Lágrimas De Sal — Pietro Bartolo & Lidia Tilotta

Es un muy interesante documento de un médico en Lampedusa, puro sentimiento, que nos habla sin tapujos de la consabida inmigración con la cual Europa mira hacia otro lado, pero gente como este ciudadano es más que interesante, donde recuerdo su infancia igualmente muy dura.

No podré soportar tanto sufrimiento, tanto dolor. Muchos de mis colegas, sin embargo, están convencidos de que ya me he acostumbrado, que inspeccionar los cadáveres se ha convertido en una rutina para mí. No es así. Nunca te acostumbras a los niños muertos, a las mujeres que mueren después de dar a luz durante el naufragio, con sus pequeños todavía unidos al cordón umbilical. No te acostumbras al ultraje de cortar un dedo o una oreja para extraer el ADN y dar un nombre, una identidad, a un cuerpo exánime para impedir que sea solo un número. Cada vez que abres una bolsa verde es como si fuera la primera, porque en cada cuerpo encuentras signos que te cuentan la tragedia de un viaje larguísimo.
A menudo se cree que la única dificultad para los refugiados es la travesía marítima. Ese es solo el último paso. He escuchado sus historias muchas veces. La decisión de partir, de abandonar sus países de origen. Después el desierto. El desierto es el infierno, dicen, y no puedes entenderlo si no has estado allí. Poca agua, hacinados en la trasera de la camioneta, si te sientas en el lugar equivocado puedes caerte y morir. Y cuando el agua se acaba, solo puedes sobrevivir bebiendo tu orina. Llegas a Libia, crees que la pesadilla ha terminado, y en cambio empieza otro calvario: la prisión, la tortura, los abusos. Solo si consigues enfrentarte a todo eso, solo si superas tanta crueldad, te embarcas. Y si no mueres en el mar, llegas y esperas volver a empezar tu vida.

Curar las heridas del cuerpo es mi trabajo. Hacer todo lo posible para aliviar el dolor. Una de mis preocupaciones, sin embargo, es no tener las herramientas para sanar las heridas del alma.
Cuando pensamos en los miles de refugiados que llegan todos los días a nuestras costas, nos resulta difícil darles una identidad, enmarcarlos como personas, no reducirlo todo a simples números. Sea como sea, sentimos pena cuando sabemos que sufren agonías atroces o mueren antes de alcanzar la meta deseada. Lloramos cuando vemos a un niño sin vida en los brazos de un socorrista. Podemos conmovernos, incluso llorar, pero es como si viéramos una película. Son sensaciones que duran un tiempo limitado. Todo se simplifica, se trivializa. No existe complejidad en nuestro modo de enfrentarnos al problema.
Casi nunca nos planteamos la cuestión de la debilidad, de la fragilidad emocional, de los traumas de quienes llegan a nuestro país en busca de ayuda.

Una de las actividades económicas más extendidas en Lampedusa era la elaboración de los llamados piscisicchi. Los pescados se metían primero en grandes tanques llenos de un tipo de salmuera y después se sacaban y se colocaban uno al lado del otro en grandes lienzos que se llevaban donde ahora está el aeropuerto. El «campo de aviación» lo llamaban, ya que solo lo usaban los aviones militares. Todas las mañanas, los trabajadores colocaban miles de telas con un pescado tras otro, llenando todo aquel espacio de tierra batida. El efecto era hermoso: los pescados eran plateados y el sol los convertía en un enorme río resplandeciente. Después, todas las noches, las telas eran retiradas porque no podían humedecerse.
Cinco, seis meses después, lo que duraba la transformación, los piscisicchi eran llevados a Sicilia para ser vendidos. No lo parece, pero era un gran esfuerzo, un trabajo agotador. Durante el día, las gaviotas del mar detectaban el olor a pescado y trataban de comérselos, así que los guardas del campo se pasaban todo el tiempo espantándolas.
Los primeros años sufrí horriblemente del mal de mar. Vomitaba sin parar. Buscaba los rincones más aislados del barco pesquero para que no me vieran los demás, y porque me avergonzaba, y sobre todo porque no quería darle a mi padre la sensación de que yo era débil, de que no era lo suficientemente valiente. Pero un día se lo confesé a mi madre. Y ella me preparó una mezcla de vino tinto en el que había hervido treinta clavos de hierro oxidados: se pensaba que aquel brebaje «curtía el estómago». El resultado fue que me emborraché. También me llevó varias veces a casa de una vieja del pueblo, una especie de hechicera. Rezaba, me miraba, me medía la cabeza, los hombros, la pelvis. Algún tiempo después me curé. Ya no me mareé más, y ya no pasé más vergüenza.
Una de las primeras veces que salí al mar en la barca de apoyo del Kennedy fue con un chico poco mayor que yo. Tratando de arrancar el motor, se pilló la mano con la cuerda de arranque. Vi cómo le cortaba dos dedos de un solo tajo, y cómo la sangre salpicaba por todas partes. Tanta que hasta me manchó la cara.

