Iván El Terrible — Ian Grey / Ivan The Terrible by Ian Grey

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Este libro es la segunda vez que lo he leído. Al igual que su biografía de Pedro el Grande, es excelente.
El propio Pedro dijo de Iván: «Este príncipe fue mi precursor y mi modelo. Siempre he procurado imitar su valentía y la sabiduría de su gobierno, pero estoy lejos de ser su igual. Puede llamarse tirano sólo por hombres de mentes débiles que no conocen las circunstancias en que se encontraba, la nación que gobernó ni la grandeza de sus capacidades.
No puedo ser tan amable.
Ivan fue el más sangriento de los tsares/ zares sangrientos de Rusia e incluso asesinó a su propio hijo.
Aunque transformó su país de un estado medieval en un imperio, el precio que su gente pagó era enorme.
Gray cuenta la vida inolvidable de Iván en vívidos detalles y retrata al zar como un hombre de carne y hueso, no un carácter seco del siglo XVI. Muy recomendable.
Esta es una biografía sólida de un gobernante impresionante y bastante capaz que también pasó a ser un psicópata. Es interesante que él es sólo uno de los varios en la historia de Rusia que encajan en esta descripción – Pedro el Grande, Catalina la Grande e incluso Stalin fueron de su molde. Los rusos parecen admirar este tipo de autoridad.

A principios del siglo XIX, le han considerado un cruel tirano, pervertido por el poder. Sin embargo, en la Unión Soviética ha sido reconocido como un gran zar y, posteriormente, considerado héroe nacional, tal como nos lo demuestra el notable film de Eisenstein.
Iván será siempre motivo de controversia, como ya lo fue en su tiempo. Era un carácter extraordinariamente complejo y no aceptaba términos medios ni en su conducta ni en sus palabras. Tenía una personalidad viva y poderosa, e inspiró apasionadas leyendas y polémicas. Su vida fue trágica. Desde su más tierna infancia, y a lo largo de toda su vida, el miedo, las calamidades y las tragedias personales le agobiaron. Todas estas desgracias, en la mayoría de los hombres habrían causado la perdición.
El miedo, la traición y la desesperación le convirtieron en un hombre desconfiado al que costaba poco encolerizarse; los castigos que infligía a los demás eran los normales en aquellos tiempos. Es evidente que su comportamiento da muestras de muchos síntomas de un maníaco depresivo; su preocupación por el pecado, su ansiedad obsesiva en cuanto a su dinastía y sus reacciones poco humanas le llevaron muy cerca de la locura en ciertos momentos de su vida. Pero, al mismo tiempo, era un hombre capaz de sentir afecto y, en ocasiones, era amable y generoso, así como tolerante, y en todos los casos fue siempre un soberano práctico y responsable en lo referente a los intereses del imperio.
Iván estableció su poder absoluto en Rusia y convirtió la nación en una unidad, cuando en la inquieta Europa del siglo XVI los estados centralizados giraban enteramente alrededor de sus monarcas. Puede decirse que el acontecimiento que convirtió a Rusia en nación fue la conquista de los kanatos de Kazan y Astracán, hechos que hicieron exaltar la imaginación de todos los rusos. También fue Iván quien estableció los fundamentos del futuro imperio ruso, abriendo el camino a la colonización hacia el este. Luchó en occidente para conseguir un acceso al Báltico y para que Rusia tuviera su parte en el comercio y libre intercambio con el resto de Europa. Además, su reinado transcurría en unos momentos en que se creaba la maquinaria del gobierno centralizado y son muy notables las importantes reformas que llevó a cabo, tanto políticas como administrativas y eclesiásticas.
Sus súbditos le llamaron Grozny, que en ruso significa «el temido», es decir el zar «que ha de ser temido», en el mismo sentido en que Dios debe ser temido.

Uno de los capítulos más fascinantes de la historia de Rusia es el espectacular crecimiento de Moscú, que, de simple ciudad sin importancia, pasó a convertirse en la capital política y eclesiástica de la nación, venerada por los rusos y cantada en su tradicional poesía popular.
Los príncipes de Moscú fueron ayudados por dos importantes aliados en esta ambiciosa expansión de sus dominios: la llamada Horda de Oro y la Iglesia ortodoxa. La invasión mogólica del siglo XIII, el último gran movimiento occidental de los nómadas eurasiáticos y uno de los acontecimientos más estremecedores y funestos de la historia, azotó a los rusos con toda su ferocidad. Los mogoles quemaban ciudades y pueblos hasta arrasarlos por completo, matando a la mayor parte de sus habitantes y llevándose con ellos a los jóvenes para venderlos como esclavos. La horda mogólica arrasó grandes extensiones en Polonia, Lituania, Hungría y Croacia; luego, súbitamente, retrocedió. Los mogoles no reanudaron sus conquistas hacia el interior del oeste europeo, pero ejercieron su soberanía sobre Rusia durante doscientos años, desde Sarai, en el bajo Volga, que se convirtió en la capital del kanato de Kipchak, que significa Horda de Oro.
Hasta el siglo siguiente los rusos no pudieron sobreponerse al terror de la invasión, ni se recuperaron de la destrucción y la devastación que habían paralizado la vida nacional. Sin embargo, ya a principios del siglo, los príncipes de Moscú habían obtenido del kan que les reconociera como grandes príncipes por encima de otros rusos.
También la ayuda de la Iglesia ortodoxa constituyó un factor importante en el crecimiento de Moscú. Durante la invasión de los mogoles la Iglesia había sufrido mucho, pero se recuperó con rapidez y durante el gobierno de los tártaros alcanzó una situación floreciente. Los kanes fueron tolerantes con las otras religiones, y durante algún tiempo mostraron una inclinación tan fuerte hacia el Cristianismo que Roma había alimentado esperanzas de verles convertidos. Sin embargo, aún después de haber adoptado la religión islámica, los kanes siguieron prestando sus favores a la Iglesia ortodoxa, y bajo su protección ésta prosperó, los campesinos se sintieron atraídos por sus tierras y sus monasterios e iglesias se multiplicaron. Cada pueblo tenía su iglesia, construida con troncos de árboles, y las redondas cúpulas que se perfilaban en el horizonte señalaban los límites de la colonización moscovita.

