La Historia De La Escritura — Ewan Clayton / The Golden Thread: The Story of Writing by Ewan Clayton

Bienvenidos a un recorrido minucioso y documentado sobre el desarrollo de la escritura en el mundo occidental, desde los primeros signos hasta la actualidad. Los sistemas de aprendizaje, los materiales, la forma y evolución de las letras, las técnicas (desde la pluma de ave hasta el ordenador), los soportes (del muro a la imprenta o de los rollos y el pergamino y al libro actual)… completísima historia que conviene leer de poco en poco para poder asimilar la enorme cantidad de información que ofrece la autora.
Dinámico pero detallado, accesible pero erudito, extenso pero ameno. Una obra magistral sobre un tema no del todo “apasionante” al menos sobre el papel.
El autor cercano y cordial, expone de forma absolutamente impecable la historia de la escritura. Haciendo gala de una erudición y conocimiento sin igual. Falto de toda pretenciosidad pero consciente de su dominio de la materia, nos lleva de la mano en un tránsito desde el inicio de la forma escrita hasta sus últimas manifestaciones en las nuevas tecnologías o el grafiti.
Una obra impresionante que se lee con una gran facilidad y resulta amena hasta cotas insospechadas dada la materia que trata.
Tal vez hicieran falta algunas ilustraciones más, pues tratándose de un tema tan visual, es posible que ver los tipos de letra de los que se trata ayudara a entender la explicación.
En conjunto una obra absolutamente imprescindible. Una joya.

Por lo que se refiere a la palabra escrita, nos encontramos en uno de esos momentos decisivos que se producen raras veces en la historia de la humanidad. Estamos presenciando la introducción de nuevos medios y herramientas de escritura. No ha sucedido más que dos veces en lo concerniente al alfabeto latino: una, en un proceso que duró varios siglos y en el que los rollos de papiro dejaron paso a los libros de vitela, en la Antigüedad tardía; y otra, cuando Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles y el cambio se difundió por toda Europa en una sola generación, a finales del siglo XV. Y ahora, el cambio significa que durante un breve periodo muchas de las convenciones que rodean a la palabra escrita se presentan fluidas; somos libres para imaginar de nuevo cómo será la relación que tendremos con la escritura y para configurar nuevas tecnologías. ¿Cómo se verán determinadas nuestras elecciones? ¿Cuánto sabemos del pasado de este medio? ¿Para qué nos sirve la escritura? ¿Qué herramientas de escritura necesitamos?.

Los orígenes del alfabeto son harto prosaicos. Se hallan en unos cuantos símbolos utilizados hacia el final del Imperio Medio egipcio (en torno al 1850 a. C.) por los funcionarios administrativos de rango inferior para escribir en sus lenguas inmigrantes. Las vestigios más antiguos del alfabeto se encontraron en una pared rocosa llena de grafitis, cerca de una árida carretera en Wadi el-Hol (el Valle Terrible) que atraviesa el desierto entre Abidos y Tebas, en el Alto Egipto. Los descubridores de estas sencillas inscripciones, aún sin descifrar, fueron John y Deborah Darnell, egiptólogos de Yale. Cuando en 1993 encontraron las inscripciones de Wadi el-Hol reconocieron de inmediato ciertas formas de la escritura protosinaítica y protocananea relacionada con la más antigua escritura alfabética de la península del Sinaí y más al norte –entrando en territorio cananeo, en Siria-Palestina–, que databa del 1600 a. C. en adelante.

Los testimonios de cómo utilizaron la escritura los romanos durante este dilatado periodo los hallamos en referencias en la literatura conservada, en imágenes pictóricas, en numerosas inscripciones aisladas y dispersas por todo el territorio que Roma llegó a dominar, en fragmentos de textos conservados en bibliotecas y en cinco grandes hallazgos de material arqueológico. La colección más importante de objetos con escritos procede de las ciudades de Pompeya y Herculano, donde se ha preservado toda la gama de letras empleadas en los primeros tiempos del Imperio, cuando el poder y la economía de Roma estaban a punto de alcanzar su cima. Hay grandes inscripciones formales en piedra grabadas en monumentos públicos y tumbas, rótulos con avisos públicos temporales (se han conservado más de 25.000), cajas en las que se archivan tablillas de cera con documentos legales, mercantiles y tributarios, una biblioteca casi completa de rollos de papiro carbonizados, etiquetas en ánforas y otros recipientes en las que se enumera su contenido.
Uno de los fragmentos más antiguos de escritura sobre papiro del mundo romano que se conservan, datado en torno al año 50 a. C., es el texto del primer discurso de Cicerón, el que le dio la fama: In Verrem, «Contra Verres», su acusación contra Cayo Verres, el gobernador de Sicilia15. Este fragmento podría incluso haber sido copiado por varios esclavos especialistas de la biblioteca de Cicerón para su mayor difusión. La letra deja ver la infiltración de pequeñas diferencias de grosor en partes de letras como la S y la E. Los floreos se extienden hacia arriba en diagonal por varias líneas de texto, como si las tachara. Caligráficamente, es un gesto que pasa de la tensión por la creciente velocidad e intensidad a la relajación. Es un movimiento de afirmación.
En un nivel más amplio, la historia de la esclavitud en relación con la lectura y la escritura es curiosa y revela que en el mundo antiguo había actitudes hacia la alfabetización muy distintas de las nuestras.

