Tipos De Mentes — Daniel C. Dennett

Interesante libro, ¿Puede cualquiera de nosotros saber lo que pasa por la mente de otra persona? ¿Qué es lo que diferencia la mente humana de las mentes animales, sobre todo de aquellos capaces de manifestar conductas complejas? Si a esos animales se les diera mágicamente la capacidad de hablar ¿desarrollarían esos grupos una inteligencia tan sutil en sus discriminaciones como la nuestra? Una vez que a los robots se les haya dotado de sistemas sensoriales como los que nos proporcionan experiencia ¿llegarán a mostrar los rasgos concretos que se creen que distinguen la mente humana, entre ellos la capacidad de pensar sobre el pensar?.

El enfoque intencional es la estrategia que consiste en interpretar el comportamiento de un ente (persona, animal, artefacto, lo que sea) tratándolo como si fuera un agente racional que rigiera la «elección» de sus «actos» «teniendo en cuenta» sus «creencias» y sus «deseos».
La estrategia básica del enfoque intencional es tratar al ente como un agente para poder predecir (y por ende, explicar, en cierto sentido) sus actos o sus movimientos. Los rasgos distintivos del enfoque intencional pueden verse mejor contrastándolo con otros dos enfoques o estrategias más básicas de predicción: el enfoque físico y el enfoque del diseño. El enfoque físico no es más que el laborioso método estándar de las ciencias físicas, en las que utilizamos todo lo que sabemos de las leyes físicas y de la constitución física de las cosas en cuestión para concebir nuestra predicción.
Las predicciones a partir del enfoque del diseño son arriesgadas, comparadas con las predicciones basadas en el enfoque físico (que son seguras pero muy tediosas de elaborar); un enfoque más arriesgado y más rápido es el enfoque intencional. Puede verse, por así decir, como una subespecie del enfoque del diseño en la cual el objeto diseñado es una especie de agente.
Los sistemas intencionales son, por definición, todos y cada uno de esos entes cuya conducta es predecible/explicable a partir del enfoque intencional.

Los seres humanos, tenemos la capacidad de aprendizaje interior y veloz… un aprendizaje que no depende de una enseñanza laboriosa sino que está en nosotros en cuanto contemplamos una representación simbólica adecuada del conocimiento. Cuando los psicólogos inventan un nuevo esquema o paradigma experimental en el cual probar a sujetos no humanos como las ratas, los gatos, los monos o los delfines, suelen tener que dedicar docenas de horas, o incluso cientos, a formar a cada sujeto en las nuevas tareas. Sin embargo, con los seres humanos suele bastar con decirles lo que se espera de ellos. Después de una breve sesión de preguntas y respuestas y de unos pocos minutos de práctica, nosotros los seres humanos seremos generalmente tan competentes en nuestro nuevo medio como pudiera serlo cualquier agente. Por supuesto que tenemos que comprender las representaciones que se nos presentan en esas pruebas y ahí es donde la transición del aprendizaje ABC a nuestro tipo de aprendizaje se pierde todavía en la niebla.

Para nosotros, los seres humanos, los beneficios de etiquetar las cosas de nuestro entorno son tan evidentes que tendemos a pasar por alto el fundamento del etiquetado y las condiciones en las cuales funciona. ¿A cuento de qué etiqueta alguien y qué supone ese etiquetar algo? Supongamos que estamos buscando en miles de cajas de zapatos la llave de una casa, llave que creemos haber escondido en una de esas cajas. A menos que seamos idiotas o que estemos tan frenéticos en nuestra búsqueda que ni podamos pararnos a pensar cuál es el mejor camino que podemos seguir, dispondremos algún sistema para que el entorno nos ayude a resolver el problema.
Conforme vamos mejorando, nuestras etiquetas se van haciendo más refinadas, más perspicaces e incluso mejor articuladas y se llega finalmente a un punto en el que nos acercamos a la proeza casi mágica con la cual empezamos: la mera contemplación de una representación es suficiente para recordar todas las lecciones pertinentes. Nos hemos convertido en entendedores de los objetos que hemos creado. A estos nodos artefácticos de nuestras memorias, a estas pálidas sombras de las palabras oídas y pronunciadas, podríamos llamarlos conceptos. Por tanto, un concepto es una etiqueta interna que entre sus muchas asociaciones puede incluir o no los rasgos auditivos y articulatorios de una palabra (pública o privada). Pero sugiero que las palabras son los prototipos o antepasados de los conceptos. Los primeros conceptos que podemos manipular, eso es lo que estoy sugiriendo, son conceptos «vocalizados» y sólo los conceptos que pueden manipularse pueden convertirse para nosotros en objeto de escrutinio.

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