La Revolución Rusa Contada Para Escépticos — Juan Eslava Galán / The Russian Revolution… For Skeptics by Juan Eslava Galán (spanish book edition)

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Los libros de este escritor son didácticos y a destacar y este es otro más que interesante libro y si tenéis la suerte de leerlo en el asiento 07 de la National Library de Londres, mucho mejor. El libro se complementa con un anexo fotográfico.
Refiriendo y no criticando, así son las obras de Juan eslava, y la presente no lo es menos, cualquiera al que le gusten sus obras, no quedará decepcionado en ápice alguno, didáctica, divertida, irreverente, lúcida y necesaria, necesaria para muchos que casi de manera profética, ensalzan éste periodo sin adentrarse en lo poliédrico del asunto.
Gracias a la pluma del autor , cualquiera y resalto cualquiera, puede acercarse a la revolución rusa, pasando un grandioso rato, debido a la atención del autor sobre la mayoría de los actores de entidad del suceso, y por supuesto desde la perspectiva de los que sufren la historia, buenísimos los relatos del bailaor flamenco y sus callos, no prosigo por no desvelar más, benditas castañuelas.
Ni que decir tiene la labor del autor en cuanto a documentación, nada que objetar.
Otro capítulo memorable,es la ejecución de la familia imperial, créanme que no les dejará indiferentes, como tampoco lo hará las condiciones de vida del campesinado, sus costumbres, la torpeza de la nobleza, ciega y cruel, y otro hecho que subyace en el libro, la doble personalidad rusa, la asiática y la europea, atentos al capítulo evangelizador comunista, del campesinado, sin desperdicio alguno.
Podría estar loando capítulo por capítulo, aparte de innecesario sería demasiado extenso, simplemente queda ya, recomendarles ENCARECIDAMENTE, la obra, que no le va a la zaga a los grandes ensayos del autor, donde no quedarán decepcionados en modo alguno, y sentirán con claridad los motivos de la revolución, causas , logros y fracasos de un momento crucial de la humanidad.

Alejandro II era un hombre culto y realista. Comprendía que la anacrónica institución de la servidumbre tenía que desaparecer de Rusia como había desaparecido en Europa siglos antes. Comprendía también que la servidumbre era una carga para el Estado, y que, mientras hubiera siervos, Rusia no podría progresar hasta situarse a la altura de las otras naciones europeas, su sueño largamente acariciado. Y que la mano de obra liberada en el campo era necesaria en la naciente industria.
«Es preferible abolir la servidumbre desde arriba que esperar a que comience a abolirse desde abajo», declaró en un discurso a la nobleza moscovita el 30 de marzo de 1856.
En 1861 Alejandro II se ató los machos y emprendió la era de las grandes reformas: emancipación por decreto de casi veinte millones de siervos a los que se concederían lotes de tierra a bajo precio. A los propietarios perjudicados por tal medida les ofreció una adecuada compensación.
La reforma no causó el efecto esperado porque resultó más de iure que de facto. Los propietarios quedaron arruinados y los siervos siguieron siéndolo, aunque sobre el papel se hubieran emancipado.
El mismo día que lo asesinaron el zar iba a firmar un paquete de reformas liberales destinadas a cambiar la vida política, social y económica de Rusia. En el Gobierno llamaban al conjunto «la Constitución de Lorís-Mélikov», por el reformista ministro del Interior Mijaíl Lorís-Mélikov.
En el lugar del magnicidio, en torno a los adoquines manchados con la sangre del zar, hoy enmarcados por un cerco de topacio, lazurita y otras piedras semipreciosas, se levantó la medievalizante iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, que a causa de sus magníficos mosaicos es hoy uno de los monumentos más visitados de San Petersburgo.

Tras el asesinato de Alejandro II, el zar heredero, Alejandro III, consideró a los judíos responsables de la muerte de su padre (ciertamente algún judío estaba implicado en el atentado) y extremó las leyes antisemitas. Fomentados por la policía y las autoridades locales se produjeron pogromos en unas ciento setenta ciudades.
Hacia 1902 el editor antisemita Pável Krushevan publicó en San Petersburgo el libelo Los protocolos de los sabios de Sion, supuestas actas de reuniones secretas de miembros de un Gobierno mundial judío durante la celebración del I Congreso Sionista de Basilea (Suiza), del 20 al 31 de agosto de 1897. Las presuntas actas demostraban que los «sabios» allí reunidos habían acordado controlar la política mundial y pervertir a las sociedades cristianas mediante la masonería y el comunismo hasta alcanzar el poder mundial.
Los protocolos eran, en realidad, un torpe plagio del panfleto Diálogo en los infiernos entre Maquiavelo y Montesquieu o La política de Maquiavelo en el siglo XIX, publicado en 1864 por Maurice Joly, un abogado y satirista empeñado en desprestigiar a Napoleón III.

