El Arte Y La Ciencia De No Hacer Nada — Andrew J. Smart

Sin duda este breve libro es muy interesante. El libro es muy ameno, y se lee solo, a pesar de hablar de temas de cierta complejidad. Desde luego propone idas muy interesantes, y todo el mundo debería leerlo para darse cuenta que la idea de trabajar sin descanso, aumentar la productividad continuamente, las técnicas de gestión del tiempo, etc, que nos van metiendo en la cabeza poco a poco, son un desastre para el ser humano. Y todo ello argumentado con los últimos descubrimientos sobre el cerebro.
Con un lenguaje claro y muy ameno en su lectura. Necesario en tiempos donde la obsesión por el trabajo y el ocio( entendido como la compulsión por estar siempre haciendo una actividad) se han convertido en nuestro peor enemigo.

El ocio es una de las actividades más importantes de la vida; me he decidido a compartir mis ideas sobre el tema, con la esperanza de convencer a otras personas, a pesar de que en el mundo entero el horario laboral está en crecimiento y de que todos los libros sobre administración del tiempo que se ofrecen en el mercado aseguran que se puede, y se debe, «hacer más». El mensaje de este libro es, precisamente, el opuesto. Sobre la base de los datos disponibles, las neurociencias argumentan que el cerebro necesita descansar. Si bien como resultado de la evolución, el cerebro humano se encuentra exquisitamente preparado para la actividad intensa, para poder funcionar con normalidad también necesita estar ocioso, y buena parte del tiempo, según parece.
Siempre actuamos con un propósito, con un objetivo determinado: deberíamos permitirnos actuar más a menudo con piloto automático.
El cerebro también cuenta con piloto automático. Cuando se entra en estado de reposo y se abandona el «control manual» sobre la propia vida, el piloto automático del cerebro se activa. El piloto automático sabe dónde queremos ir en realidad y qué deseamos hacer. Pero el único modo de averiguar qué sabe el piloto automático es dejar de gobernar la aeronave y permitir que sea el piloto automático el que guíe el camino. Así como los pilotos alcanzan niveles peligrosos de fatiga cuando vuelan en modo manual.
Nuestra «fobia al ocio» de larga data nos ha conducido casi inexorablemente a nuestra actual cuasi obsesión con estar ocupados.

En Occidente, con la llegada de la Ilustración y la deshumanización, mecanización y burocratización del trabajo, los filósofos contraatacaron. En el momento en que el sistema capitalista mundial iniciaba un periodo de expansión sin precedentes, la cultura occidental popularizó el concepto del «noble salvaje», uno de cuyos atributos particulares consistía en holgazanear y alimentarse de las frutas que caían en su regazo. El incomparable Samuel Johnson publicó una serie de ensayos acerca de los beneficios del ocio en el periódico The Idler, entre 1758 y 1760. Señaló: «Es posible gozar del ocio […] sin perjudicar a nadie; y por tanto no debe ponerse a la par del Fraude, que pone en riesgo la propiedad, ni del Orgullo, que por naturaleza busca su gratificación en la inferioridad del otro. El ocio es una cualidad silenciosa y pacífica, que no provoca envidia por ostentación ni odio por oposición, y por lo tanto nadie debe ocuparse de censurarlo ni detectarlo».
El capitalismo, sin embargo, era imposible de detener. El siglo XIX vio nacer la economía industrial mundial; los seres humanos se volvían engranajes de la compleja máquina denominada fábrica.
Con la llegada de la década de 1980 y la llegada de Ronald Reagan, se instaló en la sociedad el mantra de que la productividad era esencial para la autoestima. Lo que es bueno para los Estados Unidos, es bueno para las empresas. La holgazanería, en cambio, era antiestadounidense: en fecha reciente, en 2012, el Estado de Carolina del Sur incluyó la holgazanería como causa para imponer las leyes de identificación de los votantes. Los holgazanes no merecen votar.

El cerebro humano es único en el reino animal por contar con capacidad para idear soluciones innovadoras para los problemas. Los animales, en especial los primates no humanos, son, sin duda, creativos. Sin embargo, su creatividad está restringida a los estrechos límites de sus mundos perceptuales y cognitivos. Los seres humanos han inventado tecnologías que permiten extender la percepción a porciones no visibles del espectro electromagnético y es probable que pronto podamos, incluso, extender nuestra memoria y nuestra cognición mediante neurotecnología. Muchos especialistas en neurociencias argumentan que los seres humanos son únicos en su grado de conciencia. Además, son la única especie que ha creado sistemas de comunicación que permiten crear arte y adquirir Corpus complejos de conocimientos.
Ahora estamos usando el cerebro para entender el cerebro. Otra característica singular de los seres humanos es que pueden darse el lujo de ser holgazanes gracias a la tecnología y la cultura.

