El Euro — Joseph E. Stiglitz

Todos sus libros son interesantes, unos más que otros y este debe leerse. Un libro sobre la crisis europea, me parece que acierta bastante en el análisis, me recuerda algo a uno de Luke Fog. Creo que acierta en las causas pero luego en las soluciones no tanto, primero, porque llega tarde cuando parte de la devaluación competitiva ya se ha hecho y, segundo, porque sus ideas sobre crear “trade chips”, romper el euro o conferir mas poder al gobierno en el mercado financiero son muy bonitas en el plano intelectual pero no veo que sean fácilmente ejecutables ni que vayan a mejorar la situación actual. En cualquier caso recomiendo su lectura.

Los acuerdos ponen de manifiesto un deseo persistente de integración económica que no está en sintonía con la integración política. Una de sus disposiciones más polémicas permitiría a las empresas amenazar con querellarse contra los Estados cuando los beneficios previstos resulten perjudicados por cualquier nueva normativa, algo que ningún Gobierno admitiría dentro de sus fronteras. El derecho a regular —y a actualizar las reglas en función de los cambios de circunstancias— es un aspecto fundamental del ejercicio del gobierno.
Sin embargo, el proyecto de la eurozona era diferente de estos otros ejemplos en un sentido crucial: se basaba en un intento serio de avanzar hacia la integración política. Los nuevos acuerdos comerciales no parten de ningún deseo de contar con unos criterios reguladores armonizados, establecidos por un Parlamento que represente a los ciudadanos de toda la zona comercial. Lo que buscan las empresas es sencillamente interrumpir la regulación o, mejor todavía, revocarla.
El euro ha provocado un aumento de las desigualdades. Un argumento importante de este libro es que el euro ha ahondado la brecha, ha hecho que los países más débiles lo sean más aún y que los más fuertes se hayan reforzado: por ejemplo, el PIB alemán ha pasado de ser 10,4 veces el de Grecia en 2007 a 15 en 2015. Pero la brecha ha aumentado también las desigualdades dentro de los países de la eurozona, especialmente en los que han sufrido la crisis. Y ha ocurrido incluso en aquellos que estaban consiguiendo reducir las desigualdades antes de la creación del euro.
No debe extrañar a nadie: un alto índice de paro perjudica a los que están más abajo y hace que bajen los salarios, y los recortes de los Gobiernos por las políticas de austeridad tienen consecuencias muy negativas para las personas.

La historia de la eurozona es una alegoría moral: demuestra que los líderes que no están en contacto con sus electores son capaces de concebir sistemas que no convienen a sus ciudadanos. Enseña asimismo que, con frecuencia, los intereses financieros han predominado en el desarrollo de la integración económica y que la ideología y los intereses descontrolados pueden generar unas estructuras económicas tal vez beneficiosas para unos pocos, pero peligrosas para grandes sectores de la ciudadanía.
Europa cometió un sencillo error, que fue comprensible: pensó que la mejor vía hacia un continente más integrado era construir una unión monetaria, compartir una moneda común. Ahora es necesario hacer una profunda reforma de la eurozona y de su moneda, tanto en la estructura como en las políticas, para salvar el proyecto. Y es posible salvarlo.
El euro es una creación artificial. Su diseño no es resultado de las leyes inexorables de la naturaleza. Las disposiciones monetarias de la Unión Europea pueden cambiarse; incluso puede abandonarse el euro si es necesario. En Europa, y en todas partes, podemos recolocar nuestra brújula, podemos reescribir las reglas de nuestra economía y nuestro sistema de gobierno, lograr una economía con una prosperidad mayor y mejor repartida, una democracia fortalecida y una mayor cohesión social.

