Viajes Por El Antiguo Imperio Romano — Jorge García Sánchez / Travels through the Old Roman Empire by Javier García Sánchez (spanish book edition)

Sin duda este libro me pareció un gran descubrimiento. Un gran libro para conocer el mundo romano, el día a día de esas gentes. A mí me gustó especialmente al tratar los viajes marítimos. Fácil agradable en lectura y comprensión y didáctico.

La colonización y las iniciativas comerciales fenicias y helenas, unidas al imperialismo persa y cartaginés, aportaron una primitiva definición del esquema de los tres continentes contemplados por los antiguos, de los ríos que desembocaban en el mar interior y, en algunos casos, de las gentes que vivían en las riberas de esos cursos fluviales, vías interesantes para la penetración mercantil. La dinastía aqueménida aportó su granito de arena a las exploraciones que desvelaban los misterios de la esfera terrestre, aunque sólo fuera en su vano intento de dominar el orbe. Bajo el reinado de Darío I, hacia el 510 a. C., urgía perentoriamente adentrarse en las comarcas asiáticas con las que lindaba el Imperio persa, esto es, con la India, por razones estratégicas y económicas.
Los romanos asimismo destacaron como arquitectos, ingenieros y artesanos de lujo en las ciudades indias. Mavan Killi, soberano de otra dinastía tamil, la Chola, conquistó la capital Chera de Vanci Karur, en la que ordenó construir un pabellón ornamentado con profusión por parte de escultores indígenas y romanos, estos últimos reputados como los mejores expertos (también esculpían imágenes colosales de los bhuta, los espíritus de los difuntos, concepto que identificarían con su propia costumbre de retratar escultóricamente a los antepasados). En la alta sociedad, aristócratas y princesas apreciaban en grado sumo guardar sus alhajas y adornos de perlas, diamantes y corales en cofres fabricados por los artesanos romanos, algunos de ellos elaborados en cristal, y los monarcas conducían carros confeccionados con marfil, oro y piedras preciosas diseñados por aquellos. En determinadas cortes se puso incluso de moda el comunicarse en latín a fin de engañar a los oídos indiscretos.

Salvo por la rebelión en Judea de los años 132-135 d. C., el reinado del emperador Adriano (76-138 d. C.) se desenvolvió en un clima de paz y de un renacimiento cultural de corte filohelénico. Echando la vista atrás, nunca antes las fronteras del Imperio habían alcanzado tal extensión, y sólo la estabilidad política del gobierno de Augusto se asemejaba al vivido durante la edad de oro de la dinastía Antonina. Los cantores de las glorias imperiales bien se podían regodear en sus elogios al poder romano: el cese de las guerras, la mitigación de la piratería y del bandidaje o la mansa navegación entre Oriente y Occidente se acomodaban al carácter desapasionado y humanitario de un estoico como el filósofo Epicteto de Hierápolis, admirador de las bonanzas de la etapa adrianea.
Pero los romanos no se inspiraron en persas ni en griegos a la hora de pavimentar sus vías, sino en los cartagineses, según afirmaba Isidoro de Sevilla en sus Etimologías (s. VII d. C.). Una aseveración a aceptar con muchas reservas puesto que, no obstante a que el interior de las ciudades púnicas se empedrase, resta aún por demostrar que las arterias que articulaban el Estado cartaginés no fueran más que pistas de arena. Un referente todavía más cercano y seguro lo tuvieron en los etruscos, un pueblo que alcanzó altas cualidades técnicas, y cuyas obras de ingeniería comprendían caminos drenados, cloacas, puentes o acueductos. A partir de las industrias etruscas los romanos revolucionaron el arte de la construcción de carreteras, y una clave de esto residió en el enlosado del firme, que aunque hemos comprobado que como método disponía de referentes previos, ellos lo introdujeron a lo largo y ancho de la geografía abarcada en sus dominios, prolongándolo durante miles de kilómetros, hasta el punto de implantar las bases de la red viaria que diferentes regiones del mundo disfrutan en la actualidad.
En la plaza más emblemática de la antigua Roma, el Foro republicano, Augusto situó un particular «kilómetro 0», el miliarium aureum (el ‘miliario de oro’), en el año 20 a. C. En esta columna, sin muchos alardes monumentales, aunque revestida de materiales de calidad (bronce dorado e inscripción con letras de oro), se indicaban las distancias existentes entre la Urbe y las ciudades primordiales del Imperio.

