Las Brujas De Zugarramurdi — Mikel Azurmendi Ichausti / Zugarramurdi’s Witches by Mikel Azurmendi Ichausti

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Me parece un magnífico libro, nos transporta, con magnífica prosa, con gran erudición y, sobretodo, con una tremenda pasión, por el objeto de su estudio, cuatro siglos atrás, a los juicios por brujería que supusieron el final de la persecución de ésta en España. Un siglo antes que en el resto de Europa, donde se siguió persiguiendo con saña y fanatismo prácticas inventadas por el calenturiento magín de fanáticos religiosos. No está esto muy en consonancia con la Leyenda Negra que hemos llegado a creernos sobre el pasado español pero así fue: comparado con el norte de Europa, España fue un remanso de tranquilidad gracias a algunos pocos personajes admirables, de los que se da cuenta en el libro.
El autor se basa en los escritos hallados en los archivos inquisitoriales por otro erudito, el danés G. Hennigsen y añade a éstos su enorme preparación para tratar un asunto que se narra en múltiples lenguas: el castellano, el latín, el francés (al fin, los hechos suceden en la misma frontera y la persecución «civil», a diferencia de la española, que era religiosa, es notablemente más severa que ésta) y las variantes navarras y suletinas del vascuence. La propia discusión sobre el término «Akelarre» que ni siquiera existía en el vascuence de la zona antes de la persecución.
La historia que narra el profesor Azurmendi acabó bien, puede decirse, gracias a personajes admirables como el inquisidor Salazar, que logró que la Inquisición revocara sentencias injustas y reconociera el daño causado por algunos de sus miembros que, como se narra en el libro, actuaron desobedeciendo las estrictas instrucciones de la Suprema Inquisición.
Acabó bien, pero en el camino se quedaron vidas destrozadas, personas torturadas por delaciones interesadas, delaciones causadas por el terror, niños inducidos a delatar. Salazar, el obispo de Pamplona y otros héroes de esta historia fascinante, pusieron fin a la locura para siempre y enmendaron algunos daños. Otros no se pudieron remediar. De todos ellos nos da noticia el profesor Azurmendi y nos la presenta con una viveza tal que parecen hechos contemporáneos. Tanto que, cuando leemos el libro comprendemos la queja del profesor por la banalización de ese sufrimiento, tan presente en el libro, que se hace en la pelíciula del mismo nombre.

Desde inicios de la tardía cristianización en tierras del vascuence, la Iglesia católica supo amoldarse a ese estilo de vida injertándolo dentro de un sistema de fe y enfundándolo en una práctica sacramental que reforzaba la creencia campesina en la continuidad y unicidad de una vida personal. Todos los actos domésticos quedaban expresados, representados, significados mediante teatralización comunitaria, en tanto que asunto público merced al recinto parroquial. Así las festividades de Kandelario, Garizuma, Pazko, Urtezahar/urteberri, Andramari martxoko, Sanblás, Sanmarcos, Santagueda, etc., constituían importantes mojones de un quehacer ganadero comunitario. Con la dramatización se lograba el milagro de hacer visible lo invisible, de significar lo inexpresable.
Esa creencia en lo extraordinario del más allá, aquel campesino vivía la brujería como parte de su vida cotidiana del más acá y la vivía de un modo ordinario y sin sobresaltos extraterrenales. Aquel campesino no creía, pues, en brujas o brujos, sino que los daba como un hecho más de su entorno.
En sana y cuerda lógica, el factor causante de acciones de brujería se debía de hallar al mismo nivel operativo que el causante de las acciones aceptables de la vida ordinaria: si lo normal era que quien se empeñase en hacer bien las cosas éstas le salieran bien, lo normal ante cosas que súbitamente salen mal sería suponer que alguien las hubiera torcido. Algún factor causal humano lo habrá causado, ¿no? Por consiguiente, que ser brujo se convierte en una cuestión que toda persona entendía al entrar en el uso de razón.
Pero, ¿quién es un brujo? ¿Quién es acusado de serlo en cada infortunio vivido en la aldea?
Ser brujo en la sociedad aldeana de nuestro estudio es referirse a personas que levantan animadversión, personas a las que se imputa ojeriza y malquerencia, mala vecindad: a veces por latrocinio y otras por nocturnidad, por esquivez y hurañía también, y hasta por demasiada altivez. La persona poco cabal o la impredecible eran buenas candidatas a ser brujas en la aldea.

