Momias — José Miguel Parra Ortiz / Mummies by José Miguel Parra Ortiz (spanish book edition)

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Este libro es otra maravilla, a través de las momias conseguimos un montón de información que es lo que nos propone el libro. Si te gusta la cultura egipcia a disfrutar esta joya literaria, didáctico y muy bien explicado con unas láminas explicativas.

Las momias son un elemento tan característico del antiguo Egipto como puedan serlo las propias pirámides. Más incluso, pues éstas apenas pasan del centenar y las momias se cuentan por millones. Las hay de todos los tamaños, todas las épocas y todos los estilos. Unas veces se trata de meros caparazones de tela enyesada sobre cuerpos sin tratar, y otras de perfectos envoltorios de vendas de lino, que ocultan en su interior un cadáver desecado con natrón.

¿Cuándo empezó a saberse en Europa de la existencia de las momias egipcias? Sin duda, la costumbre faraónica de la momificación fue conocida por los pueblos vecinos de Egipto desde el momento mismo en que entraron en contacto con la cultura del valle del Nilo. Los enterramientos no eran algo secreto en Egipto —más bien al contrario— y menos aún el proceso preservador sufrido por los difuntos. Grecia fue la primera de las actuales naciones europeas en entablar una relación continuada con Egipto y, según fue aumentando el grado de contacto entre ambas culturas, más curiosos se mostraron los griegos al respecto de las momias egipcias. En el siglo VII a. C. los faraones egipcios empezaron a recurrir de forma habitual a mercenarios helenos para reformar las fuerzas egipcias en combate.
Es Heródoto (484-425 a. C.) el primero que nos ofrece, en el siglo V a. C., una descripción del modo de proceder de los embalsamadores egipcios, un claro indicio del interés que tales prácticas despertaban ya entre sus lectores. Pocos siglos después, durante la época de los Ptolomeos, la cultura macedónica del grupo gobernante y la cultura faraónica del pueblo egipcio coexistieron en el valle del Nilo durante centenares de años, sin mezclarse, como el agua y el aceite. Las momias siguieron siendo entonces parte vital del devenir funerario de los egipcios; más que antes incluso, pues ahora la momificación se había abaratado y estaba al alcance de las personas con menos posibles. Todo el mundo helenístico, heredero del desmembrado imperio de Alejandro Magno (356-323 a. C.), conocía las momias egipcias.
Con todo, el uso de las momias egipcias como medicina no ha sido ni el único ni el más degradante de los sufridos por ellas. Los pintores del siglo XVIII, por ejemplo, les descubrieron otra utilidad. Triturado y mezclado en las justas proporciones con los aglutinantes adecuados, un trozo de momia se transformaba en una excelente pintura de color marrón. Entre las virtudes del «marrón de momia» se contaban su tono brillante y, en especial, su capacidad para secarse sobre el lienzo sin agrietarse.
Otro uso bastante especial de las momias fue el de materia prima para la fabricación de papel. La cosa sucedió, cómo no, en Estados Unidos. Primero se trató de una mera especulación teórica por parte del Dr. Isaiah Deck (1819-1862), quien en 1855 publicó un artículo en el Sycaruse Standard en el que llegaba a la conclusión de que importar momias desde Egipto para aprovecharlas como materia prima sería muy rentable económicamente. Una momia está enfajada, como término medio, por unos 16 kilos de vendas de lino. Importada desde Egipto, esa tela alcanzaba un precio de 6 centavos por kilo, es decir, la mitad que idéntico material fabricado en Estados Unidos.

Con todo, las momias falsificadas en mayor número fueron las de animales. En época ptolemaica y romana, la costumbre de ofrendarlas a los dioses se volvió universal. Tanto que se han encontrado multitud de necrópolis con millones de animales momificados: ibis para el dios Thot, cocodrilos para el dios Sobek, toros para el dios Apis… Se ha llegado a sugerir, incluso, que junto a los templos los sacerdotes mantenían criaderos de animales destinados al sacrificio y a ser vendidos a los fieles. La momificación de estos animales se convirtió en un proceso casi industrial, destinado a satisfacer una elevada demanda. Esta circunstancia espoleó la picaresca de algunos, que se dedicaron a vendar cualquier material susceptible de pasar por el animal deseado una vez tratado: trapos, huesos, ladrillos, trozos de cerámica, etc. No es de extrañar que el cuerpo del ingeniero inglés acabara siendo vendido transformado en una «legítima» momia faraónica. Muchos son los museos que cuentan con este tipo de falsificación en sus vitrinas. Como vemos, las momias egipcias nunca han dejado de ser un producto del que se podían conseguir importantes beneficios, no siempre legítimos.
En realidad, el sistema más sencillo de obtener ganancia de las momias era saquearlas. El robo de momias ha sido una constante en Egipto desde que los cuerpos comenzaron a enterrarse con ajuar funerario, es decir, desde antes de la aparición del Estado. La cantidad de riqueza inhumada era tan grande como la tentación de conseguirla mediante unas pocas horas de trabajo. Petrie nos habla en sus memorias de excavación de tumbas predinásticas halladas intactas por sus hombres; pero que demostraron haber sido saqueadas apenas unos días después de haberse realizado el enterramiento original, millares de años atrás.