El uso de viajar reclinado en litera se había copiado de Oriente, así que como costumbre no gozó tampoco del beneplácito de las mentalidades más austeras. En vida de Julio César se contemplaron como meros objetos ostentosos, que el dictador se ocupó de vetar, aunque a finales del siglo I d. C. las únicas a las que se les prohibía por ley eran las prostitutas y las mujeres que arrastraban alguna infamia. Por su lado, Séneca y Marcial se escandalizaban de su uso desmedido por parte de los retoños hedonistas de la nobleza, quienes habían cogido el gusto a ser trajinados por cuantos más esclavos mejor. Se entendía su conveniencia entre los incapacitados y los ancianos, pero que los mozos petimetres de la Urbe se dejasen ver zanganeando hasta la saciedad detrás de las cortinas de sus literas tan sólo manifestaba unas ansias de lucimiento esnob.

En la Antigüedad, navegar por el Mediterráneo no era un asunto que hubiera que tomarse a la ligera. En los meses primaverales y estivos, de clima benigno y cielos despejados, surcar las olas en un bajel cuyo piloto conociera los itinerarios delineados por los vientos y el curso de las corrientes no conllevaba mayor riesgo, aunque siempre había que permanecer alerta, pues los piratas no se tomaban vacaciones. Embarcarse en otoño y en invierno, en cambio, resultaba diametralmente opuesto, y quien cometiera la insensatez de soltar amarras lo hacía por su cuenta y riesgo.
Dependiendo de las estaciones y de las condiciones climáticas, los romanos distinguieron entre dos temporadas de navegación: el mar abierto, que comprendía desde el 27 de mayo hasta el 14 de septiembre, fechas que, asumiendo ciertas inseguridades, se podían ampliar a un período más laxo, a partir del 10 de marzo y hasta el 11 de noviembre. El plazo restante constituía el mare clausum, que sobre el calendario significaba que el Mediterráneo se cerraba a la navegación oficial, y su transgresión dejaba desasistidos jurídicamente a los infractores en casos de naufragios, de pérdidas de las mercancías, etc.
En torno a las cuencas del conjunto portuario del siglo II, y del estuario de la corriente tiberina, la boyante economía mercantil favoreció el crecimiento de dos poblaciones, Portus y Ostia respectivamente. Los navegantes, armadores (navicularii) y mercantes (mercatores, negotiatores) de medio mundo poseían agentes y oficinas o stationes que velaban por sus intereses económicos en Ostia, además de en la propia Roma. Al carecer el Estado de una marina mercante, recaía sobre la empresa privada el movilizar sus navíos a fin de llevar de un lado a otro del Mediterráneo los cargamentos, sobre todo de cereal. Aunque siempre al amparo de la Administración, que procuraba a las sociedades mercantiles y a los collegia de transportistas, propietarios de las embarcaciones, exenciones fiscales y prerrogativas jurídicas a cambio de su trabajo, y nombraba a un prefecto de la annona, la máxima autoridad portuaria, pero con base en Roma, al contrario que su representante en Ostia, el propretor annonae.

