no se hubiera llevado a cabo».
Pero lo que ponen de manifiesto las aberraciones cometidas por los médicos nacionalsocialistas es que, en las circunstancias adecuadas, un médico puede corromperse tan fácilmente como cualquier otro mortal. Pasados setenta y cuatro años del inicio de la Segunda Guerra Mundial y cuando se acaban de cumplir sesenta y nueve de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, estos acontecimientos pueden parecer a las nuevas generaciones pertenecientes a un pasado muy distante.
Conocer el pasado y el papel jugado por los médicos nazis refuerza la necesidad de poner énfasis en la bioética y en la dignidad inherente a toda vida humana en el proceso de formación de todo profesional sanitario. Es necesario que este conocimiento se transmita a lo largo de los años y mantenga viva la memoria de todos aquellos cuya voz fue silenciada para siempre por culpa de una mala idea llamada pomposamente eugenesia. No hay pasado muerto, ni hay crimen que no sirva de ejemplo. Ni nunca el olvido del mal ha hecho progresar el bien. Como reza una placa colocada a la entrada del Bloque 4 de Auschwitz I: «Quien olvida la historia está condenado a repetirla». ¿Quién se atrevería a refutar esta antigua y sabia máxima? El olvido del horror nazi forma parte del horror.
Sólo teniendo siempre muy presentes las catastróficas consecuencias de la complicidad entre poder totalitario y profesionales de la ciencia médica, las pesimistas palabras escritas en 1950 por François Bayle en su obra Croix gammée contre caducée (La cruz gamada contra el caduceo) se quedarán tan sólo en eso; en palabras:

Cuando se encuentre por el mundo a un tirano comparable, pequeño o grande, que logre fanatizar a la juventud mediante una ideología tan idealista, falsa e inhumana, cuando esta ideología extirpe del pensamiento de sus poseedores toda noción religiosa (y moral), entonces renacerá lo peor. Unos médicos violarán otra vez la conciencia humana bajo pretextos científicos y utilitarios. Se iniciarán monstruosas investigaciones que no pudieron obtener resultados en Alemania, pero que se intentarán en otras partes; el Estado todopoderoso tomará sobre sí la responsabilidad y todo volverá a comenzar de nuevo.

Magnificent. Although the author can rightly be reproached that, despite the title of the book Doctors of Hitler, he begins to talk about the subject almost halfway through the book, the more than a hundred pages being an extensive introduction to the history of eugenics, The truth is that it is so well told and the subject is so interesting that you can forgive this. Actually, as I say, until chapter 6 does not begin to speak properly of doctors in Nazi Germany. But for those who do not know them yet, in this book you will find a good synthesis.
At the end of the book he makes a novel contribution, when comparing the Nazi medical practices with those made in the United States, where there were thousands of patients subjected to non-consensual experimentation, and practically until recent years. Which leads the author to reflect on medical ethics and its important role in society.

One of the most important myths bequeathed to the world by the rich German culture is that of Faust, the doctor who, driven by an insatiable desire for knowledge, did not hesitate to make a pact with the devil himself to obtain them, thus provoking his own undoing and the misfortune of those around him. Johann Wolfgang Goethe, considered by many the greatest of the German literati, devoted nothing more and nothing less than sixty years of the eighty-two who lived to write his masterful version of the legend, and a considerable number of eminent authors, since Thomas Mann Oscar Wilde, enriched with works based on her the spiritual treasures of humanity.
One of the most frightening and unknown chapters in the history of this madness is the collaboration of many German doctors in the program of forced sterilization and in the murder of the mentally ill and disabled, an authentic intellectual and material prelude to the Holocaust. In addition there were also many renowned professionals, university professors, men with brilliant careers who agreed with the devil and lent themselves to using the human material provided by Heinrich Himmler (the Reichsführer-SS or supreme head of the SS, in charge of the administration of the fields) to verify delusional hypotheses and practice foolish experiments.
Himmler, an agronomist with a limited scientific culture, was passionate about medical research. He considered his doctors “the biological soldiers of the Third Reich”, weapons to combat and annihilate the inferior races and enemies of the State as fearsome as the powerful Panzers. Thus, these men whose job was to relieve pain and preserve life became instruments of suffering and death, besmirching the honor of the German medical corps for several generations.
Immediately after taking power, Hitler began to launch his program in defense of the Aryan race by enacting laws concerning the protection of the alleged superior race. On September 15, 1935, in the midst of the euphoria of the celebration of the Nazi party congress in his favorite city, the Führer signed the so-called Nuremberg Laws, which redefined the category of German citizenship in racial terms, considering himself a Jew not a someone who had certain religious beliefs, but anyone who had three or four Jewish grandparents.

