El Islam: Una Ideología Religiosa — Rubén Calderón Bouchet / Islam: A Religious Ideology by Rubén Calderón Bouchet (spanish book edition)

Este es otro breve libro que nos adentra en el Islam, un término tan en boga desde hace un tiempo y me parece un libro atemporal y sin duda es su clave del éxito.

La ideología nace de los cambios introducidos en el pueblo árabe por la fuerza de una economía comercial que impone, a la antigua organización tribal comunitaria, otra de tipo individualista sugerida por el auge de los nuevos criterios económicos. Indudablemente, no existe la religión como una realidad independiente de un estado particular de conciencia determinado por una relación específica entre el hombre y los medios de producción. La religión se convierte así en un ingrediente de la compleja respuesta que damos a las necesidades prácticas de la vida y que constituye algo así como la salsa poética en la dura prosa del proceso económico.
El Corán inspira un acto de fe del que ha desaparecido todo movimiento de reflexión inteligente y por eso mismo no se conoce, entre los musulmanes, algo semejante a la teología cristiana. Se niega el trinitarismo cristiano con los argumentos más rudos y la ofuscación más absoluta; y aun cuando se dice por ahí que Jesús fue el Verbo de Dios, sólo se quiere afirmar que se trata de un profeta en nada diferente de los otros por cuya boca Dios ha hecho sentir su voluntad. El misterio de la Encarnación está negado por principio y cualquier discusión en torno al mismo despierta la cólera del musulmán que ve en peligro la consistencia de su monoteísmo. Si se examinan los deberes religiosos prescriptos por el Corán y los actos del culto que los encuadran, se verá sin esfuerzos su perfecta simplicidad y la absoluta prescindencia de cualquier movimiento interior destinado a poner la conducción del alma en las facultades más nobles del espíritu.
Cinco son las obligaciones que el musulmán debe practicar para tener su alma en buenas relaciones con Dios: confesar que Allah es el único Dios y Mujamad su profeta. Esto cuantas veces fuese necesario y especialmente en las circunstancias solemnes de la vida y cuando se prevé la hora de la muerte. Cuatro plegarias son de observancia: al alba, al mediodía, a la oración y a la noche. El creyente tiene que colocarse orientado hacia la Meca para no olvidarse jamás del centro de donde partió su conquista. Las plegarias pueden hacerse solitariamente o en conjunto. Cuando son varios los que se congregan para orar, uno de ellos dirige la ceremonia con las prosternaciones y saludos correspondientes. La preparación previa a la plegaria exige un acto de purificación que consiste en lavarse el rostro, las manos, los antebrazos y los pies. Conviene que se haga con agua pura o en su defecto con arena. Respecto a la posibilidad de una purificación interior no se dice nada.
Existe entre los musulmanes una práctica del ayuno aparentemente muy riguroso. Durante los treinta días del mes de Ramadán, noveno del año lunar musulmán, el creyente no puede comer, ni beber, ni fumar, ni tener relaciones sexuales durante el día, entre la salida y la puesta del sol.
Todo buen musulmán debe dar a su comunidad religiosa el décimo de sus entradas y tiene la obligación de un viaje ritual a la Meca.
El Corán fija la constitución de la familia islámica sobre la poligamia. Se entiende que un buen musulmán no puede tener más de cuatro mujeres.
Se ha exagerado un poco la actitud despectiva del árabe con respecto a la mujer. El Corán recomienda la dulzura y el buen trato para con las mujeres, los niños y los ancianos. No obstante, su ética es esencialmente masculina, y son los hombres válidos los que llevan sobre sus espaldas tanto el peso como el honor de la guerra que santifica y salva. La mujer pertenece al mundo secreto y privado del hombre, al “harem”, cuyo significado apunta a esa situación de secreta privacidad.
Mujamad, luego de la muerte de su primera mujer, que tuvo el extraño privilegio de ser única, concertó trece matrimonios según los analistas más inclinados a dejar constancia de los hechos bien fundados. Otros anuncian que tuvo quince mujeres. De cualquier modo es un número que muchos imanes hubieran tenido como cantidad desdeñable y en absoluto indigna de un hombre de su alcurnia.
Por supuesto, los simples soldados podían practicar libremente el onanismo, la pederastía o la bestialidad, sin que ninguno de estos vicios fuera especialmente condenado o cerrara para siempre las puertas del Paraíso.

