Imperiofobia Y Leyenda Negra — María Elvira Roca Barea / Empire-phobia & Black Legend by María Elvira Roca Barea (spanish book edition)

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Este es un magnífico libro de la autora, imprescindible, donde la autora nos desgrana conceptos a nosotros los lectores de manera didáctica y que se acompaña al final de ilustraciones.
Guste o no a los perseguidores de utopías, la verdad es que la mayoría de los seres humanos prefiere ser rico a ser pobre y que no hay grupo de nuestra especie con un mínimo éxito reproductivo que no viva bajo alguna forma de organización jerarquizada. La jerarquía y el poder existen en todas las sociedades humanas y también en otras muchas no humanas. Quizá sería muy bonito que no fuera así, pero para nuestra desgracia desconocemos cómo se organizan los cuerpos sin esta ley de la gravedad social.
Está claro que las economías planificadas han demostrado ser un fracaso, y que la libertad política va ligada a la libertad económica. Por otra parte, la vertiente de religión política de las ideologías tradicionalmente llamadas de izquierda me asusta. Ahora bien, el Estado debe ser delgado y fuerte, no gordo y débil como los que tenemos ahora, porque de otro modo no podrá garantizar un mínimo de justicia social y una economía de mercado realmente libre.

La primera manifestación de hispanofobia en Italia surgió vinculada al desarrollo del humanismo, lo que dio a la leyenda negra un lustre intelectual del que todavía goza. Más tarde, la hispanofobia se convirtió en el eje central del nacionalismo luterano y de otras tendencias centrífugas que se manifestaron en los Países Bajos e Inglaterra. Roca Barea investiga las causas de la perdurabilidad de la hispanofobia, que, como ha probado su uso consciente y deliberado en la crisis de deuda, sigue resultando rentable a más de un país. Es un lugar común por todos asumido que el conocimiento de la historia es la mejor manera de comprender el presente y plantearse el futuro.

La expresión «leyenda negra» nace a partir de otra semejante y de significado opuesto: «leyenda áurea». Es una antítesis cuyo origen hemos de situar en la obra del dominico Santiago de la Vorágine (1230-1298) titulada Legenda sanctorum o Legenda aurea, una colección de hagiografías. Para dar idea de la popularidad inmensa de esta obra, baste señalar que se conservan en torno a mil manuscritos e incunables del texto y sus variantes. Fue leidísima durante los siglos finales del Medievo y el Renacimiento. En 1500 ya se habían publicado setenta y cuatro ediciones latinas, tres traducciones al inglés, cinco al francés, ocho al italiano, catorce al bajo alemán y seis al español.
El erasmismo, haciendo gala de la soberbia intelectual que heredó del Humanismo, arremetió duramente contra la Legenda aurea de De la Vorágine en el siglo XVI. El propio Juan Luis Vives en De disciplinis no tiene piedad. Pero el ataque furioso del erasmismo no hizo mucha mella en la popularidad de la obra. Su influencia fue inmensa en pintura, escultura, relieves, etcétera. Bellísimos frescos, retablos y toda clase de representaciones de Fra Angélico, Signorelli o Piero della Francesca tienen su origen en De la Vorágine. La imagen de San Jorge clavando su espada al dragón o la de san Martín de Tours partiendo su capa por la mitad, se remontan a los deliciosos cuentecillos de De la Vorágine.

Emilia Pardo Bazán emplea por primera vez la expresión «leyenda negra» para referirse a la propaganda antiespañola. Esto sucede el 18 de abril de 1899 en la Sala Charras de París durante una conferencia titulada «L’Espagne de hier et celle d’aujourd’hui». La Societé de Conférences parisina, respondiendo al interés que existía en Europa en este momento por saber qué iba a pasar con España después de la pérdida de los últimos restos de su imperio, invitó a doña Emilia. Los franceses, como buenos vecinos, estaban especialmente preocupados. Doña Emilia pronunció su conferencia en francés, idioma que hablaba muy bien.
Cuando Julián Juderías usa la expresión «leyenda negra» en 1914 para dar título a su libro, esta ya está completamente consolidada en el uso. En honor a la verdad hay que decir que Juderías nunca pretendió ser el creador de la frase. Ahora bien, sin el éxito de su obra, esta expresión probablemente no habría tenido la historia y el significado que tiene.
Personalmente, la definición que más me gusta, por lo ajustada y concisa, es la de Maltby. La leyenda negra es «la opinión según la cual en realidad los españoles son inferiores a otros europeos en aquellas cualidades que comúnmente se consideran civilizadas». Es también concisa y clara la que ofrece el Diccionario de la RAE, según el cual es «opinión contra lo español difundida a partir del siglo XVI», y también «opinión desfavorable y generalizada sobre alguien o algo generalmente infundada». Estos son básicamente los sentidos que recogen en inglés y francés la Wikipedia, y los que ofrecen los diccionarios Webster y Oxford.
Mucho antes de Juderías, otros escritores españoles y extranjeros sabían de la virulencia de la propaganda antiespañola y procuraron responder a las calumnias con que se difamaba a este país. Quevedo fue si no el primero, sí de los primeros con su España defendida. Estas defensas de España fueron siempre el resultado de iniciativas individuales, y hasta García Cárcel reconoce que el imperio no produjo nunca «un taller» que respondiera organizada y ampliamente a la propaganda antiespañola.

El término «imperialismo» lo echó a andar en 1902 John A. Hobson con su Imperialism: a study, y desde su mismo nacimiento supone una condena moral. El imperialismo para Hobson es el resultado de las necesidades insaciables del capitalismo. Hobson estuvo en la órbita del socialismo no revolucionario de los fabianos, como Bernard Shaw. Pero el concepto no adquirió su configuración definitiva hasta El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin.
El término «imperialismo», que inicialmente venía a emplearse para la expansión colonial que comenzó en la segunda mitad del siglo XIX, ha extendido su uso a otras épocas. Así el lector encontrará numerosos títulos en los que se alude al imperialismo romano o al imperialismo español sin que su asunto sea otro que el Imperio romano y el Imperio español en sí. La confusión imperialismo/imperio era esperable porque la tentación del juicio moral era irresistible. En este particular asunto, además, la condena ya existía de manera general. El que manda tiene siempre mala prensa, como iremos viendo a lo largo de este trabajo.
Si nos atenemos al criterio de la extensión territorial, los cuatro imperios más grandes han sido:
1. Imperio británico: 31 millones de km2 (en 1938).
2. Imperio mongol: 24 millones de km2 (mediados del siglo XIII).
3. Imperio ruso: 23 millones de km2 (en 1913).
4. Imperio español: 20 millones de km2 (alrededor de 1750).
Vienen después el Imperio Maurya; el Imperio aqueménida; el Imperio chino de la dinastía Qing (ca. 1650-1912); el Imperio chino de la dinastía Yuan, descendientes de Gengis Kan (ca. 1270-1368); Segundo Imperio colonial francés (ca. 1880-1960); el Imperio abasida (siglos VIII-XI); el Imperio chino de la dinastía Tang (siglos VII-X)…

