Wernher Von Braun — Javier Casado (spanish book edition)

Sin duda este libro ha sido para mí un descubrimiento y más que interesante. Wernher von Braun fue uno de los principales protagonistas de la historia de la exploración espacial, y probablemente el principal artífice de transmitir al pueblo de los Estados Unidos, y por extensión a la población mundial, el entusiasmo por la conquista del espacio. Un personaje controvertido, que a lo largo de su vida fue tan amado como odiado, pero finalmente admirado por todos; un ídolo del pueblo, un líder de multitudes, un materializador de sueños, el profeta del futuro para el ciudadano medio entre las décadas de los cincuenta y los setenta. Amante de vivir la vida al máximo, oportunista, sempiterno optimista, hiperactivo, adicto al trabajo, lector empedernido, culto y ávido de conocimientos, encantador, embaucador… cientos de adjetivos pueden ser aplicados a este personaje histórico, a quien los que le conocieron definen siempre como un hombre muy alejado de la perfección, pero enormemente carismático y capaz de arrastrar tras de sí a cualquiera. En suma, un personaje de enorme interés y complejidad.

El primer contacto del joven Wernher con los cohetes fue a los doce años; se trató de un juego totalmente ajeno aún al contexto espacial. Por aquella época, el constructor de automóviles Opel se había unido al entusiasta Max Valier, uno de los precursores en la idea del vuelo espacial, para realizar experimentos de propulsión con cohetes. Hasta entonces se puede decir que prácticamente el único uso práctico de estos ingenios era en forma de bengalas de emergencia, pero Valier y Opel decidieron experimentar su uso para impulsar automóviles, trineos y vehículos varios. Con estos experimentos lograron una notable publicidad, y se batieron varios récords de velocidad; sus experiencias tuvieron una apreciable repercusión mediática, que probablemente influyó en los jóvenes von Braun a la hora de planear una pequeña aventura.

Para la familia de von Braun, y en particular para su padre, el barón Magnus von Braun, el cambio de régimen tuvo efectos importantes. Tras la toma del gobierno por los nazis, el barón dejaría su puesto como ministro de Agricultura, abandonando en lo sucesivo cualquier actividad relacionada con la nueva Administración. No queriendo tener nada que ver con el nuevo rumbo que tomaba la política alemana, el barón y su esposa abandonaron Berlín y se retiraron a sus posesiones en Silesia. Allí, en el condado de Lowenberg, ambos vivirían de sus rentas lejos de la vida pública.
Wernher, por su parte, se dedicaba entusiasmado a su nuevo trabajo sin prestar demasiada atención a los conflictos políticos. En un principio, tampoco se notaron realmente diferencias en un ejército alemán tradicionalmente poco politizado. En cuanto a los miembros de la antigua vír, había ejemplos de todo tipo, desde personajes como Rudolf Nebel, que rápidamente abrazaría la filosofía nazi y se afilió al partido, hasta extremos contrarios como el de Willy Ley, visceralmente antihitleriano. Von Braun, por su parte, no parecía mostrar interés por la política, no abrazando el partido nazi ni apareciendo como un claro opositor a los nuevos dirigentes.
Von Braun y Walter Riedel los que esbozaron el primer diseño de este revolucionario cohete. En sus primeros bocetos, el aparato mediría unos catorce metros de largo con un diámetro de casi dos, contaría con grandes aletas en su base y la masa de propulsante se elevaría hasta las doce toneladas. Si ya el A-3 había parecido en su día un ambicioso gigante, el A-4 iba a ser un auténtico mastodonte.
Von Braun recibía la Cruz al Mérito de Guerra de Primera Clase con Espadas, por su labor en el desarrollo del A-4, los ejércitos alemanes en el frente del este estaban a punto de enfrentarse a su primera gran derrota.

