La Historia Empieza En Egipto: Eso Ya Existía En Tiempos De Los Faraones — José Miguel Parra / The History Begins In Egypt: That Already Existed In The Times Of The Pharaohs by José Miguel Parra (spanish book edition)

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Lo más interesante de este libro es que en lugar de una narración histórica, lo que se presentan son diversos episodios, cada uno dedicado a un tema de la vida del Antiguo Egipto: la vivienda, la comida, la religión, los tribunales… con curiosas anécdotas y paralelismos con las sociedades actuales. A pesar de la erudición del autor, está escrito en un estilo sencillo, huyendo del academicismo, y es una lectura recomendable para cualquier aficionado al Antiguo Egipto.
Además múltiples ilustraciones que aparecen en el libro hace que se disfrute doblemente. Muy didáctico y absorbente.
Como colofón el autor te lleva al antiguo Egipto y te pasea por sus calles, te mete en sus casas, te muestra la vida cotidiana de aquella sociedad, me encantó. Y cosa curiosa, bien mirado, la cosa no ha cambiado demasiado tantos miles de años después.

Al contrario que otras muchas civilizaciones, la faraónica no contó con un único relato de la creación, sino con muchos. Prácticamente, todos los dioses egipcios terminaron teniendo —o formando parte de— un relato mítico en el que participaban de forma directa en la cosmogonía de Egipto. De este modo se convertían en el dios creador del mundo, el demiurgo; al menos en el entorno inmediato de la ciudad de donde procedía su culto, y donde radicaba su templo principal. Los miembros de su clero sabían que de este modo incrementaban la confianza de los habitantes de la ciudad en el dios patrono de la misma, a la par que daban mayor relevancia al culto que se encargaban de mantener.
Todos los relatos de la creación faraónicos consideran que las aguas del Nun contenían en disolución los elementos necesarios para la generación del mundo. Dentro de ellas, el demiurgo existía en potencia y, dependiendo de cada mito, emergía de las aguas de un modo u otro para crearlo. Sólo la cosmología helipolitana variaba ligeramente, porque entendía el caos como la ausencia de todos los elementos de la vida, aunque su dios creador también surgía de él para crear el mundo.
Cierto que los egipcios consideraban que el dios sol tenía tres manifestaciones: Khepri (el renacido sol del amanecer), Ra (el poderoso sol del mediodía) y Atum (el envejecido sol del atardecer), pero en los relatos de la creación helipolitanos el demiurgo siempre se trata de Atum. El relato más antiguo que poseemos de esta cosmogonía se encuentra disperso en diversas recitaciones de los Textos de las pirámides.

Al igual que sucede con las imágenes de tipo sexual, los egipcios parecen haber sido muy remisos a representar en la esfera pública escenas de carácter «higiénico». En la decoración de las tumbas podemos ver todo tipo de acontecimientos cotidianos: fabricación del pan, cultivo de la tierra, tejeduría del lino, recuento del ganado, banquetes funerarios, fabricación de cerveza, etc.; pero nunca una persona lavándose y, mucho menos, realizando alguna actividad excretora más fisiológica —ni siquiera a modo de pequeño chiste, presente en un rincón poco iluminado del mausoleo, dispuesto a conseguir una sonrisa del visitante.
Respecto a la higiene personal, se conocen algunas escenas de tocador: una reina maquillándose en la intimidad de sus aposentos; un soldado al que le cortan el pelo en un campamento; un personaje al que le están haciendo la manicura; dos estoicos adolescentes a los que parece están circuncidando… mas tampoco se trata de imágenes demasiado habituales.
En cuanto a las actividades excretoras, no es que los egipcios se mostraran pacatos en su relación con la orina o las heces. De hecho, su contacto con ellas era más natural que en la actualidad.
Pese a este evidente conocimiento de la fontanería, las conducciones de agua no parecen haber sido utilizadas en Egipto sino con parsimonia y en contados edificios;4 nunca para proporcionar vías de salida a los desechos humanos en centros de población. No obstante, es cierto que se conocen varias poblaciones construidas a expensas del faraón que cuentan con algún desagüe.
La higiene personal en el hogar se limitaba a las duchas por motivos prácticos, porque si unos cuantos cubos de agua bastan para asearse adecuadamente, en un mundo sin tuberías ni agua corriente, una bañera se convertía en lujo extremo que nadie parece haber poseído en el antiguo Egipto. No obstante, los más pudientes contaban en sus casas con grandes jardines, cuyo elemento central era un estanque rodeado de árboles de todo tipo.