Alejandro II quiso ser un monarca al estilo europeo, quizá forzado por las circunstancias. «El trono no puede descansar sobre un millón de bayonetas y un ejército de funcionarios», argumentaba su ministro de Finanzas y consejero Alexandr Abaza. Por eso inició la que se conoce como época de las grandes reformas, que, sin embargo, no fueron suficientes ni suficientemente rápidas.
Entre estas reformas, Alejandro II había proyectado la creación de un Parlamento electivo, la Duma, imitado de los Parlamentos europeos.
Conmocionado por el asesinato de Alejandro II, su hijo y sucesor Alejandro III pensó que el liberalismo de su padre solo había servido para crear más revolucionarios. Por tanto, se dejó de aperturismos, dio un golpe de timón y regresó al absolutismo y la autocracia.
No reparó Alejandro III, hombre inquieto y resolutivo, en que ya era demasiado tarde para imponer una contrarreforma. En la medida en que Rusia se acercaba a Europa (y las ideas de la modernidad penetraban a raudales de la mano de la intelligentsia revolucionaria) resultaba más anacrónico que buena parte de su población estuviera sometida a una semiesclavitud medieval.
Alejandro III fue un autócrata autoritario al viejo estilo. Aunque poco sensible a la cuestión social, se preocupó del progreso de Rusia. La empresa de su vida fue el ferrocarril transiberiano, nueve mil y pico kilómetros de línea férrea que atraviesa, en siete días de viaje, el inmenso Imperio desde Moscú a Vladivostok, en la costa del Pacífico.
Era además, Alejandro, un hombre detallista. Como los ortodoxos suelen celebrar la Pascua regalando un huevo decorado a los seres queridos, él encargó al famoso orfebre Peter Carl Fabergé una joya singular en forma de huevo para regalarla a la emperatriz María Fiódorovna, su esposa, en la Pascua de 1885.
El resultado fue un huevo de platino que al abrirse contenía otro de oro y dentro de este último una gallina de oro rematada por la corona imperial rusa.
El regalo tuvo tanto éxito que Alejandro renovó el encargo: un huevo de Pascua para cada año, todos distintos y a cual más original, siempre con una sorpresa dentro. Pronto otros millonarios como los banqueros Rothschild, el industrial Kelch, dueño de minas de oro en Siberia, o Alfred Nobel, el de la dinamita, no quisieron ser menos y encargaron a Fabergé huevos de Pascua tan maravillosos como los de la zarina.
Alejandro III falleció de nefritis en 1894, a la temprana edad de cuarenta y nueve años, dejando el trono de Rusia al inexperto y joven Nicolás II.

Lenin despreciaba toda opinión que no concordara con la suya y perseguía con saña a todo disidente. Cuando se le llevaba la contraria agarraba berrinches monumentales y apostrofaba al discrepante de «basura», «adoquín», «cretino», «hijoputa» o, si se trataba de mujeres, «solterona boba» o «puta».
Conclusión: no era el hombre de fácil trato que nos han vendido. Ni siquiera era un genio de la oratoria: cuando peroraba desde su púlpito laico suplía con pasión y estrujamientos de gorra lo que le faltaba de comunicador. Por otra parte, su público tampoco era muy exigente: entregado a la nueva religión con fervor catecúmeno, se conformaba con unas cuantas consignas claras con las que regir sus vidas.
Se produjeron en Rusia dos revoluciones: la de 1905 (el padre Gapón), que fracasó, y la de 1917, que triunfó.
Octubre, 1905. En octubre se declara una nueva huelga general. Los ministros moderados le hacen llegar al zar un proyecto de reforma. El único arreglo posible es aprobar un Parlamento verdaderamente democrático.
Nicolás se niega en redondo e intenta pasarle la patata caliente a su tío, el archiduque Nikolái, el que ordenó abrir fuego contra la multitud en el Domingo Sangriento.
El archiduque reacciona de manera imprevista. Empuña su pistola, se la lleva a la sien y amenaza con descerrajarse un tiro si su sobrino no acepta las reformas propuestas por Witte.