Von Braun había tenido que pagar un precio. El primer pago lo hizo al aliarse con los militares para conseguir el soporte necesario para sus investigaciones. Pero no sería el último: para poder mantenerse en un puesto relevante dentro de la Administración nazi, tendría que hacer también otras concesiones.
La primera fue ingresar como miembro en el partido nazi. Aunque justo es reconocer que se resistió bastante a ello antes de hacerlo. No hay fuentes fiables sobre si Wernher von Braun era o no afín en aquella época a la ideología nazi o al nuevo Führer, aunque sí sabemos que su padre era claramente contrario a Hitler y sus métodos, y todo apunta a que Wernher mantenía, como mucho, una posición neutral al respecto.
¿Qué sintió von Braun cuando el cohete cuyo desarrollo había liderado, nacido de sus sueños sobre los viajes espaciales, terminaba siendo utilizado como arma para bombardear civiles? Es difícil saberlo, y sus propias declaraciones al respecto son en ocasiones contradictorias. Probablemente también sus propios sentimientos eran contradictorios. Lo que escribiría en sus memorias sería durante años la versión más extendida, llegando casi a convertirse en leyenda; según esa versión, los comentarios que todos hacían a los técnicos eran: «Podéis estar orgullosos de vuestra V-2. Es el único arma que los aliados no pueden parar. Es un éxito. Está golpeando Londres cada día». «Sí —pensaría von Braun, de acuerdo a sus palabras—, es un éxito; pero estamos golpeando el planeta equivocado.

Von Braun mantenía sus sueños espaciales, que intentaba transmitir al pueblo americano no sólo a través de conferencias como la del Rotary Club de El Paso, sino también escribiendo un libro, El proyecto Marte, que intentó publicar en 1948. El libro pretendía presentar, con los conocimientos técnicos de la época, cómo sería una hipotética misión tripulada a Marte, exponiéndolo de forma novelada. Von Braun envió inicialmente el manuscrito a una editorial de Nueva York, simplemente para encontrárselo devuelto seis semanas más tarde. Otras diecisiete editoriales contestarían de la misma forma. La sociedad americana no estaba preparada aún para sueños espaciales.
El año de 1948 terminaba para el ingeniero alemán con una buena nueva: el 9 de diciembre se convertía en padre de una niña a la que llamarían Iris Careen. Casi puede decirse que fue una de las pocas alegrías en una época de transición, de desaliento y frustración.
Para von Braun, esta frustración le llevó en ocasiones al extremo de pensar en abandonarlo todo y marcharse a la empresa privada. Ello significaba, sin duda, olvidarse de sus sueños espaciales, pero en medio del desierto americano el espacio parecía más lejano que en cualquier otro momento de su vida. Entre sus objetos personales se ha encontrado una carta escrita en enero de 1948, donde presentaba su dimisión al comandante James Hamill, con quien, como ya hemos dicho anteriormente, mantenía una tensa relación.

Aunque en 1955 von Braun y sus colegas conseguían la nacionalidad americana, esto no significó en la práctica que fueran reconocidos como tales en todos los círculos de su nuevo país. A lo largo de sus vidas, e incluso a pesar de haber llevado a su país de adopción hasta la gloria con la llegada a la Luna (o precisamente por eso, en algunos casos), serían mirados con recelo y desprecio por algunos reducidos sectores de la población. En ocasiones por xenofobia, y en otras por celos profesionales, para algunos norteamericanos serían siempre alemanes, inmigrantes, y no norteamericanos de pleno derecho.
Von Braun estaba bajo vigilancia. Pero no se trataba simplemente de una prueba de desconfianza, sino que era también una medida de seguridad: el ejército temía que su experto pudiera ser secuestrado por agentes soviéticos. Por la misma razón, le fueron denegadas en varias ocasiones diferentes peticiones para acudir a congresos en el extranjero: fuera del país, su seguridad corría más peligro. Por otra parte, su suegro estaba en un campo de prisioneros soviético en la Alemania oriental, y se temía que esto pudiese ser utilizado por los rusos como moneda de cambio para favorecer una posible deserción del ingeniero.