Hitler had many words of praise for the efficiency of the American policy of extermination of the natives, and the ideology of Manifest Destiny, translated into German at the beginning of the 20th century, contributed to the concept of Lebensraum, the living space claimed by the Nazis to justify its military expansion.
Walker’s ideas were shared by a large part of the American elite. In 1889, Prescott Farnsworth Hall, Robert DeCourcy Ward and Charles Warren founded the Immigration Restriction League, an anti-Semitic, anti-Catholic and anti-non-Anglo association that advocated reading tests as a method to prohibit the entry into the country of immigrants of inferior races. Ten years after its founding, it included prominent university professors, bankers and intellectuals.
All this combination of factors made the United States a fertile field where the poisonous waters of eugenics vigorously bloomed the seed of a racism that had been present for a long time, giving it the dignity of a scientific theory. Eugenics was a perfect (and “scientific”) excuse to stop this barbarian invasion on the premise that national genetic purity had to stay away from the inferior races.
For American eugenicists (faithful followers of Galton), intelligence was innate, inherited and impossible to be modified by environmental factors. In addition, almost all relevant aspects of human behavior depended on it. Low intelligence was the cause of the criminal behavior of criminals and the disorderly behavior of associates.
The main promoter of eugenics ideas in the United States was Charles Davenport, a Harvard biologist who imported the British movement after traveling to this country in 1897 to meet with Galton. The following year he moved to New York to head the Cold Spring Harbor Biology Laboratory, a center for the study of evolution. In 1904 he convinced the Carnegie Institute of Washington (founded by steel magnate Andrew Carnegie, considered the second richest man in history) to create on an adjacent land the Carnegie Institute for Experimental Evolution, where noted biologists such as George H. Shull and Thomas Huant Morgan.
The enormous prestige achieved by American eugenicists among the international community led to the organization of the Second International Conference on Eugenics in New York in 1921, which took place between September 22 and 28 at the American Museum of Natural History. He was attended by three hundred delegates from countries such as France, England, Italy, Belgium, Czechoslovakia, Norway, Sweden, Denmark, Japan, Mexico, Cuba, Venezuela, India, Australia, New Zealand, San Salvador, Siam and Uruguay. Germany and Russia were not invited, as they were excluded from many international meetings after the war, despite the excellent relations that the German eugenicists maintained with the Americans. The president was Henry Fairfield Osborn; Madison Grant, the treasurer; Harry Laughlin, in charge of the exhibitions and Lothrop Stoddard, took charge of the publicity.
The general tone of the congress was perfectly reflected in the inaugural lecture, which Osborn gave. He said that America was engaged in a crucial battle to maintain republican institutions, which were threatened by immigrants who “are unable to share the obligations and responsibilities” of democracy.
The AES (American Eugenics Society) brought together the most important American eugenicists, among whom were graduates of prestigious universities such as Harvard, Yale, Columbia and John Hopkins, many of them with international reputations. Every renowned biologist joined the group, as well as numerous doctors, statisticians, religious, educators and philanthropists. His intention was to be present in all social classes; make eugenics information easily accessible to everyone. It was fundamental to make the supreme importance of biological factors in the life of the human being an integral part of the educational system, starting with the elementary school, where they saw very desirable to encourage the use of intelligence tests to select occupations and educational programs both of the most gifted and normal children. They wanted to make the essential ideas of eugenics as familiar to children as the multiplication table, using textbooks and teachers’ manuals.
Several states already had sterilization laws. The first had been Indiana, which in 1907 had enacted a law of forced sterilization for repeat offenders, idiots and rapists. In 1904 marriage had already been forbidden to the mentally handicapped, to the bearers of communicable diseases and to alcoholics, and it was required to provide a medical certificate to those who wished to marry.
The law of sterilization established that “taking into account that inheritance occupies the most important place in the transmission of the tendency to crime, idiocy and imbecility”, the directors of the institutes where they were held must appoint a commission composed of two medical specialists who should examine these individuals. When the commission established that their physical and psychological conditions advised to avoid their offspring, the intervention was carried out.
Previously, since 1902 and without any legal coverage, Dr. Harry Clay Sharp, a physician at the Indiana Reformatory in Jeffersonville, had already sterilized dozens of his inmates.

