Atrapados, Cómo Las Máquinas Se Apoderan De Nuestras Vidas — Nicholas Carr / The Glass Cage: How Our Computers Are Changing Us by Nicholas Carr

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Este es otro interesante libro del autor donde nos habla del binomio entre los seres humanos y la tecnología.

A lo largo de la historia de la humanidad, los humanos nos hemos valido de herramientas para hacer tareas. Esas herramientas han ido ganando en complejidad y, en el momento actual, no sólo son capaces de liberarnos de tareas repetitivas o ingratas, sino que son capaces de hacerlas de forma autónoma, mejor y más rápido que un trabajador humano. Hay tareas en las que los humanos aún aventajan a las máquinas. La medicina o la arquitectura, por ejemplo, tienen un importante componente humano que las máquinas no son capaces de replicar. Sin embargo, con unos ordenadores cada vez más potentes y un software cada vez más sofisticado, es probablemente una cuestión de tiempo que incluso estos ámbitos sean conquistados por las máquinas. Este es el dilema que nos presenta Nicholas Carr en su libro: ¿Debemos poner nuestras vidas en manos de unas máquinas más eficientes que nosotros? ¿Debemos seguir usándolas como herramientas de un operador humano? En ese caso, si hay discrepancia entre el criterio de ambos ¿Cuál debe prevalecer?.
En resumen, Nicholas Carr no es un ludita que quiera destruir las nuevas herramientas tecnológicas porque acaben con puestos de trabajo, como hacían los luditas a comienzos del siglo XIX; pero lo que sí hace es avisarnos con lucidez y con un mínimo de aspavientos catastrofistas de los costes ocultos de la automatización en áreas como la aviación, la medicina o el diseño arquitectónico asistido por ordenador.
Las tecnologías «inteligentes» pueden, si nos entregamos en sus brazos confiadamente, robarnos o amputarnos algunas de las habilidades y destrezas que nos ha costado mucho conquistar. Muy aleccionador es a este respecto el ejemplo que nos presenta Carr de los inuit del norte de Canadá, capaces durante siglos de orientarse en medio del hielo y la oscuridad en sus largas partidas de caza del caribú, pero que en época reciente han adoptado los GPS. Esto ha ahorrado a las nuevas remesas de jóvenes cazadores el largo aprendizaje de orientación en un medio hostil a que se veían sometidos sus antecesores, pero también les ha despojado de sus facultades ancestrales y les ha dejado más expuestos a accidentes en que sus mayores no habrían caído, como sucumbir al atravesar zonas con delgadas capas de hielo.
Menos logrado que «Superficiales», «Atrapados» continúa rayando sin embargo a gran altura, y se lee con deleite y aprovechamiento.

¿Dónde residen, por ejemplo, la culpabilidad y la responsabilidad si un automóvil dirigido por ordenador causa un accidente que mata o hiere a alguien? ¿En el propietario del coche? ¿En el fabricante que instaló el sistema de conducción automática? ¿En los programadores que escribieron el software? Hasta que estas cuestiones espinosas se resuelvan, no parece probable que los coches totalmente automatizados pueblen los concesionarios.
El progreso seguirá adelante de todas formas. Gran parte del hardware y del software de los coches de prueba de Google acabará siendo incorporado a generaciones futuras de coches y camiones.
El problema con la automatización es que muchas veces nos da lo que no necesitamos a costa de lo que sí.

A raíz de la gran recesión de 2008, la preocupación regresó con más fuerza que nunca. A mediados de 2009 la economía estadounidense, recuperándose espasmódicamente del colapso económico, empezó de nuevo a expandirse. Los beneficios empresariales rebotaron. Las empresas aumentaron sus inversiones de capital hasta niveles prerrecesión. El mercado bursátil subía. Pero las contrataciones no siguieron el mismo camino. Aunque no es inusual que las empresas esperen hasta que una recuperación esté bien establecida para contratar trabajadores nuevos, esta vez el retraso en las contrataciones parecía interminable. El crecimiento del empleo seguía siendo muy tibio, la tasa de desempleo empecinadamente alta. En busca de una explicación, y un culpable, la gente miró al sospechoso habitual: la tecnología reductora de trabajo.
Hacia finales de 2011, dos prestigiosos investigadores del MIT, Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, publicaron un breve libro electrónico, La carrera contra la máquina, en el que reprendían suavemente a economistas y gestores políticos por descartar la posibilidad de que la tecnología de oficina estuviera reduciendo sustancialmente la necesidad de nuevos empleados por parte de las empresas.