En 1954, los estudios Disney contactaron con Wernher von Braun para requerirle su colaboración en un nuevo proyecto: el parque temático Disneyland, y una nueva serie de televisión dirigida, principalmente, a promocionarlo.
Walt Disney había ideado un parque dividido en cuatro áreas temáticas: la tierra de la fantasía, la de la frontera, la de las aventuras, y la del mañana. Mientras que las tres primeras áreas tenían un contenido bastante claro, que se apoyaba en buena medida en personajes y películas Disney, «la tierra del mañana» era un experimento nuevo, para el que no existía ninguna idea preconcebida. Para desarrollarlo, se asignó la tarea a uno de los principales animadores de los estudios, Ward Kimball; su misión sería crear un programa de televisión que presentase «la tierra del mañana», y que al mismo tiempo sirviese de punto de partida para diseñar esa cuarta área del futuro parque.
Eran los años de las series astronáuticas de Collier’s.
La colaboración de nuestro hombre con el genial Walt Disney. Su principal trabajo era asesorar a los animadores, proponerles bocetos de cohetes y naves espaciales, diseñar órbitas y trayectorias, y supervisar después las animaciones en busca de errores técnicos. Pero también se aprovecharía su imagen pública, y el propio von Braun terminaría apareciendo en el programa, explicando al hombre de la calle con palabras sencillas los aspectos técnicos del viaje espacial.
La serie de televisión, Disneylandia, se convirtió en un gran éxito desde su primer día. La audiencia alcanzaría las decenas de millones de espectadores, que el 9 de marzo de 1955 se reunieron en torno a sus televisores para ver a von Braun y a los personajes de Disney explicándoles cómo sería en pocos años el vuelo espacial. Se estima que entre cuarenta y dos y cien millones de norteamericanos contemplaron el primer episodio, «El hombre en el espacio». Y los que se lo perdieron tendrían una segunda oportunidad para verlo tres meses más tarde, el 15 de junio. Una leyenda urbana dice que incluso el presidente Eisenhower telefoneó al día siguiente a Walt Disney para felicitarle por el programa; aunque no es algo en absoluto probado, ilustra el impacto de este programa de televisión.

En 1960, von Braun se había convertido en un hombre famoso. Primero habían sido los artículos en Collier’s; luego su entrada en todos los hogares norteamericanos a través de la televisión, con los primeros episodios de Disneylandia. Y, finalmente, consiguiendo para su país la histórica revancha de la puesta en órbita del Explorer, tras las humillaciones sufridas con el Sputnik y el posterior fracaso del Vanguard. Dos semanas después de este histórico lanzamiento, su cara aparecía en la portada de la prestigiosa revista Time. En noviembre de 1957 lo había hecho en Life, y en los meses siguientes otras publicaciones harían lo propio.

Thomas Shaner, lo resumió muy bien: «Era un experto en manipular a la gente para que hicieran lo que él quería sin aparecer como dominante. Siempre hacía que pareciera que había sido idea tuya, y no suya. A menudo sabía a priori la respuesta a un dilema o problema, pero dejaba que fueras tú el que llegase a esa conclusión y ofrecieras la solución».
La presencia de Wernher von Braun y su equipo de ingenieros alemanes había cambiado para siempre la vida y la fisonomía de la pequeña y tranquila ciudad sureña que era Huntsville cuando llegaron a ella en 1950. Por aquel entonces, la población estaba formada en su mayor parte por campesinos con apenas cinco o seis años de escolarización en su haber, que vivían de la agricultura del algodón. Y, con el fin de la segunda guerra mundial, que había revitalizado la zona con la producción de armamento en los antiguos arsenales de Huntsville y Redstone, la economía local había caído drásticamente, sumergiendo la comarca en la apatía rural.
Con la creación del Centro de Vuelos Espaciales Marshall de la NASA y el arranque del proyecto Apollo, sin embargo, en apenas once años la ciudad de Huntsville había dado un vuelco espectacular. Una gran cantidad de edificios e instituciones surgieron alrededor de las instalaciones lideradas por von Braun.

