Amantes Y Reinas — Benedetta Craveri / Queens & Lovers. The Power Of Women by Benedetta Craveri

El papel de las mujeres en la corte de Francia explicado con todo lujo de detalles y teniendo en cuenta el contexto en el que se desenvuelve. Ayudaría enormemente el libro con un anexo que detallase el árbol genealógico de la dinastía (reinas y amantes) para “no perderse”.

En 1586, el célebre jurista francés Jean Bodin no vacilaba en confinar a las mujeres a los márgenes de la vida civil, sosteniendo que «era preciso mantenerlas alejadas de todas las magistraturas, los lugares de mando, los juicios, las asambleas públicas y los consejos, para que se ocupen solamente de sus faenas mujeriles y domésticas». Agarrándose a una doble herencia cultural –la grecorromana y la judeocristiana–, el gran teórico de la soberanía del Estado absoluto moderno confirmaba una convicción tan antigua como la sociedad occidental. En toda Europa, en consideración a la debilidad intelectual, moral y psíquica inherente a su naturaleza, se excluía a las mujeres del poder; sólo los hombres eran ciudadanos de pleno derecho, sólo a los hombres les estaba permitido reinar.
Costumbres y leyes no siempre habían sido tan desfavorables al sexo débil; no mucho tiempo antes, dentro del sistema feudal francés, las mujeres habían gozado de un trato menos punitivo.
Todo esto, sin embargo, no debe inducirnos a pensar que este ilustre cortejo de damas en el poder sea signo de una evolución, aunque subterránea, en la mentalidad y en las costumbres, o que revele una mejora jurídica en la condición de las mujeres. Si en la sociedad del siglo XVI hay mujeres que cuentan es porque, aferrándose a sus ambiciones, en su inteligencia y en su belleza, lograron, a pesar de los prejuicios masculinos, aprovecharse de unas circunstancias favorables y hacerse valer. Pero nunca asumieron el poder en nombre propio; su autoridad es siempre provisional y está sometida a oposiciones, y su afirmación presupone siempre un vacío o una debilidad masculinos: la lejanía o la muerte de los maridos, la minoría de edad de los hijos, la pasión de los sentidos. Aun siendo espectaculares, sus experiencias constituyen una suma de casos individuales, no se consolidan nunca en una historia única.

