Los Orígenes Del Islam — Juan Vernet / Islam Origins by Juan Vernet

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Este me parece uno de los mejores libros sobre el tema, además el autor sabe bastante y si se debe poner un pero es que tras leer acerca de los bastísimos conocimientos del autor sobre estos temas esperaba que el libro fuera algo más fácil de leer, pero basta ver el primer capítulo para comprobar que se encuentra uno con una enorme enumeración de datos, nombres, fechas, lugares, etc., sin más explicación que una palabra entre paréntesis. Esto lleva a la consecuente frustración del lector al darse cuenta que parece un libro para el lucimiento de los conocimientos del escritor pero nada más falso, sin embargo el lector debe tener nociones o acabará desestimando su lectura.

La historia del nacimiento del islam sólo posee unas cuantas fuentes coetáneas: los testimonios escritos (el Corán), algunos papiros y las referencias de autores no musulmanes —pocos— escritas en lenguas distintas del árabe (griego, armenio, pahlevi o persa medio…).
El islam es hoy una religión que, como el cristianismo, se extiende por toda la superficie de la Tierra sin distinción de razas ni naciones. Pero, a diferencia de otros credos, su expansión fue muy rápida y, un siglo después de la muerte de su Profeta, Mahoma, sus fieles se encontraban ya en gran parte del Antiguo Continente, desde el Sahara y los Pirineos hasta las planicies del Asia Central y el Índico. Hasta estos territorios tan distantes del hogar en que nació —las ciudades de La Meca y Medina— la llevaron los ejércitos de sus primeros prosélitos, los árabes.
Después del primer siglo de existencia, la nueva religión continuó avanzando con más lentitud y con otros misioneros, pero siempre de manera firme y segura, hasta el punto de que los estados que actualmente tienen mayor número de musulmanes (Indonesia, Pakistán) sólo fueron rozados por la «explosión» árabe del siglo I de la hégira/VII d.C. Los lugares alcanzados por la marea de esta religión —con excepción de España, la Palestina de los Cruzados y, tal vez, el actual Israel— jamás han conocido el reflujo.
Los textos antiguos mencionan a los árabes como habitantes de la Península que aún hoy lleva su nombre y que queda bien delimitada, geográficamente, por tres de sus partes: al oeste el istmo del Sinaí y el mar Rojo, al sur el océano Índico y al este por el golfo de los Árabes que los iraníes y la cartografía occidental de hoy designan como el golfo Pérsico: esta discrepancia en la denominación de un mismo lugar geográfico muestra ya el choque de intereses políticos entre dos pueblos distintos, uno semita y el otro indoeuropeo, a lo largo de muchísimos siglos y que continúa aún hoy en día, a pesar de tener ambos la misma religión, el islam, aunque, eso sí, practicándolo según dos ritos distintos: el sunní y el chiíes.
La utilización conjunta del camello (transporte) y del caballo (arma de ataque) está atestiguada a partir del siglo IV d.C. —y hasta principios del XX en que aún lo empleaba Abd al-Aziz al-Saud (1320/1902-1372/1953)— y permitió hacer cada vez más incisivas y decisorias las algazúas (gazwa) de los beduinos: los primeros transportaban el agua y el pienso que los segundos necesitaban diariamente.

