Trump Y La Caída Del Imperio Clinton — Vicente Vallés / Trump And The Fall Of The Clinton Empire by Vicente Vallés (spanish book edition)

Este es un interesante libro del periodista de informativos de Antena 3, donde demuestra conoce la política norteamericana, sin embargo me parece un libro irregular y con demasiadas páginas al affair Lewinsky y donde se puede meter el dedo en la llaga con la administración Clinton, fundaciones incluidas, además de Trump donde aplicó muy bien eso de a río revuelto ganancia de pescadores.

Un Advanced Persistent Threat es una serie continuada de ataques cibernéticos con objetivos muy concretos y, lo más importante, dirigida por el gobierno de un país contra otro país, o contra empresas, o contra alguna entidad nacional o multinacional. La palabra es ciberespionaje, y ningún país del mundo ha llegado a los niveles de sofisticación alcanzados por China y Rusia. Disponen de los mejores recursos informáticos y de una organización preparada hasta el detalle desde hace, al menos, una década.
En el caso de Rusia, además, se ha empezado a crear una cierta aureola mística en torno a un grupo de individuos, conocidos en algunos ámbitos especializados como APT29, pero más famosos por el apodo que les gusta utilizar: los Duques. The Dukes trabajan al servicio del gobierno ruso al menos desde 2008, cuando el exespía del KGB Vladimir Putin tuvo que ceder la presidencia de la Federación Rusa durante cuatro años, por motivos constitucionales, a su marioneta política Dimitri Medvedev, quedándose como primer ministro a la espera de intercambiar los cargos en 2012, como así hicieron.
Los Duques han operado contra organizaciones criminales que amenazaban a Rusia. Pero también, y sobre todo, son conocidos y temidos por realizar operaciones de ciberespionaje contra otros países, utilizando herramientas de malware creadas por ellos y que llevan nombres como OnionDuke, CloudDuke, MiniDuke o PinchDuke. Sus primeros ataques detectados fueron contra los rebeldes chechenos. Pero pronto empezaron a actuar contra gobiernos y entidades occidentales.

Donald Trump se quedó con todo, porque Hillary Clinton ganó muchísimos votos allí donde no necesitaba tantos, y dejó de ganarlos allá donde le resultaban imprescindibles. A Hillary no le sirvió de nada doblar el número de votos de Trump en California. Ganó, incluso, en el condado de Orange, al sur de Los Angeles, donde los republicanos habían sido los más votados de forma ininterrumpida desde hacía ochenta años. Para nada. Porque donde Clinton necesitaba ganar era en Wisconsin, y en Florida, y en Ohio, y en Pennsylvania, y en Michigan. Y no lo hizo. O bien porque su campaña fracasó en esos estados, o bien porque los Duques lo impidieron vía internet desde las frías tierras de Rusia.
La visión panorámica de los resultados ofrece un dato muy singular: Hillary Clinton ganó por mucha distancia en los estados tradicionalmente demócratas, aquellos en los que aumentar su ventaja con Trump no le suponía ninguna ayuda suplementaria; pero Trump ganó en todos los estados que estaban en disputa, y en la mayoría de ellos por apenas un puñado de votos.
Trump es, sobre todo, trumpista. No tiene un cuerpo ideológico compacto, sin embargo todas las ideas que lanza (muchas de ellas se le ocurren sobre la marcha) tienen ese diseño reconocible que las hace solo propias de él. No son imaginables en boca de nadie más. Por eso Trump es único. Y, quizá por eso, Trump es el presidente de los Estados Unidos.

En mayo de 2016, cuando su nominación como candidato republicano era casi un hecho, Trump se vio obligado a presentar algunas de sus cuentas en público. Entre sus posesiones más rentables están los campos de golf, que le habrían reportado unos beneficios de 382 millones de dólares. Y era muy notable el listado de ingresos que había tenido solo entre enero y mayo de 2015: 611 millones de dólares.
Trump revelaba intereses en más de 500 negocios de diverso tipo, ya fuera como propietario, propietario parcial, accionista o gestor. Resultaba curioso confirmar cómo tenía acciones, por ejemplo, en Amazon, Apple y Ford, empresas a las que había criticado públicamente por haber deslocalizado parte de sus operaciones a otros países, o por no cumplir, en su opinión, las regulaciones antitrust. De hecho, su mayor paquete de acciones lo tenía entonces en Apple: unos 600.000 dólares. En Ford tenía 500.000. También era accionista de Microsoft, General Electric, Goldman Sachs, Wells Fargo y Pepsi. Si su lema en el mercado inmobiliario es «localización, localización, localización», en el mercado de valores es «diversificar, diversificar, diversificar». En total, se estima que invierte en acciones unos 172 millones de dólares, según esos mismos datos que Trump hizo públicos al presentar su candidatura. Unos 10 millones los tiene colocados en acciones de compañías concretas, como las ya especificadas. El resto, la gran mayoría, está en los llamados hedge funds (49 por ciento), en bonos (21,5 por ciento), en metálico (21,5 por ciento) y en acciones (8 por ciento).
Los expertos que analizaron los datos publicados por el propio Trump coincidían en calificar al entonces candidato republicano como un inversor conservador, al tener la mayor parte de su dinero en hedge funds, que son operados por algunos de los más respetados agentes de Wall Street.
¿Cuál es la fortuna real de Trump? Se desconoce. Según su propio (y no necesariamente creíble) testimonio, podría estar en alguna cantidad dentro del amplio margen que hay entre los 10.000 y 20.000 millones de dólares. Más cerca de la primera cifra que de la segunda, suponiendo que sea cierto lo que dice Trump. De esa fluctuante cuantía habría que restar los millones de dólares que debe, aunque el montante de esa deuda tampoco se conoce con certeza.
La revista Forbes redujo la cantidad neta de sus activos a unos 4.500 millones, lo que le situaba en el puesto 405 entre las mayores fortunas del mundo. Bloomberg limitó su riqueza a menos de 3.000 millones. Aun así, se trata de una cantidad que ningún anterior presidente de los Estados Unidos ha tenido jamás.