Iván como su hermano sufrieron un completo abandono. No tenían a nadie que les cuidara y vivían como podían, sufriendo a menudo hambre y frío. En el palacio abundaba la comida, los vestidos y las pieles, pero nadie pensaba en absoluto en los pequeños príncipes. Veinticinco años más tarde, Iván mismo exclamaría: «¡Cuánto he llegado a sufrir por falta de ropa y comida!».
Más que el sufrimiento físico, le atormentaba la angustia mental y el miedo. El miedo a Shuisky y a sus boyardos no le abandonaba un instante. En cualquier momento podían prenderle y mutilarle, abandonarle en un calabozo y dejarle morir de frío, o simplemente, podían matarles a él y a su hermano y quedarse definitivamente con el poder. La historia de Moscovia y Bizancio contenía muchos ejemplos de los extremos a que los hombres podían llegar empujados por sus ansias de poder.
El antagonismo popular hacia los Glinsky, iba dirigido también hacia su persona. El descontento del pueblo, siempre latente en su reino, se concentraba normalmente en los boyardos, que eran al mismo tiempo sus propios enemigos, y fue para él una sorpresa encontrarse que sus súbditos le aparejaban precisamente con la clase que más odiaba.

Los acontecimientos de los seis primeros meses de 1547 fueron causa de una transformación sorprendente en el aspecto y la conducta de Iván. Su coronación y su matrimonio, ocasiones ambas de gran ceremonial y de una responsabilidad sagrada, le habían conmovido intensamente, así como también los terribles incendios de Moscú y la revuelta contra sus propios familiares, los Glinsky, la cual representaba implícitamente una censura a su propia persona por parte del pueblo. El resultado, tanto directo como indirecto de estas experiencias, fue que Iván pareció convertirse en un hombre distinto. El joven que, al igual que un animal acorralado, se había lanzado contra sus enemigos y como una criatura mal criada torturado y ejecutado a voluntad mientras jugaba con el poder con que se hallaba investido, de repente esconde su furia y sus deseos de venganza, y comienza a comportarse como un hombre humilde, responsable de sus actos y de clara visión. Este comportamiento fue una demostración muy clara de lo extremado de su carácter. No tenía idea de lo que era la moderación y en su constante fermento emocional durante toda su vida fue balanceándose de un extremo al otro, sin término medio.
Se debía primero reformar al zar y después desenmascarar y poner fin a ciertos abusos que se cometían en el gobierno de la nación. En esta última tarea tuvo varios aliados que le ayudaron. Además, el metropolitano Makary, aún sin contar con el fervor y la personalidad poderosa de Sylvester, veía más lejos que éste y probablemente le ayudaría. Makary había representado un papel muy importante en la educación y crianza de Iván, contribuyendo a fomentar en él la idea de actuar como un autócrata y quizás inspirándole la de coronarse zar, animándole además a desarrollar el espíritu de cruzado contra los tártaros infieles. Y como todo lo que favorecía la fuerza y unidad de Moscú, así como el poder del zar ortodoxo, contaba con el apoyo de Makary, seguramente favorecería las reformas que planeaban Sylvester y los miembros de su grupo.
Iván era un hombre que se dejaba conducir y guiar, pero a quien nunca podía empujarse en contra de su voluntad, así como tampoco enfrentársele con los hechos consumados en la confianza de que los aceptara[87]. Nunca olvidaba que era el zar, origen de todo el poder; una simple falta de respeto hacia su persona o su autoridad le enfurecía. De todas formas, nunca fue un carácter pasivo que necesitara del estímulo de los demás; al contrario, poseía una imaginación creadora.
Gracias a su rápida inteligencia Iván comprendió los propósitos de Sylvester, Adashev y otros componentes del Consejo Escogido y abrazó sus ideas con energía y entusiasmo. Al ir avanzando el programa de reformas, cada vez tomaba más la iniciativa sugiriendo y efectuando otras nuevas. En realidad, durante la intensiva preparación y puesta en práctica de estas reformas hizo su aprendizaje, convirtiéndose en un monarca responsable y con experiencia.

Desde hacía mucho tiempo los tártaros eran el azote de los moscovitas. Eran nómadas de raza turca, de baja estatura y fuertes, con ojos oblicuos hundidos y la piel muy morena; llevaban negras barbas y las cabezas afeitadas. Eran magníficos jinetes; puede decirse que vivían sobre sus caballos, pequeños y veloces, y tanto los hombres como los caballos podían realizar verdaderas proezas en cuanto a resistencia física. La contemplación de estos tártaros poniéndose en marcha para atacar inspiraba terror. Aparecían cuando menos se les esperaba, echándose encima de sus presas con ferocidad. Mataban, destruían y saqueaban a voluntad y después desaparecían con la misma rapidez con que se habían presentado.
Al correr de los años sus continuas y desalmadas incursiones fueron la causa de que grandes extensiones de terreno quedaran arrasadas e improductivas, así como también costaron un gran tributo de vidas humanas.
Pero los moscovitas habían llegado a temer mucho menos a los tártaros que en siglos anteriores. Las rivalidades internas, que habían sido causa de la desintegración de la Horda de Oro, hacían imposible que en la actualidad los tres kanatos, es decir el de Kazan, el de Crimea y el de Astracán, pudieran actuar conjuntamente. Además, los rusos habían aprendido la manera de luchar y enfrentarse a los tártaros, los cuales, si bien eran terribles en el ataque, acostumbraban a comportarse con debilidad y cobardía en la defensa. Pero su movilidad y su táctica de atacar por sorpresa en cualquier punto de los cientos de millas de las fronteras moscovitas les convertían en un peligro permanente.
Pero los moscovitas habían llegado a temer mucho menos a los tártaros que en siglos anteriores. Las rivalidades internas, que habían sido causa de la desintegración de la Horda de Oro, hacían imposible que en la actualidad los tres kanatos, es decir el de Kazan, el de Crimea y el de Astracán, pudieran actuar conjuntamente. Además, los rusos habían aprendido la manera de luchar y enfrentarse a los tártaros, los cuales, si bien eran terribles en el ataque, acostumbraban a comportarse con debilidad y cobardía en la defensa. Pero su movilidad y su táctica de atacar por sorpresa en cualquier punto de los cientos de millas de las fronteras moscovitas les convertían en un peligro permanente.
La importancia de la conquista de Kazan en la historia de Rusia fue muy grande. Los moscovitas habían comenzado a tomar la ofensiva contra las hordas asiáticas, y después de dos siglos y medio de vivir bajo su yugo, por fin conseguían deshacerse del opresor tártaro. Durante el reinado del abuelo de Iván, en 1480, Moscú se había independizado de los kanes tártaros, pero el cambio fue llevado a efecto de una forma callada, sin ruido, y sin que la gente participara en ello. La conquista de Kazan, con las terribles luchas y grandes pérdidas de hombres, inspiraba la imaginación popular. Además, había hecho despertar el sentido de nacionalismo que la unidad económica, política, racial o religiosa, ni por sí solas ni conjuntamente, podían proporcionar. Puede decirse que de la conquista de Kazán nació el sentido de nación.
Con esta victoria, además, el poder del zar quedaba establecido en las tierras del Volga. Pronto seguiría el anexionamiento del kanato de Astracán junto a la desembocadura del Volga, con lo que Moscú ejercería su poder sobre el ancho e importante río. Ahora ya podía comenzar la colonización de las ricas tierras del sur y del sudeste, regadas por los afluentes del Volga y del Don, así como hacia el este, más allá del Volga y hasta las grandes expansiones de Siberia.

