Falso Traidor — Alexander Klein / The Counterfeit Traitor by Alexander Klein

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Este es un magnífico libro sobre Eric Siegfried Erickson, un hombre de negocios y espía voluntario cuya misión consistió en obtener información concerniente a las refinerías nazis de petróleo en el interior de Alemania. Pero, más que esto, es la historia de un hombre que no sólo anduvo del brazo con la muerte durante varios años, sino que sacrificó su vida privada a una causa grandiosa: la victoria aliada en la segunda guerra mundial.
Para llevar a término su misión, Eric «Red» Erickson —natural de Brooklyn, ex jugador de rugby en Cornell y comerciante de petróleo de Texas—, su esposa y su asociado, el príncipe Carl Bernadotte, de la familia real sueca, tuvieron que convertirse en verdaderos parias, repudiados por sus familias y amigos, y despreciados por sus compatriotas como traidores. Tuvieron que renegar, también, de su fe en la democracia y en las relaciones humanas honradas. Porque adoptaron, como disfraz, una nueva serie de valores, los valores del racismo nazi y del totalitarismo.

“Certifico que el barón Gerhard von Oldenbourg, de Berlín, colabora conmigo en la obtención de información vital. Debidamente autorizado por mis superiores de la Embajada Americana en Estocolmo, he prometido al barón Von Oldenbourg que los aliados recompensarán generosamente su labor en su servicio, después de la victoria. Extiendo y suscribo este documento para que, en caso de que yo muriese, sirva de testimonio de los servicios de Von Oldenbourg en nuestro favor. Todas las consideraciones de que sea objeto serán muy apreciadas por el suscrito.
ERIC S. ERICKSON.”

Erickson tardó muy poco en enterarse de que los alemanes paliaban sus efectos activando empresas poco productivas y acelerando las reparaciones. Parecía muy claro que el resultado decisivo se obtendría sólo a base de repetidos y continuos ataques.
Durante sus viajes a Alemania, posteriores al comienzo de las incursiones aliadas sobre las refinerías, Erickson se sentía muy nervioso. La primera vez que una autoridad del petróleo mencionó uno de aquellos ataques, tuvo que hacer un gran esfuerzo para responder:
—Sí, lo he leído. Espero que no causó muchos daños.
Pero pronto se adaptó a la nueva situación. Y, gracias a las conversaciones sostenidas personalmente, o por medio de sus asociados, pudo incluso suministrar valiosos informes a los aliados sobre los resultados de los bombardeos. Durante aquel período, sin embargo, se vio expuesto a un nuevo peligro, que no había calculado.

En conversación con el mismísimo Himmler:
La refinería que nos proponemos construir en Suecia responde precisamente a esta suerte de planteamiento minucioso. Tendrá un valor positivo y directo. Y, al propio tiempo, tiene usted razón al afirmar que el anuncio del plan subrayará de modo incontrovertible la confianza del Reich en la victoria final.
Durante unos interminables segundos, Himmler continuó silencioso, con una mano apoyada en el puño del sable. Después, asintió con un movimiento de cabeza, primero muy lento, como embebido aún en sus secretos pensamientos, y después con mayor animación.
—Ja, su refinería tiene muchas posibilidades —dijo. Y acercándose a su mesa, se sentó, cogió el proyecto y lo examinó de nuevo—. Sin embargo, la gente de Ribbentrop no parece estar de acuerdo con la mía. —Rechazó el obstáculo con un gesto de la mano—. Los diplomáticos son los hombres más estúpidos del mundo. Cuando se trata de cuestiones prácticas, resultan totalmente inútiles.
Erickson contuvo la respiración para ahogar un profundo suspiro de alivio. Por lo visto, todo iba a terminar bien. Tal vez había llegado el momento de plantear la cuestión crucial: la inspección que se proponía realizar en las refinerías sintéticas. Pero, ante todo, debía dar pruebas de su realismo ingenuo.