Eran quinientos. En un solo desembarco. Empecé a examinarlos en el muelle. Sarna. Casi todos estaban infectados. Si antes de embarcar te ves obligado a vivir durante meses en Libia en cobertizos inmundos, durmiendo en colchones de paja con mantas llenas de ácaros y piojos, esto es lo menos que puede pasarte. Ácaros que se meten en la piel y cavan surcos y te obligan a rascarte sin cesar, sobre todo por la noche. Y cuanto más te rascas, más profundas se hacen las lesiones y más se infectan, añadiendo dolor al dolor.
Encontrar casos de sarna es algo común, pero esta vez eran realmente muchos los que la tenían. Entre ellos, una pareja de jóvenes eritreos. Nunca había visto una forma de sarna tan devastadora. Tenían las manos que parecían cubiertas de escamas y se rascaban sin parar, no podían evitarlo, torturándose la piel casi como si no les perteneciera. Los llevé a todos al centro de acogida, donde fueron sometidos a un tratamiento muy fuerte, y luego a otro y al día siguiente a otro más, con benzoato de bencilo, una mezcla que funciona perfectamente pero que hay que dosificar con mucho cuidado.
Es cierto, los casos de sarna son frecuentes, pero se resuelven antes incluso de que los migrantes sean transferidos a las instalaciones de primera acogida. Y si nos fijamos en los números, los casos de tuberculosis u otras enfermedades infecciosas son muy raros. Basta con hacer bien el trabajo de médico, coger a tiempo los casos más graves para evitar la infección. Es así. Igual que con los pacientes italianos. No podemos y no debemos dejarnos influenciar por el miedo, debemos abrir nuestras puertas, nuestros hogares. Rita y yo lo hicimos una vez y volveremos a hacerlo.

Durante un desembarco, examiné a sesenta chicos. Eran solo piel y huesos. Deshidratados, hambrientos y quemados por el combustible que durante el viaje por mar se escapa de las latas y les empapa la ropa y les deja en el cuerpo marcas indelebles. Navegaron durante siete días en lo que llaman «tercera clase», la bodega en la que se hacinan los que no tienen suficiente dinero para permitirse el lujo de viajar en cubierta. Sus cuerpos mostraban marcas de tortura, cortes de machete, quemaduras de cigarrillo perpetradas por sus captores. Las prisiones libias son los nuevos campos de concentración. Las condiciones en que viajan los migrantes por el desierto y por el mar no son tan diferentes de las de los deportados en los trenes de la muerte. Y el que hoy quiere levantar muros y rechazar a los refugiados no se comporta de manera muy diferente a la de aquellos colaboradores de Hitler que la filósofa Hannah Arendt definió como «hombres banales».

Hay algo que tal vez no se entienda si no se ha nacido, como nosotros, en una isla lejos de cualquier tierra: abandonar a alguien, quienquiera que sea, a merced de las olas no está permitido, ni siquiera es pensable. Es la ley del mar y nadie puede violarla. Y está tan arraigada que cuando las leyes italianas prohibieron subir a bordo a los migrantes, los pescadores se negaron a obedecer y por eso terminaron varias veces en los juzgados.
También la tenacidad de los submarinistas en su deseo de recuperar a toda costa a las víctimas del fondo del mar es una señal de gran respeto. Significa preservar la dignidad de los que han luchado hasta el último aliento para conquistar una existencia digna de ese nombre.
El trabajo que estos chicos, estos hombres, hacen a diario es extraordinario. A veces es tentador pensar que la vida de los que visten uniforme es fascinante, y a menudo lo es. Pero en raras ocasiones se tienen en cuenta los sacrificios que deben realizar los militares. Siempre lejos de sus familias y, en este caso, siempre dispuestos a hacerse a la mar, tanto cuando está en calma como cuando hay tormenta. Listos para socorrer, para ayudar, en cualquier condición, poniendo sus vidas en peligro. Los veo llegar al muelle agotados, sin un atisbo de fuerza en los brazos; brazos que deben coger a hombres, mujeres y niños antes de que sea demasiado tarde, antes de que se conviertan en cuerpos que recuperar. Una y otra vez las patrulleras llegan justo a tiempo y, como en una imagen a cámara lenta, tienen frente a sí pateras que zozobran y lanzan al mar a decenas de refugiados, o balsas que se desinflan de repente, soltando su carga al abismo.

