El Euro — Joseph E. Stiglitz / The Euro: How a Common Currency Threatens the Future of Europe by Joseph E. Stiglitz

Todos sus libros son interesantes, unos más que otros y este debe leerse. Un libro sobre la crisis europea, me parece que acierta bastante en el análisis, me recuerda algo a uno de Luke Fog. Creo que acierta en las causas pero luego en las soluciones no tanto, primero, porque llega tarde cuando parte de la devaluación competitiva ya se ha hecho y, segundo, porque sus ideas sobre crear “trade chips”, romper el euro o conferir mas poder al gobierno en el mercado financiero son muy bonitas en el plano intelectual pero no veo que sean fácilmente ejecutables ni que vayan a mejorar la situación actual. En cualquier caso recomiendo su lectura.

Los acuerdos ponen de manifiesto un deseo persistente de integración económica que no está en sintonía con la integración política. Una de sus disposiciones más polémicas permitiría a las empresas amenazar con querellarse contra los Estados cuando los beneficios previstos resulten perjudicados por cualquier nueva normativa, algo que ningún Gobierno admitiría dentro de sus fronteras. El derecho a regular —y a actualizar las reglas en función de los cambios de circunstancias— es un aspecto fundamental del ejercicio del gobierno.
Sin embargo, el proyecto de la eurozona era diferente de estos otros ejemplos en un sentido crucial: se basaba en un intento serio de avanzar hacia la integración política. Los nuevos acuerdos comerciales no parten de ningún deseo de contar con unos criterios reguladores armonizados, establecidos por un Parlamento que represente a los ciudadanos de toda la zona comercial. Lo que buscan las empresas es sencillamente interrumpir la regulación o, mejor todavía, revocarla.
El euro ha provocado un aumento de las desigualdades. Un argumento importante de este libro es que el euro ha ahondado la brecha, ha hecho que los países más débiles lo sean más aún y que los más fuertes se hayan reforzado: por ejemplo, el PIB alemán ha pasado de ser 10,4 veces el de Grecia en 2007 a 15 en 2015. Pero la brecha ha aumentado también las desigualdades dentro de los países de la eurozona, especialmente en los que han sufrido la crisis. Y ha ocurrido incluso en aquellos que estaban consiguiendo reducir las desigualdades antes de la creación del euro.
No debe extrañar a nadie: un alto índice de paro perjudica a los que están más abajo y hace que bajen los salarios, y los recortes de los Gobiernos por las políticas de austeridad tienen consecuencias muy negativas para las personas.

La historia de la eurozona es una alegoría moral: demuestra que los líderes que no están en contacto con sus electores son capaces de concebir sistemas que no convienen a sus ciudadanos. Enseña asimismo que, con frecuencia, los intereses financieros han predominado en el desarrollo de la integración económica y que la ideología y los intereses descontrolados pueden generar unas estructuras económicas tal vez beneficiosas para unos pocos, pero peligrosas para grandes sectores de la ciudadanía.
Europa cometió un sencillo error, que fue comprensible: pensó que la mejor vía hacia un continente más integrado era construir una unión monetaria, compartir una moneda común. Ahora es necesario hacer una profunda reforma de la eurozona y de su moneda, tanto en la estructura como en las políticas, para salvar el proyecto. Y es posible salvarlo.
El euro es una creación artificial. Su diseño no es resultado de las leyes inexorables de la naturaleza. Las disposiciones monetarias de la Unión Europea pueden cambiarse; incluso puede abandonarse el euro si es necesario. En Europa, y en todas partes, podemos recolocar nuestra brújula, podemos reescribir las reglas de nuestra economía y nuestro sistema de gobierno, lograr una economía con una prosperidad mayor y mejor repartida, una democracia fortalecida y una mayor cohesión social.

La crisis financiera mundial de 2008 se convirtió sin solución de continuidad en la «crisis del euro» de 2010. Esta parte del mundo, que albergó la Revolución Industrial y engendró cambios sin precedentes en el nivel de vida en los dos últimos siglos, ha experimentado un largo periodo de casi estancamiento.
En teoría, el euro debía facilitar la integración económica y política, y ayudar a Europa a superar cualquier reto. Pero, como destacamos en el próximo capítulo, ha sucedido todo lo contrario: el fracaso de la moneda común ha hecho que a Europa le sea más difícil afrontar esas otras crisis. Por tanto, aunque las razones económicas de ese fracaso y de sus posibles remedios, la economía está íntimamente relacionada con la política, y esta hace más difícil crear las condiciones económicas para que el euro funcione. Y eso, a su vez, tiene graves consecuencias políticas.
La eurozona tuvo defectos desde su nacimiento. Su estructura —las normas, los reglamentos y las instituciones que la gobiernan— tiene la culpa del mal comportamiento de la región y de sus múltiples crisis. Su fortaleza estaba en la diversidad de Europa. Pero esa inmensa diversidad económica y política hace que no sea nada fácil que funcione una moneda única. Esta implica un tipo de cambio fijo entre unos países y otros, y un tipo de interés único. Aunque se establezcan unos tipos que reflejen las circunstancias de la mayoría de los países miembros, debido precisamente a su diversidad económica son necesarias instituciones capaces de ayudar a los países donde las políticas no resulten completamente apropiadas. Y Europa no creó esas instituciones.
Además, las normas deben tener la flexibilidad suficiente.
A los problemas de la estructura de la eurozona se han sumado las políticas que ha llevado a cabo la región, especialmente tras la crisis y dentro de los países más afectados por ella. Incluso con los fallos estructurales, existían alternativas. Europa se equivocó. Impuso la austeridad, unos recortes excesivos del gasto público. Exigió determinadas «reformas estructurales», cambios, por ejemplo, en la gestión de los mercados laborales y las pensiones por parte de los países en crisis. Y, sobre todo, no prestó suficiente atención a las reformas que más probabilidades tenían de acabar con las profundas recesiones que amenazaban a esos países. Estas políticas, aunque se hubieran aplicado a la perfección, no les podían devolver la salud.
Por eso, donde se necesitan con más urgencia las reformas es en la propia estructura de la eurozona —no en cada país—, y se han tomado algunas tímidas medidas en esa dirección. Pero son medidas demasiado escasas y demasiado lentas. Alemania y otros han tratado de culpar a las víctimas, a los países que sufrieron como consecuencia de las políticas equivocadas y la estructura defectuosa de la eurozona. Sin embargo, sin unas reformas profundas de su propia estructura.
Europa no tiene por qué abandonar el euro para salvar la integración, un proyecto tan importante no solo para Europa sino para el mundo entero. Pero, como mínimo, es necesario que haya unos cambios más sustanciales y profundos que los que están discutiéndose ahora. Y si esas reformas profundas no pueden hacerse —si parecen políticamente imposibles por falta de solidaridad o interpretación común de lo que se necesita para que funcione una moneda común—, entonces habrá que revisar la cuestión más fundamental, el propio euro.