No hay misterio trinitario, ni encarnación, ni gracia santificante, y por eso se puede decir con tranquilidad que el Islamismo rechaza formalmente la religión, pero acepta reemplazar la voluntad de Dios con los designios de su fiereza conquistadora. No existe el pecado original, ni la naturaleza caída; la mayor parte de las faltas se borran con una simple penitencia exterior, porque en el fondo no constituyen agravios a Dios, sino delitos disciplinarios que deben ser corregidos con la férula del gobernante. En sentido estricto y formal, el Islam no es una religión, ni constituye un brote privilegiado de la tradición primordial. Es una ideología, pero totalmente apoyada en el judaísmo y sin otra complicación mesiánica que la imposición del Islam por la fuerza de las armas.

Existe realmente una civilización islámica, la dificultad para responder con alguna exactitud a esta pregunta reside en la extensión que ha tomado el vocablo árabe como consecuencia de la conquista. Todas las naciones que hoy se dicen árabes porque hablan la lengua de sus conquistadores, no lo son ni por su origen ni por los restos de las civilizaciones que perduran todavía en ellas. Si el Islam fuera una civilización fundada sobre la roca viva de un auténtico contrato religioso, sus justos títulos aparecerían por poco que consideráramos su ciencia, su arte, su economía, su política y su ideal del hombre.
Si nos detenemos en la apreciación más inmediata de la fisonomía islámica, salta a la vista su preocupación esencial que se manifiesta en dos dimensiones fundamentales: conquistar adeptos para el Islam y combatir duramente a todos cuantos no estén dispuestos a reconocer supremacía de Allah y su profeta Mujamad.
Mujamad afirmó haber sido elegido directamente por Allah.

Si comparamos con el cristianismo la actitud del Islam frente a la ciencia griega, se podrá decir (sin tomar demasiado en cuenta que Averroes se limitó a comentar las obras de Aristóteles sin proponerse la ardua faena de iluminar esa ciencia con los principios extraídos de su fe, ni conciliar la fe con las verdades de la filosofía aristotélica) que Averroes y Avicena realizaron un trabajo, con respecto a Aristóteles, comparable al de Santo Tomás y otros teólogos cristianos. Su doctrina de la doble verdad fue un recurso para eludir una faena que consideró imposible desde su comienzo.
El Corán, dentro del mundo árabe, significó para la mujer algunos cambios que moderaban, ventajosamente para ella, las prácticas abominables que padecía bajo el régimen del animismo idólatra. Esto explica, en alguna medida, que las mujeres árabes aceptaron el Corán como un alivio de su esclavitud.
Lo grave, en el caso de la mujer musulmana, era la situación de su alma después de la muerte. ¿Participa también de todos los placeres que esperan al verdadero creyente, especialmente si ha muerto en guerra santa? Ninguna de las descripciones que hace el Corán del Paraíso autoriza a pensar que las mujeres tengan alguna participación de sus goces, y habría que pensar en una desviación muy grande de la natural orientación del sexo femenino para que éstas hallaran en las “huríes” una modesta compensación de sus fatigas terrenas.

Cuando se habla de las grandes religiones universales es habitual considerar al Islam como una de ellas, y no la menos importante si se toma en cuenta el número de fieles que se dicen musulmanes. Para justificar esta afirmación basta considerar la fuerza de su proselitismo tanto entre los árabes, como posteriormente entre los persas, los hindúes, los bereberes, los turcos y todos los pueblos que se encontraban en la cuenca del Mediterráneo hasta alcanzar Occidente a través de la península Ibérica.

La tradición árabe es sospechosamente precisa en cuanto a la fecha del nacimiento de Mujamad y a todos los otros datos que hacen a su minuciosa filiación familiar. Los historiadores de oficio desconfían de tanta exactitud en quienes tienen una bien ganada fama de descuidados y fantasiosos en el asentamiento de sus genealogías. De cualquier manera, mi Corán afirma que era hijo de Abdallah, de la familia Hachim y nacido en la década que transcurre entre 570 y 580 de nuestra era.
La leyenda menciona también los siete hijos que Mujamad tuvo con Jadiya y la muerte de esta última cuando el Profeta frisaba los cuarenta y ocho años. Por ese tiempo hizo un viaje místico de La Meca a Jerusalem y en el trayecto vio algunos paisajes del mundo ultra terrestre.
La “Hégira” o emigración a Medina sucede también el día 12 del mes de Rabi, aniversario de su nacimiento.
La poligamia no es, indudablemente, una de las influencias cristianas recibidas por Mujamad, pero como éste la limitó, para los otros no para él, al número de cuatro mujeres se atuvo a las prescripciones del Antiguo Testamento que, de acuerdo con el Código de Hammurabi, convenía que este era el número ideal para que los antiguos patriarcas expandieran su simiente.