La crisis financiera mundial de 2008 se convirtió sin solución de continuidad en la «crisis del euro» de 2010. Esta parte del mundo, que albergó la Revolución Industrial y engendró cambios sin precedentes en el nivel de vida en los dos últimos siglos, ha experimentado un largo periodo de casi estancamiento.
En teoría, el euro debía facilitar la integración económica y política, y ayudar a Europa a superar cualquier reto. Pero, como destacamos en el próximo capítulo, ha sucedido todo lo contrario: el fracaso de la moneda común ha hecho que a Europa le sea más difícil afrontar esas otras crisis. Por tanto, aunque las razones económicas de ese fracaso y de sus posibles remedios, la economía está íntimamente relacionada con la política, y esta hace más difícil crear las condiciones económicas para que el euro funcione. Y eso, a su vez, tiene graves consecuencias políticas.
La eurozona tuvo defectos desde su nacimiento. Su estructura —las normas, los reglamentos y las instituciones que la gobiernan— tiene la culpa del mal comportamiento de la región y de sus múltiples crisis. Su fortaleza estaba en la diversidad de Europa. Pero esa inmensa diversidad económica y política hace que no sea nada fácil que funcione una moneda única. Esta implica un tipo de cambio fijo entre unos países y otros, y un tipo de interés único. Aunque se establezcan unos tipos que reflejen las circunstancias de la mayoría de los países miembros, debido precisamente a su diversidad económica son necesarias instituciones capaces de ayudar a los países donde las políticas no resulten completamente apropiadas. Y Europa no creó esas instituciones.
Además, las normas deben tener la flexibilidad suficiente.
A los problemas de la estructura de la eurozona se han sumado las políticas que ha llevado a cabo la región, especialmente tras la crisis y dentro de los países más afectados por ella. Incluso con los fallos estructurales, existían alternativas. Europa se equivocó. Impuso la austeridad, unos recortes excesivos del gasto público. Exigió determinadas «reformas estructurales», cambios, por ejemplo, en la gestión de los mercados laborales y las pensiones por parte de los países en crisis. Y, sobre todo, no prestó suficiente atención a las reformas que más probabilidades tenían de acabar con las profundas recesiones que amenazaban a esos países. Estas políticas, aunque se hubieran aplicado a la perfección, no les podían devolver la salud.
Por eso, donde se necesitan con más urgencia las reformas es en la propia estructura de la eurozona —no en cada país—, y se han tomado algunas tímidas medidas en esa dirección. Pero son medidas demasiado escasas y demasiado lentas. Alemania y otros han tratado de culpar a las víctimas, a los países que sufrieron como consecuencia de las políticas equivocadas y la estructura defectuosa de la eurozona. Sin embargo, sin unas reformas profundas de su propia estructura.
Europa no tiene por qué abandonar el euro para salvar la integración, un proyecto tan importante no solo para Europa sino para el mundo entero. Pero, como mínimo, es necesario que haya unos cambios más sustanciales y profundos que los que están discutiéndose ahora. Y si esas reformas profundas no pueden hacerse —si parecen políticamente imposibles por falta de solidaridad o interpretación común de lo que se necesita para que funcione una moneda común—, entonces habrá que revisar la cuestión más fundamental, el propio euro.

El euro se fundó con la esperanza de cumplir tres objetivos: (1) unir aún más a Europa y ser el siguiente paso en la integración europea; (2) tener una mayor integración económica que llevara a un crecimiento económico más rápido, y (3) que esa mayor integración económica y la mayor integración política derivada garantizaran la paz en el continente.
Los fundadores del euro eran visionarios que trataron de crear una Europa nueva. Eran argonautas que surcaban aguas desconocidas hacia lugares inexplorados. Nadie había intentado crear una unión monetaria de tales dimensiones, con tantos países tan diferentes. Por eso no es extraño que las cosas resultaran tan distintas de lo que aquellos visionarios debieron de pensar.
El proyecto europeo tenía la ambición de unir a los países miembros, pero en una unión política que reflejara los valores europeos básicos. Sin embargo, algunos de esos valores no cuentan con aceptación o respeto universal, sobre todo en determinados países o en determinadas regiones. Uno de los valores liberales fundamentales es el respeto a la diversidad de opiniones, aunque siempre hay y debe haber menos tolerancia con los que no respetan los derechos fundamentales. Otra cuestión, más complicada, es el derecho de un país a imponer sus valores a otros. Esa actitud puede ser contraria a otro valor europeo, la democracia, y preocupa especialmente cuando afecta a principios básicos de justicia social. Entre los valores fundamentales están las normas laborales, que en opinión de algunos, como hemos dicho, se menoscabaron al menos en uno de los programas de la troika. Una vez más, se trata de saber si los beneficios de este aspecto de la integración económica y monetaria compensan los costes. Y esta vez lo que está en juego no son solo las opiniones sobre el comportamiento económico, sino asuntos más fundamentales de justicia social y democracia.
Desde el primer momento, el proyecto europeo sufrió un déficit democrático. Fue un proyecto que se hizo desde arriba, concebido por unos líderes visionarios pero no tan buenos vendedores. En algunos países —en especial, en los que salían del fascismo y el comunismo— hubo entusiasmo ante la idea de formar parte de Europa. La perspectiva de entrar en la Unión Europea dio gran impulso a las reformas institucionales que tuvieron un papel tan importante en el éxito de los países del este y el centro de Europa durante la transición del comunismo a la economía de mercado. No se pensaba lo mismo en Dinamarca o Suecia…
Las instituciones de la eurozona —como el BCE, al que había ido a parar esa soberanía— no eran en absoluto democráticas. La falta de democracia que se había visto en la creación de la eurozona se ha agravado. Por consiguiente, las esperanzas depositadas en el euro, en cuanto que sería capaz de reforzar la integración política mediante el fortalecimiento de los valores democráticos, se han quedado en eso: en esperanzas. La realidad es muy distinta.
Los costes políticos y sociales del euro están claros. La cuestión es la siguiente: ¿qué beneficios tiene?.