La piratería que heredó Roma, sin embargo, estuvo más relacionada con la situación político-económica del Mediterráneo en época helenística. En el puzle de los poderosos reinos que surgieron de la descomposición del Imperio de Alejandro Magno, determinadas regiones restaron arrinconadas, con una agricultura empobrecida y unas posibilidades de subsistencia marginales, pero que sin embargo encontraron en el acoso a la navegación mercantil de los estados adyacentes una manera fácil de enriquecerse. Hablamos de zonas de la cuenca mediterránea caracterizadas por su geografía intrincada, cuya abundancia de refugios y de calas naturales favoreció la proliferación de nidos de piratas desde donde lanzar sus razias: los ilirios, los dálmatas, los cretenses, los cilicios y los etolios que actuaban en los mares Adriático y Egeo (en general también en el Mediterráneo oriental) se nombran de ordinario entre los pueblos orientados hacia esta vía delictiva de lucro en la Antigüedad romana, a los que habían dado paso los cartagineses, etruscos, fenicios y foceos que en períodos anteriores dominaron el pillaje de los mares.
Su modus operandi consistía en el abordaje de los barcos cargados de mercancías, de cuyas rutas se enteraban sonsacando a los marineros en las tabernas portuarias, lo cual no excluía el saqueo sistemático de poblaciones costeras –o la recaudación de contribuciones a fin de no hacerlo–, la venta de esclavos y la obtención de rescates de personajes de alcurnia capturados. Julio César fue uno de esos nombres ilustres de los que cayeron en poder de los piratas (en un trayecto a Rodas, en el 75 a. C.), en concreto de una banda de cilicios.
Hay que reseñar que los piratas actuaron de agentes de relieve en la circulación de géneros y personas a lo largo del Mediterráneo, pues abastecían los mercados de la Jonia, de las islas egeas, del norte de África y el litoral palestino con el resultado de sus correrías marítimas, hasta el punto de que una ley emitida en el 101 a. C. prohibía a las ciudades del Asia Menor bajo protectorado romano el que admitieran a los piratas como proveedores habituales. En Creta, y sobre todo en Delos, que controlaba la redistribución de artículos en las islas Cícladas, se ubicaba el mercado de compraventa de esclavos por excelencia del Mediterráneo oriental.

Egipto hechizaba la imaginación de griegos y romanos gracias a la milenaria historia de sus monumentos y a la fascinación que avivaba la naturaleza misteriosa y salvaje del Nilo. «Egipto es un don del Nilo», había asegurado Heródoto de esta inagotable fuente de la riqueza agrícola del país. A los señores romanos les llamaba la atención su exotismo y la ferocidad de su población animal, aspectos que alimentaban el tópico del trotamundos temerario y que hicieron figurar en los frescos y en los mosaicos que decoraban villas y edificaciones cultuales. El mosaico nilótico de Cardiff (Gales), extraído de la Villa de Casio en Tívoli, representaba los peligros a los que desafiaban un grupo de atrevidos viajeros, además de sus bateleros, durante una navegación fluvial perturbada por cocodrilos de mirada aterradora e hipopótamos encolerizados. En el mosaico egiptizante de Praeneste, quizá el pavimento que ornamentaba un templo consagrado a Isis o a Serapis en el foro de la actual Palestrina (cerca de Roma), al observador se le descubría la cara y la cruz de la subsistencia en el valle del Nilo en torno al año 100 a. C.: desde las incivilizadas zonas del Alto Egipto.
Alejandría respiraba cultura helena por todos sus poros, y al turista que gustase de francachelas y convites al estilo griego le quedaba la opción de mimetizarse con los paisanos en la contigua ciudad de Canopo, proverbial por la informal «vida canópica» que fluía en hostales, tabernas, restaurantes y balnearios al borde del canal, o alrededor del Serapeion. El auténtico Egipto, no obstante, comenzaba al abandonar el Delta, con el Nilo como vía procesional por la cual marchaban los peregrinos encaminados hacia los complejos religiosos y las solemnidades festivas, codo con codo con los viajeros haciendo turismo. Las cartas conservadas en papiros nos confirman que ambas intenciones se manifestaban inseparables una de la otra.