No sólo es violencia doméstica el aspecto físico de la misma, porque la presión psicológica es muchas veces peor que aquél. Se amagan golpes, se amenaza con hechos y se consigue un resultado quizá peor que si éstos tuvieran lugar; pues la persona hostigada se encuentra atemorizada por el futuro y vive en un estado de constante ansiedad. Es el caso del gobernante cananeo que aparece en El príncipe predestinado, quien no deseaba entregar la mano de su hija al que creía no era sino un advenedizo llegado de Egipto en busca de fortuna.
El Estado, ostentador del monopolio de la violencia, podía terminar actuando sin pretenderlo como parte activa en la violencia doméstica, cuando una de las partes en litigio conseguía engañar a un tribunal y éste imponía una pena a un inocente.
El acoso sexual se convertía en ocasiones en ataque físico, del cual conocemos algunos ejemplos. El primero tuvo lugar en Deir el-Medina y su protagonista fue Paneb, un personaje del que se conoce toda una vida de transgresiones y violencias —incluido un intento de asesinato contra su padre adoptivo—: «Memorándum relativo al hecho de que despojó a Iyem de sus vestidos y la tumbó sobre el remate de un muro y la forzó». No es el único caso conocido de violación, aunque en este caso los dos protagonistas sean varones: «Cargo relativo a la violación realizada por este marinero Panakhtta contra un trabajador del campo de la heredad de Khnum, señor de Elefantina».

Los egipcios eran muy conscientes, al menos algunos de ellos, de que no todas las profesiones eran igual de saludables y reconfortantes. Los escribas, la elite del mundo laboral en las Dos Tierras, sabían de su privilegiada posición y se afanaron en dejar constancia de ello en un texto titulado La sátira de los oficios. El objetivo del mismo no era tanto mofarse del resto de súbditos del faraón —al fin y al cabo sólo los escasos escribas sabían leer— como utilizar La sátira como libro de texto con el que alentar a los estudiantes a soportar la dura formación recibida. Sin embargo, el animus iocandi del texto nos proporciona una relación de los riesgos laborales de un elevado número de profesiones del antiguo Egipto: desde los campesinos hasta los carpinteros, pasando por los canteros, los correos reales o los pescadores.

Desgraciadamente, los funcionarios corruptos, los abusos de autoridad, el tráfico de información privilegiada y, a veces, la mera desidia o la incapacidad para ejercer el cargo que ocupan aparecen con (demasiada) asiduidad en los medios de comunicación. Esto, que podría considerarse un rasgo definidor del Estado moderno achacable a toda su complejidad, es en realidad una lacra social que venimos arrastrando desde hace más de 4.500 años, como comprobaron en sus carnes los súbditos del faraón.
En realidad, el problema parece haber empezado casi con el mismo Estado faraónico, gran constructor de pirámides. Construir una de ellas no es cosa sencilla y requería un cuidadoso control administrativo, tanto del personal como de su producción. Prueba de ello es que una gran mayoría de los bloques de piedra extraídos de las canteras con destino a la tumba del soberano reinante llevaba marcada con tinta datos como la fecha de extracción, el nombre del grupo de trabajadores encargado de transportarla y a qué zona del edificio estaba destinada.

El principal animal de carga era el burro, que ya aparece como parte importante de la civilización egipcia desde el predinástico, cuando los habitantes de Maadi lo utilizaban para transportar mercancías desde y hacia Siria-Palestina. Se trataba de caravanas como la que podemos ver en la llamada Paleta libia, donde una fila de asnos aparece acompañada por otra de toros y otra de cabras, todos ellos traídos como tributo de Libia. La relevancia económica y social de los burros queda de manifiesto en los tres enterramientos de estos animales encontrados en Abydos, justo al sur del palacio funerario del rey Aha. En realidad, esta temprana presencia del burro como animal de carga no es de extrañar, porque los especialistas consideran que fue en Egipto donde por primera vez se domesticó al asno salvaje africano.

