El Oficio: Un Escritor, Sus Colegas Y Sus Obras — Philip Roth / Reading Like a Writer: A Guide for People Who Love Books and for Those Who Want to Write Them by Philip Roth

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Este es un magnífico libro del autor sobre el arte de la literatura y sus colegas en conversaciones con Primo Levi, Aaron Appelfeld, Ivan Klíma, Milan Kundera, Edna O’Brien, Mary McCarty, Isaac B. Singer complementando la obra con lúcidos análisis literarios acerca de otros magníficos autores tales como Saul Bellow, Bernard Malamud y Bruno Schulz.

Primo Levi
Los escritores dividen al resto de la humanidad en dos categorías: los que escuchan y los que no escuchan. Levi sí escucha, y ello con todo el rostro, una cara modelada con verdadera precisión, que, rematada por una barbita blanca, parece a los sesenta y siete años tan juvenilmente gozadora como profesional: el rostro de la curiosidad irreprimible y, al mismo tiempo, del apreciado dottore.
Nunca he intentado analizar seriamente esta timidez mía, pero en ella tuvo que desempeñar un papel importante la legislación racial de Mussolini. Otros amigos judíos la padecieron, había condiscípulos «arios» que se burlaban cruelmente de nosotros, diciéndonos que circuncisión equivalía a castración; y nosotros, al menos en un nivel inconsciente, tendíamos a creérnoslo, con ayuda de nuestras muy puritanas familias. Creo que, en aquella época, el trabajo era para mí una compensación sexual, no una verdadera pasión.
No obstante, soy plenamente consciente de que, después del campo de concentración, mi trabajo, o más bien mis dos modalidades de trabajo (la química y la literatura), empezaron a desempeñar un papel importantísimo en mi vida. Estoy convencido de que los seres humanos están hechos para una actividad apuntada a un fin, y que el ocio, o el trabajo carente de sentido (como el Arbeit de Auschwitz), es fuente de padecimientos y produce atrofia.
Tus recuerdos de antes y después son en blanco y negro; los de Auschwitz y el viaje de regreso son en tecnicolor». Tenía razón. La familia, el hogar, la fábrica, son cosas buenas en sí mismas, pero me desposeyeron de algo que todavía hecho en falta: la aventura.

Appelfeld
Descubrí a Kafka aquí en Israel, durante los años cincuenta, y lo sentí muy cercano, como escritor, desde el primer contacto. Me hablaba en mi lengua materna, el alemán —no el alemán de los alemanes, sino el alemán del imperio austro-húngaro, de Viena, de Praga, de Chernovtsy, con su tono especial, que, por cierto, los judíos pusieron gran empeño en crear.
Para sorpresa mía, no sólo me hablaba en mi lengua materna, sino también en otra que yo conocía íntimamente, es decir la lengua del absurdo. Sabía muy bien de qué me estaba hablando. Para mí no era ninguna lengua secreta, y no me hacían falta explicaciones. Yo llegaba de los campos de exterminio y de los bosques, de un mundo que incorporaba el absurdo, y nada en este mundo me resultaba ajeno. Lo sorprendente era esto: ¿cómo podía un hombre que nunca había estado en ese mundo conocerlo con tan minucioso detalle?
Lo maravilloso era que aquella esterilidad no lo hubiera conducido a la negación o al odio de sí mismo, sino a una especie de tensa curiosidad por todos los fenómenos judíos, especialmente de los judíos del este de Europa, la lengua yiddish, el teatro yiddish, el hasidismo, el sionismo e incluso el ideal de trasladarse al Mandato Palestino. Éste es el Kafka de los diarios, no menos apasionantes que su obra. Descubrí una muestra palpable del compromiso judío de Kafka en su caligrafía hebrea, porque había estudiado hebreo y lo conocía. Su caligrafía es clara y también asombrosamente bella, se ve que está trazada con tanto esfuerzo y concentración como su caligrafía alemana; pero en la hebrea hay un aura adicional de amor por la letra aislada.
Kafka no me reveló solamente el mapa del mundo absurdo, sino también los encantos de su arte, que yo necesitaba por mi condición de judío integrado.

