Catarsis — Javier Benegas & Juan M. Blanco / Catharsis by Javier Benegas & Juan M. Blanco (spanish book edition)

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Muy interesante libro donde de una forma amena, se nos presentan los defectos de nuestro sistema de poder en España. Se analizan las razones, poniendo claramente cuáles son los verdaderos problemas de nuestra precaria democracia, apelando a la razón, y se habla de qué hay que hacer, y de lo que debemos hacer los ciudadanos: no dejarnos engañar más, como niños, de lo que nos cuentan los medios «clientes» del poder y tomar partido en la regeneración a un nuevo régimen verdaderamente democrático.

El domingo 5 de mayo, el diario de la progresía neoyorquina The New York Times hablaba en su portada de la corrupción en España, afirmando que nuestros jueces investigan en la actualidad a «casi un millar de políticos, que van desde alcaldes de pequeños pueblos hasta ex ministros del Gobierno». Aunque el rotativo aseguraba que España «no es en absoluto el país más corrupto de Europa», también apuntaba que «lo peor está por llegar». Para NYT, la corrupción en España «es el resultado de una estructura política que deposita un enorme poder en manos de las autoridades locales, muchas de las cuales pueden otorgar contratos o terrenos con poca o ninguna consulta». Un análisis pobre y simplista del fenómeno de la corrupción en España, como, salvo honrosas excepciones, es norma en los grandes medios de comunicación extranjeros cuando hablan de nuestro país, que nada dice al español medio, y mucho menos a quienes ya hace tiempo dimos en calificar a esta noble, vieja, maltratada España como de «Estado de Corrupción».
Lo relevante de la cita del NYT es que viene a poner en evidencia que el cáncer español de la corrupción ha traspasado fronteras y hoy es moneda de curso legal que devalúa el buen nombre de España, daña su reputación y obstaculiza las normales relaciones comerciales de tanto honesto empresario español como trata de abrirse paso por el ancho mundo, siempre solo, siempre de espaldas a esos prestidigitadores de la «marca España» que primero corrompen dentro, o por lo menos consienten, y luego pretenden lavar imagen fuera a base de invertir montones de dólares, dinero generalmente salido del erario público.

El Régimen político español surgido de la Constitución de 1978, que fue vendido como una democracia avanzada, adolece de tan graves defectos que no pasa de ser una democracia de muy baja calidad. Se trata de un sistema cerrado, dominado por una clase política y unos grandes empresarios que actúan en connivencia para establecer trabas a los competidores y repartirse las correspondientes rentas dentro de un marco profundamente corrupto, que desincentiva la competencia, el mérito y el esfuerzo. Los partidos políticos vaciaron de contenido las instituciones, desmontaron los necesarios controles sobre el poder y blindaron sus privilegios mediante el control de la opinión pública y de los medios de comunicación.
En lugar de establecer un Sistema de Libre Acceso en la política y la economía, un entorno en el que primase el imperio de la ley, la igualdad de oportunidades, las instituciones neutrales, el trato impersonal o un sistema político caracterizado por el equilibrio de poderes, la Transición política dio lugar a un Sistema de Acceso Restringido, dominado por las relaciones de tipo personal, los privilegios, el intercambio de favores y las barreras a la participación. En términos más coloquiales, el «enchufe”

El problema de España no está en la genética, ni tampoco en ese incombustible fatalismo con ribetes épicos que, como relataba Stefan Zweig, nos acompaña desde hace quinientos años. Basta con observar cómo nuestros compatriotas, una vez emigran y se integran en sociedades mucho más exigentes pero abiertas y justas, destacan y prosperan como el resto. Mientras que, por el contrario, los ciudadanos provenientes de esas mismas sociedades, cuando se instalan en España, no sólo desarrollan nuestros mismos defectos sino que, en no pocos casos, los agravan.

Los políticos nacionalistas, siempre dispuestos a ser más papistas que el papa, la postura es aún más absurda. Y además de ignorar la imprescindible regeneración democrática, tal como sucede con sus hermanos de ámbito estatal, aprovechan el desmoronamiento del Estado para dar rienda suelta a sus anhelos soberanistas. Así, la casta política catalana promete salvar a sus conciudadanos de la catástrofe económica en la que estamos todos incursos mediante la independencia y la separación de España.
Cataluña no necesita más autogobierno, sino una democracia completa. Exactamente la misma medicina que está pidiendo a gritos el resto de España. Porque no es sólo que los catalanes no encuentren encaje en la España oficial, sino que casi ningún ciudadano español a día de hoy lo encuentra. Digámoslo claramente, el desafecto hacia esta España no es cosa exclusiva de los catalanes, sino que es un sentimiento que se extiende a lo largo y ancho de esta piel de toro. Y la solución a este problema no llegará nunca de la mano de quienes se odian y pugnan entre sí por conservar su cuota de poder dentro de este sistema cerrado. Los españoles, todos, debemos darnos cuenta de que no es posible seguir emborrachándose de sentimientos y renegando de la racionalidad. Porque es en ese limbo puramente emocional donde hacen carrera los malvados.