(Sobre el autor del Corán) No se puede saber con absoluta evidencia, pero no cabe ninguna duda de que era un experto conocedor de las Sagradas Escrituras, del Talmud y de algunos Evangelios Apócrifos, cuyas referencias aparecen aquí y allá, a propósito de Juan el Bautista, Jesús y la Virgen María. Podemos asegurar también que no sólo conocía las Sagradas Escrituras, sino que estaba hasta tal punto impregnado de su estilo que muchos pasajes del Corán parecen glosas de otros mejor conocidos del Antiguo Testamento.
Los coranistas que rechazan la versión de un rabino instructor de Mujamad como verdadero autor del Corán toman en consideración algunos evidentes anacronismos que no pudieron ser cometidos por un versado profesional de la Sagrada Escritura.
Cuando se lee el Corán, sin ninguna idea “a priori” para explicarlo, se advierte en él la presencia de dos interlocutores: uno que habla y otro que escucha. La tradición árabe quiere que el que habla sea el Ángel Gabriel y el que oye, Mujamad. Existen muchos motivos para eliminar al Ángel de este diálogo.
Existe además, entre las muchas tradiciones árabes que han llegado al conocimiento de quienes estudian el Corán, una que afirma la procedencia judaica de Jadiya y en donde se dice que hizo instruir a Mujamad en su propia religión, por medio de un pariente suyo, por esa época rabino de La Meca.

Para los mahometanos el Corán es un libro inspirado directamente por Dios, luego no puede ser un centón de narraciones bíblicas mechadas, aquí y allá, con referencias a la prédica de Mujamad, con exégesis talmúdicas y algunas citas de un Evangelio Apócrifo. No obstante, quien lo lee con alguna objetividad no encuentra otra cosa y el problema que se le plantea es muy claro: o directamente inspirado por Dios y entonces perfectamente original en su construcción y en su contenido, o dictado por un buen conocedor del Antiguo Testamento cuyo estilo imita con un talento por momentos conmovedor. Las acotaciones talmúdicas y apócrifas son recursos menesterosos y no pueden provenir de la abundancia divina.
1. El Islam es el judaísmo explicado por un rabino a los árabes.
2º Ha sido escrito por un judío, no por un árabe. Mujamad no lo escribió y por lo tanto no se trata de una revelación hecha a los árabes.
3. Hay en el Corán referencias a un Corán que se ha perdido. Lo que ha llegado hasta nosotros son los hechos de formación del Islam, falsamente llamado Corán y escrito también por un judío.
4. Las relaciones doctrinales entre el Islam y la Iglesia Católica son obligatoriamente las mismas que ésta guarda con el judaísmo.

Vivimos un momento histórico en que los aspectos positivos del universalismo cristiano se dejan envolver en las brumas de la confusión ecumenicista de indudable origen masón. Este desmayo del ímpetu apostólico de la Iglesia coincide con un fuerte renacimiento de la conciencia islámica para auspiciar una peligrosa permeabilidad de cultura a los diversos impactos agresivos del Islam.
¿Para qué toda esta discusión en torno a esas figuras del Nuevo Testamento, cuando se trataba simplemente de predicar a los árabes la Ley de Moisés y los Profetas? La respuesta tiene que venir, necesariamente, del medio en que se movía Mujamad. Muchos árabes, bajo la presión proselitista de los cristianos deben de haber llegado hasta el Profeta para preguntarle quién era Juan Bautista, María y Jesús. La respuesta del Instructor no puede ser más hábil. Sin negar la existencia ni el valor de esas personas, los incorpora sin más al legado de la tradición judía y los convierte en verdaderos creyentes, para no dar tiempo a la imaginación semita a que se impregne con las extravagancias helenísticas de un supuesto Hijo de Dios.