Del mismo modo que la lengua latina, una vez aislada y separada de la corriente principal, empezó a transformarse en las lenguas romances –francés, español, italiano–, la antigua escritura de Roma, y en particular la semiuncial, empezó a desarrollar sus propias variantes regionales. Han sido bautizadas como escritura visigótica en España, beneventina o beneventana en el sur de Italia (por el ducado de Benevento), merovingia en Francia y semiuncial insular en las islas Británicas. Aunque el periodo de la historia que sigue al final de la Antigüedad es denominado en ocasiones Edad de las Tinieblas, se ha conservado de él una sorprendente cantidad de material escrito. Una de las principales razones es que se copió en libros con cubierta compuestos por hojas de pergamino, y no en los rollos de papiro, más vulnerables, de las anteriores épocas romana, griega y egipcia. Este paso del rollo al libro fue uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia de la escritura en Occidente.

En las islas Británicas –la primera provincia del Imperio romano cuya defensa quedó en sus manos tras la retirada de las legiones en el año 410– la letra cursiva corriente del Bajo Imperio, la cursiva romana nueva, se fue adaptando gradualmente a la variedad de letras que requería la Britania de los siglos VI y VII. Como los famosos pinzones de Darwin de las islas Galápagos, las variantes de esta sencilla escritura se adaptaron a distintos nichos de utilización, desde letras de lucimiento formales y extremadamente complicadas, como las que vemos en los Evangelios de Lindisfarne y en el posterior Libro de Kells, hasta la pequeña letra empleada para hacer anotaciones. En el continente se siguieron usando unciales y semiunciales, mayúsculas rústicas y mayúsculas imperiales romanas, pero también allí las letras informales de la época clásica tardía tomaron vida propia y se desarrolló una considerable variedad local. Los monasterios tenían sus propios estilos de escritura, que iban desde la compleja escritura con nudos de Luxeuil (un monasterio del este de Francia fundado por san Columbano a finales del siglo VI) hasta la formación redonda y abierta de las letras de Corbie, monasterio fundado desde Luxeuil del que surgiría en última instancia un nuevo modelo de escritura. Esta reforma, enmarcada en el renacimiento carolingio, confirmaría las formas de nuestras letras minúsculas.
Los documentos del siglo VII y principios del VIII dejan ver una constante disminución del esmero en su preparación, su ortografía y su gramática latina. Sin embargo, aún estaba extendida una alfabetización rudimentaria y, a nivel local, los archivos de grandes monasterios como San Gall en Suiza y Fulda en Alemania, fundados en los años 720 y 744 respectivamente, ponen de manifiesto que había seglares además de clérigos que redactaban documentos legales, y es probable que los párrocos locales de las aldeas dieran una cierta educación a quienes lo deseaban.

Desde mediados del siglo XIII, la letra del texto principal de los libros glosados empieza a mostrar una mayor tendencia a comprimir las formas que observábamos por primera vez, en manuscritos de Canterbury antes de la conquista, en la segunda década del siglo XI. Ahora, como consecuencia de esta tendencia y anticipando un fenómeno paralelo en la arquitectura, los robustos arcos semicirculares de la parte superior de letras como la m y la n de caja baja empiezan a desarrollar un arco apuntado más gracioso. A finales del siglo XII esta forma apuntada deviene angulosa y en el XIII estas letras empiezan a perder sus curvas a favor de bruscos cambios de dirección desde trazos rectos o solo muy sutilmente curvados, y los espacios interiores de la letra o «contraformas» debajo de los arcos de la m y la n se parecen menos a un arco gótico de una catedral y más al tejado triangular de un casa corriente de ciudad. A primera vista nos preguntamos de dónde vienen estas formas, hasta que nos damos cuenta de que lo que hacen es expresar, en términos caligráficos.