Adolf Hitler, throughout the 1930s, thousands of people who wanted to emigrate to the United States fleeing the Nazis were abandoned to their fate, even when the quotas allocated to the countries of northern and western Europe were not covered. Between 1933 and 1941, the Nazis tried to turn Germany into a Judenrein country, ‘clean of Jews’, making the lives of the approximately 600,000 German Jews so difficult that they were forced to leave the country. In 1938, about one hundred and fifty thousand, one in four, had already done so. After Germany annexed Austria in 1938, another 185,000 Jews were placed under Nazi rule. In response to mounting political pressure, President Franklin D. Roosevelt convened an international conference to facilitate the emigration of refugees from Germany and Austria, and in early July 1938, delegates from thirty-two countries met at the French resort of Evian. During the summit, which lasted nine days, one delegate after another rose up to express his compassion for the refugees, but most countries, including England and the United States, gave excuses for not admitting them. Only the Dominican Republic hosted many more. The German Government commented on how amazing it was for them to criticize them for their anti-Semitic policies, but for no country to open their doors to them.
Since the times of the iron Chancellor. The companies created clinics equipped with laboratories where the doctors hired by each of them cared for their insured, many of whom were for the first time served by a qualified professional, since until then only the upper classes that could afford it had access to it. while the most disadvantaged had to resort to charity, of much poorer quality. Now, doctors had the ability to decide who was really worthy to continue feeding their family while they were sick or to receive a pension for life if they could no longer work. They were also responsible for ensuring safety at work to prevent accidents that would cost money to insurers and to ensure hygiene measures such as disease prevention. They were responsible for maintaining the economy of the country ensuring that the workers could continue working and, therefore, producing. The doctors assumed the leadership to achieve a healthy, clean and industrialized nation.
The rise of Lenz and the racist branch of the Racial Hygiene Society increased the differences with the other main faction, that of Berlin. While these reflected the support of this city and Prussia in general to the republic, Bavaria and in particular Munich became the refuge of far-right organizations such as the Freikorps paramilitaries, the nascent National Socialist Party and all anti-Semitic and ultra-nationalist anti-Bolsheviks that they feared the restoration of the hated and ephemeral republic of Soviet dyes founded in this region in November 1918 and that lasted only until May of the following year. Therefore, the branch of Berlin (led by Hermann Muckermann and Arthur Ostermann, after Schallmayer died on October 4, 1919 of a heart attack) supported the proposal of the seven thousand members of the Reichsverband der deutschen Standesbeamten or Association of the Reich de Registradores Alemanes, a group of civil servants based in Berlin, responsible for registering births, deaths and deaths and promoting health. The idea of ​​creating a parallel association with the Racial Hygiene Society was born out of them, but without their racist or meritocratic overtones, which represented degeneration and the measures that should be taken, among all, to achieve a “national regeneration”.

On September 18, 1931, and through Muckermann, the company joined the League under the name of Deutsche Bund für Rassenhygiene (Eugenik), that is, racial hygiene was equated with eugenics, aiming to deprive society of all racist content. This created a society more numerous, more popular and more influential. This did not mean that Lenz, Rüdin or Ploetz abandoned their pro-life feelings. They simply put them aside in favor of the unity of the movement. Soon they would recover, because racial hygiene was no longer confined to the program of a group of medical professionals, but was a concept increasingly related to the Nazi party. The previous year, Lenz had defined Hitler as “the first really important politician who has taken racial hygiene as an important element of state policy.”
In addition to the doctors already involved in the previous extermination program (Heinze, Wentzler, Catel and Pfannmüller), he contacted prominent psychiatrists and the directors of the country’s leading asylums, such as Carl Schneider, director of the Psychiatric Clinic and Neurology of the University of Heidelberg; Maximilian de Crinis, of Berlin; Paul Nitsche, of the University of Halle and director of the psychiatric of Sonnenstein; Berthold Kihn, from the University of Jena; Wilhelm Bender, director of the Berlin-Bunch psychiatric hospital; Gustav Adolf Waetzold, director of Wittenauer or Friedrich Mennecke, director of the Eichberg hospital, because in the document signed by Hitler it was clear that doctors should be responsible for the pious death of the incurables. All of them were assembled in the Chancellery, in Berlin, and informed about the procedures related to the program of extermination of the mentally ill, assuring them that even if it was not framed in a legal framework, they should not fear anything, since it was a personal order of the Führer, as it was reflected in the document that was taught to them. They were overwhelmingly supportive and willing to collaborate. All were members of the party, the majority also belonged to the SS.