EVANGELIO DE LA INFANCIA. Cap. Iº
Palabras de Jesús en la cuna:
“Yo soy Jesús, el Hijo de Dios, el Verbo (o Logos) a quien tú has dado a luz de acuerdo con el anuncio del Ángel Gabriel. Mi padre me ha enviado para la salvación del mundo”.
CORAN. Sur a 19, aleya 30-33
Palabras de Jesús en la Cuna:
Les dijo: “Por cierto que soy el siervo de Dios quien me concederá el Libro (Corán) y me designará profeta. Me hará benefactor doquiera esté y me encomendará la oración y el azaque mientras viva. Y me hará piadoso con mi madre y jamás permitirá que yo sea soberbio ni rebelde. La paz fue conmigo desde el día que nací, será conmigo el día que muera”.

(Concepto musulmán) Sura 6, aleya 163, el autor del Corán proclama a Mujamad el primero de los musulmanes. Esta afirmación de apariencia tan perentoria abrió a los críticos y a los filólogos más o menos patentados la posibilidad de entablar una discusión en torno al vocablo.
¿Fue introducido por el Corán en la lengua árabe para establecer con nitidez la originalidad de la nueva fe religiosa o era un término de procedencia israelita y con un uso tradicional más o menos discernible en la Sagrada Escritura?
De acuerdo con esta tradición coránica “muslimina” o “musulmán” se dice en primer lugar de los patriarcas hebreos: Noé, Abraham, Lot, Moisés, Aarón, etc. pudiendo añadirse todos aquéllos que dieron muestras cabales de su ejemplar sumisión a la voluntad del Dios Unías, Creador del Cielo y de la Tierra y que se manifestó, en primer lugar al Pueblo de Israel y que ahora se dirige a los árabes para convertirlos en verdaderos musulmanes.
Esta es la verdadera misión de Mujamad: hacer de los árabes “muslimina” o musulmanes a la manera de Moisés y los grandes profetas de Israel. Los árabes, politeístas e incrédulos, se burlan de Mujamad.
En la traducción francesa del Corán, quizá más ajustada al texto, dice “que no aspiran a la amistad de los sin ley”. Añade esta frase, sin duda dirigida a los habitantes de La Meca que acusaban a Mujamad de precisar el judaísmo: “Si siguiéramos la Guía (la traducción de la Torah) seríamos desterrados”.
En La Meca se sabía que Mujamad seguía las indicaciones de un maestro judío y si se declaraba el primero de los musulmanes, debía entenderse que esta prelacía le correspondía en relación con el pueblo árabe, no con respecto a Israel entre cuyos creyentes se encontraba como uno más y, por supuesto, no de los más importantes.