Detrás de muchos de los giros de la historia de la escritura en Europa occidental ha habido un oculto deus ex machina: Italia. En momentos cruciales, la inspiración ha venido de las amplias reservas de sus bibliotecas, de los sistemas administrativos que conservaron, de sus gentes, de sus ciudades comerciales con amplios contactos desde el norte de África hasta Oriente Medio y más allá, de su patrimonio arquitectónico y, más que nada, de su historia de la imaginación como cuna de la civilización europea occidental (enraizada, no lo olvidemos, en Grecia, y que viaja y se diversifica a través de Constantinopla y de la erudición árabe).
La permanente importancia de Alemania en la historia de la palabra escrita durante este periodo radica en que fue la cuna de la nueva tecnología de la imprenta y de la Reforma, que nutrió estas imprentas con muchas modalidades nuevas de texto.
De modo que en algunas zonas de la Europa septentrional existían, uno al lado de otro, dos sistemas de escritura, y hoy en día se siguen empleando formas góticas en regiones de habla alemana, aunque muchísimo menos que en épocas anteriores. Una razón de su duradera popularidad, como hemos apuntado, es el papel singular que los textos impresos en estas formas desempeñaron en los tumultuosos tiempos de la Reforma, la época en la que se forjó la lengua alemana moderna.

En contraste con la contracción de la industria de la imprenta a finales del siglo XV, el comienzo del XVI fue testigo de una expansión en la producción y del surgimiento de mercados totalmente nuevos. En el centro de este desarrollo se halla la Reforma, un despertar teológico e intelectual. El proceso de cuestionamiento de la autoridad religiosa y una novedosa afirmación de la imaginación individual, incluso de la conciencia de tener poder para imaginar de nuevo cómo podría ser el mundo, estaban profundamente arraigados en los círculos humanistas. Pero cuando el 31 de octubre de 1517, víspera de Todos los Santos, Martín Lutero (1483-1546), fraile agustino y teólogo universitario, colgó sus noventa y cinco tesis contra las indulgencias en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, un nuevo movimiento reformista nació en el seno de la propia Iglesia cristiana.
Wittenberg era una pequeña ciudad a orillas del Elba, en Alemania; allí residía Federico el Sabio, el elector de Sajonia. La ciudad era sede de una universidad desde 1502. Clavar las noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia no era un manera inusitada de hacer público que iba a haber un debate en una ciudad universitaria. Pero esta chispa prendería un fuego que habría de extenderse por toda Europa.
Las noventa y cinco tesis de Lutero fueron pronto impresas en Núremberg, Basilea y Leipzig; pero fue la publicación, al año siguiente, de sus Sermones sobre la gracia y las indulgencias la que lo convirtió en un fenómeno editorial. La distribución cada vez más amplia de sus opiniones a través de panfletos, invectivas e incluso caricaturas impresas supuso que había pocas esperanzas de que el debate se restringiera a los círculos académicos. Conforme se fue difundiendo el mensaje de Lutero se hicieron inevitables cambios sociales más amplios.
En Inglaterra, la Reforma también supuso cambios. En el nivel superior de la educación, florecieron las Universidades de Óxford y Cambridge, así como los Inns of Court105*. A escala regional, a partir de la década de 1440, muchos comerciantes, clérigos y terratenientes ricos habían dotado las escuelas locales, pagando los salarios de los maestros y en ocasiones la matrícula de los alumnos. Pero la disolución de los monasterios y sus escuelas a finales del decenio de 1530 y el cierre de las cantorías, cuyos sacerdotes ejercían a menudo como maestros de escuela, hizo que la Corona se sintiera por primera vez responsable de la educación. Una consecuencia de ello fue una gramática autorizada, redactada a petición del rey Enrique VIII en 1540, que reemplazó a todos los demás libros de texto de este tipo, cuyo uso quedaba ahora prohibido. El manual de Enrique VIII empezaba con un abecedario para pasar luego a un sencillo catecismo en latín e inglés seguido de una detallada gramática. Sería la base de los libros escolares en Inglaterra durante trescientos años.

Los folletos manuscritos conocidos como avvisi empezaron a circular en Venecia y Roma a mediados del siglo XVI. Eran recopilaciones de noticias y chismes, los precursores de los periódicos, y los producían equipos de copistas a partir de la información recogida en las salas de espera de los embajadores y en las redes políticas que prosperaban en ambas ciudades. Los avvisi se compraban en la calle como lectura de entretenimiento para el ciudadano de a pie. El tono era con frecuencia difamatorio. Paolo Alessandro Maffei, el biógrafo dieciochesco del papa Pío V –que trató de prohibir los avvisi–, escribió:

[…] por una parte, siempre se han valido del ardid de una vendetta y de una desenfrenada vivacidad de espíritu; por otra, la codicia y el provecho han desempeñado su papel; y en todo ello participa la malicia, asociada a las mentiras, para no decir ni informar la verdad sino solamente lo justo para extender el escándalo y arruinar a otros, con el fin de hallar más lectores para esas indignas hojas y cosechar mayores beneficios de ese inicuo comercio.

Los avvisi manuscritos se conocían en diferentes zonas de Europa como gazette, ragguagli, nouvelles, courantes y Zeitungen; sobrevivieron hasta finales del siglo XVII.
En Inglaterra, los boletines eran más sosos.