Herr Reichsführer —dijo Erickson—, no me guía sólo el altruismo en este asunto. La refinería sería una inversión muy provechosa para todos los interesados… y entre éstos me cuento yo.
—Al menos, es usted sincero —dijo Himmler—. Nada me fastidia tanto como la hipócrita actitud de nobleza que asumen algunos de nuestros industriales, los cuales, en realidad, no tienen la menor idea de lo que es el sacrificio.
Después, se inclinó hacia delante y espetó a Erickson una pregunta inesperada:
—Dígame: ¿cómo reaccionó usted a la entrada de nuestras tropas en Dinamarca y en Noruega? ¿No sintió cierta simpatía por sus hermanos de sangre escandinavos?
—Naturalmente —respondió Erickson—. Cuando oigo que los noruegos se niegan tontamente a colaborar con ustedes y reciben por ello el trato consiguiente, lo siento por ellos… de momento. Pero no soy sentimental, y no pierdo mucho tiempo compadeciendo a los tontos descarriados. Desde el punto de vista militar, aquellas zonas tienen una gran importancia estratégica. Si ustedes no hubiesen actuado, lo habrían hecho los aliados, Y entonces, los tontos habrían sido ustedes.
Himmler asintió con la cabeza. Después, mirando fijamente a Erickson, dijo:
—Otra cosa me ha llamado la atención, Erickson. ¿Qué le impulsó a ponerse de nuestro lado? ¿Usted… un americano?
—Ex americano —le corrigió Erickson—. El hecho es que empecé a interesarme profundamente por sus ideales nacionalsocialistas mucho antes de empezar a colaborar activamente con ustedes. Espero que no lo tome como señal de egolatría si le digo que, en lo esencial, compartía ya sus ideas incluso antes de que el Führer expusiera brillantemente su filosofía fundamental y su programa.
—¿Y cómo fue eso? —preguntó Himmler, acariciándose reflexivamente el bigote.
—Pues bien —comenzó Erickson, pausadamente—, siempre he sostenido la opinión de que el mundo pertenece a los fuertes y a los capacitados, y debe ser debidamente organizado y dirigido por aquellos que poseen un carácter superior. La mejor sangre es la que debe gobernar. Es una ley natural que debe ser impuesta para el bien común. ¿Tiene el tigre que arrodillarse ante el gusano, o bien debe aplastarlo si se interpone en su camino? Naturalmente —sonrió, con tristeza—, estas opiniones no eran muy populares en América. Ya sabe usted la influencia que tienen allí los judíos. Son una pequeña minoría, pero se infiltran en todos los medios influyentes. Y, dondequiera que van, enturbian las aguas.
—Ja, los judíos y los malditos francmasones —dijo Himmler, sacudiendo la cabeza enérgicamente—. Ellos juntos gobiernan América.
—Entonces, puede usted comprender por qué dejé los Estados Unidos hace muchos, muchísimos años —prosiguió Erickson—. Y debo decir que sólo después de abandonar América tuve ocasión de explotar debidamente mis aptitudes.
—Comprendo —dijo Himmler, tamborileando con las puntas de los dedos sobre la mesa—. ¿Y por qué se estableció en Suecia?
Erickson sonrió:
—La respuesta a esto es bastante prosaica. Mientras visitaba la patria de mis antepasados, se me presentaron excelentes oportunidades de hacer negocios. Ya ve usted si fue sencillo.

Erickson proseguía la «Operación Globo» como dentro de una pecera, bajo constante observación, pronto llegó a considerarla como una tarea; y no porque dejara de sentir ansiedad, sino más bien a la manera del soldado de infantería que —por la fuerza— se acostumbra a vivir entre el zumbido de las balas y el estallido de los obuses, como parte de su existencia cotidiana hasta el momento en que sale de permiso, o que —circunstancia ya no esperada— termina la guerra.
Cuando Hitler, en su Führerbunker de Berlín, se enteró de las secretas y autónomas maniobras de Himmler, se lamentó amargamente de la «traición» de su primer lugarteniente, y en su testamento político, redactado en el momento antes de suicidarse, le expulsó del partido y le desposeyó de todos sus cargos.
Pero, a la sazón, todo esto no era más que papeleo inútil. El Partido nazi y el Estado nazi habían dejado de existir. Heinrich Himmler, incapaz de evitar su captura por los aliados, escapó a su justicia mordiendo una cápsula de cianuro que llevaba oculta en la boca. Casi en el mismo momento, en Estocolmo, la esposa de Erickson, Ingrid, con la calurosa aprobación de éste, hizo añicos el busto de Adolf Hitler que Himmler les había regalado.
El jefe de la Gestapo murió sin enterarse del tremendo engaño de que Erickson le había hecho víctima. Pero Wilhelm Kortner vivió, fue capturado y supo toda la verdad. Lo mismo le ocurrió a Herr Ulrich, que tanto había laborado para demostrar que Erickson era un espía. Detenido por los aliados bajo graves acusaciones, la confirmación de su perspicacia no debió de servirle de gran consuelo.