La peregrinación, entonces, no se limitaba a acumular lugares, ni monumentos turísticos, sino en especial vivencias. La experiencia de conversar con vírgenes y monjes de los grupos monásticos, de observar a los ascetas en plena acción –e inacción–, de recolectar narraciones que compartir en casa… Esta era la clase de viaje que anhelaba cumplir la monja galaica Egeria en la década de los ochenta del siglo IV d. C. en su peregrinaje de tres años por Palestina, Egipto, Asia Menor, Siria y Mesopotamia, y por ello escribió un diario para que a través de su lectura, sus hermanas conventuales imaginaran la odisea de Egeria en aquellos remotos parajes, y «escucharan» las palabras de sus interlocutores.
El empeño de aproximarse a gentes imbuidas de santidad orientaba el tour religioso hacia Egipto, en cuyas zonas áridas se ocultaban de la mundanidad los monjes y los ascetas. En el siglo III d. C. las persecuciones protagonizadas por Decio, Valeriano y Diocleciano estrecharon el cerco en torno a los cristianos, quienes hallaron en los desiertos del país nilótico un cobijo en el que esconderse, o en el cual materializar las formas de vida virtuosa y de pobreza que abrazaban entre sus principios.
La manía de adquirir souvenires en los viajes turísticos que nuestra época certifica, y a la que no fueron extraños los romanos en sus periplos por los santuarios paganos, se reprodujo ahora entre los peregrinos cristianos. Algunos reunieron colecciones de recuerdos de Tierra Santa que atesoraban como su bien más valioso y se iban con ellas a la tumba, sepultadas junto al cadáver como ajuares de prestigio. Un souvenir imprescindible parece haber sido las ampullae, frascos, usualmente cerámicos, en los que se vertía el aceite que mantenía encendidas las llamas de las lámparas que iluminaban el interior de los martyria. En su superficie se inscribían textos del Nuevo Testamento, y se decoraban con relieves que mostraban episodios bíblicos, anunciaciones, natividades, escenas de la Pasión, de la Resurrección, o imágenes de los edificios y paisajes venerados por los cristianos. Quien más quien menos rellenaba una botellita con arena de los desiertos de Egipto y de Palestina, o con agua de los ríos aludidos en las escrituras, que conservaba para siempre. Quien más quien menos lo tiene por una usanza habitual en pleno siglo XXI.

No doubt this book is simply a great discovery. A great book to know the Roman world, the day to day of those people. I especially liked when dealing with sea trips. Easy pleasant in reading and comprehension and didactic.

The colonization and the Phoenician and Hellenic commercial initiatives, united to the Persian and Carthaginian imperialism, contributed a primitive definition of the scheme of the three continents contemplated by the old ones, of the rivers that ended at the inner sea and, in some cases, of the people who lived on the banks of these river courses, interesting roads for market penetration. The Achaemenid dynasty contributed its grain of sand to the explorations that revealed the mysteries of the terrestrial sphere, even if only in its vain attempt to dominate the orb. Under the reign of Darío I, towards 510 a. C., peremptorily urged to enter the Asian regions with which the Persian Empire adjoined, that is, with India, for strategic and economic reasons.
The Romans also excelled as architects, engineers and luxury artisans in Indian cities. Mavan Killi, sovereign of another Tamil dynasty, the Chola, conquered the capital Chera de Vanci Karur, in which he ordered to build an ornate pavilion profusely by indigenous and Roman sculptors, the latter reputed to be the best experts (they also sculpted colossal images of the Bhuta, the spirits of the deceased, a concept that they would identify with their own custom of sculpturally portraying the ancestors). In high society, aristocrats and princesses were highly prized to keep their jewelry and ornaments of pearls, diamonds and coral in chests made by Roman craftsmen, some of them made of glass, and the monarchs drove cars made of ivory, gold and stones beautiful designed by those. In certain courts it was even fashionable to communicate in Latin in order to deceive indiscreet ears.

Except for the rebellion in Judea of ​​the years 132-135 d. C., the reign of Emperor Adriano (76-138 AD) was developed in a climate of peace and a cultural renaissance of philo-Hellenic cut. Looking back, never before had the borders of the Empire reached such an extension, and only the political stability of Augusto’s government resembled that lived during the golden age of the Antonina dynasty. The singers of the imperial glories could well bask in their praise of the Roman power: the cessation of wars, the mitigation of piracy and banditry or the gentle navigation between East and West accommodated the dispassionate and humanitarian character of a Stoic like the philosopher Epictetus of Hierapolis, admirer of the bonanzas of the Adriaan period.
But the Romans were not inspired by Persians or Greeks at the time of paving their roads, but in the Carthaginians, according to Isidore of Seville in his Etymologies (seventh century AD). An assertion to accept with many reservations since, despite the fact that the interior of the Punic cities was paved, it still remains to prove that the arteries that articulated the Carthaginian State were no more than sand tracks. An even closer and sure reference was to the Etruscans, a town that achieved high technical qualities, and whose engineering works included drained roads, sewers, bridges or aqueducts. From the Etruscan industries the Romans revolutionized the art of road construction, and a key to this was the pavement of the road, which although we found that as a method had prior references, they introduced it throughout the length and breadth of the geography covered in its domains, extending it for thousands of kilometers, to the point of implementing the bases of the road network that different regions of the world enjoy today.
In the most emblematic square of ancient Rome, the Republican Forum, Augusto placed a particular “kilometer 0”, the miliarium aureum (the ‘miliary of gold’), in the year 20 a. In this column, without many monumental boasts, although coated with quality materials (gilded bronze and inscription with gold letters), the distances between the city and the primordial cities of the Empire were indicated.