Ivan Klíma
La sencillez de Klíma para crear su refinado collage —horríficos recuerdos del campo de concentración, reflexiones de tipo ecológico, rencillas imaginarias entre amantes distanciados, y un análisis kafkiano muy realista, todo ello yuxtapuesto y adherido a la terrible prueba del excitante y agotador adulterio— se concilia impecablemente con la encantadora franqueza, rayana en la ingenuidad adolescente, con que ese personaje evidentemente autobiográfico confiesa su confusión sentimental.
El libro está impregnado de una inteligencia cuya ternura lo colorea todo, sin hallar obstáculo ni impedimento en la ironía. Klíma es, a este respecto, la antítesis de Kundera, y he aquí una aclaración que podría antojarse superflua, si no fuera por la coincidencia de intereses entre ambos escritores. Las diferencias temperamentales entre ellos son considerables, sus orígenes son tan rotundamente distintos como el camino que uno y otro toman a partir de ellos, y, sin embargo, su afinidad con lo eróticamente vulnerable, su lucha contra la desesperación política, sus continuas protestas ante los desechos sociales —sean éstos basura o kitsch—, la inclinación que en ambos existe al comentario in extenso y a la mezcla de modos literarios —por no mencionar su obsesión por el negro destino de los marginados—, crean un extraño parentesco entre ambos, no tan improbable como podría parecerles a ellos.
La literatura siempre ha gozado en Checoslovaquia no sólo de popularidad, sino también de aprecio. Ello se pone de manifiesto en el hecho de que en un país con menos de doce millones de habitantes se publicaran los libros de los buenos escritores —tanto checos como extranjeros— en tiradas de cientos de miles de ejemplares. Lo que es más, el sistema está cambiando en nuestro país en un momento en que las ideas ecológicas se difunden a un ritmo tremendo (el entorno, en Checoslovaquia, es uno de los peores de Europa), y seguramente no tiene el menor sentido que luchemos por purificar el entorno y, al mismo tiempo, contaminemos nuestra cultura. De modo que no es una idea tan utópica la de tratar de influir en los medios de masas para mantener los niveles e incluso para educar a la nación. Aunque sólo pudiera alcanzarse una parte del objetivo, ya sería, como dicen los autores del memorando, un acontecimiento único en la historia de los medios de comunicación de masas. Y, a fin de cuentas, no sería la primera vez que estos impulsos de carácter espiritual llegan al mundo desde este pequeño país nuestro situado en el centro de Europa.
Esto es debido a obras clandestinas como samizdat.