The first of these centers (authentic slaughterhouses) to open its doors was that of Brandenburg, near Berlin, a former prison rehabilitated for its new and macabre function. At first, the method chosen to kill the sick was the lethal injection, for which different combinations of morphine, scopolamine, curare and prussic acid were tested, which Brandt and Conti personally administered to five or six patients. Soon it was ruled out because it was too slow. It seems that it was Brandt who suggested the use of gas, because on one occasion he had inhaled gases from a damaged oven and the feeling he had experienced was that, if he had died, he would not have suffered at all. Therefore, this kind of death seemed to him in accordance with the “charitable death” which the Führer had ordered. The issue was discussed with a chemist from the Reich Criminal Police Office (Kripo) named Albert Widmann, who recommended that the gas used be carbon monoxide. Christian Wirth, head of the Kripo in Stuttgart, was sent to supervise the operation. There was also talk with the Reich Security Main Office (Reichssicheritshauptamt or RSHA), one of the main departments of the SS.
Given the speed and effectiveness of the method, it is not surprising that, by the end of that year, almost all Jews interned in German hospitals were no more than ashes, anticipating what would come next.
The medical experts of T4 delegated the responsibility of eliminating the incurable mental patients in the younger doctors, who added to their lack of experience their political enthusiasm and their desire to grow professionally. In Brandenburg, for example, Eberl was only twenty-nine years old when he learned to operate the gas mechanism. Rudolf Lonauer, who directed Hartheim, thirty-two; Horst Schumann, who took charge first of Grafeneck and after Sonnenstein, thirty-three; and Ernst Baumhard.
The dehumanization of the “other” greatly facilitates things when subjected to acts of great cruelty or murder, because then the golden rule of not doing to others what we would not like to do to us is no longer valuable. There are no regrets, no sense of having done anything wrong. Moral self-censorship is nullified, because it is only applicable to our peers. Can an exterminator feel guilty that, fulfilling his obligation, cleans a house of insects or rats that threaten the community with the transmission of terrible diseases? In fact, the personnel in charge of dragging the corpses from the gas chamber to the kilns was known as decontaminators (Desinfekteure).
But be careful. The fact that the doctors responsible for T4 believed that they were acting correctly and within the law when they ended the life of “things” that threatened the well-being of the Volk or that we tried to understand the reasons for their behavior does not exempt them from guilt, anyone who outside the psychological mechanism that his mind used to not face the reality of his complicity in the crimes.

The 14f13 program was implemented in the main fields: Dachau, Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg, Mauthausen, Neuengamme, Ravensbrück, Wewelsburg, Auschwitz and Gross-Rosen, constituting the transition point between the murder of the mentally ill and the disabled and the extermination of asocials and races considered inferior or dangerous. By then, doctors at T4 no longer knew if the “strange elements” were from a medical, racial, political or social point of view. All of them threatened to contaminate the racial purity of the Volk and should be exterminated. Simple applied biology …
As in the child euthanasia program and in T4, the doctors in the fields had to record in some forms the data of those who, due to weakness or illness, were no longer able to work or those who showed inappropriate behavior. They should also include the asocials (gypsies, prostitutes, delinquents or alcoholics), indicating the reasons for their arrest, and the Jews. In this last case it was enough to record his race. Once this pre-selection was done, the T4 doctors went to the field to give their approval, sometimes alone and others forming teams. The chosen ones were at least twelve: Hans-Bodo Gorga, Otto Hebold, Werner Heyde, Rudolf Lonauer, Friedrich Mennecke, Robert Müller, Paul Nitsche, Viktor Ratka, Kurt Schmalenbach, Horst Schumann, Theodor Steinmeyer and Gerhard Wischer. It was not that the direction of T4 did not trust the criteria of the field doctors, but a way to ensure that the control of the euthanasia program remained in the hands of the Führer’s Chancellery. In fact, the doctors sent were limited to making a simple visual inspection of prisoners already pre-selected.

Josef Mengele will always be remembered as the embodiment of the perversion of Nazi medicine. The man at the end of the slippery slope. A man brought up in a well-to-do family, devoutly Catholic, with a solid scientific background, an ambitious and disciplined student who, nevertheless, not only sent to the gas chambers about four hundred thousand men, women and children, but also used to hundreds of them to carry out delirious pseudoexperiments without any scientific basis, made the majority with the pretext of benefiting the Aryan race, but others simply with the aim of satisfying their insane curiosity. After all, they were going to die sooner or later, and they were just “unworthy lives to be lived.” And his was not an isolated case. Dr. Lettich, deported in Auschwitz wrote: “From the first moment we could see that the German doctors all worked in the same way, with an absolute disregard for human life. They considered the deportees not men, but only human material. ” There were many doctors who, supported and stimulated by Himmler, used this human material for the purity of the Volk or to maintain the health and safety of the Wehrmacht, sickly imbued with the Nazi worldview.

