El Fin De La Historia Y Otros Ensayos — Francis Fukuyama / The End of History And Many Other Essays by Francis Fukuyama

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Es verdad que a este politólogo le «cayeron palos» por todos los sitios por esta obra, pero sus reflexiones quedarán para la posteridad. Queramos verlo o no, la caída del muro y el final de la URSS, históricamente marcaría un antes y un después, abriendo una nueva época en la civilización occidental. En ella nos hallamos y las ideas de Fukuyama son, cuando menos, muy estimulantes.

Quedaba claro que el final de la Guerra Fría se había saldado con un vencedor absoluto e indiscutible, al que ya no le quedaban serios rivales o competidores: la democracia liberal.
Ahora bien, conviene advertir que aquí se está hablando de un final referido a la esfera de la conciencia o al plano de las ideas; esto es, de un final en un sentido ideológico-político, de acuerdo con el cual ya no quedarían hoy día ideologías políticas que puedan realmente aparecer como alternativas legítimas y viables a la democracia liberal. El conflicto entre ideologías rivales que había impulsado el desarrollo de la Historia en estos dos últimos siglos —y lo que es más, el debate ideológico de siglos de antigüedad sobre la mejor forma de gobierno—, se habría resuelto definitivamente a favor de la democracia liberal.
En definitiva, el liberalismo quedaría como la única filosofía política legítima. Acaba de derrotar a su gran enemigo, el socialismo, y se dispone a celebrar su victoria en ese feroz enfrentamiento entre ideologías políticas rivales en que consistió la Guerra Fría. Los argumentos esgrimidos por Fukuyama y el tono triunfal utilizado no son sino expresión de esa euforia que llegó a suscitar en su día, en todo el mundo occidental, el hundimiento del comunismo.

En definitiva, para Fukuyama ni el comunismo ni el fundamentalismo islámico ni el nacionalismo pueden pretender erigirse en serios «competidores ideológicos» de la democracia liberal. Mayor relevancia concede, en cambio, a la supuesta rivalidad que para la democracia liberal representa el «capitalismo autoritario» de raíz confuciana propio de algunos países asiáticos como Singapur, cuya exitosa combinación de racionalismo económico tecnocrático y autoritarismo paternalista podría resultar atractiva.

Las razones para preferir un gobierno democrático no pueden ser fundamentalmente económicas, ha de haber un segundo y más profundo «mecanismo» que, sin tener que ver propiamente con la economía, desempeñe sin embargo un papel fundamental en el desarrollo histórico de la democracia, siendo así capaz de ofrecer una explicación más satisfactoria de las razones o motivos que «impulsan» a la gente a preferirla (y cuando pueden, a elegirla) como forma de gobierno. Fukuyama va a encontrar este segundo «mecanismo» en la «lucha por el reconocimiento» de Hegel, erigiéndola en el verdadero núcleo filosófico sobre el que tratará de fundamentar tanto la posibilidad de una Historia Universal de la humanidad como la necesidad de la democracia liberal, sobre las que se asienta su teoría del fin de la Historia.
En efecto, para él no se puede tener una comprensión adecuada del derrumbamiento histórico del comunismo en los países del llamado «Telón de acero» ni de la revolución liberal mundial que se desencadenó a partir de 1989, si solo se perciben las motivaciones económicas que están detrás de estos sucesos, por importantes que hayan sido, y no se tiene sobre todo en cuenta el elemento thymótico de la personalidad humana. Pues, a su juicio, lo que movilizó a la gente en 1989 y la llevó a manifestarse en calles y plazas exigiendo un gobierno democrático fue menos la búsqueda de su bienestar económico o material (frigoríficos y vídeos, según se dijo) que el reconocimiento de su dignidad materializado en una serie de derechos democráticos y de participación política (libertad e igualdad, según su manifestado deseo). Y es que no en vano, como nuestro autor ha tratado de demostrar a partir de los supuestos filosóficos implícitos en su teoría del fin de la Historia, la aspiración política de la gente a la democracia liberal responde a su propia esencia humana.
La democracia liberal es el sistema político que mejor satisface esa característica esencial y transhistórica del ser humano que representa el deseo thymótico de reconocimiento, ella «constituye realmente la mejor solución posible al problema humano» y, como tal, «el fin de la Historia». Su superioridad como modelo o ideal normativo frente a otras ideologías y sistemas políticos rivales radicaría, por tanto, en que encuentra su fundamento en la propia naturaleza humana. De la firmeza o solidez de tal fundamentación.

De manera que para Fukuyama —y en este punto decisivo sí que se opondría diametralmente a Hegel— la posthistoria está lejos de constituir una etapa sin posible involución o vuelta atrás, llegando incluso a afirmar que «no tenemos ninguna garantía ni podemos asegurar a las generaciones futuras que no habrá otros Hitler o Pol Pot.» De donde cabe colegir que su idea de una Historia Universal evolutiva, direccional y orientada hacia la democracia liberal no excluye en absoluto la posibilidad de que pueda sufrir discontinuidades o regresiones, del mismo modo que su idea de «el fin de la Historia» tampoco excluye, como quedó dicho, la posibilidad siempre abierta de que «la historia vuelva a empezar una vez más.» Y es que, como también dejó dicho en otra ocasión sobre este mismo asunto: «El fin de la historia no es, por tanto, una afirmación, como algunos de mis críticos han objetado, sino una interrogante abierta que permanece aún sujeta a debate».