-Cuando en San Juan de Luz, en 1607, un conflicto de acusaciones de brujería estaba siendo ventilado en la parroquia «por todo el pueblo allí reunido» —dice el documento—, se asistió a una provocación inaudita, que clausuró la ceremonia impidiendo el perdón entre vecinos: una de las dos mujeres que habían acusado de brujería a otras cinco, fue traída en parihuelas, muy lesionada, en lo más álgido de la ceremonia. Al decir de la malherida, el marido de una de las acusadas por ellas, un tal Harribillaga, presente en el templo, las había maltratado a ambas en el bosquecillo próximo de Xaldai para que retirasen su acusación.
-Cuando, en diciembre de 1608, cuatro mujeres de la aldea de Zugarramurdi son acusadas por una antigua vecina de ser brujas y luego lo son otros seis de sus parientes, todos ellos son llevados a la parroquia por el fraile que hacía de coadjutor, y en una ceremonia pública de la aldea entera, los acusados piden perdón por sus agravios y todo vuelve a su sitio.
Lo ocurrido en San Juan de Luz y Zugarramurdi rompía la tradicional pauta parroquial de solución de conflictos derivados de acusaciones de brujería, todo ello se inserta no obstante en un clima de tensión que venían planteando los poderes judiciales ya desde un siglo atrás. Disponemos de bastantes documentos en los que, ya desde el siglo XVI, los poderes locales reclaman con insistencia al poder central el derecho a juzgar en exclusiva ellos mismos en las aldeas los hechos de brujería. Con lo cual, además de exteriorizar que no tenían ese poder, se hace patente que las autoridades civiles mostraban su desacuerdo con la habitual benignidad eclesiástica del perdón público parroquial.
En lugar de una justicia al alcance de la gente (para su comprensión y manejo) emergió la figura todopoderosa del tribunal de justicia, con un idioma diferente al que iban aparejados soldados armados, una cárcel lóbrega, la pérdida de todos los bienes y el envilecimiento moral en caso de querer salvaguardar uno su vida a costa de declararse culpable. Éste fue el primer paso para que la cultura estallase en el invierno de 1610-1611 y produjera en la comunidad un estado de ansiedad, pánico y terror.

Las veintiséis víctimas supervivientes de la aldea fueron personándose en el monasterio para exigir que se restableciera la verdad y se hiciese memoria documental de tamaña injusticia. Ante el abad Aranibar declararon uno a uno que nadie de ellos habían sido nunca brujo ni habían cometido maleficios ni los nefandos actos imputados por el tribunal. Tras la exigencia de esas víctimas, en ese enero de 1616, hallándose en vísperas de morir, el abad anunciaba al tribunal de Logroño que temía ver acercarse al monasterio a decenas de personas más desde el Baztán y Bidasoa a revocar sus confesiones y exigir el restablecimiento de la verdad.

Dieciséis de las cuarenta y seis casas sufrieron, por tanto, la persecución, o sea, un tercio de las familias, coincidencia fatalmente extraña con la media que se daría enseguida en los valles del Baztán, Malerreka y Bidasoa, no bien tuviese lugar el Auto de fe de Logroño.
A diferencia de Zugarramurdi lo característico de Urdax es haber contado con muy escasos acusados entre sus 44 casas además del nutrido grupo de criados y del claustro abadial compuesto por una docena de frailes. Ello parece avalar más todavía la hipótesis del papel crucial desempeñado por el abad del monasterio a lo largo y ancho de la persecución con el móvil de la venganza sobre Zugarramurdi. Las únicas tres personas de Urdax, que salieron al Auto de fe de Logroño fueron quemadas.