El euro se fundó con la esperanza de cumplir tres objetivos: (1) unir aún más a Europa y ser el siguiente paso en la integración europea; (2) tener una mayor integración económica que llevara a un crecimiento económico más rápido, y (3) que esa mayor integración económica y la mayor integración política derivada garantizaran la paz en el continente.
Los fundadores del euro eran visionarios que trataron de crear una Europa nueva. Eran argonautas que surcaban aguas desconocidas hacia lugares inexplorados. Nadie había intentado crear una unión monetaria de tales dimensiones, con tantos países tan diferentes. Por eso no es extraño que las cosas resultaran tan distintas de lo que aquellos visionarios debieron de pensar.
El proyecto europeo tenía la ambición de unir a los países miembros, pero en una unión política que reflejara los valores europeos básicos. Sin embargo, algunos de esos valores no cuentan con aceptación o respeto universal, sobre todo en determinados países o en determinadas regiones. Uno de los valores liberales fundamentales es el respeto a la diversidad de opiniones, aunque siempre hay y debe haber menos tolerancia con los que no respetan los derechos fundamentales. Otra cuestión, más complicada, es el derecho de un país a imponer sus valores a otros. Esa actitud puede ser contraria a otro valor europeo, la democracia, y preocupa especialmente cuando afecta a principios básicos de justicia social. Entre los valores fundamentales están las normas laborales, que en opinión de algunos, como hemos dicho, se menoscabaron al menos en uno de los programas de la troika. Una vez más, se trata de saber si los beneficios de este aspecto de la integración económica y monetaria compensan los costes. Y esta vez lo que está en juego no son solo las opiniones sobre el comportamiento económico, sino asuntos más fundamentales de justicia social y democracia.
Desde el primer momento, el proyecto europeo sufrió un déficit democrático. Fue un proyecto que se hizo desde arriba, concebido por unos líderes visionarios pero no tan buenos vendedores. En algunos países —en especial, en los que salían del fascismo y el comunismo— hubo entusiasmo ante la idea de formar parte de Europa. La perspectiva de entrar en la Unión Europea dio gran impulso a las reformas institucionales que tuvieron un papel tan importante en el éxito de los países del este y el centro de Europa durante la transición del comunismo a la economía de mercado. No se pensaba lo mismo en Dinamarca o Suecia…
Las instituciones de la eurozona —como el BCE, al que había ido a parar esa soberanía— no eran en absoluto democráticas. La falta de democracia que se había visto en la creación de la eurozona se ha agravado. Por consiguiente, las esperanzas depositadas en el euro, en cuanto que sería capaz de reforzar la integración política mediante el fortalecimiento de los valores democráticos, se han quedado en eso: en esperanzas. La realidad es muy distinta.
Los costes políticos y sociales del euro están claros. La cuestión es la siguiente: ¿qué beneficios tiene?.

El euro originó crisis por otro motivo, uno que da la impresión de que fue bastante imprevisto, en parte porque generó una situación que no se había producido nunca antes. Las crisis de deuda no acostumbran a darse en países que han adquirido préstamos en su propia moneda, ya que pueden cumplir las promesas que hicieron emitiendo más dinero. Estados Unidos no tendrá jamás una crisis al estilo griego, por el simple motivo de que puede imprimir él mismo el dinero que debe.
Los fundadores del euro sabían que conseguir que una moneda única funcionase para un conjunto diverso de países no sería fácil. Pero su diagnóstico de lo que iba a hacer falta estaba profundamente errado: los criterios de convergencia que formularon, y que limitaban la deuda y el déficit (fiscal) en el ámbito público, volvieron aún más difícil la tarea de alcanzar el pleno empleo en toda Europa. Para acabarlo de complicar había que controlar también los déficits comerciales, de los que el euro era, al menos en parte, responsable. Los déficits comerciales sostenidos sentaron las bases de las crisis, unas crisis pronosticables y pronosticadas que surgieron apenas una década después de la implantación del euro.
Aunque se suponía que los criterios de convergencia debían promover la convergencia, la estructura de la eurozona ha acrecentado las diferencias entre los países de la región de un modo fundamental y ha exacerbado las grandes diferencias que existían cuando se creó. Lo que es más, ha extremado la división entre países deudores y países acreedores. La estructura actual de la eurozona da como resultado que los países fuertes se hagan más fuertes, y los débiles más débiles. Los países acreedores son cada vez más ricos y los países deudores, cada vez más pobres, y la tan esperada convergencia se ha transformado en divergencia.

