Los Siete Sabios Y Tres Más — Carlos García Gual / The Seven Sages and Three More by Carlos García Gual (spanish book edition)

Me parece un libro muy necesario, magnífico para cualquier persona interesada en los antecedentes del periodo de los Presocráticos. Creo que lo mejor del libro es que coaliga una lectura técnica y amena. Personalmente creo que el escritor y filólogo García Gual ha hecho un trabajo excepcional en gran medida, porque no existen apenas textos que traten el tema en nuestro idioma.
Echo de menos una bibliografía, como el propio Gual menciona el esqueleto del texto no resulta demasiado académico, pero ante la carencia de estudios sobre el asunto, es una de las pocas fuentes en español de las que disponemos.
Quizás irregular en tratamiento dado a cada uno de los sabios.

Los Siete Sabios son figuras significativas de un tiempo bien marcado en el progreso de la civilización antigua: el de la emergencia de la inteligencia política, con la organización de las póleis en su marco institucional y legal, con el ocaso de las oligarquías aristotélicas y la fundamentación del orden cívico en leyes escritas y para todos. Es, sin duda, un momento de transición y crisis de valores, de convulsiones económicas y sociales profundas, de las que surge un nuevo orden y la creencia en la razón como medio para entender ese kósmos. Ahí se perfilan las figuras de los siete sabios con un raro prestigio, vago y duradero. En medio de esa revolucionaria época arcaica los sabios son paradigmas de sensatez.
El primero en rechazar el calificativo de «sabio» y en sustituir el nombre de sabiduría por el más modesto de «amor a la sabiduría» fue, acaso, Pitágoras, según lo refiere Diógenes Laercio. En sus Vidas y opiniones de los filósofos más ilustres, I, 12, comenta:
El primero en dar nombre a la filosofía y en llamarse a sí mismo filósofo fue Pitágoras, dialogando en Sición con León, el tirano de los sicionios o tal vez de los fliasios, según dice Heráclides del Ponto en su obra Sobre la falta de respiración. Afirmó, pues, que nadie era sabio a no ser la divinidad. Antes se usaba el nombre de sabiduría y se llamaba sabio al que hacía profesión de ella, que debía sobresalir por la elevación de su inteligencia. Filósofo es el que ama la sabiduría. Los sabios también eran llamados sofistas. Y no solo ellos, sino también los poetas eran sofistas, tal como llama Cratino, por ejemplo, en los Arquílocos, a los émulos de Homero y Hesíodo, elogiándolos así. (A continuación da Diógenes Laercio la lista de los siete sabios).

No deja de ser un curioso fenómeno la unanimidad de los antiguos en considerar a Tales de Mileto como el primero de las famosos Siete, y como el primer filósofo, inaugurador de la secular tradición de investigadores de las causas de lo real. Un enorme prestigio ha rodeado, tal vez desde su misma época, en pleno siglo vi a. C., a su figura, un tanto nebulosa, por otro lado, ya para pensadores como Platón y Aristóteles. Astrónomo, geómetra, viajero, estadista, estudioso de la naturaleza en un sentido amplio, Tales representa un nuevo tipo de sophós.
Probablemente no escribió ningún libro ni tuvo un sistema filosófico definido (en contraste con su discípulo Anaximandro, autor de un tratado en prosa y más riguroso filósofo). En todo caso, si escribió algo (como cree, por ejemplo, O. Gigon), el caso es que ningún escritor griego conocido había leído ya su obra (tal vez, según Gigon, un relato en prosa, de viajes y con noticias varias). El prestigio de Tales está ligado a una tradición oral que nos lo presenta como el fundador de una manera nueva de considerar las cosas.
Fue el primero en predecir un eclipse de sol.

