Testimonio En Chicago — Allen Ginsberg / Testimony In Chicago (letters) by Allen Ginsberg

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Un interesantísimo libro ‘Testimonio en Chicago’. Su gran protagonista, el poeta ‘beat’, Allen Ginsberg, quien fue sometido a un interrogatorio para decidir la culpabilidad de siete activistas que promovieron manifestaciones a favor de la paz (eran los tiempos de la guerra de Vietnam) y en contra del sistema capitalista durante la celebración de la convención del Partido Demócrata en 1968. Unas manifestaciones que pretendían ser un festival de la paz y del amor y que terminaron en un baño de sangre ante la fuerte represión policial.
No tienen desperdicio estas páginas en las que el escritor, al que el periodista Jason Epstein describe en la crónica que hizo para ‘The New York Review of Books’ “calzado con zapatillas blancas de deporte y con un gran bolso de punto que le llegaba a la cadera colgado del hombro izquierdo”, intenta convencer a “un jurado mayoritariamente de amas de casa del condado de Cook” de que todo lo sucedido fue fruto del ejercicio de la fuerza; de que se había dado pie a “una insólita y violenta puesta en escena de censura, un ejemplo del abuso que desde la noche de los tiempos inflinge el lobo de la costumbre al cordero de la verdad”, escribe Epstein.
Fue real este interrogatorio ante el que el lector actual asiste atónito y que podría ser fruto de la más absoluta ficción por su cáracter surrealista.
Ginsberg no dudó en recitar sus poemas más lascivos a petición de un juez que pretendía desacreditarlo y ante quien explicó que las imágenes más obscenas respondían a experimentos oníricos. Ni tuvo reparos en cantar el ‘Hare Krishna’ ni en entonar el célebre mantra Om de los budistas cuando se le pidió que explicara sus búsquedas espirituales, sus experiencias con el yoga y la meditación.
Merece la pena recuperar este trozo del pasado que tanto nos recuerda al presente. Merece la pena preguntarse por qué los intelectuales de hoy (frente a los de ayer) han renunciado hoy a la combatividad, a estar fuera del debate público.
Si con algo enlazan las verdades de Ginsberg, de la contacultura, de todo lo que significó mayo del 68, es con el movimiento de los indignados promovido por el veterano Stephen Hessel, así como con la búsqueda de nuevas vías, de nuevos caminos abiertos por filósofos como Péter Sloterdijk o Edgar Morin.
“No puede negarse: el único hecho de importancia ética universal en el mundo actual es el reconocimiento, cada vez mayor y difusamente omnipresente, de que así no se puede continuar“, sostiene el primero en su ensayo ‘Has de cambiar tu vida’, mientras que Morin propone una existencia más acorde con el ser que con el tener, sentencia: “El gran desafío del presente es salvar la Humanidad”.

El lunes 26 de agosto 1968, 6000 soldados del ejército regular pertrechados con fusiles, lanzallamas y bazucas fueron trasladados en helicóptero hasta Chicago; por otro lado, ya se habían movilizado a otros 6000 soldados de la Guardia Nacional de Illinois como refuerzo a los 12 000 agentes de la Policía de Chicago, que trabajaron en turnos de doce horas, siempre equipados con cascos con pantalla protectora, porras, revólveres, espráis, bombas de gas lacrimógeno, walkie-talkies y, en muchos casos, máscaras de gas; prestaron servicio 170 detectives, también con turnos de doce horas; el Servicio Secreto ocupó a 530 hombres durante las horas de la convención y a 130 durante las horas de descanso; se distribuyeron 500 máscaras de gas, llegadas una semana antes de la convención. Mientras, la brigada de Narcóticos trabajó día y noche para descubrir los imaginarios campos de marihuana que, según contaban, se habían plantado para la ocasión.
Esta extraordinaria movilización pretendía defender la ciudad de la coalición de grupos disidentes que ya el 15 de abril de 1967 habían celebrado su primera actividad colectiva en ocasión de una manifestación en Nueva York, contra la guerra de Vietnam y organizada por el Comité de Movilización de la Primavera, que había sido fundado a finales del año 1966 por David Dellinger y A. J. Muste.
Jay A. Miller, director de la American Civil Liberties Union, denominó el juicio político más importante de la historia de Estados Unidos (pues versaba sobre el problema de la libertad de expresión, de reunión y de viaje y sobre el problema de la defensa contra la persecución, el registro y el arresto arbitrarios por parte de la Policía) fue en realidad una venganza/válvula de escape de la burguesía por el robo imperdonable que había perpetrado el Movimiento Revolucionario de Liberación: el de la serenidad conformista. Baste recordar que el juez empleó dos jornadas enteras en leer todos los cargos y sus respectivas penas por los desacatos al Tribunal: Harry Kalven Jr. declaró que el proceso había sido la afirmación y el espaldarazo definitivo del «Desacato Power».