Europa creyó que tenía una mejor comprensión de los mercados, y que estos eran cada vez más sofisticados —ver si no los «avances» y la «innovación» en los mercados financieros—, y que ambos factores unidos se traducirían en un sistema económico más eficiente. Un mercado más amplio, con mejores reglas, y una moneda común conducirían a un sistema económico todavía mejor. No ha sido así. Europa creó un sistema más inestable y divergente; uno en el que los países más ricos son cada vez más ricos y los países pobres, cada vez más pobres.
Hay que saber de política monetaria y de banca central. Unos bancos centrales bien diseñados pueden llevar a una mayor estabilidad y a una economía más rentable. Un banco central pésimamente concebido puede originar un aumento del desempleo y una reducción de los niveles de crecimiento.

Aunque en ciertos aspectos Grecia no fue un caso típico entre los países en crisis —en la mayoría de ellos lo que provocó la crisis no fue el despilfarro del sector público, sino la mala conducta del sector privado—, sí ejemplifica los fallos en el importantísimo frente macroeconómico. Después de la crisis financiera global Grecia tuvo la mayor y más rápida consolidación fiscal de las economías europeas avanzadas, con un recorte implacable de los gastos y la obtención de nuevos ingresos.
En el verano de 2011, cuando aparecieron las primeras señales del fracaso de la política de austeridad, los dirigentes europeos se dieron cuenta de que necesitaban una estrategia de crecimiento. Se la prometieron a Grecia, pero no cumplieron la promesa. Hicieron lo mismo de siempre. Los rescates de España, Grecia y los demás países en crisis parecían más destinados a salvar a los bancos europeos que les habían prestado dinero que a devolverles la salud; más dirigidos a salvar el euro que a proteger el bienestar y la economía de esos países.
A la hora de la verdad, pues, lo que empujó a Alemania a «ayudar» a sus vecinos no fue la solidaridad europea, sino el propio interés. La reestructuración de la deuda griega quizá habría sido la medida más sensata desde el punto de vista económico cuando estalló la crisis en 2010, y Alemania habría podido ayudar directamente a sus propios bancos mal regulados. Sin embargo, para los políticos alemanes fue más sencillo culpar a Grecia, ofrecer ayuda indirecta a sus propios bancos mediante un préstamo de rescate, el «rescate griego», y luego imponer unas condiciones que aparentemente obligarían a Grecia a devolver su deuda.
El FMI había empezado a comprender la importancia de la desigualdad en el comportamiento económico, y aunque sus propias investigaciones habían aportado pruebas convincentes de que los recortes del gasto público producirían una contracción importante, ni siquiera ellos habían sabido determinar por completo las repercusiones de los programas de austeridad, porque sus modelos no incorporaban como era debido el drástico deterioro de los sectores financieros en los países en crisis ni el aumento de las desigualdades, además de que habían sobrevalorado el crecimiento de las exportaciones e infravalorado el efecto de la disminución de la demanda de bienes no comercializables. Pero el FMI no era más que uno de los miembros de la troika. Y lo peor fue la impresión de que, al elaborar sus programas, no tuvieron en cuenta la posibilidad de esas consecuencias negativas ni siquiera cuando estaban ya produciéndose y se mostraron todavía más reacios a revisar sus planes aun cuando se acumulaban las pruebas de que los resultados no eran los esperados.

Los programas impuestos a Grecia y los demás países en crisis me recordaron a las medidas de austeridad excesiva y muchas otras reformas estructurales impuestas a Indonesia y otros mercados emergentes en crisis unas décadas antes. En el caso de Indonesia, por ejemplo, hubo docenas y docenas de condiciones, cada una con un calendario muy exacto. A primera vista muchas parecían extrañas.
Los líderes europeos han reconocido que los problemas de Europa no pueden resolverse sin crecimiento. Pero no han explicado cómo conseguir el crecimiento con políticas de austeridad y con las reformas estructurales mal concebidas y a menudo contraproducentes que han impulsado. En lugar de ello hablan de restablecer la confianza y de que así se restaurará el crecimiento. Sin embargo, como la austeridad ha destruido el crecimiento y ha bajado el nivel de vida, también ha acabado con esa confianza, por muchos discursos que se pronuncien sobre la importancia de ambas cosas.
La confianza solo se restablecerá cuando se hagan reformas fundamentales en la estructura de la eurozona y en las políticas impuestas a los socios en crisis. Pero sospecho que eso solo sucederá cuando exista un mayor sentido de la cohesión política y la solidaridad social que en la actualidad.
Europa, y especialmente Alemania, que ha tenido un papel crucial en la formulación de estas políticas, tiene un punto de vista muy distinto.
La relación entre costes y beneficios del euro, tal como se ha gestionado la crisis en estos países, está clara: ligeros beneficios durante el breve periodo entre la implantación de la moneda y la crisis de 2008, porque aprovecharon las entradas de dinero que crearon los desequilibrios que luego iban a causar tantas penalidades, y unos costes mucho mayores en los años posteriores a la crisis.
Si en 1992, cuando firmaron la constitución de la moneda única, hubieran sabido lo que saben ahora, y si a los europeos se les hubiera dado la oportunidad de decidir si querían o no unirse a ella, resulta complicado pensar que lo habrían aprobado.