En 1533, con sólo catorce años de edad, Catalina de Médicis llegó a Francia para convertirse en la esposa del segundogénito de Francisco I, Enrique, duque de Orléans.
Por notable que fuese la dote de la joven florentina, no dejaba de ser una mésalliance: la muchacha no era más que la heredera de una familia de banqueros. Pero aquel matrimonio tenía sólidas motivaciones políticas. Para Clemente VII, tío de la novia, al reforzar el acuerdo entre los Médicis y la corona francesa, permitiría al papado no depender enteramente de la buena voluntad de Carlos V, quien, sólo seis años antes, habría consentido a los ejércitos imperiales saquear Roma y asolar a hierro y fuego la ciudad santa. A Francisco I, por su parte, emparentar con el Papa y con la dinastía medicea le servía para consolidar sus proyectos hegemónicos sobre Italia y para contrarrestar la influencia de la casa de Habsburgo.
Catalina no perdió mucho tiempo llorando a su marido ni respetó la tradición que imponía a las reinas francesas, en los cuarenta días siguientes a la muerte del rey, mantenerse encerradas en una estancia con colgaduras negras, en el mismo lugar del fallecimiento. Después de veintisiete años de obediente sumisión, comprendió que había llegado el momento de salir de la sombra y tomar rápidamente en su mano las riendas del poder.
En realidad, la confusión de las primeras horas estuvo a punto de resultar fatal: mientras en el palacio de Tournelles –que se hallaba cerca del lugar donde se había desarrollado el torneo– Catalina se abandonaba a la desesperación y el duque de Montmorency, gran condestable de Francia y amigo íntimo de Enrique, velaba el cuerpo del rey muerto, el duque de Guisa y su hermano el cardenal de Lorena acudían con el joven rey al Louvre y, en un auténtico golpe de Estado, asumían la dirección del gobierno.
A pesar de tener quince años –uno más de la edad mínima necesaria para que un rey ejerciera la soberanía–, Francisco II carecía absolutamente de preparación para la tarea que lo aguardaba.
Catalina sólo sobrevivió diez días al fracaso de los objetivos a los cuales, durante treinta años, había dedicado todos sus esfuerzos, su inteligencia, sus energías, poniendo en peligro, honor, reputación, afectos, hasta la salvación de su alma. Murió desesperada, consciente de la inminencia de una nueva guerra civil y del fin de la dinastía de los Valois. En su lecho de muerte tuvo confirmación de la veracidad de las profecías formuladas por el espejo mágico del castillo de Chaumont. La última predicción de Nostradamus decía, en efecto, que «se guardase de Saint-Germain»; interpretando esto como una referencia a su parroquia, Saint-Germain l’Auxerrois, Catalina había terminado por renunciar a instalarse en las Tullerías y, si era necesario, haría construir un palacio cerca de la parroquia de San Eustaquio. Pero cuando supo que el nombre del sacerdote desconocido a quien se había llamado urgentemente a confesarla porque se encontraba mal era Julien de Saint-Germain, comprendió que su vida había llegado en verdad a su fin.
Siete meses después murió también Enrique III, a manos de un fanático. En el pasado, Catalina se había sentido horrorizada ante la posibilidad de que el rey de Navarra, designado por el monarca para sucederle, pudiese un día subir al trono de los Valois; sin embargo, sería precisamente el príncipe hugonote el que salvara la integridad del trono, impidiendo que los esfuerzos de la reina madre se echasen a perder. Tras haberse asegurado la corona con la fuerza de las armas, Enrique IV volvió, efectivamente, a la política de tolerancia y de reconciliación seguida por Catalina, rindiendo así homenaje al genio de la reina florentina, que había permitido a la monarquía francesa superar una de las pruebas más difíciles de su historia.

El 1 de octubre de 1599, Enrique firmó una promesa en la cual se comprometía a casarse con Mademoiselle d’Entragues «en el caso de que, en los seis meses próximos, a partir de la fecha de la presente, se quede encinta y dé a luz un varón». Era el comienzo de una nueva farsa, más grotesca y, por fortuna, menos trágica que la primera: en el juego del amor Enrique se había convertido ahora en un tramposo encallecido. Exactamente un año después, el 5 de octubre de 1600, habiendo dado a luz Henriette una niña prematura, nacida muerta, se casó por poderes con María de Médicis. El honor de representarlo fue conferido por él precisamente a aquel Roger de Bellegarde al cual, diez años antes, había obligado a renunciar a Gabrielle.

Las dos regencias que, en el plazo de una generación, se suceden en la primera mitad del siglo XVII, la de María de Médicis y la de su nuera Ana de Austria, representan dos maneras opuestas de entender la doble tarea de reinas y madres. El choque de las dos soberanas era inevitable por los lazos de parentesco que las unían y por sus condicionamientos recíprocos, amén de por los muchos años que pasaron la una junto a la otra.
María amaba más que nada el poder y quería conservarlo a toda costa y durante el mayor tiempo posible. Ana veneraba a su hijo y se las arregló con todas sus energías para transmitirle intacta la autoridad real. Y no hay que sorprenderse de que el comportamiento de las dos reinas marcara profundamente tanto el carácter de sus hijos como su estilo de gobierno.
La hostilidad de María y Richelieu hacia Ana de Austria se debía asimismo al hecho de que eran pocos los que permanecían insensibles a la fascinación de la joven reina. Dice la leyenda que el propio cardenal ministro se contaba entre sus «galanes» rechazados y que ésta era la razón de que le guardase rencor.
Ana era hermosa y consciente de su elevada cuna; procedía de una familia muy unida y que la había rodeado de afecto. Su padre la amaba tiernamente y su madre, que había muerto en olor de santidad, «se había ocupado de su educación, inculcándole sentimientos conformes a los suyos; y esto había dado origen en ella a aquel gran amor por la virtud que le había atraído la gracia que Dios le había concedido de preferirlo a cualquier otra cosa».
Por si fuera poco, Ana estaba considerada como «una de las grandes bellezas del siglo».