(Los Clinton y su salida Casa Blanca) un documento de 220 páginas relataba el resultado de la investigación. Habían desaparecido sesenta y dos teclados de ordenador, veintiséis teléfonos móviles, dos cámaras, diez pomos de puertas que tenían algún valor por su antigüedad, varias medallas presidenciales y placas de oficina con el sello de la Casa Blanca. Todos esos daños tenían un valor aproximado de 20.000 dólares. Se establecía que muchos de aquellos estragos habían sido claramente intencionados pero que no se podía determinar quién era el responsable.
Los miembros de la administración Clinton dijeron entonces que las acusaciones previas habían sido exageradas, y que los daños eran los mismos que ellos se habían encontrado al llegar a la Casa Blanca después de la presidencia de Bush padre.
Pero los desperfectos en la Casa Blanca (asunto menor), el pintoresco asunto de los muebles y las obras de arte tomados a «préstamo» de la Casa Blanca (asunto mediano) y, sobre todo, el perdón presidencial a Marc Rich (asunto mayor) convirtieron la salida del poder de los Clinton en el lamentable epílogo de una presidencia sin igual. Su imagen resultó destruida hasta un extremo tal, que el desprecio general.

Los meses de julio de cada año electoral, los americanos ponen en marcha el gran espectáculo político de las convenciones. Cada partido nombra con formalidad a su candidato a la presidencia y lanza globos de colores al aire. Pero no siempre existieron las convenciones.
Las inventaron quienes odiaban a los masones.
A principios del siglo XIX se extendió por Estados Unidos la impresión de que los masones (la llamada Freemasonry) se habían constituido en una sociedad clandestina elitista, convencida de que podía y debía gobernar el país desde la sombra. El sistema democrático cincelado por los Padres Fundadores estaba en riesgo si caía en manos de una organización secreta, constituida por individuos vestidos con extraños atuendos y decididos a realizar ceremonias que parecían satánicas.
En 1828, un grupo de inflamados antagonistas de los masones se escindió del Partido Nacional Republicano y constituyó el Partido Antimasonería. Aquel fue el primer tercer partido de los Estados Unidos, pero no el último.

El objetivo último de aquellos mensajes de ida y vuelta, de endurecer y reblandecer el discurso, no eran solo los negros y los hispanos. Quizá, ni siquiera fueran en realidad esas minorías, aunque pudiera parecerlo. Eran también los blancos independientes y moderados. Aquellos que pudieran dudar entre votar a Clinton o a Trump, y que estaban más tentados de dar su voto a la candidata demócrata porque no se sentían cómodos poniéndose del lado de un candidato que pasa por ser un racista. Y esos votantes menos politizados y más predispuestos a decidir su voto al final podían ser determinantes.
En definitiva: pidamos el voto de los negros, pero con un mensaje que alivie a los blancos con remordimientos de raza. Porque, al final, ¡son los blancos, estúpido! El blanco de Trump eran los votantes blancos, una parte de América. La suya. Eran ellos quienes tenían la sensación, justificada o no, de que el trato de las administraciones hacia las minorías raciales y los inmigrantes les había situado lejos del disfrute de las prestaciones sociales y cerca de perder sus precarios empleos en la industria o los servicios. Eran ellos, los trabajadores blancos, quienes por primera vez en la historia de Estados Unidos no estaban en condiciones de decir lo que sí habían dicho generaciones anteriores: que sus hijos vivirían mejor que ellos. De hecho, ellos pensaban que su vida era peor que la de sus padres Y para romper esa inercia había llegado a la política alguien que odia la política, y que ha dedicado su vida a hacer dinero, gracias al dinero de los demás.

La Fundación Clinton, la obra pospresidencial de Bill, es ya una entidad que maneja 2.000 millones de dólares, que, ¿de dónde han salido? En buena medida de donaciones, más o menos confesables, procedentes de grandes corporaciones y de gobiernos extranjeros de comportamiento no siempre ejemplar, como Rusia, China o Arabia Saudí. ¿Qué se ofrece a cambio de las donaciones? El dinero de la Clinton Foundation («la empresa más corrupta del país», según Trump), aunque se dedique a obras de caridad o investigaciones científicas, se convirtió durante la campaña en una herramienta muy útil para Donald Trump en sus ataques a Hillary, igual que lo fue el escándalo de los emails de la exsecretaria de Estado.
¿Era lógico que la Clinton Foundation siguiera recibiendo donaciones de otros países incluso cuando Hillary ya estaba lanzando su campaña a la presidencia? ¿Era cierto, como se publicó, que Hillary Clinton aprobó, siendo secretaria de Estado, un aumento en la venta de armas a países que habían hecho donaciones a su fundación? ¿Es cierto que la secretaria de Estado Clinton favoreció la venta a Rusia de una empresa dedicada al uranio, cuyo máximo responsable había donado dos millones dólares a la fundación?…
Las dudas sobre la honestidad de los candidatos fueron un factor que circuló en ambas direcciones durante la campaña. Un sondeo realizado antes de las convenciones por la cadena CBS reflejaba que el 55 por ciento de los americanos no se fiaba de Trump y el 52 por ciento no se fiaba de Clinton. Y una encuesta de la NBC señalaba que el 65 por ciento tenía mala imagen de Trump y el 56 por ciento, de Clinton. Es curioso: los americanos desconfiaban de los dos candidatos a los que ellos mismos iban a elegir en elecciones primarias… No había problema. Los Clinton no habían cerrado su fundación, ni Trump sus empresas. Los Clinton eran ricos, y Trump aún más, aunque quizá no tanto como él decía.