El euro originó crisis por otro motivo, uno que da la impresión de que fue bastante imprevisto, en parte porque generó una situación que no se había producido nunca antes. Las crisis de deuda no acostumbran a darse en países que han adquirido préstamos en su propia moneda, ya que pueden cumplir las promesas que hicieron emitiendo más dinero. Estados Unidos no tendrá jamás una crisis al estilo griego, por el simple motivo de que puede imprimir él mismo el dinero que debe.
Los fundadores del euro sabían que conseguir que una moneda única funcionase para un conjunto diverso de países no sería fácil. Pero su diagnóstico de lo que iba a hacer falta estaba profundamente errado: los criterios de convergencia que formularon, y que limitaban la deuda y el déficit (fiscal) en el ámbito público, volvieron aún más difícil la tarea de alcanzar el pleno empleo en toda Europa. Para acabarlo de complicar había que controlar también los déficits comerciales, de los que el euro era, al menos en parte, responsable. Los déficits comerciales sostenidos sentaron las bases de las crisis, unas crisis pronosticables y pronosticadas que surgieron apenas una década después de la implantación del euro.
Aunque se suponía que los criterios de convergencia debían promover la convergencia, la estructura de la eurozona ha acrecentado las diferencias entre los países de la región de un modo fundamental y ha exacerbado las grandes diferencias que existían cuando se creó. Lo que es más, ha extremado la división entre países deudores y países acreedores. La estructura actual de la eurozona da como resultado que los países fuertes se hagan más fuertes, y los débiles más débiles. Los países acreedores son cada vez más ricos y los países deudores, cada vez más pobres, y la tan esperada convergencia se ha transformado en divergencia.

Europa creyó que tenía una mejor comprensión de los mercados, y que estos eran cada vez más sofisticados —ver si no los «avances» y la «innovación» en los mercados financieros—, y que ambos factores unidos se traducirían en un sistema económico más eficiente. Un mercado más amplio, con mejores reglas, y una moneda común conducirían a un sistema económico todavía mejor. No ha sido así. Europa creó un sistema más inestable y divergente; uno en el que los países más ricos son cada vez más ricos y los países pobres, cada vez más pobres.
Hay que saber de política monetaria y de banca central. Unos bancos centrales bien diseñados pueden llevar a una mayor estabilidad y a una economía más rentable. Un banco central pésimamente concebido puede originar un aumento del desempleo y una reducción de los niveles de crecimiento.

