La Naturaleza De Los Gatos — Stephen Budiansky / The Character of Cats: The Origins, Intelligence, Behavior, and Stratagems of Felis silvestris catus by Stephen Budiansky

Los mininos siempre han tenido algo de enigmático al no ser un animal sociable por naturaleza y este libro trata de estudiarlos, Los gatos… un amor de animales. Te dan un cariño desprendido; sin agobiarte. Y son maravillosamente independientes. Imitarlos es una vía para llevar una vida mucho menos estresada. El libro es muy interesante y habla sobre esto. Aunque lo mas importante que hay que saber es que, al final, se hará lo que el gato quiera, no lo que tu quieras; y que es una pérdida de tiempo luchar contra éso.

Su comportamiento con relación a la sociedad humana es extraordinariamente variado y complejo: tienden a adaptarse a nosotros, pero se muestran a la vez crueles; son cariñosos, pero también recelosos, gregarios y solitarios, dependientes y distantes. La inteligencia del gato es una combinación de extremos, de instintos preprogramados y aprendizaje adaptativo. Los gatos han conseguido mantener un pie en la selva, a la vez que se iban extendiendo por el mundo en compañía de los humanos, más rápido de lo que el hombre se haya propagado nunca. Son los menos domesticados de los animales domésticos, los que más éxito han tenido, los que menos alteraciones internas han sufrido, pero a los que más afectan las circunstancias externas.

Los gatos fueron introducidos en la sociedad humana por un acto premeditado de seres humanos un tanto aventureros y curiosos; una vez en ella, llegaron a alcanzar una masa crítica gracias a la tolerancia de una cultura religiosa que, con el tiempo, los veneró de forma indiscriminada; de allí se extendieron por todos los lugares que pisaba el hombre como una enredadera que trepa por el árbol de la humanidad, echando sus raíces cerca, pero siempre a una distancia prudente. Durante siglos los humanos ejercieron una pequeña y casi inconsciente influencia en la dirección y forma que esa enredadera tomaría.
Al igual que entonces, lo sorprendente de los gatos hoy es su carácter ambiguo e independiente. La posición incierta que ocupan en la naturaleza y sociedad humanas se reflejó durante mucho tiempo en la ambigüedad de los sentimientos de los hombres hacia ellos. Los gatos han evocado emociones contradictorias en el corazón de los seres humanos, beneficiándose en unas ocasiones, sufriendo en otras, y viéndose sutilmente afectados por ellas.
Alrededor del siglo XI se consideraba a los gatos animales tan valiosos para exterminar roedores que en Francia solían incluirse en testamentos y herencias. Un código legal galés de mediados del siglo X llegaba incluso a enumerar un complejo sistema de precios para gatos de distintas edades y con diversa experiencia en el exterminio de roedores, y especificar las tasas que debían pagar los que no cuidaran bien a sus gatos. El valor de un buen gato matarratas fue establecido igual que el de un potro de catorce días, un ternero de seis meses o un puerco destetado. Si alguien robaba o mataba a un gato, se le exigía compensar al dueño con una oveja y su cordero o con una cantidad de grano suficiente para cubrir el cuerpo del gato muerto sostenido de la punta del rabo, de forma que la nariz tocara levemente el suelo.
Estas eran las buenas noticias. Las malas consistían en que, a finales de la Edad Media y principios de la era moderna, en Europa hubo casos de gatos torturados y sacrificados en público, y acusaciones de brujería contra personas que cuidaban gatos o los tenían en sus casas. En el día de San Juan varias ciudades francesas arrojaban gatos a una hoguera o los colocaban en lo alto de palos en el centro de un fuego, una ceremonia que siguieron realizando en Metz hasta finales del siglo XVIII.