La muerte es la única certeza que poseen los seres humanos y, arqueológicamente hablando, la adquisición de esta conciencia se remonta a unos 100.000 años atrás, con la aparición de los primeros indicios de rituales funerarios y enterramientos en el Paleolítico. En dos yacimientos de Etiopía, Herto y Hobo, se han encontrado cráneos con restos de descarnado, un indicio de que los difuntos sufrían un tratamiento especial. Más evidentes son los casos de las cuevas de Skhul y Qafzeh (Israel), donde se han excavado cuerpos espolvoreados con ocre y acompañados por cornamentas de gamo y mandíbulas de jabalí. Esta preocupación por disponer del cadáver de un miembro del grupo de una forma concreta sugiere la presencia, al menos ocasional por estas fechas, de algún tipo de ritual funerario. La inhumación no se convirtió en una práctica generalizada para casi todos los grupos humanos del planeta hasta hace 35.000 años. Los habitantes del valle del Nilo no fueron una excepción. El enterramiento egipcio más antiguo es el cuerpo de un niño encontrado en Taramsa y fechado 55.000 años antes de nuestra era;1 a partir de ese momento la inhumación fue la práctica funeraria por excelencia en el valle del Nilo.
El hecho de desaparecer dentro del agua que mantenía vivo al país era el elemento básico que explica este tratamiento especial, que en modo alguno suponía una renuncia al juicio de Osiris. En el resto de casos en los cuales el cuerpo desaparecía no se tenían tantos miramientos. No olvidemos que como castigo máximo, el rey Nebka ordenó quemar y esparcir las cenizas de la adúltera mujer del sacerdote Webaoner, como se narra en El rey Khufu y los magos.
El único modo de asegurarse un renacimiento tranquilo en el más allá era organizar las cosas para ser embalsamado e inhumado en una tumba duradera, donde apareciera innumerables veces el nombre del difunto, repleta de textos que señalaran el camino y, a ser posible, acompañado de un par de estatuas donde figurara bien visible: «Soy una imagen del difunto (nombre del fallecido)». Cuantos menos riesgos se corrieran, mejor.

La momificación es uno de los varios procesos mediante los cuales la descomposición de un cuerpo humano se ve interrumpida, resultando de ello la conservación del mismo. Los egipcios llegaron a ser unos maestros en este arte y, en muchos casos, la momia se conserva tan bien que resulta turbador observarla. Uno siente que se está inmiscuyendo en el sueño de alguien, y la sensación de incomodidad, de intrusismo, puede llegar a ser abrumadora. Mirar el rostro de un faraón fallecido hace cuatro mil años no deja indiferente a nadie.
Las momias naturales fueron algo que los egipcios conocieron desde siempre; pero si por algo es famosa la civilización faraónica es por sus momias artificiales. En un momento dado, en el antiguo Egipto se salvó la distancia entre unas y otras, dando comienzo un proceso que alcanzó su desarrollo máximo en el Tercer Período Intermedio. Para entonces, la técnica de momificación se había refinado lo bastante como para constar de una serie de pasos bien estructurados y específicos, que aseguraban siempre un resultado óptimo. Hasta hace pocos años, los datos disponibles sugerían que los egipcios comenzaron a practicar la momificación un poco por obligación.
La arqueología demuestra que, como resultado de los procesos que terminaron en la unificación del país, las clases altas fueron invirtiendo cada vez más recursos en sus enterramientos. Además de enterrar ajuares de mayor riqueza, revistieron las paredes de sus tumbas con adobes y depositaron los cuerpos dentro de ataúdes de madera. El resultado fue la pérdida de contacto con la arena y el aislamiento del cadáver de todos aquellos elementos que lo momificaban de forma natural. Dentro del ataúd, las bacterias tenían campo libre y la descomposición cadavérica tenía lugar. Si bien limitada por las altas temperaturas, la putrefacción de los cuerpos inhumados de este modo no tardó en ser advertida por los egipcios, que habrían decidido intervenir en el proceso para intentar interrumpirlo y preservar los cuerpos, descubriendo así la momificación. No deja de ser irónico, pero quienes disfrutaban de mayores privilegios en vida fueron los que más peligro corrieron de ver truncadas sus esperanzas de sobrevivir a la muerte.

Los egipcios pensaban que, al fallecer, el ser humano sufría una especie de ruptura, una separación de sus elementos constitutivos que sólo la magia de los rituales y las ceremonias funerarias podía recomponer. Gracias a ella, tras pasar el juicio de Osiris, el ba se unía con el ka y el ser humano renacía en el más allá, donde gozaba de una vida eterna en el mundo de los muertos. El primero de los rituales funerarios destinados a asegurar el renacimiento del difunto tenía lugar durante el largo proceso de convertir su cuerpo en una momia. En muchos casos, el difunto lo dejaba todo bien especificado meses o años antes de fallecer.
El ritual del embalsamamiento, tal cual aparece en estos papiros, se dividía en una docena de pasos: 1) ungir la cabeza por primera vez; 2) perfumar el cuerpo a excepción de la cabeza; 3) introducir las entrañas en un vaso; 4) ablandar el cuerpo masajeándolo con aceites y colocar el sudario y las vendas; 5) nota técnica; 6) colocar las fundas en los dedos de las manos y los pies; 7) ungir la cabeza por segunda vez; 8) ungir la cabeza por última vez; 9) envolver las manos por primera vez; 10) envolver las manos y los dedos definitivamente; 11) envolver las piernas; y 12) oración final. Cada uno de los textos donde se describen estos pasos está dividido en dos partes; en la primera se indica a los embalsamadores qué hacer con el cuerpo, mientras que la segunda contiene los rituales que han de leerse mientras sucede lo anterior.

La función de los shabtis era suplir al difunto cuando en la otra vida se le requiriera para realizar cualquier tipo de labor.
Los primeros shabtis, de cera o barro, aparecen como sustitutos del cuerpo del difunto, envueltos en tela y depositados dentro de cajas de madera. A partir de la XII y XIII dinastías adquirieron forma de momia y, por lo general, se fabricaron en piedra. No todos tienen texto y cuando éste aparece lo hace en su versión simplificada. Este tipo de figura funeraria, que da la impresión de haber desaparecido durante el Segundo Período Intermedio, reapareció con fuerza a partir de la XVII dinastía, cuando se tallaban en madera de forma tosca y eran depositados en las tumbas dentro de un pequeño ataúd del mismo material.
La llegada del Reino Nuevo supuso algunas innovaciones en las figuritas funerarias. La más destacada es que por primera vez se incorporaron shabtys al ajuar funerario de los soberanos. También fue entonces cuando las figuras comenzaron a representarse con una azada en cada mano y una cesta a la espalda. Siguiendo la tendencia de los ataúdes, los shabtis de principios de la XVIII dinastía eran blancos con textos en azul, amarillo o rojo. Los del final de la dinastía, en cambio, tenían los textos y detalles en amarillo sobre un fondo oscuro. Pese a lo que pudiera parecer, durante la época amárnica se siguieron fabricando shabtis y no sólo eso, sino que además tuvo lugar un cambio importante. Hasta entonces lo tradicional era depositar unos cuantos shabtis dentro de cada tumba, ahora el ideal pasó a ser tener 365 de ellos, uno para cada día del año, además de un capataz por cada grupo de diez, lo que supone un total de 401 figuritas. Los shabtis capataces no son momiformes, van vestidos con ropa de diario y no llevan los aperos de labranza.