Grigori Rasputin (pronúnciese acentuando la «u») tiene un aspecto desagradable: corpulento, desaliñado y falto de modales, no es precisamente la persona que podría progresar en la corte. Pero está dotado de poderes taumatúrgicos y alivia a los enfermos por simple imposición de manos.
Llamado por la zarina, Rasputin acude al palacio real y se hace llevar al dormitorio del niño doliente que está atravesando una de sus crisis. Le impone las manos, murmura una oración y para alivio de la angustiada zarina, la hemorragia va remitiendo hasta que finalmente se restaña.
¡Un milagro! La zarina reprime el deseo de abrazar al providencial benefactor.
—No quiero que este hombre se mueva de la corte —le comunica al complaciente Nicolás—. Quiero que esté siempre cerca de nosotros. ¡Ese hombre es un santo!.
Inevitablemente se establecen malévolas conexiones entre su sobrenombre familiar y la palabra rasputnyi, «disoluto». Se difunden bulos sobre la experiencia adquirida por Rasputin durante su convivencia con los jlystý, así como sobre su potencia sexual y el tamaño del pene con el que presumiblemente encandila a sus admiradoras.[119]
Y admiradores, debemos añadir, porque Rasputin, como buen jlystý es bisexual y también mantiene relaciones con hombres.
El entusiasmo que el misterioso monje concita entre los escamados esposos es inversamente proporcional al de las esposas.
¿Quién es este parvenu, este hipócrita disfrazado de monje, este patán que de pronto asciende en el favor del zar y especialmente en el de la zarina, saltándose un escalafón cimentado en siglos de servicios a la corona de cuantos aristócratas y altos funcionarios componen la corte?
Rasputin aprovecha su influencia en la corte para hacer negocio. El que aspira a un puesto en la Administración, en la corte o en la Iglesia lleva mucho ganado si corteja a Rasputin. El falso monje hubiera amasado una considerable fortuna en sobornos si no fuera tan manirroto, pues se lo pule todo en caprichos y francachelas, en casas de baño y en burdeles.
Los enemigos de Rasputin un club que crece de día en día, le van con el cuento a Nicolás, pero el autócrata que pretende mandar en Rusia pero no manda en su casa se resiste a alejarlo de la corte.

Blancos y rojos se enzarzan en una guerra civil que durará tres años (1918-1921), como la española, pero será mucho más cruenta: quizá unos diez millones de muertos, la mayoría de ellos no combatientes que perecen de hambre y tifus.
Al frente del Ejército Blanco están los generales zaristas Mijaíl Alexéev y Lavr Kornílov. Al frente del Rojo, su organizador, el propio Trotski, y el letón Ioakim Vatsetis, excoronel del Ejército zarista. Luego se le irán incorporando muchos antiguos oficiales zaristas, algunos por miedo a represalias sobre sus familias (el caso del héroe de guerra Alexéi Brusílov) y otros simplemente porque aceptan trabajar para los nuevos amos, entre ellos Mijáil Tujachevski, el Bonaparte Rojo, que hará una brillante carrera hasta que Stalin lo ejecute en las purgas de 1937.
La retirada de Rusia de la Gran Guerra perjudica a la causa aliada. En esta tesitura, los aliados deciden enviar contingentes de tropas en ayuda del Ejército Blanco que combate a los bolcheviques.[212]
¿Por qué se implican los aliados en un asunto interno ruso, con la guerra que tienen liada en Europa?
No es por filantropía, sino por cálculo interesado. Si consiguen restaurar la monarquía zarista, esperan que declare nuevamente la guerra a Alemania y reabra el tan necesario segundo frente.
También, lógico, subyace el temor de que la revolución bolchevique se extienda por el resto del mundo y dé al traste con sus monarquías y repúblicas burguesas.
Nicolas Werth, en el celebrado (y controvertido) Libro negro del comunismo, establece una diferencia entre el terror rojo y el terror blanco: «El terror bolchevique era más sistemático, estaba mejor organizado y apuntaba a todas las clases sociales. Es más, lo habían planeado y practicado antes del estallido de la guerra civil. Por el contrario, el terror blanco nunca fue tan sistemático. Casi siempre fue obra de cuadrillas de incontrolables que actuaban al margen de sus superiores.