El complejo del Imperio Inconsciente es un fantasma que aparece una y otra vez. En ocasiones forma parte de la propaganda antiimperial y en otras del sistema de autojustificaciones con que los pueblos imperiales pretenden aliviar el malestar que produce ser más poderoso que otros, especialmente desde el advenimiento del cristianismo. Hay además una tercera posibilidad no incompatible con las dos anteriores, pero mucho más subterránea. El Imperio Inconsciente alude al misterio de los misterios que este libro bordea y plantea en bastantes ocasiones: ¿por qué existen los imperios? Son tan evidentes y misteriosos como las borrascas. Los vemos surgir y evolucionar, vivimos en ellos, con ellos y contra ellos, pero en última instancia no sabemos cómo se producen y por qué. El problema histórico llamado imperio desborda ampliamente los límites de este ensayo. Es lamentable que pocos estudiosos hayan tenido el coraje intelectual de afrontar este problema y de hacerlo con un mínimo de humildad. Y las dos cualidades son necesarias (coraje intelectual y humildad), porque de otro modo no se pueden abordar procesos históricos complejísimos, de envergadura planetaria o casi planetaria, que a la postre nos van a derrotar o que solo se dejarán iluminar un poco, de manera insuficiente y parcial. El Imperio Inconsciente remite en última instancia a las fuerzas ciegas e involuntarias de la naturaleza. Ciegas para nosotros, naturalmente. En realidad nosotros somos los ciegos.
Nuestro conocimiento de la leyenda negra romana depende de las fuentes conservadas y es naturalmente imperfecto, pero suficiente. Son sobre todo los historiadores romanos, aunque no únicamente, los que nos informan de los particulares de la propaganda antiimperial. Los romanos, como ahora los estadounidenses, tuvieron un acusado sentido de sus defectos, especialmente en política exterior. Esto a los españoles no debe extrañarles. Una parte notable de la propaganda antiespañola se ha alimentado de la autocrítica, que en nuestro país ha gozado siempre de muy buena salud, y mucho más en tiempos del imperio. Es posiblemente la única herencia viva que queda de él en la España de hoy.
Uno de los textos más elocuentes sobre los tópicos de la propaganda antirromana es de Salustio.

El antiamericanismo nos ofrece una ocasión inmejorable para conocer la leyenda negra y determinar cómo funcionan los mecanismos de la imperiofobia, precisar cuáles son los motivos reiterados que constituyen este inevitable estereotipo nacido de la mezcla de admiración y envidia, y finalmente comprender los resortes individuales y tribales que los ponen en marcha. El antiamericanismo tiene la ventaja de que está plenamente vivo, se diría que en ebullición, y es ubicuo como ninguna leyenda negra lo ha sido a lo largo de la historia. Hasta el liderazgo de Estados Unidos, las leyendas negras vivían en uno o dos continentes y afectaban a determinadas religiones o grupos religiosos. En el caso estadounidense, en cambio, se la encuentra en los cinco continentes y en credos religiosos diversos, lo que prueba que es el primer imperio auténticamente planetario que ha existido.
En pocas décadas, el antiamericanismo general que afectaba a toda América concentró su atención en los Estados Unidos de América. Evidentemente la teoría de la degeneración no podía resistir mucho tiempo. Los que se opusieron a ella terminaron ganando la partida. Los puntos de vista defendidos por el abate Molina y el coronel Azara casi en solitario en el mundo hispano, y por Jefferson, Hamilton y Franklin en el lado estadounidense, terminaron por imponerse con la ayuda inestimable de la evidencia. Pero si resultaba hasta cierto punto fácil desestimar la teoría de la degeneración, no era ya tan fácil de refutar que Estados Unidos —en el siglo XIX América comienza a ser ya Estados Unidos en solitario— era un país social y políticamente inferior.
El antiamericanismo triunfa porque es una coartada perfecta para eludir la responsabilidad. Justifica el fracaso de muchas sociedades y evita asumir responsabilidades personales y colectivas en ese fracaso. El negocio de la irresponsabilidad es fundamental para entender el éxito siempre arrollador de las propagandas antiimperiales. Vender irresponsabilidad ha sido siempre muy lucrativo. Que la culpa sea de otro es descansado. Alivia el alma y nos evita muchos quebraderos de cabeza y mucho esfuerzo. Interesa dejar claro al acabar esta exposición que el antiamericanismo es un fenómeno que no tiene nada de nuevo ni de especial. A los estadounidenses no les pasa esto por motivos que tengan que ver con lo que hacen, sino con lo que son. Y deben aceptar que van a cargar con ello por los siglos de los siglos y que nada de lo que hagan puede evitarlo.

Todos los imperios practican la autocrítica de manera más o menos inmisericorde. Los pueblos con el ego frágil no pueden permitirse exponerse de este modo. La autocrítica es una de las razones de que se mantenga abierta la meritocracia y razonablemente limpio un estado en proceso de crecimiento exponencial. Una parte sustantiva de la crítica de que se alimenta la imperiofobia la producen los imperiales mismos. Lo hicieron los romanos y los españoles y lo hacen los rusos y los estadounidenses. Quiere decirse que la autocrítica imperial es usada como herramienta propagandística por los pueblos enemigos o amigo/enemigo donde se produce la leyenda negra.
Vladímir Vorsoben que «Rusia aún se está recuperando de los agotadores años noventa». Asombrosa recuperación. Que un imperio que controla una quinta parte de la superficie terrestre cambie de religión y de sistema de gobierno sin estallar por los cuatro costados, y se retire de varios millones de kilómetros cuadrados conquistados sin provocar ninguna guerra, es una proeza que tiene pocos paralelos en la historia del mundo. Los rusos están acostumbrados a cifras y hechos colectivos que escapan por completo a la capacidad de comprensión del europeo medio. Recordemos que Rusia no ha muerto. Durante el reinado del zar Alejo I (1645-1676), Europa Occidental definió, a fin de evitar guerras innecesarias, cuáles serían las zonas de expansión en el enorme cuerpo, supuestamente próximo a morir, de Rusia. La mayor parte correspondía, en justicia, a los suecos. Leibniz, que fue el que diseñó el plan estratégico, no tuvo en cuenta el nacimiento de Pedro I. Rusia no solo no murió, sino que al final del reinado de Pedro, Suecia había dejado de ser una gran potencia y Rusia podía considerarse uno de los grandes imperios de la historia. Tras el fin de la guerra de Crimea, de nuevo se anunció la muerte de Rusia, o cuando no, una postración que la alejaría sine die de la primera división de la historia. Lo mismo se repitió tras la Revolución de 1917 y la guerra civil, y tras la caída del comunismo. La crisis en Ucrania y Crimea de 2014 demuestra que Occidente ha vuelto a hacerse ilusiones y a creerse que Rusia ha muerto. Sin embargo, Rusia sigue estando ahí, viva y bien viva.