La función de las pirámides fue servir de lugar de enterramiento para los faraones que ordenaron su construcción.

El antiguo Egipto y sus faraones siempre estuvieron envueltos en un halo de misterio, al que contribuyeron tanto su peculiar modo de representación artística como su sistema de escritura. Heródoto (Keops, Kefrén y Micerino) y la Biblia (Ramsés II, Sheshonq) habían transmitido a la cultura occidental el nombre de alguno de sus soberanos, pero apenas nada más se conocía de ellos. Durante milenios, el rostro de los faraones fue una incógnita. El desciframiento de la lengua egipcia en 1822 contribuyó a romper en parte este velo de silencio. A partir de entonces se pudo comenzar a identificar a las figuras que aparecían en pinturas y relieves. Desgraciadamente, el modo de representar de los egipcios obligaba a sus artesanos a mostrar la figura del monarca siguiendo una pauta muy rígida, completamente ajena al retrato, preferido por la cultura occidental. En vez de representar a cada faraón como una entidad independiente dotada de rasgos físicos propios, las imágenes egipcias nos ofrecen la figura idealizada del monarca perfecto. El inconveniente de este sistema es que los rasgos de todos ellos son idénticos y por lo tanto anodinos, y la ventaja, que su imagen es inequívocamente reconocible como la de un soberano. Para el modo fáctico de entender la historia existente en el mundo occidental durante el siglo XIX, cuando se creía que eran los personajes relevantes de la sociedad quienes marcaban el discurrir de aquélla, esta ausencia de individualidad suponía una fuente constante de frustración. No era posible ponerle rostro a las hazañas de Tutmosis III o de Ramsés II, que por entonces comenzaban a conocerse con algún detalle. Si bien las tumbas de los faraones del Reino Nuevo estaban siendo excavadas e identificadas en el Valle de los Reyes, aparecían saqueadas y sin la momia del soberano. Todo esto cambió a lo largo del último cuarto del siglo XIX, cuando en dos escondrijos de la necrópolis de Tebas apareció la práctica totalidad de las momias de los faraones del Reino Nuevo. A partir de entonces, para tranquilidad de los historiadores decimonónicos, se pudo poner un rostro a los diversos acontecimientos de la historia de Egipto.

Además de su interés como documento del modo de entender la vida que tenían los egipcios, las momias son para los paleopatólogos una constante fuente de información. El objetivo de estos investigadores es «… demostrar la presencia de las enfermedades en los restos humanos y de animales procedentes de los tiempos antiguos».1 En el caso del Egipto faraónico se pueden considerar unos privilegiados, pues tienen a su disposición toda la gama de posibles fuentes de información. Además de las fuentes secundarias, como son las representaciones artísticas (imágenes y estatuas) y los textos (literarios, autobiografías), casi siempre pueden recurrir a la fuente primaria: los cuerpos de las momias. Junto a los estudios osteológicos, las excelentes cualidades conservantes del natrón y las técnicas de los embalsamadores egipcios hacen que las muestras de tejido de las momias egipcias puedan ser rehidratadas y estudiadas con una cierta facilidad, cada vez mayor cuanto más sofisticados y precisos se van haciendo con el tiempo los sistemas de análisis biológico.
El estudio de las enfermedades de los antiguos egipcios nos permite acercarnos a ellos de un modo mucho más personal. Saber de los atroces dolores sufridos por una mujer fallecida mientras daba a luz o de las insuficiencias alimentarias de los niños de un poblado, sin duda consiguen hacer más vívida y real nuestra reconstrucción de la sociedad faraónica. Ello es importante, porque el egipcio es un pasado milenario, cuya imagen ha llegado hasta nosotros distorsionada por el filtro color de rosa de la cultura grecolatina.
La principal y más insidiosa de las enfermedades endoparasitarias que afectaron a los egipcios es la esquistosomiasis, todavía hoy endémica en las zonas tropicales. Teóricamente, los diminutos gusanos que la provocan (los machos de sólo 1 cm de longitud y las hembras del doble, si bien mucho más delgadas) sólo sobreviven en agua corriente, pero parte de su ciclo vital se desarrolla en el interior de unos diminutos caracoles que sí pueden vivir en las aguas estancadas. Dentro de los moluscos, los huevos de Schistosoma haematobia y de Schistosoma mansoni se convierten en larvas que son expulsadas al agua. Al contacto con los seres humanos penetran en su interior a través de la piel y por medio del sistema circulatorio terminan accediendo al recto (S. mansoni) o la vejiga (S. hamaetobia). Allí maduran, anidan, se aparean y desovan, causando hemorragias que acompañan a los huevos hasta las heces o la orina, por medio de las cuales son expulsados al agua para comenzar un nuevo ciclo.
Se utilizaban dos sustancias como maquillaje ocular, la malaquita (verde) y mucho más frecuentemente la galena o estibnita (negra). Además de absorber los reflejos de la luz, y de poseer propiedades profilácticas, la galena es un repelente de insectos. Un egipcio con los ojos maquillados con galena no sufría el constante ataque de las moscas, atraídas por la humedad del lagrimal. Sin embargo, como la mayoría de las momias no conservan los ojos, sustituidos por otros artificiales, no resultan útiles como fuente para el estudio de las patologías oculares de los egipcios. En este caso se ha de recurrir a los papiros médicos, donde se describen innumerables curas: si el ojo ha resultado atacado por una sustancia venenosa, si el ojo ha dejado de ver, si el ojo ve manchas blancas, etc. La ceguera no era desconocida; de hecho, la imagen del arpista ciego es habitual en el arte egipcio.
Si bien la luz del sol podía ser dañina para los ojos, no parece haber afectado en absoluto a la piel de los egipcios, cuyo tono variaba con la latitud. Pese a aparecer en las representaciones artísticas con un único tono de piel…

