Comunidades Imaginadas. Reflexión Sobre El Origen Y La Difusión Del Nacionalismo — Benedict Anderson / Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism by Benedict Anderson

Este libro es muy interesante tanto en cuanto Benedict Anderson estableció en esta obra una definición sobre la idea de nación que podemos considerar canónica. En ella afirma que una nación es: “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana”. Además de hacer un análisis de los elementos que componen la idea de nación Anderson también examina las causas históricas del nacionalismo, cuyo surgimiento está vinculado al fin de la hegemonía religiosa en Europa tras las guerras de religión del siglo XVII y la posterior creación de los Estados-nación. También se destaca como importante en el surgimiento de las naciones y el nacionalismo el auge de las lenguas vernáculas, las cuales han sido uno de los ejes articuladores de la idea de nación en Europa.
Anderson, pone la guinda al pastel y descubre un nuevo campo de analisis. La imaginacion y su practica social aplicada al monton de teoría.

La nación, la nacionalidad, el nacionalismo, son términos que han resultado notoriamente difíciles de definir, ya no digamos de analizar. En contraste con la influencia inmensa que el nacionalismo ha ejercido sobre el mundo moderno, una teoría verosímil acerca del nacionalismo es claramente escasa. Hugh Seton-Watson, autor de un texto sobre el nacionalismo, que es con mucho el mejor y más comprensivo en lengua inglesa, heredero de una vasta tradición de historiografía y de ciencia social liberal, observa con tristeza: «Me veo impulsado a concluir así que no puede elaborarse ninguna “definición científica” de la nación; pero el fenómeno ha existido y existe».
No hay emblemas de la cultura moderna del nacionalismo más imponentes que los cenotafios y las tumbas de los Soldados Desconocidos. La reverencia ceremonial pública otorgada a estos monumentos, justo porque están deliberadamente vacíos o nadie sabe quién yace allí, no tiene verdaderos precedentes en épocas anteriores. Para sentir la fuerza de esta modernidad, sólo tenemos que imaginar la reacción general ante el ingenioso que «descubrió» el nombre del Soldado Desconocido o insistió en llenar el cenotafio con ciertos huesos reales. ¡Un extraño sacrilegio contemporáneo! Pero aunque estas tumbas estén vacías de restos mortales identificables o de almas inmortales, están saturadas de imaginerías nacionales fantasmales.

Sería miope la concepción de las comunidades de naciones imaginadas como algo que simplemente surgió de las comunidades religiosas y los reinos dinásticos para sustituirlos. Debajo de la declinación de las comunidades, las lenguas y los linajes sagrados, estaba ocurriendo un cambio fundamental en los modos de aprehensión del mundo que, más que cualquier otra cosa, permitía «pensar» a la nación.
Para tener una idea de este cambio, podemos pasar con provecho a las representaciones visuales de las comunidades sagradas, con los relieves y las ventanas devitrales de las iglesias medievales, o las pinturas de los primeros maestros italianos y flamencos. Un aspecto característico de tales representaciones es algo engañosamente análogo al «ropaje moderno». Los pastores que han seguido la estrella hasta el pesebre donde nació Cristo tienen las características de los campesinos de Burgundia. La virgen María se representa como si fuera la hija de un comerciante toscano. En muchas pinturas, el patrón que las encarga, vestido como burgués o como noble, aparece al lado de los pastores. Lo que parece incongruente ahora, aparecía obviamente natural a los ojos de los adoradores medievales. Afrontamos un mundo donde la representación de la realidad imaginada era predominantemente visual y auditiva. El cristianismo asumió su forma universal a través de una miríada de especificaciones y particularidades: este relieve, esa ventana, este sermón, ese cuento, este drama moralizante, esa reliquia. Mientras que el clero transeuropeo que leía el latín era un elemento esencial de la estructuración de la imaginación cristiana, la mediación de sus concepciones ante las masas analfabetas, mediante creaciones visuales y auditivas, siempre personales y particulares, no era menos vital.