El antihispanismo en el mundo protestante fue causa y efecto de una actividad propagandística inabarcable que produjo desde los panfletos más vulgares a textos cultos y aparentemente objetivos, pasando por impresos con ilustraciones alusivas al demonio español. Es de todo punto imposible hacer aquí relato de esta producción torrencial.
Desde el primer momento aparecen en los panfletos luteranos dos ideas que se repetirán hasta la saciedad y terminarán por ser asimiladas por una parte de la población. Primera: el catolicismo representa a un poder extranjero y, por lo tanto, apoyar a Lutero y a los suyos es defender a Alemania de un invasor que la humilla. Segunda: los bienes de la Iglesia son el resultado del robo perpetrado por extranjeros (españoles, italianos…) a los alemanes, así que es lícito confiscarlos. Ya en sus tres primeros panfletos aparecen estas dos ideas. Se pide al emperador que destruya a Roma y al papa (Lutero, como Orange, al principio no se atreve a levantarse contra su señor natural), y la expropiación («secularización») de los bienes de la Iglesia. En Cautividad de Babilonia (segundo panfleto) la combinación de estas dos ideas busca alentar el sentimiento nacional contra el papado. Pronto, en 1520 en su A la nobleza cristiana de la nación alemana, Lutero identifica al papa con el Anticristo.
La leyenda negra está vinculada por su base al subsuelo de muchos nacionalismos europeos, ya que la España católica ocupó en ellos el lugar del malvado enemigo que todo nacionalismo necesita para existir. Pero la realidad es que el católico Imperio español representó la defensa de una Europa unida y plurinacional que los protestantes nacionalistas procuraron destruir, aunque esto no se estudia así. La noción de la historia de Europa que el lector tiene probablemente en su cabeza y que se encuentra en los libros de texto se construye en este momento y es totalmente distinta. No es que sea falsa, pero solo tiene en cuenta una parte de la verdad.
Sin embargo, a pesar de lo escrito, nunca pudo acabarse del todo con los católicos en Alemania. En 2009, por primera vez el número de católicos sobrepasó al de protestantes. El dato es irrefutable puesto que sale de la declaración de la renta. En 1950 había en Alemania 42,2 millones de protestantes frente a 23,2 millones de católicos. En 2009 hay 24,2 millones de protestantes frente a 24,9 millones de católicos. Es evidente que la historia de Alemania no ha sido solo protestante.

El drama isabelino constituye un buen termómetro de la hispanofobia en la Inglaterra de la época. Si en el teatro italiano el antihispanismo había engendrado al Capitano Spavento, pomposo y camorrista, en el teatro inglés vemos aparecer al español como villano traicionero e hipócrita. En el drama satírico Juego de ajedrez (1624), Thomas Middleton satiriza la posibilidad del «matrimonio español» del príncipe de Gales, al embajador Gondomar, al conde-duque de Olivares y a los jesuitas.
La propaganda antiespañola existía desde Enrique VIII y era alentada por los sermones semanales en las iglesias anglicanas, pero fue subiendo de tono e intensidad conforme avanzaba el siglo, especialmente cuando se produjo el levantamiento en los Países Bajos. Inglaterra tenía interés en que aquella rebelión triunfara o al menos durara el mayor tiempo posible, y el apoyo que le prestó en su momento fue una de las razones, entre otras, que decidieron a Felipe II a enviar la Armada en 1588. Los Países Bajos están muy cerca de Inglaterra, al otro lado del canal, y esto ponía razonablemente nerviosos a muchos ingleses. De manera que interesaba particularmente una victoria del orangismo secesionista, y que este lograra la fragmentación política de los Países Bajos. La pequeña Holanda por sí misma nunca sería enemigo para el inglés. La historia demostró luego que esta composición de lugar era acertada. Todos los intentos de expansión neerlandeses fueron sistemática y continuamente frustrados por los ingleses desde Nueva York a África del Sur. Integrados en el Imperio español o simplemente unidos, los Países Bajos eran un enemigo formidable para Inglaterra, por su estratégica situación al otro lado del canal de la Mancha.
La propaganda antiespañola existió antes y después de la Felicísima Armada de Felipe II, pero esta fue la ocasión propicia en que se concentró una ofensiva que marca el punto álgido de la hispanofobia inglesa. La Invencible confirmaba lo que la propaganda de media Europa venía pregonando: que los españoles se proponían dominar el mundo y someterlo a su capricho y tiranía.

No había solución al problema de los Países Bajos por una razón muy simple, porque una de las partes quería lo que la otra tenía: el poder. Y no hay en tal caso más remedio que arrebatarlo. Todas las coberturas ideológicas y las discusiones metafísicas que se puedan tener, giran en torno a este punto esencial. Es muy entretenido el aparato mitológico e ideológico que segrega este tipo de situaciones, por ambas partes, pero en líneas generales no contribuye más que a enturbiar el paisaje. Primero se pidió que los 3.000 soldados españoles de la frontera francesa se marcharan y se marcharon. Y no hubo paz. Luego se pidió que Granvela se fuera y Granvela se fue en 1564, pero no hubo paz. Después se pidió la retirada de la alcábala, lo cual dejaba al gobierno central, que acarreaba con los gastos de la rebelión, sin capacidad de tributación, y el duque de Alba, no sin resistencia, la retiró. Tampoco hubo paz. Después se pidió que Alba mismo se marchara y Alba se marchó. Pero tampoco hubo paz. ¿Entonces? Como Granvela escribió en una carta redactada tras la marcha de los soldados de la frontera: «Antes o después habrá problemas aquí con otro pretexto». El problema es que los pretextos han sido confundidos con la verdad histórica. La dinámica del nacionalismo es perversa: o gana, e impone su criterio, eliminando la disidencia, o pierde, y entonces convierte la pérdida en ganancia, es decir, en agravio y excusa para la confrontación: perder para ganar.
El nacionalismo necesita siempre un enemigo, ya que no sabe construir en positivo, hacia arriba y hacia delante, sino hacia atrás y hacia abajo. Busca la fragmentación, ya que el control de lo pequeño es siempre más fácil que el de lo grande. En el caso de Holanda, el nacionalismo se construyó segregando un enemigo que se llamaba España y está, por lo tanto, en las señas de identidad que ese nacionalismo dibujó e impuso a esas naciones con el razonamiento simple pero eficaz de «estás conmigo o eres un traidor». Las realidades nacionales de estos países son, por supuesto, muchísimo más complejas de lo que el mito nacionalista-identitario ha permitido expresar, pero esta variedad ha tenido poca visibilidad en la historia, en unos casos por puro aplastamiento de la disidencia y en otros por síndrome de Estocolmo.
Nada de lo que aquí se ha contado forma parte del pasado: el duque de Alba sigue siendo el coco y España la sucursal alternativa del infierno en Navidad.