The beginning of the horror of the concentration camps. In March 1933, Göring, as Minister of the Interior of Prussia, freed the Prussian Political Police from the Public Prosecutor’s Office on the grounds that: “Law is what benefits the German people” and turned it into the Geheime Staatspolizei (State secret police) or Gestapo, putting it at the orders of his man, Rudolf Diels. From the entry into force of this principle, the doors were opened to the arbitrary police of those who handled this powerful instrument of repression, completely disconnected from the courts of justice. In addition, Göring incorporated units of the SS and the SA as auxiliary police and made it very clear what should be their way of action against communist enemies: “I can not act against the red populace with police who are afraid of disciplinary procedures while they are in the line of duty. […] The responsibility is mine and only mine. They must understand, if they make a fire, I am the one who shoots. ”
The process of dehumanization to which the prisoners were subjected, to which the head was shaved, was uniformed with ragged striped pajamas and assigned a number. At that time they stopped being people and, in fact, the guards referred to them as pigs, filth and worse. The Jews were filthy Jews or Jewish garbage. The beatings were constant. In addition, the sabotage or to produce material damages in the field supposed the capital punishment. He was also punished with hanging for disobeying an order, refusing to work or encouraging others to do so, shouting or complaining, talking about politics for subversive purposes, making provocative comments, forming groups, lazing around, transmitting news from the field or trying to contact the outside. Other misdemeanors such as making “ironic or insulting comments about a member of the SS” or not greeting him intentionally were punished by detention in a cell with no space to sit and a diet of bread and water, preceded and followed by twenty-five lashes. In Dachau, the kapos system was also introduced, which would eventually be adopted throughout the network of concentration camps.
They appointed a prisoner from each barracks or work brigade, usually a “green” or convicted of common crimes, to serve as an interior policeman in the camp. The kapos had the ability to dispose at will of the rest of the inmates, often abusing their privileged position and mistreating, arbitrarily punishing and humiliating the deportees under their care under the eyes of the SS.

SS doctor Heinz Thilo defined Auschwitz as anus mundi. There, the last stage prior to death was known as “muslimization.” A “Muslim” (Muselmanner) was one whose lack of food caused him, after burning his own fat, to cover his caloric deficit by consuming his proteins. In many concentration camps the increase in the number of deportees meant that the only food they received was less than a liter of a soup consisting of hot water in which were some pieces of dried vegetables, some cabbage leaf and turnips and one hundred and fifty grams of a moldy bread …
It was Himmler who, personally, authorized the use of the prisoners as human guinea pigs. The man whose physical appearance was a grotesque caricature of his own laws, rules and ideals, of whom the Gauleiter of Danzig-West Prussia said: “If I looked like Himmler, I would not dream of talking about race,” he had However, the power and the firm will to embark on any project, however delirious, that would benefit the alleged superior race. Concerned about the country’s low birth rate, and pushing eugenics theories to the limit, he ordered in 1935 to establish the Lebensborn (source of life), a network of establishments dedicated to procreation where carefully selected women, “racially and genetically valuable” , they came to be fecundated by SS of pure Aryan race. Himmler put the project under his personal supervision and gladly offered his sponsorship to the children born in these homes, who could stay with their mothers or be given up for adoption to families approved by the SS. Those born on October 7, the day of his birthday, were particularly spoiled, receiving toys and other gifts. However, not everyone saw the Lebensborn with the reverence that the Reichsführer would have liked, and there were many Germans who ridiculed them as authentic brothels for the SS or “human farms for mares.”
In 1935 he also founded the Ahnenerbe (ancestral heritage), the elitist organization dedicated to testing the racial and historical theories defended by National Socialism that recruited German scholars and scientists respected both in their homeland and abroad to make plausible the Nazi ideas and give It forms a new vision of the ancient world in which one would see a tall and blond Paleo-German race giving rise to civilization and bringing light to the inferior races, as Hitler claimed. Its general director since its foundation was Wolfran Sievers, a self-taught specialist in racial theory, German ethnology, genetics, prehistory and the examination of the official enemies of the Nazi party, that is, the Jews, the Jesuits, the Freemasons and the Bolsheviks. Its first president was Professor Hermann Wirth.