Si el desarrollo de la imprenta como una mercancía es la clave para la generación de ideas del todo nuevas de simultaneidad, nos encontramos simplemente en el punto en que se vuelven posibles las comunidades del tipo «horizontal-secular, de tiempo transverso». ¿Por qué se hizo tan popular la nación dentro de ese tipo? Los factores que intervienen son desde luego complejos y diversos, pero puede demostrarse claramente la primacía del capitalismo.
En 1500 se habían impreso ya por lo menos 20 000 000 de libros, lo que señala el inicio de la «época de la reproducción mecánica» de Benjamin. Si el conocimiento manuscrito era algo escaso y arcano, el conocimiento impreso sobrevivía por su capacidad de reproducción y diseminación. Si, como creen Febvre y Martin, para 1600 se habían producido cerca de 200 000 000 de volúmenes, no es extraño que Francis Bacon creyera que la imprenta había cambiado «la apariencia y el estado del mundo».
En el siglo XVI era muy pequeña la proporción de bilingües dentro de la población total de Europa; muy probablemente no era mayor que la proporción en la población del mundo actual, y —a pesar del internacionalismo proletario— en los siglos venideros. Entonces, como ahora, el grueso de la humanidad era monolingüe. La lógica del capitalismo significaba entonces que, una vez saturado el mercado elitista del latín, llegaría el momento de los mercados potencialmente enormes representados por las masas monolingües. En realidad, la Contrarreforma alentó un resurgimiento temporal de las publicaciones en latín, pero ese movimiento estaba en decadencia a mediados del siglo XVII, mientras que las bibliotecas fervientemente católicas estaban repletas. Mientras tanto, una escasez de dinero que afectaba a toda Europa hacía que los impresores pensaran más y más en la venta de ediciones baratas en lenguas vernáculas.
El impulso revolucionario de las lenguas vernáculas por el capitalismo se vio reforzado por tres factores externos, dos de los cuales contribuyeron directamente al surgimiento de la conciencia nacional. El primero, y en última instancia el menos importante, fue un cambio en el carácter del latín mismo. Gracias a los esfuerzos de los humanistas por revivir la abundante literatura de la Antigüedad precristiana, y por difundirla por medio del mercado de las impresiones, una nueva apreciación de los logros estilísticos refinados de los antiguos era evidente entre la intelligentsia transeuropea.
El segundo factor fue la repercusión de la Reforma, que al mismo tiempo debía gran parte de su éxito al capitalismo impreso. Antes de la época de la imprenta, Roma ganaba fácilmente todas las guerras libradas en contra de la herejía en Europa occidental porque siempre tenía mejores líneas de comunicación interna que sus enemigos. Pero en 1517, cuando Martín Lutero clavó sus tesis en las puertas de la catedral de Wittenberg, tales tesis estaban impresas en una traducción alemana, y «en el término de 15 días [habían sido] vistas en todos los rincones del país».
El tercer factor fue la difusión lenta, geográficamente dispareja, de lenguas vernáculas particulares como instrumentos de la centralización administrativa, realizada por ciertos aspirantes a monarcas absolutistas privilegiados.

Estas lenguas impresas echaron las bases de la conciencia nacional en tres formas distintas. En primer lugar y sobre todo, crearon campos unificados de intercambio y comunicaciones por debajo del latín y por encima de las lenguas vernáculas habladas. Los hablantes de la enorme diversidad de franceses, ingleses o españoles, para quienes podría resultar difícil, o incluso imposible, entenderse recíprocamente en la conversación, pudieron comprenderse por la vía de la imprenta y el papel. En el proceso, gradualmente cobraron conciencia de los centenares de miles, incluso millones, de personas en su campo lingüístico particular, y al mismo tiempo que sólo esos centenares de miles, o millones, pertenecían a ese campo.
En segundo lugar, el capitalismo impreso dio una nueva fijeza al lenguaje, lo que a largo plazo ayudó a forjar esa imagen de antigüedad tan fundamental para la idea subjetiva de la nación. Como nos lo recuerdan Febvre y Martin, el libro impreso conservó una forma permanente, capaz de una reproducción virtualmente infinita, en lo temporal y lo espacial. Ya no estaba sujeto a los hábitos individualizantes e «inconscientemente modernizantes» de los monjes amanuenses.
Tercero, el capitalismo impreso creó lenguajes de poder de una clase diferente a la de las antiguas lenguas vernáculas administrativas. Ciertos dialectos estaban inevitablemente «más cerca» de cada lengua impresa y dominaban sus formas finales.