(Caso Lewinsky) Bill y Hillary habían salido a flote de una batalla contra la prensa y contra la eterna conspiración de la derecha americana. Habían superado un escándalo tras otro desde sus tiempos de Arkansas. Y allí seguían, en la Casa Blanca. No estaban incólumes. Tenían heridas por todo el cuerpo. Pero estaban. Había sido una lucha durísima, sangrienta. Y por el camino se habían quedado muchos jirones. El legado de Bill como presidente no sería el mismo si Monica nunca hubiera estado en los titulares de los periódicos. La relación de Bill y Hillary no era buena antes de Monica, y nada sería igual después.
Pero tampoco los demás habían salido indemnes. Los medios entraron en trance ante la sucesión de detalles pornográficos procedentes de la residencia presidencial. La prensa había perdido el autocontrol que alguna vez tuvo. La competencia era, y es, tan intensa que nadie ponía el freno que la ética profesional debe suponer. Y, conforme la locura se apoderaba de los medios, la histeria ocupaba más espacio en los despachos de la Casa Blanca. Estados Unidos necesitaba terapia. Aquello no podía haber pasado. Pero aquello había pasado. Bill, Monica, Hillary, Chelsea, Newt, Kenneth, Bettie, Linda, Matt… El mundo nunca podrá olvidaros.

Hay pocas casualidades en política. Es más difícil que las haya en la alta política. Y casi se puede descartar que un presidente de los Estados Unidos que estaba de retirada y quería preservar su legado histórico, como Obama en el verano de 2016, se vaya a autolesionar cometiendo un error de principiante. Pero cualquier cosa puede pasar.
Todo se suele hacer de forma ordenada. Primero el FBI borra la sombra de delito que amenazaba a Hillary Clinton y apenas dos horas después Barack Obama sube a su exsecretaria de Estado al Air Force One en la base de Andrews para llevársela a un mitin en Charlotte, Carolina del Norte. No es nuevo para Hillary volar en el Air Force One. Lo hizo durante sus años de primera dama. Pero hacerlo como candidata a la presidencia era un poco extraño y, sin duda, prematuro. Sí suponía un gesto político que establecía las distancias entre quien, como ella, es desde hace décadas un elemento destacado del engranaje político norteamericano, y quien no lo es aunque aspirara a serlo, como Donald Trump.
Kerrey era, ya por entonces, uno de los apoyos más destacados con el que contaba Hillary Clinton en pleno proceso de primarias demócratas. Pero el exgobernador no iba a evitar la crítica: en su opinión, Hillary había utilizado un servidor de correo personal para no tener que hacer públicos esos emails si alguien los pedía. La explicación es simple y políticamente devastadora: «No tengo dudas de que ese servidor (de correo particular) se utilizó para que la secretaria de Estado no tuviera que someterse a la Ley de Libertad de Información». Esa ley garantiza el derecho a acceder a datos de la Administración. Pero para disponer de ellos, los datos tienen que estar, precisamente, en poder de la Administración y no escondidos en un servidor privado, oculto en la casa del funcionario público.
Las evidencias hacen innecesaria cualquier opinión suplementaria. Hillary Clinton tuvo que devolver al Departamento de Estado 30.000 emails alojados en su servidor personal. De ellos, 110 ya tenían información clasificada cuando fueron enviados o recibidos. Pero otros 2.000 correos incluían alguna información considerada como confidencial después de ser enviados. La situación era aún más comprometida ante la evidencia de que el FBI se vio obligado a recuperar varios miles de emails que Hillary Clinton se había negado a entregar porque los consideraba personales. Cuando la policía los revisó pudo encontrar tres correos clasificados como secretos o confidenciales.
Hillary Clinton nunca ha dejado de generar sospechas. Su comportamiento, sus palabras, su actitud y sus movimientos políticos han hecho de ella la quintaesencia del establishment político-económico de Washington. Por eso, las palabras del director del FBI, James B. Comey, no iban a resultar gratuitas, ni a pasar inadvertidas en medio de la campaña presidencial. No pediría la imputación judicial de Hillary Clinton, pero la exsecretaria de Estado había sido «extremadamente negligente» por utilizar un servidor de correo personal. ¿Se puede ser presidenta de los Estados Unidos si se ha tenido un comportamiento extremadamente negligente con información sensible para la seguridad de la nación? ¿Puede ser comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos de América una persona que maneja con indolencia datos clasificados o secretos?.
Tres riesgos añadidos empezaban a preocupar en el cuartel general de Hillary Clinton. Primero: que incluso ganando las elecciones, el escándalo beneficiara a los candidatos republicanos al Congreso que también luchaban por un escaño en noviembre, facilitando su victoria y dificultando así la eventual presidencia de Hillary. Segundo: que una victoria de Hillary se convirtiera en una presidencia (al menos en su inicio) condicionada por una investigación judicial contra la presidenta del país. Y tercero, y aún más importante: algunos sondeos lanzaban el aviso de que Donald Trump pudiera ser presidente debido a que el caso de los emails amenazaba con desviar votos demócratas hacia un tercer candidato.

A pocas horas del inicio de la Convención Demócrata, la web de filtraciones colgó miles de emails de altos cargos del partido, en los que intercambiaban ideas sobre cuál sería la mejor fórmula para destrozar la campaña de Bernie Sanders en las primarias y favorecer a Hillary. Debbie Wasserman Schultz, presidenta del Comité Nacional Demócrata (DNC, en sus siglas en inglés), dimitió de inmediato. Si ser vicepresidente de Estados Unidos es una larga siesta que dura cuatro u ocho años (dependiendo del éxito del presidente), ser presidente del Comité Nacional de cualquiera de los dos partidos es casi como ocuparse de la logística, como el utilero en un equipo de fútbol. De hecho, muchos americanos supieron aquel día de la presencia en la Tierra de Debbie Wasserman Schultz. Ella era la responsable de lo que ya era conocido desde hacía tiempo: que la estructura del partido trataba de aupar a Hillary Clinton y derribar a Bernie Sanders. Pero ¿cómo llegaron aquellos emails a WikiLeaks?.