Permitidme que sea bien claro: siempre estaré de parte de los blancos a los que muerdan los perros. Pero la gente debería darse cuenta de que los perros han llegado finalmente al punto en el que son capaces hasta de atacar al presidente de la General Motors, que por fin es vulnerable.
Hippies, habéis respondido ante esa payasada de convención —que, de hecho, es de lo más convencional—, la Convención Demócrata, mediante vuestras manifestaciones en el parque, cargadas de poesía. ¿Es suficiente con eso?
JEAN GENET
DECLARACIÓN PÚBLICA. CHICAGO COLISEUM, 27 DE AGOSTO DE 1968

El testimonio de Ginsberg no solo pretendía demostrar que las intenciones de Hoffman y Rubin tenían un trasfondo pacífico, y que el único disturbio que habían querido suscitar había sido el del espíritu: una especie de asalto artístico contra el filisteísmo político del Partido Demócrata. Aspiraba asimismo a explicarle al jurado qué era lo que los acusados entendían por «su estilo de vida», puesto que, según los propios imputados, era por dicho «estilo de vida», y no por las presuntas infracciones, por lo que se los estaba juzgando. Los acusados albergaban la esperanza de que Ginsberg transmitiera al jurado que, si se había desatado la violencia durante la convención, había sido porque las Autoridades consideraban ese «estilo de vida» un serio desafío a su propia fe en una civilización moribunda; que esa misma civilización se había convertido en un lastre para el espíritu y en un peligro para la vida en sí; y que, aterrados ante esa constatación, la Policía y los funcionarios del Gobierno habían respondido con pistolas, porras, gases lacrimógenos y, en última instancia, con la acusación por la que estaban juzgando a los siete imputados. Lo que el testimonio de Ginsberg pretendía insinuar era que la reacción oficial al Festival de la Vida había sido una insólita y violenta puesta en escena de censura, un ejemplo del abuso que desde la noche de los tiempos inflige el lobo de la costumbre al cordero de la verdad.
Convencer de todo esto a un jurado compuesto mayoritariamente de amas de casa del condado de Cook es una empresa colosal —que requiere un esfuerzo casi a la altura de una conversión religiosa—.
Por lo demás, al tiempo que Ginsberg insistía en que los ingredientes espirituales de ese «estilo de vida» eran los valores de paz, amor y libertad, los indicios externos eran las greñas, las camisas moradas, los pantalones colorados; y todo ello aderezado, al mismo tiempo, por la conducta bufonesca que Hoffman y Rubin desplegaban en la sala y el lenguaje obsceno y a menudo violento que les atribuyó la retahíla de policías infiltrados, informadores pagados y agentes de paisano que pasaron por el estrado durante las nueve primeras semanas de juicio.
Así y todo, Ginsberg se dirigió al jurado con sobrado aplomo.

An interesting book ‘Testimony in Chicago’. Its great protagonist, the poet ‘beat’, Allen Ginsberg, who was subjected to an interrogation to decide the guilt of seven activists who promoted demonstrations in favor of peace (were the times of the Vietnam War) and against the capitalist system during the celebration of the convention of the Democratic Party in 1968. Some demonstrations that pretended to be a festival of peace and love and ended in a bloodbath before the strong police repression.
These pages are not wasted in which the writer, whom journalist Jason Epstein describes in the chronicle he did for ‘The New York Review of Books’ «shoes with white sports shoes and a large knitted bag that reached him the hip hung from the left shoulder «, tries to convince» a jury mostly of housewives of Cook County «that everything that happened was the result of the exercise of force; that an «unusual and violent staging of censorship had been given rise to, an example of the abuse that from the night of time inflicts the wolf of habit on the lamb of truth,» writes Epstein.
It was real this interrogation before which the current reader attends astonished and that could be the result of the most absolute fiction for its surrealistic character.
Ginsberg did not hesitate to recite his most lascivious poems at the request of a judge who sought to discredit him and to whom he explained that the most obscene images responded to dream experiments. He had no qualms about chanting ‘Hare Krishna’ or chanting the famous Om mantra of Buddhists when asked to explain his spiritual pursuits, his experiences with yoga and meditation.
It is worth recovering this piece of the past that reminds us so much of the present. It is worth wondering why today’s intellectuals (as opposed to yesterday) have today renounced combativity, to be outside the public debate.
If with something they link the truths of Ginsberg, of the contacultura, of everything what it meant May of the 68, it is with the movement of the indignados promoted by the veteran Stephen Hessel, as well as with the search of new routes, of new roads opened by philosophers like Péter Sloterdijk or Edgar Morin.
«It can not be denied: the only fact of universal ethical importance in today’s world is the recognition, increasingly and diffusely omnipresent, that this can not be continued», says the first in his essay ‘Have to change your life’, whereas Morin proposes an existence more in agreement with the being than with the having, it sentences: «The great challenge of the present is to save the Humanity».