La multiplicación de los documentos en los negocios y en la correspondencia personal amenaza con llegar a ser abrumadora. Por otro lado, ha surgido una nueva sensibilidad. La nostalgia por el mundo preindustrial de lo novelesco, la individualidad heroica y el trabajo artesanal se cierne en el aire viciado por el humo.
Conforme avanzaba el siglo, la tecnología de la impresión siguió progresando. Ahora fue el descubrimiento de nuevos procesos químicos lo que resultó trascendente, y no las simples mejoras mecánicas. La litografía, o «impresión química», como la denominó su inventor, Aloys Senefelder (1771-1834), fue la mayor innovación de los primeros años del siglo XIX. Senefelder descubrió que si escribía con un compuesto graso sobre una piedra porosa como la caliza y luego la mojaba, la tinta de imprenta se adhería a las marcas que había hecho el lápiz graso, pero era repelida por la superficie saturada de agua, pues el aceite y el agua no se mezclan.
A principios del siglo XIX se produjeron dos novedades en la infraestructura sobre la que se apoyaba la comunicación por escrito: la construcción de nuevos sistemas de transporte y la introducción del correo de un penique.
El ferrocarril de Stockton a Darlington se inauguró en 1825 y fue la primera línea que llevó pasajeros pagando billete. En 1829 empezó a funcionar el «Cohete» de Stephenson, que iba de Liverpool a Mánchester a velocidades inusitadas: casi 50 kilómetros por hora. Había comenzado la fiebre del ferrocarril. En los siguientes veinticinco años se construyeron vías por toda Europa, América del Norte y del Sur, Australia, la India y Egipto.
Al reducir el coste y el tiempo del transporte de las cartas, el ferrocarril aceleró la introducción del correo de un penique, una tarifa postal única de un penique para todo el Reino Unido propugnada por Rowland Hill (1795-1879) en un panfleto publicado en 1837, Post office reform: its importance and practicability.

La tarde del 15 de noviembre de 1888, hubo en Londres una charla sobre «Impresión tipográfica e ilustración» en la New Gallery, sita en Regent Street, 121. El conferenciante fue Emery Walker, propietario de una empresa de grabado fotográfico. El acto formaba parte de un programa que coincidía con la primera muestra de la Arts and Crafts Exhibition Society. La galería se había inaugurado aquel mismo año con obras de artistas prerrafaelistas. Aquella velada permaneció abierta, iluminada con luz eléctrica, hasta las once de la noche, para que la gente pudiera disfrutar de la exposición. Oscar Wilde estuvo presente.

Se dio a cada documento o unidad seleccionada de información una dirección única que permitía que un ordenador la encontrara: el identificador o localizador universal de recurso (URI, Universal Resource Identifier, o URL, Universal Research Locator), el equivalente de la signatura en la biblioteca. En segundo lugar, el protocolo de transferencia de hipertexto (HTTP) que ideó Berners-Lee actuaba como el equivalente de la ficha de solicitud para que el bibliotecario fuera a buscar el material solicitado. En tercer lugar, Berners-Lee concibió un nuevo criterio para describir el aspecto que debe tener el texto en la pantalla; técnicamente se denomina «lenguaje de marcado». La expresión procede del antiguo sistema en papel, en el que los editores marcaban el original del autor preparado para la imprenta, apuntando en la página toda la información que el cajista necesitaría para componer, como tamaño y estilo de tipos, párrafos, saltos de página, realce de palabras mediante subrayado, mayúsculas o cursiva. El lenguaje de marcado de hipertexto (HTML, Hypertext Mark-up Language) hace lo mismo en las páginas web.
Lo bueno del sistema de Berners-Lee era que permitía hacer enlaces entre documentos de modo no jerárquico: «Se podía relacionar potencialmente todo con todo», casi de la misma manera que la intuición humana establece asociaciones totalmente libres entre experiencias. También estaba descentralizado; nadie tenía que pedir permiso a otro para efectuar un enlace o subir un página a la web.
En sus tres primeros años de uso, la web creció exponencialmente, multiplicándose por diez cada año. Desde el verano de 1991, cuando Berners-Lee empezó a hacer un seguimiento de las cifras, el número medio de conexiones diarias pasó de cien al día a mil en el verano de 1992 y a diez mil en 1993. El 30 de abril de 1993 el CERN anunció que la World Wide Web estaría disponible para todos gratuitamente. Finalmente, el despegue global de la World Wide Web parecía asegurado.