El judaísmo coránico no quedó reducido al seno de una nación. En ningún momento se trató de beneficiar con la bendición de Allah a los descendientes carnales del patriarca Abraham, ni siquiera a los árabes como nación determinada. El carácter universal de la nueva prédica es así salvado de toda reducción a un grupo humano sellado por el nacimiento.
La dificultad surge cuando enfrentamos el problema de la universalidad con los menguados instrumentos nocionales del inmanentismo moderno. Así, se hace imposible distinguir un verdadero mensaje religioso de los remedios que surgen aquí y allá con la pretensión de ser la voz del Eterno.
No hace falta exagerar las prevenciones contra el simplismo islámico para advertir el carácter primitivo de su teología, en donde las afirmaciones de la fe se suceden sin que sea posible penetrar en el fundamento espiritual de sus razones. Se trata de un voluntarismo que renuncia a toda inteligencia para no debilitar el temple de una adhesión sin titubeos a las consignas de los imanes. Esta actitud de entrega sumisa a la conducción del Islam se ve fortalecida por la absoluta ausencia de toda obligación de purificación espiritual. En el peor de los clericalismos en que puede caer un cristiano siempre existe el temor al pecado que pone límites a la desmesura de la obediencia, y hasta el más infeliz de los creyentes sabe que no puede obedecer a un sacerdote contrariando el mandato expreso de Dios. En el Islam la obediencia es absoluta, porque la razón de pecado o la obligación de la pureza personal nunca es obstáculo para el cumplimiento de la orden recibida en nombre de Allah.
Mujamad, dentro de lo que podemos conjeturar, enseñó la ley y llevó a los árabes a los umbrales de la “Toráh”. La lucha contra sus enemigos y la necesidad consiguiente de endurecer las motivaciones religiosas de sus seguidores, lo indujeron a una simplificación de todo cuanto pudiera perturbar la obediencia de los fieles en términos de pureza y salvación personales. Puso en sus argumentos una violencia temperamentalmente árabe y no judía y no concedió a la razón el menor resquicio para hacer surgir una duda.
No podemos hablar de este movimiento como si fuera una de las así llamadas “religiones universales”. En primer lugar porque si Dios ha revelado efectivamente sus designios a los hombres no puede haber más que una sola religión; en segundo lugar porque si existe eso que se llama “la salvación del hombre”, tal cosa no puede estar concebida en términos exclusivamente políticos y guerreros como pretende el Islam sino, precisamente, como lo enseña el cristianismo, en un encuentro esjatológico que sea la consecuencia de una transfiguración espiritual en donde la Gracia de Dios sobreeleva a una participación con su vida íntima el dinamismo moral del que ha sido personalmente elegido. No se salvan los ejércitos, ni las diócesis, ni las parroquias, sino los hombres que han sabido responder positivamente a la solicitud del Espíritu Santo.
Porque no hay nada de eso en el Corán, podemos considerar que todo su aparato nocional es un retorno simplificado a las formas más arcaicas del judaísmo y nos atrevemos a asegurar que no hay en su teología ninguna novedad religiosa, no hay buena nueva y, por ende, no hay profecía propiamente dicha. Es un anacronismo, un fósil que apela a las fuerzas genéricas de la impulsividad para ganar adeptos que sólo puede manifestarse con el signo negativo de la agresión permanente.
El Islam es una ideología. No nace, como las modernas, de una concepción demiúrgica del universo, ni apela, en cada caso, a los aspectos utilizables de las ciencias positivas o a transposiciones naturalistas del cristianismo. Usa la ley y los profetas, pero no para educar los impulsos sino para lanzarlos en una perspectiva de satisfacción utópica allende la muerte física.
Renunciar a la inteligencia para favorecer un compromiso de orden estrictamente carnal con una doctrina como la islámica es, a mi criterio, religiosamente absurdo.

This is another short book that takes us into Islam, a term so in vogue for some time and it seems to me a timeless book and without a doubt its key to success.

The ideology is born of the changes introduced in the Arab town by the force of a commercial economy that imposes, to the old community tribal organization, another of individualistic type suggested by the rise of the new economic criteria. Undoubtedly, religion does not exist as a reality independent of a particular state of consciousness determined by a specific relationship between man and the means of production. Religion thus becomes an ingredient of the complex response we give to the practical needs of life and that constitutes something like poetic sauce in the harsh prose of the economic process.
The Qur’an inspires an act of faith from which all movement of intelligent reflection has disappeared and for that reason it is not known, among Muslims, something similar to Christian theology. Christian trinitarianism is denied with the harshest arguments and the most absolute obfuscation; and even when it is said that Jesus was the Word of God, he only wants to affirm that he is a prophet in nothing different from the others by whose mouth God has made his will felt. The mystery of the Incarnation is denied on principle and any discussion about it awakes the anger of the Muslim who sees the consistency of his monotheism in danger. If one examines the religious duties prescribed by the Qur’an and the acts of the cult that frame them, one will see without effort its perfect simplicity and the absolute absence of any internal movement destined to put the conduction of the soul in the noblest faculties of the spirit.
Five are the obligations that the Muslim must practice to have his soul in good relations with God: confess that Allah is the only God and Mujamad is his prophet. This as many times as necessary and especially in the solemn circumstances of life and when the time of death is foreseen. Four prayers are for observance: at dawn, at noon, at prayer and at night. The believer has to position himself towards Mecca, never forgetting the center from which his conquest began. Prayers can be done alone or together. When there are several who gather to pray, one of them directs the ceremony with the corresponding prospects and greetings. Preparation prior to prayer requires an act of purification that consists of washing the face, hands, forearms and feet. It should be done with pure water or failing with sand. Regarding the possibility of an inner purification nothing is said.
There is an apparently very rigorous practice of fasting among Muslims. During the thirty days of the month of Ramadan, the ninth of the Muslim lunar year, the believer can not eat, drink, smoke, or have sex during the day, between sunrise and sunset.
Every good Muslim must give his religious community the tenth of his tickets and he has the obligation of a ritual trip to Mecca.
The Koran sets the constitution of the Islamic family on polygamy. It is understood that a good Muslim can not have more than four women.
The contemptuous attitude of the Arab with respect to the woman has been exaggerated a little. The Koran recommends gentleness and good treatment for women, children and the elderly. However, their ethics are essentially masculine, and it is the valid men who carry on their shoulders both the weight and the honor of the war that sanctifies and saves. The woman belongs to the secret and private world of man, to the “harem”, whose meaning points to that situation of secret privacy.
Mujamad, after the death of his first wife, who had the rare privilege of being unique, arranged thirteen marriages according to the analysts more inclined to record the well-founded facts. Others announce that he had fifteen women. Anyway, it is a number that many magnets would have had as a negligible quantity and not at all unworthy of a man of his lineage.
Of course, the simple soldiers could freely practice onanism, pederasty or bestiality, without any of these vices being especially condemned or closed forever the gates of Paradise.