Las bases socioeconómicas de la resistencia a la metrópoli en el hemisferio occidental, digamos entre 1760 y 1830, que de discernir por qué la resistencia se concibió en formas «nacionales», plurales, y no en otras. Son bien conocidos los intereses económicos en juego, que obviamente tenían una importancia fundamental. El liberalismo y la Ilustración ejercieron claramente un efecto poderoso, sobre todo proveyendo un arsenal de críticas ideológicas contra los imperiales anciens régimes. Lo que estoy proponiendo es que ni el interés económico, ni el liberalismo o la Ilustración, podrían haber creado por sí solos la clase o la forma de la comunidad imaginada que habrá de defenderse contra las depredaciones de estos regímenes; dicho de otro modo, ninguno de estos conceptos proveyó el marco de una nueva conciencia —la periferia de una imagen que apenas se distingue— por oposición a los objetos centrales de su agrado o aversión. Al realizar esta tarea específica, los funcionarios criollos peregrinos y los impresores criollos provinciales desempeñaron un papel histórico decisivo.
Los movimientos de independencia en los países de América se convirtieron, en todo lo que se escribió al respecto, en «conceptos», «modelos», y en realidad en «proyectos originales». En la «realidad», el temor que asaltaba a Bolívar sobre las insurrecciones de los negros, y el llamado que hizo San Martín a los indígenas para que se unieran a la peruanidad, los empujó al caos. Pero las palabras impresas acabaron casi de inmediato con los temores de Bolívar, de modo que aparecían como una anomalía sin importancia, si es que eran recordados. La confusión americana creó estas realidades imaginadas: Estados nacionales, instituciones republicanas, ciudadanías comunes, soberanía popular, banderas e himnos nacionales, etc., así como la liquidación de sus opuestos conceptuales: Imperios dinásticos, instituciones monárquicas, absolutismos, sometimientos, noblezas heredadas, servidumbre, ghettos, etc.

Desde mediados del siglo XIX surgió lo que Seton-Watson llama «nacionalismos oficiales» en Europa. Estos nacionalismos fueron históricamente «imposibles» una vez que aparecieron los nacionalismos lingüísticos populares, porque en el fondo eran la respuesta de los grupos de poder —primordial pero no exclusivamente dinásticos ni aristocráticos— amenazados con la exclusión o la marginación en las comunidades populares imaginadas. Se iniciaba una especie de trastorno estructural que, después de 1918 y 1945, arrojó a estos grupos al desagüe en Estoril y Montecarlo. Tales nacionalismos oficiales eran políticas conservadoras, por no decir reaccionarias, adaptadas del modelo de los nacionalismos populares, en gran medida espontáneos, que los precedieron. Tampoco se confinaban, en última instancia, a Europa y el Levante. En nombre del imperialismo, las mismas clases de grupos implantaron políticas muy similares en los vastos territorios asiáticos y africanos sometidos en el transcurso del siglo XIX.[62] Por último, refractadas en culturas e historias no europeas, fueron recogidas e imitadas por grupos autóctonos gobernantes en las pocas zonas (como Japón y Siam) que escaparon al sometimiento directo.
En casi todos los casos, el nacionalismo oficial ocultaba una discrepancia entre la nación y el reino dinástico. De aquí surgía una contradicción por todo el mundo: los eslovacos habrían de ser magiarizados, los hindúes anglicanizados y los coreanos japonizados, pero no se les permitiría unirse a las peregrinaciones que pudieran llevarlos a administrar magiares, ingleses o japoneses. El banquete al que estaban invitados resultaba ser siempre una fiesta ilusoria. La razón de todo esto no era sólo el racismo; era también el hecho de que en el núcleo de los imperios también estaban surgiendo naciones.