De Solón, nacido hacia el 640 y muerto hacia el 560, tenemos muchas más noticias que sobre ningún otro de los Siete. Y noticias auténticas. Esto se debe a la gran obra que, como legislador, llevó a cabo en Atenas, allanando el camino a la futura democracia, a que hemos conservado algunos de sus poemas elegíacos y a que su figura pareció pronto ejemplar a los griegos de otras generaciones. La Vida de Solón, escrita por Plutarco, recoge muchos de los datos fundamentales, aunque ya en ella lo legendario se mezcla con lo histórico. En su Constitución de Atenas (o, mejor, Constitución de los atenienses), Aristóteles elogia la actuación política de Solón. Muy sinceramente, ya que también Aristóteles era un amante de la política «de centro», que buscaba la paz social en un cierto equilibrio y compromiso entre las facciones y clases opuestas, como el viejo legislador. Ya para Aristóteles, meteco en Atenas y, por tanto, solo interesado en la teoría política como filósofo e historiador de constituciones, el gran Solón aparecía como un personaje ejemplar por su sensatez y moderación, por su sophrosyne.
Junto a la abolición de las deudas y la reforma de la constitución, se ocupó Solón de la reforma de la moneda y del sistema de pesas y medidas, así como de fomentar el trabajo de los artesanos. También esto encaja en su programa de formar una ciudad más solidaria y más próspera y moderna. Orientó la polis hacia un régimen timocrático en que cada estamento tenía un cometido y estaba protegido de los otros.
Su legislación sustituyó a las leyes de Dracón, mucho más duras, que solo quedaron vigentes para los delitos de sangre, juzgados por el Areópago, mientras que muchos otros delitos quedaban a la atención del tribunal popular (la Heliea).

Hay una sentencia de autor indiscutible, adjudicada a Bías de Priene. La que dice «los más son malos» (hoì pleîstoi kakoí), o, más exactamente, «los muchísimos son malos» (pleîstoi es un superlativo).
Que la gran mayoría de los hombres, de la gente, así un tanto en bloque, son malos es una afirmación un tanto obvia e indiscutible, y se presenta como tal, como el resto de las famosas máximas. Lo refrenda la experiencia cotidiana y es un buen precepto para no confiarse demasiado. Como frecuentemente suele uno pensar, los más numerosos son malos no por una especial delectación en hacer el mal, sino por su mezquindad, su egoísmo brutal, su necedad, su pereza y su falta de gracia o de virtud, según apreciaciones. No sabemos si este indiscutible aserto quedaría refrendado por alguna anécdota personal del juez Bías. En todo caso, es un notable axioma para actuar en un tribunal.

Fue Quilón el espartano un hombre de gran prestigio por su sabiduría, y de gran relieve político. Fue éforo en un momento decisivo en la historia de Esparta, y consiguió que los éforos tuvieran, al lado de los dos reyes de la ciudad, una participación decisiva en el gobierno de sus asuntos de mayor importancia. Según anota Pausanias, en la ciudad, tan avara en reconocimiento, se le erigió un heroon, un templete, consagrándole como a un héroe, que aún subsistía en los tiempos del viajero helenístico (Paus., III, 16, 4).
También debió de haber una estatua con la inscripción que recuerda Diógenes Laercio:
Esparta coronada de lanzas engendró a este Quilón, que de los siete sabios fue el primero en sabiduría.

Quien más hizo por inmortalizar el nombre de Pítaco fue su enemigo el poeta Alceo. Con los repetidos insultos de sus poemas, el poeta, aristócrata rencoroso y violento, conspirador poco afortunado, aseguró la nombradía de Pítaco, que antaño había sido su camarada de motín y que luego acabó de gobernante con máximos poderes en la ciudad, mientras que Alceo se reconcomía en el triste destierro.
Tanto el siglo VII como los comienzos del VI fueron tiempos muy revueltos en la isla de Lesbos, donde surgieron los dos grandes maestros de la lírica eolia, Safo y Alceo.

Pítaco se mostró como un excelente gobernante, según parece. «Pítaco de Mitilene —cuenta Diodoro, IX, 11, 1— no solo fue admirable por su sabiduría, sino también un ciudadano como ningún otro de los que produjo su isla… Pues fue un excelente legislador, y en los asuntos de detalle fue equitativo y filantrópico con sus conciudadanos, y libró a su patria de las tres mayores desgracias: de la tiranía, de la lucha civil y de la guerra». También Estrabón (6.17) elogia la actuación de Pítaco, que puso fin a las luchas de facciones y devolvió a la ciudad la libertad. Una muestra más del talante de Pítaco —junto al hecho de que abandonara voluntariamente el poder después de diez años— es el que perdonara a su enemigo y calumniador, el poeta Alceo, cuando cayó en sus manos, comentando que «el perdón es preferible a la venganza» (Diodoro, IX, 12, 3).

