El Autoestopista De Grozni Y Otras Historias De Fútbol y Guerra — Ramón Lobo

En el presente breve libro viajamos por varias zonas de conflicto del mundo , pero lo hacemos a partir de reflexiones que muchas veces giran alrededor del deporte rey. La mayor parte de la gente que ha viajado ha tenido que responder muchas veces a aquello de si eres del Madrid o del Barca. A una persona no futbolera como es mi caso me ha salvado muchas veces y ayudado para romper el hielo o abrir conversaciones en puestos fronterizo.
Pero como nos dice Ramón, el fútbol es un deporte que traspasa fronteras y las zonas de conflicto son lugares donde también llega esa pasión por el deporte rey. El libro es pequeño en tamaño, pero grande en algunas reflexiones sobre el periodismo, el fútbol y sobre todo la vida.
Historias de guerra y fútbol, de cómo en Grozni conocían a Hristo Stoitchkov y en Sarajevo se podía escuchar al Madrid ganar una liga. Desesperanzador por momentos, Lobo le añade cierto toque de humor negro y distancia.

Grozni era una ciudad fantasmal, la capital del miedo: edificios derruidos por las bombas de la aviación y la artillería pesada, calles alfombradas de cascotes, cristales rotos, basura congelada, hierros retorcidos; personas deambulantes en busca de comida y nieve para fabricarse agua potable y una ducha. Aquel Grozni de enero de 1995 olía a gas quemado —el que escupían los gasoductos reventados—, pólvora y pesadillas. Los civiles chechenos habían escapado hacia las aldeas del sur, refugiándose en casas de familiares y amigos. En la ciudad quedaban guerrilleros y olvidados, los que no tenían a dónde ir: rusos pobres, ingusetios, daguestanos, osetios del norte, kabardino-balarianos, georgianos…
El fútbol inicia conversaciones y las concluye, crea amistades súbitas y las rompe, agiliza trámites y los empantana. El fútbol acerca culturas, borra fronteras y difumina clases sociales; permite penetrar en el alma de las personas sobre las que el reportero va a escribir. Saber de fútbol no es de derechas o de izquierdas, embrutecedor o inteligente, es solo un conocimiento útil, una herramienta de trabajo.

El fútbol atrae a millones de seguidores por su extrema simplicidad: dos grupos más o menos organizados corriendo detrás de un balón con el objetivo de introducirlo entre tres palos, reales o imaginarios, o entre dos piedras o bultos si hay escasez. El fútbol es la teatralización de la guerra, la canalización, no siempre exitosa, de unas (bajas) pasiones universales. Organiza su desarrollo dentro de un campo de batalla: bandos, uniformes, armas, pinturas en el rostro, banderas, gritos, insultos, ansias de victoria y venganza. Como la guerra, el fútbol tiene reglas. En la primera existen la Convención de Ginebra que protege, en teoría, a los civiles y a los prisioneros, y que Estados Unidos, firmante e impulsor de estas convenciones y de los valores que las impulsan, ha violado en Guantánamo, Bagram y Abu Ghraib. En la segunda existen los penaltis, las tarjetas amarillas y rojas, los partidos de suspensión. El fútbol arrastra también letra pequeña: es un catalizador de la estupidez humana, del odio, la envidia, el nacionalismo exacerbado.

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