Si se quieren comprender las consecuencias humanas de la automatización, el primer sitio donde mirar es hacia arriba. Aerolíneas y fabricantes de aviones, así como agencias gubernamentales y militares como la Administración Federal de Aviación, la NASA y la fuerza aérea estadounidense, han sido particularmente insistentes y especialmente ingeniosos en encontrar formas de transferir el trabajo de personas a máquinas. Lo que los diseñadores de coches hacen con ordenadores hoy lo hacían diseñadores de aeronaves hace décadas. Y puesto que un simple error en una cabina puede costar muchas vidas y muchos millones, gran parte del dinero privado y público ha ido a financiar investigaciones psicológicas y conductuales sobre los efectos de la automatización. Durante décadas, científicos e ingenieros han estado estudiando cómo influye la automatización en las habilidades, percepciones, pensamientos y acciones de los pilotos. Mucho de lo que sabemos acerca de lo que ocurre cuando las personas trabajan al alimón con ordenadores procede de esta investigación.
La transformación experimentada por la aviación en las últimas décadas —el cambio de sistemas mecánicos a digitales, la proliferación del software y de las pantallas, la automatización del trabajo mental y manual, la difuminación de lo que significa ser un piloto— ofrece una hoja de ruta para la transformación, mucho más amplia, que está sufriendo la sociedad ahora.

Si no somos cuidadosos, la automatización del trabajo mental, al cambiar la naturaleza y el foco de la empresa intelectual, podría acabar erosionando una de las bases de la cultura misma: nuestro deseo por entender el mundo. Puede que los algoritmos predictivos estén sobrenaturalmente facultados para descubrir correlaciones, pero son indiferentes a las causas subyacentes de tendencias y fenómenos. Sin embargo, es el desciframiento de la causalidad —el desbrozamiento meticuloso de cómo y por qué las cosas funcionan como lo hacen— lo que extiende el ámbito del entendimiento humano y a la larga da sentido a nuestra búsqueda de conocimiento. Si acabamos considerando suficientes cálculos automatizados de probabilidad para nuestros propósitos profesionales y sociales, corremos el riesgo de perder, o al menos debilitar, nuestro deseo y motivación de buscar explicaciones, de aventurarnos por los caminos tortuosos que conducen a la sabiduría y el asombro. ¿Para qué molestarse, si un ordenador puede escupir «la respuesta» en un milisegundo o dos?.

Como padres entrometidos que nunca dejan a sus hijos hacer nada por sí mismos, Google, Facebook y otros fabricantes de software personal terminan por degradar y disminuir cualidades de carácter que, al menos en el pasado, han sido consideradas esenciales para una vida completa y vigorosa: ingenio, curiosidad, independencia, perseverancia, atrevimiento.
El mundo moderno siempre ha sido complicado. Fragmentado en dominios especializados de destreza y conocimiento, vinculado a sistemas económicos y de otro tipo, desaira cualquier intento de comprenderlo en su totalidad. Pero ahora, en un grado mucho mayor que nada que hayamos experimentado anteriormente, su misma complejidad se nos esconde. Está encubierta por la simplicidad astutamente concebida de la pantalla, de la interfaz de fácil manejo y sin fricciones. Estamos rodeados por lo que el politólogo Langdon Winner ha denominado «complejidad electrónica oculta». Las «relaciones y conexiones» que alguna vez fueron «parte de la experiencia mundana», manifiestas en interacciones directas entre personas y entre personas y cosas, han sido «envueltas en la abstracción». En el momento en que una tecnología inescrutable se convierte en una tecnología invisible, sería de sabios preocuparse. En ese momento, los supuestos e intenciones de la tecnología han infiltrado nuestros propios deseos y acciones. Ya no sabemos si el software nos está ayudando o nos está controlando. Estamos al volante, pero no podemos estar seguros de quién conduce.