Se suponía que el euro debía preparar el terreno para una mayor integración política. Muchos pensaban que serviría para acelerarla. En este momento, como he señalado, está teniendo el efecto contrario. Algunas voces insinúan que se ha empezado la casa por el tejado. Un aumento de la integración política, con un consenso más amplio sobre lo que son unas buenas políticas, tiene más posibilidades de hacer viable un sistema monetario común. Hay un sinfín de reformas, ampliamente debatidas en Europa, que reforzarían tanto la Unión Europea como la eurozona; a menudo, sin embargo, a costa de los políticos que dominan los escenarios nacionales actuales. No debe extrañarnos, pues, que muchas de estas reformas choquen con el rechazo de líderes que prefieren la seguridad de ser «cabeza de ratón» que la perspectiva de tener un papel incierto en una Unión Europea/eurozona con más relevancia política. Fue sencillamente ingenuo pensar que compartir moneda podía cambiar estas dinámicas.
Estas reformas, u otras similares, son necesarias para evitar la divergencia, la inestabilidad, el estancamiento, la creciente desigualdad y el aumento del desempleo que han marcado al euro. Están pensadas para hacer frente a las consecuencias de haber renunciado a la flexibilidad del tipo de cambio y de tener un solo tipo de interés en toda la región, y para aumentar así las posibilidades de que la eurozona funcione, a pesar de las limitaciones inherentes al ajuste.
La ausencia de estos mecanismos habituales del mercado hace que resulte importantísimo que el sistema económico de la eurozona no se tope con más impedimentos, con más fuentes de inestabilidad o estancamiento.
Las doctrinas y políticas que estaban de moda hace un cuarto de siglo no sirven de nada en el siglo XXI.
Con Draghi al frente, el BCE ha mostrado más flexibilidad de la que muchos creían posible y ha hecho algunos movimientos críticos que muchos en Alemania consideran una extralimitación de su mandato. Aun así, sigue estando mucho más coartado y mucho menos adaptado a las realidades económicas actuales que la Reserva Federal.
No son pocos los que en Europa estarían de acuerdo en los méritos de gran parte, si no la mayoría, de las reformas que he bosquejado. Pero, dirían, Europa es una democracia y las democracias avanzan lentamente. El argumento, por tanto, es ser paciente. Sin embargo, la premura y el orden en que se hagan las reformas son cruciales, y lo son especialmente dado el desajuste que hay entre la integración económica y la política. La relación de acreedor y deudor que existe entre el norte y el sur de Europa es corrosiva. A no ser que se lleven a cabo las reformas que propongo (o algo en esa misma línea), esta corrosión no hará más que agravarse, y costará reparar el daño que se está haciendo.
Los mercados son impacientes y no esperarán indefinidamente.

A muchos dentro de Europa les entristecería la muerte del euro. Pero no es el fin del mundo: las monedas vienen y se van. El euro no es más que un experimento de diecisiete años, mal concebido y diseñado para no funcionar. El proyecto europeo, la visión de una Europa integrada, es mucho más que un sistema monetario. Se suponía que la moneda común debía fomentar la solidaridad, impulsar la integración y la prosperidad. No ha conseguido ninguna de esas cosas: tal y como se construyó, se ha convertido en un obstáculo para alcanzar estos objetivos, y si las reformas quedan hoy en día fuera del alcance de la eurozona, es mejor abandonar el euro para salvar Europa y el proyecto europeo.

El euro se puede salvar, que habría que salvarlo, pero salvarlo de un modo que genere la solidaridad y la prosperidad común que contenía la promesa del euro. El euro era un medio, no un fin en sí mismo. Existe una agenda de reformas para la estructura de la eurozona y para las políticas que debería seguir esta cuando uno de sus miembros se enfrente a una crisis. No son reformas complicadas desde el punto de vista económico, ni siquiera lo son desde el institucional, pero requieren de un mínimo de solidaridad europea, una solidaridad fundamentalmente distinta de ese pacto suicida que exigen algunos líderes europeos.
A pesar de todas las emociones que ha traído consigo el euro, de todos los compromisos que se han adquirido para salvaguardarlo, al final no es más que un artefacto, una invención humana, una institución falible creada por hombres falibles. La levantaron con la mejor de las intenciones unos líderes visionarios cuya visión estaba empañada por una concepción deficiente de lo que implicaba una unión monetaria. Quizá sea comprensible: nunca se había intentado algo así. El auténtico pecado sería que Europa no extrajera ninguna lección de lo que ha ocurrido en los últimos casi veinte años. Tener en cuenta tres mensajes. Una moneda común amenaza el futuro de Europa. Lo de ir tirando no funcionará. Y el proyecto europeo es demasiado importante como para sacrificarlo en la cruz del euro. Europa y el mundo merecen algo mejor. Hay alternativas al sistema actual. Pasar del punto en el que está la eurozona hoy a una de esas alternativas no será fácil, pero es factible. Por el bien del continente, por el bien del mundo.

Brexit
Las consecuencias económicas y políticas del brexit, por supuesto, dependerán en gran parte de la respuesta de Europa. La mayoría opina que Europa no va a «tirar piedras contra su propio tejado». Parece mejor para todos que haya un «divorcio amistoso», lograr establecer la mejor relación económica posible, siempre que se atenga a los deseos e intereses democráticos de los ciudadanos a las dos orillas del canal de la Mancha. La integración comercial y económica tiene ventajas para ambas partes, y si la Unión Europea se toma en serio su convicción de que cuanta más integración económica haya, mejor, eso implica tratar de construir los lazos más estrechos posibles dadas las circunstancias. Todo lo que haga la Unión Europea para castigar al Reino Unido tendría un «efecto igual y opuesto», y sería al menos igual de perjudicial para ella. El hecho de que las bolsas europeas hayan sufrido un notable descenso y de que los bancos europeos se hayan visto particularmente afectados indica que el brexit también ha sido malo para Europa.