The use of travel reclining on a litter had been copied from the East, so as usual it did not enjoy the approval of the most austere mentalities either. In the life of Julius Caesar they were seen as mere ostentatious objects, which the dictator took care to veto, although at the end of the first century AD. C. the only ones that were forbidden by law were prostitutes and women who dragged some infamy. For his part, Seneca and Marcial were scandalized by its excessive use by the hedonistic offshoots of the nobility, who had taken the pleasure to be trajinado by how many more slaves better. It was understood their convenience among the disabled and the elderly, but that the young foppies of the city were allowed to see themselves zanganeando ad nauseum behind the curtains of their bunk only showed a desire for splendid show.

In Antiquity, navigating the Mediterranean was not an issue that should be taken lightly. In the spring and summer months, with a mild climate and clear skies, riding the waves on a vessel whose pilot knew the itineraries outlined by the winds and the course of the currents did not entail a greater risk, although one always had to remain alert, since the pirates They did not take vacations. Embarking in autumn and winter, on the other hand, was diametrically opposed, and anyone who committed the folly of letting go was doing it at his own risk.
Depending on the seasons and weather conditions, the Romans distinguished between two seasons of navigation: the open sea, which ran from May 27 to September 14, dates that, assuming certain insecurities, could be extended to a longer period lax, from March 10 and until November 11. The remaining term constituted the mare clausum, which on the calendar meant that the Mediterranean was closed to official navigation, and its transgression left juridically unassisted the offenders in cases of shipwrecks, loss of goods, etc.
Around the basins of the port complex of the second century, and the estuary of the tiberina current, the buoyant mercantile economy favored the growth of two populations, Portus and Ostia respectively. The navigators, shipowners (navicularii) and merchants (merchants, negotiatores) of half the world possessed agents and offices or stations that looked after their economic interests in Ostia, as well as in Rome itself. When the State lacked a merchant marine, it fell to the private enterprise to mobilize its ships in order to carry shipments from one side of the Mediterranean, especially cereal. Although always under the protection of the Administration, which sought commercial companies and collegia transportistas, owners of vessels, tax exemptions and legal privileges in exchange for their work, and appointed a prefect of the annona, the highest port authority, but based in Rome, unlike his representative in Ostia, the annonae propretor.

The piracy that Rome inherited, however, was more related to the politico-economic situation of the Mediterranean in Hellenistic times. In the puzzle of the powerful kingdoms that arose from the decomposition of the Empire of Alexander the Great, certain regions remained cornered, with an impoverished agriculture and a marginal subsistence possibilities, but that nevertheless found in the harassment to the mercantile navigation of the adjacent states an easy way to get rich. We speak of areas of the Mediterranean basin characterized by their intricate geography, whose abundance of shelters and natural coves favored the proliferation of pirate nests from which to launch their razias: the Illyrians, the Dalmatians, the Cretans, the Cilicians and the Aetolians who acted in the Adriatic and Aegean seas (in general also in the eastern Mediterranean) are usually named among the people oriented towards this criminal path of profit in Roman antiquity, which had given way to the Carthaginians, Etruscans, Phoenicians and Phocians who in previous periods dominated the pillage of the seas.
Its modus operandi consisted of boarding ships loaded with merchandise, whose routes they learned by drawing sailors in port taverns, which did not exclude the systematic plundering of coastal populations -or the collection of contributions in order not to do so- , the sale of slaves and the obtaining of ransoms of captured characters. Julio César was one of those illustrious names of those who fell into the hands of pirates (on a trip to Rhodes, in 75 BC), specifically a band of hair shirts.
It should be noted that the pirates acted as agents of relief in the circulation of goods and people throughout the Mediterranean, as they supplied the markets of the Ionia, the Aegean islands, North Africa and the Palestinian coast with the result of their maritime raids, to the point that a law issued in 101 a. C. prohibited the cities of Asia Minor under the Roman protectorate to admit pirates as usual providers. In Crete, and especially in Delos, which controlled the redistribution of goods in the Cyclades, was the market for slave trading par excellence of the eastern Mediterranean.

