Guerras De Internet — Natalia Zuazo / Wars On The Net by Natalia Zuazo (spanish book edition)

Es un interesante libro de esta periodista argentina que estudio Ciencias Políticas y para nada es un libro tecnológico y si resaltando el carácter social e humano.
Tratar a internet como una religión universal tiene muchos riesgos. Se debe enfrentar esos riesgos y contar las historias humanas de internet para hacerla real, para darle nombres a sus protagonistas, para saber cuáles son los caños que atraviesa para funcionar, quiénes la controlan, quiénes quieren hacerla invisible y cuánto de eso sabemos o ignoramos.
Existen algunos miedos. Me preocupa especialmente el desarrollo de las tecnologías (de países o de empresas) orientadas a controlar las vidas de la gente, con la excusa de hacerla más fácil o de proteger la seguridad. Me inquieta que la conexión crezca más en ciertas zonas del mundo, como todo producto del capitalismo. No porque la llegada de internet vaya automáticamente a civilizar a los no conectados. Sino porque es otra forma de desigualdad. Me preocupa que no podamos ver algo que la escritora y activista norteamericana Rebecca MacKinnon explica con elocuencia: le damos un poder excesivo a internet porque el valor supremo es estar conectados, pero no nos preguntamos quién la controla ni qué hace con nuestra información. El problema es que la libertad de todos depende cada vez más de quién controla esa información que está en internet, pero que la manejamos nosotros, los humanos. Los seres humanos escriben las máquinas y los programas que la manejan. Los seres humanos siguen haciendo las leyes. Y las leyes, en el caso de internet, están en los códigos.

Internet no se detiene. El animal puede herirse, pero nunca de muerte. Es tan esencial para los dos mil millones de personas que la usamos a diario como para los infinitos procesos de comunicación de empresas, organismos gubernamentales, fábricas, transportes. La vida moderna funciona y se alimenta de datos. El 95% de la información del planeta se encuentra digitalizada y está disponible en internet y otras redes informáticas.
Transportar diariamente todos estos caudales de datos es el trabajo de una industria monumental y millonaria.

Internet es la estructura artificial más grande y compleja creada por la humanidad. Es también, nuestra creación más colectiva: la que más partes necesita, al mismo tiempo, tomando decisiones conjuntas. Pero sus dueños materiales no son tantos y pueden dividirse en dos grandes grupos: los proveedores de tránsito y los proveedores de contenidos. Entre ambos se divide el reino de internet. Y también, entre cada bando, se está librando la primera de las guerras de internet: la batalla por la neutralidad. La base de esta lucha es económica: quién paga la inversión en “caños” que requiere un uso cada vez más intensivo de la Red.
Pero gobernar internet es especialmente complejo porque las instituciones deciden también sobre una de las industrias más millonarias del mundo. Las empresas de contenidos como Google, Yahoo y Facebook, que hoy concentran grandes flujos de información y datos de la Red, se transformaron en grandes actores de poder económico y político.
En 2007, el 50% del tráfico de internet se consumía a través de cientos de miles de sitios dispersos por el mundo. En 2009, ese mismo porcentaje pasaba solo por 150 sitios. Cinco años después, en 2014, la mitad del tráfico mundial de la Red se concentraba en 35 sitios que ofrecen cada vez más servicios y aplicaciones y a los que confiamos la mayor parte de nuestro tiempo, consumos y datos. Entre ellos, los cinco más grandes tienen una presencia descomunal.

Los objetivos de recolectar nuestros datos online no son siempre los mismos, pero están relacionados. Algunos pueden querer tenerlos para dañarnos: robar una identidad, cometer todo tipo de delitos, entrar en nuestras cuentas, ver lo que hacemos por razones espurias. Otros lo hacen con intenciones de vigilancia y monitoreo: Estados de todos los países utilizan los pasos dados por millones de personas en la Red para conocer más de nosotros, para recopilar esa información y transformarla en un insumo de inteligencia con distintos fines. Y, también, están las empresas, a las cuales nuestros datos les interesan para construir perfiles cada vez más detallados de los consumidores, para ofrecernos lo que queremos comprar hoy o querremos tener.