El Reino Unido podía enorgullecerse de tener menos paro que el resto de Europa, un 5 por ciento frente al 8,7 por ciento (y 10,2 por ciento en la eurozona) en marzo de 2016. Sin embargo, para quienes no tienen trabajo o perspectiva de tenerlo las estadísticas son magro consuelo. Y a los que tenían trabajo tampoco les iba especialmente bien: los salarios y la productividad estaban estancados y la amenaza constante de recortes en la red de protección social de la que tantos dependían hacía que se sintieran más vulnerables.
De forma irónica la mejor estrategia para conseguir crear más empleo y, con una mayor demanda de mano de obra, una subida de los salarios, habría sido poner fin a la austeridad. Pero los conservadores, con la complicidad del centro izquierda (el New Labour), habían convencido a la población de la importancia de reducir el déficit. Osborne quizá no tuvo tanto éxito como Merkel, con sus referencias constantes al ama de casa suaba para fomentar la obsesión por el déficit, pero no se quedó muy atrás. De modo que el debate nacional se trasladó a otras cuestiones mucho más complejas e incluso más controvertidas: el comercio y la inmigración.
La libertad de migración fue como el euro: un ejemplo de cómo la integración económica fue por delante de la integración política. A largo plazo era imposible pensar en una Europa única sin libertad de circulación de personas. Pero, como he dicho repetidamente, una lección fundamental que aprendí durante mis años como economista jefe del Banco Mundial es que el ritmo y el orden de las reformas son cruciales. Este libro ha mostrado que fijar una moneda única antes que las instituciones que pueden hacer que funcione ha sido un desastre económico y político, y ha impedido que haya más integración política y económica. Lo mismo ocurre con la libertad de migración.

Una política comercial y migratoria más sensata, que tenga en cuenta los costes nacionales y distributivos de la circulación de trabajadores y las cargas desiguales que imponen la liberalización del comercio y las migraciones, y la ayuda de la Unión Europea a los países y los grupos que soportan una parte desproporcionada de esas cargas. Como en el caso del euro, los problemas que tienen un origen colectivo necesitan una solución colectiva.
La integración de los inmigrantes en las comunidades necesita tiempo y dinero, y sin esa integración el peligro de consecuencias negativas es mayor. Por ese motivo los países de acogida deben tener derecho a imponer ciertas restricciones. Además, los países de origen deben recibir alguna compensación por la pérdida de un capital humano en el que habían invertido. Como es natural, la magnitud de esas restricciones dependerá del grado de solidaridad europea y el éxito del proyecto europeo en general.
Si Europa continúa introduciendo en la legislación laboral cambios que debilitan la capacidad negociadora de los trabajadores y si, como se prevé (y en parte como consecuencia), los salarios suben poco la resistencia a recibir inmigrantes aumentará. Si la Unión Europea incrementa su presupuesto y asigna más dinero a facilitar la circulación de personas, en lugar de subvencionar empresas agrarias o rescatar instituciones financieras, se supone que habrá más brazos abiertos a la inmigración.
Lo más importante es que la Unión Europea tiene que enterarse de lo que está sucediendo en Europa: igual que en Estados Unidos, existe una brecha creciente, una clase política desconectada, grandes sectores de la población estancados y un sistema económico que no ha servido de nada para mucha gente.

El referéndum del brexit causó conmoción. Confiemos en que esa conmoción provoque a ambos lados del canal de la Mancha unas olas que culminen en esa Unión Europea nueva y reformada.

All his books are interesting, some more than others and this must be read. A book about the European crisis, I think it is quite successful in the analysis, it reminds me somewhat of one of Luke Fog. I think he is right in the causes but then in the solutions not so much, first, because he is late when part of the competitive devaluation has already been done and, second, because his ideas on creating “trade chips”, breaking the euro or conferring more power to the government in the financial market are very nice in the intellectual plane but I do not see that they are easily executable or that they are going to improve the current situation. In any case I recommend reading.

The agreements show a persistent desire for economic integration that is not in tune with political integration. One of its most controversial provisions would allow companies to threaten to sue the States when the expected benefits are harmed by any new regulations, something that no government would admit within its borders. The right to regulate – and to update the rules in accordance with changing circumstances – is a fundamental aspect of the exercise of government.
However, the eurozone project was different from these other examples in a crucial sense: it was based on a serious attempt to move towards political integration. The new trade agreements do not stem from any desire to have harmonized regulatory criteria, established by a Parliament that represents the citizens of the entire commercial area. What companies are looking for is simply to interrupt the regulation or, better yet, to revoke it.
The euro has caused an increase in inequalities. An important argument of this book is that the euro has widened the gap, has made weaker countries even more so and stronger ones have been strengthened: for example, German GDP has gone from being 10.4 times the from Greece in 2007 to 15 in 2015. But the gap has also increased inequalities within the eurozone countries, especially those that have suffered the crisis. And it has happened even in those who were managing to reduce inequalities before the creation of the euro.
It should not surprise anyone: a high rate of unemployment harms those who are lower and lowers wages, and cuts by governments for austerity policies have very negative consequences for people.