A mediados de los años noventa había hecho su aparición en Xerox PARC un nuevo programa de investigación. Aunque se nos estaba viniendo encima la era digital, fue en ese momento cuando empezaron a perfilarse nuevas ideas sobre la manera en que funcionaban los documentos en papel. A veces no nos damos cuenta del valor de algo hasta que creemos estarlo perdiendo. PARC, en su cálida y soleada ladera californiana, siempre albergó un centro de investigación que marchaba con notable fluidez. Ahora, de un modo más bien casual, se había empezado a formar un grupo de investigadores en torno al estudio de los «documentos» y estaba dando lugar a nuevas reflexiones. Formaban parte de él científicos, antropólogos y otros expertos en sociología, historia, tipografía, filosofía, lingüística y caligrafía. Los documentos se habían convertido en una preocupación para Xerox porque, al analizar dónde habían cometido errores con el Alto, algunos analistas vieron que la compañía se había ligado demasiado a un elemento concreto de la tecnología, la fotocopiadora, y esto había ocultado unos intereses más amplios.
Tal vez la escritura, en sus mismos orígenes, fuese un tipo particular de actividad focal que, disgregando parcialmente de nosotros mismos un pensamiento o una experiencia (sacándolos fuera de nosotros) nos permitiera –a nosotros y a los demás– aproximarnos de otra manera a ellos (y a nosotros mismos). Por tanto, se trataba de un proceso de disociación parcial y luego reasociación o reincorporación a otra modalidad, casi como la división celular permite crecer y desarrollarse a un organismo. No es de extrañar que los chinos pensaran que la escritura incorpora la energía misma de la vida.

Al llegar al final de esta historia de la palabra escrita quiero hacer un llamamiento para que no permitamos que una falta de atención al aspecto y el tacto de las cosas en nuestra formulación de la tecnología digital limite su potencial. Hombres como Steve Jobs y su diseñador en Apple, Jonathan Ive (así como la respuesta del mercado a sus ideas), han demostrado claramente que el diseño y la artesanía tienen un papel que desempeñar en la esfera digital. Pero hay muchas más cosas que podríamos hacer: invertir en caracteres aceptables para uso en la pantalla, dar vida a la escritura a través de la animación (es al fin y al cabo una especie de performance) y estudiar la manera en que las distintas tecnologías, en papel y digital, podrían dialogar entre sí. A todos los que hilan el hilo dorado de la comunicación escrita les encomiendo cada diminuta fibra que se retuerce, se anuda y se enreda para formar ese hilo con el paso del tiempo; que celebren sus intersecciones, sus caminos paralelos y sus diferencias, y que no cese nunca ese hilado.
La escritura, en sus mejores momentos, puede ser un homenaje a la manera en un homenaje a la manera en que exploramos el mundo material y su sensorialidad para pensar y comunicar; esto es precisamente lo que hace la escritura. Confío en que las futuras generaciones continuarán aspirando y respondiendo al goce de la escritura y la lectura, y a la belleza de los artefactos escritos, y en que compartirán generosamente estas experiencias. Debemos esperar y exigir apoyo –en el ámbito digital y en todos los demás– en la búsqueda de estos objetivos tan profundamente humanos.

Welcome to a meticulous and documented journey about the development of writing in the Western world, from the first signs to the present. The learning systems, the materials, the form and evolution of the letters, the techniques (from the bird’s pen to the computer), the supports (from the wall to the printing press or the scrolls and the parchment and the current book). .. very complete story that should be read little by little in order to assimilate the enormous amount of information offered by the author.
Dynamic but detailed, accessible but erudite, extensive but entertaining. A masterful work on a subject not at all “exciting” at least on paper.
The close and cordial author, exposes the history of writing in an absolutely impeccable way. Showing an erudition and knowledge without equal. Lacking all pretentiousness but aware of its mastery of the subject, it takes us by the hand in a transition from the beginning of the written form to its latest manifestations in new technologies or graffiti.
An impressive work that reads with great ease and is entertaining up to unsuspected levels given the subject matter.
Maybe you need some more illustrations, since it is so visual, it is possible to see the type of letters that will help to understand the explanation.
Altogether an absolutely essential work. A jewel.

As far as the written word is concerned, we find ourselves in one of those decisive moments that occur rarely in the history of humanity. We are witnessing the introduction of new media and writing tools. It has not happened more than twice as far as the Latin alphabet is concerned: one, in a process that lasted several centuries and in which the papyrus scrolls gave way to the vellum books, in late Antiquity; and another, when Gutenberg invented the printing of mobile types and the change spread throughout Europe in a single generation, at the end of the fifteenth century. And now, the change means that for a brief period many of the conventions surrounding the written word are fluid; We are free to imagine again how the relationship we will have with writing and to configure new technologies will be. How will our choices be determined? How much do we know about the past of this medium? What is the use of writing for us? What writing tools do we need?