Wernher von Braun era también cauto a la hora de hablar sobre la próxima misión del Apollo 11: aunque todo había sido probado y ensayado, nunca podría existir la seguridad absoluta en una actividad como la espacial. Cualquier problema podría suceder en cualquier momento, y había que estar preparado para ello. Los ciudadanos norteamericanos debían saber que una misión como aquella suponía un gran riesgo, en una actividad pionera que se situaba a la vanguardia de la tecnología, en la que no podía darse nada por asegurado. Había que estar preparados por si ocurría lo que nadie quería pensar que pudiera ocurrir. A pesar de todo, en referencia al cohete Saturn desarrollado por el equipo de von Braun, debemos señalar que pocos proyectos habían transcurrido hasta entonces con tanta suavidad en el programa espacial norteamericano: desde su nacimiento, el Saturn I había realizado un total de quince lanzamientos, por otros cinco de su hermano mayor el Saturn V, habiendo sido todos ellos cercanos a la perfección. Una fiabilidad sin precedentes en la historia de la exploración espacial.
Tras el éxito del alunizaje, de vuelta en Huntsville, von Braun fue tratado como el héroe local en el que se había convertido: en medio de una inmensa celebración a la que acudió prácticamente toda la población, fue paseado a hombros por las calles de la ciudad. Dos días después de la vuelta de los astronautas a la Tierra, todos los trabajadores del Centro de Vuelos Espaciales Marshall celebraron el éxito de la misión.

1969 debería haber sido para Wernher von Braun el año de la gloria. Con la llegada del hombre a la Luna impulsado por un cohete que remontaba sus orígenes a los ensayos en los campos de pruebas de Berlín en los años treinta, el sueño de von Braun de alcanzar el espacio parecía plenamente conseguido. Sin embargo, él no lo sentía así en absoluto.
El 28 de julio de 1970, el administrador presentaba formalmente su dimisión. Von Braun estaba hundido: con él se iba su último apoyo en las oficinas centrales de la NASA, tan sólo cinco meses después de su llegada a Washington. Poco antes de su traslado, en diciembre de 1969, se había retirado también George Mueller, el administrador asociado para Vuelos Espaciales Tripulados y segundo en el escalafón en la NASA, gran admirador de nuestro protagonista y uno de quienes le habían animado a realizar el cambio. Lo había sustituido George Low, uno de los mayores rivales de Wernher von Braun en el MSC de Houston, con lo que Paine había quedado como el único apoyo y amigo en las oficinas de Washington. Con su marcha, von Braun no sólo se quedaba completamente solo: se había quedado aislado.
Con la caída de Paine, la situación de von Braun en la NASA dio un vuelco radical. De repente, se veía convertido en un paria, completamente ignorado por el resto de los ejecutivos de la agencia. Si había una comparecencia en el Congreso, von Braun no era invitado, cuando hasta entonces siempre había sido uno de los principales portavoces del organismo. De repente, nadie le consultaba acerca de ningún proyecto ni solicitaba su opinión cuando había que tomar decisiones, como había sido norma hasta entonces. Si anteriormente mantenía reuniones prácticamente diarias con el administrador, ahora hasta le resultaba complicado conseguir que Low le concediera audiencia. Y lo que quizás era incluso más humillante, cuando tenía que pronunciar un discurso oficial, se le exigía antes que presentase el guión a sus superiores para su aprobación previa.

La figura de Wernher von Braun es, junto con la de astronautas como Gagarin o Armstrong, una de las más conocidas a nivel mundial en el campo de la actividad espacial.
No podemos decir que Wernher von Braun fuese el padre de la exploración espacial. Pero, desde luego, fue uno de sus más grandes promotores y protagonistas, y probablemente el responsable de que los Estados Unidos se convirtieran rápidamente en una potencia en el espacio.
Esta contribución de nuestro hombre al programa espacial norteamericano quedaría bien reflejada en las palabras de su amigo Edward Uhl, años después de su muerte: «Era un científico, un ingeniero de cohetes, un profesor, un astrónomo… y la lista continúa. Y era un líder.
Su figura, aún hoy, crea división en la sociedad norteamericana, aunque, evidentemente, ya no es la personalidad relevante que fue en su día. Mientras algunos se empeñan aún en retratarlo como nazi, utilizando principalmente las recientes revelaciones sobre su pertenencia a las SS, otros se sienten ofendidos por la ingratitud que todo esto representa hacia quien los llevó hasta lo más alto en el programa espacial.
Se le pensó en utilizar como espía, y citando al London Daily Mail con motivo de sus funerales, con el que le podemos definir con total seguridad: Wernher von Braun sin duda fue «el hombre que nos dio la Luna».