El factor intelectual por el que se encerró en las mazmorras de Logroño a cuatro mujeres de Zugarramurdi fue la creencia de los inquisidores en el Diablo. O mejor dicho, la creencia en un pacto entre el diablo y esas personas, supuestas brujas. Esta creencia teológica, enraizada, impostergable y maciza, es lo que marca con sello indeleble el nuevo oficio de perseguir y erradicar la brujería como si fuese otra herejía más: un reniego de Dios con adoración del Diablo y una entrega a éste del cuerpo y el alma del brujo.
Esta creencia teológica en un contubernio físico entre el Diablo y una persona propició asimismo el encarcelamiento de otros seis parientes de las encarceladas venidos de Zugarramurdi a Logroño a explicarse, reclamar justicia y llevarse de nuevo a las cuatro acusadas.

Tras la quema de los brujos de Zugarramurdi, el rey Felipe III había rogado a varias órdenes religiosas, entre ellas al provincial de los franciscanos, que enviaran a predicar a las tierras del aquelarre a sus frailes más doctos. El provincial franciscano tenía su residencia en Santander, pero de inmediato ordenó al convento de Aránzazu que dispusiera de sus cuatro predicadores más instruidos. La invitación fue hecha precisamente a Aránzazu, que había tenido de padre guardián a un notorio perseguidor de brujos en la parte más nororiental de la montaña navarra. A juzgar por el tipo de sermones que hicieron durante meses y por la obsesiva búsqueda de sapos diabólicos y de ungüentos para volar a la que se libraron en ese tiempo, aquel equipo de predicadores debía constituir el núcleo euscaldún de profesionales en demonología de que disponía.

El primer resultado de la judicialización fue cortar con el tradicional ritual del perdonarse en público los vecinos a fin de poner a cero el cuentakilómetros de las enemistades de aldea. La siguiente consecuencia fue la cárcel y la incoación de procesos ininteligibles para los acusados. Luego vinieron las muertes en la cárcel y las hogueras de Logroño; a todo lo cual siguió una explicación de los motivos de esas hogueras desde los púlpitos parroquiales: más satanismo, por tanto. Enseguida se encadenaron las acusaciones infantiles y estalló la aldea desde dentro adviniendo el sálvese quien pueda.
He aquí algunas consecuencias harto demostradas de aquel proceso:
– Tanto más demoledora fue la judicialización cuanto más impulsaba las inercias internas hacia la hostilidad propiciando que se diesen más y más acusaciones. Así, en las aldeas donde más enviciado se hallaba el clima de cohabitación vecinal mayor impacto tuvo la hostilidad exterior.
– La hostilidad era mayor o menor en la aldea o villa según hubiesen cargos municipales y comisarios inquisitoriales propensos a impulsar la violencia y la falsedad más que la cordura (ejemplos, Zugarramurdi-Urdax, Bera, Lesaca, Elgorriaga, la Llanada alavesa). También fue mayor la hostilidad allí donde el sacerdote era más crédulo de la demonología del Malleus.
– Donde más pobreza hubiera, es decir, allí donde hubiese un puñado de gentes harto pudientes en dinero, bienes, prestigio, valía, etc. (como los Alzate, los Zabaleta, un monasterio pudiente como el de Urdax, etc.) era asimismo previsible una mayor oportunidad de saldar cuentas de manera torticera.

