El Narcisismo. La Enfermedad De Nuestro Tiempo — Alexander Lowen

Excelente libro, entre los mejores libros sobre narcisismo, como sabemos Alexander Lowen es uno de los mejores. Me ha resultado reiterativo aunque ameno también; para fijar las ideas las repite en muchas ocasiones y eso me ha producido cansancio pero considero imprescindible su lectura no solo para profesionales sino para el lector general, es la plaga narcisista de nuestros días y el libro aporta claves para detectarla en nosotros y en los demás. Enfoques planteados de los rasgos de la personalidad narcisista y los casos ejemplificados son muy interesantes.

El narcisismo es una enfermedad tanto psicológica como cultural. En el plano individual, denota un trastorno de la personalidad caracterizado por una dedicación desmesurada a la imagen en detrimento del yo. A los narcisistas les preocupa más su apariencia que sus sentimientos.
Desde el punto de vista cultural, se puede entender el narcisismo como una pérdida de valores humanos —ausencia de interés por el entorno, por la calidad de vida, por las demás personas—. Una sociedad que sacrifica su medio natural para obtener dinero y poder, no tiene sensibilidad para las necesidades humanas. La proliferación de cosas materiales se convierte en la medida del progreso vital, y el hombre se opone a la mujer, el trabajador al empresario, el individuo a la sociedad. Cuando la riqueza material está por encima de la humana, la notoriedad despierta más admiración que la dignidad y el éxito es más importante que el respeto a uno mismo, entonces la propia cultura está sobrevalorando la «imagen» y hay que considerarla como narcisista.
El narcisismo individual corre paralelo al cultural. El individuo moldea la cultura según su propia imagen y la cultura moldea a su vez al individuo.
A los narcisistas se les reconoce por su falta de humanidad. No sufren por la tragedia del mundo amenazado por la posibilidad de un holocausto nuclear, ni por la de una vida dedicada a demostrar su valor ante una sociedad que no lo reconoce. Son máquinas y no seres humanos.

La sociedad victoriana enfatizaba los sentimientos pero restringía en gran medida su libre expresión, especialmente en el terreno sexual. La consecuencia fue la histeria. La sociedad actual impone relativamente pocas restricciones al comportamiento, e incluso anima a «exteriorizar» los impulsos sexuales en nombre de la liberación, pero minimiza la importancia de los sentimientos. El resultado es el narcisismo. Se podría decir también que en la época victoriana se fomentaba el amor sin sexo, mientras que en nuestros días se fomenta el sexo sin amor. Aunque estas afirmaciones están dentro de la generalización, sacan a la luz el problema central del narcisismo: la negación del sentimiento, y la ausencia de límites que implica. Lo que predomina hoy en día es una tendencia a considerar los límites como restricciones innecesarias.

Estos son los cinco tipos, en orden ascendente según el grado de narcisismo:
Carácter fálico-narcisista.
Carácter narcisista.
Personalidad límite.
Personalidad psicopática.
Personalidad paranoide.
Obtenemos así el espectro de los trastornos narcisistas, de menor a mayor gravedad. Utilizando este espectro, se ve más claramente la relación existente entre los diferentes aspectos del trastorno narcisista. Por ejemplo, el grado en que una persona se identifica con sus sentimientos es inversamente proporcional a su grado de narcisismo. Cuanto más narcisista es un individuo, menos se identifica con sus sentimientos.

Lo corriente es pensar que el narcisismo es un amor desmesurado que siente la persona hacia sí misma, con la correspondiente falta de interés y de sentimientos hacia los demás. Se representa al narcisista como a un ser egoísta y avaricioso, como alguien cuya actitud es «primero yo» y en la mayoría de los casos «sólo yo». Sin embargo, esta descripción es sólo parcialmente correcta. Sí que es cierto que los narcisistas muestran una falta de preocupación por los demás, pero también es verdad que son igualmente insensibles a sus propias necesidades reales. Con frecuencia su conducta es autodestructiva. Además, cuando se habla del «amor a sí mismo» del narcisista, es preciso hacer una distinción. El narcisismo denota una inversión en la propia imagen, que es opuesta al yo. Lo que ama el narcisista es su imagen, no su yo real. Tiene un pobre sentido del yo; sus actividades no van dirigidas a su yo, sino a potenciar su imagen, y como consecuencia el yo se resiente.
Una imagen nunca puede satisfacer las verdaderas necesidades de una persona. Un hombre no conseguirá estar satisfecho de su hombría a base de seducir mujeres adoptando una pose de macho. No importa cuan eficaz pueda ser esta fachada, él no dejará de sentirse inseguro mientras siga dependiendo de ella. Como no puede desconectar de la tachada y conectar con sus sentimientos, la respuesta sexual se resiente. Por desgracia, esta falta de satisfacción sexual sólo le sirve para confirmar su sentido de inadecuación, y para llevarle a invertir aún más energía en la fachada. La necesidad real que tiene es aceptarse como es, lo que significa aceptar todos sus sentimientos —miedo, ira, tristeza e incluso desesperación—. Cuando se acepte a sí mismo, encontrará su verdadera hombría. Las mismas consideraciones se aplican a aquellas mujeres que intentan proyectar una imagen de irresistible feminidad. La imagen no aumenta sus sentimientos sexuales, de hecho los disminuye, porque la energía o libido se ha retirado del sentimiento corporal para invertirla en el ego. La verdadera belleza, tanto en el hombre como en la mujer, reside en sentirse vivo por dentro, no en querer mostrar un aspecto externo llamativo.