Rodeados de un mundo animal en su mayoría hostil (hipopótamos, cobras, escorpiones, etc.), pero al mismo tiempo dependientes de varios de ellos para su sustento (vacas, ovejas, cerdos, etc.), resulta lógico que los animales formaran una parte indivisible de la sociedad egipcia y fueran muy importantes en el imaginario faraónico. Innumerables son los signos jeroglíficos con forma de animal1 e imprescindibles las representaciones animales en la decoración de las tumbas. La relación que la sociedad egipcia mantenía con el mundo animal era especial, más allá de lo que uno podría esperar de una cultura agropecuaria como la suya. Como resulta lógico, no son pocas las divinidades egipcias que eran animales, pero lo más llamativo de su panteón son aquellas divinidades que, siendo antropomorfas, aparecen representadas con cuerpo humano y cabeza en forma de animal: mamífero (la vaca Hathor), insecto (el escarabajo Khepri), ave (la milano Isis), etc. Los animales eran para los egipcios seres vivos al mismo nivel que los seres humanos y, por lo tanto, sus dioses podían aparecer como híbridos de ambos sin desdoro alguno para ellos. El animal elegido era una manifestación de una cualidad intrínseca del dios. Esta cualidad de seres vivos permite explicar también la práctica de la momificación en determinados animales, merecedores del mismo trato que el género humano.
No todos los animales momificados cumplían la misma función y, de hecho, se pueden distinguir cuatro categorías de momias de este tipo. La primera serían las momias de mascotas, cuyos dueños decidían enterrarse con ellas para disfrutar de su compañía en el otro mundo. La segunda serían las viandas momificadas, piezas selectas de animales presentadas como ofrendas funerarias en la tumba del difunto. La tercera categoría sería la de las momias de animales sagrados, momificados con todos los honores debidos a su condición de tales. Finalmente, la última categoría sería la de momias votivas, presentadas como ofrendas al dios con el que se identificaban, una práctica restringida casi por completo al período grecorromano.
Los egipcios parecen haber disfrutado desde siempre de la compañía de animales domésticos como mascotas. Los más habituales eran perros, gatos, monos verdes, babuinos y gacelas. Los faraones, por supuesto, podían permitirse el lujo de contar con los alegres retozos de animales más «regios», como los leones que acompañaron a Ramsés II durante la batalla de Kadesh.

Los primeros ejemplares de las momias más antiguas del mundo fueron descubiertos en 1917 a dos kilómetros de la playa chilena de Chinchorro, en el desierto de Atacama. Las investigaciones no han cesado desde entonces y hasta el momento se han encontrado cerca de trescientos cuerpos momificados.
Los grupos humanos que componían la cultura Chinchorro parecen haber procedido de la zona de montañas de Arica, desde donde se desplazaron hasta la costa para establecerse, emparedados entre el océano Pacífico y el desierto de Atacama. Allí permanecieron, desde el 7020 a. C. hasta el 1110 a. C., como una cultura sedentaria de pescadores que no conocía la cerámica, ni la metalurgia y tampoco sabía tejer. Pese a todo, su ideología los llevó a crear las primeras momias artificiales conocidas en el mundo, partiendo de la momificación natural observada en los cuerpos de los antepasados, producida por el carácter desértico de la zona.
La conquista de las Canarias, los españoles encontraron más momias; pero esta vez en el nuevo continente, recién descubierto gracias a los esfuerzos de Colón. En el virreinato del Perú los españoles se encontraron con momias de todas las épocas y períodos, pues la costumbre de dejar momificar de forma natural los cuerpos, ya fueran los de todo el grupo o sólo los líderes del poblado, se remonta a antes de la aparición del Estado en Egipto y Mesopotamia. Las primeras momias peruanas conocidas datan del 4000 a. C., siendo una costumbre que continuó hasta el siglo XVI, con las momias de los reyes y la nobleza provincial inca. Entre medias hubo muchas culturas que momificaron a sus miembros o al menos a una parte de ellos, como puedan ser los Chavín (900-200 a. C.), cuya influencia en el posterior desarrollo de la región fue muy importante. También se conocen momias de la cultura Paracas (400-100 a. C.), influida por la anterior. Las momias de la clase baja y media de esta cultura consistían en un cuerpo acuclillado sobre una piel, dentro de una cesta, rodeado de varias capas de ropa y la cabeza ataviada con varios tocados de tela. Unos cuantos sudarios de algodón envolvían el conjunto, a su vez oculto bajo 15 capas de tela entreveradas con ofrendas funerarias como armas, cerámica, etc. Estas momias se depositaban en cavernas y son de ambos sexos y de todas las edades, mientras que las momias de la elite (varones de edad avanzada) se enterraban en necrópolis especiales.

Los muertos han de reposar en paz. Turbar su descanso ha sido considerado siempre y en todas las culturas un acto malvado, el cual debe acarrear consecuencias nefastas para el osado saqueador de la tumba. La desaparición de alguien a quien amamos es un acontecimiento doloroso, que comienza a superarse al entregar su cuerpo a los adecuados ritos funerarios. Saquear una tumba significa, amén de una falta de respeto hacia el difunto, traer de nuevo a la memoria de su familia los tristes momentos que precedieron a la desaparición de ese ser querido. La idea de alguien profanando la tumba de nuestros familiares hace surgir de lo más profundo de nosotros el deseo de castigar al ladrón. Al actuar los saqueadores de forma taimada, protegidos por el anonimato y aislamiento de la necrópolis, los familiares se ven inermes ante ellos. Para evitarlo se recurre a la justicia proporcionada por los propios dioses en forma de ley no escrita, pero firmemente afianzada: «No se debe saquear una tumba, pues quien lo hace recibirá su castigo a manos de los dioses». La idea queda ahí, en forma de latente amenaza destinada a proteger a nuestros difuntos del gen de la avaricia.
En el antiguo Egipto, la riqueza enterrada junto a los muertos ha sido desde el período predinástico el motivo para convertir el robo de tumbas en una tradición nacional. En muchos casos las tumbas eran saqueadas apenas unos días después de realizada la inhumación. Los ladrones conocían perfectamente dónde excavar y cómo sortear las medidas defensivas de los sepulcros.