Las mujeres, aparentemente humilladas por tus cretinas palabras hacia el género femenino, apenas modificaron su voto. Solo perdiste un 2 por ciento de mujeres frente a lo que había conseguido el anterior candidato republicano, Mitt Romney. Y tu rival, Hillary, la defensora de los valores feministas, que aspiraba a romper el «techo de cristal» para ser la primera presidenta de la historia, tuvo incluso un 1 por ciento menos de votos de mujeres que Barack Obama. ¡Qué éxito más increíble, Donald! ¡Decir lo que dijiste de las mujeres y, sin embargo, conseguir su voto para ser presidente!
Sin embargo, a ti, Hillary, las mujeres te abandonaron. Es cierto que las mujeres negras, no. Ellas te siguieron con fidelidad y te votaron casi en el 95 por ciento de los casos. Incluso las hispanas te creyeron, Hillary. Ellas te votaron casi en un 70 por ciento. Pero no eran suficientes. Porque las de tu raza, las mujeres blancas, se fueron con él: votaron por Donald Trump en un 53 por ciento. Sí, votaron por aquel que dijo que «cuando eres una estrella, las mujeres te dejan hacerles lo que quieras (…). Las puedes coger por el… y hacer lo que quieras». Sí, Hillary, votaron por aquel que te insultó en los debates, diciendo que eras nasty (asquerosa, repugnante, desagradable). Sí, Hillary, en total votó por Donald el 42 por ciento de las mujeres. Ellas te abandonaron.
Y te abandonaron los hombres. ¿Qué les habrás hecho a los hombres, Hillary? Apenas conseguiste el 41 por ciento del voto masculino.
Y también te abandonaron los jóvenes, Hillary. Sí, es cierto que te votaron más a ti que a Donald. Pero habían votado mucho más a Barack de lo que te votaron a ti. Perdiste cuatro puntos de votantes menores de veintinueve años. ¿Por qué, chicos? ¿Por qué lo hicisteis? ¿Por qué huisteis de Hillary? ¿Por qué, sobre todo, en Florida y en Pennsylvania, donde más os necesitaba? Allí no podía ganar sin vosotros, frente a una mayoría de personas de más de sesenta y cinco años que entregó a Trump la victoria y los votos electorales en disputa.
Y también te abandonaron las clases medias, Hillary. A Barack le había votado hace cuatro años el 60 por ciento de los que ganan menos de 50.000 dólares al año. ¿Por qué a ti solo te votó el 52 por ciento? ¿Y por qué el 41 por ciento de los americanos que gana menos de 30.000 dólares al año entregó su voto a un multimillonario fanfarrón? ¿Por qué? Ellos conforman la clase media trabajadora de Estados Unidos. Ellos son de los vuestros. Tú los conoces muy bien. Bill los conoce muy bien, porque vivió entre ellos, nació con ellos y creció en sus barrios. Y fueron ellos quienes le dieron la presidencia en 1992 y a ti la posibilidad de ser la primera dama y luego senadora. Y ahora, Hillary, resulta que un hombre de negocios y muy rico se erige en representante de la clase trabajadora. Los tiempos están cambiando.

Algunos creen que no saliste a hablar aquella noche porque no querías llorar en público. Nunca has querido que te vean así. Bastante derrotada estabas ya como para, además, dejar una imagen patética en la memoria histórica del mundo. Ese regalo no se lo harías a tus enemigos. Y son tantos…
Lo tenías todo preparado en el Jacob K. Javits Convention Center de Manhattan, frente al río Hudson, y muy cerca del Lincoln Tunnel, el túnel que cientos de miles de personas utilizan cada día para ir de Nueva Jersey a Nueva York y viceversa. Allí se iba a producir tu ascensión a los cielos del poder mundial. Pero apareció Podesta, consumido, y animó a tu gente a irse a casa a dormir un poco, porque esa noche no habría nada que celebrar. Un chasco.
(Trump) Te comprometiste a renovar el sueño americano, a reconstruir el país (que, por lo que aseguras, debía de estar destruido), y dijiste que pondrías en práctica como presidente las mismas tácticas y estrategias que seguiste como hombre de negocios al frente de tus empresas. «Tenemos un potencial tremendo», lanzaste en esa costumbre tan habitual de los recién llegados de creer que nada había o nada se hizo bien antes de ellos. Adanismo es el nombre de la especie. Cuarenta y cuatro presidentes anteriores durante doscientos cuarenta años quedaron en paradero desconocido con solo pasar a la siguiente página del discurso.
Entonces fue cuando te pusiste keynesiano (a los empresarios de la construcción les encanta Keynes: que las administraciones públicas les den el dinero de los contribuyentes y ya construirán ellos) y prometiste a tus compatriotas darles trabajo con la recuperación de las ciudades del interior del país, con la reconstrucción de autopistas, puentes, túneles, aeropuertos, escuelas y hospitales. «Vamos a reconstruir nuestras infraestructuras, y pondremos a millones de personas a trabajar».
Prometiste doblar el crecimiento económico, porque «ningún sueño ni ningún desafío es demasiado grande; nada que deseemos para el futuro está más allá de nuestras posibilidades. América ya no se conformará con nada que esté por debajo de lo mejor».
Y antes de despedirte lo dejaste claro, Donald: «Aunque la campaña ha terminado, nuestro trabajo en este movimiento acaba de empezar».