Algunos de los Siete son para nosotros poco más que nombres, sin perfil biográfico ninguno. Sabemos poquísimo de Cleobulo y de Quilón. Pero el más desconocido de los Siete es, sin comparación, Misón de Quen, a quien Demetrio de Falero ya borró de la lista y cuya patria, una aldea llamada Quen, no sabía localizar siquiera Diógenes Laercio, dudando si estaría en Lacedemonia o en Creta, o en Eta (en el Peloponeso).
Antaño, el oráculo de Delfos lo proclamó el más sabio de los hombres en un par de solemnes hexámetros. La consulta acerca de quién era el más sabio la hizo otro de los Siete. Diógenes Laercio dice una vez que fue Quilón y otra que fue Anacarsis.

Periandro, hijo de Cípselo, era de Corinto, del linaje de los Heraclidas. Tomó por esposa a Líside, a la que llamaba él Melisa, hija de Procles, el tirano de Epidauro, y de Eristenia, la hija de Aristócrates y hermana de Aristodamo, los cuales dominaban casi toda Arcadia… De ella tuvo dos hijos, Cípselo y Licofrón, el más joven inteligente, pero tonto el mayor. Al pasar el tiempo, en un ataque de ira, le tiró un escabel o le dio una patada a su mujer, que estaba encinta, y la mató, por hacer caso de las calumnias de las concubinas, a las que luego quemó vivas.
La imagen del tirano como de un individuo que está por encima de las normas, es decir, más allá del bien y del mal, encontró en Periandro un buen soporte al que colgar todos los desmanes típicos. No solo le acusaron de matar a su mujer y de perseguir (ya que no devorar) a su hijo, sino también de tener relaciones sexuales con su madre y, por un extraño capricho, con el cadáver de la esposa, a la que había dado muerte. Poco más o menos las aberraciones que, según el moralista Platón, comete el tirano típico, sin freno ninguno.
El incesto con su madre es algo inventado con posterioridad a Heródoto; si el chismoso historiador lo hubiera conocido no se lo habría callado. En cuanto al curioso episodio de cómo despojó de sus joyas a todas las corintias, vale la pena recordar la versión del historiador jonio.

Fue el historiador Éforo el primero que introdujo a Anacarsis en la lista canónica de los Siete Sabios. Estrabón, que corrobora esta noticia, nos expone los motivos del mismo para hacerlo: «dice que… fue considerado también uno de los siete sabios por su austeridad, su prudencia y su inteligencia» (Estrabón, VII). Es interesante que sea un historiador como Éforo, ya muy avanzado el siglo IV a. C., caracterizado como admirador de ciertos pueblos bárbaros, quien pase por haber sido el introductor del extranjero Anacarsis en la famosa lista, y que lo justificara tanto por su reconocido saber e inteligencia como por su ascetismo moral.
Mártir, pues, de la apertura del mundo griego y la cerrazón del país bárbaro, Anacarsis es feliz en el exilio, viajero cosmopolita, discutidor de las convenciones sociales y defensor de lo natural. Como los cínicos, es un extranjero que critica el nómos y valora sobre todo la physis. Viene de un país sin flautistas ni flautas, sin vino y sin barcos, sin monedas para tesorizar ni certámenes atléticos para adquirir renombre, un país con otros dioses y otros ritos, anticipándose a viajeros atentos como Heródoto y a pensadores como los sofistas. Admira a los espartanos que saben dialogar con austera precisión y no andan afanosos de progresos en el comercio y las artes, aunque su amigo Solón (en el texto de Luciano) le pone en guardia contra ellos: no aceptarán sus críticas a las tradiciones con el talante de los atenienses liberales. Anacarsis es un ilustrado avant la lettre.

Epiménides, el vidente cretense que purificó Atenas de la peligrosa contaminación contraída por una violación del derecho de asilo. Pero desde que Diels le proveyó de una fecha fija y de cinco páginas de fragmentos, Epiménides ha empezado a parecer una persona, aun cuando, en opinión de Diels, todos sus fragmentos fueron compuestos por otros, incluyendo el citado en la Epístola a Tito.
Epiménides era originario de Cnosos, y quizá debido a este hecho gran parte de su prestigio: un hombre que había crecido a la sombra del palacio de Minos bien podía presentarse como poseedor de una sabiduría más antigua, especialmente después de haber dormido durante cincuenta y siete años en la cueva del dios de los misterios cretenses.
No obstante, la tradición lo asimilaba al tipo de chamán nórdico. Epiménides era también un experto de la excursión psíquica; y, como Ábaris, fue un gran ayunador.
La experiencia de Epiménides se halla en el mismo plano social y mental que la de las sectas filosófico-religiosas: su medio es el de los magos, los inspirados, los individuos de comportamientos excepcionales, los hombres al margen del grupo social que se organiza en la polis; el nivel de pensamiento es el del movimiento extático de los especialistas del alma. Epiménides es uno de esos magos que se alimentan de malva y asfódelo; es un purificador y un adivino: conoce el pasado, el presente y el porvenir. Al igual que todos los inspirados de su especie, está sujeto a sueños catalépticos: su alma escapa de su cuerpo a voluntad. Es un tipo de experiencia que prolonga indiscutiblemente procedimientos de mántica incubatoria. El sueño es, en efecto, el momento privilegiado en que el alma, «trenzada al cuerpo» durante el día, una vez libre de su servicio, puede «recordar el pasado, discernir el presente, prever el porvenir».