La Inquisición como tema literario universal se distingue radicalmente de otros en que se supone que lo que de ella se refiere es verdad. Cuando en el siglo XIX aparecen los vampiros en la literatura, a nadie, ni entonces ni ahora, se le ocurrió pensar que tal cosa pudiera ser cierta, de manera que los transilvanos no han sido puestos en cuarentena en las fronteras para ver si padecen el fatal contagio. En cambio, estos personajes inquisitoriales que forman parte de la historia de la literatura viven en la mente de los occidentales como si lo fuesen de la historia verdadera, alimentando sine fine el mundo de los mitos denigrantes que la propaganda creó en torno a esta institución, y por extensión, perpetuando la hispanofobia.
La Inquisición y las iniquidades americanas son los dos pilares más longevos en la larga historia de la hispanofobia. No importa lo que la Inquisición y la conquista de América fueran en sí, sino cómo han llegado a significar lo que una y otra representan en la cultura occidental.
Hispanoamérica no podía ser un imperio, porque ya lo había sido. No es asunto de este libro, pero hago notar que los territorios de un imperio, cuando este se derrumba, pasan por una larga etapa de problemas sociales y políticos, y se ven arrastrados por toda suerte de tendencias disgregadoras que generan una enorme conflictividad. Y esto sucedió en Hispanoamérica y en España por igual. El feudalismo es el resultado de la caída del Imperio romano, esto es, del fracaso del Estado. Se genera automáticamente una situación feudal siempre que se produce esta quiebra estatal, porque el feudalismo no es más que la búsqueda de alianzas personales por encima de la ley. El mundo se vuelve demasiado inseguro para confiar en extraños. Consciente de que la situación de Hispanoamérica era pareja a la de Europa tras el fin del Imperio romano, Simón Bolívar dijo que era necesario dejar que América del Sur hiciera su Edad Media. De semejante manera, viven los Balcanes en un estado de angustia permanente. Las terribles guerras que allí se han comenzado tienen una relación directa con el final del Imperio otomano y el Imperio austrohúngaro. El Imperio español hizo durante varios siglos que el milagro e pluribus unum fuera posible, y cuando el imperio faltó, afloraron todas las diferencias de sustrato, que eran enormes, y lo que triunfó fue ex-uno, plures.

La Ilustración incorpora una parte importante de los tópicos creados por la hispanofobia protestante, pero añade algunos y modifica otros. Esta versión interesa sobre todo porque es la destinada a perdurar y a incrustarse como una parte constitutiva de la modernidad a través del liberalismo. Es la que aparta a España, ya no de Dios, sino de la civilización y la modernidad.
1.) España es un país de gentes ignorantes e incultas.
2.) España está atrasada.
3.) La Inquisición y, por ende, el catolicismo tienen la culpa del atraso y la incultura de España, y en general de cualquier sitio en contacto.
4.) España no forma parte de la civilización.
Con el mito de la ignorancia vienen adheridos otros como la decadencia y el atraso, que completan el cuadro. Continúa naturalmente con pleno vigor la idea de que España es un país intolerante, herramienta de guerra fundamental.

Las tres grandes imperiofobias del Occidente moderno se unen en Francia en el siglo XVIII. Ya expusimos el papel crucial jugado por la intelligentsia francesa en el origen de la rusofobia europea y del antiamericanismo, con la teoría de la degeneración. Reducir cualquier forma de eminencia histórica que hubiera en el horizonte es necesario para el ego social francés en este momento. Muy necesario. A partir de ahora la autoestima social de Francia será la de su clase intelectual. Y los ilustrados cumplirán a la perfección con su papel convirtiéndose en la tabla de salvación de su país. Francia ha perdido toda esperanza de convertirse en un imperio. Por el Tratado de París en 1763, se ha visto obligada a ceder todas sus posesiones coloniales continentales. La frustación imperial de la Ilustración francesa se manifiesta en tres frentes: leyenda negra, rusofobia y antiamericanismo. Todos los imperios, viejos o en ciernes, que conviven con Francia son una desgracia. Son bárbaros, atrasados o degenerados.
La leyenda negra no es solo una forma de prejuicio que deforma la realidad y que, con tintes claramente racistas, defiende la inferioridad moral de un grupo humano. Es también un producto que sigue teniendo amplio mercado. El mundo hispanocatólico va adquiriendo cada vez más los rasgos del chivo expiatorio, porque el imperio va dejando de existir, pero siguen vivas las naciones que florecieron luchando contra él. Un enemigo es un aliado inapreciable. Los muros invisibles dentro de los que viven las autojustificaciones del protestantismo, la superioridad indiscutible de las razas nórdicas y el ego social de Francia están construidos con los ladrillos de la leyenda negra.

Acabar con la absurda idea de que la leyenda negra y sus consecuencias son un fenómeno del pasado. Para ello nos concentraremos en varios aspectos muy concretos de la realidad. El primero tiene que ver con el mínimo fenómeno, pero fenómeno al fin, de la revisión histórica del Imperio español acometida por historiadores estadounidenses después de la guerra de Cuba. Va creciendo, y como la influencia hispana en el Imperio Nuevo es cada vez mayor, es posible que esto tenga consecuencias no visibles todavía. En segundo lugar las pantallas (cine y televisión), el invento crucial del siglo XX. Hubiera estado bien hacer una incursión en los videojuegos, que a fin de cuentas mueven ya más dinero que el cine, pero la incapacidad manifiesta de quien esto escribe lo ha hecho imposible. Lo que se ve y se dice en las pantallas es una buena lección para aquellos que han decidido poner en el pasado, confortable e irresponsablemente, la hispanofobia.
La leyenda negra sigue existiendo porque tiene mercado y ese mercado no lo maneja precisamente el mundo latino-católico. Y por último, trataremos un problema doloroso y caro: la prima de riesgo de la deuda soberana para financiar el Estado que en los últimos años ha habido que asumir y que habrá que pagar, un sobrecoste colectivo que debe hacernos reflexionar sobre las cargas que la historia impone, se quiera o no, y sobre la actitud cobarde y suicida que es negar las evidencias. Las víctimas viven mejor eludiendo que lo son. Pero con ello se hacen cómplices de sus verdugos y merecedoras de su destino.

La palabra «jingoísmo» apenas si se usa hoy en español. En el diccionario de la RAE aparece definida como «patriotería exaltada que propugna la agresión contra otras naciones». Su origen parece estar en una popular canción de music-hall en 1878, en Londres:
No queremos pelear, pero por Jingo, sí lo hacemos.
Tenemos las naves, tenemos los hombres y también el dinero.
Ya peleamos con el oso en el pasado, y mientras seamos auténticos
británicos, los rusos no tomarán Constantinopla.
«Jingo» es una forma familiar y un poco vulgar para Jesús. La palabra «jingoísmo» se hizo popular en Gran Bretaña e inmediatamente en Estados Unidos en el contexto del darwinismo social. La circunstancia concreta en que nació tiene que ver con la propaganda que generó la explosión de rusofobia en el mundo anglosajón en la segunda mitad del siglo XIX. Gran Bretaña, en plena expansión colonial, considera una amenaza el poder ruso y se esfuerza por presentarlo al mundo occidental como un peligro para el equilibrio europeo.

