La Soledad Del Lector — David Markson

Este libro puede defraudar a mucha gente pero a mi me gusta leer entre líneas y el acierto es el desacierto que se da en muchos lectores.
Cuando topamos con un texto tan poco usual como éste la pregunta que inevitablemente uno se hace es qué es La soledad del lector. Después de darle muchas vueltas me decidido a no detenerme en lo que La soledad del lector no es y me atrevo a afirmar que estamos ante una Novela Indirecta.
“Indirecta” porque no trata explícitamente de unos hechos y porque, en un sentido tradicional comúnmente aceptado, La soledad del Lector “no cuenta nada”
Pero existe una suerte de trama en el interior del texto, que tiene como actantes al Lector y al Protagonista, “una trama no lineal, discontinua, en forma de collage” que avanza (si es que lo hace) entre interrogaciones. No es tanto una trama como la posibilidad de una trama.
Los lectores somos seres solitarios y hemos venido a este lugar porque allá no tenemos ninguna clase de vida y alguien nos saludó por la calle con la cabeza y nos preguntamos ¿quién? ¿me saludó a mi o a él? Y acabamos viviendo en un caserón desvencijado desperdiciando el poco tiempo que nos queda dando paseos por las dunas desiertas y acabamos en el cementerio intentando descubrir nuestro nombre en alguna de las lápidas. Y la memoria tiene tanta importancia como la narrativa; de hecho la memoria no distingue que recuerdos pertenecen a la realidad.
Me da la sensación de que lo que Markson quiere reflejar con esta ingente cantidad de datos que se suceden como un mantra hipnótico y subyugante a lo largo de La soledad del Lector es tanto la inutilidad como la importancia de la literatura en nuestras vidas. Es difícil interrumpir la lectura de este texto porque fluye como el tiempo y verdaderamente nos aísla del entorno y nos sumerge en la esencia de la narrativa. No es una novela y no es una no-novela, y no es un non-sense porque acumula todo el sentido que la narrativa puede tener, pero despojada de sentido.
Y sí, los Lectores somos seres patéticos y desolados.

Un hombre se propone familiarizarse con el espacio que habita. Mientras observa el movimiento a su alrededor, lee, acumula citas y toma apuntes. Escritores, filósofos, artistas, la historia del arte y la cultura. Crea, con pocos elementos, una especie de teatro de cámara con dos personajes, el Protagonista y el Lector, y una playa o un cementerio como escenarios posibles. Ese es el relato aparente de esta novela, su engañosa superficie. A poco de avanzar, las citas y los apuntes nos van asomando a un universo en el que debemos desplazarnos como en el tablero de un juego misterioso, tal vez genial, cuyas piezas son la vida, la muerte, el amor, el suicidio, la enfermedad, el arte como juego, el arte como extrema experiencia vital.
La dicotomía-identificación Lector-Autor (que va de Markson hasta nosotros) preguntamos: ¿Es La soledad del Lector la demostración práctica de la intoxicación de los paratextos?

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