Es cierto que los gatos durante miles de años han fascinado y también preocupado a los seres humanos y no hay duda de que una de las causas de este interés e incomodidad era su conducta sexual. Por ejemplo, en francés, la chatte tiene el mismo significado que «coño» en castellano vulgar; no es, por tanto, del todo irreflexivo interpretar ambas palabras como una asociación metafórica del gato con la promiscuidad femenina o, por lo menos, con nociones un tanto crudas de los hombres sobre la promiscuidad femenina. También su misteriosa manera de moverse silenciosamente sobre sus almohadilladas patas, apareciendo y desapareciendo con ojos brillantes, ha sido una fuente de malestar entre aquellos con tendencias supersticiosas. (Lo que hace que los movimientos del gato parezcan de otro mundo es que, al contrario de casi todos los cuadrúpedos, caminan y corren con una especie de gesto planeador en el que las patas anteriores y posteriores del mismo lado se mueven a la vez. Además, tienen una columna vertebral extremadamente flexible y, al no tener clavícula, pueden rotar los hombros casi en cualquier dirección; todo contribuye a darles una marcada agilidad y capacidad de maniobra en pequeños espacios).

Por muy sociables que sean algunos gatos domésticos, son herederos de ciertas fuerzas evolutivas que tiran constantemente de ellos hacia el lado contrario.
En la naturaleza existen algunos principios básicos que determinan si los miembros de una determinada especie vivirán en solitario o en grupo. No es extraño que los principios más importantes sean la comida y el sexo. Los mamíferos que viven en grandes bosques con comida abundante, distribuida más o menos por igual, tienden a vivir separados unos de otros. Las hembras defienden territorios excluyentes que son lo bastante grandes como para proporcionarles toda la comida que necesitan. Un macho que busque a una hembra para emparejarse suele conformarse con tener una sola porque las hembras están demasiado lejos unas de otras para intentar mantener y defender a más de una a la vez. Es posible que los machos luchen por controlar un territorio pero, una vez que éste ha sido delimitado, todo termina ahí; el apareamiento está determinado estrictamente por aquel que ocupe una determinada porción de tierra. El emparejamiento suele ser monógamo aunque resulta a menudo un vínculo débil y fugaz; el sexo está determinado por derechos de propiedad en lugar de por lazos sociales.
Tanto los machos como las hembras de gatos suelen rociar con orina objetos verticales que se encuentran esparcidos en sus paseos diarios.
Algunas observaciones realizadas sobre la conducta de mareaje urinario de los gatos en estado salvaje (para cosas así están los estudiantes de posgrado) indicaron que las hembras suelen rociar una vez cada hora, mientras que los machos lo hacen una docena de veces cada hora. Los machos pueden marcar un objeto en un camino cada 5 m. Cuando rocían levantan la cola en un ángulo de 45 a 90º y dirigen la orina a modo de vaporizador hacia un árbol, poste u otro objeto que se encuentre en posición vertical. Esta postura es marcadamente diferente a la que utilizan cuando sólo están vaciando la vejiga y se ponen en cuclillas. También parece que cuando expulsan la orina como un vaporizador liberan una fragancia distintiva que no está presente en las micciones normales. Algunos experimentos han demostrado que los gatos pasan más del doble de tiempo olfateando orina rociada que orina normal.
El olor característico de la orina rociada de los machos se ha identificado con un aminoácido llamado felinina, un compuesto que contiene azufre. Los miembros de la familia de los felinos son los únicos mamíferos que excretan este compuesto en su orina. Como ocurre con las conductas territoriales en general, el mareaje urinario suele estar desencadenado por la testosterona; los machos sin castrar excretan orina tres veces más que los castrados y cinco veces más que las hembras.
Las heces también desempeñan un papel importante como señalizadores territoriales. Los estudios sobre gatos en estado salvaje han descubierto que, contrariamente a la creencia popular, los gatos no siempre entierran sus heces o «deposiciones»; sólo lo hacen la mitad de las veces. Es mucho más probable que los gatos entierren sus deposiciones cuando se encuentran cerca del centro de su territorio, sobre todo en áreas que incluyen sus lugares habituales de descanso y donde duermen. Fuera de esta área central, las deposiciones se dejan a menudo al descubierto. La conclusión de que las deposiciones tienen una clara función de mareaje se ve reforzada por el hecho de que, cuando las realizan en sus lugares habituales de descanso, los gatos suelen alejarse unos metros antes de defecar, mientras que cuando están fuera de esta área depositan sus heces justo en el camino por el que andan. El mismo patrón de enterrar las heces cuando se está cerca de casa pero dejarlas al descubierto cuando se está lejos ha sido observado en gatos monteses. Enterrar las heces cerca de casa puede servir para prevenir que se propaguen los parásitos (a los gatos no les gusta comer en la misma zona en la que defecan) y les ayuda también a no revelar a potenciales depredadores el lugar donde se encuentra su casa.
Los instintos de territorialidad y el mareaje territorial están muy presentes en los gatos domésticos.