Dos son las razones principales que explican la perpetuación de la hispanofobia y sus tópicos. La primera es su papel en el aparato de autojustificaciones de las naciones protestantes con sus correspondientes iglesias, y luego de la Ilustración y del liberalismo. Las naciones y las religiones que se formaron contra el Imperio español no pueden prescindir de la leyenda negra porque se quedarían sin Historia. Y una vez muerto el imperio, la leyenda negra se transforma de manera suave y natural en el mecanismo que hemos llamado chivo expiatorio. La existencia de la hispanofobia es útil al mundo protestante y rentable económicamente cuando llega el caso. Los tópicos de la leyenda negra se reproducen y se perpetúan porque tienen mercado. Mientras la hispanofobia era imperiofobia, la victimización era poco evidente. Cuando ya no había imperio, la hispanofobia se había convertido en un mecanismo social utilísimo al que costaba renunciar, porque ofrecía grandes ventajas. El mundo protestante necesita culpables, enemigos, un diablo que explique lo que va mal, como toda corriente histórico-ideológica que nace contra algo. Es un mundo moralmente dual. Los nacionalismos funcionan de la misma manera. Esto en la mentalidad católica no se ve ni se comprende, porque el catolicismo no nació ni se ha mantenido contra algo.
En consecuencia, el protestantismo no podía ser sino la historia de un éxito
Es urgente sacar la leyenda negra del estrecho cauce en el que la historiografía al uso la ha mantenido, como un hecho histórico de límites precisos vinculado a las exageraciones de la propaganda de guerra durante los siglos XVI y XVII, con una prolongación en el siglo XVIII. La leyenda negra es un fenómeno histórico y social muchísimo más amplio, que nace en la propaganda pero vive en la literatura y la historia, donde cobra realidad y prestigio, hasta convertirse en lo que primordialmente es: un hecho de opinión pública casi universal en Occidente. Es más: si privamos a Europa de la hispanofobia y el anticatolicismo, su historia moderna se torna un sinsentido.
La discusión sobre si la leyenda negra existió realmente o no, o si existió pero ya ha muerto, demuestra una incomprensión profunda de esta realidad, cuyas causas hay que buscar en la leyenda negra misma. La primera tiene que ver con la dificultad para calibrar un fenómeno histórico tan largo y ubicuo. No había a mano nada con que se la pudiera comparar y para hacerlo había casi que salirse de la historia de Europa. La segunda es que la leyenda negra mienta una serie de prejuicios que gozan de gran predicamento intelectual, de tal manera que quien se atreva a oponerse a sus tópicos consagrados se arriesga a ser descalificado ideológicamente primero y luego intelectualmente.
La tercera razón es la eficacia de la leyenda negra como autojustificación de religiones e ideologías. La leyenda negra nace como un prejuicio imperiófobo, pero se mantiene después por la razón antes explicada y porque, transformada en chivo expiatorio, se muestra extraordinariamente útil y rentable ante cualquier dificultad sobrevenida, como la crisis que arranca en 2007.
La Unión Europea debe servir para crear un espacio de convivencia donde puedan habitar en paz, prosperidad y solidaridad pueblos muy diversos, y no para que unos prosperen a costa de otros, logrando por medios poco éticos y poco visibles una hegemonía que por otros procedimientos no lograron. Cuando llegó la crisis de 2007 nos convertimos en PIGS, esto es, directamente en cerdos o en GIPSY, que es algo más pintoresco. Dos generaciones de españoles, al menos, van a trabajar más y a ganar menos que otros europeos para pagar un sobrecoste de financiación cuyas causas carecen de explicación racional, fuera de los prejuicios protestantes y de la propaganda financiera bien urdida a partir del anticatolicismo y la hispanofobia. Y puesto que nuestros hijos y nietos van a cargar con estos sobrecostes de manera casi irremediable, estaría bien que les contáramos el porqué. Sin negar nunca la amarga verdad: que la culpa mayor la tenemos nosotros, porque no fuimos capaces de defender nuestros intereses y los suyos.

This is a magnificent book by the author, essential, where the author reveals concepts to us readers in a didactic way and that is accompanied at the end of illustrations.
Like or not the persecutors of utopias, the truth is that most human beings prefer to be rich to be poor and that there is no group of our species with a minimum reproductive success that does not live under some form of hierarchical organization. Hierarchy and power exist in all human societies and also in many other non-human societies. Perhaps it would be very nice if it were not so, but for our misfortune we do not know how bodies are organized without this law of social gravity.
It is clear that planned economies have proven to be a failure, and that political freedom is linked to economic freedom. On the other hand, the aspect of political religion of the ideologies traditionally called the left frightens me. Now, the State must be thin and strong, not fat and weak like the ones we have now, because otherwise it can not guarantee a minimum of social justice and a truly free market economy.

The first manifestation of hispanophobia in Italy arose linked to the development of humanism, which gave the black legend an intellectual luster that he still enjoys. Later, hispanophobia became the central axis of Lutheran nationalism and other centrifugal tendencies that manifested in the Netherlands and England. Roca Barea investigates the causes of the durability of hispanophobia, which, as his conscious and deliberate use in the debt crisis has proven, continues to be profitable for more than one country. It is a common place for all assumed that the knowledge of history is the best way to understand the present and consider the future.
The expression «black legend» is born from another similar and of opposite meaning: «golden legend». It is an antithesis whose origin we must place in the work of the Dominican Santiago de la Vorágine (1230-1298) entitled Legenda sanctorum or Legenda aurea, a collection of hagiographies. To give an idea of ​​the immense popularity of this work, it suffices to point out that about one thousand manuscripts and incunabula of the text and its variants are conserved. It was a leid during the final centuries of the Middle Ages and the Renaissance. In 1500, seventy-four Latin editions had already been published, three translations into English, five into French, eight into Italian, fourteen into low German and six into Spanish.
Erasmism, demonstrating the intellectual arrogance inherited from Humanism, lashed out harshly against the golden Legenda de De la Vorágine in the sixteenth century. Juan Luis Vives himself in De disciplinis has no mercy. But the furious attack of Erasmianism did not make much of a dent in the popularity of the work. His influence was immense in painting, sculpture, reliefs, et cetera. Beautiful frescoes, altarpieces and all kinds of representations of Fra Angelico, Signorelli or Piero della Francesca have their origin in De la Vorágine. The image of Saint George nailing his sword to the dragon or the one of Saint Martin of Tours splitting his cape in half, can be traced back to the delicious little stories of De la Vorágine.

Emilia Pardo Bazán uses for the first time the expression «black legend» to refer to anti-Spanish propaganda. This happens on April 18, 1899 in the Sala Charras of Paris during a conference entitled «L’Espagne de hier et celle d’aujourd’hui». The Parisian Conférences Society, responding to the interest that existed in Europe at this time to know what would happen to Spain after the loss of the last remnants of its empire, invited Doña Emilia. The French, as good neighbors, were especially worried. Doña Emilia delivered her lecture in French, a language that spoke very well.
When Julián Juderías used the expression «black legend» in 1914 to give title to his book, it is now fully consolidated in its use. In honor of the truth, it must be said that Juderias never pretended to be the creator of the phrase. Now, without the success of his work, this expression probably would not have had the history and meaning it has.
Personally, the definition that I like most, so adjusted and concise, is that of Maltby. The black legend is «the opinion according to which Spaniards are actually inferior to other Europeans in those qualities that are commonly considered civilized.» It is also concise and clear that offered by the dictionary of the RAE, according to which is «opinion against the Spanish spread from the sixteenth century,» and also «unfavorable and generalized opinion about someone or something generally unfounded.» These are basically the meanings that Wikipedia and English and Webster dictionaries offer in English and French.
Long before Juderias, other Spanish and foreign writers knew about the virulence of anti-Spanish propaganda and tried to respond to the slanders with which this country was defamed. Quevedo was if not the first, yes of the first with his Spain defended. These defenses of Spain were always the result of individual initiatives, and even García Cárcel recognizes that the empire never produced «a workshop» that responded organized and widely to anti-Spanish propaganda.