Mademoiselle de Fontanges la comedia se transformó en tragedia. Con sólo veinte años de edad, el 18 de junio de 1680, «mártir de los placeres del rey», como destaca Primi Visconti, la «bella belleza» murió de parto. Luis XIV había dejado ya, desde hacía varios meses, de interesarse por ella, y sólo la estupidez había impedido a la pobrecilla darse cuenta de ello. Su recuerdo quedaría en el nombre de un peinado llamado «à la Fontanges»: un día, mientras galopaba por el bosque de Fontainebleau, se le soltó el pelo al rozar las ramas de los árboles y, sin que ella se diera cuenta, la cinta que llevaba entre los cabellos resbaló hacia delante, quedándose en lo alto de la frente; el rey encontró la cosa encantadora y el capricho de la casualidad se convirtió en una moda.
Pero ahora Athénaïs no podía hacerse ilusiones sobre el futuro. Sabía que su relación con el hombre del que había tenido siete hijos había concluido de forma irremediable. El Rey Sol se aprestaba, además, a una nueva metamorfosis, la última de su vida, ya no bajo el efecto del «esprit Mortemart» sino guiado por la mano de Madame de Maintenon.

El domingo 27 de mayo, después del almuerzo, el rey ha anunciado su matrimonio con la princesa real de Polonia, María Leszczynska, hija del rey Estanislao. Este matrimonio ha sorprendido a todos, porque en realidad no es en modo alguno apropiado para el rey de Francia», anotaba en su diario el abogado parisiense Edmond-Jean-François Barbier, haciéndose eco del descontento del país. Probablemente el futuro marido mismo albergaba esta convicción, pero, demasiado joven para hacer valer su voluntad, había aprendido desde su más tierna infancia a no dejar traslucir sus pensamientos. Ya antes de la desaparición del Rey Sol, y con el fin de prepararlo para su futuro oficio de soberano, ¿acaso Madame de Maintenon no había pedido a su gobernanta que lo «habituase poco a poco a la discreción»? En mayo de 1725 Luis tenía solamente quince años y el que decidía por él era su primo, el duque de Borbón, que nunca había llevado el título de príncipe de Condé, que al morir Felipe de Orléans había tomado en sus manos las riendas del gobierno.
En definitiva, gracias al matrimonio con la pobre princesa polaca que había legado sin dote, sin joyas, sin séquito, Luis XV logró ampliar pacíficamente los confines del territorio nacional, anexionando una región de gran importancia estratégica. Desde los tiempos de Ana de Bretaña no había habido una reina que aportase a Francia una dote tan hermosa.