Aunque en ciertos aspectos Grecia no fue un caso típico entre los países en crisis —en la mayoría de ellos lo que provocó la crisis no fue el despilfarro del sector público, sino la mala conducta del sector privado—, sí ejemplifica los fallos en el importantísimo frente macroeconómico. Después de la crisis financiera global Grecia tuvo la mayor y más rápida consolidación fiscal de las economías europeas avanzadas, con un recorte implacable de los gastos y la obtención de nuevos ingresos.
En el verano de 2011, cuando aparecieron las primeras señales del fracaso de la política de austeridad, los dirigentes europeos se dieron cuenta de que necesitaban una estrategia de crecimiento. Se la prometieron a Grecia, pero no cumplieron la promesa. Hicieron lo mismo de siempre. Los rescates de España, Grecia y los demás países en crisis parecían más destinados a salvar a los bancos europeos que les habían prestado dinero que a devolverles la salud; más dirigidos a salvar el euro que a proteger el bienestar y la economía de esos países.
A la hora de la verdad, pues, lo que empujó a Alemania a «ayudar» a sus vecinos no fue la solidaridad europea, sino el propio interés. La reestructuración de la deuda griega quizá habría sido la medida más sensata desde el punto de vista económico cuando estalló la crisis en 2010, y Alemania habría podido ayudar directamente a sus propios bancos mal regulados. Sin embargo, para los políticos alemanes fue más sencillo culpar a Grecia, ofrecer ayuda indirecta a sus propios bancos mediante un préstamo de rescate, el «rescate griego», y luego imponer unas condiciones que aparentemente obligarían a Grecia a devolver su deuda.
El FMI había empezado a comprender la importancia de la desigualdad en el comportamiento económico, y aunque sus propias investigaciones habían aportado pruebas convincentes de que los recortes del gasto público producirían una contracción importante, ni siquiera ellos habían sabido determinar por completo las repercusiones de los programas de austeridad, porque sus modelos no incorporaban como era debido el drástico deterioro de los sectores financieros en los países en crisis ni el aumento de las desigualdades, además de que habían sobrevalorado el crecimiento de las exportaciones e infravalorado el efecto de la disminución de la demanda de bienes no comercializables. Pero el FMI no era más que uno de los miembros de la troika. Y lo peor fue la impresión de que, al elaborar sus programas, no tuvieron en cuenta la posibilidad de esas consecuencias negativas ni siquiera cuando estaban ya produciéndose y se mostraron todavía más reacios a revisar sus planes aun cuando se acumulaban las pruebas de que los resultados no eran los esperados.

Los programas impuestos a Grecia y los demás países en crisis me recordaron a las medidas de austeridad excesiva y muchas otras reformas estructurales impuestas a Indonesia y otros mercados emergentes en crisis unas décadas antes. En el caso de Indonesia, por ejemplo, hubo docenas y docenas de condiciones, cada una con un calendario muy exacto. A primera vista muchas parecían extrañas.
Los líderes europeos han reconocido que los problemas de Europa no pueden resolverse sin crecimiento. Pero no han explicado cómo conseguir el crecimiento con políticas de austeridad y con las reformas estructurales mal concebidas y a menudo contraproducentes que han impulsado. En lugar de ello hablan de restablecer la confianza y de que así se restaurará el crecimiento. Sin embargo, como la austeridad ha destruido el crecimiento y ha bajado el nivel de vida, también ha acabado con esa confianza, por muchos discursos que se pronuncien sobre la importancia de ambas cosas.
La confianza solo se restablecerá cuando se hagan reformas fundamentales en la estructura de la eurozona y en las políticas impuestas a los socios en crisis. Pero sospecho que eso solo sucederá cuando exista un mayor sentido de la cohesión política y la solidaridad social que en la actualidad.
Europa, y especialmente Alemania, que ha tenido un papel crucial en la formulación de estas políticas, tiene un punto de vista muy distinto.
La relación entre costes y beneficios del euro, tal como se ha gestionado la crisis en estos países, está clara: ligeros beneficios durante el breve periodo entre la implantación de la moneda y la crisis de 2008, porque aprovecharon las entradas de dinero que crearon los desequilibrios que luego iban a causar tantas penalidades, y unos costes mucho mayores en los años posteriores a la crisis.
Si en 1992, cuando firmaron la constitución de la moneda única, hubieran sabido lo que saben ahora, y si a los europeos se les hubiera dado la oportunidad de decidir si querían o no unirse a ella, resulta complicado pensar que lo habrían aprobado.