Without a doubt this book has been for me a discovery and more than interesting. Wernher von Braun was one of the main protagonists of the history of space exploration, and probably the main architect of transmitting to the people of the United States, and by extension to the world population, the enthusiasm for the conquest of space. A controversial character, who throughout his life was loved as well as hated, but finally admired by all; an idol of the people, a leader of crowds, a materializer of dreams, the prophet of the future for the average citizen between the decades of the fifties and the seventies. Lover of living life to the fullest, opportunist, everlasting optimist, hyperactive, workaholic, inveterate reader, cultured and eager for knowledge, charming, trickster … hundreds of adjectives can be applied to this historical figure, whom those who knew him define always as a man far from perfection, but enormously charismatic and capable of dragging anyone behind him. In short, a character of enormous interest and complexity.

The young Wernher’s first contact with the rockets was at age twelve; it was a game totally alien to the spatial context. At that time, the automobile manufacturer Opel had joined the enthusiast Max Valier, one of the forerunners in the idea of ​​space flight, to carry out propulsion experiments with rockets. Until then it can be said that practically the only practical use of these devices was in the form of emergency flares, but Valier and Opel decided to experiment its use to drive automobiles, sledges and various vehicles. With these experiments they achieved remarkable publicity, and several speed records were broken; Their experiences had a significant media impact, which probably influenced the young von Braun when planning a small adventure.

For the family of von Braun, and in particular for his father, Baron Magnus von Braun, the change of regime had important effects. After the seizure of the government by the Nazis, the Baron would leave his post as Minister of Agriculture, leaving in the future any activity related to the new Administration. Not wishing to have anything to do with the new course taken by German politics, the Baron and his wife left Berlin and withdrew to their possessions in Silesia. There, in Lowenberg County, both would live on their incomes far from public life.
Wernher, on the other hand, was enthusiastic about his new job without paying much attention to political conflicts. At first, there were also no differences in a traditionally unpoliticized German army. As for the members of the old vír, there were examples of all kinds, from characters like Rudolf Nebel, who would quickly embrace the Nazi philosophy and joined the party, to extremes such as Willy Ley, viscerally antihitlerian. Von Braun, for his part, did not seem to show interest in politics, not embracing the Nazi party or appearing as a clear opponent of the new leaders.
Von Braun and Walter Riedel those who sketched the first design of this revolutionary rocket. In its first sketches, the device measured about fourteen meters long with a diameter of almost two, would have large fins at its base and the mass of propellant would rise to twelve tons. If already the A-3 had seemed at the time an ambitious giant, the A-4 was going to be a true mastodon.
Von Braun received the Cross of Merit of War of First Class with Swords, for his work in the development of the A-4, the German armies on the eastern front were about to face his first great defeat.

Von Braun had had to pay a price. The first payment was made by allying with the military to get the necessary support for their investigations. But it would not be the last: to be able to maintain a relevant position within the Nazi Administration, I would have to make other concessions as well.
The first was to enter as a member in the Nazi party. Although it is fair to admit that he resisted enough before doing so. There are no reliable sources on whether Wernher von Braun was or was not related at that time to the Nazi ideology or to the new Führer, although we do know that his father was clearly opposed to Hitler and his methods, and all indications are that Wernher maintained, at the most , a neutral position in this regard.
What did von Braun feel when the rocket whose development he had led, born of his dreams of space travel, ended up being used as a weapon to bomb civilians? It is difficult to know, and his own statements about it are sometimes contradictory. Probably also his own feelings were contradictory. What he would write in his memoirs would be for years the most extended version, almost becoming a legend; According to that version, the comments everyone made to the technicians were: “You can be proud of your V-2. It is the only weapon that the allies can not stop. It is a success. It is hitting London every day ». “Yes,” von Braun would think, according to his words, “it’s a success; but we are hitting the wrong planet.

Von Braun maintained his spatial dreams, which he tried to transmit to the American people not only through conferences such as the Rotary Club of El Paso, but also by writing a book, The Mars Project, which he tried to publish in 1948. The book was intended to present, with the technical knowledge of the time, how would a hypothetical manned mission to Mars, exposing it in a novel way. Von Braun initially sent the manuscript to a New York publisher, simply to find it returned six weeks later. Another seventeen publishers would respond in the same way. American society was not yet ready for spatial dreams.
The year of 1948 ended for the German engineer with a good news: on December 9 he became the father of a girl whom they would call Iris Careen. It can almost be said that it was one of the few joys in a time of transition, of discouragement and frustration.