El desgastado sistema político actual necesita unas reformas urgentes encaminadas a mejorar la representación y a establecer unos eficaces mecanismos de control de los gobernantes con el fin de crear una verdadera democracia, un Sistema de Libre Acceso, que permita encarar con cierta garantía los años venideros. Y, aunque los tiempos han cambiado y la amenaza de la violencia y la inestabilidad política se encuentra más lejana, España corre el serio peligro de quedar descolgada, por enésima vez en la historia, del tren del futuro.
España nuevamente toca fondo, lo único que preocupa a la clase dirigente es salvar el sistema financiero, pilar fundamental del actual modelo político en el que se amontonan, además de las hipotecas de los españoles, las deudas mil millonarias de las grandes empresas y bancos, los pufos de los caciques posmodernos amantes del lucro fácil y los agujeros dejados por los pelotazos de la clase política. Y a esta forma de gobernar, que consiste en salvar del desastre a las elites dirigentes, llaman pragmatismo. Pero en realidad no es más que el mismo servilismo decimonónico de siempre: esa cadena de favores entre quienes tienen la sartén por el mango. Ha sido este sistema de prebendas, en combinación con una democracia incompleta, casi ficticia, lo que ha corrompido al Estado y a sus instituciones. Y hasta que nuestra pobre democracia no dé un enorme salto de calidad, seguiremos varados en el tiempo, y los calendarios y los relojes sólo servirán para desgranar las penas. Una vez más, estamos en grave peligro de quedar fuera de la historia y el progreso. No durante una década, como estiman los más optimistas, sino varias. ¿Soluciones? Las ya sabidas: poner fin al poder absoluto que los grandes partidos acumulan en todas las instituciones, de tal forma que la acción política se articule en un Parlamento, cuyos miembros sean elegidos de forma directa, por distritos electorales uninominales y por circunscripción única; instaurar una democracia con todos sus atributos, como la imprescindible separación de poderes, y, por último, lo que más irrita a la clase política, devolver las competencias a los ciudadanos, para que sean estos quienes tomen sus decisiones a título individual en las cuestiones más elementales. Porque el problema no es centralizar o descentralizar el poder, sino que este, en la práctica, siga estando en manos de unos pocos, tal como viene sucediendo desde hace demasiado tiempo. Se trata de cambiar las reglas de juego gradualmente. Sin prisa pero sin pausa.
No es necesario transformar a las personas, basta con cambiar su entorno. Un sistema político bien diseñado genera un equilibrio aceptablemente honrado; otro perverso conduce a un equilibrio muy corrupto, a un círculo vicioso que se refuerza sin cesar. Escapar del agujero negro de corrupción en que se encuentra España requiere un cambio drástico en las reglas del juego, una profunda y radical reforma política que proporcione un enérgico impulso, una colosal volea capaz de catapultar la esfera institucional al equilibrio contrario.

En contra de lo que la propaganda vendió hace 35 años, la democracia no es un fin en sí misma sino un medio para garantizar la libertad y el buen funcionamiento de las instituciones. El simple voto no es suficiente: debe servir para controlar a los gobernantes y proporcionar una eficaz representación. Y la prioridad de la Constitución debe consistir en garantizar unas instituciones neutrales, sometidas al oportuno juego de contrapoderes y al imperio de la ley. Por desgracia, los políticos no contemplaron estos sencillos principios en 1978.

Los gobernantes ejercen una fuerte influencia sobre los medios a través de subvenciones, publicidad institucional y concesiones administrativas a los medios audiovisuales. La prensa perdió su independencia, aunque, por suerte, los nuevos medios digitales van creando ventanas de información libre.
Ante tan profundo y grave deterioro, el sistema político español requiere reformas urgentes que fomenten una representación más directa de los ciudadanos, garanticen una efectiva separación de poderes, provean un eficaz sistema de selección de los políticos.

En definitiva, lo que consolida o destruye a una nación no son los ciclos económicos sino el buen funcionamiento de sus instituciones. Y muy especialmente, de aquellas que tienen que ver con la Justicia. Porque sin justicia no hay democracia. Y sin una democracia completa que propicie y asegure la sociedad abierta y de libre acceso, las crisis económicas se vuelven endémicas e interminables.
En un sistema partitocrático como el español son las direcciones de los partidos, no los ciudadanos, las que deciden quiénes serán los representantes y las que ejercen un estricto dominio sobre los miembros del Parlamento. Así, el diputado individual no puede tener criterio ni decisión propios. Dado que gran parte de los órganos de decisión del Estado, que deberían gozar de cierta independencia, se «nombran» por el Parlamento, esta preponderancia de las estructuras partidarias se traslada a otras muchas instituciones. De este modo, la partitocracia deja sin contenido real la mayor parte de los órganos del Estado, pues estos se limitan a adoptar formalmente unas decisiones que ya han sido tomadas por los partidos. Las instituciones pierden su fiabilidad, neutralidad y objetividad, desapareciendo así casi todos los controles que garantizan el cumplimiento de las leyes, fundamento básico del propio Estado de Derecho.

Quien creyó en algún momento que Mariano Rajoy, mejor o peor, podría ser la última barrera defensiva de una sociedad enfrentada a problemas de enorme magnitud, hoy ya sabe que no es así. Es el último baluarte de un Régimen que se descompone. El paradigma del político profesional de nuestro tiempo. Y detrás de él no hay alternativa. Queda, pues, una sociedad española que ha de reaccionar (desde arriba y desde abajo) y comprender que es un error delegar en organizaciones de poder que, pasando por encima de los individuos, obren el milagro de satisfacer demandas sociales que tienden a infinito con recursos que desgraciadamente son finitos. Ese error, aceptado durante décadas tácitamente por un pueblo sumiso, es lo que ha dado lugar a la crisis y a un expolio de colosales dimensiones. Porque al final los partidos políticos han terminado sirviéndose a sí mismos.
La dependencia económica de los medios de información frente a las cada vez más abultadas partidas presupuestarias del Estado, Autonomías y ayuntamientos, hurtó a la sociedad debates urgentes, informaciones relevantes y análisis imprescindibles. Y, en consecuencia, los ciudadanos se vieron imposibilitados para percibir la realidad y prepararse para la tormenta que se avecinaba. Si muchos de ellos hubieran tenido entonces una información adecuada y sin edulcorar, seguramente habrían actuado convenientemente y hoy estarían en mejor situación para afrontar el vendaval de la crisis. En conclusión, el sometimiento de los medios de información a los intereses políticos, por la vía del gasto publicitario de las administraciones públicas, imposibilitó la imprescindible maduración de la sociedad de cara a los enormes retos a los que habría de enfrentarse. Durante los años del boom económico y los primeros de la crisis, los periodistas dejaron de ser ese necesario mecanismo de control ante los excesos políticos y pasaron a formar parte del problema.