The term «imperialism» was set in motion in 1902 by John A. Hobson with his Imperialism: a study, and from his very birth is a moral condemnation. Imperialism for Hobson is the result of the insatiable needs of capitalism. Hobson was in the orbit of the non-revolutionary Socialism of the Fabians, like Bernard Shaw. But the concept did not acquire its final configuration until The imperialism, upper phase of Lenin’s capitalism.
The term «imperialism», which initially came to be used for the colonial expansion that began in the second half of the nineteenth century, has extended its use to other eras. Thus the reader will find numerous titles in which it alludes to Roman imperialism or Spanish imperialism without its subject other than the Roman Empire and the Spanish Empire itself. The imperialism / empire confusion was expected because the temptation of moral judgment was irresistible. In this particular matter, moreover, the sentence already existed in a general manner. The boss always has bad press, as we will see throughout this work.
If we stick to the criterion of territorial extension, the four largest empires have been:
1. British Empire: 31 million km2 (in 1938).
2. Mongol empire: 24 million km2 (mid-thirteenth century).
3. Russian Empire: 23 million km2 (in 1913).
4. Spanish Empire: 20 million km2 (around 1750).

They come after the Maurya Empire; the Achaemenid Empire; the Chinese Empire of the Qing Dynasty (ca. 1650-1912); the Chinese Empire of the Yuan dynasty, descendants of Genghis Khan (ca. 1270-1368); Second French colonial empire (ca. 1880-1960); the Abbasid Empire (VIII-XI centuries); the Chinese Empire of the Tang Dynasty (7th-10th centuries) …
The complex of the Unconscious Empire is a ghost that appears again and again. Sometimes it is part of the anti-imperial propaganda and in others of the self-justification system with which the imperial peoples seek to alleviate the discomfort that produces being more powerful than others, especially since the advent of Christianity. There is also a third possibility not incompatible with the previous two, but much more underground. The Unconscious Empire alludes to the mystery of the mysteries that this book borders and raises in many occasions: why are there empires? They are as obvious and mysterious as the storms. We see them emerge and evolve, we live in them, with them and against them, but ultimately we do not know how they occur and why. The historical problem called empire goes far beyond the limits of this essay. It is unfortunate that few scholars have had the intellectual courage to face this problem and to do so with a minimum of humility. And the two qualities are necessary (intellectual courage and humility), because otherwise you can not tackle very complex historical processes, planetary or almost planetary in scope, which ultimately will defeat us or that will only be illuminated a little, insufficient and partial way.
The Unconscious Empire ultimately refers to the blind and involuntary forces of nature. Blind to us, naturally. Actually we are the blind.
Our knowledge of the Roman black legend depends on the preserved sources and is naturally imperfect, but sufficient. It is above all Roman historians, though not only, who inform us of the particulars of anti-imperial propaganda. The Romans, as now the Americans, had a pronounced sense of their shortcomings, especially in foreign policy. This to the Spaniards should not surprise them. A notable part of anti-Spanish propaganda has been fueled by self-criticism, which in our country has always enjoyed very good health, and much more in times of empire. It is possibly the only living legacy left of it in Spain today. One of the most eloquent texts on the topics of anti-Roman propaganda is by Salustio.

Anti-Americanism offers us an unbeatable opportunity to know the black legend and determine how the mechanisms of the imperiophobia work, to specify what are the reiterated motives that constitute this inevitable stereotype born of the mixture of admiration and envy, and finally understand the individual and tribal springs that put them in motion. Anti-Americanism has the advantage that it is fully alive, it would seem to be boiling, and it is ubiquitous as no black legend has been throughout history. Until the leadership of the United States, black legends lived on one or two continents and affected certain religions or religious groups. In the American case, on the other hand, it is found in the five continents and in different religious creeds, which proves that it is the first authentically planetary empire that has ever existed.
In a few decades, the general anti-Americanism that affected the whole of America concentrated its attention on the United States of America. Evidently the theory of degeneration could not stand long. Those who opposed it ended up winning the game. The points of view defended by Abbe Molina and Colonel Azara almost alone in the Hispanic world, and by Jefferson, Hamilton and Franklin on the US side, ended up being imposed with the invaluable help of evidence. But if the theory of degeneration was to some extent easy to dismiss, it was no longer so easy to refute that the United States – in the nineteenth century America began to be the United States alone – was a socially and politically inferior country.
Anti-Americanism triumphs because it is a perfect alibi to avoid responsibility. It justifies the failure of many societies and avoids assuming personal and collective responsibilities in that failure. The business of irresponsibility is fundamental to understand the always overwhelming success of anti-imperial propaganda. Selling irresponsibility has always been very lucrative. That the fault of another is rested. It relieves the soul and avoids many headaches and a lot of effort. It is interesting to make clear at the end of this exhibition that anti-Americanism is a phenomenon that has nothing new or special about it. Americans do not have this for reasons that have to do with what they do, but with what they are. And they must accept that they are going to carry it for centuries and that nothing they do can avoid it.

All empires practice self-criticism in a more or less merciless manner. The people with the fragile ego can not afford to expose themselves in this way. Self-criticism is one of the reasons why meritocracy is kept open and a state in the process of exponential growth is reasonably clean. A substantive part of the critique that imperialism feeds is produced by the imperialists themselves. The Romans and the Spaniards did it and the Russians and the Americans do it. It means that the imperial self-criticism is used as a propaganda tool by enemy peoples or friend / enemy where the black legend occurs.
Vladimir Vorsoben that «Russia is still recovering from the grueling nineties». Amazing recovery. That an empire that controls a fifth of the earth’s surface change its religion and government system without exploding on all four sides, and withdraw from several million square kilometers conquered without provoking any war, is a feat that has few parallels in the history of the world. Russians are accustomed to figures and collective facts that completely escape the ability of the average European to understand. Recall that Russia has not died. During the reign of Tsar Alexy I (1645-1676), Western Europe defined, in order to avoid unnecessary wars, what would be the areas of expansion in the huge body, supposedly close to death, of Russia. Most of it corresponded, in justice, to the Swedes. Leibniz, who was the one who designed the strategic plan, did not take into account the birth of Peter I. Russia not only did not die, but that at the end of Peter’s reign, Sweden had ceased to be a great power and Russia could be considered one of the great empires of history. After the end of the Crimean War, the death of Russia was announced again, or, if not, a prostration that would take it away sine die from the first division of history. The same thing was repeated after the Revolution of 1917 and the civil war, and after the fall of communism. The crisis in Ukraine and Crimea in 2014 shows that the West has once again become illusions and believe that Russia has died. However, Russia is still there, alive and well.

In a few decades, the general anti-Americanism that affected the whole of America concentrated its attention on the United States of America. Evidently the theory of degeneration could not stand long. Those who opposed it ended up winning the game. The points of view defended by Abbe Molina and Colonel Azara almost alone in the Hispanic world, and by Jefferson, Hamilton and Franklin on the US side, ended up being imposed with the invaluable help of evidence. But if the theory of degeneration was to some extent easy to dismiss, it was no longer so easy to refute that the United States – in the nineteenth century America began to be the United States alone – was a socially and politically inferior country.
Anti-Americanism triumphs because it is a perfect alibi to avoid responsibility. It justifies the failure of many societies and avoids assuming personal and collective responsibilities in that failure. The business of irresponsibility is fundamental to understand the always overwhelming success of anti-imperial propaganda. Selling irresponsibility has always been very lucrative. That the fault of another is rested. It relieves the soul and avoids many headaches and a lot of effort. It is interesting to make clear at the end of this exhibition that anti-Americanism is a phenomenon that has nothing new or special about it. Americans do not have this for reasons that have to do with what they do, but with what they are. And they must accept that they are going to carry it for centuries and that nothing they do can avoid it.