Kundera
En cuanto noción histórica cultural, Europa oriental es Rusia, con su propia y concreta historia anclada en el mundo bizantino. Bohemia, Polonia, Hungría, como Austria, nunca han sido parte de Europa oriental. Ya desde el principio participaron en la gran aventura de la civilización occidental, con su gótico, su renacimiento, su reforma —movimiento, este último, que tiene su cuna precisamente en esta región. Fue de allí, de Europa central, de donde recibió la cultura moderna sus más poderosos impulsos: el psicoanálisis, el estructuralismo, la dodecafonía, la música de Bartók, la nueva estética novelística de Kafka y Musil. El hecho de que la civilización rusa se anexionara Europa central (o, al menos, buena parte de ella) dio lugar a que la cultura occidental perdiera su centro de gravedad vital. Es el acontecimiento más importante de la historia de Occidente, en nuestro siglo, y no cabe descartar la posibilidad de que el fin de Europa central haya supuesto también el principio del fin de Europa.
-El hombre utiliza la misma manifestación fisiológica —la risa— para expresar dos actitudes metafísicas distintas. Si de pronto a alguien se le cae el sombrero encima del ataúd, en una tumba recién abierta, el entierro pierde todo su sentido y nace la risa. Dos enamorados corren por un prado, cogidos de la mano, riéndose. Su risa no tiene nada que ver con ningún chisté ni con ninguna clase de humor: es la risa seria de los ángeles cuando manifiestan su alegría de existir. Ambas modalidades de risa forman parte de los placeres de la vida, pero, llevados al extremo, también indican un apocalipsis dual: la risa entusiasta de los fanáticos-ángel, tan convencidos de su importancia en el mundo, que están dispuestos a colgar del cuello a todo el que no comparta su alegría. Y la otra risa, procedente del lado opuesto, la que proclama que nada tiene ya sentido, que hasta los entierros son ridículos y que el sexo en grupo es una mera pantomima cómica. La existencia humana transcurre entre dos abismos: a un lado, el fanatismo; al otro, el escepticismo absoluto.
-El totalitarismo no es sólo el infierno, sino también el sueño del paraíso: el antiquísimo sueño de un mundo en que todos vivimos en armonía, unidos en una sola voluntad y una sola fe comunes, sin guardarnos ningún secreto unos a otros. También André Bretón soñaba con este paraíso cuando se refería a la casa de cristal en que ansiaba vivir. Si el totalitarismo no hubiera explotado estos arquetipos, que todos llevamos en lo más profundo y que están profundamente arraigados en todas las religiones, nunca habría atraído a tanta gente, sobre todo durante las fases iniciales de su existencia. No obstante, el sueño del paraíso, tan pronto como se pone en marcha hacia su realización, empieza a tropezar con personas que le estorban, y los regidores del paraíso no tienen más remedio que edificar un pequeño gulag al costado del Edén. Con el transcurso del tiempo, el gulag va creciendo en tamaño y perfección, mientras el paraíso a él adjunto se hace cada vez más pobre y más pequeño.
-Tengo siempre mucho cuidado con las palabras pesimismo y optimismo. Una novela no afirma nada: una novela busca y plantea interrogantes. No sé si mi nación perecerá y tampoco sé cuál de mis personajes tiene razón. Invento historias, las pongo frente a frente, y por este procedimiento hago las preguntas. La estupidez de la gente procede de tener respuesta para todo. La sabiduría de la novela procede de tener una pregunta para todo. Cuando don Quijote sale al mundo, éste se convierte en un misterio puesto ante sus ojos. Tal es el legado de la primera novela europea a toda la historia de la novela que vino después. El novelista enseña al lector a aprehender el mundo como pregunta. Hay sabiduría y tolerancia en esta actitud. En un mundo edificado sobre verdades sacrosantas, la novela está muerta. El mundo totalitario, básese en Marx, en el Islam, o en cualquier otro fundamento, es un mundo de respuestas, en vez de preguntas. En él no tiene cabida la novela. En todo caso, me parece a mí que hoy en día, en el mundo entero, la gente prefiere juzgar a comprender, contestar a preguntar. Así, la voz de la novela apenas puede oírse en el estrépito necio de las certezas humanas.