Podría parecer paradójico que los objetos de todos estos apegos sean «imaginados»: tagalos, tribus exterminadas, la Madre Rusia, o el tanah air, compatriotas anónimos, sin rostro. Pero el amor patriae no difiere en este sentido de los otros afectos, en los que hay siempre un elemento de imaginación afectuosa. (Por eso la contemplación de álbumes fotográficos de bodas de extraños se asemeja al estudio del plan de trabajo del arqueólogo en los Jardines Colgantes de Babilonia). Lo que el ojo es para el amante —el ojo particular con el que se nace—, la lengua es para el patriota —cualquiera que sea la que la historia le haya dado como lengua materna—. Mediante esa lengua, encontrada en el regazo de la madre y abandonada sólo en la tumba, los pasados se respetan, las camaraderías se imaginan y los futuros se sueñan.

El modelo del nacionalismo oficial adquiere su pertinencia sobre todo en el momento en que los revolucionarios toman el control del Estado, y se encuentran por primera vez en posibilidad de usar el poder de éste para realizar sus sueños. La pertinencia es mayor en la medida en que incluso los revolucionarios más decisivamente radicales heredan siempre, hasta cierto punto, el Estado del régimen derrocado. Algunos de estos legados son simbólicos, pero no por ello son menos importantes.

This book is very interesting as Benedict Anderson established in this work a definition of the idea of ​​a nation that can be considered canonical. In it he affirms that a nation is: “a political community imagined as inherently limited and sovereign.” In addition to making an analysis of the elements that make up the idea of ​​nation Anderson also examines the historical causes of nationalism, whose emergence is linked to the end of religious hegemony in Europe after the wars of religion of the seventeenth century and the subsequent creation of States -nation. The rise of vernacular languages, which have been one of the articulating axes of the idea of ​​nation in Europe, also stands out as important in the emergence of nations and nationalism.
Anderson, put the icing on the cake and discover a new field of analysis. The imagination and its social practice applied to a lot of theory.

The nation, nationality, nationalism, are terms that have been notoriously difficult to define, let alone analyze. In contrast to the immense influence that nationalism has exerted on the modern world, a plausible theory about nationalism is clearly scarce. Hugh Seton-Watson, author of a text on nationalism, which is by far the best and most comprehensive in the English language, heir to a vast tradition of historiography and liberal social science, notes sadly: “I am driven to conclude like this that no “scientific definition” of the nation can be made; but the phenomenon has existed and exists ».
There are no emblems of the modern culture of nationalism more imposing than the cenotaphs and tombs of the Unknown Soldiers. The public ceremonial reverence given to these monuments, just because they are deliberately empty or nobody knows who is lying there, has no true precedents in earlier times. To feel the strength of this modernity, we have only to imagine the general reaction to the ingenious who “discovered” the name of the Unknown Soldier or insisted on filling the cenotaph with certain real bones. A strange contemporary sacrilege! But although these tombs are empty of identifiable mortal remains or immortal souls, they are saturated with ghostly national imagery.