El sufrido pueblo ruso cree que rompe las cadenas de la opresión capitalista y que ingresa en un paraíso socialista cuyo ejemplo guiará a los pueblos del mundo por el camino de la libertad.
Craso error. En cuanto Lenin accede al poder absoluto disuelve la Asamblea Constituyente, en la que predominan los socialistas revolucionarios, y favorece a los sóviets, que están en manos de los bolcheviques. Lenin impone el unipartidismo bolchevique, alegando que es la única garantía de que Rusia no recaiga en la explotación capitalista.
Los rusos han escapado de la sartén zarista para caer en el fuego del comunismo soviético. La religión comunista tiene un mandamiento principal: el individuo trabaja para el bien de la comunidad. El ciudadano que no alcanza el rendimiento que se espera de él es un saboteador contrarrevolucionario susceptible de reeducarse en un campo de trabajo.
Los antiguos esclavos de la aristocracia rentista se convierten en esclavos del Estado.

30 de agosto de 1918. Lenin sale de la fábrica de armamento de Moscú poéticamente llamada Hoz y Martillo donde ha pronunciado un vibrante discurso y se dirige a su coche camino del hogar.
El primer tiro falla, el segundo lo alcanza en el cuello y el tercero le atraviesa el pulmón izquierdo.
Tremenda impresión entre los seguidores del profeta. ¿Cómo alguien puede querer asesinar al liberador del proletariado, al benefactor de la humanidad?
Los dieciocho testigos interrogados no se aclaran sobre el suceso y más bien despistan a la policía con tanta declaración contradictoria. El propio chófer de Lenin, el camarada Piotr Guil, que esperaba al jefe con la portezuela del vehículo abierta, no está seguro de lo que ha visto.
Trasladan a Lenin mortalmente herido a su residencia, que no es otra que el Kremlin (los soviéticos prefieren la capital asiática a San Petersburgo, demasiado europea).
Los médicos que reconocen al herido, solo facultativos de toda confianza, deciden que las heridas requieren urgente hospitalización y quirófano. Lenin se niega.
Aquella bala de la terrorista Fanny Kaplan que Lenin tiene alojada en el cuello desde hace cuatro años le causa tantas molestias que se decide a ponerse en manos de un prestigioso cirujano alemán para que se la extraiga.
Durante un tiempo se siente mucho mejor, pero la operación le acarrea efectos secundarios imprevistos. En 1922 sufre dos infartos, el primero lo deja sin habla, y el segundo le paraliza la mitad derecha del cuerpo, condenándolo a una silla de ruedas.
«Va a ser menester preparar mi sucesión», piensa Lenin.
Mirando al pasado puede sentirse satisfecho. Deja una obra ingente acabada. Ha eliminado a los Románov, ha destruido la sociedad burguesa, ha aniquilado a la odiada aristocracia y ha transferido sus privilegios de clase a los dignatarios de la nueva sociedad bolchevique.
Solo le queda, para rematar la faena, borrar el nombre de Rusia como entidad política. Con este propósito crea la Unión Soviética o Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
La nueva nación, en realidad una especie de sociedad limitada, nace con la vocación de ir sumando otros países (la idea de la Internacional) hasta extenderse por toda la faz de la tierra, esa vocación ecuménica que también observamos en otras religiones monoteístas y dogmáticas (cristianismo e islam).

Las hambrunas (consecuencia en parte de la deficiente planificación económica) y los excesivos sacrificios exigidos a los trabajadores por el Estado mataron a unos cuantos millones de personas. Las ejecuciones y los gulags (campos de trabajos forzados para disidentes o supuestos disidentes) mataron a otros pocos millones.
Lo curioso del caso es que, mientras las purgas de Stalin eliminaban a millones de personas en la URSS, los intelectuales occidentales (Sartre, Neruda, Alberti, Semprún y una larga lista) cerraban los ojos a la evidencia y continuaban cantando las maravillas del paraíso comunista. Ninguno vio, o quiso ver, la paradoja de la religión comunista: propone crear el cielo en la tierra, pero en cuanto sus practicantes alcanzan el poder construyen el infierno.