The origins of the alphabet are very prosaic. They are found in a few symbols used towards the end of the Egyptian Middle Kingdom (around 1850 BC) by lower-level administrative officials to write in their immigrant languages. The oldest vestiges of the alphabet were found on a rock wall full of graffiti, near an arid road in Wadi el-Hol (the Terrible Valley) that crosses the desert between Abydos and Thebes, in Upper Egypt. The discoverers of these simple inscriptions, still to be deciphered, were John and Deborah Darnell, Egyptologists at Yale. When in 1993 they found the inscriptions of Wadi el-Hol, they immediately recognized certain forms of protosinatic and protocanane writing related to the oldest alphabetic writing of the Sinai peninsula and farther north -in the Canaanite territory, in Syria-Palestine-, dating from 1600 a. C. onwards.

The testimonies of how the Romans used the writing during this long period are found in references in the preserved literature, in pictorial images, in numerous inscriptions isolated and dispersed throughout the territory that Rome came to dominate, in fragments of texts preserved in libraries and in five great finds of archaeological material. The most important collection of objects with writings comes from the cities of Pompeii and Herculaneum, where the range of letters used in the early days of the Empire has been preserved, when the power and economy of Rome were about to reach their peak. There are large formal inscriptions on stone engraved on public monuments and tombs, signs with temporary public notices (more than 25,000 have been preserved), boxes in which wax tablets are archived with legal, mercantile and tributary documents, an almost complete library of scrolls of papyrus carbonized, labels in amphoras and other containers in which its content is listed.
One of the oldest fragments of writing on papyrus of the Roman world that are conserved, dated around the year 50 a. C., is the text of the first speech of Cicero, which gave him fame: In Verrem, “Contra Verres”, his accusation against Cayo Verres, the governor of Sicilia15. This fragment could even have been copied by several specialized slaves from Cicero’s library for further dissemination. The letter shows the infiltration of small differences in thickness in parts of letters such as S and E. The flourishes extend up diagonally for several lines of text, as if crossed out. Caligraphically, it is a gesture that moves from tension due to increasing speed and intensity to relaxation. It is a movement of affirmation.
On a wider level, the history of slavery in relation to reading and writing is curious and reveals that in the ancient world there were attitudes towards literacy very different from ours.

In the same way that the Latin language, once isolated and separated from the mainstream, began to transform itself into the Romance languages ​​- French, Spanish, Italian – the ancient script of Rome, and in particular the semi-social one, began to develop its own regional variants. They have been baptized as Visigothic writing in Spain, Beneventina or Beneventana in southern Italy (for the dukedom of Benevento), Merovingian in France and semi-private island in the British Isles. Although the period of history that follows the end of Antiquity is sometimes called the Age of Darkness, a surprising amount of written material has been preserved from it. One of the main reasons is that it was copied in covered books composed of parchment sheets, and not in the more vulnerable papyrus scrolls of the earlier Roman, Greek and Egyptian eras. This passage from the scroll to the book was one of the most transcendental events in the history of writing in the West.

In the British Isles – the first province of the Roman Empire whose defense remained in their hands after the withdrawal of the legions in 410 – the current cursive script of the Lower Empire, the new Roman italics, was gradually adapted to the variety of letters that required the Britannia of the 6th and 7th centuries. Like the famous Darwin’s finches of the Galapagos Islands, the variants of this simple writing were adapted to different niches of use, from letters of formal and extremely complicated lucimiento, like those that we see in the Gospels of Lindisfarne and in the later Book of Kells , even the small letter used to make notes. On the continent they continued to use uncial and semi-social, rustic capitals and Roman imperial capitals, but also there the informal letters of the late classical period took on a life of their own and a considerable local variety developed. The monasteries had their own styles of writing, ranging from the complex knotted writing of Luxeuil (a monastery in eastern France founded by St. Columban at the end of the sixth century) to the round and open formation of the letters of Corbie, founded monastery from Luxeuil from which a new writing model would ultimately emerge. This reform, framed in the Carolingian Renaissance, would confirm the shapes of our tiny letters.
The documents of the seventh century and the beginning of the eighth century show a constant decrease in dedication in their preparation, their spelling and Latin grammar. However, rudimentary literacy was still widespread and, at the local level, the archives of great monasteries such as St. Gall in Switzerland and Fulda in Germany, founded in 720 and 744 respectively, show that there were seculars besides clerics who wrote legal documents, and local parish priests in the villages were likely to give some education to those who wished.

From the middle of the thirteenth century, the letter of the main text of the glossed books begins to show a greater tendency to compress the forms we observed for the first time, in Canterbury manuscripts before the conquest, in the second decade of the eleventh century. Now, as a consequence of this tendency and anticipating a parallel phenomenon in architecture, the robust semicircular arcs of the upper part of letters such as the m and the low box n begin to develop a more funny pointed arc. At the end of the 12th century this pointed form becomes angular and in the XIIIth these letters begin to lose their curves in favor of abrupt changes of direction from straight or only very subtly curved lines, and the interior spaces of the letter or “counterforms” underneath. the arches of the my and the n look less like a Gothic arch of a cathedral and more to the triangular roof of a running house of city. At first glance we ask ourselves where these forms come from, until we realize that what they are doing is expressing, in calligraphic terms.