On February 14, 1942, the four men arrived in Dachau to meet with the camp commander, SS-Obersturmführer Piorkowsky, who showed great desire to collaborate and put himself at their entire disposal. It would be the first time that human beings would be forced to participate in the medical experiments of the Third Reich.
Weltz provided the decompression cabin, which arrived in Dachau camouflaged inside a coal truck. It was a spherical cabin equipped with a system of cranks and hand wheels that allowed the extraction of air at will, thus recreating the low atmospheric pressures of a high altitude (up to twenty-two thousand meters) that prevent an adequate passage of oxygen to the blood. Romberg gave the assembly instructions and corresponding instructions. As a human material, Rascher asked men between twenty and thirty years of age in such good physical condition as if they were Luftwaffe pilots, whom he called VP (Versuchsperson or subjects of experimentation). Therefore, anyone who volunteered was promised, therefore, extra food and the exoneration of work while the experiments lasted. Out of about sixty volunteers, Rascher chose ten.
The prisoners were locked in the chamber and their reactions observed through a skylight. Connected to an oxygen mask, Rascher began to simulate the ascent by gradually drawing air from the chamber to the desired altitude. Then he told them to take it off to start the descent. The first test took place on February 22, 1942. The prisoner was ordered to remove his mask at an altitude of fifteen thousand meters. Immediately, his body began to shake, seized by convulsions. At fourteen thousand five hundred meters he stiffened and “sat like a dog.” He began to pant and emit grunts with contracted limbs and eyes that were about to come out of their sockets. At five thousand meters, he let out a heartrending cry that turned into tears. His face distorted, he bit his tongue. After twenty minutes, once the descent was over, the man was taken out of the cabin. He could not walk, nor remember his name. He had lost track of time and was unable to remember what he had done the previous three days. He did not recover his normal state until twenty-four hours later, and he did not keep any memory of his stay in the cabin. Rascher and Romberg informed Himmler that “the development of the descent experiments from a height of fifteen thousand meters, shown with this example, is repeated in an identical way in the other experiences”, concluding that “the lack of oxygen has not caused no death or accident with permanent and lasting consequences ».
These were the official experiments, supervised by Romberg. But Rascher also carried out a second series of experiments, without the presence of witnesses, knowing that everyone who participated in them would die in a terrible way. His intention was to leave the prisoners at a high altitude without an oxygen mask and determine the cause of his death.

Robert Feix was a well-known German chemist who had been sent to Dachau accused of having corrupted certain officials to hide that he was a Jew. Trusting probably to obtain a favorable treatment, he shared with Rascher an amazing discovery. It was a substance called Polygal, made from beet and apple jelly, generally used in the preparation of marmalade and which, apparently, was a powerful coagulant, capable of holding hemorrhages for six hours, three times more effective than the most powerful hemostats already manufactured and whose manufacture would cost three times less. Rascher believed him and prepared to prepare it in the form of tablets. His intention was to take them regularly to all German soldiers, on all fronts, throughout his life as combatants. In this way, they would be protected in case they were injured. It would also be very useful for surgeons and to control spontaneous gastrointestinal and pulmonary hemorrhages. By the way, the ambitious doctor could amass a real fortune. All that remained was to prove its effectiveness …
Rascher began to experiment with prisoners without having done any previous study.
Dr. Roche, a French ophthalmologist imprisoned in the field, managed to convince Beiglböck that his observations of the fundus could help his study. He wanted, if he ever came out alive, to give testimony of the scope of the experiments. Christian Bernadac, author of Les Médecins Maudits, interviewed him in 1967. The doctor told a terrifying scene. The continued intake of seawater forces the body to urinate much more water than ingested in an effort to eliminate salt; water from the tissues themselves, which causes the individual to become dehydrated. In addition to an atrocious thirst, dehydration produces lethargy, seizures, hallucinations, dementia and, finally, coma. If it survives, organic damage to the heart, liver and kidney can be permanent. This is what Roche told him: «The raft of the Medusa. They went crazy. They screamed like pigs. Crazy! They were crazy! They noticed that they went crazy. They were persuaded that they were going to die. They were drowsing in death throes when they were exhausted. A horrible spectacle: its parchment-like skin was detached in pieces, the temporal arteries were sinuous … They had aged forty years in a few days ».
Despite contemplating his suffering and degradation on a daily basis, Beiglböck was adamant at all times, ready to take the experiment to the end.