Al contrario de lo que se suponía, «desde el día siguiente a las elecciones hemos tenido abogados y especialistas en análisis de datos revisando los resultados para detectar anomalías que pudieran sugerir un posible hackeo». Sí, Donald: los Clinton no se habían rendido en la noche electoral. Esta vez tampoco. Y entonces llegaste a la irritante sensación de que Hillary estaba siendo injusta y hasta vil contigo. Volvía la nasty woman a la que insultaste en aquel debate.
Elias reconocía en su escrito que buena parte de esas reuniones de trabajo a la búsqueda de evidencias de fraude «se han realizado en privado, hasta que desafortunadamente se filtró al menos una de ellas». Y entonces, Donald, creíste que estaban conspirando contra ti en las sombras, porque la reunión que se filtró fue una en la que estaba nada menos que el jefe de la campaña de Hillary, John Podesta, con varios expertos informáticos como Alex Halderman, especialista en sistemas electorales.
Los Clinton eligieron que Elias fuese el portavoz de aquella tímida ofensiva por su condición de abogado y por ser un elemento de segundo o tercer nivel político en su campaña, además de poco mediático. De esa manera, si llegaba el día en el que hubiera que dar marcha atrás en las insinuaciones-acusaciones sería más fácil hacerlo, que si se mojaba el jefe de campaña Podesta o, aún peor, la propia Hillary. Y, además, los Clinton se ponían al rebufo de la líder del Partido Verde, Jill Stein, dejando que la iniciativa fuera suya, para mancharse lo menos posible ante una posible, y muy previsible, derrota final en el recuento o en los tribunales. Si hay riesgo de hacer el ridículo, que sea lo menos posible.
Pero, sí Donald, te lo tomaste como el reinicio de la guerra. Habían vuelto las hostilidades. Con lo amable que habías sido cuando hablaste bien de Hillary en la noche electoral. Y lo aún más amable que fuiste días después cuando renunciaste a una de tus promesas electorales más altisonantes: la de nombrar un fiscal especial que investigara si Hillary Clinton debía ir a prisión por el escándalo de sus emails, o por cualquier otra cosa, o por todas esas cosas a la vez. Y ahora, los malditos Clinton te devolvían así el favor: dando crédito a las teorías de la conspiración sobre un hackeo ruso de los resultados electorales… De repente, eso de lo que tanto te beneficiaste durante la campaña electoral, los rumores, las medias verdades y las obvias falsedades, se volvía en tu contra, porque sí: resultaban creíbles.

Donald, lo último que te interesa es resetear a la prensa. Lo que te conviene es que sigan igual, dándote mandobles, porque cuanto peor te tratan, más votos consigues. Y durante la campaña te regalaron miles de horas de televisión y millones de centímetros de espacio en los diarios. Te hicieron más grande de lo que ya eras, y sin necesidad de pedírselo. Lo hicieron por propia iniciativa, porque generabas audiencia y eso es dinero. Mucho dinero. Era una joint venture muy exitosa, un negocio en el que ganabais las dos partes.
A quién le importa la verdad. Tú decides lo que es verdad y lo que no. Si tú dices que eres el primer promotor de la ciudad, ellos te darán su dinero. Si dices que tienes miles de millones de dólares, te creerán. Si les prometes que construirás un muro en la frontera con México, te seguirán. Si amenazas con deportar a once millones de inmigrantes, te ensalzarán. «Podría disparar a alguien en la Quinta Avenida y aun así no perdería votos», soltaste en medio de un mitin de campaña, mientras apuntabas con tu dedo índice derecho al auditorio, y con el pulgar simulabas apretar el gatillo. Y no. No perdiste votos. This is marketing, baby.
Hay que proponer debates cargados de controversia, porque los medios son simplones y rápido te conceden espacio. La bronca vende.
Lo ha explicado muy bien Rance Crain, presidente de Crain Communications: «El mejor producto no necesariamente gana en el mercado. Y la mejor persona no necesariamente gana en la arena política. Gana la mejor estrategia de marketing». Y tú, Donald, la tenías. Y se vio, de forma muy clara, en las horas previas a las elecciones.

This is an interesting book by the news reporter of Antena 3, where he demonstrates knowledge of American politics, however it seems to me an irregular book with too many pages to the Lewinsky affair and where you can put your finger on the wound with the Clinton administration, foundations included, in addition to Trump where he applied very well that of a river scrambled profit of fishermen.

An Advanced Persistent Threat is a continuous series of cyber attacks with very specific objectives and, most importantly, directed by the government of a country against another country, or against companies, or against a national or multinational entity. The word is cyberespionage, and no country in the world has reached the levels of sophistication reached by China and Russia. They have the best computer resources and an organization prepared to detail for at least a decade.
In the case of Russia, moreover, it has begun to create a certain mystical aura around a group of individuals, known in some specialized areas as APT29, but more famous for the nickname they like to use: the Dukes. The Dukes have worked for the Russian government since at least 2008, when the KGB ex-spy Vladimir Putin had to cede the presidency of the Russian Federation for four years, for constitutional reasons, to his political puppet Dimitri Medvedev, remaining as prime minister to the He expects to exchange the charges in 2012, as they did.
The Dukes have operated against criminal organizations that threatened Russia. But also, and above all, they are known and feared for carrying out cyberespionage operations against other countries, using malware tools created by them and bearing names like OnionDuke, CloudDuke, MiniDuke or PinchDuke. His first attacks detected were against the Chechen rebels. But soon they began to act against Western governments and entities.

Donald Trump stayed with everything, because Hillary Clinton won many votes where he did not need so many, and stopped winning them where they were essential. It did not do any good for Hillary to double the number of Trump’s votes in California. He even won in Orange County, south of Los Angeles, where Republicans had been the most voted uninterrupted for eighty years. Not at all. Because where Clinton needed to win was in Wisconsin, and in Florida, and in Ohio, and in Pennsylvania, and in Michigan. And did not do it. Either because his campaign failed in those states, or because the Dukes prevented it via internet from the cold lands of Russia.
The panoramic vision of the results offers a very singular fact: Hillary Clinton gained by much distance in the traditionally democratic states, those in which to increase its advantage with Trump did not suppose any additional aid to him; but Trump won in all the states that were in dispute, and in most of them by just a handful of votes.
Trump is, above all, trumpist. He does not have a compact ideological body, however all the ideas he throws (many of them occur to him on the fly) have that recognizable design that makes them unique to him. They are not imaginable in anyone else’s mouth. That’s why Trump is unique. And, maybe because of that, Trump is the president of the United States.