Hasta el mito del Rey, sostenido por arcaicos lazos sentimentales, cayó ante la evidencia racional de que la Monarquía sólo es útil cuando su titular mantiene un comportamiento ejemplar, y ante la comprobación de que, en contra de lo manifestado por el monarca, en España la ley no es igual para todos. El trato de favor concedido reiteradamente por la Justicia a la infanta Cristina apunta a que los tribunales no discriminan por el color de la piel pero sí parecen conceder escandalosos privilegios por el color de la sangre.
La actitud de los españoles ha cambiado tanto en los últimos años, que esos discursos pronunciados periódicamente por los políticos reivindicando la plena vigencia de la Constitución de 1978 resuenan hoy con estridente disonancia, casi como una cacofonía. Una puerta de esperanza se abre hacia una trasformación que devuelva a los ciudadanos la capacidad de decidir su futuro. Pero, ojo, en los momentos críticos surge la prueba más dura, la mayor de las barreras, la argamasa del vergonzante pacto de servidumbre: el miedo a la libertad y a la responsabilidad, fomentado durante tanto tiempo por los adalides del Régimen.

El destino final de los ingentes ingresos de la corrupción organizada ha sido el secreto mejor guardado de nuestra democracia. Los políticos se encargaron de difundir el benigno rumor de que iban íntegramente a pagar los abultados gastos electorales de los partidos. Sin embargo, cada día se extiende más el convencimiento de que sólo se dedica a propaganda y publicidad una parte de lo recaudado. El grueso podría ir destinado a pagar sustanciosos sobresueldos y gratificaciones a los dirigentes de los partidos y a garantizarse un capital suficiente para cuando abandonen la política. Si se piensa bien, no tiene mucho sentido organizar toda una estructura delictiva al por mayor, con el riesgo que ello puede comportar, simplemente por el bien del partido. Ese mito del altruismo, generosidad y desprendimiento de los políticos es sencillamente falso: su naturaleza suele ser bastante interesada.
Si de verdad queremos evitar que se consume el desastre económico, debemos tener muy presente que el problema de la inseguridad jurídica, la parálisis crónica de los tribunales, la injerencia constante del poder político en determinadas sentencias, las doctrinas a la carta y los escándalos procesales llevan aparejados un coste económico que es a todas luces insostenible. Desde esta perspectiva, la primera y más urgente reforma de todas cuantas atañen directamente a lo económico debería ser la de la Justicia. Sin esta reforma fundamental, la prosperidad que logremos en el futuro con nuestro esfuerzo, lágrimas y sudor, nunca estará a salvo: emprenderemos un nuevo viaje circular que, de seguro, nos llevará de vuelta al principio. Y España será por siempre el país del paro y del riesgo de la quiebra económica.

El Rey que, ostentando la responsabilidad de representar a la nación, es necesario actuar con mayor grado de solemnidad; o, al menos, no tutear a los interlocutores, menos aún a las autoridades del Estado, increpar a los reporteros, ni proferir en público groserías o expresiones malsonantes. Que es necesario conducirse con rectitud, pues la gente tiende a pensar que difícilmente puede moderar y poner orden en las instituciones quien no es capaz de refrenar su conducta ni ordenar su propia casa. Y que ni el Rey ni su familia pueden involucrarse en negocios turbios, ni cobrar comisiones, aun cuando esta sea la tónica general de la clase política: los demás dirigentes tienen un carácter transitorio, pero la Monarquía permanece.
Importantes diarios internacionales, como The New York Times, se preguntaron por el abultado e inexplicable patrimonio de Juan Carlos de Borbón, que ha sido calculado en unos 1.800 millones de euros. Algunos autores han señalado las diversas comisiones opacas, cobradas durante varias décadas, relativas a las importaciones españolas de petróleo, y a otros negocios como el origen principal de esta fortuna. Esto señalaría, en todo caso, una inusitada habilidad del monarca para afiliarse a Comisiones sin necesidad de hacerse sindicalista.
-Un imparable acaparamiento de la riqueza que, desde la Transición hasta nuestros días, ha avanzado en paralelo a la concentración del poder político y a la sombra de una ausencia total de competencia. Oh, sí, técnicamente, con esa burda receta, podríamos salir circunstancialmente de la crisis, por supuesto, pero a costa de ser todos mucho más pobres por tiempo indefinido. Porque aún habría que digerir una deuda de la que nadie, más allá del ciudadano de a pie, se hacía cargo. Y aunque volviéramos a crear empleo, la clase media estaría condenada. En definitiva, una falsa salida de la crisis hacia la que el Rey y el Régimen al completo decidieron galopar enloquecidos a lomos de Babieca unas semanas antes de aquel revelador mensaje del 24 de diciembre de 2012.
-Al final, la caída de Urdangarin fue consecuencia no tanto de su proceder, tan común en nuestra política, como de su estilo. Olvidó, presuntamente, que incluso la picaresca tiene sus propias reglas y, a juzgar por sus burdos manejos, se diría que sobreestimó su impunidad intentando hacer las cosas a su modo. «Donde fueres, haz lo que vieres», reza un popular refrán, pero resulta prudente adaptar las formas a las propias capacidades, posibilidades y oportunidades. Al fin y al cabo, Rey sólo hay uno. El duque de Palma no reparó en que se introducía en una jungla cruel y despiadada en la que romper ciertas normas no escritas y actuar por libre conllevaba un grave peligro de acabar devorado. Ya lo advirtió el italiano Giulio Andreotti, gran maestro en estas lides: «manca finezza».
-La crisis de la Corona proporciona un llamativo reflejo de los extendidos males que aquejan al sistema político de la Transición, causados por la ausencia de eficaces mecanismos de control del poder. Y, aunque la lógica de los tiempos juega lentamente en contra de las monarquías hereditarias, el titular de la Corona española, muchos políticos y parte de la prensa parecen empeñados en pisar a fondo el acelerador de la historia.