There is no Trinitarian mystery, no incarnation, no sanctifying grace, and for that reason it can be said with tranquility that Islam formally rejects religion, but accepts to replace the will of God with the designs of his conquering fierceness. There is no original sin, nor fallen nature; most of the faults are erased with a simple external penance, because deep down they do not constitute grievances to God, but disciplinary crimes that must be corrected with the ruler’s spur. Strictly and formally, Islam is not a religion, nor is it a privileged outbreak of the primordial tradition. It is an ideology, but totally supported by Judaism and without any other messianic complication than the imposition of Islam by force of arms.

There really is an Islamic civilization, the difficulty to respond with some accuracy to this question lies in the extent that the Arabic word has taken as a result of the conquest. All the nations that today call themselves Arabs because they speak the language of their conquerors, are not by their origin or by the remains of the civilizations that still remain in them. If Islam were a civilization founded on the living rock of an authentic religious contract, its just titles would appear only if we considered its science, its art, its economy, its politics and its ideal of man.
If we look at the most immediate appreciation of the Islamic face, it is clear that its essential preoccupation is manifested in two fundamental dimensions: to conquer followers for Islam and to fight hard against all those who are not willing to recognize the supremacy of Allah and his prophet. Mujamad
Mujamad claimed to have been directly elected by Allah.

If we compare with Christianity the attitude of Islam against Greek science, we can say (without taking too much into account that Averroes only commented on the works of Aristotle without proposing the arduous task of illuminating that science with the principles extracted from his faith , nor to reconcile the faith with the truths of the Aristotelian philosophy) that Averroes and Avicena did a work, with respect to Aristotle, comparable to that of St. Thomas and other Christian theologians. His doctrine of double truth was a resource to avoid a task that he considered impossible since its inception.
The Koran, within the Arab world, meant for the woman some changes that moderated, advantageously for her, the abominable practices she suffered under the regime of idolatrous animism. This explains, to some extent, that Arab women accepted the Koran as a relief from their slavery.
The serious thing, in the case of the Muslim woman, was the situation of her soul after death. Do you also participate in all the pleasures that await the true believer, especially if he died in holy war? None of the descriptions made by the Quran of Paradise authorizes thinking that women have any share of their enjoyments, and we should think of a very large deviation from the natural orientation of the female sex so that they find in the “houris” a modest compensation for your earthly fatigues.

When speaking of the great universal religions it is usual to consider Islam as one of them, and not the least important if one takes into account the number of believers who call themselves Muslims. To justify this statement it is enough to consider the strength of its proselytism both among the Arabs, and later among the Persians, the Hindus, the Berbers, the Turks and all the peoples who were in the Mediterranean basin until reaching the West through the peninsula Iberian

The Arab tradition is suspiciously precise as to the date of Mujamad’s birth and all the other data that make his meticulous family filiation. The historians of office distrust so much accuracy in those who have a well-earned reputation as careless and fanatical in the settlement of their genealogies. In any case, my Koran states that he was the son of Abdallah, of the Hachim family and born in the decade between 570 and 580 AD.
The legend also mentions the seven sons that Mujamad had with Khadija and the death of the latter when the Prophet was forty-eight years old. Around that time he made a mystical trip from Mecca to Jerusalem and on the way he saw some landscapes of the ultra terrestrial world.
The “Hijra” or emigration to Medina also happens on the 12th of the month of Rabi, the anniversary of his birth.
Polygamy is undoubtedly not one of the Christian influences received by Mujamad, but as Mujamad limited it, for others not for him, the number of four women adhered to the Old Testament prescriptions that, according to the Code of Hammurabi, it was convenient that this was the ideal number for the ancient patriarchs to expand their seed.