Curiosidades.
-El joyero Fabergé realizó entre 1885 y 1917 un total de setenta huevos de Pascua, de los que sesenta y uno se conservan en museos y colecciones privadas.
La Revolución rusa acabó con la empresa y Fabergé se mudó a Suiza, donde falleció en 1920. Sus huevos alcanzan exorbitantes precios cuando salen a subasta.
-En 1991 se exhumaron los cuerpos de la familia imperial y después de las preceptivas autopsias y análisis de ADN (que también demostraron la impostura de Anna Anderson, la mujer que durante mucho tiempo se hizo pasar por la archiduquesa Anastasia), recibieron sepultura en la capilla de Santa Catalina de la catedral de San Pedro y San Pablo, hoy convertida en panteón real. La Iglesia ortodoxa los declaró santos mártires.
-¿Qué fue de las joyas imperiales? El Gobierno de la recién creada URSS estaba sin blanca y en ese apuro solicitó un crédito de veinticinco mil dólares a la república de Irlanda, dejando en prenda de pago las enseñas imperiales (corona con la friolera de 4.936 diamantes, orbe de oro y cetro con el famoso diamante Orlov). Estas joyas habían aparecido públicamente por última vez en la apertura de la Duma de 1906.
La transacción se realizó en Nueva York. El enviado irlandés, Harry Boland, regresó a Dublín con las joyas en la maleta y las depositó en el lugar que le ofrecía más confianza, la casa de su madre, la señora Kathleen O’Donovan Boland.
Boland murió poco después y nadie reparó en el paradero de las joyas hasta que la señora O’Donovan las devolvió al Gobierno irlandés en 1938. El Gobierno las guardó en una caja fuerte y las olvidó.
En 1948, el Gobierno irlandés intentó subastarlas en Londres, pero la oportuna intervención del embajador soviético permitió que la URSS recuperara su tesoro previa devolución de los 25.000 dólares más los intereses. Hoy la colección forma parte del Fondo de Diamantes de la Armería del Kremlin, en Moscú.

Cerremos el comentario de este libro con el poema titulado «No».
No
No hay bandera que valga un solo muerto.
No hay fe que se sujete con el crimen.
No hay dios que se merezca un sacrificio.
No hay patria que se gane con mentiras.
No hay futuro que viva sobre el miedo.
No hay tradición que ampare la ignominia.
No hay honor que se lave con la sangre.
No hay razón que requiera la miseria.
No hay paz que se alimente de venganza.
No hay progreso que exija la injusticia.
No hay voz que justifique una mordaza.
No hay justicia que llegue de una herida.
No hay libertad que nazca en la vergüenza.

The books of this writer are didactic and to emphasize and this is another more than interesting book and if you have the luck to read it in the seat 07 of the National Library of London, much better. The book is complemented by a photographic annex.
Referring and not criticizing, this is the work of Juan Slavic, and the present is no less, anyone who likes his works, will not be disappointed in any apex, didactic, fun, irreverent, lucid and necessary, necessary for many almost prophetically, praise this period without going into the polyhedral issue.
Thanks to the author’s pen, anyone and anybody else, can approach the Russian revolution, spending a great time, due to the author’s attention to most of the important actors of the event, and of course from the perspective of those who they suffer the story, the tales of the flamenco dancer and their calluses are very good, I do not press for not revealing more, blessed castanets.
Needless to say, the author’s work in terms of documentation, nothing to object.
Another memorable chapter, is the execution of the imperial family, believe me it will not leave them indifferent, nor will the conditions of life of the peasantry, their customs, the clumsiness of the nobility, blind and cruel, and another fact that underlies the book, the double Russian personality, the Asian and the European, attentive to the communist evangelist chapter, of the peasantry, without any waste.
I could be praising chapter by chapter, apart from unnecessary it would be too long, it just remains, to recommend them ENCORECIDELY, the work, which is not going to lag behind the great essays of the author, where they will not be disappointed in any way, and will feel clearly the reasons for the revolution, causes, achievements and failures of a crucial moment of humanity.

Alexander II was a cultured and realistic man. He understood that the anachronistic institution of serfdom had to disappear from Russia as it had disappeared in Europe centuries before. He also understood that serfdom was a burden for the State, and that, while there were serfs, Russia could not progress until it was equal to the other European nations, its dream long cherished. And that the labor released in the countryside was necessary in the nascent industry.
«It is preferable to abolish servitude from above than to wait until it begins to be abolished from below,» he declared in a speech to the Moscow nobility on March 30, 1856.
In 1861 Alexander II tied up the males and undertook the era of the great reforms: emancipation by decree of almost twenty million serfs who would be granted plots of land at low prices. The owners harmed by such a measure offered them adequate compensation.
The reform did not have the expected effect because it was more de jure than de facto. The owners were ruined and the serfs remained so, although on paper they had emancipated.
On the same day he was assassinated, the Tsar was to sign a package of liberal reforms aimed at changing the political, social and economic life of Russia. In the government they called the whole «the Constitution of Loris-Mélikov», by the reformed Minister of the Interior Mikhail Loris-Mélikov.
In the place of the assassination, around the cobblestones stained with the blood of the tsar, today framed by a circle of topaz, lazurite and other semiprecious stones, rose the medieval church of the Savior on the Spilled Blood, which because of its magnificent mosaics is today one of the most visited monuments of St. Petersburg.