En España existen dos crisis diferenciadas: una, la que afecta a una casta privilegiada y minoritaria, susceptible de una pasajera mejoría gracias al sobreendeudamiento de los Estados, y otra, que afecta a la inmensa mayoría de ciudadanos, que están soportando ese endeudamiento y la consiguiente sequía crediticia con un empobrecimiento progresivo. En consecuencia, la cuestión no es cuándo saldremos de la crisis, sino cuánto tiempo queda hasta que el sistema llegue al límite y qué se puede hacer para evitarlo.
De hecho, en la práctica, lo que están haciendo los políticos es facilitar a los grandes agentes acaparar recursos, distorsionar el mercado y limitar el acceso a la economía a los «pequeños agentes», que son las pequeñas y medianas empresas, microempresas, autónomos y asalariados.
Mientras los grandes agentes que controlan la economía pueden socializar sus pérdidas con diferentes mecanismos y argucias, es decir, endosarlas al resto, la mayoría de los pequeños agentes no pueden. Y las crisis derivan en un lento e interminable proceso de empobrecimiento. Romper esta perversa dinámica sólo sería posible dando un salto a un Sistema de Libre Acceso. De no hacerlo pronto, la cuestión no será si la crisis terminará algún día, sino cuánto tiempo tardará el sistema en colapsarse por completo. O peor, cuánto falta para que los Estados se conviertan en sistemas completamente herméticos, al albur de los grandes agentes, y se certifique el final de las democracias.

Hacen falta nuevas instituciones que garanticen organismos independientes, un apropiado juego de contrapoderes en el seno del Estado y una representación más directa de los ciudadanos en el Legislativo. Un sistema que seleccione a los mejores para la gestión pública y, sobre todo, unas leyes eficaces que limiten la capacidad de actuación de los gobernantes, impidiendo su intervención en aquellos campos que deben corresponder exclusivamente a la sociedad civil. Y una nueva Constitución que prohíba terminantemente esas absurdas e interesadas trabas que entorpecen la participación en la economía nacional de esos emprendedores que no buscan los favores del poder político ni están dispuestos a pagar por ellos.

La dificultad surge de la propia naturaleza de las reformas. Estas consisten en eliminar un conjunto de restricciones y trabas, establecidas en el pasado, que conceden privilegios a determinados grupos a costa del resto de los ciudadanos. Estos privilegios se otorgaron a ciertos colectivos a cambio de respaldo político o a algunas empresas a condición de compartir los beneficios resultantes con los gobernantes (regalos, pagos, comisiones, promesa de puestos bien pagados en la empresa en el futuro, etc.). Así, el statu quo representaba para el poder político un complejo equilibrio de apoyos e intereses, con fuerte inercia y resistencia al cambio.
Los grupos privilegiados tienden a oponerse con fuerza a las reformas utilizando todo tipo de medidas de presión y difundiendo un discurso justificador de los privilegios. Por su parte, el apoyo del ciudadano común a estos cambios es mucho más débil, pues, así como las pérdidas se encuentran muy concentradas en unos colectivos concretos, las ganancias están muy repartidas entre toda la población.
En el fondo, las reformas consisten en una transformación de las instituciones económicas para que funcionen con mayor rigor e imparcialidad; en un cambio de las reglas del juego por otras más justas, garantizando que todos los agentes se atendrán a ellas; en la eliminación de las barreras que impiden la participación de amplios colectivos en ciertas actividades económicas, suprimiendo así los privilegios de algunos; en una apertura de las instituciones para poner límites al monopolio del poder y en la supresión de la connivencia entre políticos y «empresarios», del conocido reparto inconfesable de rentas y del nocivo intercambio de favores; en definitiva, en un avance hacia un Sistema de Libre Acceso.
Un programa reformista debe reducir la incertidumbre, proporcionando a la sociedad toda la información necesaria sobre las consecuencias de los cambios; presentar todas las transformaciones en un paquete para que ciertos grupos de presión consideren parcialmente compensadas sus pérdidas con las ganancias que obtienen de otras reformas, e impulsar todo el programa con celeridad y decisión para que se alcance pronto una mayoría social favorable al cambio.