Edna O’Brien
Instalarse en un determinado sitio y utilizarlo como escenario de lo que uno escribe es una seguridad para el escritor, y también una señal indicadora para el lector. Pero no tiene uno más remedio que marcharse cuando las raíces suponen una amenaza excesiva, cuando afectan demasiado. Joyce dijo que Irlanda es como una gorrina que devora su propia camada. Se refería a la actitud del país con sus escritores, porque se ensaña con ellos. No es ninguna casualidad que nuestros dos ilustrísimos mayores, Joyce y el señor Beckett, se marcharan para no volver, aunque no perdieran su particular conciencia irlandesa. En lo que a mí respecta, creo que si me hubiese quedado no habría escrito nada. Pienso que habría estado sometida a vigilancia y a juicio (¡más todavía!), que me habría quedado sin ese valiosísimo atributo llamado libertad. Los escritores siempre andan escapados, y yo también, por muchas razones. Es cierto que me desposeí de algo y estoy segura de que algo, también, debí de perder: la continuidad, el contacto diario con la realidad. No obstante, si comparamos mi situación con la de los escritores de Europa oriental, yo tengo la ventaja de que siempre puedo volver.
-La postura correcta es decir la verdad, escribir lo que uno piensa, sin consideración del público ni de ninguna camarilla. Pienso que el artista nunca adopta una postura ni por conveniencia ni por agravio. Los artistas odian las posturas y sospechan de ellas, porque sabemos muy bien que tan pronto como adoptas una postura fija te conviertes en alguna otra cosa: en periodista o político. Lo que yo busco es un trocito de magia, y no quiero escribir folletos, ni leerlos. Pinto a las mujeres en situaciones de soledad, desesperadas, incluso humillantes, muchas veces a rastras del hombre y casi siempre en busca de una catarsis emocional que no les llega. Ése es mi territorio, y lo conozco por dura experiencia. Si quiere usted saber dónde me parece a mí que está el quid de la desesperación femenina, puedo decírselo: en el mito griego de Edipo y en la exploración que de él hizo Freud se reconoce el deseo del hijo por la madre; pero es que la hija, de pequeña, también desea a la madre. Lo que ocurre es que resulta impensable, en el mito, en la fantasía, en la práctica, que este deseo pueda consumarse.
-Sí, hay cosas que han cambiado para mejor: las mujeres no son ganado, expresan su derecho a que se les pague lo mismo que a los hombres, a ser respetadas, a no ser el «segundo sexo»; pero en la cuestión del emparejamiento las cosas no han cambiado nada. La atracción y el amor sexual no son un impulso de la conciencia, sino del instinto y la pasión, y en este aspecto los hombres y las mujeres son radicalmente distintos. El hombre aún sigue teniendo mayor autoridad y mayor autonomía. Es algo biológico. El destino de la mujer es recibir el esperma y retenerlo, y el del hombre, en cambio, consiste en darlo, y en esa entrega se agota, de ahí que a continuación se retire. Mientras ella, en cierto sentido, está siendo alimentada, él, por el contrario, está siendo vaciado, y, para resucitarse a sí mismo, procede a una huida temporal. Como consecuencia de todo ello, tenemos el resentimiento de la mujer, al verse abandonada, aunque sea por poco tiempo, y el sentimiento de culpabilidad de él, porque se aparta; y, sobre todo, su sentido innato de la autoprotección, por el que tiene que volver a encontrarse.

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This is a magnificent book by the author on the art of literature and his colleagues in conversations with Primo Levi, Aaron Appelfeld, Ivan Klima, Milan Kundera, Edna O’Brien, Mary McCarty, Isaac B. Singer complementing the work with lucid literary analysis about other great authors such as Saul Bellow, Bernard Malamud and Bruno Schulz.

Primo Levi
The writers divide the rest of humanity into two categories: those who listen and those who do not listen. Levi does listen, and this with the whole face, a face modeled with real precision, which, topped by a white beard, looks at sixty-seven as young as a professional enjoyment: the face of irrepressible curiosity and at the same time , of the appreciated dottore.
I have never tried to seriously analyze this shyness of mine, but Mussolini’s racial legislation had to play an important role in it. Other Jewish friends suffered it, there were fellow «Aryans» who cruelly mocked us, telling us that circumcision meant castration; and we, at least on an unconscious level, tended to believe it, with the help of our very puritanical families. I think that at that time, work was for me a sexual compensation, not a true passion.
However, I am fully aware that, after the concentration camp, my work, or rather my two modes of work (chemistry and literature), began to play an important role in my life. I am convinced that human beings are made for an activity aimed at an end, and that leisure, or meaningless work (like the Arbeit of Auschwitz), is a source of suffering and produces atrophy.
Your before and after memories are black and white; those of Auschwitz and the return trip are in Technicolor «. I was right. The family, the home, the factory, are good things in themselves, but they dispossessed me of something that is still missing: the adventure.

Appelfeld
I discovered Kafka here in Israel, during the fifties, and I felt very close, as a writer, from the first contact. He spoke to me in my mother tongue, the German – not the German of the Germans, but the German of the Austro-Hungarian Empire, of Vienna, of Prague, of Chernovtsy, with his special tone, which, by the way, the Jews put great effort in creating.
To my surprise, he not only spoke to me in my mother tongue, but also in another that I knew intimately, that is, the language of the absurd. I knew very well what he was talking about. For me it was not a secret language, and I did not need explanations. I came from the extermination camps and the forests, from a world that incorporated the absurd, and nothing in this world was alien to me. The surprising thing was this: how could a man who had never been in that world know him in such minute detail?
The wonderful thing was that this barrenness had not led to denial or self-hatred, but to a kind of tense curiosity about all Jewish phenomena, especially the Jews of Eastern Europe, the Yiddish language, the Yiddish theater, Hasidism, Zionism and even the ideal of moving to the Palestinian Mandate. This is the Kafka of the newspapers, no less exciting than his work. I discovered a palpable sign of Kafka’s Jewish commitment in his Hebrew calligraphy, because he had studied Hebrew and knew it. His calligraphy is clear and also amazingly beautiful, it is seen that it is drawn with as much effort and concentration as his German calligraphy; but in the Hebrew there is an additional aura of love for the isolated letter.
Kafka did not reveal to me only the absurd world map, but also the charms of his art, which I needed because I was an integrated Jew.