Los rusos, moviéndose por instinto y con gran tesón, iban extendiendo sus dominios hacia el oeste, buscando sus fronteras naturales. Una vez dominados sus enemigos tártaros del Volga, no había ya ninguna barrera que impidiera su comercio con los países occidentales, por lo que su colonización podía avanzar hacia el oeste. Habían tomado la ofensiva contra los tártaros de Crimea, y en 1560 todo hacía prever que podrían extender sus fronteras hasta las costas del mar Negro sin dificultades.
El esfuerzo de Rusia para avanzar hacia occidente fue, sin embargo, largo y agotador. Novgorod, Kiev y el río Dniéper formaban parte de Rusia desde los primeros tiempos de su historia y estas ciudades siempre habían representado la posibilidad de comerciar y familiarizarse con Europa occidental. Anteriormente su obra había sido destruida por la invasión de los mogoles. Los rusos también estaban impacientes por recuperar las tierras que sus enemigos del oeste habían ocupado mientras Rusia yacía sin fuerzas bajo el yugo de los tártaros, y que todavía eran habitadas por rusos ortodoxos. Tanto Iván III como otros príncipes moscovitas las reclamaron como parte de su patrimonio, pero Suecia, los Caballeros Teutónicos, Lituania y Polonia se habían mantenido firmes frente a Rusia, siendo todavía mayor su hostilidad porque temían a la gran nación que iba despertando de su letargo.

La guerra de Livonia, que era la causa principal de que Iván persiguiera la paz con Lituania, había de ser en realidad motivo para que se declararan las hostilidades entre Moscovia y Lituania y Polonia. Segismundo Augusto reconoció que no podía retrasar por más tiempo hacer frente a la amenaza moscovita. Al firmar la alianza con la Orden se había comprometido a defenderla, y así pues, en enero de 1560 su embajador llegaba a Moscú para presentar una nota oficial pidiendo al zar que cesara en sus operaciones militares contra Livonia. La respuesta de Iván fue corta y tajante: «Por la voluntad de Dios, desde los tiempos del gran gobernante ruso Rurik, las tierras de Livonia han sido por derecho parte de nuestro imperio». Estas fueron sus palabras y, como consecuencia, la guerra con Lituania era ya inevitable.

El año 1560 fue notable en el reinado de Iván, ya que marcó el comienzo de un sistema de gobierno completamente personal, sin traba alguna. Los historiadores a menudo nos dicen que durante este año tuvo lugar la dramática transformación de su carácter, cuando de zar devoto y responsable se convirtió en tirano. Pero esta transformación fue más aparente que real. Siempre había sido un extremista, lo llevaba muy arraigado dentro de sí, y ésta era también una característica de todo su pueblo. Pero durante este año ocurrieron dos acontecimientos que le darían completa libertad para poder gobernar a su antojo, sin trabas de ninguna clase. Estos acontecimientos fueron, primero su liberación del tutelaje de Sylvester y Adashev, y muy poco tiempo después, la muerte de su querida zarina. Estos hechos le dejaron enfrentado con una terrible soledad, que le causaba gran sufrimiento y contribuía a agravar sus temores.
Por aquel entonces, la posición de Iván y su autoridad no admitían duda alguna, lo que en gran parte era debido a la fuerza de su personalidad y a su inteligencia. Era alto y su aspecto físico daba sensación de fuerza, su nariz romana era imperiosa, y sus ojos grises, aunque pequeños, tenían una mirada viva y penetrante. En algunas ocasiones podía ser bondadoso y amable, pero en otras era temible. Sin embargo, siempre era el zar, jefe por naturaleza y cabeza de la nación.
Las razones de este odio hacia la zarina Anastasia no se conocen. Iván escribía en secreto que «una simple palabra de labios de Anastasia era motivo para que la miraran con desprecio y descargaran su ira contra ella.

Iván era un hombre trágico porque no podía aplacar su naturaleza egocéntrica. La esencia de su tragedia residía en que era incapaz de la dedicación completa que su oficio requería y que él lo sabía, y en que no podía ponerse delante de Dios con la humildad que Job había demostrado.
No se sabe de cierto cuál era la idea de Iván al establecer este complejo gubernamental. Durante muchos años los historiadores estuvieron de acuerdo en que el propósito principal del zar era desarraigar de las tierras patrimoniales los descendientes de los príncipes independientes y destruir la aristocracia boyarda y principesca que le había producido tantos males en su niñez, la cual continuamente amenazaba con la destrucción del país por sus sediciosas actividades. Sin embargo, la investigación más reciente en cuanto a las circunstancias del establecimiento de la Oprichnina y la adquisición de tierras para el personal de la misma, no van de acuerdo con esta teoría. Más bien parece que el mismo Iván no estaba muy seguro de cuál era su principal propósito. A menudo obraba caprichosamente al seleccionar los Oprichniki y en la confiscación de haciendas y no parece que siguiera un plan prefijado. Pero su propósito inmediato sí está claro. Este era la creación de un dominio separado que quedara bajo su control directo y personal, donde poder sentirse seguro.