Eran las nueve de la noche de uno de los primeros días del mes de junio de 1945, la concurrencia era muy numerosa, pues todos los amigos y conocidos que habían despreciado a Ingrid, a Erickson y al príncipe Carl Bernadotte durante los últimos cuatro años, habían sido invitados. También estaban presentes algunos miembros destacados de la Legación británica. Cuando todos estuvieron reunidos, se levantó un miembro de la Embajada americana y se dirigió a los invitados.
Sólo hubo una persona en el salón que no participó de la sorpresa de los demás. Ni tuvo necesidad de hacer cola para presentar sus excusas. Este hombre era Paul Wallenberg, el único entre todos los amigos de Erickson que había adivinado la verdad desde el principio.
La historia del verdadero papel representado por Erickson apareció en primera página de los periódicos suecos. El diario que le había flagelado implacablemente tres meses antes encabezó su artículo con estos titulares:
EL HOMBRE QUE ENGAÑÓ A HIMMLER.

La misma semana de la fiesta en la Embajada americana, el día 3 de junio de 1945, los parientes de Erickson en los Estados Unidos, que le habían repudiado en 1941, recibieron confirmación de las buenas noticias que él les había escrito unos días antes. Porque aquella mañana el Times de Nueva York publicaba un artículo bajo el siguiente título:
NAZI SUECO TUVO TRES AÑOS ENGAÑADO AL ENEMIGO:
PUESTO EN LA LISTA NEGRA POR LOS EE.UU.,
SUMINISTRÓ A LOS ALIADOS DATOS SECRETOS SOBRE REFINERÍAS SINTÉTICAS.

Indudablemente, el Alto Mando alemán se alarmó mucho ante los ataques a las instalaciones petrolíferas y ordenó a la Luftwaffe que se opusiera a ellos con todas sus fuerzas… Estos ataques estratégicos contra el Reich contribuyeron muchísimo a que las fuerzas invasoras del «Día D» no fueran molestadas por las Fuerzas Aéreas alemanas…
»El hecho de obligar a la Luftwaffe a permanecer dentro de Alemania y las severas pérdidas que se le infligieron tuvieron no poca importancia, pero lo que más perjudicó al enemigo fue el daño causado a los centros de producción de carburantes. Los dos meses que siguieron al «Día D» no revelaron los apuros alemanes en el abastecimiento de petróleo, pero, desde agosto de 1944 en adelante, todas las fuerzas alemanas se vieron gravemente perjudicadas por la falta de carburante y de lubrificantes.

Chester Wilmont describe las graves pérdidas de la Luftwaffe a causa del bombardeo de las instalaciones petrolíferas:
«Debido a la escasez de gasolina de aviación, el período de instrucción de los pilotos y los vuelos de prueba de los aparatos habían sido severamente restringidos. Aquel verano (de 1944), los pilotos de caza alemanes entraban en acción después de haber realizado únicamente la cuarta parte de horas de vuelo de sus adversarios ingleses y americanos, y el tiempo de permanencia de los motores en el banco de pruebas se había reducido de dos horas a media hora. Fue una economía perjudicial, pues las bajas producidas por la inexperiencia y las averías mecánicas fueron extraordinariamente elevadas…» (La lucha por Europa.)

En octubre de 1944, Erickson informó también sobre una nueva y gran fábrica secreta de motores de avión a reacción. En aquel tiempo, interesaba enormemente a los aliados descubrir y destruir aquella fábrica:
«Los jefes aliados estaban convencidos de que los cazas convencionales alemanes no lograrían impedir su plan de bombardeo estratégico… los aviones a reacción, empero, eran cosa muy distinta.

La operación más fructífera de toda la guerra aérea estratégica de los aliados fue la dirigida contra el abastecimiento alemán de carburante. En realidad, fue el golpe de muerte contra la Luftwaffe.
»Las incursiones de las escuadrillas aliadas contra las instalaciones petrolíferas alemanas fue el más importante de los factores combinados que originaron el colapso de Alemania.»(General Adolf Galland, comandante en Jefe de las Fuerzas de Caza alemanas.)

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This is a great book on Eric Siegfried Erickson, a businessman and volunteer spy whose mission was to obtain information concerning the Nazi oil refineries in the interior of Germany. But, more than this, it is the story of a man who not only walked arm in arm with death for several years, but sacrificed his private life to a great cause: the Allied victory in the Second World War.
To complete his mission, Eric «Red» Erickson – a native of Brooklyn, a former rugby player at Cornell and a Texas oil trader -, his wife and associate, Prince Carl Bernadotte, of the Swedish royal family, had to become true pariahs, repudiated by their families and friends, and despised by their countrymen as traitors. They had to renege, too, on their faith in democracy and honest human relations. Because they adopted, as a disguise, a new set of values, the values ​​of Nazi racism and totalitarianism.