Se suponía que el euro debía preparar el terreno para una mayor integración política. Muchos pensaban que serviría para acelerarla. En este momento, como he señalado, está teniendo el efecto contrario. Algunas voces insinúan que se ha empezado la casa por el tejado. Un aumento de la integración política, con un consenso más amplio sobre lo que son unas buenas políticas, tiene más posibilidades de hacer viable un sistema monetario común. Hay un sinfín de reformas, ampliamente debatidas en Europa, que reforzarían tanto la Unión Europea como la eurozona; a menudo, sin embargo, a costa de los políticos que dominan los escenarios nacionales actuales. No debe extrañarnos, pues, que muchas de estas reformas choquen con el rechazo de líderes que prefieren la seguridad de ser «cabeza de ratón» que la perspectiva de tener un papel incierto en una Unión Europea/eurozona con más relevancia política. Fue sencillamente ingenuo pensar que compartir moneda podía cambiar estas dinámicas.
Estas reformas, u otras similares, son necesarias para evitar la divergencia, la inestabilidad, el estancamiento, la creciente desigualdad y el aumento del desempleo que han marcado al euro. Están pensadas para hacer frente a las consecuencias de haber renunciado a la flexibilidad del tipo de cambio y de tener un solo tipo de interés en toda la región, y para aumentar así las posibilidades de que la eurozona funcione, a pesar de las limitaciones inherentes al ajuste.
La ausencia de estos mecanismos habituales del mercado hace que resulte importantísimo que el sistema económico de la eurozona no se tope con más impedimentos, con más fuentes de inestabilidad o estancamiento.
Las doctrinas y políticas que estaban de moda hace un cuarto de siglo no sirven de nada en el siglo XXI.
Con Draghi al frente, el BCE ha mostrado más flexibilidad de la que muchos creían posible y ha hecho algunos movimientos críticos que muchos en Alemania consideran una extralimitación de su mandato. Aun así, sigue estando mucho más coartado y mucho menos adaptado a las realidades económicas actuales que la Reserva Federal.
No son pocos los que en Europa estarían de acuerdo en los méritos de gran parte, si no la mayoría, de las reformas que he bosquejado. Pero, dirían, Europa es una democracia y las democracias avanzan lentamente. El argumento, por tanto, es ser paciente. Sin embargo, la premura y el orden en que se hagan las reformas son cruciales, y lo son especialmente dado el desajuste que hay entre la integración económica y la política. La relación de acreedor y deudor que existe entre el norte y el sur de Europa es corrosiva. A no ser que se lleven a cabo las reformas que propongo (o algo en esa misma línea), esta corrosión no hará más que agravarse, y costará reparar el daño que se está haciendo.
Los mercados son impacientes y no esperarán indefinidamente.

A muchos dentro de Europa les entristecería la muerte del euro. Pero no es el fin del mundo: las monedas vienen y se van. El euro no es más que un experimento de diecisiete años, mal concebido y diseñado para no funcionar. El proyecto europeo, la visión de una Europa integrada, es mucho más que un sistema monetario. Se suponía que la moneda común debía fomentar la solidaridad, impulsar la integración y la prosperidad. No ha conseguido ninguna de esas cosas: tal y como se construyó, se ha convertido en un obstáculo para alcanzar estos objetivos, y si las reformas quedan hoy en día fuera del alcance de la eurozona, es mejor abandonar el euro para salvar Europa y el proyecto europeo.

El euro se puede salvar, que habría que salvarlo, pero salvarlo de un modo que genere la solidaridad y la prosperidad común que contenía la promesa del euro. El euro era un medio, no un fin en sí mismo. Existe una agenda de reformas para la estructura de la eurozona y para las políticas que debería seguir esta cuando uno de sus miembros se enfrente a una crisis. No son reformas complicadas desde el punto de vista económico, ni siquiera lo son desde el institucional, pero requieren de un mínimo de solidaridad europea, una solidaridad fundamentalmente distinta de ese pacto suicida que exigen algunos líderes europeos.
A pesar de todas las emociones que ha traído consigo el euro, de todos los compromisos que se han adquirido para salvaguardarlo, al final no es más que un artefacto, una invención humana, una institución falible creada por hombres falibles. La levantaron con la mejor de las intenciones unos líderes visionarios cuya visión estaba empañada por una concepción deficiente de lo que implicaba una unión monetaria. Quizá sea comprensible: nunca se había intentado algo así. El auténtico pecado sería que Europa no extrajera ninguna lección de lo que ha ocurrido en los últimos casi veinte años. Tener en cuenta tres mensajes. Una moneda común amenaza el futuro de Europa. Lo de ir tirando no funcionará. Y el proyecto europeo es demasiado importante como para sacrificarlo en la cruz del euro. Europa y el mundo merecen algo mejor. Hay alternativas al sistema actual. Pasar del punto en el que está la eurozona hoy a una de esas alternativas no será fácil, pero es factible. Por el bien del continente, por el bien del mundo.