Iván cada vez estaba más impaciente por convertir a Moscovia en una nación poderosa y centralizada. La gran obra a la que había dedicado su reinado le parecía a veces imposible de conseguir acabarla. Cuando la duda y el temor se apoderaban de él se sentía deprimido. No temía a sus enemigos del exterior porque bien había conseguido hacer prevalecer su política frente a ellos, así como mantenido las defensas del imperio. Los tártaros consiguieron incendiar Moscú en una ocasión, pero los ejércitos rusos se habían vengado rápidamente. No, no eran sus enemigos extranjeros los que le causaban temor, sino los que se hallaban dentro del imperio, que le llevaban a la desesperación; porque parecía que su lucha en contra de los mismos no iba a acabar nunca.
Un sentimiento de impotencia se apoderaba de Iván cada vez con mayor frecuencia y veía un peligro acechar sobre él mismo y su dinastía. La corona de Monomakh, que había recibido como posesión sagrada por parte de sus antepasados, estaba constantemente en peligro. Luchaba con furia contra las continuas traiciones que él creía tenían su origen en la aristocracia boyarda y principesca, y consideraba que su lucha incesante salvaría la dinastía y la nación. Y esta sensación de inseguridad le llevaba a sus explosiones de cólera y crueldad y a las terribles ejecuciones.
Iván sentía pesar sobre él, el miedo constante de sedición y las tremendas cargas de la autoridad, que le resultaban ya demasiado grandes. Algunas veces sentía la necesidad de que le relevaran de sus responsabilidades frente a la nación y ante su dinastía. Hasta puso en escena una charada, en la cual él realizaba su propio papel y nombraba en su lugar a un tártaro bautizado, el príncipe Simeón Bekbulatovich. Iván le coronó formalmente, demostrándole todos los respetos propios de un zar, y se dio a sí mismo el nombre de Iván Moskovsky. Durante algún tiempo vivió como un boyardo, de forma privada, en la calle Petrovka de Moscú. Han llegado hasta nuestros días algunos documentos editados en nombre del «gran príncipe Semeon de toda Rusia». Durante dos años Semeon se sentó en el trono y el boyardo Iván Moskovsky vivió en paz, atravesando las calles de Moscú y tomando su lugar entre los boyardos de menos importancia en la corte, distanciado del trono. De repente Semeon fue destronado y exiliado honorablemente en Tver. Iván ocupó de nuevo el lugar que le correspondía. Los únicos asuntos que había cedido a Semeon para que se ocupara de ellos durante el tiempo que estuvo en el trono, fueron los de representación, pero durante su alejamiento voluntario del trono Iván había comprobado que no podía alejar de sí ni la responsabilidad ni el cargo para los que había nacido.

Iván había perdido pues sus plazas en el Báltico por las cuales había luchado tanto. Esto representó para él un gran desastre ya que sin duda alguna las naciones bálticas impedirían de nuevo a Moscovia tener contactos con Europa occidental. Iván se sentía profundamente amargado por la actitud de suecos, polacos y alemanes, que se defendían utilizando como arma el atraso de Rusia, que no podía conocer nuevas técnicas ni procedimientos. Pero estaba atado de manos y no podía hacer absolutamente nada para cambiar la situación. Rusia tendría que esperar casi 150 años, hasta Pedro el Grande, para conseguir de nuevo lo que Iván había ganado y después vuelto a perder.

A fines de 1581 Iván tuvo que pasar por la infinita amargura de la derrota. La pérdida de Polotsk y Velikie Luki y la amenaza que pesaba sobre Pskov, por entonces en estado de sitio, le obligaron a tomar la terrible decisión de ceder Livonia. Esta renuncia representaba para él la total destrucción de su política occidental, a la cual había dedicado mayores esfuerzos durante veintiocho años de su vida. Pero el imperio se hallaba en peligro y se hacía imprescindible negociar la paz con Polonia. En el momento de mayor tensión, cuando acababa de enviar a sus embajadores y esperaba con ansiedad las noticias respecto al resultado de sus negociaciones con los polacos, de repente se abatió sobre él una tremenda tragedia personal.
Su hijo mayor, Iván, que le había dado Anastasia, su primera esposa tan amada por él, tenía en la actualidad veintisiete años. Era tan inteligente como su padre y prometía ser un gobernante enérgico y hábil. Hacía muchos años que era el compañero inseparable de su padre y el mismo testamento de Iván nos demuestra los lazos de confianza y cariño que existían entre ambos.
Que Iván diera rienda suelta a su cólera. Levantó el báculo con punta de hierro que siempre llevaba consigo y golpeó a su hijo. Boris Godunov se hallaba presente en tal ocasión y resultó herido al intentar desviar el golpe. Esto hizo aumentar todavía la ira del zar, que de nuevo golpeó a su hijo, pero esta vez le dio en la cabeza. El tsarevich cayó lentamente al suelo y la sangre comenzó a brotar de la herida que le había sido infligida.
Horrorizado de su acto, Iván se arrodilló junto a su hijo rodeándolo con sus brazos, intentando cerrar la herida con sus dedos. El espanto le hizo perder el control sobre sí mismo y lloraba convulsivamente. A gritos pidió que acudieran los médicos, clamando que había dado muerte a su hijo. Murmuraba plegarias rogando que el tsarevich no muriera, y después le besó implorando su perdón.
El heredero tenía la mente confusa y se hallaba débil, pero no había perdido el sentido. Besó la mano de su padre y le rogó que no se dejara apenar y desesperar. Llegaron los doctores y el joven recibió todos los cuidados que fueron posibles. Pero la vida iba abandonándole lentamente y cuatro días más tarde, el 19 de noviembre, dejó de existir.
Nada podía consolar al zar. Que su hijo muriera era ya de por sí motivo de pena, pero que él mismo le hubiera quitado la vida era una tragedia demasiado grande.
Su pecado y su dolor estaban por encima de la intercesión de los santos. Cuando su cuerpo se hallaba exhausto se dejaba caer al suelo y dormía. Entonces sus criados particulares, que se habían mantenido hasta entonces escondidos para que él no les viera, le colocaban almohadones bajo la cabeza y los pies y le cubrían para que no sintiera frío. Cuando se despertaba reanudaba sus paseos, caminando y caminando sin encontrar descanso ni paz.
Pero poco a poco Iván volvió a recobrar el sentido de la realidad, aunque sobre sí quedaran marcadas las señales del dolor. Hizo comparecer ante él a los principales hombres de la Iglesia y del Estado, y les declaró seriamente que había sido castigado por Dios y que solamente le quedaba el consuelo de poder pasar el resto de sus días rezando en la soledad de algún monasterio lejano. Así que como el tsarevich Feodor no podía hacerse cargo del poder, los boyardos debían escoger un soberano al cual él pudiera en seguida entregar el poder. Tanto los boyardos como los clérigos quedaron anonadados ante estas declaraciones, tan inesperadas en labios del zar, y algunos llegaron a sospechar que no eran más que una treta para conocer a los que le eran enteramente leales. Pero la mayoría de los que se hallaban presentes se dieron cuenta de que el zar hablaba con sinceridad y contestaron: «¡No nos abandones! No queremos otro zar que el que nos ha sido mandado por Dios…, tú y tu hijo.