La dificultad de escribir una biografía del Profeta del islam radica en que los textos, las fuentes, en que hay que basarse son tardíos —uno o dos siglos posteriores a su muerte— y laudatorias siempre —las musulmanas— o despectivas —las cristianas—. Sólo en los siglos XIX y XX algunos autores han intentado describir la vida de Mahoma prescindiendo de todo tipo de connotaciones previas y basándose en el desarrollo y estudio de los datos autobiográficos que sobre él mismo proporciona el Corán, procedimiento éste utilizado con frecuencia por los historiadores alemanes el siglo XIX, y seguido también por los de otras nacionalidades. A pesar de ello, y simultáneamente, han ido apareciendo estudios tendenciosos por uno y otro lado.
Ni Mahoma pretendió, ni sus contemporáneos lo creyeron, que el nuevo Profeta realizara milagros. La ortodoxia de aquel entonces basaba su fe ciega en el estilo literario, extraordinariamente bello, en que iba revelando el texto del Corán, y que era inimitable porque su autor era el propio Dios. Él mismo —el Libro contiene Su palabra eterna— lo manifestó así en el versículo del desafío (tahaddi, 17, 90/88 = 80): Di: «Aunque se reuniesen los hombres y los genios para traer algo semejante a este Corán, no traerían nada parecido, aunque se auxiliasen unos a otros».
Al admitir un argumento estético para justificar la verdad de la nueva religión, Mahoma se exponía a ser combatido por cualquier escritor que creyera en su buena pluma, y dejó abierto un campo de discusión distinto al de otros credos. Al análisis lógico de esta inimitabilidad se han consagrado numerosas obras, de las cuales la principal es el tratado de al-Baqillani.
La influencia y adaptación de creencias propiamente árabes o sudárabes fue acrecentándose y se admitió que Abraham no fue ni idólatra ni judío ni cristiano, sino, simplemente, el gran hanif, palabra de difícil traducción y cuyo significado en el Corán sólo puede deducirse gracias a la crítica interna del mismo. El carácter sagrado de La Meca era debido a que el templo había sido fundado por Abraham e Ismael y, por tanto, había que purificarlo antes de que los musulmanes pudieran acudir a él en peregrinación. Como es lógico, los coraixíes no iban a ceder el templo fácilmente, y Mahoma lo sabía. Para conseguirlo era necesario cambiar de política, a fin de castigar a sus conciudadanos, y por su propia mano, con el tormento con que Dios, reiteradamente, les había amenazado. Había que convencer a los musulmanes de que su ideario también podía conseguirse con las armas y, como el pacto de Aqaba era puramente defensivo, esperar un momento oportuno para pasar al ataque.

Mahoma empezó por reforzar su autoridad personal prescribiendo que los creyentes debían obedecer a Dios y, por consiguiente, a su Enviado. Quienes fueran reacios tendrían por refugio el infierno, ya que el Profeta representa a Dios y en él hay que confiar, puesto que Dios y los ángeles son sus protectores. Así las cosas, una patrulla musulmana facilitó el inicio de las hostilidades: en pleno mes sagrado de rachab atacó a una caravana en Najla, mató a uno de los viajeros y regresó a Medina con importante botín. La ciudad, indignada, tachó a los combatientes de bandoleros. Mahoma esperó a que se calmasen los ánimos y, a continuación, dio a conocer el versículo (2, 214/217 = 74): Te preguntan por el mes sagrado, por la guerra en él. Responde: Un combate en él es pecado grave, pero apartarse de la senda de Dios, ser infiel con Él y la Mezquita Sagrada, expulsar a sus devotos de ella, es más grave para Dios…
Al morir Mahoma se encontraban sólidamente establecidos los fundamentos de las cinco obligaciones que el islam impone a sus fieles: 1) creer en la unidad de Dios; 2) cumplir las oraciones prescritas, tres o cuatro veces al día: posteriormente se aumentó a cinco el número, puesto que quedó fijado que la oración del mediodía del viernes fuera obligatoria para todos, al igual que el sermón que se incluía en la misma y que Mahoma pronunció siempre que pudo. En caso contrario, delegaba sus funciones en un imam (imán) y un jatib (predicador) que le sustituían esporádicamente. Instituyó también las abluciones rituales; 3) pagar un impuesto (azaque) destinado a los musulmanes pobres; 4) observar el ayuno de ramadán; y 5) en caso de tener los medios económicos suficientes, realizar la peregrinación a La Meca.
La evolución de estas líneas maestras de la nueva religión, hacia lo que hasta casi nuestros días se ha considerado dogma del islam y que se ha fosilizado en distintos credos (aqida), fue obra humana, de un grupo de teólogos de ideología muy concreta. Puede en cierto modo pensarse qué hubiera ocurrido con el naciente cristianismo si, en vez de triunfar las ideas de San Pablo, hubiera sido sobre las de San Pedro (cf. Gálatas 2, 11 y ss.) sobre las que se hubiese instituido la iglesia.