On Monday, August 26, 1968, 6000 soldiers of the regular army armed with rifles, flamethrowers and bazookas were transported by helicopter to Chicago; On the other hand, 6,000 other soldiers of the Illinois National Guard had already been mobilized to reinforce the 12,000 officers of the Chicago Police, who worked in twelve-hour shifts, always equipped with protective helmets, batons, revolvers , sprays, tear gas bombs, walkie-talkies and, in many cases, gas masks; 170 detectives served, also with twelve-hour shifts; the Secret Service occupied 530 men during the hours of the convention and to 130 during the hours of rest; 500 gas masks were distributed, arrived a week before the convention. Meanwhile, the Narcotics brigade worked day and night to discover the imaginary fields of marijuana that, they said, had been planted for the occasion.
This extraordinary mobilization was intended to defend the city from the coalition of dissident groups that had already celebrated their first collective activity on April 15, 1967 on the occasion of a demonstration in New York, against the Vietnam War and organized by the Committee of Mobilization of the Primavera, which had been founded at the end of 1966 by David Dellinger and AJ Muste.
Jay A. Miller, director of the American Civil Liberties Union, called the most important impeachment in the history of the United States (since it dealt with the problem of freedom of expression, assembly and travel and the problem of defense against the arbitrary persecution, search and arrest by the police) was actually a revenge / escape valve of the bourgeoisie for the unforgivable theft committed by the Revolutionary Liberation Movement: that of conformist serenity. Suffice it to recall that the judge spent two full days reading all the charges and their respective penalties for the contempt of the Court: Harry Kalven Jr. declared that the process had been the affirmation and the definitive accolade of the «Desacato Power».

Allow me to be very clear: I will always be on the side of white people who are bitten by dogs. But people should realize that dogs have finally reached the point where they are even capable of attacking the president of General Motors, who is finally vulnerable.
Hippies, you have responded to that convention antics – which, in fact, are the most conventional -, the Democratic Convention, through your demonstrations in the park, loaded with poetry. Is that enough?
JEAN GENET
PUBLIC DECLARATION CHICAGO COLISEUM, AUGUST 27, 1968

Ginsberg’s testimony was not only intended to demonstrate that Hoffman and Rubin’s intentions had a peaceful background, and that the only disturbance they had wanted to provoke was that of the spirit: a kind of artistic assault against the political philistinism of the Democratic Party. He also wanted to explain to the jury what the defendants understood by «their way of life», since, according to the accused, it was because of said «lifestyle», and not because of the alleged infractions, that they were I was judging. The defendants were hopeful that Ginsberg would convey to the jury that, if violence had been unleashed during the convention, it had been because the Authorities considered that «lifestyle» a serious challenge to their own faith in a dying civilization; that that same civilization had become a burden on the spirit and a danger to life itself; and that, terrified by this finding, the police and government officials had responded with guns, truncheons, tear gas and, ultimately, with the accusation for which they were judging the seven accused. What Ginsberg’s testimony was meant to imply was that the official reaction to the Festival of Life had been an unusual and violent staging of censorship, an example of the abuse that since the mists of time has inflicted the habit wolf on the lamb of the truth.
Convincing all this to a jury made up mostly of housewives from Cook County is a colossal undertaking – one that requires an effort almost at the height of a religious conversion.
For the rest, while Ginsberg insisted that the spiritual ingredients of this «lifestyle» were the values ​​of peace, love and freedom, the external indications were the hair, the purple shirts, the red pants; and all this spiced, at the same time, by the buffoonish behavior that Hoffman and Rubin displayed in the room and the obscene and often violent language attributed to them by the stream of infiltrated police, paid informers and plainclothesmen who passed by on the stand during nine first weeks of trial.
Even so, Ginsberg addressed the jury with ample aplomb.

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