Inshallah — Oriana Fallaci / Inshallah by Oriana Fallaci

Inshallah de Oriana Fallaci (el título significa “lo que Dios quiera”, pero para saber porqué tiene ese nombre hay que leerlo…) Éste es un libro monumental, que sin embargo todo el mundo debería tener la paciencia de leer. Todo el mundo, porque la historia es impresionante: ni siquiera es una historia, son decenas, en total más de 60 personajes, que se enlazan en una trama prácticamente perfecta donde casi no quedan cabos sueltos… y donde se puede ver la cruda realidad: el dolor, la guerra, la desesperanza… y también la esperanza, también la felicidad y el amor. Queda expresado en este libro ese deseo de Oriana de entenderlo todo y a todos, de ponerse en el lugar de todos… por eso es tan largo, por eso tan complicado: no puede ser menos complicado que la vida misma.

Tomemos nota de la crueldad. De noche los perros vagabundos invadían la ciudad. Centenares y centenares de perros que aprovechando el miedo ajeno se desparramaban por las calles desiertas, las plazas vacías, los callejones deshabitados sin que se supiera su proveniencia porque de día no se dejaban ver. Tal vez de día se ocultaban entre los escombros, en lbs sótanos de las casas destruidas, en las cloacas con los ratones, tal vez no existían porque no eran perros sino fantasmas de perros que se materializaban con la obscuridad para imitar a los hombres que los habían matado. Como los hombres se dividían en bandas ardientes de odio, como los hombres sólo querían despedazarse, y el monótono rito se celebraba siempre con el mismo pretexto: la conquista de una acera que los restos de comida y la podredumbre habían vuelto preciosa. Avanzaban despacio, en patrullas mandadas por un jefe que era el perro más feroz y más grande, y al principio no los notabas porque caminaban en silencio: la estrategia de los soldados que reptan sigilosamente para caer sobre el enemigo y degollarlo. Pero de pronto el jefe de la patrulla lanzaba un ladrido, como el toque de una corneta que anuncia el ataque a ese ladrido seguía otro ladrido, otro más, después el ladrido colectivo del grupo que se disponía en círculo para encerrar al grupo adversario, cercarlo para impedirle la fuga, y estallaba el infierno. Revolcándose en la podredumbre agresores y agredidos se hincaban los colmillos en el cuello y el lomo, se mordían en los ojos y las orejas, se desgarraban el vientre, y los aullidos de furor ensordecían más que las bombas. Fuera cual fuese el combate que desgarrara la noche, el choque entre los hombres, el estruendo de los perros que se mataban por la posesión de una acera superaba los estallidos de los cohetes, los estampidos de los morteros, las detonaciones de la artillería. Y nunca un instante de reposo, de tregua. Sólo cuando el cielo palidecía con la violácea claridad del alba y las bandas se esfumaban dejando charcas de sangre, carroñas de compañeros derrotados, volvías a oír los sonidos de la guerra hecha con cohetes, morteros y artillería.

La dureza es absoluta… Estoy muy, muy enfadado, sargento. Tenía diecinueve años, sargento… Diecinueve, la madre de Dios, diecinueve, y ahora ya no los tengo. Los he perdido. Porque desde hoy ya no creo en nada, sargento. Ni en Cristo ni en la Virgen ni en Dios Nuestro Señor ni en los santos ni en los hombres, en nada. Cristo no existe, la Virgen no existe, Dios nuestro Señor no existe, los santos no existen, no existen. Los hombres existen, pero sería mejor que no existieran. ¡Qué malos son, los hombres! Malos, malos, ¡animales! No, animales, no. Porque los animales se matan, se comen. No van con camiones llenos de hexógeno a lanzar a las niñas dentro de los retretes. ¿Quién era ese hombre del camión, sargento? ¿Quién era? Te lo digo yo, quién era: un hombre. Sí, un hombre con dos brazos y dos piernas y un corazón y un cerebro. Conque no me gusta haber nacido entre los hombres. Mejor nacer entre las hienas y las cucarachas, o incluso no nacer y se acabó. El año pasado escribí una redacción en la que decía que los hombres son superiores a los animales porque saben construir carreteras y puentes y casas y cúpulas y barcos y aeroplanos. Y además saben pintar la Capilla Sixtina, y escribir el Hamlet, y componer el Nabucco y transplantar corazones, e ir a la Luna. Cosas todas que los animales no saben hacer. Pero dije tonterías. Porque, ¿¡¿para qué sirve ser tan listos si después se lanza a las niñas dentro de los retretes?!? No, yo no creo en los hombres. Y como soy uno dé ellos, desde hoy ya no creo ni siquiera en mí. Sargento… no debía haber venido a Beirut. Si no hubiera venido aquí, creería aún en mí mismo. Y tendría aún mis diecinueve años. ¡Bobo! ¡Primo, bobo! Yo quería ver la guerra, por eso no dije que tenía la rótula partida en la rodilla izquierda. Bueno, pues ya he visto la guerra y no me gusta. No me gustan los ejércitos, no me gustan los uniformes. ¿Por qué has elegido este oficio, sargento? Yo no lo he elegido. Yo soy soldado de remplazo, yo estoy aquí por carambola o, mejor dicho, por error. Por curiosidad. En cambio, ¡tú!, para ti la guerra es un oficio. Tú también sabes hacer las porquerías que ha hecho el hombre del camión. Has aprendido a usar las bombas como un panadero aprende a cocer el pan. ¿Por qué? Yo no comprendo por qué alguien puede querer aprender cosas así. Yo he aprendido a usar el fusil, y me avergüenzo. Y pienso: ¿Y si le cogiera gusto yo también? No, no es posible, odio demasiado la guerra. Y si alguien me viene a decir que siempre ha habido guerra y siempre la habrá, le rompo los huesos. Le doy una paliza. Para vengarme de haber perdido mis diecinueve años, sargento. Dime que tengo razón, sargento.”
“Tienes razón” dijo. “Jura que no matarás nunca a nadie, sargento.” “Juro que no mataré nunca a nadie” dijo. Después le dio una palmada en el hombro y se fue sin sacar siquiera una fotografía.
“Stefano, volvamos al Cuartel General.” Y volvió al Cuartel General donde lo esperaba Ninette.