The conception of imagined communities of nations as something that simply arose from religious communities and dynastic kingdoms to replace them would be short-sighted. Beneath the decline of communities, languages ​​and sacred lineages, a fundamental change was taking place in the modes of apprehension of the world that, more than anything else, allowed the nation to “think”.
To get an idea of ​​this change, we can benefit from the visual representations of the sacred communities, with the reliefs and the devitral windows of the medieval churches, or the paintings of the first Italian and Flemish masters. A characteristic aspect of such representations is somewhat deceptively analogous to the “modern garment.” The shepherds who followed the star to the manger where Christ was born have the characteristics of the Burgundian peasants. The Virgin Mary is represented as if she were the daughter of a Tuscan merchant. In many paintings, the patron who orders them, dressed as bourgeois or noble, appears at the side of the shepherds. What seems incongruous now, appeared obviously natural in the eyes of medieval worshipers. We are facing a world where the representation of imagined reality was predominantly visual and auditory. Christianity assumed its universal form through a myriad of specifications and particularities: this relief, that window, this sermon, that story, this moralizing drama, that relic. While the trans-European clergy who read Latin was an essential element of the structuring of the Christian imagination, the mediation of their conceptions before the illiterate masses, through visual and auditory creations, always personal and particular, was no less vital.

If the development of the printing press as a commodity is the key to the generation of entirely new ideas of simultaneity, we are simply at the point where communities of the “horizontal-secular, transverse-time” type become possible. Why did the nation become so popular within that guy? The factors involved are certainly complex and diverse, but the primacy of capitalism can be clearly demonstrated.
By 1500, at least 20,000,000 books had already been printed, marking the beginning of Benjamin’s “period of mechanical reproduction.” If the manuscript knowledge was something scarce and arcane, the printed knowledge survived by its capacity of reproduction and dissemination. If, as Febvre and Martin believe, by 1600 there had been about 200,000,000 volumes, it is not surprising that Francis Bacon believed that the printing press had changed “the appearance and state of the world.”
In the sixteenth century the proportion of bilinguals within the total population of Europe was very small; very probably it was not greater than the proportion in the population of today’s world, and-in spite of proletarian internationalism-in the centuries to come. Then, as now, the bulk of humanity was monolingual. The logic of capitalism then meant that once the elitist Latin market was saturated, the time would come for the potentially huge markets represented by the monolingual masses. In reality, the Counter-Reformation encouraged a temporary resurgence of Latin publications, but that movement was in decline by the middle of the seventeenth century, while fervently Catholic libraries were full. Meanwhile, a shortage of money that affected all of Europe made printers think more and more about the sale of cheap editions in vernacular languages.
The revolutionary impulse of vernacular languages ​​by capitalism was reinforced by three external factors, two of which contributed directly to the emergence of national consciousness. The first, and ultimately the least important, was a change in the character of Latin itself. Thanks to the efforts of the humanists to revive the abundant literature of pre-Christian antiquity, and to disseminate it through the market of impressions, a new appreciation of the refined stylistic achievements of the ancients was evident among the trans-European intelligentsia.
The second factor was the impact of the Reformation, which at the same time owed much of its success to printed capitalism. Before the time of the printing press, Rome easily won all the wars fought against heresy in Western Europe because it always had better lines of internal communication than its enemies. But in 1517, when Martin Luther stuck his theses at the gates of the Wittenberg cathedral, such theses were printed in a German translation, and “within 15 days [had been] seen in every corner of the country.”
The third factor was the slow diffusion, geographically uneven, of particular vernacular languages ​​as instruments of administrative centralization, carried out by certain aspirants to privileged absolutist monarchs.

These printed languages ​​laid the foundations of national consciousness in three different ways. First and foremost, they created unified fields of exchange and communications below the Latin and above the spoken vernacular languages. The speakers of the enormous diversity of French, English or Spanish, for whom it might be difficult, or even impossible, to understand each other in conversation, could be understood through the medium of printing and paper. In the process, they gradually became aware of the hundreds of thousands, even millions, of people in their particular linguistic field, and at the same time that only those hundreds of thousands, or millions, belonged to that field.
Secondly, printed capitalism gave a new fixity to language, which in the long term helped to forge that image of antiquity so fundamental to the subjective idea of ​​the nation. As Febvre and Martin remind us, the printed book retained a permanent form, capable of a virtually infinite reproduction, in the temporal and the spatial. He was no longer subject to the individualizing and “unconsciously modernizing” habits of the scribe monks.
Third, printed capitalism created languages ​​of power of a different kind from that of the old administrative vernacular languages. Certain dialects were inevitably “closer” to each printed language and dominated their final forms.