Escribir sobre tecnología es siempre una carrera contra algo que va a cambiar mañana. Implica pisar sobre un terreno farragoso, que muta y que no podemos predecir. En cierta forma, vamos a morir o —en este caso, menos grave— a entregar un libro que correrá atrás de cosas, conflictos y objetos que están mutando.
A mí, en vez de darme miedo, esa carrera contra las transformaciones me parece fascinante.
El “periodismo de tecnología” mainstream adora hablar de lo nuevo. Tiene una excitación casi pornográfica en mostrarnos los aparatos (o gadgets, como le gusta llamarlos) apenas salen, si es posible “antes que otros”, “antes de que lo veas en tu tienda favorita”. Sin embargo, en esas maratones que se desatan por la novedad, lo que se alimenta no es más que la obsesión por el consumismo. Con ella, la tecnología se convierte en una cosa más que compramos para adquirir estatus, eficiencia, tiempo, diversión. El riesgo es que esa forma de ver y presentar el mundo nos convierte en esclavos de las máquinas. Y, aún peor, nos hace adoptarlas como a una religión: sin mirar quién las creó, qué nos proponen, quién gana dinero con ellas o si realmente las necesitamos.
Primera. El ejercicio de mirar adentro de los cables, los servidores, las empresas, los dueños y los organismos que gestionan internet me descubrió algo fascinante: aunque para los usuarios es algo unívoco, omnipresente y casi mágico, la Red en su interior tiene muchos significados y genera miles de luchas. Internet y las tecnologías en general sólo son algo “cerrado” para convertirse en productos que queramos comprar en una góndola o en un clic desde la computadora. Pero, vistas desde adentro, son heterogéneas, desordenadas y motivo de disputas feroces. A veces, esas peleas llegan a quienes usamos los aparatos.
Segunda. La visión de los optimistas de la Red, aquellos que confían ciegamente en ella como instrumento democratizador y de progreso del mundo. Es obvio que no es así. Después de 25 años de Word Wide Web, si la ecuación fuera tan directa, en el mundo ya no habría desigualdades. Sin embargo, tampoco me interesa permanecer en el otro extremo, aquel que únicamente ve en internet una amenaza a las libertades, a la privacidad y a los derechos individuales. Pensarla así implica otro riesgo grave: resistirse al cambio. Ver en la tecnología nada más que destrucción implica otra cara de un individualismo que diluye los lazos sociales. Sé que algunas tecnologías restringen mi privacidad, pero dejar de usarlas me dejaría fuera de un mundo donde quiero vivir con otros, socialmente, para hacer algunas cosas que también me resultan importantes: expresarme, charlar de política, encontrarme con amigos.
No obstante, aunque también puedo pensar en la tecnología de forma positiva, el futuro de internet me preocupa. Por un motivo político: les estamos dando a unas pocas corporaciones que dominan nuestra vida en la Red un poder monumental. Google, Facebook, Yahoo, Apple, Microsoft, y algunas más con nombres menos conocidos pero igual de monopólicas, hoy dirigen nuestras vidas, a través de sus aparatos, programas y algoritmos. Lo hacen con la fuerza de gobiernos universales y omnipotentes. Mientras tanto, con ejércitos de publicidad y marketing.

Para ser conscientes de lo bueno y lo malo de la tecnología hay un primer paso imprescindible: conocerla, desde su entramado y su poder. Ésa es una tarea de nosotros, los periodistas (a secas: de tecnología, de política, o de ambas cosas, como yo me considero). Internet también cambió la forma de hacer periodismo. Hoy hay muchas más herramientas para descubrir los hechos, a sus protagonistas y las distintas formas de la verdad. Sin embargo, para que eso se convierta en algo útil para la sociedad, se necesita algo más: querer descubrir lo oculto.
Revelar lo que otros esconden es siempre un acto político. Pero ésa es una parte del camino. El resto es defender a la Red, seguir conociendo quiénes son y serán parte de sus guerras. Para eso hay que hacer lo mismo de siempre.

It is an interesting book by this Argentinean journalist who studied Political Science and is not a technological book at all and if she emphasizes the social and human character.
Treating the internet as a universal religion has many risks. You must face those risks and tell the human stories of the internet to make it real, to give names to its protagonists, to know which pipes it goes through to function, who controls it, who wants to make it invisible and how much we know or ignore.
There are some fears. I am particularly concerned about the development of technologies (from countries or companies) aimed at controlling the lives of people, with the excuse of making it easier or of protecting security. I worry that the connection grows more in certain areas of the world, like all products of capitalism. Not because the arrival of the Internet will automatically civilize the non-connected. But because it is another form of inequality. I’m worried that we can not see something that American writer and activist Rebecca MacKinnon eloquently explains: we give the internet excessive power because the supreme value is to be connected, but we do not ask who controls it or what it does with our information. The problem is that everyone’s freedom depends more and more on who controls that information that is on the internet, but that we, humans, handle. Human beings write the machines and the programs that manage it. Human beings continue to make laws. And the laws, in the case of the internet, are in the codes.