Egypt enchanted the imagination of Greeks and Romans thanks to the ancient history of its monuments and the fascination that stoked the mysterious and wild nature of the Nile. “Egypt is a gift of the Nile,” Herodotus had assured of this inexhaustible source of the agricultural wealth of the country. The Roman lords were intrigued by their exoticism and the ferocity of their animal population, aspects that nurtured the topic of the reckless wanderer and that were included in the frescoes and mosaics that decorated villages and cultural buildings. The Nilotic mosaic of Cardiff (Wales), taken from the Villa de Casio in Tivoli, represented the dangers that were challenged by a group of daring travelers, in addition to their boatmen, during a fluvial navigation disturbed by frightening looking crocodiles and angry hippos. In the Egyptite mosaic of Praeneste, perhaps the pavement that decorated a temple dedicated to Isis or Serapis in the forum of present-day Palestrina (near Rome), the observer was discovered the face and the cross of subsistence in the Nile valley around the year 100 a. C .: from the uncivilized areas of Upper Egypt.
Alexandria breathed Hellenic culture through all its pores, and the tourist who liked frolics and treats in the Greek style had the option of camouflaging with the countrymen in the adjacent city of Canopo, proverbial for the informal “canopic life” that flowed in hostels, taverns, restaurants and spas on the edge of the canal, or around the Serapeion. The authentic Egypt, nevertheless, began when leaving the Delta, with the Nile as a processional way for which the pilgrims marched towards the religious complexes and the festive solemnities marched side by side with the travelers doing tourism. The letters preserved in papyri confirm us that both intentions were manifest inseparable from each other.

The pilgrimage, then, was not limited to accumulating places, or tourist monuments, but especially experiences. The experience of conversing with virgins and monks of the monastic groups, of observing the ascetics in full action -and inaction-, of collecting narrations to share at home … This was the kind of trip that the nun galaxy Egeria wanted to fulfill in the decade from the eighties of the fourth century d. C. on his three-year pilgrimage through Palestine, Egypt, Asia Minor, Syria and Mesopotamia, and for this reason he wrote a diary so that through his reading, his convent sisters could imagine the odyssey of Egeria in those remote places, and “listen to »The words of your interlocutors.
The effort to approach people imbued with sanctity guided the religious tour to Egypt, in whose arid areas the monks and ascetics hid from the worldliness. In the third century d. C. the persecutions carried out by Decio, Valeriano and Diocleciano narrowed the encirclement around the Christians, who found in the deserts of the nilotic country a shelter in which to hide, or in which to materialize the forms of virtuous life and poverty that they embraced between its principles.
The mania of acquiring souvenirs in the tourist trips that our times certify, and to which the Romans were not strangers in their journeys through the pagan sanctuaries, was reproduced now among the Christian pilgrims. Some gathered collections of memories of the Holy Land that they treasured as their most valuable asset and went with them to the grave, buried next to the corpse as prestige trousseaus. An essential souvenir seems to have been the ampullae, jars, usually ceramic, in which the oil that lit the flames of the lamps that illuminated the interior of the martyria was poured. On its surface were inscribed texts of the New Testament, and were decorated with reliefs that showed biblical episodes, annunciations, nativities, scenes of the Passion, of the Resurrection, or images of buildings and landscapes venerated by Christians. Who else who less stuffed a bottle with sand from the deserts of Egypt and Palestine, or water from the rivers referred to in the scriptures, which he kept forever. Who else who least has it for a customary use in the XXI century.

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