Nuestra capacidad para manipularnos a nosotros mismos biológicamente —bien por medio del control del genoma o con drogas psicotrópicas, por medio de una neurociencia cognitiva futura o alargando de alguna forma la vida— nos proporcionará nuevos enfoques de ingeniería social que brindarán la posibilidad de nuevas formas de política. Esta amenaza es mucho más sutil que la que plantean las armas nucleares o el cambio climático. Las consecuencias potencialmente malas o deshumanizadoras del avance tecnológico están vinculadas a cosas tales como la ausencia de enfermedades o la longevidad que todo el mundo desea, por lo que será mucho más difícil de impedir.
Las sociedades deben considerar como desafíos las oportunidades y riesgos de la tecnología moderna y afrontarlos con la política y las instituciones. Así, el futuro es realmente mucho más abierto de lo que sugieren sus precondiciones económicas, tecnológicas o sociales. Las elecciones políticas que hacen las poblaciones que votan y los líderes de nuestras diferentes democracias tendrán grandes consecuencias en la fuerza y la calidad de la democracia liberal en el futuro.

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It is true that this political scientist «fell sticks» everywhere for this work, but his thoughts will be for posterity. We want to see it or not, the fall of the wall and the end of the USSR, historically marked a before and after, opening a new era in Western civilization. In it we are and Fukuyama’s ideas are, at least, very stimulating.

It was clear that the end of the Cold War had been settled with an absolute and indisputable winner, which no longer had serious rivals or competitors: liberal democracy.
Now, it should be noted that here we are talking about an end referring to the sphere of consciousness or the plane of ideas; that is, of an end in an ideological-political sense, according to which political ideologies that could actually appear as legitimate and viable alternatives to liberal democracy would no longer exist today. The conflict between rival ideologies that had driven the development of history in these last two centuries – and what is more, the centuries-old ideological debate on the best form of government – would have been definitively resolved in favor of liberal democracy .
In short, liberalism would remain as the only legitimate political philosophy. He has just defeated his great enemy, socialism, and is preparing to celebrate his victory in that fierce confrontation between rival political ideologies in which the Cold War consisted. The arguments put forward by Fukuyama and the triumphant tone used are but an expression of that euphoria that came to arouse in his day, throughout the Western world, the collapse of communism.

In short, for Fukuyama neither communism nor Islamic fundamentalism nor nationalism can claim to be serious «ideological competitors» of liberal democracy. Greater relevance, however, is given to the alleged rivalry that for liberal democracy represents the «authoritarian capitalism» of Confucian roots typical of some Asian countries such as Singapore, whose successful combination of technocratic economic rationalism and paternalistic authoritarianism could be attractive.

The reasons for preferring a democratic government can not be fundamentally economic, there must be a second and deeper «mechanism» that, without having to do properly with the economy, nevertheless plays a fundamental role in the historical development of democracy, being thus able to offer a more satisfactory explanation of the reasons or motives that «impel» people to prefer it (and when they can, to choose it) as a form of government. Fukuyama will find this second «mechanism» in Hegel’s «struggle for recognition», making it the true philosophical nucleus on which he will try to base both the possibility of a Universal History of humanity and the need for liberal democracy, on which his theory of the end of History is based.
Indeed, for him it is not possible to have an adequate understanding of the historical collapse of communism in the countries of the so-called «Iron Curtain» or of the global liberal revolution that was unleashed after 1989, if only the economic motivations that are behind these events, however important they may have been, and the thymotic element of the human personality is not taken into account. Well, in his opinion, what mobilized people in 1989 and led them to demonstrate in streets and squares demanding a democratic government was less the pursuit of their economic or material well-being (refrigerators and videos, according to what was said) than the recognition of his dignity materialized in a series of democratic rights and political participation (freedom and equality, according to his expressed desire). And it is not in vain, as our author has tried to demonstrate from the philosophical assumptions implicit in his theory of the end of history, the political aspiration of people to liberal democracy responds to its own human essence.
Liberal democracy is the political system that best satisfies that essential and transhistorical characteristic of the human being that represents the thymic desire for recognition, it «really constitutes the best possible solution to the human problem» and, as such, «the end of history» . Its superiority as a normative model or ideal against other rival political systems and ideologies would therefore lie in its founding in human nature itself. Of the firmness or solidity of such a foundation.

So for Fukuyama – and at this decisive point yes that would diametrically oppose Hegel – the posthistory is far from constituting a stage without possible involution or return, even going so far as to affirm that «we have no guarantee nor can we assure the generations future that there will be no other Hitler or Pol Pot. «From which it can be inferred that his idea of ​​an evolutionary, directional and demo-oriented Universal History oriented towards liberal democracy does not exclude at all the possibility that it may suffer discontinuities or regressions, in the same way that its idea of ​​»the end of history» does not exclude, as stated, the always open possibility that «history will return to start one more time. «And, as he also said on another occasion on this same issue:» The end of history is not, therefore, a statement, as some of my critics have objected, but an open question which remains subject to debate ».

Our ability to manipulate ourselves biologically – either through genome control or psychotropic drugs, through a future cognitive neuroscience or by extending life in some way – will provide us with new approaches to social engineering that will offer the possibility of new ways Politics. This threat is much more subtle than that posed by nuclear weapons or climate change. The potentially bad or dehumanizing consequences of technological progress are linked to things such as the absence of diseases or the longevity that everyone wants, so it will be much more difficult to prevent.
Societies must consider the opportunities and risks of modern technology as challenges and confront them with politics and institutions. Thus, the future is really much more open than its economic, technological or social preconditions suggest. The political choices made by the voting populations and the leaders of our different democracies will have great consequences on the strength and quality of liberal democracy in the future.

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