Stanislawa Baffia was one of the prisoners to whom Stumpfegger removed much of the leg muscles, which caused her to walk with enormous difficulties for the rest of her life. As told by Montse Armengou and Ricard Belis in his work Ravensbrück. The hell of women (2008), after seven months left alive from the infirmary and was transferred to barrack thirty-two, at the end of the field, a special pavilion to which the other prisoners were prohibited entry and where they were going to stop all the survivors of medical experiments. On February 14, 1945, the rumor spread around the camp that an order had been received from Berlin to eliminate all the deportees from barrack thirty-two. Evidently, the Nazis sensed that the end of the Third Reich was near and did not want any of the survivors of the experiments to ever tell. The prisoners decided to hide scattering throughout the field and so, when the next morning the commander went to look for them, accompanied by the SS, found the empty barracks. Thanks to this, four of Ravensbrück’s rabbits were able to testify in Nuremberg. There, Jadwiga Dzido, Maria Broel-Plater, Wladyslawa Karolewska and Maria Kusmierczuk showed the court their scary scars and came face-to-face with their executioners, Gebhardt, Oberheuser and Fischer. None of them asked for forgiveness …

One of Ilse’s hobbies was to ride a horse, so he had a huge one-meter-long riding arena built with mirrored walls where he gave his morning walks on horseback several times a week, accompanied by the band’s music. the SS. The arena cost two hundred and fifty thousand marks and the life of thirty prisoners, victims of fatal accidents or killed during work, because the comandanta was in a hurry to release it. She bathed in Madeira wine or milk and in the country she was very famous not only for the cruelty with which she treated the prisoners, but also for taking advantage of the least occasion when she lost sight of her husband to get into the bed of one of the officers, then, apparently, the environment of suffering, pain and death exacerbated their sexual instincts. He walked on horseback with provocative clothes in front of the prisoners to, with the excuse that they had looked at his legs, hit them in the face with his whip, even ordering the SS to brutally beat groups of them simply for watching the beatings in an exercise in sadistic voyeurism. Not in vain was it known as Die Hexe von Buchenwald (the Witch of Buchenwald).

Gynecologist Karl Clauberg was very interested in developing a female sterilization method without resorting to surgery. He had met Himmler after having solved the infertility problem of the wife of a high SS official by means of certain preparations that he had devised to clear and clean the fallopian tubes, and had thought to reverse the process by injecting a substance that blocked the tubes healthy, which would allow mass sterilizations very cheap and without having to go through the operating room. Graduated from the University of Kiel in 1925, he held the position of assistant physician in the gynecology service for some time. In 1933 he joined the NSDAP and was appointed professor of that subject at the University of Königsberg. Seven years later, he was granted the rank of SS-Gruppenführer in the reserve and was commissioned to direct both the Knappschaft Hospital Women’s Clinic and the St. Hedwig’s Hospital, in Königshütte, Upper Silesia. On May 27, 1941, he traveled to Berlin to present his project to the Reichsführer. She had made a caustic solution that, injected through the vagina and uterus, produced inflammation and blocked the fallopian tubes. Once he had inflicted terrible pain and suffering on a large number of animals, he was ready to start experimenting with women. Himmler thought that the Mischlinge could be sterilized in this way by sending them to what would happen to be routine gynecological explorations. He agreed to provide Ravensbrück with prisoners, but Clauberg told him that he could not move to the camp, given his many occupations, and Himmler did not consider it appropriate to send her prisoners to his Königshütte clinics.
The laboratory was installed in Block 10 of Auschwitz I, whose windows were covered with spiked boards so that there was no communication with the outside and so that its occupants could not see the executions that took place in the courtyard that separated it from Block 11. , the place destined to torture. Inside there were always about four hundred women piled in three-story bunk beds, which were being renovated as they were considered no longer useful for experiments. The SS selected them at the arrival of the trains according to the demands of each of the doctors. Sometimes, young and without children; other times, mothers up to forty years old. One deportee defined Block 10 as “a mixture between hell and an asylum.”

After the Landsberg executions, a veil of silence fell on the shameful participation of important members of the medical profession in Nazi crimes. Commissioned by the Medical Association of West Germany, Dr. Alexander Mitscherlich, assisted by his assistant, a medical student named Fred Mielke, attended the doctors’ process and wrote a comprehensive report where he intended to expose the reality of medicine during the Third Reich: “Only the implacable revelation of all the facts and the sincere effort to investigate the truth will allow the German medical body to draw the consequences and find the right path to the future.”
It is estimated that between 1933 and 1945, there were around forty thousand verdicts of capital punishment, while between 1907 and 1932, those executed were only five hundred. Each Faculty of Medicine was assigned a nearby prison, from where the anatomists were notified of the dates of the executions so that they were prepared to receive the corpses or to pick them up themselves with vehicles from the university. Become an integral part of the system of capital punishment, they received all the bodies necessary for their teaching and research purposes, but also additional bodies for incineration. In this way, the anatomists solved the classic problem of the shortage of corpses in good condition and, for its part, the regime found a discreet means of getting rid of large numbers of executed prisoners. Students who learned anatomy with these corpses, guillotined or with the marks of the gallows on their necks, could have little doubt about their origin, but they kept quiet and got used to what Pat Barker, in his work The Eye in the Door ( 1995), called monstrosity.