After the murder of Alexander II, the tsar heir, Alexander III, considered the Jews responsible for the death of his father (certainly a Jew was involved in the attack) and extreme anti-Semitic laws. Promoted by the police and local authorities, pogroms took place in some 170 cities.
Around 1902 the anti-Semitic editor Pável Krushevan published in Saint Petersburg the libel The Protocols of the Sages of Zion, alleged acts of secret meetings of members of a Jewish world government during the celebration of the 1st Zionist Congress of Basel (Switzerland), from 20 to 31 August 1897. The presumed minutes showed that the «wise men» assembled there had agreed to control world politics and pervert Christian societies through freemasonry and communism until they reached world power.
The protocols were, in fact, a clumsy plagiarism of the pamphlet Dialogue in the Infernos between Machiavelli and Montesquieu or Machiavelli’s Politics in the 19th Century, published in 1864 by Maurice Joly, a lawyer and satirist bent on discrediting Napoleon III.

Alexander II wanted to be a European-style monarch, perhaps forced by circumstances. «The throne can not rest on a million bayonets and an army of officials,» argued his finance minister and councilor Alexandr Abaza. That is why it started what is known as the era of the great reforms, which, however, were not enough or fast enough.
Between these reforms, Alexander II had projected the creation of an elective Parliament, the Duma, imitated of the European Parliaments.
Shocked by the assassination of Alexander II, his son and successor Alexander III thought that his father’s liberalism had only served to create more revolutionaries. Therefore, it was left openness, gave a rudder and returned to absolutism and autocracy.
Alexander III did not repair, restless and resolute man, in which it was already too late to impose a counter-reform. To the extent that Russia approached Europe (and the ideas of modernity were pouring in at the hand of the revolutionary intelligentsia), it was more anachronistic for a large part of its population to be subjected to medieval semi-slavery.
Alexander III was an authoritarian autocrat in the old style. Although not very sensitive to the social question, he worried about Russia’s progress. The company of his life was the Trans-Siberian Railway, nine thousand miles of railway line that crosses, in seven days of travel, the immense Empire from Moscow to Vladivostok, on the Pacific coast.
It was also, Alejandro, a man of detail. As the Orthodox usually celebrate Easter by giving a decorated egg to loved ones, he commissioned the famous goldsmith Peter Carl Fabergé a unique egg-shaped jewel to give to Empress Maria Fedorovna, his wife, at the Easter of 1885.
The result was a platinum egg which, when opened, contained a golden egg and inside the latter a golden hen finished off by the Russian imperial crown.
The gift was so successful that Alejandro renewed the order: an Easter egg for each year, all different and to which more original, always with a surprise inside. Soon other millionaires like the Rothschild bankers, the industrial Kelch, owner of gold mines in Siberia, or Alfred Nobel, the dynamite, did not want to be less and ordered Fabergé Easter eggs as wonderful as those of the tsarina.
Alexander III died of nephritis in 1894, at the early age of forty-nine years, leaving the throne of Russia to the inexperienced and young Nicholas II.

Lenin despised any opinion that did not agree with his and viciously persecuted every dissident. When he was opposed, he would grab monumental tantrums and apostrophize the discrepancy of «trash», «cobblestone», «cretin», «motherfucker» or, if it was women, «spinster old lady» or «bitch».
Conclusion: he was not the easy man to have sold us. He was not even a genius of oratory: when he was praying from his lay pulpit, he supplied with passion and wrinkles with a cap what he lacked in communicating. On the other hand, his public was not very demanding either: given to the new religion with fervor catechumen, he was satisfied with a few clear slogans with which to govern their lives.
Two revolutions took place in Russia: that of 1905 (Father Gapon), which failed, and that of 1917, which triumphed.
October, 1905. In October a new general strike is declared. The moderate ministers send the tsar a reform project. The only possible arrangement is to approve a truly democratic Parliament.
Nicolás refuses and tries to pass the hot potato to his uncle, the Archduke Nikolai, who ordered to open fire on the crowd on Bloody Sunday.
The archduke reacts unexpectedly. He holds his pistol, takes it to his temple and threatens to shoot himself if his nephew does not accept the reforms proposed by Witte.