Ferecides fue el primero en escribir en prosa un tratado sobre los dioses. Este libro se conservaba aún en época de Diógenes Laercio, según dice este, y, gracias a un hallazgo afortunado, aún podemos leer unas pocas líneas del mismo, en un trozo de papiro del siglo III d. C.
Aristóteles cita a Ferecides como uno de los «teólogos» antiguos que no se expresaron en todo de forma mítica, lo que puede estar en conexión con su estilo prosaico, más que con el contenido mismo de su relato, a lo que sabemos. El texto de Aristóteles (Metafísica, 1091 b 8) dice: «… los teólogos mixtos, justamente por el no decir todas las cosas en forma mítica (mythikós), como Ferecides y algunos otros, y también los Magos, hacen del principio engendrador lo mejor».
Como no pudieron meter a Ferecides en la serie de los filósofos presocráticos (ya que su estilo y sus temas no lo permitían) ni tampoco entre los poetas (ya que su estilo de escritura lo vetaba), los antiguos lo colocaron en la cola de los Siete Sabios. Ya hemos anotado que era una generación más joven que los otros.
No sabemos cómo se difundió su fama, ligada al libro que le sobrevivió tantos siglos. Entre Hesíodo y los órficos, antes de Pitágoras y en contraste con Anaximandro, el relato que hizo de la teogonía y la cosmogonía estaba enriquecido con muchos ecos de mitos y de ideas orientales. Su sincretismo no logró, al parecer, gran éxito, aunque Ferecides se perfila como precursor de algunas creencias de gran difusión posterior.
Con Ferecides la teología pierde su forma poética, aunque sigue conservando su propia poesía en el fondo de sus mitos fabulosos, de extrañas raíces. La preocupación por encontrar los comienzos del todo, aceptando sugerencias venidas del Oriente, dio a Ferecides el impulso a la escritura. Pero escribir de los dioses en prosa es muy arriesgado siempre.

El legado más famoso y popular de los Siete fueron sus sentencias, máximas breves y densas, consejos morales, píldoras sapienciales. En un principio esas máximas se transmiten por tradición oral; unas pocas reciben el inmenso honor de quedar pintadas en el templo apolíneo de Delfos; mucho después son recogidas en una colección, como la que hace Demetrio de Falero (350-280 a. C.) con un prurito anticuario. El mismo que se preocupó por recoger el repertorio de fábulas atribuidas a Esopo, el discípulo de Aristóteles, estudioso de la sabiduría popular tradicional, reescribió esa colección de sentencias atribuidas a los legendarios Siete Sabios.

Cleobulo de Lindos, hijo de Evágoras, dijo:
La medida es lo mejor.
Debes respetar a tu padre.
Mantén bien el cuerpo y el alma.
Sé amigo de escuchar y no muy hablador.
Aconseja lo mejor a los ciudadanos.
Domina el placer.
No hagas nada por la violencia.
Considera tu adversario al enemigo del pueblo.
No pelearse con la mujer propia ni acariciarla en exceso delante de otros, pues lo uno puede parecer embobamiento y lo otro desvarío.
No castigues a los criados mientras bebes, pues parecerá que no sabes soportar el vino.
Cásate con mujer de tu rango, pues si la tomas entre las de clase más alta, ganarás amos y no parientes.
No te rías en compañía del burlón, pues te ganarás el odio de los burlados.
En el éxito no te ufanes, en la desdicha no te humilles.