En referencia a la brujería, además de la búsqueda de la verdad y la ampliación de nuestro conocimiento, siempre quedaba pendiente el problema del envilecimiento moral, el de la enemistad y la evacuación de odios y venganzas. Porque, si bien la brujería la comprendemos hoy nosotros como un artefacto imaginativo de símbolos que consolidaban cierto sentido común en la sociedad tradicional y ágrafa, la intromisión en ésta de una élite de escribientes, leguleyos y penalistas forzando el sentido común a base de imágenes incomprensibles introducidas con violencia y castigos tan infames como infamantes, llegó a convulsionarla hasta el extremo de colapsarla.
El hecho de que aquellas comunidades antañonas del vascuence superasen sus odios y revanchas sobreviviendo hasta nuestros días y el que conozcamos hoy a sus descendientes con nombre y apellido dan fe de que alguien laboró por superar el colapso y empastar la convivencia. Puede que todo se lo debamos a gente como Salazar, como Axular, como el cura Labayen, el jesuita Solarte y muchos de sus compañeros eclesiásticos, que a ambos lados de los montes supieron incentivar la cordura de la gente del vascuence. La religión católica, en una demostración de tener anclada de modo absoluto esa cordura, fue de nuevo el contrapeso de las inercias culturales hacia la hostilidad. Siempre resultará verdad que había sido la propia religión la causante del impout de hostilidad (demonismo + judicialización) en una operación que parece retroalimentarla. Sin embargo queda también patente que sólo sus artificios sagrados fueron capaces de evitar la desintegración social.
El no buscar la verdad de aquellos crueles hechos sino el falsearla con imágenes e ideas susceptibles de servir intereses políticos y de partido constituye, además de un hecho de injusticia respecto de aquellas víctimas de entonces, un acto de insensatez rayana a la de los más estúpidos cazadores de brujos. Nuestro maestro Caro Baroja los llamó majaderos. Creo que al hacerlo así fue sumamente benigno.

It’s nice to me a magnificent book, it transports us, with magnificent prose, with great erudition and, above all, with a tremendous passion, for the object of its study, four centuries ago, to the trials for witchcraft that supposed the end of the persecution of this in Spain. A century earlier than in the rest of Europe, where they continued to pursue viciously and fanatically practices invented by the feverish imagination of religious fanatics. This is not very consistent with the Black Legend that we have come to believe about the Spanish past, but that’s how it was: compared to northern Europe, Spain was a haven of tranquility thanks to a few admirable characters, of whom he realizes the book.
The author is based on the writings found in the inquisitorial archives by another scholar, the Danish G. Hennigsen and adds to these his enormous preparation to deal with a subject that is narrated in multiple languages: Castilian, Latin, French (at last , the facts happen in the same frontier and the «civil» persecution, unlike the Spanish one, that was religious, is notably more severe than this one) and the Navarrese and suletinas variants of the Basque language. The very discussion about the term «Akelarre» that did not even exist in the Basque language of the area before the persecution.
The story told by Professor Azurmendi ended well, it can be said, thanks to admirable characters such as the inquisitor Salazar, who managed to get the Inquisition to revoke unjust sentences and recognize the damage caused by some of its members who, as narrated in the book, acted disobeying the strict instructions of the Supreme Inquisition.
It ended well, but on the way there were lives destroyed, people tortured by interested delations, denunciations caused by terror, children induced to betray. Salazar, the Bishop of Pamplona and other heroes of this fascinating story, put an end to the madness forever and amended some damages. Others could not be remedied. Of all of them, Professor Azurmendi gives us news and he presents it to us with such vividness that they seem contemporary facts. So much so that when we read the book we understand the teacher’s complaint about the banalization of that suffering, so present in the book, which is made in the film of the same name.