In May of 1989, the Medical Association of Berlin, at that time led by the organizers of the Gesundheitsgag, took the opportunity offered by it to host the annual meeting of the Medical Association of West Germany to convince its president, Karsten Vilmar, to include in the program the subject of medicine under the Nazis. Vilmar agreed to organize an exhibition, despite being opposed by several state schools, including the one in Bavaria, which refused to subsidize it. In his opening, Richard Toellner, medical historian of the University of Münster, said some words that made clear the change of mentality and that, finally, the German doctors were willing to face their past.
During its annual meeting held on that occasion in the emblematic city of Nuremberg on May 23, 2012, the German Medical Association issued a statement acknowledging participation in Nazi crimes not from a group of a few fanatical doctors, but from outstanding members of the profession, university professors and renowned researchers. It was admitted that, in contravention of their Hippocratic Oath, these men had been a key piece in the sterilization of three hundred and sixty thousand people classified as “carriers of hereditary diseases” and in the murder of two hundred thousand mentally ill and disabled people, in addition to performing thousands of experiments with the deportees that often ended in death. For all this, they asked the victims, the survivors, the deceased and their relatives for forgiveness, hoping that these events would serve as a warning for the present and the future.
Writing on his blog for the North American MSNBC, Art Caplan, director of the Center for Bioethics at the University of Pennsylvania, said he did not know if forgiveness would be granted, but also that in the history of apologies for crimes and abuses committed on behalf of of Medicine, it was the most important one ever made: “It does nothing to soften the horror of the Holocaust, but it blames the one who corresponds and ends with any subsequent effort to deny or confuse what really happened.”

As Lenz wrote in the October 1933 issue of the medical journal Klinische Wochenschrift: “The core of the German medical community has recognized the demands of German racial hygiene as its own; the German profession has become the driving force to carry out these demands ». In addition, it is important to emphasize that these doctors were never forced to perform forced sterilizations, nor to participate in the T4 crimes, nor to select the deportees, nor to participate in medical experiments or to kill by means of intracardiac injections of phenol. . Racial hygiene was not imposed by force on the German medical community, but were themselves who received enthusiastically the racial ideal. Mitscherlich and Mielke felt that “if the profession had opposed it, it is likely that the whole idea […] of the genocide had not taken place”.
But what is revealed by the aberrations committed by National Socialist doctors is that, under the right circumstances, a doctor can be corrupted as easily as any other mortal. After seventy-four years since the beginning of the Second World War, and when the sixty-ninth anniversary of the liberation of the Auschwitz extermination camp has just been completed, these events may seem to new generations belonging to a very distant past.
Knowing the past and the role played by the Nazi doctors reinforces the need to emphasize the bioethics and the inherent dignity of all human life in the training process of every health professional. It is necessary that this knowledge be transmitted over the years and keep alive the memory of all those whose voice was silenced forever because of a bad idea pompously called eugenics. There is no dead past, nor is there crime that does not serve as an example. Neither has the forgetting of evil ever made good progress. As a plaque placed at the entrance of Block 4 of Auschwitz I says: “Whoever forgets history is condemned to repeat it.” Who would dare to refute this ancient and wise maxim? The oblivion of the Nazi horror is part of the horror.
Only bearing in mind the catastrophic consequences of the complicity between totalitarian power and medical science professionals, the pessimistic words written in 1950 by François Bayle in his work Croix gammée contre caducée (The swastika against the caduceus) will remain only in that; in words:

When a comparable tyrant, small or great, is found throughout the world, who succeeds in fanatizing the youth through such an idealistic, false and inhuman ideology, when this ideology removes all religious (and moral) notions from the thinking of its holders, then it will be reborn. the worst Doctors will again violate human conscience under scientific and utilitarian pretexts. Monstrous investigations will begin that could not obtain results in Germany, but that will be tried in other parts; the all-powerful State will take responsibility and everything will start over again.

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