Los gatos son capaces de comunicar a través de su lenguaje corporal agresividad, miedo y sumisión. Sin embargo, no comunican sumisión de forma tan enfática como los perros, porque entre los gatos monteses, por ejemplo, el perdedor de un encuentro en el que está en juego la dominancia generalmente huye lo más rápido que puede. Es una situación muy diferente a la que se da en animales que viven en grupo, que están constantemente obligados a permanecer cerca unos de otros y necesitan, por tanto, desviar la agresión continuamente.
Los gatos en su estado natural tienen confrontaciones únicamente durante los conflictos sobre el territorio. Por definición, uno de estos conflictos territoriales termina cuando uno de los participantes abandona el lugar; no hay necesidad de ir más allá.
Como consecuencia, durante la historia evolutiva del gato lo que se ha acentuado ha sido el desarrollo de señales agresivas. En general, las señales agresivas están funcionalmente conectadas a acciones agresivas reales; son manifestaciones de fuerza, como el gesto humano de amenazar con el puño a alguien. Pero también existe cierta naturaleza arbitraria en el proceso por el cual algunos gestos físicos se «ritualizan» para convertirse en símbolos, algo que es consecuencia de una interesante y poderosa retroalimentación evolutiva entre emisores y receptores. No es necesariamente inevitable que una simple mirada, por ejemplo, termine siendo un potente símbolo de amenaza, pero así ocurrió en el mundo del gato. La explicación es la siguiente: un gato que está a punto de atacar a otro gato debe hacer ciertas cosas. Para empezar, tiene que mirar a su supuesta víctima…

Como muchos mamíferos, los gatos utilizan sus extraordinariamente sensibles bigotes para complementar su vista. Pueden intuir todo lo que los rodea y cualquier obstáculo con gran precisión, aunque tengan los ojos tapados, gracias a la retroalimentación que les proporcionan sus bigotes. Los nervios conectados a los bigotes, al pelo y a otras partes sensibles al tacto en su cuerpo se conectan con células nerviosas del córtex para formar una especie de «mapa» en el cerebro que replica la geometría del cuerpo del gato, aunque con diferencias importantes: en los gatos, como en la mayoría de los mamíferos bigotudos, las terminaciones nerviosas dedicadas a los bigotes ocupan una porción desproporcionadamente grande del cerebro. (En los humanos, dominan las terminaciones nerviosas dedicadas a las manos y dedos).
Desgraciadamente no tienen buen olfato.
Sin embargo, la verdadera capacidad de observar e imitar lo que otro animal hace no es común en el mundo animal; y algunos científicos que han estudiado minuciosamente el problema sostienen que, hasta ahora, no se ha encontrado. Los gatos probablemente no sean una excepción a esta regla. Aprenden con más facilidad cuando se encuentran en una situación social cómoda, cuando se crea una oportunidad para aprender pero, para que la lección permanezca, deben ser ellos mismos los que lo intenten, experimentando las consecuencias en su propia piel.

En resumen, debemos admitir que es mejor así, porque si los gatos fueran criaturas sujetas totalmente a los deseos y ambiciones humanas dejarían de ser gatos. No creo que sea la aparente independencia y frialdad del gato lo que tanto nos atrae exactamente, sino el hecho de que sean distintos y no se comprometan con nadie. La belleza y fascinación que encontramos en los gatos se asemejan a lo que sentimos por los más salvajes de la naturaleza, con el añadido de que estos seres salvajes y preciosos están dispuestos a admitirnos en su mundo aunque no tengan ninguna necesidad de hacerlo.