Para que los narcisistas lleguen a conocerse a sí mismos, tienen que reconocer su miedo a la locura y darse cuenta de que hay rabia asesina en su interior, y de que ellos la identifican con la locura.
En la antigua China, por ejemplo, se torturaba a la gente haciendo que le cayera sin parar una gota de agua en un punto de la cabeza, mientras se mantenía a la persona inmovilizada. La acumulación de estímulos constantes llegaba a un punto en que era insoportable, y lograba quebrantar la mente del individuo. Esto le puede suceder a cualquier persona, si la someten a una tortura constante. Una de dos, o te mueres o te vuelves loco. En el primer caso, se quiebra el cuerpo, y en el segundo, el espíritu —se parte en dos la conexión energética entre la mente y el cuerpo—. Que suceda una u otra cosa depende de la naturaleza de la tortura y de su objetivo.
La tortura no tiene por qué ser física, en el sentido de un ataque directo al cuerpo. Se puede utilizar el sonido para quebrantar la voluntad o la resistencia de una persona; a ciertas frecuencias, resulta tan doloroso que no se puede soportar. El miedo es otra forma de quebrar el espíritu de la gente.

La pregunta que se plantea es la siguiente: ¿qué fundamento tiene describir como locura el estado de nuestra sociedad? Leopold Bellak, un destacado psiquiatra, psicólogo y psicoanalista, realiza el siguiente diagnóstico clínico del estado psicológico de la sociedad moderna: «Si estar loco significa pasarlo mal para adaptarse al mundo tal como es (una definición que yo comparto), entonces la sociedad está loca».[46] Sin embargo, aunque estoy de acuerdo con él respecto a este diagnóstico, no estoy tan conforme con su razonamiento. Si el mundo en que vivimos, es decir, el mundo de la cultura, es irreal, entonces la incapacidad para adaptarse a él no se puede considerar una locura. Tal como yo lo veo, los narcisistas están perfectamente adaptados a nuestro mundo; suscriben sus valores, siguen el flujo de sus pautas constantemente en cambio y se sienten como en casa con su superficialidad. Aquellos de nosotros que tenemos un sentido del pasado, que más que el cambio buscamos la estabilidad y la seguridad, y que no tenemos fe en los sistemas informáticos, nos encontramos con verdaderas dificultades para adaptarnos. Yo personalmente, me altero cada vez que cambia el precio de un producto de consumo corriente como resultado de la inflación.
El deseo es la clave del placer. La intensidad del deseo que puede experimentar una persona está determinada por lo viva que se siente. Los muertos no tienen deseo, la gente deprimida tiene muy poco y las personas mayores menos que las jóvenes. Los niños, como son los más vitales, sienten el mayor deseo y, cuando éste se cumple, disfrutan más que nadie con ello. Éste es el secreto de la alegría —estar tan emocionado que la emoción te desborde—. Pero, para sentir alegría, hay que estar libre de la ansiedad que provoca el temor a dejarse llevar por los sentimientos y a expresarlos. O, por decirlo de otra manera, hay que ser despreocupado e inocente como un niño. Los narcisistas no son ni una cosa ni la otra. Han aprendido a jugar al juego del poder, a seducir y manipular. Están siempre pensando en la opinión y la respuesta de los demás con respecto a ellos. Y tienen que mantener el control, porque perderlo evoca en ellos el miedo a la locura.
Es difícil para un individuo resistirse a la seducción del poder, especialmente si de niño le hirieron y traicionaron aquellos a quienes más amaba. Pero renunciar al reino de los cielos a cambio del poder es hacer un trato con el diablo. Y éste es el trato que hacen los narcisistas.

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