From the beginning of the late Christianization in lands of the Basque language, the Catholic Church was able to mold itself to that lifestyle by grafting it into a system of faith and encasing it in a sacramental practice that reinforced the peasant belief in the continuity and uniqueness of a personal life. All domestic acts were expressed, represented, meaning through community dramatization, as a public matter thanks to the parish enclosure. Thus the festivities of Kandelario, Garizuma, Pazko, Urtezahar / urteberri, Andramari martxoko, Sanblás, Sanmarcos, Santagueda, etc., were important landmarks of a community livestock activity. With the dramatization, the miracle of making visible the invisible, of signifying the inexpressible, was achieved.
That belief in the extraordinary beyond, that peasant lived witchcraft as part of his daily life from here and lived in an ordinary way without extraterrestrial shocks. That peasant did not believe, then, in witches or sorcerers, but he gave them as a fact more of his environment.
In sound and logical rope, the factor causing actions of witchcraft was to be found at the same level of operation that the cause of the acceptable actions of ordinary life: if it was normal that those who were determined to do well these things would turn out well , the normal thing before things that suddenly go wrong would be to suppose that someone had twisted them. Some human causal factor will have caused it, right? Therefore, being a sorcerer becomes a question that every person understood when entering into the use of reason.
But who is a sorcerer? Who is accused of being so in every misfortune lived in the village?
Being a sorcerer in the village society of our study is to refer to people who raise animosity, people who are accused of abuse and malice, bad neighborhood: sometimes by larceny and others by night, by dodgery and shyness too, and even by too haughty . The shallow person or the unpredictable person were good candidates to be witches in the village.

-When in San Juan de Luz, in 1607, a conflict of accusations of witchcraft was being aired in the parish «for all the people gathered there,» the document says, «there was an unprecedented provocation, which closed the ceremony and prevented the pardon between neighbors: one of the two women who had accused of witchcraft to five others, was brought on stretchers, very injured, at the height of the ceremony. In the words of the injured woman, the husband of one of those accused by them, a certain Harribillaga, present in the temple, had mistreated them both in the nearby grove of Xaldai so that they could withdraw their accusation.
-When, in December 1608, four women from the village of Zugarramurdi are accused by a former neighbor of being witches and then another six of their relatives, all of them are taken to the parish by the friar who was coadjutor, and In a public ceremony in the entire village, the accused ask for forgiveness for their grievances and everything returns to its place.
What happened in San Juan de Luz and Zugarramurdi broke the traditional parochial guideline of conflict resolution derived from accusations of witchcraft, all this is inserted nevertheless in an atmosphere of tension that the judicial powers had been raising since a century ago. We have enough documents in which, since the sixteenth century, the local authorities insistently demand from the central power the right to judge exclusively in the villages the acts of witchcraft. With this, in addition to showing that they did not have that power, it is clear that the civil authorities showed their disagreement with the usual ecclesiastical benignity of the parish public pardon.
Instead of a justice within the reach of the people (for its understanding and management) emerged the almighty figure of the court of justice, with a language different from that of armed soldiers, a gloomy prison, the loss of all property and the degradation moral in case you want to safeguard your life at the cost of pleading guilty. This was the first step for the culture to break out in the winter of 1610-1611 and produce a state of anxiety, panic and terror in the community.

The twenty-six surviving victims of the village went to the monastery to demand that the truth be restored and a documentary memory of such injustice made. Before the abbot Aranibar they declared one by one that no one of them had ever been a sorcerer nor had they committed any curses or the nefarious acts imputed by the court. After the demand of these victims, in that January 1616, on the eve of death, the abbot announced to the court of Logroño that he feared to see the monastery approach dozens of people from the Baztán and Bidasoa to revoke their confessions and demand reinstatement of the truth.

Sixteen of the forty-six houses suffered, therefore, the persecution, that is, a third of the families, fatally coincidental coincidence with the average that would occur immediately in the valleys of Baztán, Malerreka and Bidasoa, as soon as the Auto of Logroño.
Unlike Zugarramurdi, the characteristic feature of Urdax is that it has had very few defendants among its 44 houses, in addition to the large group of servants and the abbey cloister composed of a dozen friars. This seems to support even more the hypothesis of the crucial role played by the abbot of the monastery throughout the persecution with the motive of revenge on Zugarramurdi. The only three people from Urdax, who went to Auto de fe de Logroño, were burned.