Sin duda cruda como la vida misma.

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Inshallah by Oriana Fallaci (the title means “what God wants”, but to know why it has that name you have to read it …) This is a monumental book, which however everyone should have the patience to read. Everyone, because the story is impressive: it is not even a story, there are dozens, in total more than 60 characters, which are linked in a practically perfect plot where almost no loose ends are left … and where you can see the harsh reality: the pain, the war, the hopelessness … and also the hope, also the happiness and the love. It is expressed in this book that Oriana’s desire to understand everything and everyone, to put herself in everyone’s place … that’s why it’s so long, that’s why it’s so complicated: it can not be less complicated than life itself.

Let’s take note of the cruelty. At night the vagabond dogs invaded the city. Hundreds and hundreds of dogs that took advantage of the fear of others scattered through the deserted streets, the empty squares, the uninhabited alleys without their origin being known because they were not visible during the day. Perhaps by day they were hiding in the rubble, in the cellars of the destroyed houses, in the sewers with the mice, maybe they did not exist because they were not dogs but the ghosts of dogs that materialized in the dark to imitate the men who They had killed. As men divided themselves into fiery bands of hate, as men only wanted to tear themselves apart, and the monotonous rite was always celebrated on the same pretext: the conquest of a sidewalk that the remains of food and rot had become precious. They advanced slowly, on patrols commanded by a leader who was the fiercest and largest dog, and at first you did not notice them because they walked in silence: the strategy of the soldiers who crawl stealthily to fall on the enemy and kill him. But suddenly the leader of the patrol barked, as the sound of a bugle announcing the attack on that bark followed another bark, another, then the collective bark of the group that was arranged in a circle to enclose the adversary group, encircle it to prevent his escape, and hell broke out. Rolling in the rot aggressors and assaulted their fangs in the neck and the back, they bit their eyes and ears, they tore their bellies, and the howls of fury deafened more than the bombs. Whatever combat might tear the night, the clash between the men, the roar of the dogs that were killed by the possession of a sidewalk exceeded the outburst of the rockets, the explosions of the mortars, the detonations of the artillery. And never a moment of rest, of truce. Only when the sky paled with the violet light of dawn and the bands vanished leaving pools of blood, carriages of defeated companions, you heard again the sounds of war made with rockets, mortars and artillery.

The hardness is absolute … I am very, very angry, sergeant. I was nineteen, sergeant … Nineteen, the mother of God, nineteen, and now I do not have them. I have lost them. Because since today I do not believe in anything, sergeant. Neither in Christ nor in the Virgin nor in God Our Lord nor in the saints nor in men, in anything. Christ does not exist, the Virgin does not exist, God our Lord does not exist, the saints do not exist, they do not exist. Men exist, but it would be better if they did not exist. How bad they are, men! Bad, bad, animals! No, animals, no. Because animals are killed, they eat. They do not go with trucks full of hexogen to throw the girls into the toilets. Who was that man in the truck, sergeant? Who was? I tell you, who I was: a man. Yes, a man with two arms and two legs and a heart and a brain. So I do not like being born among men. Better to be born between hyenas and cockroaches, or not even born and it’s over. Last year I wrote an essay in which I said that men are superior to animals because they know how to build roads and bridges and houses and domes and boats and airplanes. And they also know how to paint the Sistine Chapel, and write the Hamlet, and compose the Nabucco and transplant hearts, and go to the Moon. All things that animals do not know how to do. But I said nonsense. Because, what’s the point of being so smart if you throw the girls in the toilets afterwards?!? No, I do not believe in men. And since I am one of them, from today I do not even believe in myself. Sergeant … I should not have come to Beirut. If I had not come here, I would still believe in myself. And I would still be nineteen years old. Fool! Cousin, bobo! I wanted to see the war, that’s why I did not say I had a broken kneecap in my left knee. Well, I’ve already seen the war and I do not like it. I do not like armies, I do not like uniforms. Why did you choose this trade, sergeant? I have not chosen it. I am a replacement soldier, I am here by carom, or rather, by mistake. Out of curiosity On the other hand, you, for you, war is a trade. You also know how to make the crap that the man in the truck has made. You have learned to use bombs as a baker learns to bake bread. Why? I do not understand why someone may want to learn things like that. I have learned to use the rifle, and I am ashamed. And I think: What if I liked him too? No, it’s not possible, I hate the war too much. And if someone comes to me to say that there has always been war and there always will be, I break the bones. I give him a beating. To avenge myself for having lost my nineteen years, sergeant. Tell me I’m right, sergeant. ”
“You’re right,” he said. “Swear you will never kill anyone, sergeant.” “I swear I will never kill anyone,” he said. Then he slapped him on the shoulder and left without even taking a picture.
“Stefano, let’s go back to the Headquarters.” And he returned to the General Headquarters where Ninette was waiting for him.

Undoubtedly raw as life itself.

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