(About the author of the Qur’an) You can not know with absolute evidence, but there is no doubt that he was an expert knowledge of the Holy Scriptures, the Talmud and some Apocryphal Gospels, whose references appear here and there, about John the Baptist, Jesus and the Virgin Mary. We can also assure you that he not only knew the Holy Scriptures, but was so imbued with his style that many passages of the Qur’an seem glosses of others better known in the Old Testament.
The Koranists who reject the version of an instructor rabbi Mujamad as the true author of the Koran take into consideration some obvious anachronisms that could not be committed by a professional scholar of the Holy Scripture.
When the Koran is read, without any “a priori” idea to explain it, the presence of two interlocutors is noticed: one who speaks and another who listens. The Arab tradition wants the speaker to be the Angel Gabriel and the one who hears, Mujamad. There are many reasons to eliminate the Angel from this dialogue.
There is also, among the many Arabic traditions that have come to the knowledge of those who study the Qur’an, one that affirms the Jewish origin of Khadija and where it is said that Mujamad was instructed in his own religion, by means of a relative of his, for that rabbi era of Mecca.

For the Mohammedans the Qur’an is a book directly inspired by God, then it can not be a cento of biblical narratives, here and there, with references to Mujamad’s preaching, with Talmudic exegesis and some quotations from an Apocryphal Gospel. However, who reads it with some objectivity finds nothing else and the problem that arises is very clear: either directly inspired by God and then perfectly original in its construction and content, or dictated by a good connoisseur of the Old Testament whose style imitates with a talent at times moving. The Talmudic and apocryphal dimensions are poor resources and can not come from the divine abundance.
1. Islam is the Judaism explained by a rabbi to the Arabs.
2nd It was written by a Jew, not by an Arab. Mujamad did not write it and therefore it is not a revelation made to the Arabs.
3. There are references in the Qur’an to a Qur’an that has been lost. What has come down to us are the facts of the formation of Islam, falsely called the Koran and also written by a Jew.
4. The doctrinal relations between Islam and the Catholic Church are necessarily the same as this one with Judaism.

We live in a historical moment in which the positive aspects of Christian universalism are allowed to be enveloped in the mists of the ecumenical confusion of undoubted Masonic origin. This swoon of the apostolic impetus of the Church coincides with a strong rebirth of the Islamic conscience to sponsor a dangerous permeability of culture to the various aggressive impacts of Islam.
Why all this discussion about these New Testament figures, when it was simply a matter of preaching to the Arabs the Law of Moses and the Prophets? The answer has to come, necessarily, from the medium in which Mujamad moved. Many Arabs, under the proselytizing pressure of Christians, must have come to the Prophet to ask who was John the Baptist, Mary and Jesus. The response of the Instructor can not be more skillful. Without denying the existence or the value of these people, they simply incorporate them into the legacy of the Jewish tradition and convert them into true believers, so as not to give the Semitic imagination time to be impregnated with the Hellenistic extravagances of a supposed Son of God. .

GOSPEL OF CHILDHOOD. Chap. Iº
Words of Jesus in the cradle:
“I am Jesus, the Son of God, the Word (or Logos) whom you have given birth according to the announcement of the Angel Gabriel. My father has sent me for the salvation of the world. ”
KORAN. South to 19, ayah 30-33
Words of Jesus in the Cradle:
He told them: “Indeed, I am the servant of God who will grant me the Book (Qur’an) and appoint me a prophet. He will make me a benefactor wherever he is and will entrust me with prayer and zak as long as he lives. And he will make me pious with my mother and will never allow me to be arrogant or rebellious. Peace was with me from the day I was born, it will be with me the day I die.