The socioeconomic bases of the resistance to the metropolis in the Western Hemisphere, let us say between 1760 and 1830, than to discern why the resistance was conceived in “national”, plural forms, and not in others. The economic interests at stake, which obviously had a fundamental importance, are well known. Liberalism and the Enlightenment clearly exerted a powerful effect, especially by providing an arsenal of ideological criticism against the imperial anciens régimes. What I am proposing is that neither economic interest, nor liberalism or the Enlightenment, could have created by themselves the kind or form of the imagined community that will have to defend itself against the depredations of these regimes; In other words, none of these concepts provided the framework for a new consciousness-the periphery of an image that is barely distinguishable-in opposition to the central objects of its liking or aversion. In carrying out this specific task, Creole pilgrim officials and provincial creole printers played a decisive historical role.
The movements of independence in the countries of America became, in everything that was written about it, in “concepts”, “models”, and in reality in “original projects”. In “reality”, the fear that assaulted Bolivar about the insurrections of the blacks, and the call that San Martin made to the natives to join Peru, pushed them into chaos. But the printed words ended almost immediately with Bolivar’s fears, so that they appeared as a minor anomaly, if they were remembered. The American confusion created these imagined realities: national states, republican institutions, common citizenships, popular sovereignty, national flags and anthems, etc., as well as the liquidation of their conceptual opposites: dynastic empires, monarchical institutions, absolutisms, subjugations, inherited nobilities, servitude, ghettos, etc.

From the mid-nineteenth century came what Seton-Watson calls “official nationalisms” in Europe. These nationalisms were historically “impossible” once the popular linguistic nationalisms appeared, because deep down they were the response of the power groups -primordial but not exclusively dynastic or aristocratic- threatened with exclusion or marginalization in the imagined popular communities. It started a kind of structural disorder that, after 1918 and 1945, threw these groups to the drain in Estoril and Montecarlo. Such official nationalisms were conservative, not to say reactionary, policies adapted from the model of popular nationalisms, largely spontaneous, that preceded them. Nor were they confined, ultimately, to Europe and the Levant. In the name of imperialism, the same classes of groups instituted very similar policies in the vast Asian and African territories subdued during the course of the nineteenth century. [62] Finally, refracted in non-European cultures and histories, they were collected and imitated by indigenous ruling groups in the few areas (such as Japan and Siam) that escaped direct submission.
In almost all cases, official nationalism concealed a discrepancy between the nation and the dynastic realm. From this arose a contradiction throughout the world: the Slovaks would have to be Magyarized, Anglicanized Hindus and Japanese Koreans, but they would not be allowed to join the pilgrimages that might lead them to administer Magyars, English or Japanese. The banquet to which they were invited turned out to be always an illusory feast. The reason for all this was not just racism; it was also the fact that nations were also emerging at the nucleus of empires.

It may seem paradoxical that the objects of all these attachments are “imagined”: Tagalogs, exterminated tribes, Mother Russia, or the Tanah Air, anonymous, faceless compatriots. But patriae love does not differ in this sense from other affections, in which there is always an element of affectionate imagination. (That is why the contemplation of wedding photo albums of strangers is similar to the study of the work plan of the archaeologist in the Hanging Gardens of Babylon). What the eye is for the lover-the particular eye with which it is born-the language is for the patriot-whatever history has given it as its mother tongue. Through that language, found in the lap of the mother and abandoned only in the grave, the past is respected, the camaraderies imagine and the future dreams.

The model of official nationalism acquires its relevance especially at the moment when revolutionaries take control of the State, and are for the first time in a position to use its power to realize their dreams. The relevance is greater insofar as even the most decisively radical revolutionaries always inherit, to a certain extent, the state of the overthrown regime. Some of these legacies are symbolic, but they are no less important.

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