Pítaco de Lesbos, hijo de Hirras, dijo:
Conoce el momento oportuno.
Lo que quieras hacer, no lo digas; pues si fallas se burlarán de ti.
Cuando castigues al vecino, no lo hagas personalmente.
Devuelve los préstamos.
No hables mal del amigo, ni bien del enemigo; que no es consecuente eso.
Firme la tierra, inseguro el mar.
La ganancia es insaciable.

Bías de Priene, hijo de Teutámides, dijo:
La gran mayoría de los hombres son malos.
Debes mirarte al espejo. Si eres hermoso, haz bellas obras; si eres feo, corrige el defecto de tu naturaleza con la belleza de tu conducta.
Ponte a la obra lentamente; pero lo que comiences, asegúralo.
No seas ni bonachón ni taimado.
Acerca de los dioses di que existen.
Escucha mucho.
Habla lo oportuno.

RESPUESTAS DE LOS SIETE SABIOS
Preguntado Tales: ¿Qué es lo más viejo?, contestó:
—Dios, pues es eterno.
¿Qué lo más hermoso?
—El universo, pues es creación de dios.
¿Qué lo más grande?
—El espacio, pues lo abarca todo.
¿Qué lo más sabio?
—El tiempo, pues todo lo descubre.
¿Qué lo más rápido?
—El pensamiento, pues lo recorre todo.
¿Qué es lo más fuerte?
—La necesidad, pues lo domina todo.

Los Siete Sabios preguntaron: ¿Cuál es la mejor ciudad?
Y primero dijo Tales: Aquella en la que al delincuente lo persiguen y lo castigan no menos que el injuriado los que no fueron víctimas del delito.
Segundo fue Bías: En la que todos temen a la ley como a un tirano.
Tercero Tales: La que tiene ciudadanos ni demasiado ricos ni demasiado pobres.
Cuarto Anacarsis: En la que siendo consideradas iguales las demás cosas, lo mejor se define por su virtud y lo peor por su maldad.
Quinto Cleobulo: Donde los ciudadanos temen más el reproche que la ley.
Sexto Pítaco: Donde no es posible que manden los malos y no es posible que no manden los buenos.
Y séptimo Quilón: La que atiende el máximo a las leyes y el mínimo a los oradores.

According to me a very necessary book, magnificent for anyone interested in the background of the period of the Presocratics. I think the best thing about the book is that it combines a technical and entertaining reading. Personally, I think the writer and philologist García Gual has done an exceptional job to a great extent, because there are hardly any texts that deal with the subject in our language.
I miss a bibliography, as Gual himself mentions the skeleton of the text is not too academic, but in the absence of studies on the subject, is one of the few sources in Spanish that we have.
Perhaps irregular in treatment given to each of the wise.

The Seven Sages are significant figures of a time well marked in the progress of ancient civilization: that of the emergence of political intelligence, with the organization of the polleis in their institutional and legal framework, with the decline of the Aristotelian oligarchies and the foundation of civic order in written laws and for all. It is, without a doubt, a moment of transition and crisis of values, of deep economic and social convulsions, from which a new order emerges and the belief in reason as a means to understand that kosmos. There the figures of the seven wise men are outlined with a rare, vague and lasting prestige. In the midst of that revolutionary archaic era, the wise are paradigms of good sense.
The first to reject the qualification of “wise” and to substitute the name of wisdom for the most modest of “love of wisdom” was, perhaps, Pythagoras, according to Diogenes Laertius. In his Lives and opinions of the most illustrious philosophers, I, 12, he comments:
The first to give a name to philosophy and to call himself a philosopher was Pythagoras, conversing in Sición with León, the tyrant of the Siciios or perhaps the Fliasios, according to Heráclides del Ponto in his work On the lack of breathing. He affirmed, then, that no one was wise except the divinity. Before, the name of wisdom was used and the one who made profession of it was called wise, who should excel by the elevation of his intelligence. Philosopher is the one who loves wisdom. The sages were also called sophists. And not only they, but also the poets were sophists, as Cratino calls them, for example, in the Arquílocos, to the emulators of Homero and Hesiod, praising them thus. (Next, Diogenes Laertius gives the list of the seven wise men).