Entre las mujeres del profeta hay que distinguir: 1) aquellas con las cuales consumó el matrimonio después de haberse casado con ellas; 2) las que repudió, sin consumar el matrimonio; 3) las que murieron; 4) las que deseó, pero con las que no se casó; y 5) las esclavas que hizo suyas. El Profeta se casó con quince mujeres y cohabitó con trece de ellas; repudió a dos sin haberlas tocado. Hubo épocas en que tuvo once mujeres; otras, diez, y otras, nueve. Cuando murió dejó nueve viudas.
1, 1) La primera mujer del Profeta fue Jadicha, la hija de Juwaylid b. Asad, hijo de Abd al-Uzza. Jadicha había estado casada antes con Utayyiq b. Aid, de la tribu de majzum, con quien tuvo una hija. Después de la muerte de Utayyiq tuvo por marido a Abu Hala b. Zurara b. Niyas, de la tribu de tamim… Muerto Abu Hala, Jadicha se casó con el Profeta al que dio cuatro hijos: Qasim, Tayyib, Tahir y Abd Allah; todos murieron siendo niños. Le dio también cuatro hijas: Ruqayya, Umm Kultum, Zaynab y Fátima. Mientras Jadicha vivió, el Profeta no se casó con ninguna otra mujer.

To my way of thinking one of the best books on the subject, also the author knows a lot and if you should put one but after reading about the author’s very high knowledge about these subjects he hoped that the book was something easier to read, but it is enough to see the first chapter to verify that one is with a huge enumeration of data, names, dates, places, etc., without more explanation than a word in parentheses. This leads to the consequent frustration of the reader to realize that it seems a book for the brilliance of the knowledge of the writer but nothing more false, however the reader must have notions or end up dismissing his reading.

The history of the birth of Islam has only a few contemporaneous sources: the written testimonies (the Koran), some papyri and the references of non-Muslim authors – few – written in languages ​​other than Arabic (Greek, Armenian, Pahlavi or Middle Persian …) .
Islam is today a religion that, like Christianity, extends across the surface of the Earth without distinction of race or nation. But, unlike other creeds, its expansion was very rapid and, a century after the death of his Prophet, Muhammad, his faithful were already in much of the Old Continent, from the Sahara and the Pyrenees to the plains of Asia Central and the Indian. Even the territories so distant from the home where she was born – the cities of Mecca and Medina – were carried by the armies of her first proselytes, the Arabs.
After the first century of existence, the new religion continued to advance more slowly and with other missionaries, but always firmly and securely, to the point that the states that currently have the largest number of Muslims (Indonesia, Pakistan) were only touched. by the Arab «explosion» of the 1st century AH / VII AD The places reached by the tide of this religion -with the exception of Spain, the Palestine of the Crusaders and, perhaps, present-day Israel- have never known ebb tide.
The ancient texts mention the Arabs as inhabitants of the Peninsula that still bears his name today and that is well delimited, geographically, by three of its parts: to the west the isthmus of the Sinai and the Red Sea, to the south the Indian Ocean and to the this by the Gulf of Arabs that the Iranians and today’s Western cartography designate as the Persian Gulf: this discrepancy in the denomination of the same geographical place already shows the clash of political interests between two different peoples, one Semitic and the other Indo-European , over many centuries and still continues today, despite having both the same religion, Islam, although, yes, practicing it according to two different rites: the Sunni and the Shiites.
The joint use of the camel (transport) and the horse (attack weapon) is attested from the 4th century AD. -and until the beginning of the twentieth century, when Abd al-Aziz al-Saud (1320 / 1902-1372 / 1953) was still using it – and allowed to make more and more incisive and decisive the algazúas (gazwa) of the Bedouins: the first ones transported the water and the feed that the second ones needed daily.