The antihispanism in the Protestant world was the cause and effect of an immeasurable propaganda activity that produced from the most vulgar pamphlets to cultured and apparently objective texts, passing through printed with illustrations alluding to the Spanish demon. It is impossible to make a report of this torrential production here.
From the first moment, two ideas appear in the Lutheran pamphlets that will be repeated over and over again and will end up being assimilated by a part of the population. First: Catholicism represents a foreign power and, therefore, to support Luther and his people is to defend Germany from an invader who humiliates her. Second: the assets of the Church are the result of robbery perpetrated by foreigners (Spaniards, Italians …) to the Germans, so it is lawful to confiscate them. Already in his first three pamphlets appear these two ideas. The emperor is asked to destroy Rome and the pope (Luther, like Orange, at first does not dare to rise up against his natural lord), and the expropriation («secularization») of the Church’s goods. In Captivity of Babylon (second pamphlet) the combination of these two ideas seeks to encourage national feeling against the papacy. Soon, in 1520 in his To the Christian nobility of the German nation, Luther identifies the pope with the Antichrist.
The black legend is linked by its base to the subsoil of many European nationalisms, since Catholic Spain occupied in them the place of the evil enemy that all nationalism needs to exist. But the reality is that the Catholic Spanish Empire represented the defense of a united and plurinational Europe that the nationalist Protestants sought to destroy, although this is not studied in this way. The notion of the history of Europe that the reader probably has in his head and that is found in the textbooks is constructed at this time and is totally different. It is not that it is false, but only takes into account a part of the truth.
However, despite the writing, he was never able to finish completely with the Catholics in Germany. In 2009, for the first time the number of Catholics surpassed that of Protestants. The data is irrefutable since it comes out of the income statement. In 1950 there were 42.2 million Protestants in Germany, compared to 23.2 million Catholics. In 2009 there are 24.2 million Protestants versus 24.9 million Catholics. It is evident that the history of Germany has not been only Protestant.

The Elizabethan drama is a good thermometer of Spanish-speaking in England at the time. If in the Italian theater the antihispanism had spawned Captain Spavento, pompous and rowdy, in the English theater we see the Spaniard as a treacherous and hypocritical villain. In the satirical drama Chess Game (1624), Thomas Middleton satirizes the possibility of the «Spanish marriage» of the Prince of Wales, Ambassador Gondomar, the Count-Duke of Olivares and the Jesuits.
Anti-Spanish propaganda existed since Henry VIII and was encouraged by weekly sermons in the Anglican churches, but it grew in intensity and intensity as the century progressed, especially when the uprising took place in the Netherlands. England was interested in that rebellion triumph or at least last as long as possible, and the support that lent him at the time was one of the reasons, among others, that decided Philip II to send the Navy in 1588. The Netherlands They are very close to England, on the other side of the canal, and this made many Englishmen reasonably nervous. So it was particularly interesting for a victory of secessionist Orangeism, and for it to achieve the political fragmentation of the Netherlands. Little Holland by itself would never be an enemy to English. History then showed that this place composition was successful. All attempts at Dutch expansion were systematically and continually frustrated by the English from New York to South Africa. Integrated into the Spanish Empire or simply united, the Netherlands was a formidable enemy for England, due to its strategic location on the other side of the English Channel.
The anti-Spanish propaganda existed before and after the Felicisima Armada of Felipe II, but this was the propitious occasion in which an offensive was concentrated that marks the high point of the English hispanophobia. The Invincible confirmed what the propaganda of half Europe had been proclaiming: that the Spaniards intended to dominate the world and subject it to its whim and tyranny.

There was no solution to the problem of the Netherlands for a very simple reason, because one of the parties wanted what the other had: power. And in that case there is no other way but to snatch it. All the ideological coverage and the metaphysical discussions that can be had revolve around this essential point. It is very entertaining the mythological and ideological apparatus that segregates this type of situations, on both sides, but in general it only contributes to muddy the landscape. First, the 3,000 Spanish soldiers on the French border were asked to leave and leave. And there was no peace. Then Granvela was asked to leave and Granvela left in 1564, but there was no peace. Then the withdrawal of the alcábala was requested, which left the central government, which carried the costs of the rebellion, without capacity for taxation, and the Duke of Alba, not without resistance, withdrew it. There was no peace either. Then Alba was asked to leave and Alba left. But there was no peace either. So? As Granvelle wrote in a letter written after the march of the soldiers of the border: «Sooner or later there will be problems here with another pretext». The problem is that the pretexts have been confused with the historical truth. The dynamics of nationalism is perverse: it wins, and imposes its criterion, eliminating dissidence, or loses, and then converts loss into gain, that is, into grievance and excuse for confrontation: losing to win.
Nationalism always needs an enemy, since it does not know how to build positively, upwards and forwards, but backwards and downwards. Look for fragmentation, since the control of the small is always easier than the control of the big. In the case of Holland, nationalism was built by segregating an enemy called Spain and is, therefore, in the identity that nationalism drew and imposed on those nations with the simple but effective reasoning of «are you with me or are you a traitor». The national realities of these countries are, of course, much more complex than the nationalist-identity myth has allowed to express, but this variety has had little visibility in history, in some cases by pure crushing of dissent and in others by Stockholm syndrome.
Nothing that has been told here is part of the past: the Duke of Alba is still the coconut and Spain the alternative branch of hell at Christmas.

The Inquisition as a universal literary theme is radically different from others in which it is assumed that what is referred to it is true. When vampires appeared in literature in the nineteenth century, nobody, then or now, thought to think that such a thing could be true, so that transylvanians have not been quarantined at the borders to see if they suffer from fatal contagion. Instead, these inquisitorial characters who are part of the history of literature live in the minds of Westerners as if they were true history, nourishing sine fine the world of the denigrating myths that propaganda created around this institution, and by extension, perpetuating hispanophobia.
The Inquisition and the American iniquities are the two longest standing pillars in the long history of Hispanic-phobia. It does not matter what the Inquisition and the conquest of America were in themselves, but how they have come to mean what they represent in Western culture.
Hispano-America could not be an empire, because it had already been. It is not a matter of this book, but I note that the territories of an empire, when it collapses, go through a long period of social and political problems, and are swept away by all sorts of divisive tendencies that generate enormous conflict. And this happened in Spanish America and in Spain alike. Feudalism is the result of the fall of the Roman Empire, that is, the failure of the State. A feudal situation is automatically generated whenever this state bankruptcy occurs, because feudalism is nothing more than the search for personal alliances above the law. The world becomes too insecure to trust strangers. Aware that the situation of Spanish America was a match to that of Europe after the end of the Roman Empire, Simón Bolívar said that it was necessary to let South America make its Middle Ages. In this way, the Balkans live in a state of permanent anguish. The terrible wars that have been started there have a direct relationship with the end of the Ottoman Empire and the Austro-Hungarian Empire. The Spanish Empire made for several centuries that the miracle and plumibus unum was possible, and when the empire was absent, all the substrate differences, which were huge, emerged, and what triumphed was ex-one, plures.

The Enlightenment incorporates an important part of the topics created by Protestant hispanophobia, but adds some and modifies others. This version is especially interesting because it is destined to endure and to be embedded as a constitutive part of modernity through liberalism. It is the one that separates Spain, not from God, but from civilization and modernity.
1.) Spain is a country of ignorant and uneducated people.
2.) Spain is behind.
3.) The Inquisition and, therefore, Catholicism are to blame for the backwardness and lack of culture of Spain, and in general, of any place in contact.
4.) Spain is not part of civilization.
With the myth of ignorance, others such as decadence and backwardness, which complete the picture, are attached. The idea that Spain is an intolerant country, a fundamental tool of war, naturally continues with full vigor.

The three great imperiophobes of the modern West come together in France in the eighteenth century. We already exposed the crucial role played by the French intelligentsia in the origin of European Russophobia and anti-Americanism, with the theory of degeneration. Reducing any form of historical eminence on the horizon is necessary for the French social ego at this time. Very necessary. From now on, the social self-esteem of France will be that of its intellectual class. And the enlightened will fulfill perfectly with their role becoming the lifeline of their country. France has lost all hope of becoming an empire. By the Treaty of Paris in 1763, she has been forced to give up all her continental colonial possessions. The imperial frustration of the French Enlightenment manifests itself in three fronts: black legend, Russophobia and anti-Americanism. All the empires, old or fledgling, that coexist with France are a disgrace. They are barbarians, backward or degenerate.
The black legend is not only a form of prejudice that distorts reality and that, with clearly racist overtones, defends the moral inferiority of a human group. It is also a product that still has a broad market. The Hispanic-Catholic world is acquiring more and more the traits of the scapegoat, because the empire is no longer existing, but the nations that flourished fighting against it are still alive. An enemy is an invaluable ally. The invisible walls within which the autojustifications of Protestantism live, the indisputable superiority of the Nordic races and the social ego of France are built with the bricks of the black legend.

End the absurd idea that the black legend and its consequences are a phenomenon of the past. For this we will concentrate on several very specific aspects of reality. The first has to do with the minimal phenomenon, but a phenomenon at the end, of the historical review of the Spanish Empire undertaken by American historians after the war in Cuba. It is growing, and as the Hispanic influence in the New Kingdom is growing, it is possible that this has consequences not yet visible. In second place the screens (cinema and television), the crucial invention of the 20th century. It would have been good to make an incursion in videogames, which ultimately move more money than movies, but the apparent inability of whoever writes this has made it impossible. What is seen and said on the screens is a good lesson for those who have decided to put in the past, comfortable and irresponsibly, the hispanophobia.
The black legend continues to exist because it has a market and that market is not managed precisely by the Latin-Catholic world. And finally, we will deal with a painful and expensive problem: the risk premium of sovereign debt to finance the State that in recent years has had to be assumed and that will have to be paid, a collective extra cost that should make us reflect on the burdens that the History imposes, whether you like it or not, and about the cowardly and suicidal attitude that is denying the evidence. Victims live better by eluding that they are. But with it they become accomplices of their executioners and deserving of their destiny.

The word «jingoism» is hardly used today in Spanish. In the dictionary of the SAR it is defined as «exalted patriotism that advocates aggression against other nations.» Its origin seems to be in a popular music-hall song in 1878, in London:
We do not want to fight, but for Jingo, we do.
We have the ships, we have the men and also the money.
We already fought with the bear in the past, and while we are authentic
British, the Russians will not take Constantinople.
«Jingo» is a familiar and somewhat vulgar way for Jesus. The word «jingoism» became popular in Britain and immediately in the United States in the context of social Darwinism. The concrete circumstance in which it was born has to do with the propaganda that generated the explosion of Russophobia in the Anglo-Saxon world in the second half of the 19th century. Great Britain, in full colonial expansion, considers Russian power a threat and endeavors to present it to the Western world as a danger to European equilibrium.

There are two main reasons that explain the perpetuation of Hispanic-phobia and its topics. The first is its role in the apparatus of self-justification of the Protestant nations with their corresponding churches, and after the Enlightenment and liberalism. The nations and religions that were formed against the Spanish Empire can not do without the black legend because they would be left without History. And once the empire is dead, the black legend transforms itself in a soft and natural way into the mechanism we have called the scapegoat. The existence of hispanophobia is useful to the Protestant world and economically profitable when the case comes. The topics of the black legend are reproduced and perpetuated because they have a market. While hispanophobia was imperiophobic, victimization was not very evident. When there was no empire, the hispanophobia had become a very useful social mechanism that cost to resign, because it offered great advantages. The Protestant world needs guilt, enemies, a devil to explain what goes wrong, like any historical-ideological current that is born against something. It is a morally dual world. Nationalisms work in the same way. This in the Catholic mentality is not seen or understood, because Catholicism was not born or has been maintained against something.
Consequently, Protestantism could only be a success story
It is urgent to extract the black legend from the narrow channel in which historiography has maintained it, as a historical fact of precise limits linked to the exaggerations of war propaganda during the sixteenth and seventeenth centuries, with an extension in the eighteenth century . The black legend is a much wider historical and social phenomenon, born in propaganda but lives in literature and history, where it takes on reality and prestige, until it becomes what it is primarily: a fact of public opinion almost universal in the West . Moreover, if we deprive Europe of hispanophobia and anti-Catholicism, its modern history becomes nonsense.
The discussion about whether the black legend really existed or not, or if it existed but has already died, demonstrates a deep incomprehension of this reality, whose causes must be sought in the black legend itself. The first has to do with the difficulty in calibrating a long and ubiquitous historical phenomenon. There was nothing at hand to be compared with, and to do so, it was almost out of the history of Europe. The second is that the black legend lies a series of prejudices that enjoy great intellectual predicament, in such a way that who dares to oppose their consecrated topics risks to be disqualified ideologically first and then intellectually.
The third reason is the effectiveness of the black legend as self-justification of religions and ideologies. The black legend is born as an imperiophobic prejudice, but it is maintained afterwards for the reason explained above and because, transformed into a scapegoat, it is extraordinarily useful and profitable in the face of any difficulties, such as the crisis that started in 2007.
The European Union must serve to create a space of coexistence where very diverse peoples can live in peace, prosperity and solidarity, and not so that some prosper at the expense of others, achieving by unethical and inconspicuous means a hegemony that by other procedures does not they got. When the crisis of 2007 came, we became PIGS, that is, directly in pigs or in GIPSY, which is something more picturesque. Two generations of Spaniards, at least, will work more and earn less than other Europeans to pay an extra cost of funding whose causes lack rational explanation, outside the Protestant prejudices and financial propaganda well crafted from anti-Catholicism and hispanophobia . And since our children and grandchildren will carry these extra costs in an almost irremediable way, it would be good if we told them why. Without ever denying the bitter truth: that the biggest fault we have, because we were not able to defend our interests and theirs.

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