Ivan Klíma
The simplicity of Klíma to create his refined collage – horrendous memories of the concentration camp, ecological reflections, imaginary quarrels between estranged lovers, and a very realistic Kafkaesque analysis, all juxtaposed and adhered to the terrible test of the exciting and exhausting adultery – it is impeccably reconciled with the charming frankness, bordering on adolescent ingenuity, with which that obviously autobiographical character confesses his sentimental confusion.
The book is impregnated with an intelligence whose tenderness colors everything, without finding any obstacle or impediment in irony. Klíma is, in this respect, the antithesis of Kundera, and here is a clarification that might seem superfluous, if it were not for the coincidence of interests between both writers. The temperamental differences between them are considerable, their origins are as distinctly different as the path they take from them, and yet their affinity with the erotically vulnerable, their struggle against political despair, their continual protests the social debris-be it garbage or kitsch-the inclination that in both exists to in-depth commentary and the mixture of literary modes-not to mention their obsession with the black destiny of the marginalized-create an odd relationship between the two, as unlikely as it might seem to them.
Literature has always enjoyed Czechoslovakia not only in popularity, but also in appreciation. This is evidenced by the fact that in a country with less than twelve million inhabitants the books of good writers – both Czechs and foreigners – were published in hundreds of thousands of copies. What’s more, the system is changing in our country at a time when ecological ideas are spreading at a tremendous rate (the environment, in Czechoslovakia, is one of the worst in Europe), and it surely does not make the slightest sense that Let’s fight to purify the environment and, at the same time, pollute our culture. So it is not such a utopian idea to try to influence the mass media to maintain the levels and even to educate the nation. Even if only part of the objective could be achieved, it would already be, as the authors of the memorandum put it, a unique event in the history of the mass media. And, after all, it would not be the first time that these impulses of a spiritual nature come to the world from this small country of ours situated in the center of Europe.
This is due to clandestine works like samizdat.