Grigori Rasputin (pronounced accentuating the «u») has an unpleasant aspect: corpulent, disheveled and lacking in manners, it is not precisely the person who could progress in court. But it is endowed with thaumaturgical powers and relieves the sick by simple imposition of hands.
Called by the tsarina, Rasputin goes to the royal palace and is taken to the bedroom of the suffering child who is going through one of his crises. He imposes his hands, murmurs a prayer, and to the relief of the anguished tsarina, the bleeding subsides until it finally subsides.
A miracle! The tsarina represses the desire to embrace the providential benefactor.
«I do not want this man to move from the court,» he tells the obliging Nicolás. I want him to be always close to us. That man is a saint!
Inevitably malevolent connections are established between his familiar nickname and the word rasputnyi, «dissolute.» Brochures are spread about the experience acquired by Rasputin during his cohabitation with the jlystý, as well as about his sexual potency and the size of the penis with which he presumably dazzles his admirers. [119]
And admirers, we must add, because Rasputin, as a good jlystý, is bisexual and also maintains relationships with men.
The enthusiasm that the mysterious monk arouses among the scaled spouses is inversely proportional to that of the wives.
Who is this parvenu, this hypocrite disguised as a monk, this slob who suddenly rises in the favor of the Tsar and especially the Tsarina, skipping a ladder cemented in centuries of services to the crown of all aristocrats and senior officials make up the cut?
Rasputin takes advantage of his influence in court to do business. The one who aspires to a position in the Administration, in the court or in the Church takes a lot of cattle if he courts Rasputin. The false monk would have amassed a considerable fortune in bribes if it were not so manirroto, because it polishes everything in caprices and francachelas, in bath houses and in brothels.
Rasputin’s enemies a club that grows from day to day, they go with the story to Nicolás, but the autocrat who intends to send in Russia but does not send at home refuses to take him away from the court.

Whites and reds are engaged in a civil war that will last three years (1918-1921), like the Spanish one, but it will be much more bloody: maybe ten million dead, most of them non-combatants who die of hunger and typhus.
At the head of the White Army are the Tsarist generals Mikhail Alexeyev and Lavr Kornilov. At the head of the Red, his organizer, Trotsky himself, and the Latvian Ioakim Vatsetis, excoronel of the Czarist army. Later, many former Tsarist officials will be incorporated, some for fear of reprisals against their families (the case of the war hero Alexéi Brusílov) and others simply because they accept to work for the new masters, among them Mikhail Tukhachevsky, the Red Bonaparte, who will do a brilliant career until Stalin executes it in the purges of 1937.
The withdrawal of Russia from the Great War harms the Allied cause. In this situation, the allies decide to send contingents of troops in aid of the White Army that fights the Bolsheviks. [212]
Why are the allies involved in an internal Russian affair, with the war they have in Europe?
It is not by philanthropy, but by interested calculation. If they manage to restore the Tsarist monarchy, they expect him to declare war on Germany again and reopen the much-needed second front.
Also, logical, lies the fear that the Bolshevik revolution will spread to the rest of the world and ruin its bourgeois monarchies and republics.
Nicolas Werth, in the celebrated (and controversial) Black Book of Communism, makes a distinction between red terror and white terror: «Bolshevik terror was more systematic, better organized, and aimed at all social classes. Moreover, they had planned and practiced it before the outbreak of the civil war. On the contrary, white terror was never so systematic. It was almost always the work of uncontrollable gangs acting outside their superiors.

The suffering Russian people believe that it breaks the chains of capitalist oppression and that it enters a socialist paradise whose example will guide the peoples of the world along the path of freedom.
Big mistake. As soon as Lenin acquires absolute power, he dissolves the Constituent Assembly, in which the revolutionary socialists predominate, and favors the soviets, which are in the hands of the Bolsheviks. Lenin imposes the Bolshevik one-party system, claiming that it is the only guarantee that Russia will not fall back into capitalist exploitation.
The Russians have escaped from the tsarist pan to fall into the fire of Soviet communism. The communist religion has a principal commandment: the individual works for the good of the community. The citizen who does not achieve the performance expected of him is a counterrevolutionary saboteur capable of re-educating himself in a labor camp.
The former slaves of the rentier aristocracy become slaves of the state.