Egiptólogos e historiadores, preocupados como siempre por interpretar los datos tangibles existentes, consideraron que el supuesto influjo alfabetizador recibido por los egipcios hubo de proceder de una zona cercana donde ya existiera la escritura y que hubiera mantenido algún tipo de contacto con Egipto. El único origen posible era Mesopotamia, pues la arqueología de los primeros momentos del Estado faraónico demuestra que los intercambios entre ambos mundos fueron amplios y duraderos.
Primero se trató de las marcas de propiedad dejadas en las cerámicas egipcias del 4000 a. C. Entre ellas existen numerosos dibujos que luego se incorporaron como signos jeroglíficos a su sistema de escritura, es decir, nos encontraríamos ante muestras de protoescritura. De ser cierto, tendríamos aquí un primer indicio de que la escritura fue inventada de forma independiente en el valle del Nilo. Los mercaderes mesopotámicos no tuvieron nada que ver en ello, pues, por las mismas fechas que en el país entre los ríos, en Egipto ya se estaban utilizando signos dotados de significado concreto para indicar el propietario o el contenido de recipientes de cerámica.
La segunda prueba del origen independiente de la escritura en el valle del Nilo se encontró no hace muchos años en el cementerio U de Abydos.
Respecto a la escritura egipcia, resulta curioso comprobar que no sufrió el tipo de evolución que, en Mesopotamia, llevó a la simplificación de los signos y a su abstracción. Los jeroglíficos egipcios, una vez asentados como sistema de escritura, permanecieron inalterables durante tres mil años. La ideología egipcia los necesitaba tal cual y así se conservaron; su objetivo era ser utilizados en monumentos e inscripciones públicas, donde su aspecto resultaba mucho más vistoso y llamativo que cualquier sistema cursivo. La única variación consistió en la evolución lingüística propia de la lengua y en la incorporación de nuevos signos. Sin embargo, desde el mismo momento de su aparición se hizo evidente que los jeroglíficos no eran prácticos como herramienta de escritura de uso diario. Por esa razón surgió, casi a la vez que ellos, la escritura hierática. El hierático es, sencillamente, un tipo de escritura cursiva , donde los jeroglíficos pierden su forma y se transforman en rápidos trazos de pincel, que recuerdan vagamente a los jeroglíficos de los que proceden.
Con el descubrimiento en 1799 de la piedra de Rosetta y su texto bilingüe (griego y egipcio) con dos tipos de escritura (jeroglífica y demótica), el camino hacia el desciframiento se hizo algo más sencillo. Entre los primeros en sacar provecho del decreto de Ptolomeo V que conserva el documento estuvo el profesor francés Silvestre de Sacy (1758-1838), capaz de identificar en el texto demótico varios de los nombres del texto griego. Un trabajo continuado por el diplomático sueco Johan David Åkerblad (1763-1819), quien aumentó la lista hasta identificar dieciséis nombres y palabras del texto demótico. Por su parte, el francés Étienne Quatremère (1782-1857) supo darse cuenta de que el demótico era en realidad la etapa final de la lengua egipcia. Quien más cerca estuvo de conseguir el premio del desciframiento fue el británico Thomas Young (1773-1829), quien no sólo supo averiguar que el demótico no era alfabético, sino que también se dio cuenta de que la forma de sus signos era similar a la de los jeroglíficos, pero sobre todo supo traducir (con algunos errores) los nombres de los faraones Ptolomeo y Berenice contenidos en los cartuchos de la piedra de Rosetta. En paralelo a Young, al otro lado del canal de la Mancha trabajaba Champollion (1790-1832), el cual no sólo tradujo el cartucho de Ptolomeo a la vez que el sabio británico (un polierudito enunciador de la teoría ondulatoria de la luz), sino que supo continuar después con los de Cleopatra, Berenice, Ramsés y Tutmosis en otros documentos. Comprendió entonces que los jeroglíficos eran de tres tipos: fonéticos, ideográficos y simbólicos. El paradigma del egipcio como una lengua simbólica había muerto por fin y el misterio de la lengua de los faraones quedaba resuelto. Oficialmente, el desciframiento tuvo lugar en 1822, cuando Champollion escribió su Lettre à M. Dacier relative à l’alphabet des hiéroglyphes phonétiques («Carta al Sr. Dacier relativa al alfabeto de los jeroglíficos fonéticos»), completada en 1824.