Kundera
As a cultural historical notion, Eastern Europe is Russia, with its own concrete history anchored in the Byzantine world. Bohemia, Poland, Hungary, like Austria, have never been part of Eastern Europe. From the beginning they participated in the great adventure of Western civilization, with its Gothic, its rebirth, its reform -movement, the latter, which has its cradle precisely in this region. It was from there, from central Europe, that modern culture received its most powerful impulses: psychoanalysis, structuralism, dodecaphony, the music of Bartók, the new novelistic aesthetics of Kafka and Musil. The fact that Russian civilization annexed central Europe (or at least a large part of it) resulted in Western culture losing its center of vital gravity. It is the most important event in the history of the West, in our century, and we can not rule out the possibility that the end of central Europe has also meant the beginning of the end of Europe.
-Man uses the same physiological manifestation-laughter-to express two different metaphysical attitudes. If suddenly someone drops his hat on top of the coffin, in a newly opened tomb, the funeral loses all its meaning and laughter is born. Two lovers run through a meadow, holding hands, laughing. His laughter has nothing to do with any chiste or any kind of humor: it is the serious laughter of the angels when they manifest their joy of existing. Both forms of laughter are part of the pleasures of life, but, taken to the extreme, they also indicate a dual apocalypse: the enthusiastic laughter of angel fanatics, so convinced of their importance in the world, that they are willing to hang around their necks to everyone who does not share their joy. And the other laugh, coming from the opposite side, which proclaims that nothing makes sense anymore, that even funerals are ridiculous and that group sex is a mere comic pantomime. Human existence passes between two abysses: on the one hand, fanaticism; to the other, absolute skepticism.
-The totalitarianism is not only hell, but also the dream of paradise: the ancient dream of a world in which we all live in harmony, united in a single common will and one faith, without keeping any secret to each other. André Breton also dreamed of this paradise when he referred to the glass house in which he longed to live. If totalitarianism had not exploited these archetypes, which we all carry in the deepest and that are deeply rooted in all religions, it would never have attracted so many people, especially during the initial phases of its existence. However, the dream of paradise, as soon as it is set in motion towards its realization, begins to stumble upon people who hinder it, and the rulers of paradise have no choice but to build a small gulag on the side of Eden. With the passage of time, the gulag grows in size and perfection, while the paradise attached to it becomes increasingly poorer and smaller.
– I am always very careful with the words pessimism and optimism. A novel does not affirm anything: a novel seeks and raises questions. I do not know if my nation will perish and I do not know which of my characters is right. I invent stories, I put them face to face, and through this procedure I ask the questions. The stupidity of people comes from having an answer for everything. The wisdom of the novel comes from having a question for everything. When Don Quixote comes out into the world, it becomes a mystery placed before his eyes. Such is the legacy of the first European novel to the whole story of the novel that came later. The novelist teaches the reader to apprehend the world as a question. There is wisdom and tolerance in this attitude. In a world built on sacrosanct truths, the novel is dead. The totalitarian world, basing on Marx, on Islam, or on any other foundation, is a world of answers, instead of questions. The novel has no place in it. In any case, it seems to me that nowadays, in the whole world, people prefer to judge to understand, to answer to ask. Thus, the voice of the novel can barely be heard in the foolish din of human certainties.

Edna O’Brien
To be installed in a certain place and to use it as a scenario of what one writes is a security for the writer, and also an indicator signal for the reader. But he has no choice but to leave when the roots pose an excessive threat, when they affect too much. Joyce said that Ireland is like a sparrow who devours her own litter. He was referring to the attitude of the country with its writers, because it rages against them. It is no coincidence that our two most illustrious elders, Joyce and Mr. Beckett, left to not return, although they did not lose their particular Irish conscience. As far as I’m concerned, I think if I had stayed I would not have written anything. I think I would have been subjected to vigilance and judgment (even more so!), That I would have been left without that invaluable attribute called freedom. Writers are always getting away, and so are I, for many reasons. It is true that I got rid of something and I am sure that something, too, I should have lost: continuity, daily contact with reality. However, if we compare my situation with that of writers from Eastern Europe, I have the advantage that I can always come back.
-The correct position is to tell the truth, write what you think, without regard to the public or any clique. I think that the artist never adopts a position neither for convenience nor for offense. The artists hate the positions and suspect them, because we know very well that as soon as you adopt a fixed posture you become something else: journalist or politician. What I’m looking for is a bit of magic, and I do not want to write brochures, or read them. I paint women in situations of loneliness, desperate, even humiliating, often dragging the man and almost always in search of an emotional catharsis that does not reach them. That is my territory, and I know it from hard experience. If you want to know where it seems to me that the crux of female despair is, I can tell you: in the Greek myth of Oedipus and in Freud’s exploration of it, the son’s desire for the mother is recognized; But the daughter, as a child, also wants the mother. What happens is that it is unthinkable, in myth, in fantasy, in practice, that this desire can be consummated.
-Yes, there are things that have changed for the better: women are not won, they express their right to be paid the same as men, to be respected, unless it is the «second sex»; but in the matter of pairing, things have not changed at all. Attraction and sexual love are not an impulse of consciousness, but of instinct and passion, and in this respect men and women are radically different. Man still has greater authority and greater autonomy. It is something biological. The destiny of the woman is to receive the sperm and to retain it, and the man’s, on the other hand, consists in giving it, and in that delivery it is exhausted, hence it is then withdrawn. While she, in a certain sense, is being fed, he, on the contrary, is being emptied, and, to resurrect himself, he proceeds to a temporary escape. As a consequence of all this, we have the resentment of the woman, to be abandoned, even for a short time, and the feeling of guilt of it, because it departs; and, above all, his innate sense of self-protection, for which he has to meet again.

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