El estudio científico de la «maldición» ha llevado a descubrir varios elementos que, presentes en las tumbas antiguas, no sólo del antiguo Egipto, podrían ser causantes de enfermedades en quienes las exploraran por primera vez tras siglos de reposo. En la década de 1950 se descubrió que en el guano de los murciélagos se reproducía un hongo, el Histoplasma capsulatum, que al ser inhalado produce síntomas variables, pero que siempre afecta a los pulmones. La enfermedad se conoce como histoplasmosis. La presencia de excrementos de murciélago en las tumbas egipcias no es rara, como demuestran los relatos de los primeros exploradores de la Gran Pirámide, y es síntoma inequívoco de una tumba saqueada, cosa que no sucede con la KV 62, sellada definitivamente en época faraónica. En 1962 el biólogo egipcio Ezz Eldin Taha profundizó en este tipo de investigación al descubrir la presencia de hongos (Aspergilus niger y Aspergillus flavus) en arqueólogos y conservadores de museo que habían manifestado síntomas de la llamada «sarna copta», que ataca sobre todo a los estudiosos de este tipo de papiros, escritos por los cristianos egipcios. El Aspergillus aparece durante la descomposición de los tejidos orgánicos, por lo cual su presencia es inevitable en las tumbas egipcias. Los Aspergillus atacan sobre todo a las vías respiratorias, pudiendo causar aspergilosis, una seria enfermedad pulmonar. No obstante, para que comience a ser peligroso el hongo ha de ser respirado en concentraciones muy altas, que no se encuentran nunca en las tumbas. A la vista de todo lo expuesto, parece que la única conclusión posible es que la maldición sólo existe en la imaginación de quien así lo desea.

Con el paso de los siglos, en el valle del Nilo se desarrolló una de las técnicas más refinadas de momificación artificial que se conocen. Los embalsamadores egipcios podían ser muy cuidadosos y, en algunos casos, se tomaban muchas molestias para conseguir que los cuerpos en los que trabajaban quedaran naturales: pegar una cabeza desgajada, rellenar una nariz con tela para que conservara su forma, dotar de extensiones de pelo artificial al cabello de una reina, meter una pequeña peña de barro en el escroto de un hombre para que pareciera que tenía testículos… Pero también se dio el caso contrario: piernas rotas por los tobillos para que cupieran en un ataúd demasiado corto, vasos canopos rellenos con vísceras que no eran sino un montón de trapos, momias de animales que en realidad eran unos meros huesos revueltos con barro…
Al mismo tiempo, la inversión económica que los egipcios realizaban para preparar su muerte era notable, llegando a convertirse en el esfuerzo de toda una vida. No todos podían permitirse los mismos lujos, pero quien más y quien menos se enterraba junto a algunas ofrendas funerarias; procurando al mismo tiempo disponer las cosas para que, una vez desaparecido, sus vástagos se encargaran de mantener viva su memoria mediante las ofrendas diarias.
Cuando nos acercamos a estas cápsulas del tiempo que son las momias egipcias, con el respeto que merecen y el ansia de saber que provocan, estamos teniendo el privilegio de preguntar directamente a los protagonistas de la historia. Si es un faraón, podemos contrastar su imagen real con la que nos ofrecen los textos históricos; si es un obrero encargado de erigir una pirámide, comprobaremos cómo su salud se resintió de resultas de su dura labor diaria; si es un noble, sus huesos nos hablarán de una dieta rica en proteínas animales y escaso trabajo físico… Entre los tres nos dicen: así es como éramos y así vivíamos; por eso las momias son un tesoro.

This book is another wonder, through the mummies we get a lot of information that is what the book proposes. If you like the Egyptian culture to enjoy this literary, didactic and very well explained jewel with some explanatory sheets.

Mummies are as characteristic of ancient Egypt as the pyramids themselves may be. Even more, since they barely exceed a hundred and mummies are counted by millions. There are of all sizes, all times and all styles. Sometimes they are mere shells of plastered cloth on untreated bodies, and others of perfect wrappings of linen bandages, which conceal in their interior a dried corpse with natron.

When did the Egyptian mummies begin to be known in Europe? Undoubtedly, the pharaonic custom of mummification was known by the neighboring peoples of Egypt from the moment they came into contact with the culture of the Nile Valley. The burials were not something secret in Egypt – quite the contrary – and less even the preservation process suffered by the deceased. Greece was the first of the current European nations to establish an ongoing relationship with Egypt and, as the degree of contact between the two cultures increased, the Greeks became more curious about the Egyptian mummies. In the VII century a. C. the Egyptian pharaohs began to resort to Hellenic mercenaries regularly to reform the Egyptian forces in combat.
It is Heródoto (484-425 a.) The first one that offers us, in the V century a. C., a description of the way of proceeding of the Egyptian embalmers, a clear indication of the interest that such practices aroused among their readers. A few centuries later, during the time of the Ptolemies, the Macedonian culture of the ruling group and the Pharaonic culture of the Egyptian people coexisted in the Nile Valley for hundreds of years, without mixing, like water and oil. The mummies remained then a vital part of the funerary evolution of the Egyptians; more than before, because now the mummification had become cheaper and was available to people with less possible. The Hellenistic world, heir to the dismembered empire of Alexander the Great (356-323 BC), knew the Egyptian mummies.
However, the use of Egyptian mummies as medicine has not been the only or the most degrading of those suffered by them. Painters of the eighteenth century, for example, discovered another utility. Crushed and mixed in the just proportions with the right binders, a piece of mummy was transformed into an excellent brown paint. Among the virtues of “mummy brown” were its bright tone and, especially, its ability to dry on the canvas without cracking.
Another quite special use of mummies was that of raw material for papermaking. The thing happened, of course, in the United States. First it was a mere theoretical speculation on the part of Dr. Isaiah Deck (1819-1862), who in 1855 published an article in the Sycaruse Standard in which he concluded that importing mummies from Egypt to take advantage of them as raw material would be very economically profitable. A mummy is wrapped, on average, by about 16 kilos of linen bandages. Imported from Egypt, that cloth reached a price of 6 cents per kilo, that is, half that identical material manufactured in the United States.