Pussies have always had something of enigmatic not being a sociable animal by nature and this book tries to study them, cats … a love of animals. They give you a detached affection; without overwhelming you And they are wonderfully independent. Imitating them is a way to lead a much less stressed life. The book is very interesting and talks about this. Although the most important thing to know is that, in the end, what the cat wants will be done, not what you want; and that it is a waste of time to fight against that.

Their behavior in relation to human society is extraordinarily varied and complex: they tend to adapt to us, but at the same time they are cruel; They are affectionate, but also suspicious, gregarious and lonely, dependent and distant. Cat intelligence is a combination of extremes, pre-programmed instincts and adaptive learning. The cats have managed to keep a foot in the jungle, while they were spreading around the world in the company of humans, faster than man has ever spread. They are the least domesticated of domestic animals, those that have had the most success, those that have suffered the least internal alterations, but those that most affect external circumstances.

Cats were introduced into human society by a premeditated act of somewhat adventurous and curious human beings; once in it, they reached a critical mass thanks to the tolerance of a religious culture that, over time, venerated them indiscriminately; from there they spread to all the places that man walked like a vine that climbs the tree of humanity, throwing its roots close, but always at a safe distance. For centuries humans exerted a small and almost unconscious influence on the direction and form that that vine would take.
As then, the surprising thing about cats today is their ambiguous and independent character. The uncertain position they occupy in human nature and society was reflected for a long time in the ambiguity of men’s feelings towards them. Cats have evoked contradictory emotions in the hearts of human beings, benefiting on some occasions, suffering in others, and being subtly affected by them.
Around the 11th century, animal cats were considered so valuable to exterminate rodents that in France they were usually included in testaments and inheritances. A Welsh legal code of the mid-tenth century even listed a complex price system for cats of different ages and with varying experience in exterminating rodents, and specifying the rates that those who did not take good care of their cats had to pay. The value of a good rat cat was established as that of a foal of fourteen days, a calf of six months or a weaned pig. If someone stole or killed a cat, he was required to compensate the owner with a sheep and his lamb or with enough grain to cover the body of the dead cat held at the tip of the tail, so that the nose touched the floor.
This was the good news. The bad news was that, in the late Middle Ages and early modern times, in Europe there were cases of cats tortured and slaughtered in public, and accusations of witchcraft against people who looked after cats or had them in their homes. On St. John’s Day several French cities threw cats to a bonfire or placed them on top of sticks in the center of a fire, a ceremony that continued in Metz until the late eighteenth century.

It is true that cats for thousands of years have fascinated and also worried human beings and there is no doubt that one of the causes of this interest and discomfort was their sexual behavior. For example, in French, chatte has the same meaning as “pussy” in vulgar Spanish; it is not, therefore, completely unreflective to interpret both words as a metaphorical association of the cat with female promiscuity or, at least, with somewhat crude notions of men about female promiscuity. Also his mysterious way of moving silently on his padded legs, appearing and disappearing with bright eyes, has been a source of discomfort among those with superstitious tendencies. (What makes the movements of the cat look like another world is that, unlike most quadrupeds, they walk and run with a kind of glider gesture in which the front and rear legs on the same side move at the same time. In addition, they have an extremely flexible spine and, having no clavicle, can rotate their shoulders in almost any direction, all contributing to give them a marked agility and maneuverability in small spaces).