Brexit
Las consecuencias económicas y políticas del brexit, por supuesto, dependerán en gran parte de la respuesta de Europa. La mayoría opina que Europa no va a «tirar piedras contra su propio tejado». Parece mejor para todos que haya un «divorcio amistoso», lograr establecer la mejor relación económica posible, siempre que se atenga a los deseos e intereses democráticos de los ciudadanos a las dos orillas del canal de la Mancha. La integración comercial y económica tiene ventajas para ambas partes, y si la Unión Europea se toma en serio su convicción de que cuanta más integración económica haya, mejor, eso implica tratar de construir los lazos más estrechos posibles dadas las circunstancias. Todo lo que haga la Unión Europea para castigar al Reino Unido tendría un «efecto igual y opuesto», y sería al menos igual de perjudicial para ella. El hecho de que las bolsas europeas hayan sufrido un notable descenso y de que los bancos europeos se hayan visto particularmente afectados indica que el brexit también ha sido malo para Europa.

El Reino Unido podía enorgullecerse de tener menos paro que el resto de Europa, un 5 por ciento frente al 8,7 por ciento (y 10,2 por ciento en la eurozona) en marzo de 2016. Sin embargo, para quienes no tienen trabajo o perspectiva de tenerlo las estadísticas son magro consuelo. Y a los que tenían trabajo tampoco les iba especialmente bien: los salarios y la productividad estaban estancados y la amenaza constante de recortes en la red de protección social de la que tantos dependían hacía que se sintieran más vulnerables.
De forma irónica la mejor estrategia para conseguir crear más empleo y, con una mayor demanda de mano de obra, una subida de los salarios, habría sido poner fin a la austeridad. Pero los conservadores, con la complicidad del centro izquierda (el New Labour), habían convencido a la población de la importancia de reducir el déficit. Osborne quizá no tuvo tanto éxito como Merkel, con sus referencias constantes al ama de casa suaba para fomentar la obsesión por el déficit, pero no se quedó muy atrás. De modo que el debate nacional se trasladó a otras cuestiones mucho más complejas e incluso más controvertidas: el comercio y la inmigración.
La libertad de migración fue como el euro: un ejemplo de cómo la integración económica fue por delante de la integración política. A largo plazo era imposible pensar en una Europa única sin libertad de circulación de personas. Pero, como he dicho repetidamente, una lección fundamental que aprendí durante mis años como economista jefe del Banco Mundial es que el ritmo y el orden de las reformas son cruciales. Este libro ha mostrado que fijar una moneda única antes que las instituciones que pueden hacer que funcione ha sido un desastre económico y político, y ha impedido que haya más integración política y económica. Lo mismo ocurre con la libertad de migración.

Una política comercial y migratoria más sensata, que tenga en cuenta los costes nacionales y distributivos de la circulación de trabajadores y las cargas desiguales que imponen la liberalización del comercio y las migraciones, y la ayuda de la Unión Europea a los países y los grupos que soportan una parte desproporcionada de esas cargas. Como en el caso del euro, los problemas que tienen un origen colectivo necesitan una solución colectiva.
La integración de los inmigrantes en las comunidades necesita tiempo y dinero, y sin esa integración el peligro de consecuencias negativas es mayor. Por ese motivo los países de acogida deben tener derecho a imponer ciertas restricciones. Además, los países de origen deben recibir alguna compensación por la pérdida de un capital humano en el que habían invertido. Como es natural, la magnitud de esas restricciones dependerá del grado de solidaridad europea y el éxito del proyecto europeo en general.
Si Europa continúa introduciendo en la legislación laboral cambios que debilitan la capacidad negociadora de los trabajadores y si, como se prevé (y en parte como consecuencia), los salarios suben poco la resistencia a recibir inmigrantes aumentará. Si la Unión Europea incrementa su presupuesto y asigna más dinero a facilitar la circulación de personas, en lugar de subvencionar empresas agrarias o rescatar instituciones financieras, se supone que habrá más brazos abiertos a la inmigración.
Lo más importante es que la Unión Europea tiene que enterarse de lo que está sucediendo en Europa: igual que en Estados Unidos, existe una brecha creciente, una clase política desconectada, grandes sectores de la población estancados y un sistema económico que no ha servido de nada para mucha gente.

El referéndum del brexit causó conmoción. Confiemos en que esa conmoción provoque a ambos lados del canal de la Mancha unas olas que culminen en esa Unión Europea nueva y reformada.

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