For von Braun, this frustration sometimes led him to the point of thinking about abandoning everything and leaving for private enterprise. This meant, without a doubt, to forget about his spatial dreams, but in the middle of the American desert the space seemed more distant than at any other time in his life. Among his personal objects has been found a letter written in January 1948, where he presented his resignation to the commander James Hamill, with whom, as we have said previously, maintained a tense relationship.
Although in 1955 von Braun and his colleagues achieved American citizenship, this did not mean in practice that they were recognized as such in all the circles of their new country. Throughout their lives, and even despite having taken their adopted country to glory with the arrival on the Moon (or precisely because of that, in some cases), they would be viewed with suspicion and contempt by some small sectors of society. the population. Sometimes for xenophobia, and sometimes for professional jealousy, for some Americans would be always Germans, immigrants, and non-Americans in full right.
Von Braun was under surveillance. But it was not simply a test of distrust, it was also a security measure: the army feared that its expert could be kidnapped by Soviet agents. For the same reason, they were denied on several occasions different requests to attend congresses abroad: outside the country, their security was more dangerous. On the other hand, his father-in-law was in a Soviet prison camp in East Germany, and it was feared that this could be used by the Russians as currency to favor a possible desertion of the engineer.

Although in 1955 von Braun and his colleagues achieved American citizenship, this did not mean in practice that they were recognized as such in all the circles of their new country. Throughout their lives, and even despite having taken their adopted country to glory with the arrival on the Moon (or precisely because of that, in some cases), they would be viewed with suspicion and contempt by some small sectors of society. the population. Sometimes for xenophobia, and sometimes for professional jealousy, for some Americans would be always Germans, immigrants, and non-Americans in full right.
Von Braun was under surveillance. But it was not simply a test of distrust, it was also a security measure: the army feared that its expert could be kidnapped by Soviet agents. For the same reason, they were denied on several occasions different requests to attend congresses abroad: outside the country, their security was more dangerous. On the other hand, his father-in-law was in a Soviet prison camp in East Germany, and it was feared that this could be used by the Russians as currency to favor a possible desertion of the engineer.

In 1954, the Disney studios contacted Wernher von Braun to request his collaboration in a new project: the Disneyland theme park, and a new television series directed, mainly, to promote it.
Walt Disney had devised a park divided into four thematic areas: the land of fantasy, that of the frontier, that of adventure, and that of tomorrow. While the first three areas had a fairly clear content, which relied heavily on Disney characters and films, “the land of tomorrow” was a new experiment, for which there was no preconceived idea. To develop it, the assignment was assigned to one of the main animators of the studies, Ward Kimball; his mission would be to create a television program that presented “the land of tomorrow”, and at the same time serve as a starting point to design that fourth area of ​​the future park.
Those were the years of Collier’s astronautics series.
The collaboration of our man with the great Walt Disney. His main job was to advise the animators, propose sketches of rockets and spaceships, design orbits and trajectories, and then supervise the animations in search of technical errors. But his public image would also be used, and von Braun himself would end up appearing in the program, explaining to the man in the street with simple words the technical aspects of space travel.
The television series, Disneyland, became a huge success from its first day. The audience would reach the tens of millions of viewers, who on March 9, 1955 gathered around their televisions to see von Braun and the Disney characters explaining how space flight would be in a few years. It is estimated that between forty-two and one hundred million Americans contemplated the first episode, “Man in space.” And those who missed it would have a second chance to see it three months later, on June 15. An urban legend says that even President Eisenhower telephoned Walt Disney the next day to congratulate him on the program; although it is not at all proven, it illustrates the impact of this television program.

In 1960, von Braun had become a famous man. It had been the articles at Collier’s first; then its entry into all American homes through television, with the first episodes of Disneyland. And, finally, obtaining for his country the historical rematch of the putting in orbit of the Explorer, after the humiliations suffered with the Sputnik and the later failure of the Vanguard. Two weeks after this historic launch, his face appeared on the cover of the prestigious Time magazine. In November 1957 he had done it in Life, and in the following months other publications would do the same.