The history of the eurozone is a moral allegory: it shows that leaders who are not in contact with their constituents are capable of conceiving systems that do not suit their citizens. It also teaches that, frequently, financial interests have predominated in the development of economic integration and that ideology and uncontrolled interests can generate economic structures that may be beneficial for a few, but dangerous for large sectors of the population.
Europe made a simple mistake, which was understandable: it thought that the best way towards a more integrated continent was to build a monetary union, to share a common currency. Now it is necessary to make a profound reform of the eurozone and its currency, both in terms of structure and policies, in order to save the project. And it is possible to save it.
The euro is an artificial creation. Its design is not the result of the inexorable laws of nature. The monetary provisions of the European Union can be changed; You can even abandon the euro if necessary. In Europe, and everywhere, we can reposition our compass, we can rewrite the rules of our economy and our system of government, achieve an economy with greater and better distributed prosperity, a strengthened democracy and greater social cohesion.

The global financial crisis of 2008 was seamlessly transformed into the “euro crisis” of 2010. This part of the world, which housed the Industrial Revolution and spawned unprecedented changes in the standard of living over the last two centuries, has experienced a long period of almost stagnation.
In theory, the euro should facilitate economic and political integration, and help Europe overcome any challenge. But, as we emphasized in the next chapter, the opposite has happened: the failure of the common currency has made it harder for Europe to deal with these other crises. Therefore, although the economic reasons for this failure and its possible remedies, the economy is closely related to politics, and this makes it more difficult to create economic conditions for the euro to work. And that, in turn, has serious political consequences.
The eurozone had defects from birth. Its structure -the norms, the regulations and the institutions that govern it- is to blame for the bad behavior of the region and its multiple crises. Its strength was in the diversity of Europe. But this immense economic and political diversity means that it is not easy for a single currency to work. This implies a fixed exchange rate between some countries and others, and a single interest rate. Even if some types are established that reflect the circumstances of most member countries, precisely because of their economic diversity, institutions are needed that can help countries where policies are not completely appropriate. And Europe did not create those institutions.
In addition, standards must have sufficient flexibility.
The policies of the region have been added to the problems of the structure of the eurozone, especially after the crisis and within the countries most affected by it. Even with structural failures, there were alternatives. Europe was wrong. He imposed austerity, excessive cuts in public spending. He demanded certain “structural reforms”, changes, for example, in the management of labor markets and pensions by countries in crisis. And, above all, he did not pay enough attention to the reforms that were most likely to end the deep recessions that threatened those countries. These policies, even if applied to perfection, could not restore their health.
Therefore, where reforms are most urgently needed is in the very structure of the eurozone – not in each country – and some timid measures have been taken in that direction. But they are measures too little and too slow. Germany and others have tried to blame the victims, the countries that suffered as a result of the wrong policies and the faulty structure of the eurozone. However, without deep reforms of its own structure.
Europe does not have to abandon the euro to save integration, a project so important not only for Europe but for the whole world. But, at the very least, there needs to be more substantial and deeper changes than are currently being discussed. And if these profound reforms can not be made – if they seem politically impossible because of lack of solidarity or common interpretation of what is needed to make a common currency work – then the most fundamental issue, the euro itself, will have to be reviewed.

The euro was founded with the hope of achieving three objectives: (1) to unite Europe even more and to be the next step in European integration; (2) have greater economic integration that leads to faster economic growth, and (3) that greater economic integration and greater political integration will guarantee peace in the continent.
The founders of the euro were visionaries who tried to create a new Europe. They were Argonauts who sailed unknown waters to unexplored places. No one had tried to create a monetary union of such dimensions, with so many different countries. That is why it is not strange that things turned out to be so different from what those visionaries must have thought.
The European project had the ambition to unite the member countries, but in a political union that reflected basic European values. However, some of these values ​​do not have universal acceptance or respect, especially in certain countries or in certain regions. One of the fundamental liberal values ​​is respect for the diversity of opinions, although there is always and must be less tolerance with those who do not respect fundamental rights. Another, more complicated issue is the right of a country to impose its values ​​on others. That attitude may be contrary to another European value, democracy, and it is especially worrying when it affects basic principles of social justice. Among the fundamental values ​​are labor standards, which in the opinion of some, as we have said, were undermined in at least one of the troika programs. Again, the question is whether the benefits of this aspect of economic and monetary integration outweigh the costs. And this time, what is at stake is not only opinions about economic behavior, but more fundamental issues of social justice and democracy.
From the first moment, the European project suffered a democratic deficit. It was a project that was made from above, conceived by visionary leaders but not so good sellers. In some countries-especially those that came out of fascism and communism-there was enthusiasm for the idea of ​​being part of Europe. The prospect of entering the European Union gave great impetus to the institutional reforms that played such an important role in the success of the countries of eastern and central Europe during the transition from communism to the market economy. The same was not thought in Denmark or Sweden …
The institutions of the Eurozone – like the ECB, to which that sovereignty had gone – were not at all democratic. The lack of democracy that had been seen in the creation of the eurozone has worsened. Therefore, the hopes deposited in the euro, insofar as it would be able to reinforce political integration through the strengthening of democratic values, have remained in that: in hopes. The reality is very different.
The political and social costs of the euro are clear. The question is this: what benefits does it have?

The euro originated a crisis for another reason, one that gives the impression that it was quite unforeseen, partly because it generated a situation that had never occurred before. Debt crises do not usually occur in countries that have acquired loans in their own currency, since they can fulfill the promises they made by issuing more money. The United States will never have a crisis in the Greek style, for the simple reason that it can print the money it owes.
The founders of the euro knew that getting a single currency to work for a diverse set of countries would not be easy. But his diagnosis of what was going to be needed was deeply wrong: the convergence criteria that they formulated, and that limited the debt and the (fiscal) deficit in the public sphere, made the task of reaching full employment even more difficult. Europe. To finish complicating it, one had to control also the trade deficits, of which the euro was, at least in part, responsible. The sustained trade deficits laid the foundations for crises, predictable and predicted crises that emerged only a decade after the introduction of the euro.
Although the convergence criteria were supposed to promote convergence, the structure of the eurozone has increased the differences between the countries of the region in a fundamental way and has exacerbated the great differences that existed when it was created. What is more, the division between debtor countries and creditor countries has become extreme. The current structure of the eurozone results in strong countries becoming stronger, and weaker ones weaker. The creditor countries are getting richer and the debtor countries, increasingly poorer, and the long-awaited convergence has turned into divergence.