Iván hacía años que se venía quejando de sentirse viejo y próximo a morir. Pero su energía tanto en lo físico como en lo intelectual no había disminuido. Tenía una constitución fuerte a la que no parecían afectar la larga tensión producida por el miedo, ni sus cóleras ni las épocas de vida desordenada, todo lo cual se le reprochaba tan a menudo. Con la única excepción de una enfermedad grave, siempre gozó de buena salud, aun cuando soportaba tensiones y esfuerzos que habrían aniquilado a muchos hombres. Sin embargo, en invierno de 1584 comenzó a mostrar síntomas de una enfermedad que sería mortal.
Su muerte, al igual que su nacimiento, fue anunciada por hechos prodigiosos. A principios de 1584 Iván observó que entre las cúpulas doradas y las cruces de la catedral Uspensky y la catedral Blagoveshchensky había un cometa en el cielo, cuya cola formaba una cruz nebulosa, visión a la que contribuyó quizá la aurora boreal.
Mostraba síntomas de putrefacción interna. Las noticias de su enfermedad se esparcieron por Moscú y por todo el país. Las gentes se agrupaban en las iglesias para rezar por su recuperación. No actuaban bajo ninguna clase de coacción, sino porque reverenciaban a su zar y porque éste era su protector, sin el cual estarían perdidos.
Iván hizo entonces un nuevo testamento. Declaró heredero del trono a su hijo Feodor. Como Feodor era un muchacho físicamente débil y algo atrasado, nombró un consejo especial para guiarle y aliviarle del peso de sus responsabilidades. Los principales hombres de este consejo eran el príncipe Iván Petrovich Shuisky, que se había distinguido en la defensa de Pskov, Iván Feodorovich Mstislavsky, pariente muy cercano del príncipe Vasili Mstislavsky, Nikita Romanovich Yuriev, hermano de Anastasia, la primera zarina, Boris Godunov y Belsky.
La gente de Moscú quedó anonadada ante la muerte de Iván. Para ellos no era «el terrible» sino su zar, mandado por Dios para gobernarles. Le habían respetado como a un monarca fuerte e inteligente, que se había identificado completamente con la nación. Era severo con los traidores y con los boyardos y príncipes que se le oponían, pero la gente que no pertenecía a la nobleza le había sido fiel, sirviéndole con fidelidad y sin discutir sus decisiones. Habían visto en él su defensa contra los boyardos y príncipes y contra los enemigos de la nación. La conquista de Kazan y Astracán le había adornado en sus mentes con una aureola de grandeza y para ellos era el gran zar. Habían tenido que soportar dificultades durante los últimos años en que el país sufrió derrotas, pero éstas no eran sino castigos de Dios, de los cuales el zar no era culpable. Quizá la gente imaginaba las dificultades por que tendrían que pasar en los siguientes años, época que se conoce en Rusia como «Época de las dificultades», durante la cual las calamidades caían sobre ellos continuamente y les hacían suspirar por la fuerza de la mano de Iván y la estabilidad de su reinado.
El cuerpo del zar fue expuesto con su ataúd abierto, y la gente se apretujaba para verle. Al tercer día fue enterrado en la catedral de San Miguel Arcángel, en el Kremlin, en medio del duelo de toda la nación.

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This book is the second time I’ve read it. Like his biography of Peter the Great, it is excellent.
Peter himself said of Ivan: «This prince was my precursor and my model, I have always tried to imitate his bravery and the wisdom of his government, but I am far from being his equal. He can be called a tyrant only by men of weak minds who do not know the circumstances in which it was, the nation that governed or the greatness of its capabilities.
I can not be so kind.
Ivan was the bloodiest of the bloody tsarists / tsars of Russia and even murdered his own son.
Although he transformed his country from a medieval state into an empire, the price his people paid was enormous.
Gray tells Ivan’s unforgettable life in vivid detail and portrays the Tsar as a man of flesh and blood, not a dry character of the sixteenth century. Highly recommended
This is a solid biography of an impressive and quite capable ruler who also happened to be a psychopath. It is interesting that he is just one of several in the history of Russia that fit this description – Peter the Great, Catherine the Great and even Stalin were his mold. The Russians seem to admire this kind of authority.

At the beginning of the 19th century, he was considered a cruel tyrant, perverted by power. However, in the Soviet Union he has been recognized as a great Tsar and, later, considered a national hero, as evidenced by the remarkable film by Eisenstein.
Ivan will always be controversial, as he was in his time. It was an extraordinarily complex character and he did not accept mean terms either in his behavior or in his words. He had a lively and powerful personality, and inspired passionate legends and polemics. His life was tragic. From his earliest childhood, and throughout his life, fear, calamities and personal tragedies overwhelmed him. All these misfortunes, in most men would have caused the undoing.
The fear, the betrayal and the despair turned him into a distrustful man who had little trouble getting angry; the punishments he inflicted on others were normal in those times. It is evident that his behavior shows many symptoms of a manic depressive; his preoccupation with sin, his obsessive anxiety about his dynasty and his unhuman reactions brought him close to madness at certain moments of his life. But, at the same time, he was a man capable of feeling affection and, at times, he was kind and generous, as well as tolerant, and in all cases he was always a practical and responsible sovereign regarding the interests of the empire.
Ivan established his absolute power in Russia and turned the nation into a unit, when in the restless Europe of the sixteenth century the centralized states revolved entirely around their monarchs. It can be said that the event that turned Russia into a nation was the conquest of the khanates of Kazan and Astrakhan, facts that exalted the imagination of all Russians. It was also Ivan who established the foundations of the future Russian empire, opening the way to colonization to the east. He fought in the West for access to the Baltic and for Russia to have its share in trade and free trade with the rest of Europe. In addition, his reign was at a time when the machinery of the centralized government was created and the important reforms he carried out, both political and administrative and ecclesiastical are very remarkable.
His subjects called him Grozny, which in Russian means «the dreaded one», that is, the Tsar «who is to be feared», in the same sense that God must be feared.