It is still a curious phenomenon the unanimity of the ancients to consider Thales of Miletus as the first of the famous Seven, and as the first philosopher, inaugurator of the secular tradition of researchers of the causes of the real. An enormous prestige has surrounded, perhaps since its very epoch, in the middle of the sixth century a. C., to its figure, a little nebulous, on the other hand, already for thinkers like Plato and Aristotle. Astronomer, geometer, traveler, statesman, scholar of nature in a broad sense, Thales represents a new type of sophos.
Probably he did not write any book or had a definite philosophical system (in contrast to his disciple Anaximander, author of a prose treatise and more rigorous philosopher). In any case, if he wrote something (as he believes, for example, O. Gigon), the case is that no known Greek writer had already read his work (perhaps, according to Gigon, a prose story, travel and with several news ). The prestige of Thales is linked to an oral tradition that presents us as the founder of a new way of considering things.
He was the first to predict an eclipse of the sun.

From Solon, born towards 640 and died towards 560, we have much more news than about any other of the Seven. And authentic news. This is due to the great work that, as a legislator, he carried out in Athens, paving the way for future democracy, to which we have preserved some of his elegiac poems and to which his figure soon seemed exemplary to the Greeks of other generations. The Life of Solón, written by Plutarco, collects many of the fundamental data, although already in it the legendary is mixed with the historical. In his Constitution of Athens (or, better, Constitution of the Athenians), Aristotle praises the political performance of Solon. Very sincerely, since also Aristotle was a lover of the politics of “center”, that looked for the social peace in a certain balance and commitment between the factions and opposed classes, like the old legislator. Already for Aristotle, metco in Athens and, therefore, only interested in political theory as a philosopher and historian of constitutions, the great Solon appeared as an exemplary character for his good sense and moderation, for his sophrosyne.
Together with the abolition of debts and the reform of the constitution, Solon worked on the reform of the currency and the system of weights and measures, as well as promoting the work of artisans. This also fits into its program of forming a more supportive and more prosperous and modern city. Oriented the polis towards a timorous regime in which each estate had a role and was protected from the others.
His legislation replaced the draconian laws, much harder, that were only valid for the crimes of blood, judged by the Areopagus, while many other crimes were brought to the attention of the people’s court (the Heliea).

There is an indisputable author’s sentence, adjudged to Bias de Priene. The one that says “the most are bad” (hoì pleîstoi kakoí), or, more exactly, “the many are bad” (pleîstoi is a superlative).
That the great majority of men, of people, thus a little in block, are bad is a somewhat obvious and indisputable affirmation, and is presented as such, as the rest of the famous maxims. It is endorsed by everyday experience and is a good precept for not trusting too much. As one often thinks, the most numerous are bad not because of a special pleasure in doing evil, but because of their pettiness, their brutal selfishness, their foolishness, their laziness and their lack of grace or virtue, according to appreciations. We do not know if this indisputable assertion would be endorsed by any personal anecdote of Judge Bias. In any case, it is a remarkable axiom to act in a court.

Quilón the Spartan was a man of great prestige for his wisdom, and of great political importance. It was ephor at a decisive moment in the history of Sparta, and got the ephors had, next to the two kings of the city, a decisive role in the governance of their most important issues. As noted by Pausanias, in the city, so greedy in recognition, a hero was erected, a temple, consecrating him as a hero, who still subsisted in the times of the Hellenistic traveler (Paus., III, 16, 4).
There must also have been a statue with the inscription that Diogenes Laercio recalls:
Sparta crowned with spears gave birth to this Quilón, who of the seven wise men was the first in wisdom.

The one who did the most to immortalize the name of Pítaco was his enemy the poet Alceo. With the repeated insults of his poems, the poet, spiteful and violent aristocrat, unfortunate conspirator, assured the appointment of Pítaco, who had once been his comrade of mutiny and who later ended up as ruler with maximum powers in the city, while Alcaeus he was saddened by sad exile.
Both the seventh century and the beginning of the sixth were very troubled times on the island of Lesbos, where emerged the two great masters of lyric eolia, Sappho and Alceo.

Pítaco was an excellent ruler, it seems. «Mytilene’s Pítaco -account Diodoro, IX, 11, 1- not only was admirable for his wisdom, but also a citizen like no other of those who produced his island … For he was an excellent legislator, and in matters of detail he was equitable and philanthropic with his fellow citizens, and delivered his country from the three greatest misfortunes: tyranny, civil war and war. Also Estrabón (6.17) praises the action of Pítaco, that put an end to the fights of factions and returned to the city the freedom. A further sign of Pitaco’s mood-along with the fact that he voluntarily left power after ten years-is that he forgave his enemy and slanderer, the poet Alcaeus, when he fell into his hands, commenting that “forgiveness is preferable to revenge »(Diodorus, IX, 12, 3).