Pocos elementos como las representaciones artísticas egipcias demuestran con mayor claridad que nos encontramos ante unas gentes que pensaban y ordenaban su mundo de un modo por completo diferente al nuestro. Ahora estamos acostumbrados a ver copias fieles de las pinturas egipcias, y sus particularidades han pasado a convertirse en parte de nuestro acervo cultural. No fue así cuando llegaron a Europa por primera vez con la calidad y la cantidad necesarias, con la publicación de los volúmenes de La description de l’Égypte, tras la fracasada conquista de Egipto por parte de Napoleón. No obstante, se trataba de imágenes sin el «tono» adecuado, porque al observarlas ahora no nos parecen egipcias; los artistas franceses, hijos de la Academia, no fueron capaces de liberarse de su canon para copiar el faraónico con cierta fluidez. No obstante, produjeron toda una conmoción al mostrar un modo de representar la realidad que no encajaba en absoluto con lo que entonces era la norma, el neoclasicismo.
Para los egipcios, el arte no existía tal cual lo entendemos nosotros ahora. Los artesanos del faraón no creaban obras destinadas a la contemplación estética por parte de un observador que experimenta una sensación placentera al hacerlo, sino obras con una finalidad práctica que, para cumplir con su objetivo, deben atenerse a unas características concretas. Sin embargo, se da la paradójica circunstancia de que, para nosotros, occidentales modernos, las creaciones de los artesanos egipcios sí que son arte, precisamente porque tendemos a observarlas únicamente desde el punto de vista estético.
Los objetos y seres vivos siempre son presentados al espectador desde el punto de vista que más partes del mismo permitan ver. Esto significa, por ejemplo, que los animales (excepto los insectos y otros como lagartos y tortugas) casi siempre aparecerán de perfil con las cuatro patas y el rabo a la vista, pero con los cuernos de frente, o torcidos para que ambos sean visibles. Los árboles nos ofrecen su perfil, mientras que las hojas aparecen vistas desde arriba. En el caso de los objetos se ofrecerá una imagen similar. Si se trata de una caja aparecerá una vista frontal de la misma, con la tapa en planta y sobre ella los objetos que pueda contener en su interior. Así son visibles objetos que forman parte de ella, pero que si no quedarían ocultos. Lo mismo sucede con las casas, de las cuales vemos la fachada.

La única figura administrativa que aparece siempre en las reconstrucciones de la Administración egipcia es el visir, el segundo de a bordo tras el soberano. Se trata de uno de los cargos administrativos más antiguos, pues se ha interpretado que el primero de ellos ya aparece en la paleta de Narmer (Fig. 24.2). Un antecedente similar podría ser el de Hemaka (I dinastía), en cuya tumba se encontró un rollo de papiro en blanco, listo para ser usado por el primer escriba del reino. La más antigua mención del título data de la II dinastía y se refiere al visir Menka; pero el cargo sólo alcanza la madurez administrativa y política durante la IV dinastía. En egipcio, el máximo representante del faraón es conocido como tjaty, palabra que parece derivar de la palabra tja, que significa «hijo» o «cría». Visir es el nombre que se le ha terminado dando por convención entre los egiptólogos, porque sus funciones eran similares a las que realizaba para el sultán turco el funcionario del que toma el nombre. Conocido en todos los períodos de la historia faraónica, sus funciones nos son mejor conocidas durante el Reino Nuevo, porque aparecen descritas con detalle.

Los egipcios no sólo nos han dejado grandiosos monumentos de piedra, sino que muchos de sus logros literarios, ideológicos, iconográficos, etc., han conseguido sobrevivir en otras sociedades y hoy día forman parte de nuestra propia herencia cultural.
¿Quién nos iba a decir que los egipcios fueran tan modernos hace ya tantos miles de años? Siendo un problema muy actual, no se sabe si es un acicate para terminar con ella o algo desalentador que ya las mujeres en el antiguo Egipto sufrieran el mismo tipo de violencia doméstica que actualmente padecen otras muchas féminas por todo el mundo. Mucho más interesante resulta comprobar que ya por entonces, si bien golpeadas por los desalmados de siempre, al menos disfrutaron de una libertad jurídica que hubiera sido la envidia de las suffragettes de finales del siglo XIX y principios del XX en Europa.
Siempre al borde del hambre, los egipcios pasaron gran parte de su tiempo procurándose alimentos con los que sobrevivir y haciendo lo imposible, como se hace hoy, por escamotear a la voracidad recaudadora del fisco parte de sus ingresos. Sus alimentos nos son conocidos, pues continuamos consumiéndolos hoy día, pero por desgracia ignoramos las recetas que pudieran haber preparado para un banquete real los cocineros de palacio. Cerveza y pan, pan y cerveza parece una dieta bastante monótona.

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