Thomas Shaner summed it up very well: “He was an expert in manipulating people to do what he wanted without appearing dominant. He always made it look like it was your idea, and not yours. I often knew a priori the answer to a dilemma or problem, but I let it be you who came to that conclusion and offered the solution. ”
The presence of Wernher von Braun and his team of German engineers had forever changed the life and appearance of the small, quiet southern city that was Huntsville when they arrived in 1950. At that time, the population was largely composed by farmers with only five or six years of schooling to their credit, who lived on cotton agriculture. And, with the end of the Second World War, which had revitalized the area with the production of weapons in the old arsenals of Huntsville and Redstone, the local economy had fallen drastically, submerging the region in rural apathy.
With the creation of the NASA Marshall Space Flight Center and the start of the Apollo project, however, in just eleven years the city of Huntsville had taken a spectacular turn. A large number of buildings and institutions emerged around the facilities led by von Braun.

Wernher von Braun was also cautious about talking about the upcoming mission of Apollo 11: although everything had been tried and tested, there could never be absolute security in an activity such as space. Any problem could happen at any time, and you had to be prepared for it. American citizens should have known that a mission like this was a great risk, in a pioneering activity that was at the forefront of technology, in which nothing could be taken for granted. You had to be prepared in case it happened what no one wanted to think could happen. In spite of everything, in reference to the Saturn rocket developed by von Braun’s team, we must point out that few projects had so far gone so smoothly in the North American space program: since its birth, the Saturn I had made a total of fifteen launches , for another five of his older brother the Saturn V, having all been close to perfection. Unprecedented reliability in the history of space exploration.
After the success of the moon landing, back in Huntsville, von Braun was treated as the local hero he had become: in the middle of an immense celebration attended by practically the entire population, he was paraded on the streets of the city. city. Two days after the astronauts’ return to Earth, all workers at the Marshall Space Flight Center celebrated the success of the mission.

1969 should have been for Wernher von Braun the year of glory. With the arrival of man on the Moon driven by a rocket that traced its origins to trials in the Berlin test fields in the thirties, von Braun’s dream of reaching space seemed fully achieved. However, he did not feel it at all.
On July 28, 1970, the administrator formally submitted his resignation. Von Braun was sunk: with him was his last support at the headquarters of NASA, only five months after his arrival in Washington. Shortly before his transfer, in December of 1969, George Mueller, the associate administrator for Manned Space Flights and second in the ranks at NASA, a great admirer of our protagonist and one of those who had encouraged him to make the change, had also retired. . He had been replaced by George Low, one of Wernher von Braun’s biggest rivals at the MSC in Houston, making Paine the only support and friend in the Washington offices. With his departure, von Braun not only remained completely alone: ​​he had remained isolated.
With the fall of Paine, the situation of von Braun at NASA took a radical turn. Suddenly, he was turned into a pariah, completely ignored by the rest of the executives of the agency. If there was an appearance in Congress, von Braun was not invited, when until then he had always been one of the main spokesmen for the organization. Suddenly, nobody consulted him about any project or solicited his opinion when decisions had to be made, as had been the norm until then. If previously he had practically daily meetings with the administrator, now it was even difficult for him to get Low to grant him an audience. And what was perhaps even more humiliating, when he had to deliver an official speech, was required before he presented the script to his superiors for prior approval.

The figure of Wernher von Braun is, along with that of astronauts like Gagarin or Armstrong, one of the best known worldwide in the field of space activity.
We can not say that Wernher von Braun was the father of space exploration. But, of course, he was one of its greatest promoters and protagonists, and probably responsible for the United States quickly becoming a power in space.
This contribution of our man to the American space program would be well reflected in the words of his friend Edward Uhl, years after his death: “He was a scientist, a rocket engineer, a professor, an astronomer … and the list goes on. And he was a leader.
His figure, even today, creates division in American society, although, obviously, it is no longer the relevant personality that was in his day. While some still insist on portraying him as a Nazi, using mainly the recent revelations about his belonging to the SS, others are offended by the ingratitude that all this represents towards who took them to the top in the space program.
He was thought to use as a spy, and citing the London Daily Mail for his funeral, with which we can define with complete certainty: Wernher von Braun was undoubtedly “the man who gave us the Moon”.

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