La fe en la tecnología como una fuerza autónoma benevolente y autocurativa es seductora. Nos permite sentirnos optimistas sobre el futuro mientras nos quita responsabilidad sobre ese futuro. Conviene especialmente a los intereses de aquellos que se han enriquecido extraordinariamente a través de la reducción del trabajo, centrada en los beneficios, producida por los sistemas automatizados y los ordenadores que los controlan. Suministra a nuestros nuevos plutócratas una narrativa heroica en la que interpretan papeles protagonistas: las pérdidas recientes de empleos pueden ser desafortunadas, pero son un mal necesario en el camino a la emancipación eventual de la raza humana de manos de los esclavos informatizados que nuestras empresas benevolentes están creando. Peter Thiel, un emprendedor e inversor exitoso que se ha convertido en uno de los pensadores más destacados de Silicon Valley, concede que «una revolución robótica tendría básicamente el efecto de hacer que la gente perdiera sus empleos». Pero se apresura a añadir que «tendría la ventaja de liberar a las personas para hacer muchas otras cosas».

La meta es el júbilo. El alma activa es un alma ligera. Al reclamar nuestras herramientas como parte de nosotros, como instrumentos de experiencia en lugar de meros medios de producción, podemos disfrutar la libertad que ofrece la tecnología grata cuando nos expande el mundo.

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This is another interesting book by the author where he talks about the binomial relationship between human beings and technology.

Throughout the history of mankind, humans have used tools to do tasks. These tools have been gaining in complexity and, at the present time, not only are they able to free us from repetitive or ungrateful tasks, but they are capable of doing them autonomously, better and faster than a human worker. There are tasks in which humans still overtake machines. Medicine or architecture, for example, have an important human component that machines are not capable of replicating. However, with increasingly powerful computers and increasingly sophisticated software, it is probably a matter of time before even these areas are conquered by machines. This is the dilemma presented by Nicholas Carr in his book: Should we put our lives in the hands of more efficient machines than we? Should we continue to use them as tools of a human operator? In that case, if there is a discrepancy between the criterion of both, which one should prevail?
In short, Nicholas Carr is not a Luddite who wants to destroy the new technological tools because they end up with jobs, as the Luddites did at the beginning of the 19th century; but what it does do is warn us with lucidity and with a minimum of catastrophic fuss about the hidden costs of automation in areas such as aviation, medicine or computer-aided architectural design.
The «smart» technologies can, if we confidently surrender in their arms, steal or amputate some of the skills and abilities that it has cost us a lot to conquer. It is very instructive in this regard the example that Carr of the Inuit of northern Canada, capable for centuries of orientation in the midst of ice and darkness in their long hunting parties of the caribou, but in recent times have adopted the GPS . This has saved the new remittances of young hunters the long learning orientation in a hostile environment to which their ancestors were subjected, but it has also stripped them of their ancestral faculties and has left them more exposed to accidents in which their elders would not have fallen, how to succumb to traverse areas with thin layers of ice.
Less achieved than «Superficial», «Trapped» continues to scratch at a great height, and it is read with delight and advantage.

Where do they reside, for example, guilt and responsibility if a computer-driven car causes an accident that kills or injures someone? In the owner of the car? In the manufacturer that installed the automatic driving system? In the programmers who wrote the software? Until these thorny issues are resolved, it does not seem likely that fully automated cars will populate the dealerships.
Progress will go forward anyway. Much of the hardware and software of Google’s test cars will eventually be incorporated into future generations of cars and trucks.
The problem with automation is that it often gives us what we do not need at the expense of what we do.