In May 2016, when his nomination as a Republican candidate was almost a fact, Trump was forced to present some of his accounts in public. Among its most profitable possessions are the golf courses, which would have reported a profit of 382 million dollars. And it was very remarkable the list of income that had only between January and May 2015: 611 million dollars.
Trump revealed interests in more than 500 businesses of various kinds, whether as owner, partial owner, shareholder or manager. It was curious to confirm how he had shares, for example, in Amazon, Apple and Ford, companies he had criticized publicly for having relocated part of their operations to other countries, or for not complying, in his opinion, with antitrust regulations. In fact, his biggest share package was then in Apple: about $ 600,000. At Ford, he had 500,000. He was also a shareholder in Microsoft, General Electric, Goldman Sachs, Wells Fargo and Pepsi. If your motto in the real estate market is «location, location, location», in the stock market it is «diversify, diversify, diversify». In total, it is estimated that it invests some 172 million dollars in shares, according to the same data that Trump made public when presenting his candidacy. About 10 million have them placed in shares of specific companies, such as those already specified. The rest, the great majority, is in the so-called hedge funds (49 percent), in bonds (21.5 percent), in cash (21.5 percent) and in shares (8 percent).
The experts who analyzed the data published by Trump himself agreed to describe the then Republican candidate as a conservative investor, having most of their money in hedge funds, which are operated by some of the most respected Wall Street agents.
What is Trump’s real fortune? It is unknown. According to its own (and not necessarily credible) testimony, it could be in some amount within the wide range between 10,000 and 20,000 million dollars. Closer to the first figure than the second, assuming that what Trump says is true. Of that fluctuating amount would have to subtract the millions of dollars it owes, although the amount of that debt is not known with certainty.
Forbes magazine reduced the net amount of its assets to about 4,500 million, which ranked it 405 among the world’s largest fortunes. Bloomberg limited its wealth to less than 3,000 million. Even so, it is a quantity that no previous president of the United States has ever had.

(The Clintons and their exit White House) a document of 220 pages related the result of the investigation. Sixty-two computer keyboards, twenty-six mobile phones, two cameras, ten doorknobs that had some value for their seniority, several presidential medals and office plates with the White House seal had disappeared. All those damages were worth approximately $ 20,000. It was established that many of those havoc had been clearly intended but that it was not possible to determine who was responsible.
The members of the Clinton administration said then that the previous accusations had been exaggerated, and that the damages were the same as they had met upon reaching the White House after the presidency of Bush Sr..
But the flaws in the White House (minor matter), the picturesque subject of furniture and works of art borrowed from the White House (medium issue) and, above all, the presidential pardon of Marc Rich (major issue) ) made the departure of the Clintons’ power the regrettable epilogue of an unequaled presidency. His image was destroyed to such an extreme that general contempt.

The months of July of each electoral year, the Americans put in march the great political spectacle of the conventions. Each party formally names its presidential candidate and throws colored balloons into the air. But conventions did not always exist.
They were invented by those who hated the freemasons.
At the beginning of the 19th century, the impression spread that the freemasons (the so-called Freemasonry) had become an elitist clandestine society, convinced that it could and should govern the country from the shadows. The democratic system carved by the Founding Fathers was at risk if it fell into the hands of a secret organization, consisting of individuals dressed in strange garb and determined to perform ceremonies that seemed satanic.
In 1828, a group of inflamed antagonists of the freemasons split off from the Republican National Party and formed the Anti-Masonry Party. That was the first third game in the United States, but not the last.

The ultimate goal of those round-trip messages, of hardening and softening the discourse, was not just blacks and Hispanics. Perhaps, they were not even really those minorities, although it might seem so. They were also independent and moderate whites. Those who might hesitate between voting for Clinton or Trump, and who were more tempted to vote for the Democratic candidate because they did not feel comfortable side by side with a candidate who happens to be a racist. And those voters less politicized and more predisposed to decide their vote at the end could be decisive.
In short: ask for the vote of the blacks, but with a message that relieves the whites with remorse of race. Because, in the end, it’s the whites, stupid! Trump’s target was white voters, a part of America. Yours. They were the ones who had the feeling, justified or not, that the treatment of the administrations towards racial minorities and immigrants had placed them far from the enjoyment of social benefits and close to losing their precarious jobs in industry or services. It was them, the white workers, who for the first time in the history of the United States were not in a position to say what previous generations had said: that their children would live better than them. In fact, they thought that their life was worse than that of their parents And to break that inertia had come to politics someone who hates politics, and who has dedicated his life to making money, thanks to the money of others.

The Clinton Foundation, the post-Presidential work of Bill, is already an entity that manages 2 billion dollars, which, where did they come from? To a large extent, donations, more or less confessable, coming from large corporations and foreign governments of behavior not always exemplary, such as Russia, China or Saudi Arabia. What is offered in exchange for donations? The money of the Clinton Foundation (“the most corrupt company in the country,” according to Trump), although dedicated to charities or scientific research, became during the campaign a very useful tool for Donald Trump in his attacks on Hillary, as was the scandal of the emails of the former secretary of state.
Was it logical that the Clinton Foundation continued to receive donations from other countries even when Hillary was already launching her campaign for the presidency? Was it true, as it was published, that Hillary Clinton approved, as Secretary of State, an increase in the sale of arms to countries that had made donations to her foundation? Is it true that Secretary of State Clinton favored the sale to Russia of a company dedicated to uranium, whose maximum responsibility had donated two million dollars to the foundation? …
The doubts about the honesty of the candidates were a factor that circulated in both directions during the campaign. A survey conducted before the conventions by the CBS network showed that 55 percent of Americans did not trust Trump and 52 percent did not trust Clinton. And a NBC poll showed that 65 percent had a bad image of Trump and 56 percent of Clinton. It’s funny: the Americans distrusted the two candidates they were going to elect in primary elections … There was no problem. The Clintons had not closed their foundation, nor Trump their businesses. The Clintons were rich, and Trump even more, though perhaps not as much as he said.