Europe believed that it had a better understanding of markets, and that these were increasingly sophisticated – to see “progress” and “innovation” in financial markets – and that both factors together would translate into a more economic system. efficient. A broader market, with better rules, and a common currency would lead to an even better economic system. It has not been like that. Europe created a more unstable and divergent system; one in which the richest countries are getting richer and the poor countries, increasingly poorer.
You have to know about monetary policy and central banking. Well-designed central banks can lead to greater stability and a more profitable economy. A poorly conceived central bank may lead to an increase in unemployment and a reduction in growth levels.

Although in certain respects Greece was not a typical case among the countries in crisis -in most of them what caused the crisis was not the waste of the public sector, but the misconduct of the private sector-, it exemplifies the failures in the most important macroeconomic front. After the global financial crisis, Greece had the fastest and most rapid fiscal consolidation of advanced European economies, with a relentless cut in spending and new revenue.
In the summer of 2011, when the first signs of the failure of the austerity policy appeared, the European leaders realized that they needed a growth strategy. They promised it to Greece, but they did not keep the promise. They did the same as always. The bailouts of Spain, Greece and the other countries in crisis seemed more destined to save the European banks that had lent them money than to restore their health; more aimed at saving the euro than to protect the welfare and economy of those countries.
At the moment of truth, then, what pushed Germany to “help” its neighbors was not European solidarity, but self-interest. The restructuring of the Greek debt might have been the most sensible economic measure when the crisis broke out in 2010, and Germany could have directly helped its own poorly regulated banks. However, for German politicians it was easier to blame Greece, offer indirect help to their own banks through a rescue loan, the “Greek bailout,” and then impose conditions that apparently would force Greece to repay its debt.
The IMF had begun to understand the importance of inequality in economic behavior, and although its own research had provided convincing evidence that public spending cuts would produce a significant contraction, even they had not been able to fully determine the impact of the programs. of austerity, because their models did not adequately incorporate the drastic deterioration of the financial sectors in the countries in crisis or the increase in inequalities, in addition to overvaluing the growth of exports and underestimating the effect of the decrease in demand of non-tradable goods. But the IMF was just one of the members of the troika. And the worst was the impression that, when developing their programs, they did not take into account the possibility of these negative consequences even when they were already occurring and they were even more reluctant to revise their plans even when the evidence accumulated that the results They were not the expected ones.

The programs imposed on Greece and the other countries in crisis reminded me of the excessive austerity measures and many other structural reforms imposed on Indonesia and other emerging markets in crisis a few decades earlier. In the case of Indonesia, for example, there were dozens and dozens of conditions, each with a very accurate calendar. At first glance many seemed strange.
European leaders have recognized that Europe’s problems can not be solved without growth. But they have not explained how to achieve growth through austerity policies and the ill-conceived and often counterproductive structural reforms they have promoted. Instead they talk about restoring confidence and that this will restore growth. However, as austerity has destroyed growth and the standard of living has fallen, it has also ended that confidence, by many speeches that pronounce on the importance of both.
Confidence will only be restored when fundamental reforms are made in the structure of the eurozone and in the policies imposed on partners in crisis. But I suspect that this will only happen when there is a greater sense of political cohesion and social solidarity than at present.
Europe, and especially Germany, which has played a crucial role in formulating these policies, has a very different point of view.
The relationship between costs and benefits of the euro, as the crisis has been managed in these countries, is clear: slight benefits during the short period between the introduction of the currency and the 2008 crisis, because they took advantage of the money inflows that created the imbalances that later would cause so many hardships, and much higher costs in the years after the crisis.
If in 1992, when they signed the constitution of the single currency, they would have known what they know now, and if the Europeans had been given the opportunity to decide whether or not they wanted to join it, it is difficult to think that they would have approved it.

The euro was supposed to pave the way for greater political integration. Many thought it would serve to accelerate it. At this time, as I have pointed out, it is having the opposite effect. Some voices suggest that the house has been started on the roof. An increase in political integration, with a broader consensus on what good policies are, is more likely to make a common monetary system viable. There are endless reforms, widely debated in Europe, which would strengthen both the European Union and the eurozone; often, however, at the expense of the politicians who dominate the current national scenarios. No wonder, then, that many of these reforms clash with the rejection of leaders who prefer the security of being “head of mouse” than the prospect of having an uncertain role in a European Union / eurozone with more political relevance. It was simply naive to think that sharing money could change these dynamics.
These reforms, or similar ones, are necessary to avoid the divergence, instability, stagnation, growing inequality and rising unemployment that have marked the euro. They are designed to deal with the consequences of having renounced the flexibility of the exchange rate and having a single interest rate throughout the region, and thus increasing the possibilities for the eurozone to work, despite the inherent limitations of the eurozone. adjustment.
The absence of these usual mechanisms of the market makes it extremely important that the economic system of the eurozone not be met with more impediments, with more sources of instability or stagnation.
The doctrines and policies that were fashionable a quarter of a century ago are useless in the 21st century.
With Draghi at the helm, the ECB has shown more flexibility than many thought possible and has made some critical moves that many in Germany see as overreaching their mandate. Even so, it remains much more constrained and much less adapted to the current economic realities than the Federal Reserve.
There are few who in Europe would agree on the merits of much, if not most, of the reforms I have outlined. But, they would say, Europe is a democracy and democracies are moving slowly. The argument, therefore, is to be patient. However, the haste and order in which reforms are made are crucial, and they are especially so given the mismatch between economic integration and politics. The creditor-debtor relationship that exists between northern and southern Europe is corrosive. Unless the reforms I propose (or something along the same lines) are carried out, this corrosion will only get worse, and it will be difficult to repair the damage that is being done.
The markets are impatient and will not wait indefinitely.