Some of the Seven are for us little more than names, without any biographical profile. We know very little about Cleobulo and Quilón. But the most unknown of the Seven is, without comparison, Misón de Quen, whom Demetrio de Falero already deleted from the list and whose homeland, a village called Quen, could not even locate Diogenes Laercio, doubting whether he would be in Lacedaemon or Crete , or in Eta (in the Peloponnese).
In the past, the oracle of Delphi proclaimed him the wisest of men in a pair of solemn hexameters. The query about who was the wisest was made by another of the Seven. Diogenes Laercio says once that it was Quilón and another that was Anacarsis.

Periandro, son of Cípselo, was from Corinth, of the lineage of the Heraclidas. He took as his wife Líside, whom he called Melisa, daughter of Procles, the tyrant of Epidaurus, and Eristeia, the daughter of Aristocrates and sister of Aristodamo, who dominated almost all of Arcadia … She had two children, Cípselo and Licofrón, the youngest intelligent, but silly the eldest. When the time passed, in a fit of rage, he threw a footstool or kicked his wife, who was pregnant, and killed her, to ignore the slander of the concubines, which then burned alive.
The image of the tyrant as an individual who is above the norms, that is, beyond good and evil, found in Periandro a good support to which to hang all the typical excesses. They not only accused him of killing his wife and of persecuting (since not devouring) his son, but also of having sexual relations with his mother and, by a strange whim, with the corpse of the wife, to which he had given death. More or less the aberrations that, according to the moralist Plato, commits the typical tyrant, without any restraint.
Incest with his mother is something invented after Herodotus; if the gossip historian had known him, he would not have kept it quiet. As for the curious episode of how he stripped all the Corinthians of their jewels, it is worth remembering the Ionian historian’s version.

It was the historian Éforo who first introduced Anacarsis to the canonical list of the Seven Sages. Strabo, who corroborates this news, explains the reasons for it: “He says that … he was also considered one of the seven wise men for his austerity, prudence and intelligence” (Strabo, VII). It is interesting that he is a historian like Ephorus, well advanced in the fourth century BC. C., characterized as an admirer of certain barbarian peoples, who happens to have been the introducer of the foreigner Anacarsis in the famous list, and who justified it as much for his recognized knowledge and intelligence as for his moral asceticism.
Martyr, then, of the opening of the Greek world and the closure of the barbarian country, Anacarsis is happy in exile, a cosmopolitan traveler, a discussant of social conventions and a defender of the natural. Like the cynics, he is a foreigner who criticizes the nomos and values ​​above all the physis. It comes from a country without flutists or flutes, without wine and without boats, without coins to treasure or athletic contests to gain renown, a country with other gods and other rites, anticipating attentive travelers like Herodotus and thinkers like the sophists. He admires the Spartans who know how to dialogue with austere precision and are not anxious about progress in trade and the arts, although his friend Solón (in Luciano’s text) puts him on guard against them: they will not accept his criticisms of the traditions with the mood of the liberal Athenians. Anacarsis is an illustrated avant la lettre.

Epimenides, the Cretan seer who purified Athens from the dangerous contamination contracted by a violation of the right of asylum. But since Diels provided him with a fixed date and five pages of fragments, Epimenides has begun to look like a person, even though, in Diels’ opinion, all his fragments were composed by others, including the one quoted in the Epistle to Titus.
Epimenides was originally from Knossos, and perhaps because of this fact much of his prestige: a man who had grown up in the shadow of the palace of Minos could well present himself as possessing an older wisdom, especially after having slept for fifty-seven years in the cave of the god of the Cretan mysteries.
Nevertheless, the tradition assimilated it to the type of Nordic shaman. Epimenides was also an expert in the psychic excursion; and, like Ábaris, he was a great fasting person.
The experience of Epimenides is on the same social and mental level as that of philosophical-religious sects: their environment is that of magicians, inspired, individuals of exceptional behavior, men outside the social group that is organized in the polis; the level of thought is that of the ecstatic movement of the soul specialists. Epimenides is one of those magicians who feed on mallow and asphodel; he is a purifier and a fortune teller: he knows the past, the present and the future. Like all those inspired by his species, he is subject to cataleptic dreams: his soul escapes from his body at will. It is a type of experience that indisputably prolongs incubatory mantic procedures. The dream is, in fact, the privileged moment in which the soul, “braided to the body” during the day, once freed from its service, can “remember the past, discern the present, foresee the future”.