Alta, esbelta, «muy bien constituida, con rostro redondo, rasgos regulares, una tez espléndida, manos y brazos magníficos, ojos espléndidos, aunque no grandísimos, pero con una luz, una vivacidad y un ardor como no he visto nunca en ninguna mujer», Madame de Lenormant d’Étiolles era tan hermosa que «no había hombre que no la deseara como amante». Pero el único en el que, desde su adolescencia, se habían centrado todas sus expectativas sentimentales, el único al que se sentía destinada a amar, era el rey de Francia.
Ambición, energía y tenacidad no fueron suficientes, sin embargo, para impedir que obsesionara a Madame de Pompadour la idea de la precariedad de su posición. Por un lado, Luis XV sufría por el chantaje afectivo del delfín, de la delfina y de sus hijas, a quienes quería mucho, y seguía estando atormentado por los escrúpulos religiosos, que convertían cada Pascua en una incógnita; por otro, volvía a mirar con creciente interés a otras mujeres, obligando a la marquesa a una incesante vigilancia. Si a este estado de tensión añadimos la carga cotidiana impuesta por la vida de corte, no puede sorprender que tanto el sistema nervioso de la marquesa como su salud, extremadamente delicada, se resintieran grandemente, permitiendo que el desconsuelo la dominara en ocasiones.
No obstante, Madame de Pompadour no tenía intención de renunciar a esta vida, por alto que fuera su coste. Es inútil preguntarse si su extraordinaria determinación estaba dictada por un amor desinteresado al rey o por un inmoderado deseo de poder: en su situación, los dos sentimientos eran difíciles de separar.
Con todo, precisamente lo que tanto temía Madame de Pompadour, el final de su relación sexual con Luis XV, consolidó definitivamente la posición de la marquesa y le confirió un papel político sin precedentes. En 1750, sólo después de cinco años desde el inicio de sus relaciones, Madame de Pompadour dejó de ser la amante del soberano; excitantes y afrodisíacos habían resultado ineficaces contra su frigidez; y la marquesa no había conseguido impedir que sus trastornos ginecológicos se hicieran crónicos; por lo tanto, acordó con el rey poner fin a su relación física.
Madame de Pompadour estaba dispuesta a interpretar su nuevo papel. Desde hacía tiempo había adoptado la costumbre de hacerse rogar largamente antes de conceder audiencia, recibir sentada a sus visitantes –príncipes, embajadores, altos funcionarios, cortesanos– y usar el plurale majestatis para subrayar mejor su simbiosis con el rey. «No se habla de otra cosa que de los discursos burgueses y absurdos que pronuncia la marquesa, la cual se comporta como si tuviese todo el poder y fuese el primer ministro», escribía el 23 de enero de 1751, cegado por el odio, el marqués de Argenson. «A un embajador que se despide le dice: “Continuad así, estoy muy contenta de vos; sabed que desde hace mucho tiempo soy vuestra amiga”. Ella decide, dispone y trata a los ministros del rey como si fuesen los suyos.» Más conciso, el duque de Croÿ anotaba en su diario: «La señora marquesa es más despótica que nunca; todo pasa a través de ella»; al año siguiente vuelve a constatar que «su crédito no hace más que aumentar» y «no sólo las cuestiones importantes, sino también las de ínfima relevancia, pasan por sus manos».
A pesar de la seguridad de la que hacía alarde, Madame de Pompadour seguía temiendo al soberano.

El 16 de octubre de 1793, a las cuatro y media de la mañana, pocas horas antes de ser conducida a la guillotina, María Antonieta escribió a Madame Elisabeth, su cuñada: «Os escribo, hermana mía, por última vez: he sido condenada, no a una muerte vergonzosa, que esta muerte sólo es vergonzosa para los criminales, sino a ir a reunirme con vuestro hermano; tan inocente como él, espero mostrar en el momento extremo la misma firmeza. Estoy tranquila como cuando la conciencia no nos reprocha nada; me disgusta profundamente dejar a mis pobres hijos; y a vos misma, mi buena y admirable hermana, a vos, que en nombre de la amistad lo habéis sacrificado todo para estar a nuestro lado, ¡en qué situación os dejo! […] Espero que [mis hijos] tomen ejemplo de nosotros: ¡cuánto consuelo nos ha dado, en nuestras desgracias, la amistad! Y también las alegrías son más intensas cuando es posible compartirlas con un amigo: ¿y dónde hallarlos más caros y más amorosos que en la propia familia? Que mi hijo no olvide nunca las últimas palabras de su padre: “No intentes jamás vengar mi muerte”…
Fue en calidad de reina y mártir cristiana como María Antonieta, única elegida de la larga serie de soberanas que se habían sucedido en el trono de Francia, se convirtió, en los años de la Restauración, en objeto de un culto que resiste tenazmente todas las revisiones históricas. Entró en el mito aun antes de morir, en el trayecto que la condujo de la Conciergerie a la Plaza de la Guillotina; pero la mueca que David fijó en el papel sigue allí para testimoniar que, no menos poderoso que las virtudes cristianas, el desprecio dio fuerzas hasta el final al valor de una auténtica Habsburgo.

The role of women in the court of France explained in great detail and taking into account the context in which it operates. It would greatly help the book with an annex detailing the family tree of the dynasty (queens and lovers) to “not get lost”.