August 30, 1918. Lenin leaves the weapons factory in Moscow poetically called Hoz y Martillo where he has delivered a vibrant speech and goes to his car on his way home.
The first shot fails, the second reaches it in the neck and the third passes through the left lung.
Tremendous impression among the followers of the prophet. How can someone want to assassinate the liberator of the proletariat, the benefactor of humanity?
The eighteen witnesses questioned are not clear about the event and rather mislead the police with so much contradictory statement. Lenin’s own driver, Comrade Piotr Guil, who was waiting for the boss with the car door open, is not sure what he has seen.
They move Lenin mortally wounded to his residence, which is none other than the Kremlin (the Soviets prefer the Asian capital to St. Petersburg, too European).
The doctors who recognize the wounded, only trusted physicians, decide that the wounds require urgent hospitalization and surgery. Lenin refuses.
That bullet of the terrorist Fanny Kaplan that Lenin has lodged in the neck for four years causes so much trouble that he decides to put himself in the hands of a prestigious German surgeon to extract it.
For a while he feels much better, but the operation brings unforeseen side effects. In 1922 he suffers two heart attacks, the first leaves him speechless, and the second paralyzes the right half of his body, condemning him to a wheelchair.
«It will be necessary to prepare my succession,» Lenin thinks.
Looking to the past you can feel satisfied. Leave a huge finished work. He has eliminated the Romanovs, destroyed bourgeois society, annihilated the hated aristocracy and transferred his class privileges to the dignitaries of the new Bolshevik society.
It only remains, to finish the task, to erase the name of Russia as a political entity. For this purpose it creates the Soviet Union or Union of Soviet Socialist Republics (USSR).
The new nation, really a kind of limited society, was born with the vocation of adding other countries (the idea of ​​the International) to spread throughout the face of the earth, that ecumenical vocation that we also observe in other monotheistic and dogmatic religions (Christianity and Islam).

Famines (a consequence of part of the poor economic planning) and the excessive sacrifices demanded from workers by the State killed a few million people. Executions and gulags (forced labor camps for dissidents or alleged dissidents) killed a few million.
The curious thing is that, while the purges of Stalin eliminated millions of people in the USSR, the Western intellectuals (Sartre, Neruda, Alberti, Semprún and a long list) closed their eyes to the evidence and continued to sing the wonders of paradise communist. None saw, or wanted to see, the paradox of communist religion: it proposes to create heaven on earth, but as soon as its practitioners reach power they build hell.

Curiosities.
-The Fabergé jeweler made between 1885 and 1917 a total of seventy Easter eggs, of which sixty-one are preserved in museums and private collections.
The Russian Revolution ended the company and Fabergé moved to Switzerland, where he died in 1920. His eggs reach exorbitant prices when they go out to auction.
-In 1991 the bodies of the imperial family were exhumed and after the mandatory autopsies and DNA analysis (which also demonstrated the imposture of Anna Anderson, the woman who for a long time was made to pass by the Archduchess Anastasia), they were buried in the Santa Catalina Chapel of the Cathedral of San Pedro and San Pablo, today converted into a royal pantheon. The Orthodox Church declared them martyred saints.
-What happened to the imperial jewels? The Government of the newly created USSR was broke and in that hurry requested a loan of twenty-five thousand dollars to the Republic of Ireland, leaving as a pledge the imperial banners (crown with a whopping 4,936 diamonds, gold orb and scepter with the famous Orlov diamond). These jewels had appeared publicly for the last time in the opening of the Duma of 1906.
The transaction was made in New York. The Irish envoy, Harry Boland, returned to Dublin with the jewels in his suitcase and deposited them in the place that offered him the most confidence, the house of his mother, Mrs. Kathleen O’Donovan Boland.
Boland died shortly thereafter and no one noticed the whereabouts of the jewels until Mrs. O’Donovan returned them to the Irish Government in 1938. The Government kept them in a safe and forgot them.
In 1948, the Irish Government tried to auction them in London, but the timely intervention of the Soviet ambassador allowed the USSR to recover its treasure after the return of $ 25,000 plus interest. Today the collection is part of the Diamond Fund of the Armory of the Kremlin, in Moscow.

Let’s close the commentary on this book with the poem titled «No».
Do not
There is no flag worth a single dead person.
There is no faith that is subject to crime.
There is no god who deserves a sacrifice.
There is no homeland that is won with lies.
There is no future that lives on fear.
There is no tradition that protects ignominy.
There is no honor to wash with blood.
There is no reason that requires misery.
There is no peace that feeds on revenge.
There is no progress that demands injustice.
There is no voice that justifies a gag.
There is no justice that comes from a wound.
There is no freedom that is born in shame.

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