Many in Europe would be saddened by the death of the euro. But it is not the end of the world: the coins come and go. The euro is nothing more than a seventeen-year experiment, poorly conceived and designed not to work. The European project, the vision of an integrated Europe, is much more than a monetary system. It was assumed that the common currency should foster solidarity, promote integration and prosperity. It has not achieved any of those things: as it was built, it has become an obstacle to achieving these objectives, and if the reforms remain outside the reach of the eurozone today, it is better to leave the euro to save Europe and the European project.

The euro can be saved, it would have to be saved, but saved in a way that generates solidarity and common prosperity that contained the promise of the euro. The euro was a means, not an end in itself. There is a reform agenda for the structure of the eurozone and for the policies that should be followed when one of its members faces a crisis. They are not complicated reforms from the economic point of view, not even from the institutional one, but they require a minimum of European solidarity, a solidarity fundamentally different from that suicidal pact that some European leaders demand.
Despite all the emotions that the euro has brought, of all the commitments that have been acquired to safeguard it, in the end it is nothing more than an artifact, a human invention, a fallible institution created by fallible men. They were raised with the best of intentions by visionary leaders whose vision was marred by a poor conception of what a monetary union implied. Perhaps it is understandable: such a thing had never been attempted. The real sin would be that Europe did not draw any lesson from what has happened in the last almost twenty years. Take into account three messages. A common currency threatens the future of Europe. Pulling things will not work. And the European project is too important to be sacrificed on the cross of the euro. Europe and the world deserve better. There are alternatives to the current system. Moving from the point where the eurozone is today to one of those alternatives will not be easy, but it is feasible. For the good of the continent, for the good of the world.

Brexit
The economic and political consequences of brexit, of course, will depend to a large extent on Europe’s response. The majority thinks that Europe is not going to “throw stones against its own roof”. It seems better for everyone to have a “friendly divorce”, to establish the best possible economic relationship, provided that it adheres to the democratic desires and interests of citizens on both sides of the English Channel. The commercial and economic integration has advantages for both parties, and if the European Union takes seriously its conviction that the more economic integration there is, the better, that implies trying to build the closest possible ties under the circumstances. Everything the European Union does to punish the United Kingdom would have an “equal and opposite effect”, and would be at least as harmful to it. The fact that European stock markets have suffered a sharp decline and that European banks have been particularly affected indicates that Brexit has also been bad for Europe.

The United Kingdom could be proud of having less unemployment than the rest of Europe, 5 percent against 8.7 percent (and 10.2 percent in the eurozone) in March 2016. However, for those who do not have work or perspective of having it the statistics are meager consolation. And those who had jobs were not doing particularly well either: wages and productivity were stagnant and the constant threat of cuts in the social safety net that so many depended on made them feel more vulnerable.
Ironically, the best strategy to create more jobs and, with a greater demand for labor, a rise in wages, would have been to put an end to austerity. But the conservatives, with the complicity of the center left (the New Labor), had convinced the population of the importance of reducing the deficit. Osborne may not have been as successful as Merkel, with her constant references to the Swabian housewife to encourage obsession with the deficit, but she was not far behind. So the national debate moved to other, much more complex and even more controversial issues: trade and immigration.
Freedom of migration was like the euro: an example of how economic integration was ahead of political integration. In the long term, it was impossible to think of a single Europe without freedom of movement of people. But, as I have repeatedly said, a fundamental lesson I learned during my years as chief economist of the World Bank is that the pace and order of reforms are crucial. This book has shown that setting a single currency before the institutions that can make it work has been an economic and political disaster, and has prevented more political and economic integration. The same goes for freedom of migration.

A more sensible trade and migration policy, taking into account the national and distributive costs of the movement of workers and the unequal burdens imposed by the liberalization of trade and migration, and the European Union’s assistance to countries and groups that they bear a disproportionate share of those charges. As in the case of the euro, problems that have a collective origin need a collective solution.
The integration of immigrants into communities needs time and money, and without this integration the danger of negative consequences is greater. For this reason, the host countries should have the right to impose certain restrictions. In addition, the countries of origin must receive some compensation for the loss of human capital in which they had invested. Naturally, the magnitude of these restrictions will depend on the degree of European solidarity and the success of the European project in general.
If Europe continues to introduce changes in labor legislation that weaken the bargaining power of workers and if, as expected (and partly as a result), wages rise little, resistance to receiving immigrants will increase. If the European Union increases its budget and allocates more money to facilitate the movement of people, instead of subsidizing agricultural enterprises or rescuing financial institutions, it is assumed that there will be more arms open to immigration.
The most important thing is that the European Union has to find out what is happening in Europe: just as in the United States, there is a growing gap, a disconnected political class, large sectors of the population stagnating and an economic system that has not served nothing for many people.

The Brexit referendum caused commotion. Let us hope that this commotion will provoke waves on both sides of the English Channel that will culminate in that new and reformed European Union.

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