Behind many of the twists in the history of writing in Western Europe there has been a hidden deus ex machina: Italy. At crucial moments, inspiration has come from the extensive reserves of its libraries, from the administrative systems it has conserved, from its people, from its commercial cities with extensive contacts from North Africa to the Middle East and beyond, from its architectural heritage and, most of all, of his story of the imagination as the cradle of Western European civilization (rooted, let us not forget, in Greece, and which travels and diversifies through Constantinople and Arab scholarship).
The permanent importance of Germany in the history of the written word during this period is that it was the cradle of the new technology of printing and the Reformation, which nurtured these printing presses with many new text modalities.
Thus, in some areas of northern Europe, two writing systems existed side by side, and today Gothic forms are still used in German-speaking regions, although much less than in earlier times. One reason for its lasting popularity, as we have pointed out, is the singular role that printed texts in these forms played in the tumultuous times of the Reformation, the era in which the modern German language was forged.

In contrast to the contraction of the printing industry at the end of the 15th century, the beginning of the 16th century witnessed an expansion in production and the emergence of entirely new markets. At the center of this development is the Reformation, a theological and intellectual awakening. The process of questioning religious authority and a novel affirmation of the individual imagination, including the awareness of having power to imagine again how the world could be, were deeply rooted in humanist circles. But when on October 31, 1517, Eve of All Saints, Martin Luther (1483-1546), Augustinian friar and university theologian, he hung his ninety-five theses against indulgences at the door of the church of Wittenberg Castle, a New reformist movement was born within the Christian Church itself.
Wittenberg was a small town on the banks of the Elbe, in Germany; there lived Frederick the Wise, the Elector of Saxony. The city was the seat of a university since 1502. Nailing the ninety-five theses to the church door was not an unusual way of making public that there was going to be a debate in a university city. But this spark would ignite a fire that would spread throughout Europe.
The ninety-five theses of Luther were soon printed in Nuremberg, Basel and Leipzig; but it was the publication, the following year, of his sermons on grace and indulgences that made him an editorial phenomenon. The increasing distribution of their opinions through pamphlets, invectives and even printed cartoons meant that there was little hope that the debate would be restricted to academic circles. As Luther’s message spread, unavoidable social changes became inevitable.
In England, the Reformation also meant changes. At the higher level of education, the Universities of Oxford and Cambridge flourished, as did the Inns of Court105 *. On a regional scale, beginning in the 1440s, many merchants, clerics, and wealthy landowners had endowed local schools, paying teachers’ salaries and sometimes enrolling students. But the dissolution of the monasteries and their schools in the late 1530s and the closure of the cantors, whose priests often served as school teachers, made the Crown feel for the first time responsible for education. A consequence of this was an authorized grammar, written at the request of King Henry VIII in 1540, which replaced all other textbooks of this type, the use of which was now prohibited. Henry VIII’s manual began with an alphabet to move on to a simple catechism in Latin and English followed by a detailed grammar. It would be the basis of school books in England for three hundred years.

Manuscript pamphlets known as Avvisi began to circulate in Venice and Rome in the mid-sixteenth century. They were compilations of news and gossip, the forerunners of the newspapers, and produced teams of copyists from the information collected in the waiting rooms of the ambassadors and in the political networks that flourished in both cities. The avvisi were bought on the street as an entertainment reading for the ordinary citizen. The tone was often defamatory. Paolo Alessandro Maffei, the eighteenth-century biographer of Pope Pius V, who tried to prohibit avvisi, wrote:

[…] on the one hand, they have always availed themselves of the ruse of a vendetta and unbridled vivacity of spirit; on the other, greed and profit have played their part; and in all this, the malice, associated with lies, participates in order not to tell or inform the truth, but only just enough to spread the scandal and ruin others, in order to find more readers for those unworthy leaves and reap greater benefits from that wicked trade.

The avvisi manuscripts were known in different areas of Europe as gazette, ragguagli, nouvelles, courantes and Zeitungen; They survived until the end of the seventeenth century.
In England, the bulletins were more bland.