The difficulty of writing a biography of the Prophet of Islam is that the texts, the sources, on which to base themselves are late – one or two centuries after his death – and always laudatory – Muslim – or derogatory – Christian. Only in the nineteenth and twentieth centuries some authors have tried to describe the life of Muhammad without any previous connotations and based on the development and study of the autobiographical data about himself provided by the Koran, a procedure often used by historians Germans the nineteenth century, and also followed by those of other nationalities. Despite this, and simultaneously, tendentious studies have been appearing on both sides.
Neither Muhammad pretended, nor his contemporaries believed, that the new Prophet performed miracles. The orthodoxy of that time based his blind faith on the literary style, extraordinarily beautiful, in which he was revealing the text of the Qur’an, and which was inimitable because its author was God himself. He himself-the Book contains His eternal word-manifested it that way in the verse of the challenge (tahaddi, 17, 90/88 = 80): Say: «Even if men and geniuses came together to bring something similar to this Qur’an, they would bring nothing similar, even if they helped each other. »
By admitting an aesthetic argument to justify the truth of the new religion, Muhammad was exposed to be fought by any writer who believed in his good pen, and left open a field of discussion different from other creeds. To the logical analysis of this inimitability, numerous works have been consecrated, of which the main one is the treatise of al-Baqillani.
The influence and adaptation of properly Arab or Sudan beliefs was growing and it was admitted that Abraham was neither idolatrous nor Jewish nor Christian, but simply the great Hanif, a word difficult to translate and whose meaning in the Qur’an can only be deduced thanks to the internal criticism of it. The sacredness of Mecca was because the temple had been founded by Abraham and Ishmael and, therefore, had to be purified before the Muslims could come to him on a pilgrimage. Obviously, the cora-xi were not going to give up the temple easily, and Muhammad knew it. To achieve this, it was necessary to change the policy, in order to punish their fellow citizens, and by their own hand, with the torment with which God had repeatedly threatened them. The Muslims had to be convinced that their ideology could also be achieved with arms and, as the Aqaba pact was purely defensive, to wait for an opportune moment to move on to attack.

Muhammad began by strengthening his personal authority by prescribing that believers should obey God and, consequently, his Messenger. Those who were reluctant would have refuge as hell, since the Prophet represents God and in him it is necessary to trust, since God and the angels are his protectors. Thus, a Muslim patrol facilitated the start of hostilities: in the holy month of rachab attacked a caravan in Najla, killed one of the travelers and returned to Medina with important booty. The city, outraged, crossed out the fighters of bandits. Muhammad waited for calm to subside, and then he made the verse known (2, 214/217 = 74): They ask you about the holy month, about the war on it. Answer: A combat in him is a grave sin, but to turn away from the path of God, to be unfaithful with him and the Sacred Mosque, to expel his devotees from her, is more serious for God …
When Muhammad died, the foundations of the five obligations that Islam imposes on his followers were firmly established: 1) to believe in the unity of God; 2) fulfill the prescribed prayers, three or four times a day: the number was subsequently increased to five, since it was fixed that the noon Friday prayer was obligatory for all, as was the sermon included in it and that Muhammad uttered whenever he could. Otherwise, he delegated his functions to an imam (magnet) and a jatib (preacher) who replaced him sporadically. He also instituted ritual ablutions; 3) pay a tax (azaque) for poor Muslims; 4) observe the fasting of Ramadan; and 5) if you have sufficient financial means, make the pilgrimage to Mecca.
The evolution of these master lines of the new religion, towards what until almost our days has been considered the dogma of Islam and that has been fossilized in different creeds (aqida), was a human work of a group of theologians with a very specific ideology. In a certain way, it can be thought what would have happened to the nascent Christianity if, instead of triumphing over the ideas of Saint Paul, it had been over those of Saint Peter (see Galatians 2, 11 ff.) On which the church had been instituted .

Among the women of the prophet we must distinguish: 1) those with which he consummated the marriage after having married them; 2) those who repudiated, without consummating the marriage; 3) those who died; 4) those he wanted, but with whom he did not marry; and 5) the slaves that he made his own. The Prophet married fifteen women and cohabited with thirteen of them; he repudiated two without touching them. There were times when he had eleven women; others, ten, and others, nine. When he died he left nine widows.
1, 1) The Prophet’s first wife was Jadicha, the daughter of Juwaylid b. Asad, son of Abd al-Uzza. Jadicha had been married before with Utayyiq b. Aid, of the tribe of majzum, with whom he had a daughter. After the death of Utayyiq, he had Abu Hala as his husband b. Zurara b. Niyas, from the tribe of tamim … After Abu Hala was dead, Jadicha married the Prophet and gave him four sons: Qasim, Tayyib, Tahir and Abd Allah; they all died as children. He also gave her four daughters: Ruqayya, Umm Kultum, Zaynab and Fatima. While Jadicha lived, the Prophet did not marry any other woman.

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