(Lewinsky case) Bill and Hillary had emerged afloat from a battle against the press and against the eternal conspiracy of the American right. They had overcome one scandal after another since their Arkansas days. And there they were, in the White House. They were not unharmed. They had wounds all over his body. But they were. It had been a hard, bloody fight. And along the way many tatters had been left. Bill’s legacy as president would not be the same if Monica had never been in the headlines. Bill and Hillary’s relationship was not good before Monica, and nothing would be the same afterwards.
But the others had not come out unscathed either. The media went into a trance before the succession of pornographic details from the presidential residence. The press had lost the self-control it once had. The competition was, and is, so intense that nobody put the brake that professional ethics should suppose. And, as the madness took hold of the media, hysteria took up more space in the offices of the White House. The United States needed therapy. That could not have happened. But that had happened. Bill, Monica, Hillary, Chelsea, Newt, Kenneth, Bettie, Linda, Matt … The world will never be able to forget you.

There are few coincidences in politics. It is more difficult than there are in high politics. And it can almost be ruled out that a president of the United States who was retiring and wanted to preserve his historical legacy, like Obama in the summer of 2016, is going to self-injure committing a beginner’s mistake. But anything can happen.
Everything is usually done in an orderly manner. First, the FBI erases the shadow of the crime that threatened Hillary Clinton and barely two hours later, Barack Obama takes his ex-secretary of state to Air Force One at Andrews’ base to take her to a rally in Charlotte, North Carolina. It’s not new for Hillary to fly in Air Force One. She did it during her first lady years. But doing it as a candidate for the presidency was a bit strange and, no doubt, premature. Yes it was a political gesture that established the distances between who, like her, is for decades a prominent element of the North American political gear, and who is not even if he aspired to be, like Donald Trump.
Kerrey was, already at that time, one of the most outstanding supports that counted Hillary Clinton in the process of Democratic primaries. But the former governor was not going to avoid criticism: in his opinion, Hillary had used a personal email server to avoid having to make those emails public if someone asked for them. The explanation is simple and politically devastating: “I have no doubt that this server (private mail) was used so that the Secretary of State did not have to submit to the Freedom of Information Law.” This law guarantees the right to access data from the Administration. But to dispose of them, the data must be precisely in the power of the Administration and not hidden in a private server, hidden in the home of the public official.
The evidence makes any supplementary opinion unnecessary. Hillary Clinton had to return to the State Department 30,000 emails hosted on her personal server. Of these, 110 already had classified information when they were sent or received. But another 2,000 emails included some information considered confidential after being sent. The situation was even more compromised by the evidence that the FBI was forced to recover several thousand emails that Hillary Clinton had refused to deliver because she considered them personal. When the police reviewed them he was able to find three classified mails as secret or confidential.
Hillary Clinton has never stopped generating suspicion. His behavior, his words, his attitude and his political movements have made it the quintessence of Washington’s political-economic establishment. Therefore, the words of the director of the FBI, James B. Comey, were not going to be free, or to go unnoticed in the middle of the presidential campaign. He would not ask for Hillary Clinton’s indictment, but the former secretary of state had been “extremely negligent” for using a personal email server. Can one be president of the United States if there has been an extremely negligent behavior with sensitive information for the security of the nation? Can a person who handles classified or classified data indolently be a commander in chief of the Armed Forces of the United States of America?
Three added risks were beginning to worry at Hillary Clinton’s headquarters. First: that even winning the elections, the scandal will benefit Republican candidates to Congress who also fought for a seat in November, facilitating their victory and thus hindering the eventual presidency of Hillary. Second: that a victory of Hillary would become a presidency (at least in its beginning) conditioned by a judicial investigation against the president of the country. And third, and even more important: some polls launched the warning that Donald Trump could be president because the case of emails threatened to divert Democratic votes towards a third candidate.

A few hours after the start of the Democratic Convention, the leaks website posted thousands of emails from senior party officials, in which they exchanged ideas on what would be the best formula to destroy the campaign of Bernie Sanders in the primaries and favor Hillary. Debbie Wasserman Schultz, president of the Democratic National Committee (DNC, for its acronym in English), resigned immediately. If being vice president of the United States is a long nap that lasts four or eight years (depending on the success of the president), being president of the National Committee of either party is almost like dealing with logistics, as the head of a team of football. In fact, many Americans knew that day of the presence on Earth of Debbie Wasserman Schultz. She was responsible for what had already been known for some time: that the party structure was trying to raise Hillary Clinton and topple Bernie Sanders. But how did those emails reach WikiLeaks?.

The women, apparently humiliated by your cretinous words towards the feminine gender, hardly modified their vote. You only lost 2 percent of women against what the previous Republican candidate, Mitt Romney, had achieved. And your rival, Hillary, the champion of feminist values, who aspired to break the “glass ceiling” to be the first president in history, had even 1 percent less votes from women than Barack Obama. What a incredible success, Donald! Say what you said about women and yet get your vote to be president!
However, to you, Hillary, the women left you. It is true that black women, no. They followed you faithfully and voted you almost 95 percent of the time. Even the Hispanics believed you, Hillary. They voted you almost 70 percent. But they were not enough. Because those of your race, the white women, went with him: they voted for Donald Trump by 53 percent. Yes, they voted for the one who said that “when you are a star, women let you do whatever you want (…). You can take them by … and do what you want ». Yes, Hillary, they voted for the one who insulted you in the debates, saying that you were nasty (disgusting, disgusting, disgusting). Yes, Hillary, in total, 42 percent of women voted for Donald. They abandoned you.
And the men abandoned you. What have you done to the men, Hillary? You just got 41 percent of the male vote.
And the young ones also left you, Hillary. Yes, it is true that they voted you more than Donald. But they had voted much more to Barack than they voted for you. You lost four points of voters under twenty-nine. Why, guys? Why did you do it? Why did you run away from Hillary? Why, especially, in Florida and Pennsylvania, where I needed you the most? There I could not win without you, in front of a majority of people over sixty-five who gave Trump the victory and the electoral votes in dispute.
And the middle classes left you, too, Hillary. Four years ago Barack had been voted by 60 percent of those who earn less than $ 50,000 a year. Why did you only vote for 52 percent? And why do 41 percent of Americans who make less than $ 30,000 a year give their vote to a billionaire braggart? Why? They make up the working class of the United States. They are of yours. You know them very well. Bill knows them very well, because he lived among them, was born with them and grew up in their neighborhoods. And it was they who gave him the presidency in 1992 and you the possibility of being the first lady and then the senator. And now, Hillary, it turns out that a very wealthy businessman stands as a representative of the working class. The times they Are a changing.