Como casi todas las acciones humanas, el 15M tuvo luces y sombras, enormes grandezas pero también miserias. Mostró el enorme malestar e indignación existente con la clase política y la existencia de un importante número de ciudadanos dispuestos a exigir un cambio. Enseñó que basta un grupo de personas decididas y el concurso de Internet y de las redes sociales para canalizar el descontento social y sacar a la gente a la calle. Pero también demostró que, sin un análisis correcto de los problemas, sin un conjunto de propuestas adecuadas, coherentes, compartidas y asimiladas ampliamente, y sin una organización apropiada, cualquier movimiento se pierde en una simple explosión de ambiguo descontento, apagándose al poco tiempo.
Un movimiento ciudadano que busque la regeneración del sistema político necesita tres elementos fundamentales: un profundo análisis de los problemas, un planteamiento claro de las reformas necesarias y una estrategia coherente. Se trata de proponer las reformas precisas, capaces de cambiar las reglas del juego político para instaurar aquellos principios fundamentales de la democracia clásica que no se cumplen en España: separación y equilibrio de poderes, controles mutuos entre las instituciones, eficaz representación, instituciones neutrales, etcétera.

Utopía citando a Martin Luther King.
-Tengo un sueño. Que un día votaremos a nuestro diputado o concejal propio. Que examinaremos su programa pero también su valía personal y profesional, su trayectoria, su actitud vital. Y que exigiremos permanentemente responsabilidades de su actuación, en un contrato estable entre representante y representados. Que nuestro diputado votará en conciencia en la Cámara, sin hipotecas ni disciplinas de voto.
-Tengo un sueño. Que personas honestas, independientes, con criterio propio, ocuparán el Parlamento, desplazando a los funcionarios de los partidos. Que elaborarán leyes justas…
-Tengo un sueño. Que nuestro sistema señalará límites claros al ejercicio del poder y establecerá unos eficaces controles para evitar el abuso y la arbitrariedad. Que garantizará una efectiva separación de poderes entre Ejecutivo, Legislativo y Judicial, y asegurará que cada uno supervisa y controla a los otros dos. Y que el Poder Judicial será independiente y aplicará unas leyes justas, estables y sencillas.
-Sueño con unos partidos convertidos en asociaciones libres de ciudadanos que comparten las mismas ideas, no en estructuras burocráticas implacables que impiden la actuación en conciencia. Sueño con unos candidatos elegidos por un sistema de primarias libres. Y con un verdadero debate de ideas y propuestas entre partidos y candidatos, que sustituya a la bronca discusión sin argumento alguno.
-Sueño con una nítida separación de lo público y lo privado, que evite clientelismos, intercambio de favores y privilegios. Con un sistema abierto, con idénticas oportunidades para todos, donde cada persona se mida por su valía, su mérito y su esfuerzo y no por su posición, cuna, raza o relaciones personales. Y en una Administración neutral.
-Tengo un sueño. Que el sistema autonómico dejará de estar al servicio de los caciques regionales, que pasará a manos de los ciudadanos, de aquellos que lo pagan con su esfuerzo diario. Y que las competencias comenzarán a distribuirse con un criterio de eficiencia, no de mera conveniencia política ni como moneda de cambio en un indigno e ignominioso mercadillo de favores.
-Sueño con una prensa independiente del Gobierno y de los partidos, que informe y ejerza la crítica a los gobernantes. Con unas leyes que impidan la utilización de la publicidad institucional, o las concesiones, para controlar la voluntad de los medios. Y con una España sin televisiones dependientes del poder político.

Los ciudadanos debemos también reflexionar, esforzarnos para cumplir los sueños. Nuestra postura debe ser mucho más activa, menos conformista en la política. Debemos participar y vigilar permanentemente al poder.
Parece irreal, se asemeja a un sueño, pero depende de todos nosotros que esta pesadilla se transforme en un proyecto de futuro repleto de entusiasmo, esperanza e ilusión. Si queremos, podemos. En nuestra mano se encuentra la llave de la libertad.

Very interesting book where in an entertaining way, we are presented with the defects of our power system in Spain. The reasons are analyzed, clearly stating what are the real problems of our precarious democracy, appealing to reason, and talking about what to do, and what citizens should do: do not let ourselves be fooled anymore, as children, that the media «clients» of power tell us and take part in the regeneration of a truly democratic new regime.

On Sunday, May 5, the newspaper of the New York Times in New York Times spoke on its cover of corruption in Spain, claiming that our judges are currently investigating «almost a thousand politicians, ranging from mayors of small towns to former government ministers ». Although the newspaper claimed that Spain «is not at all the most corrupt country in Europe,» he also pointed out that «the worst is yet to come». For NYT, corruption in Spain «is the result of a political structure that places enormous power in the hands of local authorities, many of which can grant contracts or land with little or no consultation». A poor and simplistic analysis of the phenomenon of corruption in Spain, as, except for honorable exceptions, is the norm in the large foreign media when they speak of our country, which says nothing to the average Spaniard, and much less to those who have long since in qualifying this noble, old, battered Spain as the «State of Corruption.»
The highlight of the NYT meeting is that it shows that the Spanish cancer of corruption has crossed borders and today is a legal tender that devalues ​​the good name of Spain, damages its reputation and hinders the normal commercial relations of both honest Spanish businessman as he tries to break through the wide world, always alone, always with his back to those prestidigitadores of the «Spain brand» that first corrupt inside, or at least consent, and then try to wash image off by investing heaps of dollars, money usually left from the public purse.

The Spanish political regime emerged from the 1978 Constitution, which was sold as an advanced democracy, suffers from such serious defects that it is nothing more than a very low quality democracy. It is a closed system, dominated by a political class and big businessmen who act in connivance to establish obstacles to competitors and share the corresponding income within a deeply corrupt framework, which discourages competition, merit and effort. The political parties emptied the institutions, dismantled the necessary controls over the power and protected their privileges by controlling public opinion and the media.
Instead of establishing a System of Free Access in politics and economics, an environment in which the rule of law, equality of opportunity, neutral institutions, impersonal treatment or a political system characterized by the balance of powers prevails , the Political Transition gave rise to a Restricted Access System, dominated by personal relationships, privileges, the exchange of favors and barriers to participation. In more colloquial terms, the «plug»

The problem of Spain is not in genetics, nor in that incombustible fatalism with epic borders that, as Stefan Zweig related, has been with us for five hundred years. It is enough to observe how our compatriots, once they emigrate and integrate themselves in much more demanding but open and just societies, stand out and prosper like the rest. While, on the contrary, the citizens coming from those same societies, when they settle in Spain, not only develop our own defects but, in many cases, aggravate them.