One of the most fascinating chapters in the history of Russia is the spectacular growth of Moscow, which, from simple city without importance, happened to become the political and ecclesiastical capital of the nation, venerated by the Russians and sung in its traditional folk poetry .
The princes of Moscow were helped by two important allies in this ambitious expansion of their domains: the so-called Golden Horde and the Orthodox Church. The 13th-century Mughal invasion, the last great Western movement of the Eurasian nomads and one of the most shocking and disastrous events in history, lashed the Russians with all their ferocity. The Mughals burned cities and towns to the point of completely destroying them, killing most of their inhabitants and taking young people with them to sell them as slaves. The Mughal horde swept large areas in Poland, Lithuania, Hungary and Croatia; then, suddenly, he recoiled. The Mongols did not resume their conquests to the interior of western Europe, but exercised their sovereignty over Russia for two hundred years, from Sarai, in the lower Volga, which became the capital of the Kiphak Khanate, which means Golden Horde.
Until the following century the Russians could not overcome the terror of the invasion, nor recovered from the destruction and devastation that had paralyzed national life. However, already at the beginning of the century, the princes of Moscow had obtained from the khan that recognized them as great princes over other Russians.
Also the help of the Orthodox Church was an important factor in the growth of Moscow. During the invasion of the Mughals the Church had suffered much, but it recovered quickly and during the government of the Tartars reached a flourishing situation. The kanes were tolerant of other religions, and for some time they showed such a strong inclination toward Christianity that Rome had nurtured hopes of seeing them converted. However, even after having adopted the Islamic religion, the Khans continued to lend their favors to the Orthodox Church, and under its protection it prospered, the peasants were attracted to their lands and their monasteries and churches multiplied. Each village had its church, built with tree trunks, and the round domes that were outlined on the horizon indicated the limits of the Muscovite colonization.

Ivan as his brother suffered a complete abandonment. They had no one to take care of them and they lived as they could, often suffering from hunger and cold. The palace was filled with food, clothing, and furs, but no one thought at all of the little princes. Twenty-five years later, Ivan himself would exclaim: «How much I have suffered for lack of clothes and food!»
More than physical suffering, he was tormented by mental anguish and fear. The fear of Shuisky and his boyars did not leave him for a moment. At any moment they could pin him and maim him, leave him in a dungeon and let him die of cold, or they could simply kill him and his brother and finally stay in power. The history of Muscovy and Byzantium contained many examples of the extremes men could reach driven by their lust for power.
The popular antagonism towards the Glinsky was also directed towards his person. The discontent of the people, always latent in his kingdom, was usually concentrated in the boyars, who were at the same time his own enemies, and it was a surprise to him to find that his subjects prepared him precisely with the class he most hated.

The events of the first six months of 1547 were the cause of a surprising transformation in Ivan’s appearance and behavior. His coronation and marriage, both occasions of great ceremonial and sacred responsibility, had moved him intensely, as had the terrible fires in Moscow and the revolt against his own relatives, the Glinsky, which implicitly represented a censure of his own person on behalf of the people. The result, both direct and indirect from these experiences, was that Ivan seemed to become a different man. The young man who, like a cornered animal, had thrown himself at his enemies and like an evil creature tortured and executed at will while playing with the power with which he was invested, suddenly hides his fury and his desire for revenge, and begins to behave like a humble man, responsible for his actions and clear vision. This behavior was a very clear demonstration of the extreme nature of his character. He had no idea of ​​what moderation was and in his constant emotional ferment throughout his life he was swinging from one extreme to the other, with no middle ground.
It was first necessary to reform the Tsar and then unmask and put an end to certain abuses that were committed in the government of the nation. In this last task he had several allies who helped him. In addition, the Metropolitan Makary, still without the fervor and the powerful personality of Sylvester, saw more far than this one and probably would help him. Makary had played a very important role in the education and upbringing of Ivan, helping to promote in him the idea of ​​acting as an autocrat and perhaps inspiring him to be crowned Tsar, encouraging him also to develop the spirit of crusade against the infidel Tartars. And since everything that favored the strength and unity of Moscow, as well as the power of the orthodox Tsar, had the support of Makary, it would surely favor the reforms planned by Sylvester and the members of his group.
Ivan was a man who allowed himself to be led and guided, but who could never be pushed against his will, nor could he be confronted with the fait accompli in the confidence that he would accept them. [87] He never forgot that he was the Tsar, the origin of all power; a simple lack of respect for his person or his authority infuriated him. In any case, it was never a passive character that needed the encouragement of others; On the contrary, he had a creative imagination.
Thanks to his quick intelligence Ivan understood the purposes of Sylvester, Adashev and other components of the Chosen Council and embraced his ideas with energy and enthusiasm. As the reform program progressed, it increasingly took the initiative by suggesting and carrying out new ones. In fact, during the intensive preparation and implementation of these reforms he did his apprenticeship, becoming a responsible and experienced monarch.

For a long time the Tartars were the scourge of the Muscovites. They were nomads of Turkish race, of short stature and strong, with sunken oblique eyes and very dark skin; They wore black beards and shaved heads. They were magnificent riders; it can be said that they lived on their horses, small and fast, and both men and horses could perform real feats in terms of physical endurance. The contemplation of these Tartars setting out to attack inspired terror. They appeared when least expected, falling on their prey with ferocity. They killed, destroyed and plundered at will and then disappeared as quickly as they had presented themselves.
Over the years their continuous and heartless incursions were the cause of large tracts of land were devastated and unproductive, as well as cost a great tribute of human lives.
But the Muscovites had come to fear the Tartars much less than in previous centuries. The internal rivalries, which had been the cause of the disintegration of the Golden Horde, made it impossible that at present the three khanates, that is, the Kazan, the Crimean and the Astrakhan, could act together. In addition, the Russians had learned the way to fight and to face the Tartars, who, although they were terrible in the attack, used to behave with weakness and cowardice in the defense. But their mobility and their tactics of attacking by surprise at any point of the hundreds of miles of the Muscovite borders made them a permanent danger.
But the Muscovites had come to fear the Tartars much less than in previous centuries. The internal rivalries, which had been the cause of the disintegration of the Golden Horde, made it impossible that at present the three khanates, that is, the Kazan, the Crimean and the Astrakhan, could act together. In addition, the Russians had learned the way to fight and to face the Tartars, who, although they were terrible in the attack, used to behave with weakness and cowardice in the defense. But their mobility and their tactics of attacking by surprise at any point of the hundreds of miles of the Muscovite borders made them a permanent danger.
The importance of the conquest of Kazan in the history of Russia was very great. The Muscovites had begun to take the offensive against the Asian hordes, and after two and a half centuries of living under their yoke, they finally managed to get rid of the Tartar oppressor. During the reign of Ivan’s grandfather, in 1480, Moscow had become independent of the Tartar kanes, but the change was carried out in a quiet way, without noise, and without people participating in it. The conquest of Kazan, with the terrible struggles and great losses of men, inspired the popular imagination. In addition, it had awoken the sense of nationalism that economic, political, racial or religious unity, either alone or jointly, could provide. It can be said that from the conquest of Kazan the sense of nation was born.
With this victory, in addition, the power of the Tsar was established in the lands of the Volga. Soon the annexation of the khanate of Astrakhan next to the mouth of the Volga would follow, with which Moscow would exert its power on the wide and important river. Now the colonization of the rich lands of the south and south-east, irrigated by the tributaries of the Volga and the Don, as well as to the east, beyond the Volga and to the great expansions of Siberia, could begin.