Some believe that you did not go out to talk that night because you did not want to cry in public. You have never wanted to be seen like this. Pretty defeated you were already like to also leave a pathetic image in the historical memory of the world. That gift you would not do to your enemies. And there are so many …
You had everything prepared at the Jacob K. Javits Convention Center in Manhattan, facing the Hudson River, and very close to the Lincoln Tunnel, the tunnel that hundreds of thousands of people use every day to go from New Jersey to New York and vice versa. There your ascension to the skies of world power was going to take place. But Podesta appeared, consumed, and encouraged your people to go home to sleep a little, because that night there would be nothing to celebrate. A disappointment
(Trump) You committed to renew the American dream, to rebuild the country (which, for what you claim, must have been destroyed), and you said that you would put into practice as president the same tactics and strategies that you followed as a businessman in front of your companies. “We have tremendous potential,” you launched into that habit so habitual of newcomers to believe that nothing was or nothing was done well before them. Adamism is the name of the species. Forty-four former presidents for two hundred and forty years were left unknown by just going to the next page of the speech.
Then it was when you became Keynesian (the construction companies love Keynes: that the public administrations give them the taxpayers’ money and they will build them) and you promised your compatriots to give them work with the recovery of the cities of the interior of the country , with the reconstruction of highways, bridges, tunnels, airports, schools and hospitals. “We are going to rebuild our infrastructure, and we will put millions of people to work.”
You promised to double economic growth, because “no dream or challenge is too great; Nothing we want for the future is beyond our possibilities. America will no longer settle for anything that is below the best. ”
And before you said goodbye, you made it clear, Donald: “Although the campaign is over, our work in this movement has just begun.”

Contrary to what was supposed, “from the day after the elections we had lawyers and specialists in data analysis reviewing the results to detect anomalies that might suggest a possible hack.” Yes, Donald: the Clintons had not surrendered on election night. This time either. And then you came to the irritating feeling that Hillary was being unfair and even vile to you. The nasty woman came back to the one you insulted in that debate.
Elias acknowledged in his letter that a good part of those work meetings in search of evidence of fraud “were carried out in private, until unfortunately at least one of them was leaked”. And then, Donald, you thought they were conspiring against you in the shadows, because the leaked meeting was one in which was nothing less than Hillary’s campaign boss, John Podesta, with various computer experts like Alex Halderman, specialist in electoral systems.
Elias acknowledged in his letter that a good part of those work meetings in search of evidence of fraud “were carried out in private, until unfortunately at least one of them was leaked”. And then, Donald, you thought they were conspiring against you in the shadows, because the leaked meeting was one in which was nothing less than Hillary’s campaign boss, John Podesta, with various computer experts like Alex Halderman, specialist in electoral systems.
The Clintons chose Elias to be the spokesman for that timid offensive because of his status as a lawyer and for being an element of second or third political level in his campaign, as well as not very mediatic. That way, if the day came when it would be necessary to backtrack on insinuations-accusations, it would be easier to do so than if the campaign chief Podesta got wet or, even worse, Hillary herself. And, in addition, the Clintons put to the slipstream of the leader of the Green Party, Jill Stein, leaving that the initiative was hers, to be stained as little as possible before a possible, and very foreseeable, final defeat in the recount or in the courts. If there is a risk of making a fool of yourself, make it as little as possible.
But, yes Donald, you took it as the beginning of the war. The hostilities had returned. With how kind you had been when you spoke well of Hillary on election night. And what’s even nicer than you were days later when you gave up one of your most bombastic electoral promises: to appoint a special prosecutor to investigate whether Hillary Clinton should go to prison for the scandal of her emails, or for anything else, or for all those things at once. And now, the damned Clinton gave you back the favor: giving credence to the conspiracy theories about a Russian hacking of the election results … Suddenly, what you benefited so much during the election campaign, the rumors, the half-truths and the obvious falsehoods, turned against you, because yes: they were credible.

Donald, the last thing you’re interested in is resetting the press. What suits you is that they stay the same, giving you blows, because the worse they treat you, the more votes you get. And during the campaign they gave you thousands of television hours and millions of centimeters of newspaper space. They made you bigger than you already were, and without needing to ask them. They did it on their own initiative, because you generated audience and that is money. A lot of money. It was a very successful joint venture, a business in which you earned both parties.
Who cares about the truth? You decide what is true and what is not. If you say that you are the first promoter of the city, they will give you their money. If you say you have billions of dollars, they will believe you. If you promise that you will build a wall on the border with Mexico, they will follow you. If you threaten to deport eleven million immigrants, they will exalt you. “I could shoot someone on Fifth Avenue and still would not lose votes,” you let go in the middle of a campaign rally, while pointing your right index finger at the audience, and with your thumb you pretended to pull the trigger. And not. You did not lose votes. This is marketing, baby.
You have to propose controversial debates, because the media are simple and quickly give you space. The anger sells.
It has been explained very well by Rance Crain, president of Crain Communications: “The best product does not necessarily win in the market. And the best person does not necessarily win in the political arena. Win the best marketing strategy ». And you, Donald, you had it. And it was seen, very clearly, in the hours before the elections.

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