«I certify that Baron Gerhard von Oldenbourg, of Berlin, collaborates with me in obtaining vital information. Duly authorized by my superiors of the American Embassy in Stockholm, I have promised Baron Von Oldenbourg that the Allies will generously reward their work in their service, after the victory. I extend and subscribe this document so that, should I die, it serves as a testimony of the services of Von Oldenbourg in our favor. All the considerations of which it is object will be very appreciated by the undersigned.
ERIC S. ERICKSON. »

It took Erickson very little to learn that the Germans mitigated their effects by activating unproductive companies and speeding up repairs. It seemed very clear that the decisive result would be obtained only on the basis of repeated and continuous attacks.
During his trips to Germany, after the beginning of the Allied raids on the refineries, Erickson felt very nervous. The first time that an oil authority mentioned one of those attacks, it had to make a great effort to respond:
-Yes I have readed it. I hope it did not cause much damage.
But soon he adapted to the new situation. And, thanks to the conversations held personally, or through his associates, he was even able to provide valuable reports to the allies about the results of the bombings. During that period, however, he was exposed to a new danger, which he had not calculated.

In conversation with Himmler himself:
The refinery that we propose to build in Sweden responds precisely to this kind of meticulous approach. It will have a positive and direct value. And, at the same time, you are right in stating that the announcement of the plan will underline incontrovertibly the confidence of the Reich in the final victory.
For an endless few seconds, Himmler continued silent, one hand resting on the saber’s fist. Then he nodded, first very slowly, as if still imbued with his secret thoughts, and then with more animation.
«Ja, your refinery has many possibilities,» he said. And approaching his table, he sat down, picked up the project and examined it again. However, the people of Ribbentrop do not seem to agree with mine. He dismissed the obstacle with a wave of his hand. Diplomats are the stupidest men in the world. When it comes to practical issues, they are totally useless.
Erickson held his breath to stifle a deep sigh of relief. Apparently, everything was going to end well. Perhaps the time had come to raise the crucial question: the inspection that was proposed to be carried out in synthetic refineries. But, first of all, he had to give proof of his naive realism.

Herr Reichsführer, «Erickson said,» I am not guided solely by altruism in this matter. The refinery would be a very profitable investment for all those interested … and among these I count myself.
«At least you are sincere,» said Himmler. Nothing annoys me as much as the hypocritical attitude of nobility assumed by some of our industrialists, who, in reality, have no idea what sacrifice is.
Then he leaned forward and snapped at Erickson an unexpected question:
– Tell me: how did you react to the entry of our troops in Denmark and Norway? Did not you feel some sympathy for your Scandinavian blood brothers?
«Naturally,» Erickson replied. When I hear that the Norwegians stupidly refuse to collaborate with you and receive the consequent treatment for it, I feel sorry for them … for the time being. But I’m not sentimental, and I do not waste a lot of time pitting the foolish fools. From the military point of view, those areas have a great strategic importance. If you had not acted, the allies would have done it, And then, the fools would have been you.
Himmler nodded. Then, staring at Erickson, he said:
– Another thing has caught my attention, Erickson. What drove you to get on our side? Do you … an American?
«American,» Erickson corrected him. The fact is that I began to be deeply interested in your National Socialist ideals long before you began to actively collaborate with you. I hope you do not take it as a sign of egotism if I tell you that, in essence, I already shared his ideas even before the Führer brilliantly exposed his fundamental philosophy and program.
-And how was that? Himmler asked, reflexively stroking his mustache.
«Well,» Erickson began, slowly, «I have always held the opinion that the world belongs to the strong and the capable, and must be properly organized and directed by those who possess a superior character. The best blood is the one that must govern. It is a natural law that must be imposed for the common good. Does the tiger have to kneel before the worm, or must he crush it if it gets in his way? Naturally, «he smiled sadly,» these opinions were not very popular in America. You already know the influence of the Jews there. They are a small minority, but they infiltrate all the influential media. And, wherever they go, they muddy the waters.
«Ha, the Jews and the damned Freemasons,» said Himmler, shaking his head energetically. They together govern America.
«Then you can understand why I left the United States many, many years ago,» Erickson went on. And I must say that only after leaving America did I have the opportunity to properly exploit my skills.
«I understand,» said Himmler, drumming the tips of his fingers on the table. And why was it established in Sweden?
Erickson smiled:
-The answer to this is pretty prosaic. While visiting the homeland of my ancestors, I was presented with excellent business opportunities. You see if it was simple.