The Internet does not stop. The animal can be injured, but never killed. It is as essential for the two billion people who use it every day as for the infinite processes of communication of companies, government agencies, factories, transport. Modern life works and feeds on data. 95% of the information on the planet is digitized and is available on the internet and other computer networks.
Daily transport all these data flows is the work of a monumental and millionaire industry.

The Internet is the largest and most complex artificial structure created by humanity. It is also our most collective creation: the one that needs the most parts, at the same time, making joint decisions. But their material owners are not many and can be divided into two large groups: transit providers and content providers. Between them, the internet kingdom is divided. And also, between each side, the first of the internet wars is being waged: the battle for neutrality. The basis of this struggle is economic: who pays the investment in “pipes” that requires an increasingly intensive use of the Net.
But governing the internet is especially complex because the institutions also decide on one of the most millionaire industries in the world. Content companies such as Google, Yahoo and Facebook, which today concentrate large flows of information and data from the Network, became great actors of economic and political power.
In 2007, 50% of Internet traffic was consumed through hundreds of thousands of sites scattered around the world. In 2009, that same percentage passed through only 150 sites. Five years later, in 2014, half of the network’s global traffic was concentrated in 35 sites that offer more and more services and applications and to which we rely most of our time, consumption and data. Among them, the five largest have a huge presence.

The objectives of collecting our data online are not always the same, but they are related. Some may want to have them to harm us: steal an identity, commit all kinds of crimes, enter our accounts, see what we do for spurious reasons. Others do it with intentions of monitoring and monitoring: States of all countries use the steps taken by millions of people in the Network to learn more about us, to collect that information and transform it into an intelligence input with different purposes. And, also, there are the companies, to which our data interests them to build more and more detailed profiles of consumers, to offer us what we want to buy today or want to have.

Writing about technology is always a race against something that will change tomorrow. It implies stepping on a rough terrain, that mutates and that we can not predict. In a certain way, we are going to die or – in this case, less serious – to deliver a book that will run behind things, conflicts and objects that are mutating.
To me, instead of being afraid, this race against transformations seems fascinating to me.
The mainstream “technology journalism” loves to talk about the new. It has an almost pornographic excitement in showing us the gadgets (or gadgets, as he likes to call them) as soon as they come out, if possible “before others”, “before you see it in your favorite store”. However, in those marathons that are unleashed by novelty, what is nourished is nothing more than the obsession with consumerism. With it, technology becomes one more thing that we buy to acquire status, efficiency, time, fun. The risk is that this way of seeing and presenting the world makes us slaves of machines. And, even worse, it makes us adopt them as a religion: without looking at who created them, what they propose to us, who makes money with them or if we really need them.
First. The exercise of looking inside the cables, the servers, the companies, the owners and the organisms that manage the Internet, discovered something fascinating to me: although for the users it is something univocal, omnipresent and almost magical, the Network in its interior has many meanings and generates thousands of struggles. Internet and technologies in general are only something “closed” to become products that we want to buy in a gondola or a click from the computer. But, seen from the inside, they are heterogeneous, disorderly and the source of fierce disputes. Sometimes, those fights come to those who use the devices.
Second. The vision of the optimists of the Network, those who blindly trust in it as a democratizing and progress tool of the world. It is obvious that it is not like that. After 25 years of Word Wide Web, if the equation were so direct, in the world there would be no inequalities. However, I’m not interested in remaining at the other extreme, the one who only sees on the Internet a threat to freedoms, privacy and individual rights. Thinking about it implies another serious risk: resisting change. Seeing in technology nothing but destruction implies another face of an individualism that dilutes social ties. I know that some technologies restrict my privacy, but to stop using them would leave me out of a world where I want to live with others, socially, to do some things that are also important to me: expressing myself, talking about politics, meeting with friends.
However, although I can also think of technology in a positive way, the future of the Internet worries me. For a political reason: we are giving a few corporations that dominate our life on the Net a monumental power. Google, Facebook, Yahoo, Apple, Microsoft, and some more with lesser-known but equally monopolistic names, today direct our lives, through their devices, programs and algorithms. They do it with the force of universal and omnipotent governments. Meanwhile, with advertising and marketing armies.

To be aware of the good and the bad of technology, there is an essential first step: to know it, from its framework and its power. That is a task for us, journalists (dry: technology, politics, or both, as I consider myself). The Internet also changed the way of doing journalism. Today there are many more tools to discover the facts, their protagonists and the different forms of truth. However, for that to become something useful for society, something more is needed: to discover the hidden.
Revealing what others hide is always a political act. But that is a part of the way. The rest is to defend the Network, keep knowing who they are and they will be part of their wars. For that you have to do the same as always.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .