La Vida Administrada. Sobre El Naufragio Social — Juanma Agulles

Este breve libro me parece muy interesante como creador de debate haciendo una metáfora con la obra de Moby Dick, nos adentra en la era tecnológica y que no es oro y una cama de rosas, al revés existen bastante elementos a debatir y si nos dejamos llevar puede ser muy malo.

La sociedad industrial, a semejanza del ballenero descrito por Melville, ha dispuesto multitud de medios racionales para la consecución de unos fines que han resultado, en la mayoría de los casos, irracionales y desastrosos. Y, mientras avanza en la persecución de su particular ballena blanca, llamada «desarrollo» o «progreso» o «abundancia», la tripulación se afana en perfeccionar técnicamente los medios que la van acercando de forma irremediable a la hora de su hundimiento definitivo.
La metáfora del hundimiento se ha utilizado en muchas ocasiones para definir el declive o la decadencia de una forma de civilización. H. M. Enzensberger lo hizo en su poema El hundimiento del Titanic, y muchos otros hablan hoy del hundimiento de las condiciones de vida, sin que, al parecer, hayamos llegado todavía a «tocar fondo».
En esta «nave de los necios», como alguien la llamó, los puntuales motines y revueltas se ven frustrados casi inmediatamente, confinados a los estrechos límites de una embarcación cuyo destino parece imposible modificar. Pero seguimos evocando ritualmente aquellos motines en cada nuevo intento de cambiar el rumbo. Con una actitud que ha asimilado algunos de los peores rasgos de la locura de Ahab, perseguimos también nuestra particular ballena blanca, que parece perfilar su figura en el horizonte cada cierto tiempo para después desaparecer de nuevo en las profundidades, mientras nos alejamos de aquella «tierra firme» que alguna vez fue nuestro hogar. Un hogar que tampoco era idílico, pero que en la distancia, quizá traicionados por el influjo de la nostalgia, suele presentarse a nuestra imaginación bajo aspectos engañosos. Y entonces corremos el riesgo de quedar postrados bajo una noche helada, tumbados sobre la cubierta de la nave que se dirige a la destrucción, escrutando los astros en busca de signos proféticos que nos hablen de la imposible vuelta a casa o de la futura redención en la catástrofe.
Los medios a nuestro alcance están impregnados por los fines destructivos a los que sirven…

Solo para una minoría selecta la llamada «modernización» ha podido significar, en algún sentido, una mejora de sus condiciones de vida. Pero, para la gran mayoría excedente, el desarrollo de los medios de producción no ha significado más que la destrucción de sus condiciones de existencia. Liberados del yugo de la necesidad, hemos alcanzado las más altas cotas de la servidumbre. Y, durante el proceso, las condiciones para la reproducción de la vida en la biosfera han sido alteradas de forma drástica, en algunos casos de manera irreversible.
Los tecnócratas más alucinados dirán que no está justificada tanta alarma, que la ciencia y la tecnología encontrarán el modo de restablecer los equilibrios perdidos mediante complejos algoritmos y simulaciones informáticas. Pero el hecho de haber dejado en sus torpes manos las condiciones de nuestra existencia, y gran parte de nuestra libertad, hará que nuestro sometimiento se profundice con cada nuevo problema que los expertos crean haber resuelto.

La culminación tecnológica no ha derivado en una mayor libertad, autonomía y democracia, sino que solo ha podido tener lugar mediante la supresión de las tres. Pero esa supresión no sería una consecuencia del desarrollo tecnológico, sino la condición de posibilidad para la determinación tecnológica de la sociedad, que finalmente ha dado valores nuevos a los conceptos de libertad, autonomía y democracia. Sin este último matiz, únicamente estaríamos cambiando la escatología optimista de Toffler por una de corte catastrofista, pero mantendríamos intacto su determinismo y su «lógica» de la artificialización.
Muchas sociedades han experimentado desarrollos técnicos que no dieron como resultado la industrialización de toda la existencia.
Es posible que la violencia organizada del Estado y la producción organizada de la industria en su forma tecnológica hayan propiciado destrucciones cuya magnitud difícilmente podremos evaluar mientras estemos envueltos en su vorágine y cuya reversibilidad será, en muchos casos, imposible.
Por ello, guardar memoria de aquello que ha sido aniquilado se convierte en condición indispensable para sostener un proyecto social distinto al que surge de esos dos ámbitos de la destrucción contemporánea.

No se trata de rebelarse por todo aquello que no nos da la sociedad industrial, sino de hacerlo, precisamente, por aquello que sí nos brinda a diario como frutos de una exitosa conquista, sobornando así nuestra conciencia para que no nos preguntemos sobre qué ruinas se alzan los cimientos de nuestra civilización. Cada vez que cedemos una parcela de libertad con el fin de obtener algún tipo de seguridad, de mantener cierto nivel de vida, de bienestar o desarrollo, damos un paso más en la consolidación de nuestra servidumbre contemporánea. Pero desobedecer los mandatos del Progreso significa también desobedecer la orden de rebelarse que, a menudo, es emitida, tanto más cuanto la situación se nos presenta como una cuestión de emergencia, ya sea económica, ecológica, bélica o humanitaria. Algunos dirán que esto es renunciar a las aspiraciones revolucionarias, pero entonces habrá que preguntarse de qué revolución estamos hablando.

La verdadera catástrofe: que nuestra sensibilidad se haya tenido que endurecer lo suficiente como para adaptarnos a una situación de emergencia permanente, y nos hayamos acostumbrado a vivir en una sucesión de tormentas y debacles que requieren de todas nuestras destrezas para mantenernos a flote, sin posibilidad de cuestionar el destino al que nos dirigimos. De ahí que las llamadas de emergencia tengan una resonancia particular y no propicien más que el encuadramiento de la tripulación, que se prepara para cruzar una nueva tempestad. De ahí también que, a menudo, en estas llamadas se olvide mencionar que, en el curso de nuestro rumbo, hemos tirado a la mitad del pasaje por la borda. De ahí, finalmente, que las verdades incómodas, que emergen de cuando en cuando como témpanos helados de un inmenso iceberg, no incomoden más que lo necesario para seguir manteniéndonos alerta, firmes en nuestros puestos.

El mundo artificial que hemos construido no dejará, tras su derrumbe, más que un erial y unas organizaciones sociales aún peores de las que resultaron tras la destrucción de los valores vernáculos.
Más allá de la respuesta que se pretenda dar a priori a este interrogante, el pensamiento arraigado, radical, antes de buscar una respuesta única o de elaborar una teoría completa que explique el funcionamiento de la vida administrada, tendrá que oponer al llamado «bienestar» una sensibilidad distinta, articulada por valores comunitarios. Valores que no presuponen el malestar en aquellos lugares a los que no llegan la organización industrial y la burocracia de los servicios profesionales, sino que precisamente ven en ellos la fuente principal del malestar y la desposesión que nos han alejado tanto de la naturaleza como de la comunidad.
Sin pretender convertirse en una nueva religión, deberá tratar de religar aquello que se ve fracturado, desintegrado, por la acción de la tecnología aplicada y la administración burocrática.

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