The nationalist politicians, always willing to be more papist than the pope, the position is even more absurd. And in addition to ignoring the essential democratic regeneration, as happens with their brothers at the state level, they take advantage of the collapse of the State to give free rein to their sovereignist desires. Thus, the Catalan political caste promises to save its fellow citizens from the economic catastrophe in which we are all involved through independence and separation from Spain.
Catalonia does not need more self-government, but a complete democracy. Exactly the same medicine that is screaming for the rest of Spain. Because it is not only that the Catalans do not find lace in official Spain, but that almost no Spanish citizen today finds it. Let’s say it clearly, the disaffection towards this Spain is not exclusive of the Catalans, but it is a feeling that extends throughout the length and breadth of this bull’s skin. And the solution to this problem will never come from the hand of those who hate and fight each other to preserve their share of power within this closed system. The Spaniards, all of us, must realize that it is not possible to continue getting drunk with feelings and reneging on rationality. Because it is in that purely emotional limbo where the wicked race.

The worn-out political system today needs urgent reforms aimed at improving representation and establishing effective mechanisms of control of the rulers in order to create a true democracy, a System of Free Access, which allows facing with certain guarantee the coming years. And, although times have changed and the threat of violence and political instability is farther away, Spain is in serious danger of being left out of the train of the future for the umpteenth time in history.
Spain once again hits bottom, the only thing that worries the ruling class is to save the financial system, a fundamental pillar of the current political model in which, in addition to the mortgages of the Spanish, the billionaire debts of large companies and banks are piled up, the pumas of the postmodern caciques who love easy profit and the holes left by the pelotazos of the political class. And this way of governing, which consists in saving the ruling elites from disaster, they call it pragmatism. But in reality it is nothing more than the same nineteenth-century servility as always: that chain of favors among those who have the upper hand. It has been this system of perks, combined with an incomplete, almost fictitious democracy, that has corrupted the State and its institutions. And until our poor democracy does not make a huge leap of quality, we will remain stranded in time, and the calendars and watches will only serve to shed the penalties. Once again, we are in grave danger of being left out of history and progress. Not for a decade, as the most optimistic estimate, but several. Solutions? The already known: put an end to the absolute power that large parties accumulate in all institutions, so that political action is articulated in a Parliament, whose members are elected directly, by uninominal electoral districts and by single constituency; establish a democracy with all its attributes, such as the essential separation of powers, and, finally, what irritates the political class most, return powers to citizens, so that they are the ones who make their individual decisions on issues more elementary Because the problem is not to centralize or decentralize power, but this, in practice, remains in the hands of a few, as has been happening for too long. It’s about changing the rules of the game gradually. Slowly but surely.
It is not necessary to transform people, it is enough to change their environment. A well-designed political system generates an acceptably honest balance; another perverse one leads to a very corrupt equilibrium, to a vicious circle that is reinforced incessantly. Escaping from the black hole of corruption in which Spain finds itself requires a drastic change in the rules of the game, a deep and radical political reform that provides an energetic impulse, a colossal volley capable of catapulting the institutional sphere to the opposite balance.

Contrary to what the propaganda sold 35 years ago, democracy is not an end in itself but a means to guarantee freedom and the proper functioning of institutions. The simple vote is not enough: it must serve to control the rulers and provide effective representation. And the priority of the Constitution must be to guarantee neutral institutions, subject to the opportune set of counter-powers and the rule of law. Unfortunately, politicians did not contemplate these simple principles in 1978.

The rulers exert a strong influence on the media through subsidies, institutional advertising and administrative concessions to the audiovisual media. The press lost its independence, although, fortunately, new digital media are creating windows of free information.
Faced with such a deep and serious deterioration, the Spanish political system requires urgent reforms that encourage a more direct representation of citizens, guarantee an effective separation of powers, provide an effective system of selection of politicians.

In short, what consolidates or destroys a nation is not economic cycles but the proper functioning of its institutions. And very especially, those that have to do with Justice. Because without justice there is no democracy. And without a complete democracy that fosters and ensures an open and free access society, economic crises become endemic and endless.
In a partitocratic system such as the Spanish are the addresses of the parties, not the citizens, who decide who will be the representatives and who exercise a strict control over the members of Parliament. Thus, the individual deputy can not have his own criteria or decision. Given that a large part of the State’s decision-making bodies, which should enjoy some independence, are «appointed» by Parliament, this preponderance of party structures is transferred to many other institutions. In this way, the partitocracy leaves without real content most of the organs of the State, because these are limited to formally adopt some decisions that have already been taken by the parties. Institutions lose their reliability, neutrality and objectivity, thus eliminating almost all the controls that guarantee compliance with the laws, the basic foundation of the Rule of Law itself.