However, the falsified mummies in greater numbers were those of animals. In Ptolemaic and Roman times, the custom of offering them to the gods became universal. So much that they have found a multitude of necropolis with millions of mummified animals: ibis for the god Thot, crocodiles for the god Sobek, bulls for the god Apis … It has even been suggested that next to the temples the priests kept breeding sites for animals intended for slaughter and sold to the faithful. The mummification of these animals became an almost industrial process, designed to meet a high demand. This circumstance spurred the picaresque of some, who were engaged in bandaging any material likely to pass through the desired animal once treated: rags, bones, bricks, pieces of ceramics, etc. It is not surprising that the body of the English engineer ended up being sold transformed into a “legitimate” pharaonic mummy.
In fact, the simplest system of obtaining profit from mummies was to plunder them. The robbery of mummies has been a constant in Egypt since the bodies began to be buried with funeral trousseau, that is, from before the appearance of the State. The amount of inhuman wealth was as great as the temptation to get it through a few hours of work. Petrie speaks to us in his memoirs of excavation of Predynastic tombs found intact by his men; but they proved to have been looted just a few days after the original burial was carried out, thousands of years ago.

Death is the only certainty that human beings possess and, archaeologically speaking, the acquisition of this consciousness goes back some 100,000 years ago, with the appearance of the first signs of funerary rituals and burials in the Paleolithic. In two sites in Ethiopia, Herto and Hobo, skulls have been found with remains of fleshless, an indication that the deceased suffered a special treatment. More obvious are the cases of the caves of Skhul and Qafzeh (Israel), where bodies dusted with ocher have been excavated and accompanied by fallow deer and jaws of wild boar. This concern to dispose of the corpse of a member of the group in a concrete way suggests the presence, at least occasionally at this time, of some type of funerary ritual. Inhumation did not become a widespread practice for almost all human groups on the planet until 35,000 years ago. The inhabitants of the Nile Valley were no exception. The oldest Egyptian burial is the body of a child found in Taramsa and dated 55,000 years before our era, 1 from that time burial was the funeral par excellence par excellence in the Nile Valley.
The fact of disappearing into the water that kept the country alive was the basic element that explains this special treatment, which in no way implied a renunciation of Osiris’ trial. In the rest of the cases in which the body disappeared, there was not so much consideration. Let us not forget that as a maximum punishment, King Nebka ordered to burn and scatter the ashes of the adulteress wife of the priest Webaoner, as narrated in King Khufu and the magicians.
The only way to ensure a quiet rebirth in the afterlife was to organize things to be embalmed and buried in a lasting tomb, where the name of the deceased would appear innumerable times, full of texts that pointed the way and, if possible, accompanied by a pair of statues where it was clearly visible: «I am an image of the deceased (name of the deceased)». The fewer risks, the better.

Mummification is one of several processes by which the decomposition of a human body is interrupted, resulting in the conservation of it. The Egyptians became masters in this art and, in many cases, the mummy is preserved so well that it is disturbing to observe it. One feels that one is meddling in someone’s dream, and the sensation of discomfort, of intrusion, can become overwhelming. To look at the face of a deceased pharaoh four thousand years ago does not leave anyone indifferent.
The natural mummies were something that the Egyptians knew from always; but if for something is famous the Pharaonic civilization is for its artificial mummies. At a given moment, in ancient Egypt, the distance between one and the other was saved, beginning a process that reached its maximum development in the Third Intermediate Period. By then, the technique of mummification had been refined enough to consist of a series of well structured and specific steps, which always ensured an optimal result. Until a few years ago, the available data suggested that the Egyptians began to practice mummification a bit by obligation.
Archeology shows that, as a result of the processes that ended in the unification of the country, the upper classes were investing more and more resources in their burials. In addition to burying more valuable trousseaux, they covered the walls of their tombs with adobes and deposited the bodies inside wooden coffins. The result was the loss of contact with the sand and the isolation of the corpse from all those elements that mummified it naturally. Inside the coffin, the bacteria had free field and the cadaveric decomposition took place. Although limited by the high temperatures, the putrefaction of the bodies buried in this way was soon noticed by the Egyptians, who decided to intervene in the process to try to interrupt it and preserve the bodies, thus discovering the mummification. It is still ironic, but those who enjoyed greater privileges in life were the ones who ran the risk of seeing their hopes of surviving death truncated.

The Egyptians thought that, when dying, the human being suffered a kind of rupture, a separation of its constituent elements that only the magic of rituals and funeral ceremonies could recompose. Thanks to her, after passing the trial of Osiris, the ba was united with the ka and the human being was reborn in the afterlife, where he enjoyed an eternal life in the world of the dead. The first of the funerary rituals intended to ensure the rebirth of the deceased took place during the long process of turning his body into a mummy. In many cases, the deceased left everything well specified months or years before passing away.
The ritual of embalming, as it appears in these papyri, was divided into a dozen steps: 1) anoint the head for the first time; 2) perfuming the body except for the head; 3) insert the entrails into a glass; 4) soften the body by massaging it with oils and placing the shroud and bandages; 5) technical note; 6) place the covers on the fingers and toes; 7) anoint the head a second time; 8) anoint the head for the last time; 9) wrap your hands for the first time; 10) wrap your hands and fingers definitely; 11) wrap the legs; and 12) final sentence. Each of the texts describing these steps is divided into two parts; in the first, the embalmers are instructed what to do with the body, while the second contains the rituals to be read while the above occurs.

The function of the shabti was to supply the deceased when in the next life he was required to perform any type of work.
The first shabti, made of wax or clay, appear as substitutes for the body of the deceased, wrapped in cloth and placed inside wooden boxes. From the XII and XIII dynasties acquired the form of a mummy and, in general, were made of stone. Not all have text and when it appears it does so in its simplified version. This type of funerary figure, which gives the impression of having disappeared during the Second Intermediate Period, reappeared with force from the XVII dynasty, when they were carved in rough wood and were deposited in the tombs inside a small coffin of the same material.
The arrival of the New Kingdom meant some innovations in the funerary figures. The most outstanding is that for the first time shabtys were incorporated into the funerary trousseau of the sovereigns. It was also then that the figures began to be represented with a hoe in each hand and a basket on the back. Following the tendency of the coffins, the shabti of the early eighteenth dynasty were white with texts in blue, yellow or red. Those at the end of the dynasty, on the other hand, had texts and details in yellow on a dark background. Despite what it might seem, during the Amharic period they continued to manufacture shabtis and not only that, but also an important change took place. Until then the traditional thing was to deposit a few shabtis inside each grave, now the ideal happened to be 365 of them, one for each day of the year, in addition to one foreman for each group of ten, which means a total of 401 figurines . The foreman shabtis are not mummies, they are dressed in everyday clothes and they do not carry farm implements.