In 1586, the famous French jurist Jean Bodin did not hesitate to confine women to the margins of civil life, maintaining that “it was necessary to keep them away from all magistracies, places of command, trials, public assemblies and councils. , so that they only deal with their womanly and domestic tasks ». Holding on to a double cultural heritage – Greco-Roman and Judeo-Christian – the great theorist of the sovereignty of the modern absolute state confirmed a conviction as old as Western society. Throughout Europe, in consideration of the intellectual, moral and psychic weakness inherent in their nature, women were excluded from power; Only men were citizens with full rights, only men were allowed to reign.
Customs and laws had not always been so unfavorable to the weaker sex; Not long before, within the French feudal system, women had enjoyed less punitive treatment.
All this, however, should not induce us to think that this illustrious procession of ladies in power is a sign of an evolution, although underground, in the mentality and in the customs, or that it reveals a legal improvement in the condition of women. If in the society of the sixteenth century there are women who count, it is because, clinging to their ambitions, their intelligence and their beauty, they managed, despite male prejudices, to take advantage of favorable circumstances and assert themselves. But they never assumed power in their own name; his authority is always provisional and subject to opposition, and his affirmation always presupposes a male vacuum or weakness: the distance or death of husbands, the minority of children’s age, the passion of the senses. Even though they are spectacular, their experiences constitute a sum of individual cases, they are never consolidated in a single story.

In 1533, with only fourteen years of age, Catherine de Médicis arrived in France to become the wife of the secondborn son of Francis I, Henry, Duke of Orléans.
However remarkable the dowry of the young Florentine, it was still a mésalliance: the girl was no more than the heir of a family of bankers. But that marriage had strong political motivations. For Clement VII, uncle of the bride, by strengthening the agreement between the Medici and the French crown, would allow the papacy not to depend entirely on the goodwill of Charles V, who, only six years earlier, would have consented to the imperial armies looting Rome and to overthrow the holy city to iron and fire. To Francisco I, on the other hand, to become related with the Pope and with the medicea dynasty served to him to consolidate his hegemonic projects on Italy and to resist the influence of the house of Hapsburg.
Catherine did not waste much time crying to her husband nor respected the tradition that imposed to the French queens, in the forty days following the death of the king, keep locked in a room with black draperies, in the same place of death. After twenty-seven years of obedient submission, he realized that the time had come to leave the shadow and quickly take the reins of power in his hand.
In fact, the confusion of the first hours was about to prove fatal: while in the palace of Tournelles, which was near the place where the tournament had taken place, Catherine was abandoned to despair and the Duke of Montmorency, great constable of France and close friend of Henry, watched the body of the dead king, the Duke of Guise and his brother the Cardinal of Lorraine went with the young king to the Louvre and, in a real coup d’etat, assumed the leadership of the government.
Despite being fifteen years old-one more than the minimum age necessary for a king to exercise sovereignty-Francisco II was completely unprepared for the task that awaited him.
Catherine survived only ten days to the failure of the objectives to which, for thirty years, she had devoted all her efforts, her intelligence, her energies, putting in danger, honor, reputation, affections, even the salvation of her soul. She died desperate, aware of the imminence of a new civil war and the end of the Valois dynasty. On his deathbed he had confirmation of the truthfulness of the prophecies formulated by the magic mirror of the castle of Chaumont. The last prediction of Nostradamus said, in effect, that “beware of Saint-Germain”; interpreting this as a reference to her parish, Saint-Germain l’Auxerrois, Catherine had ended by renouncing to settle in the Tuileries and, if necessary, she would build a palace near the parish of St. Eustatius. But when he learned that the name of the unknown priest who had been urgently called to confess because he was wrong was Julien de Saint-Germain, he understood that his life had really come to an end.
Seven months later Enrique III also died, at the hands of a fanatic. In the past, Catherine had been horrified at the possibility that the King of Navarre, appointed by the monarch to succeed him, might one day ascend the throne of the Valois; nevertheless, it would be precisely the Huguenot prince who would save the integrity of the throne, preventing the efforts of the queen mother from spoiling. After having secured the crown with the force of arms, Henry IV returned, effectively, to the policy of tolerance and reconciliation followed by Catherine, thus paying tribute to the genius of the Florentine queen, who had allowed the French monarchy to overcome one of the most difficult tests of its history.