The Russians, moving instinctively and with great tenacity, were extending their domains to the west, looking for their natural frontiers. Once dominated their Tatar enemies of the Volga, there was no longer any barrier that prevented their trade with Western countries, so that their colonization could move westward. They had taken the offensive against the Crimean Tatars, and by 1560 everything was projected that they could extend their borders to the shores of the Black Sea without difficulty.
Russia’s effort to move towards the West was, however, long and exhausting. Novgorod, Kiev and the Dnieper River were part of Russia from the earliest times of its history and these cities had always represented the possibility of trading and becoming familiar with Western Europe. Previously his work had been destroyed by the invasion of the Mughals. The Russians were also eager to recover the lands that their western enemies had occupied while Russia lay without forces under the yoke of the Tartars, and which were still inhabited by Russian Orthodox. Both Ivan III and other Muscovite princes claimed them as part of their heritage, but Sweden, the Teutonic Knights, Lithuania and Poland had stood firm against Russia, their hostility being even greater because they feared the great nation that was awakening from its lethargy .

The Livonian War, which was the main cause of Ivan’s pursuit of peace with Lithuania, was in fact a reason for hostilities between Muscovy and Lithuania and Poland to be declared. Segismundo Augusto acknowledged that he could not delay for longer to face the threat of Muscovite. By signing the alliance with the Order he had pledged to defend it, and so in January 1560 his ambassador arrived in Moscow to present an official note requesting the Tsar to cease his military operations against Livonia. Ivan’s response was short and sharp: «By the will of God, from the time of the great Russian ruler Rurik, the lands of Livonia have been by right a part of our empire.» These were his words and, as a consequence, the war with Lithuania was already inevitable.

In 1560 was notable in the reign of Ivan, as it marked the beginning of a completely personal system of government, without any hindrance. Historians often tell us that during this year the dramatic transformation of their character took place, when the devotee and responsible tsar became a tyrant. But this transformation was more apparent than real. He had always been an extremist, he was deeply rooted within himself, and this was also a characteristic of all his people. But during this year two events occurred that would give complete freedom to be able to govern at will, without obstacles of any kind. These events were, first his release from the tutelage of Sylvester and Adashev, and very soon after, the death of his beloved Tsarina. These facts left him faced with a terrible loneliness, which caused him great suffering and contributed to aggravate his fears.
At that time, the position of Ivan and his authority did not admit any doubt, which was largely due to the strength of his personality and his intelligence. He was tall and his physical appearance gave a sense of strength, his Roman nose was imperious, and his gray eyes, although small, had a vivid and penetrating look. Sometimes he could be kind and kind, but in others he was frightening. However, he was always the Tsar, chief by nature and head of the nation.
The reasons for this hatred towards Tsarina Anastasia are not known. Ivan secretly wrote that «a simple word from Anastasia’s lips was a reason to be regarded with contempt and to vent her anger against her.

Ivan was a tragic man because he could not appease his egocentric nature. The essence of his tragedy was that he was incapable of the full dedication that his office required and that he knew it, and that he could not stand before God with the humility that Job had shown.
It is not certain what was Ivan’s idea when establishing this governmental complex. For many years historians agreed that the main purpose of the Tsar was to uproot the descendants of the independent princes from patrimonial lands and destroy the boyardand princely aristocracy that had produced so many evils in his childhood, which continually threatened the destruction of the country for its seditious activities. However, the most recent research regarding the circumstances of the establishment of the Oprichnina and the acquisition of lands for the personnel of the same, do not go according to this theory. Rather it seems that Ivan himself was not quite sure what his main purpose was. He often worked capriciously in selecting the Oprichniki and in the confiscation of haciendas and it does not seem that he followed a predetermined plan. But its immediate purpose is clear. This was the creation of a separate domain that would be under his direct and personal control, where he could feel safe.

Ivan was increasingly impatient to make Muscovy a powerful and centralized nation. The great work to which he had dedicated his reign seemed at times impossible to finish. When doubt and fear overtook him he felt depressed. He did not fear his enemies from the outside because he had managed to make his policy prevail against them, as well as maintained the defenses of the empire. The Tartars managed to set Moscow on fire once, but the Russian armies had quickly avenged themselves. No, it was not his foreign enemies that caused him fear, but those who were inside the empire, which led him to despair; because it seemed that his fight against them was never going to end.
A feeling of helplessness seized Ivan more and more frequently and he saw a danger lurking about himself and his dynasty. The crown of Monomakh, which he had received as a sacred possession from his ancestors, was constantly in danger. He fought with fury against the continuous betrayals that he believed had their origin in the boyarda and princely aristocracy, and considered that his incessant struggle would save the dynasty and the nation. And this sense of insecurity led to his explosions of anger and cruelty and to the terrible executions.
Ivan felt regret over him, the constant fear of sedition and the tremendous burdens of authority, which were already too great. Sometimes he felt the need to be relieved of his responsibilities to the nation and his dynasty. He even staged a charade, in which he performed his own role and named in his place a baptized tartar, Prince Simeon Bekbulatovich. Ivan formally crowned him, showing him all the respects proper to a Tsar, and gave himself the name of Ivan Moskovsky. For some time he lived as a boyar, privately, on Petrovka Street in Moscow. Some documents edited in the name of the «great prince Semeon of all Russia» have reached our days. For two years Semeon sat on the throne and the boyar Ivan Moskovsky lived in peace, crossing the streets of Moscow and taking his place among the minor boyars in the court, distanced from the throne. Suddenly Semeon was dethroned and exiled honorably in Tver. Iván again occupied the place that corresponded to him. The only matters that had been assigned to Semeon to deal with them during the time he was on the throne, were those of representation, but during his voluntary departure from the throne Ivan had found that he could not distance himself from responsibility or office for those who had been born.

