Lecturas De Mí Mismo — Philip Roth

Este es un interesante libro en cuanto a poder conocer algo más del autor, a través de diferentes entrevistas se nos da una visión del autor y sin duda es lo que da significado al libro.

La pregunta de si puedo liberarme alguna vez de esas formas de poder da por sentado que experimento la familia y la religión como poder y nada más, cuando se trata de algo mucho más complicado. A decir verdad, jamás he intentado, por medio de mi obra o directamente en mi vida, cortar todos los vínculos que me unen al mundo del que procedo. Es muy probable que en la actualidad sea tan leal a mis orígenes como lo fui en los días en que era realmente tan impotente como el pequeño Freedman y, más o menos, no tenía ninguna alternativa juiciosa.
-Experimenté de una forma muy intensa el poder político como coerción moral cuando crecía en Nueva Jersey durante la Segunda Guerra Mundial. Poco se le pedía a un escolar norteamericano, aparte de su creencia en el «esfuerzo de guerra», pero eso lo daba con todo mi corazón. Me preocupaba el bienestar de mis primos mayores que estaban en la zona de guerra, y les escribía largas cartas llenas de «noticias» para que mantuvieran alta la moral.
-No considero que «rebelarme» o «luchar» contra fuerzas «exteriores» esté en el centro de mi obra. En el transcurso de los años, los serios actos de rebeldía que puedo haber llevado a cabo como novelista se han dirigido mucho más al sistema de coacciones y hábitos de expresión de mi propia imaginación que a los poderes que compiten por controlar el mundo.

Escribir para ser leído y escribir para un «público» son dos cosas diferentes. Si considera público a una serie determinada de lectores caracterizados por su educación, su tendencia política, su religión e incluso su tono literario, la respuesta es negativa. Cuando trabajo no pienso en ningún grupo concreto de personas con las que deseo comunicarme; lo que quiero es que la misma obra se comunique tan plenamente como pueda, de acuerdo con sus propias intenciones. Es así, precisamente, para que pueda ser leída, pero por sí misma. Si puede decirse que uno piensa en un público, no se trata de ningún grupo con unos intereses especiales cuyas creencias y exigencias uno acepta o con las que se muestra en desacuerdo, sino de lectores ideales cuyas sensibilidades se han entregado por completo al escritor, a cambio de la seriedad de éste.
Una característica distintiva de la sátira escandalosa y de mal gusto es su alto grado de distorsión. En conjunto, los norteamericanos están más familiarizados con la distorsión y la exageración en el arte de la caricatura que en las obras literarias. Los lectores de periódico se encuentran todos los días con la distorsión en las tiras cómicas de tema político, y no sólo no les molesta sino que comprenden con facilidad el comentario implícito en la técnica. Pues bien, la misma técnica de distorsión visible en la obra de Herblock, Jules Feiffer y David Levine (o, por mencionar los nombres de gigantes, en los dibujos satíricos de Hogarth y Daumier) actúa en la prosa satírica. La distorsión es un tinte que se aplica al espécimen para que resalten vivamente rasgos y cualidades que de otro modo sólo serían vagamente visibles a simple vista.

No considero los términos «estructura», «forma» y «símbolo» propiedad de la vanguardia. En Norteamérica suelen ser la especialidad de los profesores de literatura más ingenuos en los centros de segunda enseñanza. Cuando doy clase, no soy tan suave como mi profesor del deseo, el señor Kepesh: prohíbo a mis alumnos que utilicen esos términos bajo pena de expulsión. El resultado es una deliciosa mejora de su inglés e incluso, a veces, de su pensamiento.
En cuanto al estructuralismo, la verdad es que no ha jugado ningún papel en mi vida. Me temo que no puedo satisfacerle con una dura denuncia.
El arte también es vida. La soledad es vida, la meditación es vida, el fingimiento es vida, la suposición es vida, la contemplación es vida, el lenguaje es vida. ¿Hay menos vida en dar vueltas a las frases que en fabricar automóviles? ¿Hay menos vida en leer Al faro que en ordeñar una vaca o lanzar una granada de mano? El aislamiento de una vocación literaria, el aislamiento que supone mucho más que sentarse a solas en una habitación durante la mayor parte de tu existencia consciente, tiene tanto que ver con la vida como con la acumulación de sensaciones, o de empresas multinacionales ahí fuera, en el enorme tumulto. Me parece que en gran medida gracias al arte tengo una posibilidad de ir por lo menos al meollo de mi propia vida.
¿Soy Lonoff? ¿Soy Zuckerman? ¿Soy Portnoy? Supongo que podría serlo. Puedo serlo todavía. Pero de momento no soy nada tan nítidamente delineado como un personaje de un libro. Sigo siendo el amorfo Roth.

Norteamérica me permite la mayor libertad posible para practicar mi vocación. Norteamérica tiene el único público literario del que puedo imaginar que obtiene de mi obra un placer continuado. Norteamérica es el lugar del mundo que mejor conozco. Es el único lugar del mundo que conozco. Norteamérica dio forma a mi conciencia y mi lenguaje. Soy un escritor norteamericano en aspectos que no hacen de un lampista un lampista norteamericano ni de un minero un minero norteamericano ni de un cardiólogo un cardiólogo norteamericano. Más bien lo que el corazón es para el cardiólogo, el carbón para el minero, el fregadero de la cocina para el lampista, Norteamérica lo es para mí.

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