The function of the pyramids was to serve as a burial place for the pharaohs who ordered its construction.

Ancient Egypt and its pharaohs were always enveloped in an aura of mystery, to which both their peculiar mode of artistic representation and their writing system contributed. Herodotus (Keops, Kephren and Mycerinus) and the Bible (Ramses II, Sheshonq) had transmitted to Western culture the name of one of their sovereigns, but hardly anything else was known about them. For millennia, the face of the pharaohs was an unknown. The deciphering of the Egyptian language in 1822 helped to partially break this veil of silence. From then on, it was possible to begin to identify the figures that appeared in paintings and reliefs. Unfortunately, the way of representing the Egyptians forced their artisans to show the figure of the monarch following a very rigid pattern, completely unrelated to the portrait, preferred by Western culture. Instead of representing each pharaoh as an independent entity with its own physical features, the Egyptian images offer us the idealized figure of the perfect monarch. The drawback of this system is that the features of all of them are identical and therefore bland, and the advantage, that their image is unambiguously recognizable as that of a sovereign. For the factual way of understanding the history that existed in the Western world during the 19th century, when it was believed that the relevant characters of society were the ones who marked the discourse of that society, this absence of individuality was a constant source of frustration. It was not possible to put face to the exploits of Tutmosis III or Ramses II, who at that time began to know each other in some detail. Although the tombs of the pharaohs of the New Kingdom were being excavated and identified in the Valley of the Kings, they appeared looted and without the mummy of the sovereign. All this changed throughout the last quarter of the nineteenth century, when in two hiding places of the necropolis of Thebes appeared almost all the mummies of the pharaohs of the New Kingdom. From then on, for the tranquility of the nineteenth-century historians, it was possible to put a face to the various events in the history of Egypt.

Besides their interest as a document of the way of understanding the life that the Egyptians had, mummies are for paleopathologists a constant source of information. The aim of these researchers is “… to demonstrate the presence of diseases in human remains and animals from ancient times” .1 In the case of Pharaonic Egypt, they can be considered privileged, since they have all the range of possible sources of information. In addition to the secondary sources, such as artistic representations (images and statues) and texts (literary, autobiographical), they can almost always resort to the primary source: the bodies of mummies. Along with osteological studies, the excellent preservative qualities of natron and the techniques of Egyptian embalmers make the tissue samples of Egyptian mummies can be rehydrated and studied with a certain ease, increasing the more sophisticated and precise they are becoming over time the systems of biological analysis.
The study of the diseases of the ancient Egyptians allows us to approach them in a much more personal way. Knowing the atrocious pains suffered by a woman who died while giving birth or the food shortages of the children of a village, without a doubt, make our reconstruction of Pharaonic society more vivid and real. This is important, because the Egyptian is a millenary past, whose image has come to us distorted by the rose-colored filter of Greco-Roman culture.
The main and most insidious of the endoparasitic diseases that affected the Egyptians is schistosomiasis, still endemic today in the tropics. Theoretically, the tiny worms that cause it (males only 1 cm long and females double, though much thinner) only survive in running water, but part of their life cycle develops inside tiny snails They can live in stagnant waters. Within the molluscs, the eggs of Schistosoma haematobia and Schistosoma mansoni become larvae that are expelled into the water. In contact with human beings, they penetrate into the skin through the skin and through the circulatory system end up accessing the rectum (S. mansoni) or the bladder (S. hamaetobia). There they mature, nest, mate and spawn, causing hemorrhages that accompany the eggs to the feces or urine, by means of which they are expelled into the water to begin a new cycle.
Two substances were used as eye makeup, malachite (green) and much more frequently galena or stibnite (black). In addition to absorbing light reflections, and having prophylactic properties, galena is an insect repellent. An Egyptian with eyes made up with galena did not suffer the constant attack of the flies, attracted by the dampness of the lacrimal. However, since most of the mummies do not preserve the eyes, replaced by artificial ones, they are not useful as a source for the study of the eye pathologies of the Egyptians. In this case we have to resort to medical papyrus, where innumerable cures are described: if the eye has been attacked by a poisonous substance, if the eye has stopped seeing, if the eye sees white spots, etc. The blindness was not unknown; in fact, the image of the blind harpist is common in Egyptian art.
Although sunlight could be harmful to the eyes, it does not seem to have affected the skin of the Egyptians at all, whose tone varied with latitude. Despite appearing in artistic representations with a unique skin tone …

Surrounded by an animal world mostly hostile (hippos, cobras, scorpions, etc.), but at the same time dependent on several of them for their sustenance (cows, sheep, pigs, etc.), it is logical that the animals form a indivisible part of Egyptian society and were very important in the pharaonic imaginary. Innumerable are the hieroglyphic signs in the shape of an animal1 and essential animal representations in the decoration of tombs. The relationship that Egyptian society maintained with the animal world was special, beyond what one might expect from an agricultural culture like his. As is logical, there are many Egyptian deities that were animals, but the most striking of his pantheon are those divinities that, being anthropomorphic, are represented with a human body and head in the form of an animal: mammal (cow Hathor), insect ( the Khepri beetle), bird (the kite Isis), etc. The animals were for the Egyptians living beings on the same level as human beings and, therefore, their gods could appear as hybrids of both without any derision for them. The chosen animal was a manifestation of an intrinsic quality of God. This quality of living beings also explains the practice of mummification in certain animals, worthy of the same treatment as the human race.
Not all the mummified animals fulfilled the same function and, in fact, four categories of mummies of this type can be distinguished. The first would be the mummies of pets, whose owners decided to bury themselves with them to enjoy their company in the other world. The second would be the mummified meats, select pieces of animals presented as funeral offerings in the tomb of the deceased. The third category would be the mummies of sacred animals, mummified with all the honors due to their condition as such. Finally, the last category would be that of votive mummies, presented as offerings to the god with whom they identified, a practice almost entirely restricted to the Greco-Roman period.
The Egyptians seem to have always enjoyed the company of pets as pets. The most common were dogs, cats, green monkeys, baboons and gazelles. The pharaohs, of course, could afford the luxury of having the lively carousing of more “regal” animals, like the lions that accompanied Ramses II during the battle of Kadesh.