No matter how sociable some domestic cats are, they are heirs of certain evolutionary forces that constantly pull them to the opposite side.
In nature there are some basic principles that determine whether the members of a certain species will live alone or in a group. It is not strange that the most important principles are food and sex. Mammals that live in large forests with abundant food, distributed more or less equally, tend to live apart from each other. The females defend exclusive territories that are large enough to provide them with all the food they need. A male looking for a female to mate with is usually content to have one because the females are too far apart to try and maintain and defend more than one at a time. It is possible that males struggle to control a territory but, once it has been delimited, everything ends there; the mating is determined strictly by that which occupies a certain portion of land. Pairing is usually monogamous although it often results in a weak and fleeting link; sex is determined by property rights rather than by social ties.
Both males and females of cats often spray urine with vertical objects that are scattered on their daily walks.
Some observations made about the behavior of urine marking of cats in the wild (for such things are the graduate students) indicated that females usually spray once every hour, while males do it a dozen times every hour. Males can mark an object on a path every 5 m. When sprayed they raise the tail at an angle of 45 to 90 degrees and direct the urine as a vaporizer to a tree, pole or other object that is in an upright position. This posture is markedly different from the one they use when they are just emptying the bladder and squatting. It also seems that when they expel urine as a vaporizer they release a distinctive fragrance that is not present in normal urinations. Some experiments have shown that cats spend more than twice as much time sniffing urine as normal urine.
The characteristic odor of sprayed urine from males has been identified with an amino acid called felinin, a sulfur-containing compound. Members of the feline family are the only mammals that excrete this compound in their urine. As with territorial behaviors in general, urinary tracing is usually triggered by testosterone; uncastrated males excrete urine three times more than castrated males and five times more than females.
Stools also play an important role as territorial markers. Studies on cats in the wild have found that, contrary to popular belief, cats do not always bury their feces or “stools”; they only do it half the time. Cats are much more likely to bury their stool when they are near the center of their territory, especially in areas that include their usual resting places and where they sleep. Outside this central area, bowel movements are often left uncovered. The conclusion that the depositions have a clear function of marking is reinforced by the fact that, when they perform them in their usual places of rest, the cats usually move away a few meters before defecating, while when they are outside this area they deposit his stool right in the way they walk. The same pattern of burying the faeces when you are close to home but leaving them uncovered when you are away has been observed in wild cats. Burying the feces close to home can help prevent the spread of parasites (cats do not like to eat in the same area where they defecate) and also helps them not to reveal potential predators where their house is located.
The instincts of territoriality and territorial marking are very present in domestic cats.

Cats are able to communicate through their body language aggressiveness, fear and submission. However, they do not communicate submission as emphatically as dogs, because among wild cats, for example, the loser of an encounter in which dominance is at stake usually flees as fast as it can. It is a very different situation to that which occurs in animals that live in a group, which are constantly obliged to remain close to each other and need, therefore, to divert the aggression continuously.
Cats in their natural state have confrontations only during conflicts over the territory. By definition, one of these territorial conflicts ends when one of the participants leaves the site; there is no need to go further.
As a consequence, during the evolutionary history of the cat, what has been accentuated has been the development of aggressive signals. In general, aggressive signals are functionally connected to real aggressive actions; they are manifestations of force, like the human gesture of threatening someone with a fist. But there is also some arbitrary nature in the process by which some physical gestures are “ritualized” to become symbols, something that is a consequence of an interesting and powerful evolutionary feedback between senders and receivers. It is not necessarily inevitable that a simple look, for example, ends up being a powerful threat symbol, but this happened in the cat world. The explanation is this: a cat that is about to attack another cat must do certain things. To begin with, you have to look at your supposed victim …

Like many mammals, cats use their extraordinarily sensitive whiskers to complement their eyesight. They can intuit everything around them and any obstacle with great precision, even if they have their eyes covered, thanks to the feedback provided by their whiskers. The nerves connected to the whiskers, hair and other sensitive parts of your body connect with nerve cells in the cortex to form a kind of “map” in the brain that replicates the geometry of the cat’s body, although with important differences: in cats, as in most mustachioed mammals, the nerve endings dedicated to the whiskers occupy a disproportionately large portion of the brain. (In humans, they dominate nerve endings dedicated to the hands and fingers).
Unfortunately, they do not have a good smell.
However, the true ability to observe and imitate what another animal does is not common in the animal world; and some scientists who have studied the problem thoroughly argue that, so far, it has not been found. Cats are probably not an exception to this rule. They learn more easily when they are in a comfortable social situation, when an opportunity to learn is created, but for the lesson to remain, they must be the ones who try it, experiencing the consequences in their own skin.

In short, we must admit that it is better that way, because if cats were creatures subject entirely to human desires and ambitions they would no longer be cats. I do not think it’s the apparent independence and coldness of the cat that exactly attracts us, but the fact that they are different and do not compromise with anyone. The beauty and fascination we find in cats resemble what we feel for the wildest of nature, with the addition that these wild and precious beings are willing to admit us into their world even though they have no need to do so.

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