Erickson continued the «Operation Globo» as in a fish tank, under constant observation, soon came to consider it as a task; and not because he stopped feeling anxious, but rather in the manner of the infantryman who – by force – becomes accustomed to living between the buzzing of bullets and the explosion of howitzers, as part of his daily existence so far in which it leaves on leave, or that -circumstance no longer expected- the war ends.
When Hitler, in his Berlin Führerbunker, learned of Himmler’s secret and autonomous maneuvers, he bitterly lamented the «treason» of his first lieutenant, and in his political testament, drafted in the moment before committing suicide, he expelled him from party and dispossessed him of all his charges.
But, at the time, all this was just useless paperwork. The Nazi Party and the Nazi State had ceased to exist. Heinrich Himmler, unable to avoid his capture by the allies, escaped his justice by biting a cyanide capsule that he had hidden in his mouth. Almost at the same moment, in Stockholm, Erickson’s wife, Ingrid, with his warm approval, smashed the bust of Adolf Hitler that Himmler had given them.
The head of the Gestapo died without learning of the tremendous deception that Erickson had made him a victim. But Wilhelm Kortner lived, was captured and knew the whole truth. The same happened to Herr Ulrich, who had worked so hard to prove that Erickson was a spy. Arrested by the allies under serious accusations, the confirmation of his insight should not have served as a great consolation.

It was nine o’clock on the night of one of the first days of the month of June 1945, the attendance was very large, as all the friends and acquaintances who had despised Ingrid, Erickson and Prince Carl Bernadotte during the last four years, They had been invited. Some prominent members of the British Legation were also present. When everyone was assembled, a member of the American Embassy stood up and addressed the guests.
There was only one person in the room who did not participate in the surprise of the others. Nor did he have to stand in line to present his excuses. This man was Paul Wallenberg, the only one among all Erickson’s friends who had guessed the truth from the beginning.
The story of the real role represented by Erickson appeared on the front page of Swedish newspapers. The newspaper that had flagellated him relentlessly three months earlier topped his article with these headlines:
THE MAN WHO DECEIVED HIMMLER.

The same week of the party at the American Embassy, ​​on June 3, 1945, Erickson’s relatives in the United States, who had repudiated him in 1941, received confirmation of the good news he had written a few days before. Because that morning the Times of New York published an article under the following title:
NAZI SWEDISH WAS THREE YEARS DECEIVED TO THE ENEMY:
PLACED ON THE BLACK LIST BY THE USA,
IT SUPPLIED THE ALLIES SECRET DATA ON SYNTHETIC REFINERIES.

Undoubtedly, the German High Command was very alarmed at the attacks on the oil installations and ordered the Luftwaffe to oppose them with all their might … These strategic attacks against the Reich greatly contributed to the invasion of the «D-Day» not were bothered by the German Air Force …
«The fact of forcing the Luftwaffe to remain inside Germany and the severe losses inflicted on it were of little importance, but what most damaged the enemy was the damage done to the fuel production centers. The two months that followed «D-Day» did not reveal the German troubles in the oil supply, but, from August 1944 onward, all German forces were seriously harmed by the lack of fuel and lubricants.

Chester Wilmont describes the serious losses of the Luftwaffe due to the bombing of the oil installations:
«Due to the shortage of aviation gasoline, the period of instruction of the pilots and the test flights of the aircraft had been severely restricted. That summer (of 1944), the German fighter pilots came into action after having only made a quarter of flight hours of their English and American adversaries, and the time spent by the engines on the test bench had been reduced from two hours to half an hour. It was a harmful economy, as the casualties caused by inexperience and mechanical breakdowns were extraordinarily high … «(The struggle for Europe.)

In October 1944, Erickson also reported on a new and large secret factory of jet aircraft engines. At that time, the allies were greatly interested in discovering and destroying that factory:
«The Allied commanders were convinced that conventional German fighters would not succeed in preventing their strategic bombing plan … jet planes, however, were a very different thing.

The most successful operation of the entire strategic air war of the allies was directed against the German fuel supply. Actually, it was the death blow against the Luftwaffe.
»Allied squadron raids against the German oil installations were the most important of the combined factors that led to the collapse of Germany.» (General Adolf Galland, Commander-in-Chief of the German Hunting Forces.)

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