Whoever believed at some point that Mariano Rajoy, better or worse, could be the last defensive barrier of a society faced with problems of enormous magnitude, today already knows that this is not the case. It is the last bulwark of a Regime that breaks down. The paradigm of the professional politician of our time. And behind him there is no alternative. It remains, then, a Spanish society that has to react (from above and from below) and understand that it is wrong to delegate to organizations of power that, passing over individuals, perform the miracle of satisfying social demands that tend to infinity with resources that are unfortunately finite. That error, accepted for decades tacitly by a submissive people, is what has given rise to the crisis and to a collapse of colossal dimensions. Because in the end the political parties have ended up serving themselves.
The economic dependence of the media on the increasingly bulky budget items of the State, Autonomies and municipalities, robbed society of urgent debates, relevant information and essential analysis. And, consequently, citizens were unable to perceive reality and prepare for the storm that was coming. If many of them had then had adequate information and unsweetened, surely they would have acted properly and today would be in a better position to face the gale of the crisis. In conclusion, the submission of the information media to political interests, by way of advertising spending by public administrations, made impossible the essential maturation of society in the face of the enormous challenges it would face. During the years of the economic boom and the first ones of the crisis, the journalists stopped being that necessary control mechanism before the political excesses and they happened to comprise of the problem.

Even the myth of the King, supported by archaic sentimental ties, fell before the rational evidence that the Monarchy is only useful when its owner maintains an exemplary behavior, and before the verification that, contrary to the statement by the monarch, in Spain the law is not the same for everyone. The treatment of favor repeatedly granted by Justice to Infanta Cristina points out that the courts do not discriminate on the basis of skin color but do seem to grant scandalous privileges because of the color of the blood.
The attitude of the Spaniards has changed so much in recent years, that those speeches periodically delivered by politicians demanding the full validity of the 1978 Constitution resonate today with strident dissonance, almost like a cacophony. A door of hope opens up to a transformation that gives citizens the ability to decide their future. But, beware, at the critical moments arises the hardest test, the greatest of barriers, the mortar of the shameful pact of servitude: the fear of freedom and responsibility, fostered for so long by the champions of the Regime.

The final destination of the huge revenues of organized corruption has been the best kept secret of our democracy. The politicians were in charge of spreading the benign rumor that they went entirely to pay the bulky electoral expenses of the parties. However, every day the conviction extends that only part of the proceeds is devoted to propaganda and publicity. The bulk could go to pay substantial bonuses and gratuities to the leaders of the parties and to ensure sufficient capital for when they leave politics. If you think about it, it does not make much sense to organize a wholesale criminal structure, with the risk that this may involve, simply for the good of the party. That myth of altruism, generosity and detachment from politicians is simply false: their nature is usually quite interested.
If we really want to avoid the economic disaster is consumed, we must bear in mind that the problem of legal uncertainty, the chronic paralysis of the courts, the constant interference of political power in certain judgments, the doctrines on demand and the procedural scandals they carry an economic cost that is obviously untenable. From this perspective, the first and most urgent reform of all those that directly concern the economic should be that of Justice. Without this fundamental reform, the prosperity that we will achieve in the future with our effort, tears and sweat, will never be safe: we will embark on a new circular journey that, surely, will take us back to the beginning. And Spain will forever be the country of unemployment and the risk of economic bankruptcy.

The King who, with the responsibility of representing the nation, must act with a greater degree of solemnity; or, at least, not to talk to the interlocutors, even less to the authorities of the State, to reprimand the reporters, or to profess rude expressions or expressions in public. That it is necessary to conduct oneself with rectitude, because people tend to think that it is difficult to moderate and put order in institutions who are not capable of restraining their behavior or ordering their own home. And that neither the King nor his family can get involved in shady deals, nor charge commissions, even though this is the general tone of the political class: the other leaders have a transitory character, but the Monarchy remains.
Important international newspapers, such as The New York Times, questioned Juan Carlos de Borbón’s bulging and inexplicable patrimony, which has been estimated at around 1,800 million euros. Some authors have pointed out the various opaque commissions, charged for several decades, relating to Spanish oil imports, and to other businesses as the main origin of this fortune. This would indicate, in any case, an unusual ability of the monarch to join Commissions without having to become a trade unionist.
-An unstoppable hoarding of wealth that, since the Transition to our days, has advanced in parallel to the concentration of political power and in the shadow of a total absence of competition. Oh, yes, technically, with that crude recipe, we could leave the crisis circumstantially, of course, but at the cost of being much poorer for an indefinite time. Because we still have to digest a debt that nobody, beyond the ordinary citizen, took charge of. And even if we created jobs again, the middle class would be doomed. In short, a false exit from the crisis towards which the King and the entire regime decided to gallop madly on the back of Babieca a few weeks before that revealing message of December 24, 2012.
-In the end, the fall of Urdangarin was a consequence not so much of his behavior, as common in our politics, as of his style. He forgot, presumably, that even the picaresque has its own rules and, judging from its crude handling, it would be said that he overestimated his impunity by trying to do things his way. «Wherever you go, do what you see,» says a popular saying, but it is prudent to adapt forms to one’s own abilities, possibilities and opportunities. After all, Rey there is only one. The Duke of Palma did not notice that he was entering a cruel and ruthless jungle in which to break certain unwritten rules and act for free entailed a serious danger of being devoured. Already noticed the Italian Giulio Andreotti, great master in these lides: «manca finezza.»
-The crisis of the Crown provides a striking reflection of the widespread ills that afflict the political system of the Transition, caused by the absence of effective mechanisms of control of power. And, although the logic of the times plays slowly against the hereditary monarchies, the holder of the Spanish Crown, many politicians and part of the press seem intent on stepping on the accelerator of history.