(Muslim concept) Sura 6, verse 163, the author of the Koran proclaims Muhammad the first of the Muslims. This assertion of such peremptory appearance opened to critics and philologists more or less patented the possibility of engaging in a discussion about the word.
Was it introduced by the Koran in the Arabic language to establish clearly the originality of the new religious faith or was it a term of Israeli origin and with a more or less discernible traditional use in the Sacred Scripture?
According to this Qur’anic tradition “muslimine” or “Muslim” it is said in the first place of the Hebrew patriarchs: Noah, Abraham, Lot, Moses, Aaron, etc. All those who showed their exemplary submission to the will of the Unías God, Creator of Heaven and Earth, who manifested himself first of all to the People of Israel and now addressed to the Arabs to make them true, can be added. Muslims.
This is the true mission of Mujamad: to make the Arabs “Muslim” or Muslims in the manner of Moses and the great prophets of Israel. The Arabs, polytheists and unbelievers, make fun of Mujamad.
In the French translation of the Qur’an, perhaps more in tune with the text, it says “they do not aspire to the friendship of the lawless”. He adds this phrase, undoubtedly addressed to the inhabitants of Mecca who accused Mujamad of specifying Judaism: “If we followed the Guide (the translation of the Torah) we would be banished”.
In Mecca it was known that Mujamad followed the instructions of a Jewish teacher and if he declared himself the first of the Muslims, it should be understood that this prelacy corresponded to him in relation to the Arab people, not with respect to Israel among whose believers he was as one more and, of course, not the most important.

Quranic Judaism was not reduced to the bosom of a nation. At no time was the blessing of Allah to benefit the carnal descendants of the patriarch Abraham, not even the Arabs as a determined nation. The universal character of the new preaching is thus saved from any reduction to a human group sealed by birth.
The difficulty arises when we face the problem of universality with the dwindling notional instruments of modern immanentism. Thus, it becomes impossible to distinguish a true religious message from the remedies that arise here and there with the pretense of being the voice of the Eternal.
There is no need to exaggerate the preventions against Islamic simplism to warn of the primitive character of their theology, where the affirmations of the faith occur without it being possible to penetrate into the spiritual foundation of their reasons. It is a voluntarism that renounces all intelligence so as not to weaken the temper of an adherence without hesitation to the slogans of the imams. This attitude of submissive surrender to the leadership of Islam is strengthened by the absolute absence of any obligation of spiritual purification. In the worst of the clericalisms in which a Christian can fall, there is always the fear of sin that limits the excess of obedience, and even the most unhappy of believers know that they can not obey a priest contrary to the express command of God . In Islam, obedience is absolute, because the reason for sin or the obligation of personal purity is never an obstacle to the fulfillment of the order received in the name of Allah.
Mujamad, within what we can surmise, taught the law and led the Arabs to the threshold of “Torah.” The struggle against his enemies and the consequent need to harden the religious motivations of his followers, led him to a simplification of everything that could disturb the obedience of the faithful in terms of personal purity and salvation. He put into his arguments a temperamentally Arab and non-Jewish violence and did not give reason the slightest hint to raise a doubt.
We can not speak of this movement as if it were one of the so-called “universal religions”. In the first place because if God has indeed revealed his designs to men, there can be no more than one religion; secondly, because if there is that which is called “the salvation of man”, such a thing can not be conceived in exclusively political and warrior terms as Islam pretends but, precisely, as Christianity teaches, in a spiritual encounter that is the the result of a spiritual transfiguration where the Grace of God elevates to a participation with his intimate life the moral dynamism of which he has been personally chosen. The armies, the dioceses, and the parishes are not saved, but the men who have responded positively to the request of the Holy Spirit.
Because there is nothing of that in the Qur’an, we can consider that all its notional apparatus is a simplified return to the most archaic forms of Judaism and we dare to assert that there is no religious novelty in its theology, no good news and, Therefore, there is no prophecy proper. It is an anachronism, a fossil that appeals to the generic forces of impulsivity to gain followers that can only manifest itself with the negative sign of permanent aggression.
Islam is an ideology. It is not born, like the modern ones, from a demiurgic conception of the universe, nor does it appeal, in each case, to the usable aspects of positive sciences or to naturalistic transpositions of Christianity. Use the law and the prophets, but not to educate the impulses but to throw them into a perspective of utopian satisfaction beyond physical death.
To renounce intelligence in order to favor a strictly carnal commitment with a doctrine like the Islamic one is, in my opinion, religiously absurd.

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