The multiplication of documents in business and in personal correspondence threatens to become overwhelming. On the other hand, a new sensitivity has emerged. The nostalgia for the preindustrial world of the fictional, the heroic individuality and the craft work looms in the air tainted by smoke.
As the century progressed, printing technology continued to progress. Now it was the discovery of new chemical processes that was transcendent, and not the simple mechanical improvements. Lithography, or “chemical printing,” as its inventor, Aloys Senefelder (1771-1834) called it, was the greatest innovation of the first years of the nineteenth century. Senefelder discovered that if he wrote with a fatty compound on a porous stone like limestone and then wet it, the printing ink adhered to the marks that the grease pencil had made, but it was repelled by the surface saturated with water, since the oil And the water does not mix.
At the beginning of the 19th century, there were two novelties in the infrastructure on which written communication was based: the construction of new transport systems and the introduction of a penny mail.
The Stockton to Darlington railroad opened in 1825 and was the first line that brought passengers paying a ticket. In 1829 the “Rocket” of Stephenson began operating, going from Liverpool to Manchester at unusual speeds: almost 50 kilometers per hour. Railroad fever had begun. Over the next twenty-five years, roads were built throughout Europe, North and South America, Australia, India and Egypt.
By reducing the cost and time of transport of the letters, the railroad accelerated the introduction of one-penny mail, a one-penny single postal rate for the entire United Kingdom advocated by Rowland Hill (1795-1879) in a pamphlet published in 1837, Post office reform: its importance and practicability.

On the afternoon of November 15, 1888, there was a talk in London on “Typographic printing and illustration” at the New Gallery, located on Regent Street, 121. The lecturer was Emery Walker, owner of a photographic engraving company. The event was part of a program that coincided with the first exhibition of the Arts and Crafts Exhibition Society. The gallery had been inaugurated that same year with works by pre-Raphaelite artists. That evening remained open, illuminated with electric light, until eleven o’clock at night, so that people could enjoy the exhibition. Oscar Wilde was present.

Each unique document or unit of information was given a unique address that allowed a computer to find it: the universal resource identifier (URI), the equivalent of the signature in the library. Second, the hypertext transfer protocol (HTTP) that Berners-Lee devised acted as the equivalent of the application form for the librarian to search for the requested material. Third, Berners-Lee devised a new criterion to describe what the text should look like on the screen; technically it is called “marking language”. The expression comes from the old paper system, in which the editors marked the original of the author prepared for the printing, pointing on the page all the information that the composer would need to compose, such as size and style of types, paragraphs, page breaks , highlighting words by underlining, capitalization or italics. The hypertext markup language (HTML, Hypertext Mark-up Language) does the same in web pages.
The good thing about the Berners-Lee system was that it allowed links between documents in a non-hierarchical way: “One could potentially relate everything to everything”, almost in the same way that human intuition establishes totally free associations between experiences. It was also decentralized; nobody had to ask permission from another to make a link or upload a page to the web.
In its first three years of use, the web grew exponentially, multiplying by ten each year. Since the summer of 1991, when Berners-Lee began tracking the figures, the average number of daily connections increased from one hundred a day to one thousand in the summer of 1992 and to ten thousand in 1993. On April 30, 1993 the CERN announced that the World Wide Web would be available to everyone for free. Finally, the global takeoff of the World Wide Web seemed assured.

By the mid-1990s, a new research program had appeared at Xerox PARC. Although the digital age was coming to us, it was at that moment that new ideas began to emerge about the way paper documents worked. Sometimes we do not realize the value of something until we think we are losing it. PARC, in its warm and sunny Californian hillside, always housed a research center that marched with remarkable fluidity. Now, in a rather casual way, a group of researchers had begun to form around the study of “documents” and was giving rise to new reflections. It included scientists, anthropologists and other experts in sociology, history, typography, philosophy, linguistics and calligraphy. The documents had become a concern for Xerox because, analyzing where they had made mistakes with the Alto, some analysts saw that the company had become too attached to a particular element of the technology, the photocopier, and this had hidden some more interests. broad.
Perhaps the writing, in its very origins, was a particular type of focal activity that, by partially disintegrating a thought or experience from ourselves (taking them out of us) allowed us – ourselves and others – to approach them in another way. (and ourselves). Therefore, it was a process of partial dissociation and then reassociation or reincorporation to another modality, almost as cell division allows an organism to grow and develop. It is not surprising that the Chinese thought that writing incorporates the very energy of life.

At the end of this story of the written word, I want to appeal that we not allow a lack of attention to the appearance and touch of things in our formulation of digital technology to limit its potential. Men like Steve Jobs and his designer at Apple, Jonathan Ive (as well as the market’s response to his ideas), have clearly shown that design and craftsmanship have a role to play in the digital sphere. But there are many more things we could do: invest in acceptable characters for use on the screen, give life to writing through animation (it is, after all, a kind of performance) and study the way in which different technologies , on paper and digital, could talk to each other. To all those who spin the golden thread of written communication, I entrust each tiny fiber that twists, knots and entangles itself to form that thread with the passage of time; that they celebrate their intersections, their parallel paths and their differences, and that the spinning never ceases.
Writing, at its best, can be a tribute to the way in a tribute to the way we explore the material world and its sensoriality to think and communicate; this is precisely what writing does. I trust that future generations will continue to aspire and respond to the enjoyment of writing and reading, and to the beauty of written artifacts, and that they will generously share these experiences. We must wait and demand support – in the digital domain and in all others – in the pursuit of these deeply human goals.

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