Ivan had thus lost his places in the Baltic for which he had fought so much. This represented a great disaster for him since the Baltic nations would no doubt again prevent Muscovy from having contacts with Western Europe. Ivan was deeply embittered by the attitude of Swedes, Poles and Germans, who defended themselves by using the backwardness of Russia, which could not know new techniques or procedures. But I was tied up and I could not do anything to change the situation. Russia would have to wait almost 150 years, until Peter the Great, to get back what Ivan had won and then lost again.

At the end of 1581 Ivan had to go through the infinite bitterness of defeat. The loss of Polotsk and Velikie Luki and the threat to Pskov, then under siege, forced him to make the terrible decision to cede Livonia. This renunciation represented for him the total destruction of his Western policy, to which he had devoted greater efforts during twenty-eight years of his life. But the empire was in danger and it was essential to negotiate peace with Poland. At the moment of greatest tension, when he had just sent his ambassadors and anxiously awaited the news regarding the outcome of his negotiations with the Poles, suddenly a tremendous personal tragedy struck him.
His oldest son, Ivan, who had been given by Anastasia, his first wife so loved by him, was currently twenty-seven years old. He was as intelligent as his father and promised to be an energetic and skillful ruler. For many years he was the inseparable companion of his father and the same testament of Ivan shows us the bonds of trust and affection that existed between them.
That Ivan gave free rein to his anger. He picked up the iron-tipped staff he always carried with him and hit his son. Boris Godunov was present at such an occasion and was wounded while trying to deflect the blow. This still increased the wrath of the Tsar, who again hit his son, but this time hit him in the head. The tsarevich fell slowly to the ground and blood began to flow from the wound that had been inflicted on him.
Horrified by his act, Ivan knelt beside his son, wrapping his arms around him, trying to close the wound with his fingers. The horror made him lose control over himself and cried convulsively. He shouted for the doctors to come, claiming that he had killed his son. He muttered prayers praying that the tsarevich would not die, and then kissed him imploring his forgiveness.
The heir was confused and weak, but he had not lost consciousness. He kissed his father’s hand and begged him not to be distressed and desperate. The doctors arrived and the young man received all the care that was possible. But life was slowly leaving him and four days later, on November 19, it ceased to exist.
Nothing could comfort the Tsar. That his son died was already a cause for sorrow, but that he himself had taken his life was a tragedy too great.
His sin and his pain were above the intercession of the saints. When his body was exhausted he dropped to the ground and slept. Then his private servants, who had remained hidden until then, so that he would not see them, would place cushions under his head and feet and cover him so that he would not feel cold. When he woke up he resumed his walks, walking and walking without finding rest or peace.
But little by little Ivan regained his sense of reality, although the signs of pain were marked on him. He brought before him the principal men of the Church and the State, and declared to them seriously that he had been punished by God and that he had only the consolation of being able to spend the rest of his days praying in the solitude of some distant monastery. So as the Tsarevich Feodor could not take over the power, the boyars had to choose a sovereign to whom he could immediately surrender power. Both the boyars and the clerics were stunned by these statements, so unexpected on the lips of the Tsar, and some came to suspect that they were nothing more than a trick to meet those who were entirely loyal to him. But most of those who were present realized that the Tsar spoke with sincerity and answered: «Do not abandon us! We do not want another Tsar that the one that has been sent to us by God …, you and your son.

Ivan had been complaining for years about feeling old and about to die. But his energy, both physically and intellectually, had not diminished. He had a strong constitution that did not seem to affect the long tension produced by fear, nor his anger or the times of disordered life, all of which he reproached himself so often. With the sole exception of a serious illness, he always enjoyed good health, even when he endured tensions and efforts that would have annihilated many men. However, in the winter of 1584 he began to show symptoms of a disease that would be fatal.
His death, like his birth, was announced by prodigious facts. At the beginning of 1584 Ivan observed that between the golden domes and the crosses of the Uspensky cathedral and the Blagoveshchensky cathedral there was a comet in the sky, whose tail formed a nebulous cross, a vision to which perhaps the aurora borealis contributed.
It showed symptoms of internal putrefaction. News of his illness spread throughout Moscow and throughout the country. People gathered in churches to pray for their recovery. They did not act under any kind of coercion, but because they revered their tsar and because he was their protector, without which they would be lost.
Ivan then made a new testament. He declared his son Feodor heir to the throne. As Feodor was a physically weak and somewhat retarded boy, he appointed a special council to guide him and relieve him of the weight of his responsibilities. The main men of this council were Prince Ivan Petrovich Shuisky, who had distinguished himself in the defense of Pskov, Ivan Feodorovich Mstislavsky, a close relative of Prince Vasili Mstislavsky, Nikita Romanovich Yuriev, brother of Anastasia, the first Tsarina, Boris Godunov and Belsky.
The people of Moscow were stunned by the death of Ivan. For them he was not «the terrible one» but his tsar, commanded by God to govern them. They had respected him as a strong and intelligent monarch, who had completely identified with the nation. He was severe with the traitors and with the boyars and princes who opposed him, but the people who did not belong to the nobility had been faithful to him, serving him faithfully and without discussing his decisions. They had seen in him his defense against the boyars and princes and against the enemies of the nation. The conquest of Kazan and Astrakhan had adorned them in their minds with an aura of grandeur and for them it was the great czar. They had had to endure difficulties during the last years in which the country suffered defeats, but these were but punishments of God, of which the tsar was not guilty. Perhaps people imagined the difficulties that would have to happen in the following years, a time known in Russia as «Time of difficulties», during which the calamities fell on them continuously and made them sigh for the strength of the hand of Ivan and the stability of his reign.
The body of the Tsar was exposed with his coffin open, and people were squeezed together to see him. On the third day he was buried in the cathedral of San Miguel Arcángel, in the Kremlin, in the midst of the nation’s duel.

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