In the aftermath of the great recession of 2008, concern returned more strongly than ever. In mid-2009 the US economy, spasmodically recovering from the economic collapse, began to expand again. Business profits rebounded. The companies increased their capital investments to pre-recession levels. The stock market rose. But hiring did not follow the same path. Although it is not unusual for companies to wait until a recovery is well established to hire new workers, this time the delay in hiring seemed endless. Employment growth was still very warm, the unemployment rate stubbornly high. In search of an explanation, and a guilty party, people looked at the usual suspect: the reducing technology of work.
Towards the end of 2011, two prestigious MIT researchers, Erik Brynjolfsson and Andrew McAfee, published a short electronic book, The Race Against the Machine, in which they gently rebuked economists and political managers for ruling out the possibility that office technology was substantially reducing the need for new employees by companies.

If you want to understand the human consequences of automation, the first place to look is up. Airlines and aircraft manufacturers, as well as government and military agencies such as the Federal Aviation Administration, NASA and the US Air Force, have been particularly insistent and especially ingenious in finding ways to transfer people’s work to machines. What car designers do with computers today was done by aircraft designers decades ago. And since a simple mistake in a booth can cost many lives and many millions, much of the private and public money has gone to fund psychological and behavioral research on the effects of automation. For decades, scientists and engineers have been studying how automation influences the skills, perceptions, thoughts and actions of pilots. Much of what we know about what happens when people work together with computers comes from this investigation.
The transformation experienced by aviation in recent decades – the change from mechanical to digital systems, the proliferation of software and screens, the automation of mental and manual work, the blurring of what it means to be a pilot – offers a road map. route for the transformation, much wider, that society is suffering now.

If we are not careful, the automation of mental work, by changing the nature and focus of the intellectual enterprise, could end up eroding one of the bases of culture itself: our desire to understand the world. Predictive algorithms may be supernaturally capable of discovering correlations, but they are indifferent to the underlying causes of trends and phenomena. However, it is the decipherment of causality – the meticulous clearing of how and why things function as they do – that extends the scope of human understanding and ultimately gives meaning to our quest for knowledge. If we end up considering enough automated probability calculations for our professional and social purposes, we run the risk of losing, or at least weakening, our desire and motivation to seek explanations, to venture down the tortuous paths that lead to wisdom and wonder. Why bother, if a computer can spit «the answer» in a millisecond or two?

As intrusive parents who never let their children do anything for themselves, Google, Facebook and other personal software manufacturers end up degrading and diminishing qualities of character that, at least in the past, have been considered essential for a full and vigorous life : wit, curiosity, independence, perseverance, daring.
The modern world has always been complicated. Fragmented in specialized domains of skill and knowledge, linked to economic and other systems, it discourages any attempt to understand it in its entirety. But now, to a degree far greater than anything we have experienced before, its very complexity is hidden from us. It is concealed by the cleverly conceived simplicity of the screen, of the user-friendly and frictionless interface. We are surrounded by what political scientist Langdon Winner has called «hidden electronic complexity.» The «relationships and connections» that were once «part of the mundane experience,» manifested in direct interactions between people and between people and things, have been «wrapped in abstraction.» The moment an inscrutable technology becomes an invisible technology, it would be wise to worry. At that time, the assumptions and intentions of technology have infiltrated our own desires and actions. We no longer know if the software is helping us or is controlling us. We are behind the wheel, but we can not be sure who is driving.

Faith in technology as an autonomous, benevolent, self-healing force is seductive. It allows us to feel optimistic about the future while taking away responsibility for that future. It especially suits the interests of those who have been extraordinarily enriched through the reduction of work, centered on the benefits, produced by automated systems and the computers that control them. It supplies our new plutocrats with a heroic narrative in which they play leading roles: recent job losses may be unfortunate, but they are a necessary evil on the road to the eventual emancipation of the human race from the hands of computerized slaves that our benevolent enterprises they are creating. Peter Thiel, a successful entrepreneur and investor who has become one of Silicon Valley’s most prominent thinkers, concedes that «a robotic revolution would basically have the effect of making people lose their jobs.» But he hastens to add that «it would have the advantage of freeing people to do many other things.»

The goal is joy. The active soul is a light soul. By reclaiming our tools as part of us, as instruments of experience instead of mere means of production, we can enjoy the freedom that technology offers when the world expands.

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