The intellectual factor by which four women of Zugarramurdi were locked in the dungeons of Logroño was the belief of the inquisitors in the Devil. Or rather, the belief in a pact between the devil and those people, supposed witches. This theological belief, rooted, unpostponable and massive, is what marks with indelible stamp the new office of persecuting and eradicating witchcraft as if it were another heresy: a rejection of God with adoration of the Devil and a surrender to him of the body and the sorcerer’s soul
This theological belief in a physical conspiracy between the Devil and a person also led to the imprisonment of six other relatives of the inmates from Zugarramurdi to Logroño to explain themselves, demand justice and take back the four accused.

After the burning of the sorcerers of Zugarramurdi, King Felipe III had begged several religious orders, among them the provincial of the Franciscans, to send preaching to the lands of the coven to his most learned friars. The Franciscan provincial had his residence in Santander, but immediately ordered the convent of Aránzazu to dispose of his four most learned preachers. The invitation was made precisely to Aránzazu, who had been the father of a notorious witch hunter in the most northeastern part of the Navarrese mountain. Judging by the type of sermons they did for months and by the obsessive search for diabolic toads and flying ointments that were fought at that time, that team of preachers should constitute the Euscaldun nucleus of demonology professionals at their disposal.

The first result of the judicialization was to cut with the traditional ritual of pardoning in public the neighbors in order to zero the odometer of the village enmities. The next consequence was the jail and the initiation of unintelligible processes for the defendants. Then came the deaths in the prison and the fires of Logroño; to all of which followed an explanation of the reasons for those bonfires from the parish pulpits: more satanism, therefore. Soon the children’s accusations were chained and the village exploded from inside, warning every man for himself.
Here are some proven consequences of that process:
– The more devastating the judicialization was, the more it impelled the internal inertia towards hostility, provoking more and more accusations. Thus, in the villages where the climate of neighborhood cohabitation was most enviciado, the greatest impact was external hostility.
– The hostility was greater or lesser in the village or town according to municipal offices and inquisitorial commissars prone to promote violence and falsehood rather than sanity (examples, Zugarramurdi-Urdax, Bera, Lesaca, Elgorriaga, Llanada Alavesa). Hostility was also greater where the priest was more credulous of the demonology of the Malleus.
– Where there was more poverty, that is, where there were a handful of people who were very well off in money, goods, prestige, worth, etc. (Like the Alzates, the Zabaleta, a wealthy monastery like the one in Urdax, etc.) it was also foreseeable a greater opportunity to settle accounts in a tortuous manner.

In reference to witchcraft, in addition to the search for truth and the extension of our knowledge, the problem of moral debasement, that of enmity and the evacuation of hatred and revenge was always pending. Because, while witchcraft we understand today we as an imaginative artifact of symbols that consolidated common sense in the traditional society and Agarfa, the intrusion into it of an elite of scribes, lawyers and criminal lawyers forcing common sense based on incomprehensible images introduced with violence and punishments as infamous as infamous, came to convulse to the point of collapse.
The fact that those communities of the past of the Basque language overcame their hatred and revenge by surviving to this day and that we know today their descendants with their name and surname attest that someone worked to overcome the collapse and fill the coexistence. Maybe we owe everything to people like Salazar, like Axular, like the priest Labayen, the Jesuit Solarte and many of his ecclesiastical colleagues, who on both sides of the mountains knew how to encourage the sanity of the people of the Basque language. The Catholic religion, in a demonstration of having that sanity anchored in an absolute way, was again the counterweight of cultural inertia towards hostility. It will always be true that it was the religion itself that caused the impout of hostility (demonism + judicialization) in an operation that seems to feed it back. However, it is also clear that only his sacred artifices were able to avoid social disintegration.
Not to seek the truth of those cruel facts but to falsify it with images and ideas capable of serving political and party interests is, besides a fact of injustice towards those victims of that time, an act of folly bordering on the stupidest witch hunters. Our teacher Caro Baroja called them fools. I think that doing so was extremely benign.

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