In Spain there are two differentiated crises: one, that affects a privileged and minority caste, susceptible of a temporary improvement thanks to the over-indebtedness of the States, and another, that affects the vast majority of citizens, who are bearing this indebtedness and the consequent credit drought with progressive impoverishment. Consequently, the question is not when will we come out of the crisis, but how much time is left until the system reaches the limit and what can be done to avoid it.
In fact, in practice, what politicians are doing is to make it easier for big agents to monopolize resources, distort the market and limit access to the economy to «small agents», which are small and medium enterprises, micro-enterprises, self-employed and employees.
While the big agents that control the economy can socialize their losses with different mechanisms and tricks, that is, endorsing them to the rest, most small agents can not. And the crises result in a slow and endless process of impoverishment. Breaking this perverse dynamic would only be possible by jumping into a Free Access System. If we do not do it soon, the question will not be whether the crisis will end some day, but how long it will take the system to completely collapse. Or worse, how long it is until the States become fully hermetic systems, at the mercy of the great agents, and the end of the democracies is certified.

New institutions are needed to guarantee independent bodies, an appropriate set of counterpowers within the State and a more direct representation of citizens in the Legislative. A system that selects the best ones for public management and, above all, effective laws that limit the ability of the government to act, preventing their intervention in those fields that should correspond exclusively to civil society. And a new Constitution that strictly prohibits those absurd and interested obstacles that hinder the participation in the national economy of those entrepreneurs who do not seek the favors of political power or are willing to pay for them.

The difficulty arises from the very nature of the reforms. These consist in eliminating a set of restrictions and obstacles, established in the past, that grant privileges to certain groups at the expense of the rest of the citizens. These privileges were granted to certain groups in exchange for political support or to some companies on condition of sharing the resulting benefits with the rulers (gifts, payments, commissions, promise of well-paid positions in the company in the future, etc.). Thus, the status quo represented for political power a complex balance of support and interests, with strong inertia and resistance to change.
The privileged groups tend to strongly oppose the reforms using all kinds of pressure measures and spreading a discourse justifying privileges. For its part, the support of the ordinary citizen to these changes is much weaker, because, just as the losses are very concentrated in specific groups, the profits are widely distributed among the entire population.
Basically, the reforms consist in a transformation of the economic institutions so that they work with greater rigor and impartiality; in a change of the rules of the game by more just ones, guaranteeing that all agents will abide by them; in the elimination of the barriers that prevent the participation of large groups in certain economic activities, thus suppressing the privileges of some; in an opening of the institutions to put limits to the monopoly of power and in the suppression of the connivance between politicians and «entrepreneurs», of the known shameful distribution of rents and the harmful exchange of favors; in short, in an advance towards a System of Free Access.
A reformist program must reduce uncertainty by providing society with all the necessary information about the consequences of the changes; present all transformations in a package so that certain pressure groups consider their losses partially compensated with the gains they obtain from other reforms, and promote the whole program swiftly and decisively so that a social majority favorable to change is reached soon.

Like almost all human actions, the 15M had lights and shadows, great grandeur but also miseries. He showed the enormous discomfort and indignation existing with the political class and the existence of a significant number of citizens willing to demand change. He taught that a group of determined people and the contest of the Internet and social networks are enough to channel social discontent and get people out on the street. But it also showed that, without a correct analysis of the problems, without a set of adequate, coherent, shared and widely assimilated proposals, and without proper organization, any movement is lost in a simple explosion of ambiguous dissatisfaction, soon disappearing.
A citizen movement that seeks the regeneration of the political system needs three fundamental elements: a deep analysis of the problems, a clear approach to the necessary reforms and a coherent strategy. It is about proposing the precise reforms, capable of changing the rules of the political game to establish those fundamental principles of classical democracy that are not met in Spain: separation and balance of powers, mutual controls between institutions, efficient representation, neutral institutions, etc.

Utopia citing Martin Luther King.
-I have a dream. That one day we will vote for our own deputy or councilor. We will examine your program but also your personal and professional worth, your trajectory, your vital attitude. And that we will permanently demand responsibility for his performance, in a stable contract between the representative and the represented. That our deputy will vote in conscience in the House, without mortgages or voting disciplines.
-I have a dream. That honest, independent people, with their own criteria, will occupy the Parliament, displacing the officials of the parties. That they will make fair laws …
-I have a dream. That our system will indicate clear limits to the exercise of power and establish effective controls to avoid abuse and arbitrariness. That will guarantee an effective separation of powers between Executive, Legislative and Judicial, and will ensure that each one supervises and controls the other two. And that the Judicial Power will be independent and will apply fair, stable and simple laws.
I dream of a few parties converted into free associations of citizens who share the same ideas, not into implacable bureaucratic structures that impede action in conscience. I dream of candidates chosen by a system of free primary. And with a real debate of ideas and proposals between parties and candidates, to replace the argument without argument.
-I dream with a clear separation of public and private, that avoid clientelism, exchange of favors and privileges. With an open system, with identical opportunities for all, where each person is measured by their worth, merit and effort and not by their position, birth, race or personal relationships. And in a neutral Administration.
-I have a dream. That the autonomic system will no longer be at the service of the regional caciques, which will pass into the hands of the citizens, of those who pay with their daily effort. And that the competitions will begin to be distributed with a criterion of efficiency, not of mere political convenience or as a bargaining chip in an unworthy and ignominious market of favors.
-I dream with an independent press of the Government and the parties, that inform and exercise criticism to the rulers. With laws that prevent the use of institutional advertising, or concessions, to control the will of the media. And with a Spain without televisions dependent on political power.

Citizens must also reflect, strive to fulfill dreams. Our position must be much more active, less conformist in politics. We must participate and permanently monitor the power.
It seems unreal, it resembles a dream, but it depends on all of us that this nightmare becomes a future project full of enthusiasm, hope and hope. If we want, we can. In our hand is the key to freedom.

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