Sin embargo, una historia aún más aterradora: niños y niños desaparecidos, vendidos al mejor postor o, mejor dicho, cuyos órganos se venden al mejor postor; y no estoy hablando solo de riñones. Niños inocentes utilizados como máquinas que proporcionan valiosas piezas de repuesto. Y yo me pregunto cómo se puede vivir sabiendo que tienes en el cuerpo un riñón o un hígado extirpado a la fuerza a la víctima del sacrificio de turno…
En la base hay, como siempre, un enorme flujo de dinero, que parte de los países «desarrollados» y que vuelve a esos mismos países. El dinero es un demonio que sigue chupando sin escrúpulo alguno la sangre de poblaciones enteras subyugadas e impotentes.
Del tráfico de seres humanos al de órganos humanos. Se ha hecho aún más simple, se convierte a las personas en números sin identidad y, por tanto, es fácil eliminarlas sin dejar rastro.
Afortunadamente hay quienes empiezan a abrir los ojos, a luchar para que los gobiernos tomen conciencia de que esos crímenes deben detenerse. A luchar para que se establezca, también en este caso, una cooperación internacional para atajar semejante comercio.

Doctor, ¿sabe cuántos niños y jóvenes han llegado solos a Italia este año? Siete mil. Se han marchado de sus países tras perder a sus familias, o los han visto morir en el mar.» Siete mil. Una enormidad. Un número que es difícil de visualizar y, aún más, de aceptar. Un número sobre el que debemos hacer hincapié. No es el recuento del enésimo desembarco al que ya nos hemos acostumbrado, hacia el que casi ya no dirigimos nuestra atención cuando el televisor muestra las imágenes de refugiados descendiendo de los barcos que los han rescatado. Esta vez el número es particularmente importante. Siete mil niños y niñas solos, que han perdido en la travesía todo punto de referencia de sus jovencísimas vidas.
Debemos dar una respuesta a esa cifra.
Lampedusa tuvo que usar todas sus fuerzas para hacer frente a una emergencia sin precedentes. La isla entera reaccionó en una maratón de solidaridad. Muchísimas familias abrieron sus casas para recibir a los supervivientes y se hicieron cargo de ellos, luchando al mismo tiempo contra una burocracia que, sin embargo, no pudo dar una respuesta rápida. En el ayuntamiento y en el policlínico los gritos de la alcaldesa y míos eran continuos. Pedíamos atención y ayuda concreta.
Durante meses no pudimos pensar en otra cosa. El 3 de octubre había cambiado para siempre nuestra historia y éramos conscientes de ello.
Al año siguiente se celebró el aniversario de la tragedia no sin controversia y protestas. Hubo un momento de gran emoción cuando llegaron al aeropuerto muchos de los supervivientes que se habían ido de Lampedusa a casa de familiares y amigos en varios países europeos. Los esperaban los lampedusianos que los habían acogido y apoyado. Abrazos, lágrimas: fue un momento emocionante y liberador.

En el Kennedy había aprendido a ser marinero y pescador, y a «curtir el estómago». Había aprendido el verdadero esfuerzo, la abnegación. Había pasado los momentos más bellos con mi padre, que me quería fuerte y valiente, y aquellos más terribles, cuando estuve a punto de perder la vida. Había aprendido a conocer el hambre, y también a disfrutar del placer de una buena jornada de pesca.
Pero, sobre todo, en el Kennedy había aprendido a amar el mar, a no alejarme de él, a tener una necesidad visceral. Un mar que es vida, no muerte.
También para mi padre el mar lo era todo. Cuando el mal comenzó a tomar la delantera, dejó de embarcarse en el Kennedy y volvió a salir con nuestra vieja Pilacchiera, la misma con la que de niño llevaba a turistas, o recogía a los pasajeros si el barco no podía atracar en el puerto.

Esa misma máscara es la que continuamente vemos en las caras, negras, de los desesperados que se han extraviado durante varios días en el mar a merced de las olas. Y cada vez que veo esas máscaras pienso en él. Hijos de un mismo mar.

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