The first specimens of the oldest mummies in the world were discovered in 1917 two kilometers from the Chilean beach of Chinchorro, in the Atacama Desert. The investigations have not stopped since then and until now have been found about three hundred mummified bodies.
The human groups that made up the Chinchorro culture seem to have come from the Arica mountains, from where they moved to the coast to settle, sandwiched between the Pacific Ocean and the Atacama Desert. They remained there, from 7020 a. C. until 1110 a. C., like a sedentary culture of fishermen who did not know the ceramics, nor the metallurgy and neither knew how to weave. In spite of everything, their ideology led them to create the first artificial mummies known in the world, starting from the natural mummification observed in the bodies of the ancestors, produced by the desert character of the area.
The conquest of the Canaries (canary islands), the Spaniards found more mummies; but this time in the new continent, newly discovered thanks to the efforts of Columbus. In the viceroyalty of Peru the Spaniards met with mummies from all periods and periods, since the custom of letting bodies naturally mummify, whether they were the whole group or only the village leaders, dates back to before the appearance of the State in Egypt and Mesopotamia. The first known Peruvian mummies date back to 4000 BC. C., being a custom that continued until the sixteenth century, with the mummies of the kings and the Inca provincial nobility. In between there were many cultures that mummified their members or at least a part of them, such as the Chavin (900-200 BC), whose influence on the later development of the region was very important. There are also known mummies of the Paracas culture (400-100 BC), influenced by the previous one. The mummies of the lower and middle class of this culture consisted of a body squatting on a skin, inside a basket, surrounded by several layers of clothes and the head wearing several headdresses of cloth. A few cotton shrouds wrapped the whole, hidden in 15 layers of cloth interspersed with funerary offerings such as weapons, ceramics, etc. These mummies were deposited in caves and are of both sexes and of all ages, while the mummies of the elite (elderly males) were buried in special necropolises.

The dead must rest in peace. Turning his rest has always been considered and in all cultures an evil act, which must have dire consequences for the daring looter of the grave. The disappearance of someone we love is a painful event, which begins to be overcome by giving your body to the proper funeral rites. Sacking a grave means, apart from a lack of respect for the deceased, to bring back to the memory of his family the sad moments that preceded the disappearance of that loved one. The idea of ​​someone desecrating the tomb of our relatives brings out from the depths of us the desire to punish the thief. When the looters act in a sly manner, protected by the anonymity and isolation of the necropolis, the relatives are unarmed before them. To avoid this, justice is provided by the gods themselves in the form of an unwritten law, but firmly entrenched: “You should not loot a grave, because whoever does it will receive his punishment at the hands of the gods.” The idea remains there, in the form of a latent threat destined to protect our deceased from the gene of greed.
In ancient Egypt, the wealth buried with the dead has been from the Predynastic period the reason for turning the robbery of tombs into a national tradition. In many cases the tombs were looted just a few days after the burial was done. The thieves knew exactly where to dig and how to avoid the defensive measures of the tombs.

The scientific study of the “curse” has led to discover several elements that, present in ancient tombs, not only ancient Egypt, could cause diseases in those who explored them for the first time after centuries of rest. In the 1950s it was discovered that in the guano of bats a fungus, Histoplasma capsulatum, was reproduced. When it is inhaled, it produces variable symptoms, but it always affects the lungs. The disease is known as histoplasmosis. The presence of bat droppings in Egyptian tombs is not uncommon, as shown by the accounts of the first explorers of the Great Pyramid, and it is an unequivocal symptom of a looted grave, something that does not happen with the KV 62, which was definitively sealed in Pharaonic times . In 1962 the Egyptian biologist Ezz Eldin Taha deepened this type of research by discovering the presence of fungi (Aspergilus niger and Aspergillus flavus) in archeologists and museum curators who had manifested symptoms of the so-called “Coptic scabies”, which attacks mainly the scholars of this type of papyrus, written by the Egyptian Christians. Aspergillus appears during the decomposition of organic tissues, so its presence is inevitable in Egyptian tombs. The Aspergillus attack mainly to the airways, being able to cause aspergillosis, a serious pulmonary disease. However, to begin to be dangerous the fungus must be breathed in very high concentrations, which are never found in the tombs. In view of all the above, it seems that the only possible conclusion is that the curse only exists in the imagination of whoever wants it.

Over the centuries, one of the most refined techniques of artificial mummification was developed in the Nile Valley. The Egyptian embalmers could be very careful and, in some cases, they took a lot of trouble to get the bodies they worked on to be natural: stick a broken head, fill a nose with fabric so that it retained its shape, endow hair extensions artificial to the hair of a queen, put a small stick of mud in the scrotum of a man to look like he had testicles … But the opposite was also true: legs broken by the ankles to fit in a coffin too short, canopic glasses stuffed with viscera that were nothing but a bunch of rags, mummies of animals that were really mere bones scrambled with mud …
At the same time, the economic investment that the Egyptians made to prepare their death was remarkable, becoming the effort of a lifetime. Not everyone could afford the same luxuries, but who else and who less was buried next to some funeral offerings; at the same time trying to arrange things so that, once disappeared, their offspring will be responsible for keeping their memory alive through the daily offerings.
When we approach these time capsules that are the Egyptian mummies, with the respect they deserve and the desire to know what they cause, we are having the privilege of asking directly the protagonists of the story. If he is a pharaoh, we can contrast his real image with that offered by the historical texts; if he is a worker in charge of erecting a pyramid, we will check how his health suffered as a result of his hard daily work; If he is a noble, his bones will tell us about a diet rich in animal proteins and scarce physical work … Among the three they tell us: this is how we were and how we lived; that’s why mummies are a treasure.

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