On October 1, 1599, Henry signed a promise in which he undertook to marry Mademoiselle d’Entragues “in the event that, in the next six months, as of the date hereof, she becomes pregnant and gives birth.” to light a man ». It was the beginning of a new farce, more grotesque and, fortunately, less tragic than the first one: in the game of love Enrique had now become a tramposo calcallecido. Exactly one year later, on October 5, 1600, when Henriette had given birth to a premature girl, born dead, she married by proxy with María de Médicis. The honor of representing him was conferred by him precisely to that Roger de Bellegarde to whom, ten years earlier, he had forced Gabrielle to resign.

The two regencies that, in the space of a generation, take place in the first half of the 17th century, that of María de Médicis and that of her daughter-in-law Ana de Austria, represent two opposite ways of understanding the double task of queens and mothers. The clash of the two sovereigns was inevitable because of the ties of kinship that united them and because of their reciprocal conditioning, as well as for the many years they spent together.
Maria loved power more than anything and wanted to keep it at all costs and for as long as possible. Ana worshiped her son and she managed with all her energies to transmit intact the royal authority. And it is not surprising that the behavior of the two queens profoundly marked both the character of their children and their style of government.
The hostility of Maria and Richelieu to Anne of Austria was also due to the fact that few were insensible to the fascination of the young queen. The legend says that the cardinal minister himself was among his rejected “gallants” and that this was the reason why he held a grudge against him.
Ana was beautiful and aware of her high birth; She came from a very close family and had surrounded her with affection. Her father loved her tenderly and her mother, who had died in the odor of sanctity, “had taken care of her education, inculcating feelings conformable to her own; and this had given rise to that great love for virtue that had attracted him the grace that God had granted him to prefer him to anything else. ”
To make matters worse, Ana was considered “one of the great beauties of the century.”

Mademoiselle de Fontanges comedy became a tragedy. Only twenty years old, on June 18, 1680, “martyr of the pleasures of the king,” as Primi Visconti points out, the “beautiful beauty” died in childbirth. Louis XIV had already left, for several months, to take an interest in her, and only stupidity had prevented the poor thing from realizing it. His memory would be in the name of a hairstyle called «à la Fontanges»: one day, while galloping through the forest of Fontainebleau, his hair was loosened by brushing the branches of the trees and, without her noticing, the ribbon What he was wearing in his hair slipped forward, staying on the top of his forehead; the king found the thing charming and the whim of chance became fashionable.
But now Athénaïs could not have any illusions about the future. He knew that his relationship with the man from whom he had had seven children had ended irremediably. The Sun King was also preparing for a new metamorphosis, the last of his life, no longer under the effect of “esprit Mortemart” but guided by the hand of Madame de Maintenon.

On Sunday, May 27, after lunch, the king announced his marriage to the royal princess of Poland, Maria Leszczynska, daughter of King Stanislaus. This marriage has surprised everyone, because in reality it is not in any way appropriate for the king of France, “noted Parisian lawyer Edmond-Jean-François Barbier in his diary, echoing the country’s discontent. Probably the future husband himself harbored this conviction, but, too young to assert his will, he had learned from his earliest childhood not to let his thoughts show. Even before the disappearance of the Sun King, and in order to prepare him for his future office as sovereign, had not Madame de Maintenon asked his governor to “habituate him little by little to discretion”? In May of 1725 Luis was only fifteen years old and the one who decided for him was his cousin, the Duke of Bourbon, who had never taken the title of prince of Condé, that when dying Felipe de Orléans had taken in his hands the reins of the government .
In short, thanks to the marriage with the poor Polish princess who had left without dowry, without jewels, without retinue, Louis XV managed to peacefully expand the confines of the national territory, annexing a region of great strategic importance. Since the time of Anne of Brittany there had not been a queen who would bring such a beautiful dowry to France.