Ferecides was the first to write in prose a treatise on the gods. This book was still preserved at the time of Diogenes Laertius, as he says, and, thanks to a fortunate find, we can still read a few lines of it, on a piece of papyrus from the third century AD. C.
Aristotle cites Ferecides as one of the ancient “theologians” who did not express themselves in mythical form, which may be in connection with his prosaic style, rather than with the content of his story, to what we know. The text of Aristotle (Metaphysics, 1091 b 8) says: “… the mixed theologians, precisely because they do not say all things in mythical form (mythikós), like Ferecides and some others, and also the Magi, make of the begetting principle what best”.
As they could not put Ferecides in the series of the pre-Socratic philosophers (since their style and themes did not allow it) nor among the poets (since their writing style vetoed it), the ancients placed him in the queue of the Seven Sages. We have already noted that it was a generation younger than the others.
We do not know how his fame spread, linked to the book that survived him for so many centuries. Between Hesiod and the Orphic, before Pythagoras and in contrast to Anaximander, his account of the theogony and cosmogony was enriched by many echoes of myths and Oriental ideas. His syncretism apparently did not achieve great success, although Ferecides is emerging as a precursor of some beliefs of great later diffusion.
With Ferecides, theology loses its poetic form, although it still conserves its own poetry at the bottom of its fabulous myths, of strange roots. The concern to find the beginnings of the whole, accepting suggestions from the East, gave Ferecides the impulse to writing. But writing of the gods in prose is always risky.

The most famous and popular legacy of the Seven were their sentences, short and dense maxims, moral advice, wisdom pills. At first those maxims are transmitted by oral tradition; a few receive the immense honor of being painted in the Apollonian temple of Delphi; much later they are collected in a collection, like the one made by Demetrio de Falero (350-280 BC) with an antiquarian pruritus. The same who was concerned to collect the repertoire of fables attributed to Aesop, the disciple of Aristotle, a scholar of traditional popular wisdom, rewrote that collection of sentences attributed to the legendary Seven Sages.

Cleobulo de Lindos, son of Evágoras, said:
The measure is the best.
You must respect your father.
Keep your body and soul well.
Be a friend to listen and not very talkative.
Advise the best to citizens.
Master the pleasure.
Do not do anything because of the violence.
Consider your adversary the enemy of the people.
Do not quarrel with your own woman or caress her excessively in front of others, because one can seem dumb and the other crazy.
Do not punish the servants while you drink, it will seem that you can not stand the wine.
Marry a woman of your rank, for if you take her among the upper class, you will gain masters and not relatives.
Do not laugh in the company of the mocker, for you will win the hatred of the mockers.
In success you do not get tired, in misery do not humble yourself.

Pítaco de Lesbos, son of Hirras, said:
Know the right moment.
Whatever you want to do, do not say it; for if you fail, they will mock you.
When you punish the neighbor, do not do it personally.
Returns the loans.
Do not speak ill of the friend, nor good of the enemy; that is not consistent.
Firm the earth, insecure the sea.
The gain is insatiable.

Bias de Priene, son of Teutámides, said:
The vast majority of men are bad.
You must look in the mirror. If you are beautiful, do beautiful works; if you are ugly, correct the defect of your nature with the beauty of your behavior.
Get to work slowly; but whatever you start, secure it.
Do not be good-natured or devious.
About the gods I said they exist.
Listen a lot
Speak the right thing.

ANSWERS OF THE SEVEN WISE
Asked Tales: What is the oldest ?, he replied:
-God, it is eternal.
What is most beautiful?
-The universe, because it is God’s creation.
What’s the biggest?
-The space, it covers everything.
What is the wisest?
-The time, because everything discovers it.
What’s the fastest?
-The thought, it goes through everything.
What is the strongest?
-The need, because it dominates everything.

The Seven Sages asked: What is the best city?
And first Thales said: That in which the criminal is persecuted and punished no less than the one insulted those who were not victims of crime.
Second was Bias: In which everyone fears the law as a tyrant.
Third Tales: The one that has citizens neither too rich nor too poor.
Fourth Anacharsis: In which other things being considered equal, the best is defined by virtue and the worst by its evil.
Fifth Cleobulo: Where citizens fear reproach more than the law.
Sixth Pítaco: Where it is not possible to send the bad ones and it is not possible that they do not send the good ones.
And seventh Quilón: The one that attends the maximum to the laws and the minimum to the speakers.

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