¿Dónde está y qué es, exactamente, la red neural por defecto? La red se constituye con un conjunto de regiones cerebrales: posterior, medial, medial anterior y parietal lateral. «Posterior» significa «detrás»; «medial» significa «en el medio»; «medial anterior» significa «al frente, en el medio»; y «parietal lateral» remite a regiones que están a ambos lados de la cabeza, hacia la parte superior y posterior. Las regiones específicas que constituyen la red neural por defecto se denominan: corteza prefrontal medial, corteza cingulada anterior, precúneo, hipocampo y corteza parietal lateral.
Es importante comprender que esas regiones constituyen nodos en la muy extensa y esparcida red neural por defecto: esos nodos son centros de actividad cerebral. Es como si la red neural por defecto incluyera los aeropuertos O’Hare, JFK, Heathrow y Frankfurt. Juntos, esos nodos conforman el epicentro de la actividad cerebral.
El precúneo se sitúa en la parte posterior del cerebro. Es una estructura cerebral que queda oculta, próxima a la línea de división del cerebro en hemisferios; parte del precúneo se encuentra incluido dentro del cerebro.
El estudio del precúneo ha presentado dificultades debido a la ubicación de esta región y al hecho de que no es frecuente que se produzcan lesiones que lo afecten de manera exclusiva. Por lo tanto, no es posible estudiar a pacientes que hayan sufrido un accidente cerebrovascular que haya afectado su precúneo para averiguar qué funciones se han visto afectadas. Lo que sabemos es que interviene en el razonamiento espacial y la conciencia. Resulta interesante que, además, el precúneo participe en operaciones de procesamiento de uno mismo, como reflexionar y mantener la perspectiva de primera persona.

Calificamos a los adultos que se entregan a la contemplación de excéntricos, ausentes o haraganes. Pero para que el cerebro haga mejor su trabajo, es necesario darse al ocio. Si deseamos que se nos ocurran ideas geniales o tan solo queremos conocernos a nosotros mismos, debemos dejar de tratar de organizamos. Al menos, las neurociencias modernas están acumulando rápidamente una enorme cantidad de datos que indican que el estado de reposo es indispensable para la salud del cerebro.
En nuestra carrera histérica por ganar dinero, alcanzar un mejor estatus, competir por puestos de trabajo escasos y ascensos, convertir a nuestros hijos en genios atléticos e intelectuales y organizar nuestra vida hasta el último segundo, estamos suprimiendo la habilidad natural con que cuenta el cerebro para dotar de sentido a la experiencia. La creatividad profunda y verdadera solo puede surgir como resultado de la increíble capacidad natural de interpretación de nuestro cerebro. Y cada vez es más evidente que el estado de reposo del cerebro cumple una función decisiva en relación con ese proceso.
Si Rilke o Newton hubieran vivido en nuestros días, sus aportes a la ciencia y las artes se habrían visto gravemente en riesgo como resultado de la exigencia de productividad.

Un ejemplo extremo de perturbación de este sistema es el trastorno de estrés postraumático. Las personas afectadas por este trastorno se sienten en estado de vigilia permanente: no pueden relajarse por temor a que vuelva a ocurrirles algo violento. Por lo tanto, su corazón se mantiene en estado de alerta, lo que reduce la variabilidad del ritmo. El trabajo excesivo continuo puede concebirse como una forma leve de trastorno de estrés postraumático.
Como señaló Einstein, todos deberíamos contar con la libertad de permitir que nuestro propio orden y estructura se manifiesten naturalmente, y de pasar nuestros días según deseemos. Todos odiamos trabajar para otras personas. Y estar enloquecidamente ocupado todo el día no solo es malo para nosotros mismos, sino que además nos impide descubrir el ser humano que podríamos ser.

Existe un fenómeno bien conocido en el campo de la psicología denominado «saciedad semántica». Si repetimos la palabra «búfalo» una y otra vez, llega un momento en que no sabemos con certeza qué significa. Cuando olvidamos transitoriamente el significado de la palabra «búfalo», puede ocurrir que nos asustemos un poquito y pensemos que tal vez estemos sufriendo un derrame cerebral.
La misma saciedad semántica tiene lugar en relación con la frase «crecimiento económico». Si elegimos un periódico cualquiera, un día cualquiera, veremos que la frase se repite en todas sus páginas. Se supone que «crecimiento económico» significa que, año tras año, incrementamos el volumen de bienes y servicios en el mundo entero.
Si existe algo peor que trabajar por el sueldo, es trabajar sin sueldo. La solución radica en crear una verdadera sociedad post-trabajo que libere las energías humanas. Si bien el camino no está a la vista, tengo fe en que la respuesta está a nuestro alcance en miles de millones de mentes ociosas y que los más inteligentes entre nosotros deben darse cuenta de que lo que en realidad necesitan es un recreo, una oportunidad de descansar, la posibilidad dorada de no hacer nada.

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