Tall, slender, “very well constituted, with round face, regular features, a splendid complexion, magnificent hands and arms, splendid eyes, although not very large, but with a light, a vivacity and an ardor as I have never seen in any woman “Madame de Lenormant d’Étiolles was so beautiful that” there was no man who did not want her as a lover “. But the only one in which, since his adolescence, all his sentimental expectations had been centered, the only one he felt destined to love was the King of France.
Ambition, energy and tenacity were not enough, however, to prevent Madame de Pompadour from obsessing over the precariousness of her position. On the one hand, Louis XV suffered from the emotional blackmail of the dolphin, the dauphin, and his daughters, whom he loved very much, and he was still tormented by the religious scruples that made every Easter an unknown; on the other, he returned to watch with increasing interest other women, forcing the marchioness to an incessant vigilance. If to this state of tension we add the daily burden imposed by the life of court, it is not surprising that both the marquise’s nervous system and her health, extremely delicate, were greatly resented, allowing distress to dominate her at times.
However, Madame de Pompadour had no intention of giving up this life, however high its cost. It is useless to wonder if his extraordinary determination was dictated by a disinterested love for the king or by an immoderate desire for power: in his situation, the two feelings were difficult to separate.
However, precisely what Madame de Pompadour feared so much, the end of her sexual relationship with Louis XV, definitively consolidated the position of the Marchioness and conferred upon her an unprecedented political role. In 1750, only after five years from the beginning of their relations, Madame de Pompadour ceased to be the sovereign’s mistress; exciting and aphrodisiac had been ineffective against his frigidity; and the marchioness had not managed to prevent her gynecological disorders from becoming chronic; therefore, he agreed with the king to end their physical relationship.
Madame de Pompadour was willing to play her new role. For a long time he had adopted the habit of begging long before granting an audience, having his visitors seated-princes, ambassadors, high officials, courtiers-and using the plurale majestatis to better underline his symbiosis with the king. “There is talk of nothing but the bourgeois and absurd speeches that the Marchioness pronounces, which behaves as if it had all the power and was the prime minister,” he wrote on January 23, 1751, blinded by hatred, Marquis of Argenson. «To an ambassador who says goodbye he says:” Continue like this, I am very happy with you; know that I have been your friend for a long time. ” She decides, arranges and treats the king’s ministers as if they were his. “More concise, the Duke of Croÿ noted in his diary:” The Marquise lady is more despotic than ever; everything passes through it »; the following year it returns to verify that “its credit does not do more than to increase” and “not only the important questions, but also those of insignificant importance, pass through their hands”.
Despite the security she boasted, Madame de Pompadour still feared the sovereign.

On October 16, 1793, at four-thirty in the morning, a few hours before being taken to the guillotine, Marie Antoinette wrote to Madame Elisabeth, her sister-in-law: “I write to you, my sister, for the last time: I have been condemned , not to a shameful death, that this death is only shameful for the criminals, but to go to meet with your brother; as innocent as he is, I hope to show the same firmness in the extreme moment. I am calm as when conscience reproaches us nothing; I deeply dislike leaving my poor children; and to yourself, my good and admirable sister, to you, who in the name of friendship have sacrificed everything to be by our side, in what situation I leave you! […] I hope that [my children] take an example from us: how much consolation has given us, in our misfortunes, friendship! And also the joys are more intense when it is possible to share them with a friend: and where to find them more expensive and more loving than in the family itself? May my son never forget the last words of his father: “Do not ever try to avenge my death” …
It was as a queen and martyr Christian as Marie Antoinette, the only chosen of the long series of sovereigns who had succeeded to the throne of France, became, in the years of the Restoration, the object of a cult that tenaciously resists all historical reviews. She entered the myth even before she died, on the path that led her from the Conciergerie to the Plaza de la Guillotina; but the grimace that David fixed on the paper is still there to testify that, no less powerful than the Christian virtues, the scorn gave strength to the end to the value of an authentic Hapsburg.

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